En el capítulo anterior: En medio de la desolación por la muerte de su hermano, Frances decide que es hora de pelear por sus derechos. Así, a pesar del dolor, le exige a Madame Margoth el poder enterrar a su hermano en Vicenza, Italia. La matrona, ante la innegable realidad de que Thomazzio le salvó la vida a su nieto favorito, inicia los trámites y lleva a Frances ante un abogado. Una vez en el despacho, la mucama nuevamente hace gala de su 'buena' suerte: la noticia del fallecimiento de Tomi ha llegado hasta oídos de su tía, la mujer que la dejó en la Hortensua hace tiempo ya. Y cada vez que ella aparece, nada bueno se vislumbra...
- Disculpe, madame- dijo Cassou, de pie, así como madame y yo- Esto es una sesión privada.
- Claro que es una sesión privada- dijo. Casi sentí una punzada al volver a oír la voz de la mujer que tanto daño me había hecho- Que también me incluye a mí. Mucho gusto, abogado- Se movió hasta el escritorio- Soy Rebecca Antonelli, la tía del muchacho muerto y la tutora de Francesca, por cuanto todo lo que le haya quedado a ella, me pertenece hasta cuando cumpla la mayoría de edad…
Un frío intenso me recorrió. ¿Entonces no estaba bajo la entera tutela de Margoth Mc. Dowell? ¿Rebecca todavía podía venir a llevarse lo único que quedaba de Tomi?
Negué rotundamente con la cabeza mientras dirigí mi mirada a madame. Ella lucía un semblante como de alguien que acababa de descubrir una traición.
Monsieur Cassou habló.
- Madame, me temo que habré de ser grosero… ¿Puedo pedirle que se explique?
Mi tía lo miró con suficiencia, como si fuera alguien de la realeza.
- Claro, estimado abogado. Mi nombre es Rebecca Antonelli Di Pinto y soy la hermana del padre de esta muchacha, por lo tanto soy su tía y de su hermano, el joven fallecido. Como la chica no tiene padres, soy quien conserva su tutela hasta el día en que llegue a la mayoría de edad.
- Perdóneme usted, pero… ¿La joven no está bajo la tutela de Madame Mc. Dowell?
- ¡Ja!- mi tía emitió una risita burlona que tapó con uno de sus guantes de seda- Claro que no… y no la tiene porque se negó a firmarla desde un principio. Verá, abogado: madame Margoth y yo tenemos un pequeño negocio… ella no firmó la tutela porque está a la espera de mi parte del trato, o sea una suma de dinero. Dijo que no quería que un día yo llegara y le dijera que la cuenta estaba saldada con mi sobrina, así que no hay nada firmado, y la tutela sigue siendo mía. ¿Qué le parece? ¿Verdad que madame es una mujer precavida?
Me volví hacia madame con asco y rabia en los ojos. ¿Cómo se habían atrevido aquellas mujeres a negociar mi vida de esa forma? ¿Es que no tenía derecho a decidir por mí misma? Sólo había sido una prenda de garantía mientras mi tía conseguía el dinero que le debía a madame.
Todo comenzó a darme vueltas. Recordé a Thomazzio diciéndome lo antipática y orgullosa que era Margoth Mc. Dowell. Recordé la conversación que tuvo lugar cuando llegué a la Hortensua, en la que ambas decidieron mi futuro. Recordé los insultos de mi tía, las palabras dulces de mi madre, la voz de Melanie, la mirada perdida de Jennifer Langher…
- Mademoiselle, ¿Se encuentra bien?
Entre toda la mezcla pude oír la voz de monsieur Cassou, quien me llamó al notar mi malestar.
Yo levanté la mirada y recorrí toda la escena. Allí estaba mi tía sonriente y también madame Margoth, quien al parecer había perdido toda su fuerza.
Me dolió.
Ambas eran unas malditas desgraciadas.
- ¡Claro que no!- grité- ¿Cómo se sentiría si supiera que su propia familia lo vendió al mejor postor? ¡Tía Rebecca, eres una desgraciada!
- ¡Cuida tus modales, jovencita!- hizo ademán de adelantarse para propinarme un golpe, yo di un paso atrás, amenazada.
- ¡Y tú cuida los tuyos! ¿Cómo puedes siquiera aparecerte por acá reclamando lo de Thomazzio si tú misma lo despreciaste? ¡Tú misma lo abandonaste a su suerte cuando todo ocurrió! ¡No seas descarada! ¡Ni yo misma me atrevo a tocar sus cosas y eso que soy su hermana!
