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CAPÍTULO 17: "EL GLORIOSO PASADO DE UNA FAMILIA DESAPARECIDA" Cont. Inv. en Portugal

June 8 2009 at 2:04 AM
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En el capítulo anterior: Luego del trámite con el abogado Cassou en Clermont-Ferrand, con motivo de aclarar la situación de Frances ante la muerte de Thomazzio, Margoth Mc. Dowell llevó a la mucama con ella a una travesía que ésta no tenía en mente. Luego de pasar por toda el ala italiana de la familia Mc. Dowell, Frances y Margoth llegaron a un destino inolvidable: Vicenza, Italia. Una vez allí, la mucama intentó pasar desapercibida, pero una vez más James Mc. Dowell apareció en su camino. Esta vez, acompañando a una alegre señorita que en nada podría compararse con una simple mucama...

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Yo sabía que tenía muchas mujeres en su haber. Era casi imposible que alguien con su apariencia y fortuna anduviera solo por los círculos sociales.
Sin embargo, no pude digerir aquella imagen. Parecía tan feliz, tan ligero allí sentado junto a esa jovencita que no tenía ni idea de cómo se había visto él ante la amenaza de muerte que finalmente se había ejecutado en mi inocente hermano. Aquella que no sabía que esas manos que se ceñían cariñosamente sobre sus hombros y jugueteaban con sus cabellos de ébano habían matado a un hombre tiempo atrás en Clermont. Aquella semidiosa de ojos renegridos que le correspondía a cada gesto y cada mirada, sabiendo que se las dedicaba sólo a ella.
- ¡Pues qué tremenda sorpresa!- exclamó madame al ver no sólo a su nieto consentido sino a monsieur Joseph sentado en la sala de los Di Santo Piaccomo- ¿Puedo preguntar el por qué de esta inesperada visita?
Monsieur James me observó desde su puesto. Clavó sus ojos en los míos como si me reprochara el encontrarme allí. Quise poder responderle con los míos que estaba haciendo mi trabajo y que lamentaba que él no tuviera uno, así no tendría la desgracia de verle, y menos en semejante situación. Luego de tratar de comunicarle lo anterior, desvié la mirada bruscamente y no pude evitar estrellarme con la imagen de monsieur Joseph y donna María Alicia; ella sentada a una distancia bastante prudente del visitante, quien esgrimió una sonrisa al ver la reacción de madame.
- Verás, abuela- dijo monsieur Joseph sin dejar de sonreír- James y yo creímos que nos hacían falta unas vacaciones. ¿Y qué crees? Pensamos que sería grandioso visitar a nuestros primos, los Di Santo, y por supuesto -sonrió juguetonamente a María Alicia, cosa que no dejó de serme indiferente: tal vez quería sentirme tan feliz como ellos parecían- A nuestras bellas signorinas: Alicia, Giselle
Hizo una reverencia para cada una de las damiselas, quienes rieron a su vez. No pude evitar reparar en lo diáfanas y delicadas que sonaron aquellas carcajadas.
Me harté. En los días anteriores creí que los extrañaba, pero al verlos allí tan felices y despreocupados al lado de las damitas, quise poder tener una máquina que con sólo apuntarlos los devolviera a la Hortensua, a donde yo creía que pertenecían. Obviamente, eran más cosmopolitas que nadie que jamás hubiera conocido. ¿Por qué no? Eran millonarios, inteligentes y sí, monsieur James era muy, pero muy guapo. ¿Por qué habría él de privarse de los placeres de los viajes y la compañía de bellas y elegantes damas? ¿Por mí? ¿Por una mucama que veía cada tres meses?
¡Bah!
- Disculpe, madame. ¿Va a requerir de mi servicio en esta reunión?
Discretamente halé la manga de mi patrona mientras los Di Pinto y los herederos Mc. Dowell seguían alabándose mutuamente. Mi voz debió de haber sonado grave, porque Madame me miró intrigada.
- ¿Pasa algo?
- Creo que me ha empezado una jaqueca. Me preguntaba si podía retirarme- eché un vistazo alrededor, poniendo especial énfasis en aquel indolente señorito de ojos azules- Creo suponer que no me necesita.
Pude ver por su gesto que lo pensó. También echó una mirada al resto del salón y luego se volvió hacia mí.
- Está bien, retírese. Tantas horas de viaje debieron de haberla afectado. Descanse, y no olvide estar presente en la cena.
- Sí, madame. Gracias.
Hice una reverencia y me dispuse a salir. No hallaba la hora de estar lejos de aquella sala. Me sentía triste, desesperanzada; supuse que así se debía sentir la caída de una ilusión.
- No necesitaré a mi mucama por ahora- dijo madame, como cortesía- Volverá a unírsenos en la cena.
Donna Giselle rió socarronamente.
- Pues hay razón en ello- dijo la signorina- Discutiremos aquí temas que a ella no le incumben. Además, dudo que los entienda del todo.
Pude oír aquello desde la puerta. Quise dar un portazo, pero el protocolo que tantas veces me salté no me lo permitió. Supuse que para ellos adentro sería la respuesta airada de alguien sin dignidad, como constantemente se referían a las mucamas que los atendían día y noche. Y pasaría, justo como el viento por entre sus refinados ropajes.
Secretamente quise que alguno de los Mc. Dowell protestara por aquel insulto en mi contra. En realidad, quise que monsieur James se sobresaltara y alejara de un empujón a la desdeñosa signorina de cabellos negros para después advertirle seriamente sobre no volver a poner en duda mi honor ni mi inteligencia. Para ello, blandiría a mi favor la alcurnia de mi familia y la nobleza de mi corazón, además de otras tantas cualidades.
Sin embargo, al llegar al espacio donde se hallaban mi cama y mis pocas pertenencias, me di cuenta amargamente de que aquello no podría ser: el único en el mundo que estaba consciente de ambas, la alcurnia de mi familia y la nobleza de mi corazón, era mi hermano.
No en vano me llamaba Princesa.
Y no en vano estaba muerto.
¿Quién más que mi hermano habría de defender a una mucama de los insultos de una noble?
No monsieur James, por supuesto: él se estaría riendo a carcajadas de aquello.

