¿Algo tenía que tener de bueno la ruptura?. Ese sofá parecía incombustible, siempre en primer plano, incómodo, rígido, feo hasta lo irrazonable, con su tapicería de pobre que ha de aparentar, además, serlo. Llegó un momento, ¡oye!, que, al levantarme en las noches, con el duermevela y a oscuras, temía tropezarme con él en cualquier rincón de la casa. Por suerte, aún tengo las espinillas intactas: de la que nos hemos librado

Besos.