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PIDEME LO QUE QUIERAS O DEJAME (PARTE 2)

July 16 2013 at 10:23 AM
MARIA  (no login)
de la dirección IP 46.24.118.87

 

Al día siguiente, Björn y Norbert
regresan a Alemania. Björn tiene un par
de juicios y no puede faltar. Llamo por
teléfono a Marta y Sonia y, al saber lo
ocurrido se asustan y vuelan
rápidamente a Londres.
Marta, al ver el estado de los ojos
de su hermano, se reúne con los médicos
del hospital. Al final decide esperar
para ver si el tiempo o la medicación lo
resuelven. De no ser así, una vez en

Alemania programará una operación
para drenar la sangre. Aclarado este
punto, el médico nos da el alta para dos
días después.
¡Bien, podemos regresar a casita!
Sonia se vuelve loca al saber que va
a tener otro nieto y Marta aplaude
contenta. Que la familia aumente los
llena a todos de felicidad. Frida y
Andrés llaman y se tranquilizan al
hablar directamente con Esteban, y ni que
decir tiene lo alegres que se ponen al
saber de mi embarazo.
Cuando llamamos a Héctor para que
éste hable con su tío, no le decimos nada
del embarazo ni a él ni a Simona.

Norbert nos guarda el secreto hasta que
regresemos.
Una de las tardes en que estoy con
Esteban en la habitación aparece Amanda.
Su presencia me sigue incomodando,
pero reconozco que lo que hizo por mí
me permitió ver que no era la persona
que yo pensaba. Durante una hora, habla
con Esteban de trabajo y yo decido
aprovechar el ratito para llamar a mi
padre. Quiero darle la noticia.
Emocionada a la par que nerviosa,
salgo de la habitación y marco el
teléfono de Jerez. Tras dos timbrazos, es
la voz de mi sobrina Estrella la que me
saluda:

¡Titaaaaaaaaaaaaa!
Hola, maestra Pokémon, ¿cómo
estás?
Pues, como diría el abuelo, jodida
pero contenta.
¡Estrella!, esa boquita la regaño.
Es tan natural, tan auténtica, que no
puedo evitar sonreír.
Hoy la profe, la Colines, me ha
puesto un cuatro en un trabajo que se
merecía al menos un siete.
Me río. Recuerdo quién es la
Colines y respondo.
Bueno, cariño, quizá te tienes que
esforzar más.
Esa bruja con cara de rata me

tiene manía. Tita, me he esforzado
mucho, pero es que en este cole son mu
tiquismiquis.
Bueno, cariño, yo creo que...
Pero de pronto hace eso que tan bien
se le da a mi hermana, cambia de tema y
pregunta:
¿Cómo está el tito? ¿Está mejor?
Sí, cariño, está cogiendo fuerzas y
en unos días regresaremos a Alemania.
¡Qué guay! ¿Y Héctor?
En Múnich con Simona y Norbert.
Por cierto, está deseando que lleguen las
navidades para volver a verte.
Qué enrollao que es el tío
suelta con su habitual desparpajo.

Dile que me voy a llevar los juegos que
le dije para la Wii y que se prepare, que
le voy a dar una paliza, ¿vale?
Por supuesto, se lo diré.
Tita, te dejo que mi madre quiere
hablar contigo. ¡Qué pesada! Un beso
grande, grande.
Otro para ti, mi amor.
Sonrío. ¡Qué linda que es mi Estrella!
Cuchufleta, ¿cómo está Esteban?
pregunta mi hermana, preocupada.
Cuando llamé a mi padre y a ella
para contarles que Esteban estaba en el
hospital, querían viajar a Londres. Los
paré. Sé que tanta gente a Esteban lo
agobiaría.

Bien. Pasado mañana regresamos
a casa. Estoy agotada.
Ay, cuchu..., qué pena que estés
tan lejos. Me encantaría espachurrearte
y darte ánimos.
Lo sé. Ya me gustaría a mí teneros
cerquita. ¿Qué tal Lucía?
Ceporra. Esta niña come mucho.
Cualquier día nos come a nosotros.
Ambas reímos y canturreo:
A que no sabes una
cosaaaaaaaaaa...
¿El qué?
Adivina.
¿Os venís a vivir a España?
Nooooooo.

¿Te has teñido de rubia?
No.
¿Mi cuñadísimo te ha regalado un
Ferrari rojo?
No.
¿Qué es, cuchuuuuuu?
Divertida, me carcajeo y, deseosa de
decirlo, suelto ya:
Creo que a alguien la van a llamar
tita Raquel dentro de poco.
El grito de mi hermana es
ensordecedor.
Ni Tarzán en sus mejores momentos
lo hubiera podido hacer mejor.
Empieza a aplaudir como loca y
oigo cómo se lo dice a mi sobrina Estrella.

Las dos gritan y aplauden. Me río sin
poderlo remediar y entonces oigo la voz
de mi padre que dice:
¿Es cierto, morenita? ¿Es cierto
que me vas a dar otro nietecito?
Sí, papá, es cierto.
Ojú, mi arma, me acabas de
alegrar la vida. ¿Tienes fatiguita, mi
niña?
Sí, papá, una poquilla.
Su risa y su felicidad, como siempre,
me hinchan el corazón. Hablo con él y
con Raquel al mismo tiempo. Los dos
quieren hablar conmigo y mostrarme su
alegría. Mi hermana le quita el teléfono
y dice:

Cuchu..., en cuanto llegues a casa,
llámame y hablamos. Tengo mogollón de
cositas de Lucía que te pueden servir
para los primeros meses. Oh, Dios..., oh,
Dios... Tú embarazada. ¡No me lo puedo
creer!
Ni yo, Raquel, ni yo murmuro.
Oigo un ruido y, de pronto, mi
sobrina pregunta:
Tita, ¿te puedo hacer una
pregunta?
Claro, cariño.
¿El bebé va a salir con los ojos de
Héctor?
Me entra la risa y oigo reír también
a mi padre y a mi hermana. Divertida

por su comentario, respondo:
No lo sé, pichurri. Cuando nazca,
lo primero que haré será mirárselos.
De nuevo ruido y forcejeos. Es mi
padre.
Morenita, ¿comes bien?
Sí, papá. No te preocupes.
¿Has ido ya al médico?
Sí.
Tu hermana me dice que si te
tomas nosequé de folclórico.
Suelto una carcajada.
Sí, papá. Dile que me tomo el
ácido fólico.
Ojú, morenita, qué contento estoy.
¡Otro nietecito!

Sí, papá, otro nietecito.
Ojalá sea un chicote.
Eso me hace gracia y pregunto:
¿Y si es una niña, qué?
Mi padre suelta una carcajada y
responde:
Pues tendré otra mujercita más a
la que querer y mimar, mi vida.
Ambos nos reímos y entonces dice:
¿Esteban está mejor?
Sí, papá, está mucho mejor. En un
par de días le dan el alta.
Bien..., bien y, oye, ¿está feliz por
lo del bebé?
Sonrío. Esteban casi no duerme desde
que lo sabe. Está continuamente

preocupándose de que coma y descanse
y cuando ve que vomito se pone
enfermo, pero respondo:
Esteban está como tú..., encantado.
Hablamos varios minutos más y,
cuando veo salir a Amanda de la
habitación, me despido rápidamente de
mi familia. Ella me mira y digo:
Te acompaño hasta la puerta del
hospital.
Asiente y las dos echamos a andar
hacia el ascensor. Sabemos que tenemos
una conversación pendiente y, cuando
paramos, digo:
Gracias por avisarme.
Amanda me mira y, retirándose su

sedoso pelo de la cara, cuando entramos
en el ascensor, responde:
Enhorabuena por lo del bebé.
Gracias, Amanda.
Entonces, mirándome, dice:
No te avisé antes porque Esteban me
lo prohibió. Pero al tercer día me salté
sus órdenes y lo hice. Tú tenías que
saber lo que ocurría.
Asiento y sonrío. Es de agradecer el
detallazo.
La tensión entre nosotras se corta
con un cuchillo y, cuando llegamos a la
puerta del hospital, me mira y dice:
María, quiero que sepas que las
cosas me quedaron muy claras hace

tiempo. Esteban es un hombre felizmente
casado y yo ahí no entro.
Me alegra saber lo que piensas
respondo. Eso nos facilitará la
convivencia a las dos.
Sonríe y, señalando a un hombre
trajeado que la espera en un
impresionante Audi A8, dice:
Te dejo. Me esperan.
Moviéndome rápidamente, me
acerco a ella y le planto un beso en cada
mejilla. Nos miramos y sé que el gesto
que hemos tenido cada una, ella
avisándome de lo de Esteban y yo dándole
dos besos, nos hace firmar la paz.
Después, sin moverme de la puerta

del hospital, veo cómo esa tigresa rubia
contonea sus caderas hasta el hombre
del Audi, se sube al coche y, tras
besarle en los labios, se van.
Cuando regreso a la habitación, Esteban
trabaja con su ordenador y sonríe al
verme entrar.
Su aspecto ha mejorado y,
acercándome, lo beso y murmuro:
Te quiero.
Dos días después, regresamos a
Múnich.
¡Hogar, dulce hogar!
Tener todas mis cosas a mano, mi
cama y mi baño es lo que más necesito.
Cuando Héctor y Simona ven a Esteban,

sus caras lo dicen todo.
¡Se asustan!
Esteban sonríe y yo también, mientras
acaricio la cabeza de Calamar.
Tranquilos, aunque parezca el
vampiro malvado de Crepúsculo con
esos ojos, ¡juro que es Esteban! Y no
muerde cuellos.
Mi comentario distiende un poco el
ambiente. Veo la alarma en sus caras y
lo entiendo, sus ojos son como para
asustarse.
Héctor, como niño que es, se acerca a
su tío y, tras abrazarlo, pregunta:
¿Se te van a poner bien o ya se te
quedan así para siempre?

Se le pondrán bien afirmo,
deseosa de recuperar su mirada.
Eso espero murmura Esteban,
abrazando a su sobrino.
Lo miro y no digo más. Sé que,
aunque no diga nada, mi alemán está
preocupado con el tema. Sólo hay que
ver cómo él mismo se mira al espejo
para percatarse de ello. No hemos
hablado del asunto. No quiero
atosigarlo. Sólo espero que la
medicación consiga drenar la sangre y
todo se solucione.
Como dice siempre mi padre, la
positividad llama a la positividad. Por
lo tanto, ¡positiva!

Observo a Simona, que no puede
dejar de mirar los ojos de Esteban.
La entiendo.
Esto es lo que impresiona más a
todos. Verlo con la pierna enyesada te
hace mirarlo, pero verdaderamente lo
que impacta son sus ojos completamente
ensangrentados. Sin un ápice de
blancura. Rojos y azules, una extraña
combinación.
Por la noche, cuando nos sentamos a
cenar, les pedimos a Norbert y Simona
que se sienten con nosotros en los
postres. Necesitamos hablar con ellos.
Y cuando les damos la buena nueva del
embarazo, Héctor grita:

¡Voy a tener un primo! ¡Cómo
mola!
Esteban y yo nos miramos y digo:
Vas a ser el hermano mayor y
necesitaremos que le enseñes muchas
cosas.
Todos me miran. El comentario en
cierto modo los sorprende y aclaro,
totalmente convencida:
Héctor es mi niño y Medusa también
lo será...
¡¿Medusa?! preguntan al
unísono Simona y Héctor.
Norbert sonríe. Esteban también y yo
aclaro, señalando mi plano vientre.
Lo llamo Medusa hasta que sepa

si es niña o niño. Ellos asienten y,
mirando a Héctor, que no me quita ojo,
pregunto: Tú quieres ser su hermano
mayor, ¿verdad?
Él asiente y murmura con gesto
asombrado:
Guayyyyyyyyyy, mamá.
En ocasiones me llama mamá, en
otras, tía, en otras, Mary. Aún no ha
decidido cómo hacerlo, pero a mí eso no
me importa. Lo único que quiero es que
me llame.
Simona, muy emocionada por todo,
coge la mano de Norbert y exclama:
¡Qué alegría! Otro niño
correteando por la casa. ¡Qué alegría!

Los miro con cariño. Ellos no han
tenido hijos. Meses atrás, Simona me
confesó que lo intentaron durante años,
pero que el destino nunca se los
concedió. Sé que la noticia a ella
particularmente le llega al corazón y que
Medusa será como su nietecillo.
Entonces no compramos la moto
para mis clases, ¿verdad? pregunta
Héctor.
Al oírlo, suspiro. ¡La moto de Héctor!
No había vuelto a pensar en ello.
Esteban me mira, luego mira a su
sobrino y dice:
Ahora Mary no puede enseñarte.
Con el embarazo no puede montar en

moto, pero si tú quieres, este fin de
semana la compramos y el primo Jurgen
te enseñará.
Esteban tiene razón. Ahora, ni debo ni
puedo. Pero su buena disposición hacia
el niño me encanta. Me parece una
fantástica solución lo que propone, pero
me sorprendo cuando Héctor responde.
No. Yo quiero que me enseñe Mary.
Mirándolo con cariño le explico:
Ahora no puedo montar en moto ni
correr mucho detrás de ti.
El crío me mira y pregunta:
Pero después de tener a Medusa si
podrás, ¿verdad?
Asiento. Está claro que, para él, es

importante que sea yo quien le enseñe.
Miro a Esteban, que sonríe y, besando a mi
pequeñajo en la cabeza, respondo segura
de mí misma:
Pues no se hable más. Las clases y
la moto llegarán cuando Medusa ya esté
durmiendo en su cuna.
Por la noche, cuando Esteban y yo
llegamos a nuestra habitación estamos
agotados. Con cuidado, se sienta en la
cama y deja la muleta a un lado. Se
siente feliz por estar en casa y mirándole
pregunto:
¿Te ayudo a desnudarte?
Con una ardiente sonrisa, mi chico
asiente y yo procedo.