- Ya basta, Francesca… me estás haciendo enojar- dijo mi tía
- ¿Y? ¡Vamos! ¡Enójate! ¡Quiero que todos vean en lo que te conviertes cuando te enojas! ¡Quiero que muestres cómo eres en realidad!
Mi tía dio un paso adelante y logró atrapar mi muñeca airada. En un momento más yo me retorcía de dolor.
- ¡Madame!- exclamó Cassou, airado- Me temo que voy a tener que pedirle que se retire…
- Claro que me retiro, monsieur- mi tía no dejó su gesto. Me miró con aire de superioridad mientras yo trataba de zafarme- Pero me llevo lo que me pertenece…
Comenzó a caminar llevándome arrastrada. Yo tenía el brazo inmovilizado por el dolor. No pude oponer la resistencia que hubiera querido.
- ¡Madame!- grité- ¡Madame, no puede permitir que esto suceda! ¡Ayúdeme! ¡Madame!
Madame tardó un poco en detener aquello, pero lo hizo.
- Rebecca, ¿A dónde crees que vas?
Mi tía se volvió y la miró mientras levantaba su ceja derecha.
- A casa, por supuesto… -me miró, sin soltarme- Tengo algunas cosas que poner en orden…
- Claro, claro, lo entiendo… te puedes ir, pero la chica se queda…
- ¿Disculpa?- exclamó mi tía, indignada
- Francesca se queda- dijo madame, firme- Puede que no esté bajo mi tutela, pero no es cierto que no hayamos firmado nada en nuestro encuentro. ¿O fue que ya se te olvidó el contrato que pactamos? La chica volvía contigo si devolvías el dinero.
Rebecca la miró de arriba abajo.
- El dinero lo puedes tomar de lo que dejó Thomazzio… ahí hay suficiente para cubrir la deuda…
- ¡No!- grité- ¡Es de él! ¡Él no trabajó tan duro para terminar pagando tus estúpidas cuentas! ¡No puedes hacer eso! ¡No puedes!
Mi tía se volvió hacia mí y casi pegó su rostro al mío con un gesto de furia.
- Claro que puedo, tengo tu tutela y puedo hacer lo que se me venga en gana con eso…
Me deshice en lágrimas silenciosas. Hacía horas que mi hermano había muerto y sus pertenencias ya andaban desperdigadas por manos distintas. No podía creer que aquello estuviera sucediendo.
Entonces madame habló.
- Monsieur Cassou, ¿Cuánto tiempo nos tomaría hacer el traspaso de una tutela?
Mi tía paró en seco. Se volvió hacia madame con evidente interés.
- En realidad, madame… eso no tardaría mucho. Y menos cuando en este documento de sucesión usted ya ostenta dicha tutela.
- De lo contrario ese documento que acabamos de firmar sería falso- inquirió madame indirectamente.
- Me temo que sí, madame…
Margoth Mc. Dowell se dirigió a mi tía entonces. Con voz neutra le dijo que me soltara.
- ¿A qué viene eso, Margoth?
- Voy a tomar la tutela de la chica… con la condición de que no vuelvas a aparecer jamás.
A Rebecca se le iluminaron los ojos.
- ¿Qué?
- Si vuelves a aparecer, haré efectiva la cláusula de incumplimiento de nuestro trato- dijo madame- Eres un ser rastrero, mentiroso y vil. No mereces hacer tratos conmigo… te perdonaré la deuda si no vuelves a aparecer en nuestras vidas. Óyeme bien: ni la de la chica, ni la mía.
Mi tía quedó desconcertada. Lentamente me soltó.
- ¿Qué tratas de hacer?- balbuceó Rebecca
- Si tratabas de pagarme con la herencia del muchacho, ten en cuenta que eso sólo lo puede manejar Francesca, así que de todas maneras me deberías… te perdonaré esa deuda en cuanto dejes a la muchacha en paz y no vuelvas a venir ni a Clermont, ni a la Hortensua… La volverás a ver cuando ella sea mayor, y sea tiempo de que le devuelvas lo que le pertenece. Ella estará bajo mi tutela hasta entonces y le prohibiré que tenga tratos contigo, como a ti te prohíbo volver: ya estás libre, te puedes marchar…
Rebecca intentó balbucear algo, pero madame la interrumpió poniendo un papel delante.
- Firma la cesión, y podrás largarte… no te cobraré nada.
Mi tía me miró y luego a madame. Pude adivinar rabia y frustración en sus ojos, pero de todas maneras firmó el papel.
