quizá mi forma de embestir el lenguaje, entre la serenidad del que conoce alguna de sus reglas y el embobamiento por su robustez y riqueza, no sea más que manifestación de un pecado imperdonable, el que cometen todos los necios: la suficiencia.
No me planteo escribir de forma profesional ni considero que esté dotada para ello. En realidad, me valoran bastante en una faceta, la de correctora de estilo. Tengo amigos que ya han publicado algunas novelas y cuentos y recurren a mí. A veces, entra un manuscrito y sale otro bien diferente, que poco o nada tiene que ver con el original. Esto me compensa por la fuerza del cariño, aunque sea una labor de una minuciosidad y entrega desconocidas. Lo que peor llevo son los textos de la empresa de mi marido. Si son eslóganes, lemas, argumentarios, perfiles de puestos, etc., me apasiona, pero últimamente me han tocado hasta pésames.

Un besote enorme.