Primero le desabrocho la camisa, se
la quito y, con mimo, le toco los
hombros. Madre mía, cómo me gusta.
Después de eso, lo hago levantar y, sin
rozarle la pierna enyesada, le bajo el
pantalón del chándal negro que lleva. Al
ver su prominente erección bajo el
calzoncillo, murmuro:
Oh, sí..., justo lo que necesito.
Esteban se ríe y yo añado:
Llevo demasiados días sin... y
quiero... quiero... quiero.
Deseosa, acerco mi boca a la suya.
Ya nos podemos besar con tranquilidad.
La herida del labio ha sanado y por fin
puedo ser devorada y devorar a mi

marido con deleite y pasión. Acelerada
en segundos por la cercanía del hombre
que me tiene locamente enamorada, con
cuidado me siento en sus piernas a
horcajas y pregunto:
¿Te molesta si me siento aquí?
Él niega con la cabeza y, mimosa,
susurro: Pues entonces de aquí no me
muevo.
Esteban besa mis labios y, colocando
sus ardientes manos en mis caderas,
dice:
Seguro que no te vas a mover.
Sonrío. ¡Qué ladrón! Y,
mordisqueándole los labios, respondo:
Voy a moverme tanto que tus

gemidos los van a oír hasta en Australia.
Qué tentador ronronea.
Dichosa por tenerlo de nuevo entre
mis brazos, lo miro y digo:
Aunque, ahora que lo pienso, creo
recordar que te dije que te castigaría.
Esteban se para, me mira con el
semblante descompuesto y aclaro:
Te portaste muy mal conmigo.
Desconfiaste de mí y...
Lo sé, cariño. Nunca me lo
perdonaré.
No sonrío. Quiero que crea que lo
voy a castigar e insiste:
Te necesito, Mary... por favor.
Castígame otro día sin ti, pero hoy...

Tú me has castigado sin ti muchos
días, Esteban, ¿lo has pensado?
Sí... Y acercando su boca a mí,
implora: Por favor, Mary...
Oírlo rogar es música para mis
oídos.
Lo tengo a mi merced.
Me necesita tanto como yo a él y
respondo:
El castigo debe ser acorde a tu
delito.
No se mueve. Sé que eso lo está
amargando. Me mira a la espera de mi
siguiente comentario e, incapaz de
seguir torturándolo así, digo:
Por ello, tu castigo será

satisfacerme hasta que caiga rendida.
Esteban suelta una carcajada y yo
sonrío. ¡Paso de castigos!
Me tienta con su boca.
Pasea sus labios por los míos y,
cuando abro mi boca dispuesta a que la
tome, hace eso que tanto me gusta. Saca
la lengua, me chupa el labio superior,
después el inferior, luego me lo
mordisquea y finalmente me besa. Me
devora. Me vuelve loca.
Su duro pene late bajo mi cuerpo y,
poseída por el deseo, susurro:
Rómpeme el tanga.
Hum..., pequeña, esto se pone
interesante. Y, sin demora, hace lo

que le pido.
Da un tirón seco a ambos lados de
mis caderas y el tanga se desintegra.
¡Sí!
Deseosa de tenerlo dentro de mí, me
incorporo. Cojo el tentador pene de mi
marido y, llevándolo al centro de mi
deseo, lo introduzco poco a poco y
murmuro:
Te echaba de menos.
Las manos de Esteban van directas a mi
trasero y me da un azote. Dos. Tres. Y,
sin hablar, exige que me mueva.
Obedezco y, cuando lo hago, él da un
respingo, echa la cabeza hacia atrás y
cierra los ojos.

Oh, sí..., disfruta..., disfruta, mi
amor.
Me agarro a su cuello y,
mordiéndole la barbilla con cuidado,
muevo las caderas de atrás adelante y
me uno a sus jadeos. Me empalo una y
otra vez en la verga de mi alemán, sin
resuello, mientras mi cuerpo se eriza por
lo que esto me hace sentir.
Mis hormonas, mi cuerpo y yo
pedimos más. Esteban, consciente de lo que
quiero, a pesar de que no se puede
mover con su pierna escacharrada, me
agarra por las caderas y, parando mi
ritmo, murmura:
Déjame cumplir mi castigo,

pequeña.
Eso me desconcierta, no quiero
parar. De pronto, da un giro seco a mis
caderas que me empala más en él y me
hace gritar. Sonríe. Sabe que me gusta y
repite la operación. Esta vez gritamos
los dos. Su seco movimiento profundiza
más en mi cuerpo. Siete, ocho, nueve
veces lo repite y, cuando el éxtasis nos
llega, tras tantos días de sequía, nos
dejamos llevar.
Una hora después, abrazada a él en
la cama, me estoy quedando dormida
cuando dice:
Mary...
¿Qué?

Fóllame.
Abro los ojos de golpe y,
volviéndome hacia él, lo miro y explica:
Te lo haría yo a ti cariño, pero mi
pierna no me deja y quiero continuar con
mi castigo.
Miro el reloj, las 00.45.
Es tardísimo para los alemanes y,
divertida, pregunto:
¿Estás juguetón?
Mi chico sonríe y, tocándome las
caderas, contesta:
Te he añorado mucho estos días y
necesito recuperar el tiempo perdido.
Sonrío y rápidamente me reactivo.
Abro la mesilla, cojo el neceser donde

hay varios de nuestros juguetitos y digo:
Me quitaré el tanga antes de que
me lo rompas. Dos en una noche son
muchos. Oigo la risa de Esteban cuando
pide:
No enciendas la Estrella.
¿Por qué?
Quiero oscuridad para fantasear.
Sonrío, me quito el tanga y me siento
sobre él en la cama. Le bajo el pijama y,
al ver en la oscuridad cómo está aquello
de revolucionado, murmuro:
Vaya... vaya... vaya, señor
Sanromán, está usted muy pero que
muy necesitado.
Esteban sonríe.

Demasiados días sin ti, señora
Sanromán.
¿Ah, sí? Y, tras empalarme
totalmente en el erecto miembro de mi
marido, susurro, acercando mi boca a la
suya: Tu culpa fue no confiar en mí.
El cachete que Esteban me da en el
trasero suena sordo y seco. Después,
con sus grandes manos me aprieta el
culo y murmura:
Pídeme lo que quieras, pequeña,
pero fóllame.
El momento tan íntimo...
Su voz...
Y la oscuridad de la habitación...
nos enloquecen más

Tumbado en la cama, lo tengo a mi
merced y deseosa de jugar con él.
Quiere fantasear. Yo también y,
acercándome a su oído, murmuro:
Una pareja nos observa. Quiere
vernos jugar.
Sí.
A la mujer le gusta ver cómo me
chupas los pezones y él quiere digo,
poniéndole algo en la mano que le
enseñes mi trasero y luego introduzcas
la joya anal.
Esteban entra en el juego. ¡Le encanta!
Su respiración se vuelve más
profunda, más sibilante, mientras se
deleita chupándome los pezones. Oh,

sí... los tengo tan sensibles que la
mezcla de gusto y dolor me encanta. Sin
soltarme los pezones, me agarra de las
cachas del culo, me las separa y,
soltándome los pezones, murmura:
Dejemos que el hombre mire tu
precioso culito.
Sí susurro yo.
Le encanta tu trasero, pequeña. Lo
mira. Lo disfruta. Y lo desea.
Sí...
Pero le gusta ver cómo te penetro
con fuerza.
Un fuerte empellón hace que yo
jadee y le muerda el hombro, mientras él
añade:

La mujer se muere por chupar tus
bonitos pezones. La boca se le hace agua
y con su mirada me pide que te suelte
para que ella disfrute.
No, no me sueltes. Sigue
disfrutando tú de mí y luego entrégame a
ella.
Mi respiración al decir eso cambia.
Lo que mi chico dice me excita tanto
como a él. Vuelve a darme otro azote en
el trasero y, arqueando la espalda,
murmuro:
Así te gusta que lo muestre.
Arquéate más, pequeña...
Lo hago, mientras siento cómo mi
cuerpo se estremece ante nuestro

morboso juego. Nos gusta hablar. Nos
gusta imaginar. Nos gusta el sexo e,
introduciéndome la joya anal en la boca,
Esteban susurra:
Chúpalo, vamos..., chúpalo.
Hago lo que me pide, mientras mi
mente imagina que dos personas nos
miran y disfrutan de nuestro íntimo
momento. Mis pezones, duros e
hinchados, son succionados por Esteban
mientras yo chupo la joya anal. La
intensidad de mis lametazos es la misma
que Esteban emplea en mí, hasta que dice:
Voy a introducir lo que deseas y
desean.
Excitada y enloquecida por nuestro

juego verbal, me arqueo mientras Esteban
pasea la joya por mi columna lentamente
hasta llegar al agujero de mi ano. Está
seco. No me ha puesto lubricación y
murmura mientras lo introduce:
Así, pequeña..., así...
Jadeo al notar la presión que eso
ejerce en mí, pero mi cuerpo deseoso lo
acepta. Cuando la joya está en mi
interior, Esteban la mueve y yo gimo
mientras mis duros pezones chocan
contra su pecho y lo oigo decir:
Te voy a follar y después, cuando
yo esté saciado de ti, te entregaré a
ellos. Primero a la mujer y después al
hombre. Abriré tus piernas para que

ellos tengan acceso y tú me entregarás
tus jadeos, ¿de acuerdo?
Sí..., sí... gimo enloquecida,
mientras me aprieta contra él y siento
que me va a partir en dos.
Tus piernas no se cerrarán en
ningún momento. Dejarás que ella tome
de ti lo que desea, ¿lo harás?
Sí..., lo haré.
El tono de mi voz, las fantasías de
ambos y el deseo crean el ambiente que
ambos buscamos. Le pongo las manos en
su duro pecho y me empalo una y otra
vez en él, mientras Esteban me tiene
agarrada por la cintura y me aprieta con
fuerza para dar más profundidad.

Nuestro lado salvaje vuelve a
resurgir y, sin parar, como posesos, una
y otra vez nos damos lo que ambos
buscamos hasta llegar al clímax.
Esa noche somos insaciables y, tras
una última vez más, cuando decidimos
descansar, murmuro entre sus brazos:
Quiero que cumplas tu castigo
todas las noches.
Esteban me besa y, con una de sus
grandes manos, comienza a tocarme el
pelo.
Duerme, diosa del sexo.

25




Cuando me despierto a la mañana
siguiente, nada más abrir el ojo, mi
estómago se contrae como cada día y
tengo que salir disparada al baño.
Esteban, que está en la cama conmigo,
va detrás de mí todo lo rápido que
puede con el yeso en la pierna y, cuando
ve que estoy vomitando, me agarra con
fuerza.
Cuando las náuseas pasan, me siento
en el baño y, mirándole, murmuro:

Esto es horroroso... Medusa me
mata.
El pobre, que ha cogido una toalla y
la ha mojado con agua, me la pasa por la
cara y, con todo el cariño del mundo,
dice:
Tranquila, pequeña. Pronto
pasará.
Yo... no voy a poder con esto...
No puedo.
Sí puedes, cariño. Vas a tener un
bebé precioso y te olvidarás de todo.
¿Estás seguro?
Esteban clava su peculiar mirada
ensangrentada en mí y contesta:
Segurísimo. Va a ser una niña

morenita como tú, ¡ya lo verás!
Y te dará mucha guerra, como yo
apostillo.
Sonríe, me da un beso lleno de amor
en la punta de la nariz y murmura:
Si lo hace con tu gracia, me
encantará.
Sin ganas de dramatizar, asiento y
finalmente sonrío. Mi chico es
maravilloso y hasta en un momento así
me hace olvidar lo mal que me
encuentro y consigue que sonría.
He leído que los vómitos suelen
durar sólo los tres primeros meses y ésa
es mi esperanza, ¡que se acaben!
Una vez el color regresa a mi rostro,

Esteban sale del baño y decido darme una
ducha. Me desnudo y, cuando me quito
el tanga, parpadeo. ¡Sangre!
¡Oh, Dios mío!
Rápidamente, llamo a Esteban,
nerviosa.
Él, a pesar de su escayola, en cero
coma un segundo ya está en el baño y,
mirándolo asustada, susurro:
Tengo sangre.
Vístete, cariño. Vamos al hospital.
Como una autómata, salgo del cuarto
de baño y me visto a toda prisa. Esteban lo
hace antes que yo y, cuando bajo,
Norbert y él me esperan y Simona,
dándome un beso, me dice:

No te preocupes. Todo estará
bien.
En el coche, Esteban me coge las
manos. Las tengo frías. Estoy asustada.
Las pérdidas de sangre no son buenas
cuando una está embarazada.
¿Y si he perdido a Medusa?
Cuando llegamos al hospital, Marta
nos espera en la puerta con una silla de
ruedas. Hacen que me siente en ella y, a
toda pastilla, me llevan a urgencias. Una
vez allí, impiden entrar a Esteban. Marta se
queda con él y yo me voy con unos
médicos.
Tengo miedo.
Me hacen cientos de preguntas y yo

respondo, aunque ni yo misma me
entiendo. Nunca he querido estar
embarazada, pero Medusa de pronto
significa mucho para mí. Para Esteban. Para
los dos.
Me preguntan si he estado nerviosa
por algo últimamente. Asiento. No les
cuento mi vida, pero la tensión sufrida
puede haber ocasionado esto. Me
tumban en una camilla y me hacen una
ecografía. En silencio y con la
respiración acelerada, observo cómo
dos médicos con semblante serio miran
el monitor. Quiero que todo esté bien.
Al final, tras valorar lo que ellos creen
pertinente, me miran y uno de ellos dice:

Todo está bien. Tu bebé sigue
contigo.
A llorar se ha dicho.
Lloro, lloro y lloro.
Creo que me van a nombrar la
llorona general de Alemania.
Cinco minutos después, dejan entrar
a Esteban. Se le ve preocupado y muy tenso.
Al verme, me abraza. Estoy tan
emocionada que no puedo decir nada,
salvo llorar, y los médicos son quienes
le explican que todo está bien.
Besándome en la cabeza, Esteban me acuna
y murmura:
Tranquila, campeona. Nuestro
bebé está bien.