- ¿Estamos hablando de un trato real?- dijo mi tía mientras firmaba y miraba de reojo a Margoth.
- Sí. Si quieres, lo pondré en una declaración juramentada…
- No, no es necesario… con que hagas lo que dices es suficiente…
Cuando la firma terminó, mi tía extendió su abanico bruscamente. Luego caminó hasta la puerta.
- Adiós, entonces… si Dios quiere, nos veremos en cinco años, que es cuando Francesca cumple veintiún y queda en toda capacidad de manejar sus negocios…
- Adiós, Rebecca- dijo madame, terminando de firmar y vigilando que todo estuviera en regla- Cuida tu urticaria hasta entonces…
Mi tía se compuso el vestido rabiosamente y salió.
No pude evitar oír que juró vengarse justo cuando la puerta se cerró detrás de ella.
Para cuando abandonamos el despacho de Monsieur Cassou, yo llevaba conmigo las pertenencias que Thomazzio había llevado en su muerte: una cadena con una placa con su nombre grabado, su reloj de bolsillo y una poca cantidad de dinero.
Camino a casa en el coche, pasé mis dedos por las letras en relieve de la placa. Luego me detuve a mirar el reloj.
No era algo que yo le hubiese visto encima antes. Parecía caro, aunque no me pareció que fuera del todo el estilo de mi hermano. Cuando lo abrí, me pareció casi un milagro encontrarlo intacto. Pensé que con tantos infortunios, el que el cristal de un pequeño reloj se rompiera, era una cosa mínima.
Madame tampoco abrió la boca en todo el camino. Pensé que tenía que agradecerle lo que había hecho, pero algo me decía que no se había tratado de un favor, sino de un negocio. Me pareció que más tarde íbamos a conversar sobre los términos de aquel extraño trato.
Cuando llegamos a casa, un revuelo entre la servidumbre me hizo poner alerta. Madame, como era su costumbre luego de las diligencias, pidió que sirvieran el té en su despacho y se llevó a madame Annette con ella.
Yo me quedé en la mitad del recibidor, pero vi a Melanie corriendo afanadamente con unas toallas hacia la habitación del servicio y la seguí.
Jamás me imaginé lo que iba a encontrar allí.
Todas las mucamas jóvenes estaban agolpadas en la estancia. El humo de una palangana con agua caliente llenaba el ambiente y lo enrarecía. Sentí la voz de Celine al fondo. Melanie depositó las toallas a un lado de una de las camas y volvió en sentido de la puerta, con todas las demás.
- ¿Qué sucede?- pregunté a Melanie cuando llegué a su lado.
Ella me miró con pesar y luego señaló el fondo de la habitación.
- Es Jennifer. Se ha puesto mal de un momento a otro…
Fruncí el ceño luego de una mirada escrutadora. Me empiné para poder ver, pero lo único que veía era humo y a Celine agachada a los pies de la cama de Jennifer.
Fueron momentos angustiosos en los que se oyeron los quejidos de la mucama y las indicaciones de Celine. Pude ver que la ex enfermera mojaba toallas en el agua y las aplicaba a la enferma. En ese momento supuse que podría ser alguna fiebre. Se lo dije a Melanie.
- Tal vez…. Sí, creo que puede tratarse de eso… -respondió.
De pronto, pasados unos minutos, Celine se levantó y ordenó a Giselle y Melanie quedarse al lado de Jennifer. La enfermera caminó por entre las camas y se dirigió a las que sobrábamos. Hizo un pequeño círculo y habló en susurros, como si temiera ser oída. No pude evitar ver que en sus manos había gruesas manchas de sangre que se negaban a salir.
- Chicas, es obvio que se debe ser discreto en estos casos… por favor, no queremos perjudicar a Jenny. Antes de contarles, deben jurar silencio…
Todas asentimos. Rose se aventuró a preguntar.
- ¿Qué sucedió?
- Algo terrible- Celine miró hacia atrás, el humo no se había disipado del todo- la joven Jennifer Langher acaba de tener un aborto…
Me resguardé en la parte más recóndita de la casa. En la base de las escaleras había una pequeña puerta que daba a un sótano y en el momento no se me ocurrió a dónde más ir.
Tenía un ligero dolor en el corazón. Aquellos días no pudieron ser más nefastos. Junté las manos sobre mis rodillas, y, sentada como estaba contra un muro, lloré.
Mientras las lágrimas caían, pensé en mi hermano, y en lo bien que seguramente lo estaría pasando en el cielo junto a su hijo… o hija: jamás lo sabría.