Calculo que estuve dormida por una hora; lo de la jaqueca no era del todo mentira. Desperté a causa de unos gritos en la calle que no se desvanecieron por un largo rato. Me acerqué a la ventana, aún soñolienta, y me encontré con varios jóvenes que vociferaban. Cuando afiné mi oído y pude oír lo que decían, el corazón se me paralizó.
- ¡La distinguidísima signora Rebecca Bernolano Di Pinto ha regresado! ¡Con motivo de su buena fortuna en el viaje, dará una fiesta en su casa, Villa Bacchigglione! ¡Están todos invitados! ¡Habrá música, comida, licor y juegos! ¡Quienes ganen se llevarán preciosos objetos sacados de Villa Veneto! ¡Joyas, muebles y preciosidades que estás siendo sacadas ahora mismo de Villa Veneto! ¡Vengan todos a Villa Bacchigglione!
Villa Veneto: ese era el nombre de mi casa. Mi mamá la había bautizado así en homenaje a la región de Italia en la que estaba ubicada nuestra ciudad, Vicenza. Además, porque era fácil relacionarla y así los clientes del negocio no se confundían sobre la ubicación de nuestra empresa.
Y ahora ahora mi tía la usaba como diversión de sus fiestas. ¿Hasta dónde podía llegar aquella mujer? Seguramente estaba enojada por lo que ocurrió en Clermont y quería sacar ventaja de su derecho sobre la casa y lo que había en ella. Tal vez quería vaciarla para que cuando yo llegara no encontrara nada más que una propiedad insignificante. Y en tal caso no podría hacer nada. Todos mis recuerdos y las pertenencias de mi familia se irían como premios de los juegos de sus fiestas: esas que hacía para vengarse de mí a la distancia, porque era obvio que no sabía que yo me encontraba en la ciudad.
Pero yo sí estaba allí. Y nadie me impedía ir a defender lo que era mío.