Asiento y me tranquilizo por
segundos.
Diez minutos después, antes de
mandarnos para casa, uno de los
médicos nos da un informe y nos dice
que si no sangro, vaya a mi revisión
normal con la ginecóloga. Añade que de
momento tengo que hacer reposo. Esteban
asiente y yo suspiro. No quiero ni pensar
lo pesadito que se va a poner ahora con
eso del reposo.
Como ya imaginaba, nada más llegar
a casa me manda a la cama. En ese
momento ni lo dudo. Tras el susto que
me he dado estoy agotada y, al poner la
cabeza en la almohada me quedo frita.

Cuando me despierto y voy a
levantarme, veo que Esteban está a mi lado.
Se ha subido el portátil y está trabajando
en la habitación. Al verme, rápidamente
deja el ordenador y, besándome,
pregunta:
¿Estás bien, pequeña?
Sí, perfectamente.
Han llamdo Frida y Andrés. Te
mandan besos y se alegran de que todo
vaya bien.
¿Y cómo se han enterado ellos?
Esteban sonríe y, besándome la punta de
la nariz, contesta:
Björn.
Voy al baño. Esteban me acompaña y,

cuando veo que ya no sangro, me relajo.
Cuando vuelvo a la cama, él se tumba a
mi lado y murmura:
Me siento culpable de lo que ha
pasado.
¿Por qué?
Esteban mueve la cabeza y responde:
He sido el culpable de toda la
tensión que has sufrido. Por mi culpa
casi perdemos a nuestro bebé. Además,
anoche te pedí demasiado y...
No digas tonterías lo corto.
Los médicos han dicho que a veces pasa
esto. Y en cuanto a lo de anoche, no
empieces a martirizarte con algo que no
sabes.

Iceman asiente, aunque lo conozco y
sé que se culpará siempre por ello. Yo
decido no darle más vueltas al tema. Lo
pasado pasado está. Ahora sólo hay que
mirar al futuro. Como dice mi padre:
«para atrás no se mira ni para coger
impulso».
Ese día no me deja levantar y al día
siguiente, cuando me despierto, insiste
en que me quede en la cama. Durante la
mañana me entretengo como puedo, veo
Locura Esmeralda con Simona, hablo
por Facebook con mis amigas las
guerreras, pero por la tarde ya no puedo
más y, cuando Héctor llega del colegio, me
levanto. Cuando Esteban me ve en la cocina

se le descompone el gesto. No le gusta
verme allí y, antes de que diga algo,
suelto con el cejo fruncido:
Reposo es tranquilidad. No estar
metida en la cama las veinticuatro horas
del día. Por lo tanto, no me estreses ni
me pongas nerviosa, ¿entendido?
No dice nada. Se contiene y, cuando
una hora después me ve correr hacia el
baño, al salir me coge en brazos y dice:
A la cama, pequeña.
Protesto y me quejo, pero da igual.
Me lleva a la cama.
Los siguientes días son parecidos.
Reposo, reposo y reposo.
Una semana después estoy del

reposo hasta el gorro.
Mi familia, avisada por Esteban, se
entera de lo ocurrido. Papá se empeña
en venir a Alemania para cuidarme.
Como puedo, lo convenzo de que no
hace falta. Me muero de ganas de verlo
y abrazarlo, pero sé que él, Raquel y
Esteban, los tres juntos, me pueden volver
loca con sus cuidados, y me niego.
Al final, papá y Raquel llaman todos
los días y por sus voces sé que se
tranquilizan cuando me oyen reír.
Desde México llaman Dexter y
Graciela, y me alegro de corazón al
saber que lo suyo va viento en popa.
Según me cuenta Graciela, Dexter

duerme con ella todas las noches y le ha
dicho a todo el mundo que es su
prometida. No me quiero ni imaginar la
alegría que tendrá la madre de Dexter.
Con el paso de los días, Esteban parece
entender que estoy hasta el moño de
estar en la cama y acepta que vaya de
ahí al sofá del salón y viceversa. ¡Es un
gran paso!
Según él, hasta que me vea de nuevo
la ginecóloga no aceptará nada más.
Incluso se niega a tocarme más allá de
lo que no sean dulces caricias y besos.
Eso en un principio me hizo gracia, pero
ahora no. Estoy que trino.
Hablamos mucho de Medusa. ¿Será

una morenita? ¿Será un rubito? Le
horroriza que lo llame Medusa, pero al
final claudica, al entender que lo hago
con cariño y que soy incapaz de
llamarlo de otra forma.
Todas las noches, en la intimidad de
nuestra habitación, Esteban me besa la
tripita y eso me pone tontorrona. ¡Qué
lindo es! El amor que destila por todos
los poros de su piel es tan grande que
sólo puedo sonreír.
Una de las noches, cuando estamos
los dos en la cama, tras nuestro rato de
tonteo me abrazo a él y murmuro:
Te deseo.
Esteban sonríe y me da un casto beso en

los labios.
Y yo a ti, cariño, pero no
debemos.
Lo sé. Tiene razón. Pero deseosa,
murmuro:
No hace falta que me penetres...
Levantándose de la cama, se aleja de
mí.
No, cariño. Mejor no tentemos a
la suerte. Mi cara se lo tiene que
decir todo y añade: Cuando tu doctora
nos dé el visto bueno, todo volverá a la
normalidad.
Pero Esteban..., todavía quedan dos
semanas para que vaya a la ginecóloga.
Divertido por mi insistencia, abre la

puerta y, antes de salir de la habitación,
dice:
Pues ya queda menos, morenita.
Toca esperar.
Cuando me quedo sola, suspiro
frustrada. Mis hormonas revolucionadas
quieren sexo y está claro que esa noche
no lo voy a conseguir.
Los días pasan y a Esteban le quitan el
yeso de la pierna. Eso me hace feliz y a
él más. Poder recuperar su movilidad e
independencia es un descanso.
Una tarde, tras pegarme una siesta de
tres horas, Esteban me despierta dándome
infinidad de besos. Eso me encanta. Me
espachurro contra él y, cuando voy a

lanzarme al ataque, me para y murmura:
No, pequeña... No debemos.
Eso me despierta por completo y
gruño. Esteban sonríe y, cogiéndome en
brazos dice:
Ven. Héctor y yo queremos
enseñarte algo.
Me baja por la escalera mientras yo
sigo con cara de mala leche. No tener
sexo me está matando. Pero cuando abre
las puertas del salón y veo lo que los
dos han hecho por mí, me emociono.
Mi pequeño pitufo gruñón exclama:
¡Sorpresa! Es Navidad y el tío y
yo hemos puesto el árbol de los deseos.
Cuando Esteban me deja en el suelo, me

tapo la boca con las manos y, sin poder
remediarlo, lloro. Me echo a llorar
como una tonta y, ante el gesto de
sorpresa de Héctor, que no entiende nada,
Esteban rápidamente me sienta en una silla.
Ante mí está el árbol de Navidad
rojo que el año anterior nos costó tantos
enfados. Sin dejar de llorar lo señalo.
Quiero hablar para darles las gracias y
decirles que es precioso, pero las
lágrimas no me dejan. Entonces, mi niño
dice:
Si no te gusta, podemos comprar
otro.
Eso me hace llorar aún más. Lloro,
lloro y lloro.

Esteban, tras besarme en la cabeza, mira
a su sobrino y le explica:
Mary no quiere otro. Éste le gusta.
¿Y por qué llora?
Porque el embarazo la hace estar
muy sensible.
El crío me mira y me suelta en las
narices:
Pues vaya rollazo.
Lo que han hecho es algo tan bonito,
tan precioso, tan emotivo que no puedo
reprimir las lágrimas. Imaginar a mis
dos chicos, solitos, adornando el árbol
para mí me pone la carne de gallina y
me emociona.
Esteban se agacha y, a diferencia de

Héctor, entiende lo que me pasa y,
secándome las lágrimas que corren por
mi cara con las manos, dice:
Héctor y yo sabemos que es tu época
preferida del año y hemos querido darte
esta sorpresa. Sabemos que prefieres
este árbol a un abeto, que tarda mucho
en crecer, y mira me señala unas
pequeñas hojas de papel que hay sobre
la mesa, tienes que apuntar ahí tus
deseos para que los podamos colgar.
Y estas otras hojas prosigue
Héctor, son para que cuando venga la
familia escriban sus deseos y los
cuelguen también en el árbol. ¿A que es
una buena idea?

Tragándome las lágrimas, asiento y,
con un hilillo de voz, murmuro:
Es una estupenda idea, cariño.
El niño aplaude y me da un abrazo.
Esteban, al vernos tan unidos, asiente y en
su boca leo que me dice: «Te quiero».
Al día siguiente vamos a la consulta
de Marta en el hospital. Toca revisión
de la vista de Esteban. En un principio, él
se niega a que yo vaya, debo seguir en
reposo. Pero claudica cuando le tiro un
zapato a la cabeza y le grito que o voy
con él o voy yo sola en un taxi detrás.
Sus ojos siguen encharcados de
sangre. No mejoran ni con la medicación
ni con el tiempo. Marta, tras valorarlo

con otros compañeros de profesión,
decide programar la cirugía para drenar
la sangre para el 16 de diciembre.
Tengo miedo y sé que Esteban tiene
miedo. Pero ninguno de los dos decimos
nada. Yo por no preocuparlo y él por no
preocuparme a mí.
El día de la operación me tiembla
todo. Insisto en acompañarlo y no se
niega. Me necesita. Sonia, su madre,
viene con nosotros también. Cuando
llega el momento de separarnos, Esteban me
da un beso y murmura:
No te preocupes, todo saldrá bien.
Asiento y sonrío. Quiero que me vea
fuerte. Pero cuando desaparece, Sonia

me abraza y hago lo que tan bien se me
da últimamente, ¡llorar!
Como todos queríamos, la cirugía es
un éxito y Marta insiste en que Esteban pase
una noche hospitalizado. Él se niega,
pero cuando me pongo como una fiera,
claudica e incluso acepta que me quede
para hacerle compañía.
Esa noche, cuando los dos estamos
en silencio, dice en la oscuridad:
Espero que nuestro bebé no
padezca el problema de mis ojos.
Nunca había pensado en ello y me
entristece saber que Esteban ya lo ha tenido
en cuenta. Como siempre, él lo calibra
todo.

Seguro que no, cariño. No te
preocupes ahora por eso.
Mary..., mis ojos siempre nos van a
dar problemas.
Yo también te los voy a dar
siempre. Y ni te cuento cuando tengas a
Medusa. ¡Guauuu!, prepárate,
Sanromán.
Lo oigo reír y eso me reconforta.
Necesito que sonría.
Deseosa de abrazarlo, me levanto de
mi cama, me tumbo en la de él y digo:
Tienes un problema en la vista,
cariño, y con eso vamos a vivir siempre.
Yo te quiero, tú me quieres y vamos a
poder con ese problema y con todos los

que se nos presenten. No quiero que te
agobies por ello ahora, ¿de acuerdo?
De acuerdo, pequeña.
Intentando desviar el tema, añado:
Cuando Medusa llegue, no pienses
que te vas a escaquear de cuidarlo por
tus puñeteros ojos. Oh, no, listillo, ¡ni lo
sueñes! Pienso tenerte al pie del cañón
desde el primer día que nazca hasta que
se vaya a la universidad o se haga hippy
y quiera vivir en una comuna,
¿entendido, campeón?
Esteban sonríe, me besa en la cabeza y
contesta:
Entendido, campeona.