Una pequeña o pequeño que habría servido de puente entre dos familias desconocidas y separadas por mucho más que la geografía; alguien que al final decidió irse por el camino del Buen Señor en vez de aterrizar en una casa silenciosa, vacía y quejumbrosa como lo era en ese momento la Hortensua de la Barriere Mc. Dowell.
Entre lágrimas dolorosas y abundantes, pensé en que mi familia no tenía ninguna otra posibilidad de perpetuarse. Thomazzio había sido el último de una estirpe de grandes comerciantes italianos. Y ahora su único vástago había muerto.
Pensé en Jennifer y en su dolor de madre y compañera: había perdido todo cuanto había querido en dos días. Y el futuro se veía amenazador y gris: no era la clase de futuro que alguien hubiera podido desear.
En cuanto al bebé, supuse que otro Bernolano Mc. Dowell era tan improbable como que el primero hubiera resultado vivo después de la impresión que le causó la muerte de su padre a Jennifer. Supuse que nunca habría alguien que ostentara esos apellidos juntos.
- ¿Frances?
Una voz y unos pasos me sacaron de la reflexión. Cuando levanté el rostro, me encontré con una figura alta y esbelta que trataba de abrirse paso entre todos los cachivaches que se interponían. Cuando un rayo de luz alcanzó su rostro, comprobé que era monsieur Joseph.
- Monsieur… -dije, con la voz enronquecida por el llanto y el polvo, levantándome de inmediato- Disculpe usted… No tenía nada que hacer y…
- No voy a regañarte por querer esconderte… la verdad, a mí también me gustaría hacerlo- dijo
- ¿Cómo? ¿Ya se ha enterado que Jennifer…?
Sonrió, afectado.
- ¿Cómo no? Tengo un mayordomo con oídos en toda la casa… - su rostro se tornó apesadumbrado- No pude evitarlo, aunque hubiera querido.
Yo no pude contenerme. Tal vez saberlo cerca y en confianza hizo aflorar mis sentimientos de nuevo.
- Lo siento mucho, monsieur… él era un incorregible- dije, llorando a borbotones- Traté de persuadirlo para que no se enamorara, pero fue inútil… ahora ha dejado sufriendo a Jennifer para siempre… jamás será la misma…
Lloré. Traté de ocultar mis lágrimas y comportarme, pero no pude. Él me observó desde donde estaba por un momento largo. Luego, como si las diferencias entre nosotros no existieran, se acercó sigilosamente y alcanzó mi mano derecha.
Yo me refugié en esa, la única mano en la que habría podido confiar en ese momento. La única que me habían tendido con sinceridad. Me sentía pequeña, abrumada. Necesitaba saber que no estaba sola, que tenía un apoyo en el mundo. Y aquella única mano fue el sustento perfecto. Por primera vez en mucho tiempo, me sentí segura.
- No te preocupes… sé cómo te sientes- oí que decía monsieur.
- ¿Por qué tenía que morir?- pregunté, desesperada en medio de sollozos- ¿Por qué tenía que dejarme sola?
Monsieur resopló.
- No estás sola- dijo, determinado, la mano más protectora que antes- No estás sola…
Lo miré con tristeza y esbocé una sonrisa agradecida. Me resguardé en su mano con más fuerza. Sus palabras y su gesto me reconfortaron un poco, aunque el dolor permanecía, puntiagudo, allí en el centro de mi pecho.
- Perdóname, Frances- dijo monsieur con voz compungida- De no haber sido por mi torpeza, nada de esto hubiera sucedido.
Yo lo miré, anonadada.
- ¿Qué dice, monsieur?- pregunté soltando mi mano de la de él, alejándome de su calor- ¡No! ¿Cómo se le ocurre?
- Hice mal… Creí que al llamar a la policía todo iba a terminar, y nadie iba a salir lastimado, pero me equivoqué: terminé hiriéndote a ti y a Jenny… por no mencionar a Thomazzio.
Seguía sin creer ninguna de sus palabras. Viendo sus ojos verdes, adiviné que de haber podido, habría llorado conmigo. Su gesto era tremendamente triste y con sus palabras, buscaba un perdón que creía que tenía que conseguir.
Pero yo no tenía nada que perdonarle. Al contrario, él debía perdonarme a mí por meterme en su vida y trocársela.
Busqué sus ojos con los míos y busqué sus manos, está vez las dos.