Sigilosamente me cambié el uniforme de mucama por el vestido negro. Tomé mi bolsa de terciopelo donde guardaba un pañuelo y dinero, entre otras cosas, y salí de la habitación camino a la cocina. Allí debía estar la salida de la servidumbre.
Naturalmente, el ama de llaves me preguntó qué pensaba hacer cuando me vio intentando cruzar desapercibida por la cocina para llegar a la puerta. Le contesté que madame me había dado permiso de retirarme porque tenía jaqueca. La señora pareció no prestar atención a mi respuesta, la vi sorprendida por el hecho de que yo hablara italiano.
- ¿Conoce la ciudad?- me preguntó
- Sí, señora- dije- Descuide, no me demoraré. Tengo que estar de vuelta para la cena.
Pude ver que la mujer se quedó intrigada. Sin embargo, no intentó detenerme. Parecía tener suficiente trabajo como para preocuparse de lo que hiciera una mucama. Además, si hablaba italiano, conocía la ciudad y le habían dado permiso, ¿qué más daba?
Salí con cautela, atravesé los jardines y llegué a la puerta. Caminé un poco y me encontré en la vía de los carruajes. Abordé uno que estaba parqueado frente a la acera a la espera de pasajero y le indiqué al chofer hacia dónde me dirigía. De inmediato puso los caballos en marcha.
En algo menos de treinta minutos estuve allá.

Pensé que iba a encontrar algunos carruajes y hombres sacando cosas de la casa. Sin embargo, todo estaba en silencio y parecía no haber nadie. La herrumbre indicaba que las puertas externas no se habían abierto en mucho tiempo. A través de sus rejas pude ver los jardines aún rebosantes de rosas, cerezos, azafranes y jacintos. Me sonreí con nostalgia sin dejar de notar que estaban demasiado bien cuidados.
Traté de figurar cómo abrir las puertas, pero era imposible: dos gruesas cadenas de hierro envolvían los dos barrotes externos de cada una de las puertas y por lo que pude palpar, varios candados gigantes se cerraban alrededor de los eslabones.
Me quedé allí parada por unos minutos antes de encontrar la manera de entrar. De pronto la solución se me presentó, luminosa y sencilla.
Corrí a toda velocidad sin importar las faldas del vestido hasta la parte trasera de la propiedad. Allí también había rejas y muros, pero a un costado se encontraba la que había sido la entrada secreta de mis juegos infantiles durante años. Por supuesto, había tenido usos más relevantes, pero yo la conocía como tal y recordaba su funcionamiento claramente.
Se trataba de un muro que a simple vista era idéntico a los demás que rodeaban la propiedad. Sin embargo, ante la acción de dos golpes con las palmas de ambas manos y un mínimo empujón, éste se movía hacia atrás dejando el suficiente espacio como para que pasara una persona. Una vez adentro, el muro volvía a su lugar y dejaba espacio entre los matorrales para una loza que se convertía en la puerta de un pasadizo que terminaba dentro de la casa.
No obstante, el hecho de que el tiempo no pasara en mis recuerdos no quería decir que fuera así en la realidad. Al dar el empujón, descubrí una cantidad de raíces y matorrales que estorbaban el deslizamiento del muro. Tuve que hacer mucha fuerza para colarme entre la piedra y la vegetación mientras la parte lateral de mi falda se hacía trizas por el rozamiento. Una vez adentro, descubrí que la puerta del pasadizo había desaparecido entre una espesa maleza.
Me tomó un rato largo y el tejido de mis guantes el encontrar la manija de la puerta del túnel que se comunicaba con la cocina de mi casa. Y ni hablar de cómo estaba el interior. Sucio, oscuro, aterrador.
Estando allí dentro, pensé que el infierno sería algo parecido. Sentí cómo la tierra rugía y pensé que moriría.
Sin embargo, cuando pensé que me había perdido dentro la serie de túneles que estaba tejido en la casa, toqué otro muro, este un poco más suave que el del jardín, y me di cuenta de que había llegado. Dos empujones y la pared se abrió con un estruendo. Caí completamente sucia al piso de la cocina.
Por fin, luego de cinco años y medio, estaba en mi casa.