Pasados dos días, sus ojos vuelven a
ser poco a poco lo que eran y yo estoy
feliz por eso y porque mi familia viene a
pasar las navidades con nosotros.
Pero a pesar de mi felicidad, estoy
hecha una mierda. No paro de vomitar,
estoy más delgada que en toda mi vida.
La ropa se me cae, nunca tengo hambre y
sé que mi estado trae a Esteban por la calle
de la amargura. Lo veo en su mirada.
Sufre cuando me ve correr al baño y ni
te cuento cuando me sujeta la frente.
Mis hormonas están descontroladas
y tan pronto río como lloro. No me
reconozco ni yo.

El 21 de diciembre vamos al
aeropuerto a buscar a mi familia. Que
pasen la Navidad con nosotros me llena
de alegría y felicidad. Pero cuando mi
padre y mi hermana me ven, sus caras lo
dicen todo, aunque callan. Sin embargo,
mi sobrina, al darme un beso, pregunta:
Tita, ¿estás malita?
No, cariño, ¿por qué?
Porque tienes una pinta horrorosa.
Vomita mucho aclara Héctor. Y
eso nos tiene preocupados.
¿La cuidáis bien? pregunta Estrella.
Sí. Todos cuidamos bien a mamá.
Sorprendida, mi sobrina lo mira y
pregunta:

¿La tita es tu mamá?
Él me mira y yo le guiño un ojo.
Sí, la tía Mary es mi mamá
responde.
Cómo molaaaaaaaaa murmura
Estrella, mirándolo.
Los niños y su sinceridad.
El 24 de diciembre celebramos la
Nochebuena todos juntos. Mi familia
está feliz. Escriben sus deseos y los
cuelgan en el árbol. Esteban sonríe y yo
disfruto como una loca por tenerlos a
todos reunidos.
El embarazo me mata. No me deja
vivir.
Por no retener en el cuerpo, no

retengo ni el jamoncito rico que ha
traído mi padre. Me lo como con
deleite, pero poco después me
abandona, como todo últimamente. Eso
sí, en cuanto me repongo, el jamón
vuelve a mí.
¡Para cabezona yo!
Mi hermana, en su afán de
tranquilizarme, me confirma que las
náuseas desaparecerán pasados los tres
primeros meses.
Eso espero, porque Medusa...
Cuchufleta, ¡no lo llames así! Es
un bebecito y se puede ofender si lo
llamas con ese nombre.
La miro y al final me callo. Mejor.

Luego miro a mi padre y a Esteban jugar
al tenis de la Wii con Héctor y Estrella. ¡Qué
bien se lo pasan!
Ay, cuchu, todavía no puedo creer
que vayas a ser mamá.
Ni yo... resoplo.
Raquel comienza a hablar de
embarazos, estrías, pies hinchados,
manchas en el cutis y a mí me están
dando los siete males. ¿Todo eso me va
a ocurrir? La escucho. Proceso la
información y, cuando no puedo más,
hago eso que ella hace tan bien y,
desviando el tema, pregunto:
Bueno, ¿no me vas a contar nada
de tu rollito salvaje?

Raquel sonríe y, acercándose más a
mí, cuchichea:
La noche en que quedé con Juanín,
el de la ferretería, al regresar estaba
esperándome en el callejón de al lado
de casa.
Pero ¿qué me dices?
Asiente y prosigue:
Estaba celoso, cuchu.
Normal.
Y discutimos. Eso sí, muy bajito
para que nadie nos oyera.
Sonrío y añado, al ver a mi sobrina
gritar como una posesa al ganar a la
Wii:
Si te fuiste con otro, es normal

que estuviera celoso. Yo en su lugar
habría liado la de Dios si, tras pedirte la
mano, me la niegas y luego te vas con
otro.
Mi loca hermana suelta una
carcajada. Qué felicidad veo en su
rostro. Yo también me río y de pronto
susurra acercándose a mí:
Me acosté con él. Por cierto, qué
incómodo es hacerlo en un coche.
Menos mal que luego nos fuimos a Villa
Morenita.
Alucinada y boquiabierta, voy a
decir algo cuando la soñadora de mi
hermana añade:
Es tan caballero, tan hombre, que

me vuelve loca.
¿Te acostaste con él?
Sí.
¿En serio?
Que sí.
¡¿Tú?!
Raquel me mira y, ordenándome que
baje la voz, dice:
Por supuesto que yo. ¿Acaso te
crees que soy asexual como una almeja?
Oye, una tiene sus necesidades y Juan
Alberto es un tipo que me gusta. Claro
que me acosté con él. Pero no te lo conté
porque quería decírtelo en persona y
asegurarte que no soy ninguna zorrasca.
Pero ¿desde cuándo haces tú esas

cosas?
Mi hermana me mira, levanta las
cejas y responde:
Desde que me he vuelto moderna.
Nos reímos y continúo:
Pero vamos a ver, ¿no dices que
habíais discutido?
Sí, pero cuando salió del coche y
me arrinconó contra él, oh, Dios... ¡Oh,
Dios cuchu lo que me entró por el
cuerpo!
Me lo imagino. Pienso en las
reconciliaciones con Esteban y suspiro.
Y cuando me besó y dijo con su
acento «No me importaría ser tu esclavo
si tú fueras mi dueña», ya no pude más y

fui yo quien lo arrastró al interior del
coche y se lanzó.
De nuevo me troncho de risa.
No puedo remediarlo.
Mi hermana me mata y repito
patidifusa:
¿Que te lanzaste?
Oh, sí... Allí, en el callejón
mismo, hice la locura del siglo. Me
desollé la pierna izquierda con la
palanca de cambios, pero ¡¡¡madre
míaaaaaaaaaaaaaaaaaa!! Qué
momentazo y qué bien me sentó. Llevaba
sin sexo desde el cuarto mes de
embarazo de Lucía y, cuchu..., fue
alucinante.

Me parto. Esteban me mira y sonríe. Le
gusta verme feliz.
Mi hermana prosigue:
Cuando terminamos, no me dejó
bajarme del coche y condujo como un
loco hasta tu casa. Como te dije, papá le
dejó las llaves y, cuando entramos...
Cuenta... cuenta...
Dios... me estoy volviendo loca. La
falta de sexo me hace indagar en el de
mi hermana. Ella se sonroja, pero sin
poder parar, continúa:
Hicimos el amor en todos los
lados. Sobre la mesa del comedor, en el
porche, en la ducha, contra la pared de
la despensa, en el suelo...

Raquel... murmuro alucinada.
Ah... y en la cama. Y al ver mi
cara de asombro y guasa, añade: Ay,
cuchufleta, ese hombre me posee de una
manera que nunca pensé que yo
probaría. Pero cuando estamos juntos y
lo hacemos, literalmente ¡me vuelvo una
loba!
La sinceridad de mi hermana es
aplastante y mi necesidad de sexo,
elocuente. Escucharla me sube la libido
y susurro:
Qué envidia me das.
¿Por qué? Y al entenderlo,
confiesa: Cuando me quedé
embarazada de Estrella, Jesús estuvo sin

tocarme cuatro meses. Le daba miedo
dañar al bebé.
Eso me hace sonreír. Quizá lo que le
pasa a Esteban no es tan raro y pregunto:
Y cuando tenías relaciones
embarazada, ¿todo bien?
Alucinante. El deseo es
devastador, pues las hormonas se me
revolucionaban a unos niveles que yo
misma me asustaba. Eso sí, cuando me
quedé embarazada de Lucía, como me
pilló el divorcio por medio, me lo pasé
pipa con Superman.
¿Y quién es Superman?
El consolador que el tonto de mi
ex me regaló. Gracias a él, conseguí no

volverme tarumba.
Estoy cada vez más bloqueada por
las cosas que mi hermana dice. Ella me
mira y suelta:
Hija, ni que te hubiera dicho que
me metí la bombona del butano o que
había participado en una orgía. Qué
antigua eres.
Su comentario me hace reír a
carcajadas. Si ella supiera.


Dos días después, llega el famoso
momento de mi visita con la ginecóloga.
Todos quieren acompañarme, pero
insisto en que sólo quiero que venga

Esteban. Mi padre y mi hermana lo
entienden y se quedan con los niños en
casa.
Le llevo a mi doctora todas las
pruebas que me mandó la primera vez
que fui, incluida mi visita a las
urgencias del hospital. Estoy nerviosa,
expectante. Con gesto profesional, ella
lo mira todo y, cuando me hace la
ecografía, ante el semblante serio de
Esteban, dice:
El feto está bien. Su latido es
perfecto y las medidas correctas. Por lo
tanto, ya sabes, sigue tu vida con
normalidad, tómate las vitaminas y te
veo dentro de dos meses.

Esteban y yo nos miramos y sonreímos.
¡Medusa está perfecta!
Cuando me limpio el gel de la
barriga y regresamos al despacho, donde
la doctora escribe en el ordenador, digo:
Quisiera preguntarle una cosa.
La mujer deja de teclear.
Tú dirás.
¿Los vómitos desaparecerán?
Por norma, sí. Al acabar el primer
trimestre, el feto se asienta y
supuestamente las náuseas
desaparecerán.
Estoy por dar palmas con las orejas.
Esteban me mira, sonríe, y yo vuelvo a
preguntar:

¿Puedo tener relaciones sexuales
plenas?
La cara de mi marido es ahora un
poema. Le da corte que pregunte eso. La
doctora sonríe, me mira y responde:
Por supuesto que sí, pero durante
un tiempo con cuidadito, ¿entendido?
Cuando salimos de la consulta, Esteban
está serio y, cuando nos subimos al
coche, no aguanto más la tensión y digo:
Venga, va, ¡protesta!
Explota como una bomba y cuando
acaba, lo miro y respondo:
Vale..., comprendo todo lo que
dices. Pero entiende, cariño, que una no
es de piedra y que tú eres una tentación

perpetua. Sonríe y, acercándome a él,
añado: Tus manos me incitan a querer
que me toques, tu boca a querer besarla
y tu pene, ¡oh, Diossssssssss! digo,
tocándoselo por encima del pantalón,
me incita a querer que juegues conmigo.
Para, Mary..., para.
Me entra la risa. Él sonríe también y,
dándome un beso, dice:
Te aseguro que si a ti yo te incito
a todo eso, ni te quiero contar lo que tú
me haces a mí.
Hummmm, esto se pone
interesante.
Pero...
Uy... los «peros» nunca me han

gustado.
Hay que ir con tranquilidad para
que no nos volvamos a asustar.
Te doy toda la razón asiento.
Pero...
Vaya, tú también tienes un ¡pero!
se ríe Esteban.
... pero quiero jugar contigo.
Él no responde, pero sonríe. Eso es
buena señal.

26




Al día siguiente estoy un poco mejor y
decido salir de compras por Múnich con
mi hermana, Frida y Marta. Las cuatro
somos tremendas y lo pasamos genial.
Insisto en comer en un burger y, cuando
mojo mi patata en el kepchup, la miro y,
entre risas, digo:
I love comida basura. Le encanta
a Medusa.
Mi hermana frunce el cejo al oírme
decir ese nombre, pero antes de que diga

nada, Frida suelta:
Yo a Glen, cuando lo tenía en la
barriga lo llamaba Eidechse.
Marta y yo nos reímos y Raquel
pregunta:
¿Y eso qué quiere decir?
Divertida, me meto otra grasienta
patata en la boca y respondo:
Lagarto.
Cuando salimos del burger
pensamos en ir a tomar café, pero al
pasar por la cervecería más antigua de
Múnich, la Hofbräuhaus, decidimos
entrar para que mi hermana la conozca.
Yo bebo agua.
Raquel está flipada. Tiene la misma

cara que yo el día en que entre allí por
primera vez, y la tía nos demuestra la
capacidad de beber cerveza que tiene.
Eso me sorprende. No conocía esa
faceta de ella y, divertida, digo, al ver
que Marta y Frida encargan la cuarta
ronda:
Raquel, si no paras, vas a llegar a
rastras a casa.
Mi hermana me mira y replica:
Como tú no puedes beber, beberé
por las dos. Y al ver que nos reímos,
añade: Tú, ahora, estás en la
deliciosa faceta del embarazo. Ya sabes,
acidez, tobillos hinchados, tetas
doloridas y maravillosas náuseas

matinales.
Qué graciosa eres, guapa me
mofo y ella contesta:
Ah, y por lo que dijiste, la libido
a tope. ¿Lo llevas mejor?
No contesto. ¡Será perraca! Frida, al
oírnos, cuenta divertida:
Durante mi embarazo, sólo os diré
que el pobre Andrés me rehuía. Madre
mía, qué pesadita me puse con el tema
sexo.
Oír eso en cierto modo me
tranquiliza. Veo que lo que me pasa a mí
les pasó a otras y no se volvieron locas.
Todas nos reímos cuando traen la
siguiente ronda y Marta, al ver a una

amiga, llama:
¡Tatianaaaaaaaaaaaa!
Una joven rubia nos mira y, tras
saludar a mi cuñada, ésta nos la
presenta. La chica es encantadora y
durante un rato se sienta con nosotras
para charlar. Cuando se va, mi hermana,
a la que ya veo algo perMaryicá con tanta
cerveza, me mira y dice:
Cuchu... o estoy muy pedo o no he
entendido nada.
Horrorizada, me doy cuenta de que
hemos hablado todo el rato en alemán y,
abrazándola, contesto:
Ay, Raquel, cariño, perdona. Es
la costumbre.