- Monsieur… No hay nada que perdonar, en mí sólo hay agradecimiento para usted… No sabe cuánto aprecio todo lo que ha hecho por mí, y lo que hizo por Thomazzio. No tiene por qué sentirse culpable, ni triste. Yo se lo agradezco, porque fue el único que quiso solucionarlo todo por las buenas… y eso lo recordaré toda la vida…
- Perdóname de todas formas… tal vez, después de todo sea cierto lo que dice James: soy un cobarde… tu hermano y mi hermana no tenían por qué ser víctimas de mi imbecilidad…
Negué con la cabeza lo más rotundamente que pude. Apreté sus manos en las mías y me acerqué tímidamente a su rostro. No pude evitar sonrojarme ante tanta cercanía, que en realidad estaba tan prohibida como toda aquella situación.
- Los prudentes jamás llegan a cambiar el mundo- susurré- Y usted sí logró cambiar el mío: jamás olvidaré que trató de ayudarme… Si necesita mi perdón, se lo doy. Pero no considero que lo requiera. Al contrario, soy yo quien lo necesita, por inmiscuirlo en todo esto.
Él me miró cuidadosamente. Sus ojos de color verde intenso relucieron en la semi-oscuridad del lugar.
- Entonces perdonémonos mutuamente…
El fuerte lazo de nuestras manos se mantuvo por un momento más.
Quienes pudimos haber estado unidos por la cercanía de nuestros parientes, ahora lo estábamos porque ellos se habían alejado. Pensé en lo irónico de la situación y las lágrimas quisieron aflorar de nuevo.
De inmediato, él habló.
- ¿Qué pasará ahora? ¿Dónde descansará el cuerpo de Thomazzio?
Yo esquivé sus ojos. De acuerdo a lo que había oído decir a madame Margoth, nadie podía enterarse del viaje a Vicenza.
- Estoy esperando las disposiciones de madame- dije- Por ahora, supongo que deberá ocuparse de Jennifer en cuanto se entere de su malestar…
- Sí, es verdad- dijo él- Me aseguraré de que lo haga bien- me dirigió una mirada afectuosa- En cuanto a Thomazzio, avísame en cuanto sepas algo. ¿Está bien?
Asentí con energía. Nos soltamos mutuamente y luego lo observé mientras se disponía a salir, de nuevo como el ‘monsieur’ que no se podía mezclar con la servidumbre.
- No voy a olvidar este día- dije mirando al piso- Perdí a mi sobrino, pero encontré un amigo. ¿Verdad, monsieur?
Él se volvió hacia mí con una sonrisa luminosa, invitándome a salir junto a él.
- Es verdad….
Sonrió calurosamente y me permitió salir adelante. Argumentó que no quería verme sumida en las tinieblas de aquel lugar y mientras salíamos, celebró el verme más tranquila.
Sin embargo, todo se ensombreció cuando al salir, nos encontramos de frente con monsieur James. No habría sido así si el de los ojos azules no nos hubiera estado observando con enfado y gravedad. Como si de algún modo le molestara no compartir lo que me estaba sucediendo, porque era obvio que sabía que yo estaba lastimada: ya había presenciado escenas en las que yo lo había demostrado.
Parecía molestarle que yo compartiera todo eso con su primo.
Por mi parte, me agradaba que monsieur Joseph se enterara, pues era el único allí que compartía intereses conmigo: nuestras familias eran iguales, teníamos casi los mismos problemas y ahora, viéndolo junto a mí me parecía que era la persona a la que más le importaba en la vida.
Me molestaba no poder fijarme en él más que como un amigo; me molestaba que monsieur James se hubiera cruzado por mi camino primero. En ese momento, me molestó su mirada azul afectada y su gesto grave. Sin embargo, no pude evitar sentirme rodeada por un triángulo de sentimientos que pasado el tiempo no pude describir.
Sólo sé que me alejé de monsieur Joseph musitando un “gracias” muy tímido y luego salí corriendo a la cocina mientras él salía directo a la sala sin advertir la mirada extraña que nos lanzaba monsieur James.
No era capaz de centrarme en él, el hombre que me había causado la desgracia.
Sobretodo cuando para enfrentar dicha desgracia tenía que emprender un viaje de vuelta al pasado al que yo le temía tanto.
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UN VIAJE.
UN REENCUENTRO.
PERO NO PRECISAMENTE CON EL PASADO.
Próxima semana, el verdadero lugar que ocupa una mucama en el mundo de un señor.
En septiembre, un viaje que traerá consecuencias inesperadas.
Sólo en:
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Porque la vida te da sorpresas, y no siempre son del color de las rosas...