Mi corazón, con su tradicional golpeteo, me avisó que seguía viva. Puse mis manos con los guantes destrozados por la maleza como apoyo para levantarme. De inmediato todas las emociones quedaron sostenidas por la gran estancia que se abría paso para que mis ojos la recorrieran y observaran cada detalle que no habían olvidado desde la última vez que habían estado allí.
Avancé unos pasos dando tumbos y llegué al salón principal, donde la belleza de una lámpara de mil cristales me observaba a cada paso que daba. Esa lámpara, que ocupaba medio techo y que con el piano acompañó en las noches de fiesta a cada una de las personas que bailaban al ritmo de la música. Esa lámpara que me maravillaba y que lo había visto todo, incluso como mi familia había crecido y había vivido bajo su luz.
Al pasar al salón del comedor, y ver la gran mesa de la más fina madera, recordé el brindis de la familia a la hora de la cena y a papá brindando frente a los jamones, los quesos y los panes la noche de Navidad. Recorrí toda la mesa y luego observé el techo. Éste lucía una pintura cuya estructura semejaba una claraboya a través de la cual se podían ver las nubes. Éstas estaban graciosamente pintadas justo sobre la mesa. Luego, cuando observé el puesto que ocupaba mi padre, recordé las últimas palabras que le había escuchado con su propia voz.
Nos había dicho que el siguiente iba a ser un día precioso para la familia. Después me había dado las buenas noches personalmente.
Reí al recordar la forma en que solía jugar conmigo. Siempre iba por ahí haciendo chistes y reiterando cuánto nos amaba. Por supuesto, tenía un carácter fuerte y más de una vez me gané buenas zurras por culpa de mis travesuras. Pero era un buen hombre y en ese momento más que nunca, deseé que estuviera a mi lado. Deseé poder sentarme tranquilamente, luego de una tarde de juegos con mis hermanos, y que la mucama viniera y me sirviera mi almuerzo. Sin embargo, aquello me entristeció: ahora la mucama era yo y no tenía derecho a sentarme siquiera.
Mientras salía del comedor, quise que madame pudiera ver aquello. Mesas de madera fina, marcos de oro, cubertería de plata, etc. Más de una de sus primas y familiares, incluyendo a la arrogante Giselle Di Santo se morirían por tener tantos lujos de tan buen gusto.
Entré en otro salón en el que se veían las habitaciones de las mucamas al fondo, debajo de la gran escalera que emergía de la mitad del salón con imponencia.
Escalón a escalón pude observar todo el primer piso. Subí la escalera cubierta por un fino tapete rojo y las habitaciones principales se descubrieron ante mí. Me dirigí a la izquierda y vi la habitación de mis padres. No pude evitar la curiosidad.
Entonces apareció ante mí la colosal habitación con una lámpara más pequeña que la del salón pero igual de hermosa. Allí estaba la cama, que yo recordaba como suave, y el tocador que mi madre usaba para acicalarse en las mañanas. Observé las pinturas de paisajes que había alrededor y avisté el gran armario que en su tiempo guardaba las vestiduras de mis padres. Sonreí al ver que todo estaba perfectamente cuidado.
Un minuto más, y salí de allí cerrando las puertas tras de mí. Me encaminé a la habitación de Lizzette, mi hermana mayor. El corredor se veía de iluminado maravillosamente. En toda la casa había más de treinta habitaciones, pero las nuestras se encontraban en el centro de toda la estructura.
La habitación de Lizzette, era la más grande luego de la de mis padres. El color de las paredes era amarillo ocre con toques dorados en las esquinas. La cama se encontraba en la mitad con un velo. Usé su pequeño tocador para observar mi rostro ante todos los recuerdos que venían a mi mente, en especial aquél en donde me encontraba yo, pequeña, de unos cinco años tomando todo el maquillaje de ella y poniéndolo en mi rostro.
Reí al recordar su reacción. Apenas me vio, soltó una sarta de maldiciones italianas y me sacó de la habitación prohibiéndome volver a pisarla.
En su baño aún se encontraban sus pertenencias como cepillos y gorros. En su armario estaban todos los vestidos que usaba para lucir ante Benedict. También sus zapatos y tocados. Todo parecía tener su aroma.
Cuando todos vivíamos allí, Ignacio Terrini, amigo de mi padre y fabricante de fragancias, nos fabricaba una a cada uno con extractos naturales. De ahí que me parecía que todo olía a cada uno.