Rápidamente le cuento que Tatiana
es bombero y mi hermana se sorprende.
Pero cuando se parte de risa es cuando
le comento que le he pedido prestado el
traje de bombero y ella ha dicho que
cuando quiera me lo deja.


Llega la última noche del año.
Sigo sin tener relaciones sexuales,
pero no porque Esteban no quiera, sino más
bien porque yo sigo estando hecha una
mierda y a la que no le apetecen ahora
es a mí. Esta tarde, cuando aparecen la
madre y hermana de Esteban, él desaparece.
No me dice adónde va y eso me enfada.

Me estoy volviendo una gruñona.
Llega la hora de la cena y Esteban no ha
regresado todavía y, cuando estamos en
la cocina ultimando los detalles, digo:
Simona, ahora entre todos
llevaremos las cosas a la mesa y te
quiero junto a Norbert sentados a ella,
¿entendido?
La mujer se hace la remolona y,
mirándola, añado:
Te advierto que u os sentáis a la
mesa y cenáis con todos o aquí no cena
nadie.
Uy, uy, Simona se mofa Marta
. ¿No nos dejarás sin cenar?
De eso nada aclara Sonia.

Simona y Norbert cenarán con todos.
Junto con Marta, salen de la cocina
divertidas, con un par de bandejas, y mi
padre mira a Simona y dice:
Ojú, Simona, mi hija es muy
cabezota.
La mujer sonríe y, tras guiñarme un
ojo, responde:
Sí, Manuel, ya la voy conociendo.
Y al ver que arrugo la nariz ante la
ensalada de col, añade: Me llevaré
esto a la mesa. Cuanto más lejos esté de
ti, mejor.
Gracias, Simona.
Cuando la mujer sale de la cocina,
mi padre, acercándose a mí, dice:

Siéntate, cariño. Ya termino yo de
organizar la bandeja de las gambas.
Hago lo que me pide. Hoy no es mi
mejor día y, sentándose a mi lado, me
retira el pelo de la cara y añade:
¿Por qué no te vas a la cama, mi
vida? Allí estarás mejor que
zascandileando por aquí.
Resoplo y, poniendo los ojos en
blanco, contesto:
No, papá. Es Nochevieja y quiero
estar con vosotros.
Pero, hija, si se te ve la carita de
pachucha. Sonrío y pregunta: Estás
fatal, ¿verdad?
Asiento. Es mi peor día con

diferencia y, con una triste sonrisa, él
dice:
Creo que ver y oler toda esta
comida no te favorece, ¿a que no?
Clavo la vista en las ricas gambas,
en el adobo frito, en el cordero
churruscadito y el jamoncito que mi
padre ha traído de España, preparado
con todo su amor, y respondo:
Ay, papá, con lo que me gusta el
adobo frito, el corderito churruscadito
que tú haces y las gambas, y la fatiguita
que me dan ahora.
El hombre sonríe y, dándome un
beso cariñoso en la mejilla, dice:
Hasta en eso eres igualita a tu

madre. A ella también le daba mucho
asco el adobo durante vuestros
embarazos. Eso sí, cuando se le pasó, se
lo comía a puñaos.
La puerta de la cocina se abre y
entra Esteban. ¡Hombre, el desaparecido!
Al verme con mi padre se acerca y,
poniéndose de cuclillas ante mí, dice
preocupado:
Cariño, ¿por qué no te vas a la
cama?
Eso mismito le estoy diciendo yo,
Esteban, pero ya sabes cómo es mi
morenita. ¡Una cabezota!
Sin hacerles caso, miro a mi rubio y
pregunto:

¿Dónde estabas?
Esteban sonríe y responde:
He recibido una llamada urgente y
he tenido que atenderla.
De pronto oigo un grito.
Sobresaltada, me levanto en el momento
en que la puerta de la cocina se abre de
par en par y mi hermana, con la cara
totalmente desencajada, exclama:
Cuchuuuuuuuuuu, ¡¡mira quién ha
venido!!
Veo a Juan Alberto con la pequeña
Lucía en brazos, miro a Esteban y sonrío.
Ésa era la urgencia.
El mexicano saluda a mi padre, que
le da la mano encantado de la vida, y

luego, acercándose a mí, me da dos
besos y pregunta:
¿Cómo está mi mamita preciosa?
Jorobada, pero contenta de tenerte
aquí respondo, feliz por mi hermana.
Dexter y Graciela os mandan
muchos besos y esperan poder viajar
para conocer al bebecito.
En ese momento mi sobrina entra
corriendo como un vendaval y grita:
Hey, güey, ¿cómo tú por aquí?
El mexicano la mira y, divertido,
contesta:
Vine a ver a mi damita linda y a
retarla al Mario Bros.
Estrella se tira a sus brazos y todos

sonreímos. Está claro que este mexicano
sabe ganarse a mi familia.
Una vez Estrella se va corriendo, él mira
a mi hermana, que lo contempla
embobada, y acercándose a ella la besa
en los labios y pregunta melosón delante
de mi padre:
¿Cómo está mi reina?
Sin cortarse un pelo, Raquel le
devuelve el beso y responde:
Muy contenta de verte.
¡Qué fuerte!
Lo de mi hermana es tremendo.
Miro a mi padre y veo que sonríe.
Me guiña un ojo y sé que le encanta lo
que ve. Yo flipo con la descarada de

Raquel, cuando oigo que el mexicano
dice:
Sabrosa, dímelo.
Mi hermana, totalmente desatada, le
pone un dedo en la boca y murmura sin
cortarse un pelo, delante de todos:
Yo te como con tomate.
Alucinada, parpadeo.
¿Ha dicho que se lo come con
tomate?
Esteban, divertido, se ríe. Está claro
que Juan Alberto le gusta. Mi padre, con
mi hermana y conmigo, está visto que ya
está curado de espantos. ¡Qué bueno es!
Cuando el bullicio sale de la cocina,
los dos hombres más importantes de mi

vida me miran.
Vuelven a estar preocupados por mí
y, sosteniéndoles la mirada, declaro
convencida:
Quiero vivir con vosotros esta
noche tan especial y no me la perderé
por nada del mundo, ¿entendido?
Media hora más tarde, todos estamos
sentados alrededor de la mesa y la
felicidad ha inundado mi hogar a pesar
de encontrarme yo para el arrastre.
Qué diferente esta Navidad de la del
año pasado, cuando sólo estábamos
Esteban, Héctor, Simona, Norbert y yo. Ahora
está aquí toda mi familia, la familia de
Esteban, Susto, Calamar y Juan Alberto.

¡Qué maravilla!
Cuando Sonia ofrece las lentejas a
mi sobrina y a Héctor, los niños arrugan la
nariz. Eso me hace sonreír. Pero más me
río cuando mi padre le ofrece a Héctor
salmorejo. Es verlo y al crío los ojos le
hacen chiribitas.
Como puedo aguanto la cena. Ver
tanta comida y, en especial, olerla me
angustia. Pero la felicidad que me dan
todos los que están a mi lado hace que
merezca la pena no perdérmela.
Los olores fuertes me retuercen,
pero como una campeona, resisto en la
mesa sin apenas comer, mientras todos
se ponen morados. Los primeros, mi

marido y el mexicano. Mira que les
gusta el jamoncito rico.
Una vez acabada la opípara cena,
nos sentamos en los sillones y sofás ante
el televisor y le explico a mi familia que
vamos a ver un número cómico que es
tradición en Alemania.
Cuando comienza el Dinner for One,
todos se ríen y mi hermana, que está
sentada sobre las piernas de su rollito
salvaje, sin entender esa extraña
tradición, me mira y cuchichea:
Ay, cuchu, ¡qué raros son los
alemanes!
Oye, ¿qué es eso de que te lo
comes con tomate?

Raquel se ríe y, con disimulo,
susurra:
Le gusta que le diga esa frase.
Dice que lo excita cómo se la digo.
Alucinada, cuchicheo yo también:
¿Y tú dices que los alemanes son
raros?
Acomodada entre los brazos de mi
amor, igual que el año anterior, me río.
Una vez acaba el número, mi padre,
Simona y Sonia van a la cocina a por los
vasitos con las uvas y Esteban hace lo
mismo que hizo el año pasado: pone el
canal internacional y conecta con la
Puerta del Sol.
¡¡Ay, mi España!!

Pero a diferencia del año anterior no
lloro. Tengo en el salón a mi familia y
me siento completamente feliz. Cuando
el reloj comienza a sonar, todos
hablamos y pedimos silencio a la vez
(ésa es una tradición española) y cuando
comienzan las campanadas, miro a Esteban,
que me observa, y uva tras uva las
mastico sin apartar la vista de mi amor.
Quiero que él sea lo último que vea en
el año que se va y lo primero del año
que comienza.
¡Feliz 2014! gritan Héctor y Estrella
al acabarse las uvas.
Esta vez nadie se interpone entre
nosotros y Esteban, abrazándome, me besa y

murmura cerca de mi boca, totalmente
enamorado:
Feliz Año Nuevo, mi amor.

27




El día de Reyes con mi familia aquí,
vuelve a ser todo como yo lo recordaba.
Risas, jaleo y regalos. Todos nos damos
uno y al abrir el de mi hermana y
encontrarme un conjuntito para Medusa
me emociono. Es de color amarillo y
ella dice:
Como no sabemos lo que es,
¡amarillo!
Todos ríen y yo lloro, ¡faltaría más!
Cuando creo que ya no hay más

regalos, Esteban me sorprende. ¡Tiene
regalos para todos! Para mi padre, Juan
Alberto y Norbert, unos relojes, para las
niñas, ropa y juguetes, y para mi
hermana y Simona, unas bonitas pulseras
de oro blanco. Tras entregar todos los
regalos, nos mira a Héctor y a mí y,
dejándonos boquiabiertos, nos da dos
sobres. ¿Otra vez sobres?
Héctor y yo nos miramos. Resignación.
Pero al abrirlos nuestra expresión
cambia.

Para ver el regalo, id al garaje.

Entre risas, nos cogemos de la mano

y corremos hacia allí. Todos nos siguen
y, al abrir la puerta, los dos soltamos un
chillido. ¡Motos!
Dos Ducatis preciosas y relucientes.
Héctor se vuelve loco al ver una moto
de su altura y yo lloro. ¡Ante mí está mi
moto! ¡Mi Ducati! La reconocería entre
doscientas mil.
Esteban, al ver mi reacción, me abraza y
dice:
Sé lo importante que es para ti.
Han respetado todo lo que han podido
de ella, pero otras cosas han sido
reemplazadas. Tu padre le ha echado un
ojo y dice que ahora está mucho mejor.
Lo abrazo, me lo como a besos y mi

padre, que nos observa encantado, dice:
Morenita, si antes tu moto era
buena, ahora es mejor. Eso sí, hasta que
tengas al bebé no te quiero cerca de ella,
¿entendido?
Asiento emocionada y Esteban afirma:
Tranquilo, Manuel. De que no se
acerque me ocupo yo.


El 7 de enero, tras unas estupendas
fiestas navideñas, mi familia y Juan
Alberto regresan a España en el avión
de Esteban. Como siempre, cuando me
despido de ellos la tristeza me embarga
y en esta ocasión por ración doble. Esteban

me consuela, pero esta vez no se lo
pongo fácil y lloro, lloro y lloro.
Dos días después volvemos a ir al
aeropuerto para despedir a Frida,
Andrés y el pequeño Glen.
Te voy a echar mucho de menos
lloriqueo.
Mi amiga me abraza con una
encantadora sonrisa.
Yo a ti también. Pero tranquila, en
cuanto nazca Medusa aquí me tienes.
Asiento. Andrés me coge por la
cintura.
Llorona, tienes que venir a vernos
a Suiza. ¿Me lo prometes?
Se intentará asiente Esteban.

Björn, que en ese instante se despide
de Frida, al ver que ella se emociona,
comenta divertido:
Oh... oh... otra llorando. ¿No
estarás embarazada?
Yo suelto una carcajada y Frida,
dándole un manotazo, responde:
¡No digas eso ni en broma!
Tras despedirnos de nuestros buenos
amigos y verlos pasar por el arco de
seguridad, Esteban y Björn me agarran cada
uno de un brazo y nos marchamos hacia
el coche. Durante el camino no puedo
dejar de llorar. Ellos se ríen y yo grito
desconsolada:
¡Odio mis hormonas!

Al día siguiente, aburrida, me pongo
a guardar los adornos navideños y veo
los papelitos de los deseos. Sonrío al
recordar que los leímos entre risas la
mañana de Reyes y, sin poder evitarlo,
los releo y me emociono con los de
Héctor, que dicen «Quiero que Mary deje de
vomitar», «Quiero que el tío se ponga
bueno de los ojos» y «Quiero que
Simona aprenda a hacer salmorejo».
Sonrío y soy feliz. Nunca leí los que
el pequeño escribió el año anterior,
pero estoy segura de que no eran tan
maravillosos como éstos. Casi mejor no
haberlos leído.
Me encuentro bien. Hoy de momento

no he vomitado. Cuando acabo de
recoger los adornos, decido dar un
paseíto por el campo con Susto y
Calamar. Los perros, al ver que cojo las
correas, saltan locos de felicidad.
¿Cuánto tiempo llevo sin hacer esto?
El campo está precioso. Ha nevado
y es una maravilla mirar a mi alrededor.
Durante un buen rato, cojo piedras y las
tiro. Susto y Calamar corren como dos
descosidos tras ellas. Después de pasar
un ratito muy agradable, los tres
regresamos a casa. Hace un frío que
pela y tengo las manos amoratadas y
muy mojadas.
Por la tarde, cuando regresa Esteban, se

enfada al enterarse de que he salido sola
a dar un paseo con los perros.
No me enfado porque hayas
salido, Mary, sino porque hayas ido sola.
¿Y qué querías que hiciera?
grito. Simona no estaba y a mí me
apetecía dar un paseo.
Esteban me mira y finalmente dice:
¿Y si te hubieras encontrado mal
de pronto, qué?
Estamos en plena confrontación en
su despacho, cuando se abre la puerta y
aparecen Héctor y Björn. Nosotros nos
callamos y el pequeño corre hacia mí,
me abraza y, mirando a su tío, le suelta:
¿Por qué siempre te enfadas con

la tía?
¿Cómo dices? pregunta Esteban.
Héctor, con su característica voz de
enfado, tan igual a la de su tío,
responde:
¿No ves que no se encuentra bien?
No le grites.
Esteban lo mira y, molesto, responde:
Héctor, no te metas donde no te
llaman, ¿entendido?
Pues no le grites a Mary.
Héctor... advierte Esteban, mirando a
su sobrino.
El pequeño me mira a mí. Lo
conozco y sé que va a saltar, por lo que,
antes de que suelte nada más, le digo:

Anda, cariño, ve con Simona y
dile que hoy quiero merendar contigo,
¿te parece?
El crío asiente, mira a su tío con una
de sus gélidas miradas y se va. Una vez
nos quedamos los tres solos, Björn se
acerca y, tras darme un cariñoso beso en
la mejilla, dice, mirando a su amigo:
Vaya, vaya, veo que ahora el
apoyo lo tiene Mary.
Esteban sonríe y asiente.
Héctor ha decidido sobreproteger a
su tía mamá Mary. No hay cosa que no
diga a la que él no tenga que decir la
última palabra. Es más, estoy seguro de
que hoy por hoy prefiere que me vaya yo

de casa antes que ella.
No lo dudes me mofo,
ganándome una mirada azulada.
Björn sonríe y, tras dejar una carpeta
sobre la mesa de Esteban, dice:
Si vais a empezar a discutir, me
voy.
La que se va soy yo. Tengo
hambre y quiero merendar.
Sorprendido por mi apetito, Esteban se
acerca a mí y pregunta:
¿Tienes hambre?
Asiento. Es la primera vez en mucho
tiempo que afirmo eso y, feliz, contesta:
Come todo lo que te apetezca,
cariño.

El doble sentido que le doy yo a esa
frase me hace reír, pero sin decir nada,
salgo del despacho y voy hasta la
cocina. Allí, Simona está preparando un
bocadillo para Héctor y, al verme, me
pregunta:
¿Es cierto que quieres merendar?
Asiento, cojo el plum cake de
chocolate y vainilla que ella hace y,
poniéndolo sobre la mesa, murmuro:
Me muero por comerlo.
Simona y Héctor sonríen y yo me
pongo morada de plum cake.


Los días pasan y mis náuseas

desaparecen.
¡Soy feliz!
De pronto comienzo a recobrar
fuerzas y todo lo que me daba asco
meses atrás ahora me parece rico y
colosal. Vuelvo a escuchar música y
vuelvo a bailar.
Esteban no cabe en sí de alegría al
verme bien y yo ni te cuento. Por fin soy
capaz de desayunar y que me siente bien.
Día a día, me atrevo a comer más cosas
y de pronto soy consciente de que
engullo como un verdadero animal. ¡Soy
un saco sin fondo!
Me abono al plum cake de Simona y
al helado. Todo el rato me apetece

comerlos y Esteban, con tal de darme el
gusto, llena el congelador de todos los
sabores, mientras que Simona se pasa el
día entero haciendo plum cake. Me
miman cantidad.
Esteban y Héctor vuelven a las andadas.
En cuanto me descuido, se tiran en el
sofá y juegan durante horas con la Wii.
Eso a mí me pone enferma. Aunque ya
los he acostumbrado a no tener a todo
trapo la música del juego en cuestión.
Mientras ellos juegan, yo leo los
libros que me he comprado sobre bebés
y partos. En ocasiones leo cosas que me
ponen la carne de gallina, pero he de ser
fuerte y continuar. Debo estar informada.

¡Voy a ser mamá!
Una tarde de sábado, tras
convencerlos de dar una vuelta por el
campo con los perros, al llegar estamos
todos congelados. Hace un frío de mil
demonios y si nos ponemos malos tendré
que asumir que la culpa fue mía. Los he
obligado a salir aunque ellos no querían.
Cuando llegamos, tío y sobrino
hacen lo de siempre, cogen la Wii y se
ponen a jugar. No sé quién es más niño
de los dos. Durante más de una hora,
juego con ellos, pero cuando ya me
duelen los dedos de tanto darle al
mando, decido retirarme y darme un
bañito en el precioso jacuzzi que

tenemos.
Subo a mi habitación, me llevo un
zumito, preparo el jacuzzi, enciendo
unas velas que huelen a melocotón y
pongo mi CD de música chill out para
relajarme. ¡Perfecto! Cuando el jacuzzi
está lleno, me meto con cuidado en él y,
una vez dentro, murmuro:
Oh, sí..., esto es vida.
Cierro los ojos y me relajo.
La música suena y noto cómo mi
cuerpo libera tensiones segundo a
segundo. Disfruto de este momento de
paz. Me lo merezco. Pero la puerta del
baño se abre y entra Héctor.
¡Se acabo la paz!

Lo miro y, divertida, veo que se
pone una mano en los ojos para no
verme los pechos y dice:
Me voy con la tía Marta a su casa.
¿Ha venido Marta?
Sí, ¡aquí estoy!
Tras ella entra Esteban y mi relajante
baño se ha ido al garete.
¿Cómo es que has venido? ¿Pasa
algo? pregunto.
Mi cuñada sonríe y, guiñándome un
ojo, contesta:
Resulta que he estado con mi
amiga Tatiana, hemos pasado por su
casa y me ha dejado aquel vestidito que
le pediste hace tiempo. Ya sabes, el

azul. Por cierto, lo he dejado en tu
armario. Me entra la risa al pensar en
el vestidito azul. Y como mañana voy
a ir a montar en globo con Arthur, he
pensado que quizá a Héctor le guste venir.
Sí, sí, sí, quiero ir. ¡Guayyyyy!
grita el niño.
Miro a Esteban. Está serio. Como
siempre, valora los pros y los contras de
montar en globo y cuando veo que duda,
digo:
Me parece perfecto, Héctor.
Pásatelo bien, cariño.
Gracias, mamá.
Cada vez que me llama así, el
corazón me salta de felicidad.

Esteban me mira. Yo sonrío y, cuando el
niño me da un beso y corre hacia su tío,
lo mira y dice:
Te prometo que haré caso en todo
a la tía Marta..., papá.
Me río. Anda que no es listo mi
pitufo gruñón.
Al final, mi Iceman se descongela.
Sonríe, abraza al pequeño y, tras darle
un beso en la cabeza, contesta:
Pásatelo, bien. Y mirando a su
hermana, añade: Vigílalo, por favor.
No quiero que pase nada.
Marta, divertida por sus palabras,
pone los ojos en blanco y grita mientras
se marcha:

Vamos, Héctor. Ven que te ponga el
collar y el bozal.
Cuando todos salen del cuarto de
baño, me vuelvo a tumbar. Vuelvo a
cerrar los ojos e intento relajarme otra
vez.
Musiquita...
Tranquilidad...
Casi lo consigo, cuando la puerta se
abre de nuevo y Esteban entra. Antes de que
diga nada, al ver su mirada lo
tranquilizo:
No va a pasar nada, cielo. Marta
cuida muy bien de Héctor.
Mi chico no responde, pero se
acerca al jacuzzi. Sé que mira mis

pezones. Con el embarazo se me están
poniendo oscuros y enormes y,
tentándolo, murmuro, mientras señalo lo
que mira:
¿Me das un besito aquí?
Esteban sonríe, se acerca y, cuando me
está besando el pezón, tiro de él y lo
hago caer vestido en el jacuzzi. Con su
caída, el agua rebosa y todo el suelo del
baño se encharca. Yo me río y, cuando
él va a protestar, al verme reír hace lo
mismo.
Pero el rostro se le contrae al
apoyarse y quemarse con una de las
velas encendidas.
¿Te has quemado? me

preocupo.
Esteban se mira la mano y responde:
No, cariño, pero cuidado con
tanta vela o al final nos visitarán los
bomberos.
Ese comentario me hace reír y,
cuando consigo quitarle la ropa y
dejarlo desnudo en el jacuzzi a pesar de
sus protestas, salgo del agua y, con
cuidado de no resbalar en el suelo
mojado, tiro doscientas toallas en él y
digo, mientras las pisoteo:
Tengo una sorpresa para ti.
¿Una sorpresa?
Asiento divertida, mientras abro la
puerta para salir.

Dame dos minutos y no te muevas
de ahí.
Feliz por encontrarme tan bien, voy
hasta el armario donde Marta me ha
dejado ¡el vestidito azul! ¡Lo voy a
sorprender!
Ataviada con un traje de bombero
que me queda algo grande, entro en el
baño y, ante la cara de sorpresa de mi
alemán favorito, digo:
¿El caballero ha llamado a los
bomberos?
Esteban suelta una carcajada.
Pero ¿de dónde has sacado ese
traje?
Me lo ha dejado una amiga de tu

hermana.
¿Para qué?
Ay, qué poca imaginación tienen a
veces los hombres. Mirándolo,
respondo:
Para hacerte un striptease,
chatungo.
¿Un striptease? pregunta
boquiabierto.
Yo digo que sí con la cabeza y
añado:
Nunca te he hecho uno en
condiciones.
Mi chico sube las cejas, se
repanchinga en el jacuzzi y asiente
encantado.

Feliz por el efecto causado, voy
hasta el equipo de música, saco el CD
que suena y meto otro. Instantes después,
una música comienza a sonar y Esteban, al
identificarla da una palmada y ríe a
carcajadas.
Madre..., madre..., ¡me lo como
cuando ríe así!
¡Empieza el espectáculo!
La voz sugerente de Tom Jones
comienza a cantar Sex bomb y yo, sin un
ápice de vergüenza, me contoneo al
compás de la música. Me quito la
enorme chaqueta con sensualidad y la
tiro a un lado. Esteban silba. Después el
casco y muevo el pelo al más puro estilo

Hollywood. Esteban aplaude, vuelve a
silbar y yo me animo mientras canto:

Sex bomb, sex bomb you´re a sex bomb.
You can give it to me when I need to
come along.
Sex bomb, sex bomb, you´re a sex bomb.
And baby you can turn me on.

Pieza a pieza, me voy despojando
del traje de bombero mientras mi
amorcito me mira como a mí me gusta,
con deseo. Sé que esto le está gustando.
Me lo dice su expresión y la intensidad
de su mirada. Bailo, me contoneo y me
siento una stripper para él. Cuando

desnuda me meto en el jacuzzi, Esteban me
besa y murmura:
Me encanta tu tripita pequeña.
Sonrío y, cuando llega a mis pechos,
murmura:
Tienes los pechos más bonitos
que nunca.
Eso me da risa. Realmente, el
embarazo me hace tener unos pechos
increíbles. Cada vez que me los miro en
el espejo me encantan, pero sé que
cuando nazca Medusa desaparecerán y
volveré a tener mis pechos normalitos.
Esteban me besa...
Esteban me toca...
Esteban me mima...

Excitado por el espectáculo que le
he ofrecido, mi amor me agarra por la
cintura y, sentándome sobre él en el
jacuzzi, me penetra con delicadeza,
mientras murmura con voz cargada de
sensualidad:
Eres realmente una bomba sexual,
pequeña.
Sí... y esa bomba está a punto de
explotar.
Esteban sonríe y, cuando voy a
agarrarme al jacuzzi para empalarme
más en él, me para y dice:
Déjame a mí, cariño. No quiero
hacerte daño.
No me lo haces.

Con cuidado, cariño... Así...
despacito.
Pero yo no quiero ni cuidado ni
despacito. Quiero pasión y fuerza.
Mary... me regaña.
Esteban... le reto.
Mi alemán me mira, se para y dice,
estropeando el bonito momento:
Mary, o lo haces con cuidado para
no dañarte o no hacemos nada.
Lo miro. Tengo dos opciones,
enfadarme y mandarlo a paseo o aceptar
pulpo como animal de compañía.
Al final me decido por la segunda
opción. ¡Quiero sexo!
Permito que sea él quien marque el

ritmo. Dejo que se limite y me limite y,
aunque lo pasamos bien, cuando
llegamos al clímax sé que a ambos nos
ha faltado nuestro rollito animal.
Por la noche, cuando nos acostamos,
me besa y, cuando me abraza con
ternura, murmura:
Te adoro, bomba sexual.