Cuando llegué a la habitación de mi hermana Alexandra, su aroma también me invadió. Pensé que era demasiado real como para ser fruto únicamente de mis ensoñaciones. Allí, también todo estaba tal y como lo recordaba.
Su cama con un velo en satín y madera sueca. Su lamparilla acomodada a la altura en que quedaba su cabeza para que pudiera leer su acostumbrado libro de terror antes de dormir. En su armario, vestidos y accesorios adornados con el escudo de la familia. No obstante su habitación también hacía parte de la red de pasadizos que ese día me habían llevado hasta allí.
En una esquina, había un oscuro túnel que solía utilizar cuando quería huir de todo. Bastaba con mover una pequeña piedra debajo de su escritorio y se abría detrás de la puerta principal. Fue ella quien estudió durante años la casa y concluyó que era un refugio de antiguos hacendados italianos que debían permanecer ocultos. De ahí que nos enseñó a todos algunos de los túneles más útiles. Aunque dudo que fueran todos, supuse que se guardó para sí algunos.
Al final del pasadizo, había una habitación. Mi hermana lo adoptó para cuando quería estar sola. Puso un pequeño mueble y una colcha que lo ocupaba casi todo. Al verlo, recordé que solía esconderse para evitar regaños. A veces, las dos asustábamos a mamá y a papá. No obstante, no dejaba de parecerme algo asustador. Consciente de eso cerré puerta y salí de allí, no sin olvidar mirar su cuarto de baño, sus cosas en orden.
El camino hacia mi habitación lo pasé en silencio. Entré con sigilo, como cuando abría la puerta de la habitación de monsieur James todas las mañanas cuando iba a sacudir su biblioteca y a retirar su ropa sucia sin despertarlo.
El olor a rosa me dejó impresionada. Era como si alguien se ocupara de perfumar el ambiente todos los días.
Las paredes pintadas de color rosa y la cama hecha de la madera más fina me trajeron una cantidad insospechada de recuerdos. ¡Al fin estaba en mi cuarto otra vez! Cierto que la cama no era ya de mi tamaño, ni tampoco las modas que estaban en el armario, pero eso no importaba. Ya arreglaría aquello cuando volviera y me adueñara de aquello otra vez.
Una vez estuve en la mitad de la habitación, lo observé todo con el entusiasmo de una niña pequeña. Todos los materiales usados en mi mobiliario eran exclusivos. Yo era la Rosa naciente de la familia, aquella que habría de dar honor al linaje y que habría de ser educada para algún día, hacer feliz a un rico y complaciente marido que mi familia habría de escogerme cuando fuera mayor.
Me sonreí con deliciosa complacencia: no tendría que hacer feliz a ningún marido escogido. Si algún día llegaba a casarme, lo haría con quien yo quisiera. Y pensando silenciosamente en monsieur James, palpé las suaves telas de la colcha de mi cama.
Luego de un rato, dirigí mi mirada al cuarto de baño y vi que estaba cerrado con llave. Recordé que con la desesperación latente de saber que no volvería a ver a mi familia, yo misma había quebrado el espejo con un envase de polvos perfumados. Supuse que aún estaría así y me dio lástima, porque también era una estancia exquisita.
Por último, caminé hacia la ventana y eché un vistazo de la habitación desde ese ángulo. Me parecía ver a mi madre irse después de contarme mi cuento en la noche. La nostalgia volvió a mí al recordarla. También algo de angustia: parecía que con los días la forma de su rostro se me hacía más difusa. No quería olvidarla, pero parecía algo inevitable.
Con algo de cansancio me aproximé a la cama y corrí el velo. Me recosté allí suplicando por la vuelta de los días felices, para que esa sensación de estar por fin en casa nunca se acabara.
Así, concilié un sueño que no sé cuánto duró. Lo cierto es que me desperté sobresaltada por el ruido de unas voces en el primer piso. Al afinar el oído, supe que eran varios hombres y se acercaban a donde yo me encontraba.
- ¿Por qué tenemos que venir aquí por los premios? ¿Qué la signora no puede comprar unos cuantos cachivaches en el mercado y ya? No le veo la razón a venir a esta casa de espantos. Mucha gente murió aquí.
- Ya basta, Pedro. Escogeremos algunas cosas lindas y nos iremos. No hay razón para pensar que aquí hay espantos.
- ¿Ah, no? ¿Qué no recuerdas cómo murieron el signore y toda su familia?