En febrero entro en mi quinto mes y
mi cuerpo ha experimentado muchos
cambios. El primero, noto cómo Medusa
se mueve. El segundo, mi tripita se está
convirtiendo en una tripota. Como siga
así, al final no ando, ¡ruedo!

Todo lo que adelgacé los primeros
meses lo estoy engordado en un abrir y
cerrar de ojos.
María dice mi ginecóloga al
pesarme, debes empezar a controlar tu
dieta. En este último mes has engordado
tres kilos y medio.
Vale, lo haré asiento.
Esteban me mira y sonríe. Intuye que
miento y, cuando va a hablar, digo:
Dame una dieta y la seguiré.
La ginecóloga abre una carpeta y,
tras mirar varias, me entrega una y dice:
Será lo mejor.
Yo sonrío, Esteban sonríe y creo que
hasta Medusa sonríe. Las dietas y yo no

somos buenas amigas.
Hablamos con la doctora sobre las
necesidades que tiene mi cuerpo y me
informa que al mes siguiente, el sexto de
mi embarazo, debo comenzar mis clases
preparto. Asiento, escucho todo lo que
me tiene que decir y finalmente
pregunto:
¿Puedo tener relaciones sexuales
completas?
Esteban me mira. Sabe por qué lo
pregunto y la ginecóloga contesta:
Por supuesto que sí. Vuestra vida
sexual debe ser normal.
Normal de normal insisto.
La doctora mira a Esteban, luego me

mira a mí y asiente:
Totalmente normal.
Voy a preguntar si pueden ser algo
más intensas que normales, pero la
mirada de Esteban me pide que me calle. Le
hago caso. No quiero incomodarlo con
mis preguntas tan directas.
Cuando llega el momento de hacer la
ecografía, casi no puedo mirar a la
pantalla. La cara de Esteban es tan
expresiva con lo que ve, que me dan
ganas de comérmelo allí mismo a besos.
Mirad, ¡está comiendo! dice la
ginecóloga.
Un «¡ohhhh!» algodonoso como los
que suelta mi hermana sale de mi boca.

¡Qué maruja me estoy volviendo!
Increíble murmura Esteban,
emocionado.
Divertida, los miro y digo:
Es que a Medusa lo alimento muy
bien.
Esteban y yo miramos la ecografía 3D
como dos bobos y sonreímos.
¿Se puede ver si es niño o niña?
pregunto.
La doctora mueve el aparato, pero
nada. No se deja ver y, sonriendo,
explica:
Lo siento. Tiene las piernas
cruzadas de tal manera que no se puede.
No importa dice Esteban. Lo

importante es que esté bien.
La mujer asiente y murmura:
Será un bebé bastante grande.
¡Stop!
¿Ha dicho grande?
¿Cómo de grande?
Eso me asusta. Cuanto más grande,
más dolor para expulsarlo.
Pero no quiero jorobar ese momento
y me lo callo. Durante varios minutos, la
mujer nos deja mirar la pantalla y,
cuando finaliza la sesión, Esteban y yo nos
miramos y nos besamos. ¡Todo va bien!
Cuando regresamos a casa,
emocionados con el vídeo que la
doctora nos ha dado, se lo enseñamos a

Héctor, a Norbert y a Simona. Todos
miramos el televisor como tontos y nos
ponemos el vídeo varias veces. Que mi
humor vuelva a ser el de antes a todos
congratula. Las risas han vuelto a la casa
y todos están más dicharacheros.
Vuelvo a reír, a gastar bromas y a
ser la María alocada de siempre y esa
noche, cuando estamos en nuestra
habitación, me siento junto a Esteban en la
cama y pregunto:
¿Has pensado algún nombre para
Medusa?
Él me mira y dice:
Si fuera una morenita, me gustaría
que se llamara Hannah, como mi

hermana.
Asiento. Me gusta el nombre y me
parece una idea preciosa.
¿Y si fuera niño? pregunto.
Mi alemán me mira, me besa y
contesta:
Si es niño lo eliges tú. ¿Cuál te
gusta?
Pienso, pienso, y pienso y al final
respondo:
No lo sé. Quizá Manuel, como mi
padre.
Esteban asiente. Yo me acurruco contra
él y le susurro al oído:
Te deseo.
Él me mira y, tumbándome sobre la

cama, murmura mientras me besa:
Y yo a ti preciosa.
Oh, sí... Oh, sí...
Se acabaron los meses de sequía y
malestar.
Deseo a mi Iceman y él me desea a
mí. Sin parar de besarme, Esteban me quita
las bragas, se mete entre mis piernas y,
sin preliminares, introduce lentamente su
pene en mí.
Jadeo...
Me vuelvo loca...
Dios mío, cuánto tiempo sin sentir
este placer.
Y cuando enrosco las piernas
alrededor de su cuerpo, Esteban murmura:

No, cariño... A ver si le vas a
hacer daño al bebé.
Me paro, lo miro y, divertida,
pregunto:
¿Qué es lo que has dicho?
Aún dentro de mí, insiste:
No quiero apretar en exceso, no le
vayamos a hacer daño.
Me entra la risa.
¡Ay, que me meo!
Cree que le va a dar con el pene en
la cabeza a Medusa. Cuando ve que me
río, frunce el cejo y dice:
No sé qué te da tanta risa. No creo
estar diciendo nada del otro mundo.
Agarrando con fuerza su trasero, me

empalo en él y, cuando jadea, murmuro:
Esto es lo que necesito. Dámelo.
Esteban se resiste y de nuevo repito la
misma operación. Fuerza. Esta vez
somos los dos los que jadeamos.
Esa profundidad es lo que necesito,
lo que anhelo. La respiración de Esteban se
acelera. Lucha contra su instinto animal.
Yo lo provoco restregándome contra él
y al final pasa lo que tiene que pasar.
Esteban está tan caliente, tan ardoroso,
tan excitado, que agarrándome las manos
me las pone sobre la cama y sin pensar
en nada más comienza a bombear dentro
de mí con pasión terrenal y deleite. No
lo paro. Sus embestidas me hacen sentir

viva. Lo necesito. Oh, sí.
Rota las caderas para darme más
profundidad y yo chillo. Lo muerdo en el
hombro y Esteban rechina los dientes
mientras una y otra vez se hunde en mí y
yo me vuelvo loca.
Disfruta. Disfruto. Disfrutamos.
Nuestro instinto animal aflora y gozamos
como locos nuestro caliente encuentro.
Cuando acabamos, los dos estamos
jadeantes. Llevábamos mucho tiempo sin
hacerlo así y yo murmuro con una gran
sonrisa:
Quiero repetir.
De un salto, Esteban se levanta y, antes
de entrar en el cuarto de baño, contesta:

No, pequeña. No podemos
hacerlo como lo hemos hecho.
Boquiabierta, voy a protestar cuando
me mira y dice:
Piensa en lo que pasó la última
vez.
Pero, Esteban...
He dicho que no.
Pero lo necesito. Tengo las
hormonas revolucionadas y...
No, cariño. Por hoy basta.
Me entra calor.
Los ojos se me llenan de lágrimas y,
como un osito llorón, comienzo a
sollozar sentada en la cama. Menuda
llorona me he vuelto. Me tapo la cara

con las manos y Esteban dice, acercándose
a mí:
Cariño, cariño, no llores.
Enfádate conmigo, grítame, pero no
llores.
Me quita las manos de la cara y, sin
cortarme un pelo a pesar de lo horrorosa
que me pongo cuando lloro, lo miro y
gimoteo con cara de chimpancé:
Ya no te gustoooooooooooo.
No digas eso, tesoro.
Ya no te pongo nadaaaaaaaaaaaa.
Tengo los pezones grandes y oscuros y...
y... estoy gorda... y fea y por eso no
quieres hacer el amor
conmigoooooooooooo.

Con paciencia, Esteban me seca las
lágrimas.
No, pequeña. Nada de eso es
verdad.
Sí... es verdad insisto. Tú
eres un hombre sexualmente muy activo
y... y... yo una vacaaaaaaaaaaaaa
lecheraaaaaaa.
Sonríe, se sienta a mi lado en la
cama y, abrazándome, dice:
Escucha, preciosa...
Pero yo no escucho y, entre hipos y
lloros de lo más ridículos, continúo:
Tengo miedo de que no me pidas
lo que quieras y al final te aburras de mí
y me dejesssssssssssss.

Esteban me mira y, sorprendido,
pregunta:
Pero ¿por qué te voy a dejar,
cariño?
Porque me estoy convirtiendo en
un ser llorón, horrible, gruñón y deforme
y no te gustoooooo. Ya no me buscas. Ni
quieres jugar conmigo, ni me aprietas
contra la pared para hacerme el
amorrrrrrrrrrrr.
Mi chico me abraza. Me acuna y,
cuando los hipos parece que se calman,
pide:
Bésame.
Lo miro y, con un precioso gesto,
dice:

Te estoy pidiendo lo que quiero.
Quiero que me beses ahora mismo.
Escuchar eso me hace llorar más.
Pero ¿cómo soy tan tonta?
¿Realmente me estoy volviendo
loca?
Berreo y me rasco el cuello. Con
cariño, Esteban me tumba en la cama, me
coge la mano para que no me rasque más
y susurra, besándome:
Eres lo más bonito y lo que más
quiero y deseo en el mundo. Eres
preciosa. La mujer más bonita que para
mí existe sobre la faz de la Tierra. Eres
tan especial que tengo miedo de hacerte
daño, ¿no lo entiendes?

Pero ¿por qué me vas a hacer
daño?
Él clava sus impresionantes ojos en
mí y contesta:
Porque tú y yo somos unos
salvajes cuando hacemos el amor.
En eso tiene razón, ¡somos
tremendos! Pero insisto:
Pero podemos seguir haciéndolo
como siempre. Tendremos cuidado y...
No, cariño, no podemos dejarnos
llevar por el deseo.
Pero si no vas a hacerle daño a
Medusa.
Esteban sonríe y, besándome la punta de
la nariz, responde:

Lo sé. Pero no te quiero hacer
daño a ti. Tu cuerpo está experimentado
demasiados cambios y tengo miedo.
Ponte un instante en mi situación, por
favor, cielo.
Lo hago, Esteban, pero mis hormonas
están totalmente enloquecidas y te
necesito.
Vuelve a sonreír. Me da un beso,
dos... seiscientos y, tras muchos besos
calientes y morbosos, murmura:
Ahora te voy a sentar sobre mí y
vamos a repetir pero con cuidado,
¿entendido?
Asiento y sonrío. Lo he conseguido.
¡Vamos a repetir!

Qué caprichosa que soy.
Cuando me sienta sobre él, dejo que
su pene entre en mí lentamente y,
gustosa, cierro los ojos. ¡Oh, sí! Sus
manos rodean mi redonda cintura y, al
estar de nuevo uno dentro del otro, Esteban
murmura con voz cargada de tensión:
Dios... cómo me gusta tenerte así.
Abro los ojos y lo miro. Su cara está
frente a la mía y agarrándolo del cuello
lo empujo para que me chupe un pezón.
Los tengo ultrasensibles, pero me
encanta que lo haga.
Oh, sí... no pares.
No lo hace. Me complace mientras
yo muevo las caderas en busca de mi

placer.
Sí... Oh, sí... No quiero parar.
De pronto, aprieto las caderas contra
él y doy un respingo. Esteban para y
pregunta al ver mi gesto.
Te ha dolido, ¿verdad?
No quiero mentir y asiento. Se le
descompone el semblante y, besándolo,
murmuro:
Déjame continuar.
Pequeña...
Te necesito susurro.
Como siempre, él valora la situación
y finalmente dice:
Con cuidado, ¿de acuerdo?
Asiento. Apenas nos movemos.

Estar yo encima me da una
profundidad extrema y cuando Esteban no
puede más, se levanta conmigo en
brazos, me tumba sobre la cama y,
conteniendo sus impulsos animales,
juntos llegamos al clímax.
Esa noche, cuando apagamos la Estrella y
nos abrazamos, me da un beso en los
labios y dice:
Nunca te voy a dejar, cabecita
loca. Yo no sé ya vivir sin ti.

28




Los días pasan y nuestras
confrontaciones en nuestra habitación
continúan.
Sigo demandando sexo y Esteban lo
dosifica. Odio cuando hace eso.
Intento entenderle, pero mis
hormonas no me lo ponen fácil.
¡Se rebelan!
En ocasiones, para evitar la
discusión, Esteban se queda hasta tarde en
su despacho, trabajando. Lo sé. Sé que

lo hace por eso, aunque me lo niegue.
Sabe que cuando llega a la habitación
estoy dormida como un tronco y no me
despierto.
Comienzo mis clases preparto. Son
dos días a la semana durante dos horas.
Esteban me acompaña. No se salta ni una.
Rodeados por otras parejas, hacemos
todo lo que la profesora nos indica
sobre la colchoneta y luego sobre unas
enormes pelotas. Nos divertimos y
aprendemos a respirar para cuando
llegue el momento. Yo me troncho. Ver a
Esteban soltar bufidos ¡es lo más!
En esos días comienzo a sentir
pequeños latigazos dentro de mi cuerpo.