Parecía que el otro le iba a contestar justo cuando giraba el picaporte de la puerta de mi habitación. Yo no tuve tiempo de ocultarme, así que cuando los dos hombres abrieron la puerta, me encontraron allí acostada.
No sé quién se asustó más.
- Te lo dije- dijo el que iba atrás, un hombre de cabello largo hasta los hombros y castaño. Parecía que sus cejas alcanzarían la altura de su coronilla- Te lo dije, Carlo.
Él otro no se movió. Me contemplaba petrificado. No supe qué hacer. Hice el ademán de bajarme de la cama, pero ellos ya estaban fuera de sí.
- Perdóname, espanto- dijo el de adelante, alguien no mayor de los cuarenta años, algo calvo y quien llevaba una gran bolsa en la mano- No volveremos a hacerlo, te lo aseguro
Temblaban. Dando tumbos, empezaron a retroceder.
A pesar de la lástima que me daban, no pude evitar sacar provecho de aquella situación.
Lentamente, sin dejar de observarlos, me bajé de la cama y empecé a caminar.
- Dios, perdónanos -musitó el de atrás- ¡Perdónanos!
El de cabello largo salió a correr desesperadamente. El de adelante se persignó y después de un segundo salió a correr. Los oí gritar a lo largo de la escalera. Parecía que había más en el primer piso.
- ¡Corran! ¡Hay un fantasma allí arriba! ¡Dejen todo como está! ¡Dejen todas las cosas en su sitio! ¡Va a matarnos si sacamos algo de su casa!
Al parecer, uno de los hombres que estaba en el primer piso no les creyó y oí cómo se negó.
- Vaya, qué cobardes son. A ver, muéstrenme a su fantasmita
Los otros balbucearon que lo habían visto arriba y le suplicaron poder irse. El renuente se negó. Argumentó que no se iría a menos que viera el tal fantasma.
Yo, acurrucada tras la columna de madera que daba inicio a las barandillas de la escalera, divisé cerca de mí una mesa con varios adornos en madera rodeando un florero.
A gatas fui hasta allá y tomé los adornos. Eran cuatro, así que luego de tomar el primero lo lancé lejos. Oí que los hombres exclamaban. Me incorporé y caminé haciendo sonar los tablados. Arrojé el siguiente adorno. Más gritos. Seguí caminando hasta terminar con los adornos. Oí cómo el renuente cambiaba de opinión. Sin embargo, seguía queriendo subir a enfrentar al fantasma. Decía que no había que temer a los muertos sino a los vivos, y a pesar de los reclamos de los demás, no quería irse.
Yo, decidida, tomé el florero extrañada de que las flores estuvieran tan frescas. Caminé lentamente a la baranda que daba al primer piso y sin pensarlo lo solté. Oí el estruendo y el horror de los hombres abajo.
- ¡Ya basta, Dios mío!- oí que gritaba alguno- ¡Vámonos, Felipe! La casa está embrujada, no debemos sacar nada o va a lastimarnos. ¡Va a lastimarnos! ¡Vámonos!
Los hombres corrieron con gran estruendo. Yo corrí por todo el segundo piso haciendo que mis pisadas se oyeran. Quise infringirles el mayor temor para asegurarme de que nunca más se aparecerían por mi casa. Alcancé algunos de los adornos que había arrojado antes y los volví a arrojar contra el piso, esta vez más fuerte.
Aquellos gritaron y se estremecieron. Corrieron hasta alcanzar la puerta principal y huyeron gritando a través del jardín. No supe por dónde entraron ni por dónde salieron, el hecho es que un minuto después se habían marchado del todo.
La casa se sumió en su habitual silencio y yo descansé. No sé qué habría hecho si se hubieran atrevido a subir.
Me quedé en el principio de la escalera de arriba hacia abajo y respiré profundo. Vi que el florero estaba deshecho y que las flores, unas rosas, estaban esparcidas por el suelo. Lamenté aquello y me propuse recogerlas luego, cuando me repusiera del todo, pues había sido una afanada carrera la que hice.
Sin embargo, no llegué a tal. Cuando aún me encontraba sentada en el primer escalón, mis ojos no pudieron creer lo que vieron.
Lenta y tímidamente una figura se asomó al salón. Estaba sucia y al parecer se daba cuenta de eso, porque insistía en luchar contra el polvo que se había acomodado en su traje.
De repente, pareció percatarse de mi presencia y levantó su rostro hacía mí.
Yo lo reconocí, pero no lo creí. Pensé que mi mente me jugaba una cruel pasada, pero cuando vi sus ojos azules, fulgurando bajo el intenso sol que se colaba por el inmenso ventanal del salón, pensé que la vida no podía ser más dulce.
Y sentí un cosquilleo en el estómago y en el corazón que no pude describir.

_____________________________________________________________________________
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En 2009, la lucha dolorosa entre el amor y el deber.

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AutorReply

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Gracias por tremendo capitulo, ahi te va mi tremendo comentario, jajaj

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June 8 2009, 6:27 PM 

Ohhh, bueniiisimooo, tremendooo!!!
Frances es la mejooor!! jajajaja...¡Muy bien hecho! ¡Yo también me habría hecho pasar por fantasma! ¡ Me daba una impotencia de que quisieran llevarse todas esas cosas tan bellas que Frances habia estado viendo y recorriendo con sus ojos, sus manos y sus recuerdos!

Ohhh, me divertí muchisimo, con el susto de esos hombres..jajaja..." Perdoneme espanto, perdoneme" JJAJAJAJAJAJAJA.

Y los otros de abajo se cagaron todos, me los puedo imaginar, p´ñalidos y chocandose unos con otros queriendo salir a correr como rayos veloces, jajajaja.

Ahora me entró ganas de continuar con el video!! Voy a seguirlo!!

Mi princesa de mi corazón, cada vez mas bonita...Frances, que caracter fuerte y seguro que tiene, woooow, me super encanta!!!

Pobres sus padres y hermanos, ¿ que les pasaría? No entiendo eso del suicidio en cadena ¡Porque? ¿ Que fue tan grave como para que hicieran tal cosa? ¿ Quizas es que no están muertos y hay algo extraño? ¿ O esa muerte no fue suicidio exactamente? Madre mia, las extrañas circunstacias en las que murieron también son intrigantes para mi. Porque yo a esa historia tambien le doy importancia, aunque parezca no tenerla, aunque parezca que se suicidaron y ya...¿ Nadie piensa mas allá? ¿ Nadie ahonda en que pudo ocurrir realmente? Yo si, y creo que algo extraño hay tras todo eso...

Wooow, el que entró ahora es James ¿No? ¡Pero no entiendo como entró ahi! ¡Por un pasadizo! Madreee miaaa, no será este su hermano o algo, ¡Porque me matoooo y te matooo! jajajaja...
Que loca ocurrencia...
¿Pero que hace James ahi? Porque ojos azules ya me suenan igual a James, por un momento creí que era Thomazzio y por poco me da un pampurrio, jajajaj.

Pues terminó otra vez intrigante...Madre miaaaa, ahora hasta saber porque ha venido de ese modo James...y que pasará entre ellos, que se dirán, cual es el secreto y el trato que nos adelantas....¡ Madreeeee!

Está genial esta historia....Como me deleité con las descripciones de esa mansion de ensueño, lastima que sea como una mansión fantasma, es como tragica, fascinante y bella a la vez...

Gran capitulooo!!!
Supongo que el 18 ya será la bomba, lo espero con unas ganas que no puedes imaginar, o quizas si....Bueno, no me enrrollo mas y me voy a poner con el video.
GRACIAS POR EL CAPIIIIIIIIIIIIII!!!!!!!!

 
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