Lo consulto con la ginecóloga y ella me
comenta que son pequeñas
contracciones, pero que no me tengo que
preocupar. Es normal.
Pero yo me preocupo...
Me inquieto...
Me muero de miedo...
Cada vez que siento una, y eso que
no me duele, me paralizo totalmente y
Esteban se pone blanco al verlo. No sé
quién se asusta más si él o yo.
Algunas tardes voy a buscar a Héctor
al colegio. Allí veo a mi nueva amiga
Teresa y me divierto con ella hablando
de España y sus costumbres. Ambas
añoramos nuestros orígenes, nuestra

familia, pero reconocemos que somos
felices en Alemania.
El grupo de las cacatúas no ha
vuelto a hablar de mí y lo sé de buena
tinta. Una de ellas resultó ser amiga de
Teresa y ésta me comentó que, tras lo
ocurrido, el colegio les envió una
circular a cada una de ellas, donde Laila
desmentía lo dicho y donde se advertía
que cualquier nuevo comentario
difamatorio sería demandado.
Sorprendida, lo hablo con Björn, y
me confiesa que fue él quien envió esa
carta desde su bufete para solucionar el
tema del colegio.
Y, oye, hizo efecto. Hablar seguirán

hablando entre ellas, pero el rumor
murió.
Una tarde, cuando Esteban llega de
trabajar me sorprende. Tras besarme,
pide que me ponga guapa y me invita a
cenar.
Me miro al espejo y no me gusto.
No soy sexy. Estoy ceporra. Tengo
los tobillos hinchados y mi tripa
despunta. Pero ante eso nada puedo
hacer. No puedo esconderla. Al final,
me pongo un vestido premamá
modernito y mis botas altas, y cuando
Esteban y Héctor me ven bajar, ambos
exclaman:
¡Qué guapa!

Sonrío y pienso que me lo dicen
para hacerme sentir bien. ¡Qué monos!
Una vez en el coche, Esteban y yo
estamos contentos. La noche promete y
yo canturreo una canción de la radio
llamada Ja, de un grupo alemán que me
gusta mucho, Silbermond.

Und ja ich atme dich, Ja ich brenn für
dich.
Ja ich leb für dich, Jeden Tag.
Und Ja ich liebe dich.
Und ja ich Schwör aur dich und jede
meiner Fasern.
Sagt ja.


Me gusta oírte cantar en alemán.
Apoyo la cabeza en el respaldo y
digo:
Es una canción muy bonita.
Y romántica afirma él.
Cuando llegamos a la puerta de un
precioso restaurante, el aparcacoches
rápidamente se hace cargo de nuestro
vehículo. Esteban baja y, cuando llega a mi
altura, me coge con fuerza la mano y
entramos en el local. El maître lo saluda
y nos guía hasta una bonita mesa.
La cena es maravillosa, y con el
apetito que tengo me como lo mío y, si
Esteban se descuida, lo de él. Hablamos,
reímos y volvemos a ser los de siempre,

cuando de pronto me pregunta:
¿Por qué no me dijiste lo de
Máximo y mi madre?
Lo miro y flipo. ¡Ya la hemos liado!
¿Cómo se ha enterado de eso?
¿A qué te refieres?
Esteban ladea la cabeza y contesta:
¿Crees que no me iba a enterar de
que mi madre fue a una fiesta con tu
amiguito del Guantanamera?
Me entra la risa. A él no.
Recordar ese gran momento de
Sonia pidiendo un mulatazo me hace
reír.
Vaya mal rollo. Con lo bien que lo
estábamos pasando.

Mi cara debe de ser un poema. Bebo
un poco de agua y digo:
Mira, Esteban, tu madre es una mujer
joven y soltera que sólo quiere pasarlo
bien.
¿Y tiene que ser con Máximo?
Lo entiendo. Máximo y mi suegra es
lo más descabellado del mundo y decido
ser sincera.
Cariño, ¡lo confieso!, lo sabía. Y
antes de que montes un pollo de los
tuyos y Iceman nos jorobe la noche con
sus quejas, déjame decirte que tu madre
nos llamó a tu hermana y a mí. Quería ir
acompañada a la fiesta con alguien que
dejara a Trevor a la altura del betún y

nosotras simplemente le buscamos con
quién ir. Eso sí, Máximo fue un
caballero. No se propasó lo más mínimo
con ella. La acompañó a la fiesta y luego
la llevó a su casa. Fin de la cita.
De pronto suelta una carcajada. Eso
me descoloca y dice, cogiéndome la
mano para besármela:
Mi hermana, mi madre y tú vais a
acabar conmigo.
Flipo y reflipo.
¡No se ha enfadado!
Me alegra ver que comienza a
entender la filosofía de vida de su
madre.
De pronto, Medusa se mueve. Creo

que se ha emocionado al ver que su
padre no se ha enfadado. Rápidamente,
hago que me ponga la mano sobre la
barriga. Esteban nota el movimiento y nos
besamos.
Cuando terminamos de cenar, me
sorprende al preguntarme si quiero ir a
tomar una copa. Yo acepto. Y cuando
llegamos al Sensations, el local de los
espejos, al ver mi cara, Esteban aclara:
Sólo hemos venido a tomar una
copa, ¿entendido?
Asiento, pero la libido se me
desmelena. Paso de tríos y orgías, sólo
deseo a Esteban. ¿Habrá sexo del calentito
esa noche en casa?

Al entrar en la primera sala, veo a
Björn en la barra. Al vernos, se acerca a
nosotros y, tras darme un abrazo
cariñoso, dice mientras saluda a Esteban:
Qué alegría que os hayáis
animado a venir. Hoy estás guapísima,
gordita.
Esteban sonríe y yo, feliz, también.
Björn me presenta a unos amigos que
no conozco y observo que Esteban sí. Las
dos mujeres que hay son encantadoras y
rápidamente se preocupan por mi
estado. Una de ellas ha sido madre y
sonríe al escucharme. Durante una hora,
todos charlamos y soy consciente de que
algún hombre me mira, mientras Esteban no

me suelta. Eso me excita.
Mi perturbada mente se nubla y casi
resoplo al pensar lo que Esteban y Björn me
pueden hacer sentir en cualquiera de
esos reservados. De pronto veo que
nuestro amigo saluda a alguien, miro y
me quedo boquiabierta al ver al caniche
estreñido.
Cuando llega a nuestro lado, Fosqui
me ladra con su vocecita. Yo la saludo y
me sorprendo cuando dice ante Björn:
Estás increíble, María. Más guapa
que nunca.
Sé que lo hace por cumplir, pero
oye, ¡a nadie le amarga un dulce!
Durante una hora hablamos y el local

se va llenando de gente. Bostezo sin
darme cuenta y, al hacerlo, Esteban se
acerca y, besándome en el cuello, dice:
Nos vamos a casa, preciosa.
Un poquito más le pido.
Llevamos mucho tiempo sin salir.
Pero cuando lee mis pensamientos,
murmura:
Mary, sólo hemos venido a tomar
una copa.
Lo sé, pero me joroba que me lo
tenga que recordar. ¿Acaso cree que
estoy pidiendo otra cosa?
Mi cara de desconcierto debe de ser
tal que Björn se acerca a nosotros y
pregunta:

¿Qué ocurre?
Esteban lo mira.
Mary y yo nos vamos.
Miro a Björn en busca de ayuda,
pero éste dice:
Sí, es mejor que os vayáis ya. Es
tarde para ella.
¿Cómo que es tarde para mí?
Pero ¿qué se creen, mi padre?
Quiero protestar, pero no lo hago.
Me niego. No servirá de nada.
Una vez me despido de todos con la
mejor de mis sonrisas, salgo del local
con Esteban y, cuando vamos a subir en
nuestro coche, digo:
Quiero conducir.

Esteban me mira y contesta:
Estás cansada, cariño. Deja que
conduzca yo.
No.
La negación ha sido tan rotunda que
claudica sin protestar y soy yo la que se
pone al volante. Conduzco en silencio.
Observo con el rabillo del ojo que Esteban
me mira y dice:
Pequeña, sólo hemos ido al local
a tomar una copa.
Asiento. No digo nada. Conduzco.
Esteban, al ver mi entrecejo fruncido,
resopla. Ya me conoce y sabe que tengo
las espadas levantadas. Observo que
abre la guantera, saca el CD de música

que yo le grabé y lo pone. Instantes
después, suena nuestra canción. Blanco
y negro, de Malú. Intenta aplacarme.
Pero en ese momento mis hormonas y mi
mala leche se han juntado y soy lo peor
de lo peor.

Sé que faltaron razones, sé que
sobraron motivos.
Contigo porque me matas, y ahora sin
ti ya no vivo.
Tú dices blanco, yo digo negro.
Tú dices voy, yo digo vengo.

Su mano va a mi cabeza. Me toca el
pelo con cariño y murmura:

¿Más tranquila?
No respondo. Vuelve a recordarme
eso de que la música amansa las fieras y
me enfada más.
¿No vas a contestarme?
En silencio, conduzco mientras la
voz de Malú suena en el coche y no digo
nada. Es lo mejor. Sé que si lo hago voy
a decir algo inapropiado y la voy a liar.
Esteban se da por vencido. Asiente y
apoya la cabeza en el respaldo, mientras
la preciosa canción continúa. Cuando
acaba y comienza la de Convénceme, de
Ricardo Montaner, y oigo que Esteban la
tararea, me entra un nosequé por el
cuerpo. Doy un volantazo a la derecha,

paro y digo:
Baja del coche.
Esteban me mira. Yo lo miro.
Subo el volumen de la canción.

Meses de cinco semanas.
Y años de cuatro febreros.
Hacer agostos en tu piel.
Un sábado de enero.

De pronto, mi alemán sonríe al
entender qué significa eso y yo sonrío.
Pero ¡qué mala pécora soy!
Se quita el cinturón, abre la puerta,
baja del coche y, cuando está fuera del
vehículo, me estiro, cierro la puerta del

y arranco como una furia.
Por el retrovisor veo que Esteban se
queda parado y bloqueado. No se
esperaba eso. Pero la misma furia que
me hace arrancar, cuando me he alejado
y casi no lo veo, me hace frenar.
¿Qué estoy haciendo?
De nuevo me he dejado llevar por
mis impulsos y lo que acabo de hacer
está mal. Muy mal. Miro que no venga
nadie por la calle y cambio de sentido.
Siento una contracción y maldigo.
Seguro que me la he provocado yo solita
con los nervios. Voy a buscarle. Veo a
Esteban caminando por la acera. Él me ve y
se para. Su cara es de Iceman total.

¡Guauuu, qué miedoooooo!
Vuelvo a cambiar de sentido y,
cuando estoy a su lado, sus ojos me
taladran. Camina hacia mi puerta con
decisión y, abriéndola con fiereza, grita:
¡Sal del coche!
Está furioso. No me muevo y repite
lentamente:
Sal-del-co-che.
Hago lo que me pide y, al acercarme
a él, intento besarlo para pedirle perdón,
pero me hace la cobra. Normal. En un
momento así, yo también se la haría.
Está muy..., muy..., muy enfadado.
Hace un frío de mil demonios e
imagino que me va a pagar con la misma

moneda.
Arrancará y se marchará. Me lo
merezco.
Sin moverme, observo cómo sube al
coche y, tras resoplar y dar un manotazo
al volante, me mira y sisea:
¿A qué esperas para subir?
Mientras camino hacia la otra
puerta, espero que arranque y se vaya.
Pero no lo hace. Espera a que me meta
en el coche y, una vez me he puesto el
cinturón de seguridad, baja el volumen
de la música me mira y grita:
¡¿Se puede saber por qué has
hecho eso?!
Las hormonas.

Déjate de tonterías, Mary. Estoy
harto de tus jodidas hormonas sisea.
Tiene razón. No puedo echarles la
culpa de todo a las hormonas y
respondo:
Estaba furiosa.
Esteban cabecea y, sin bajar su tono de
voz, dice:
Y como estabas furiosa, me haces
bajar en plena noche del coche y te vas,
¿verdad?
He vuelto. Estoy aquí, ¿no?
Los ojos se me llenan de lágrimas.
La he liado gorda y la culpa es sólo mía.
Esteban me mira una y otra vez y,
finalmente, moderando su tono de voz,

dice:
Mary, estoy intentando tener toda la
paciencia del mundo contigo. Entiendo
que tus hormonas te jueguen malas
pasadas, entiendo que me reproches
todos los días mil cosas y que te enfades
por cosas absurdas conmigo. Entiendo
que parte de todo eso es culpa del
embarazo. Pero ahora quiero que
entiendas que mi paciencia comienza a
resquebrajarse y temo perder los
nervios contigo.
No respondo. Tiene más razón que
un santo. Su paciencia conmigo es
infinita. Me siento fatal cuando añade:
En tu estado, no quiero que te

toque nadie. Quiero cuidarte. ¡Lo
necesito! Igual que disfruto
compartiéndote en otros momentos,
ahora no. Ahora sólo te quiero para mí
y...
¿Y has pensado en lo que yo
quiero?
Iceman me mira, me taladra con los
ojos y, al entender su frustración, aclaro:
Yo no necesito que me compartas
con nadie, yo no quiero estar con otros.
Sólo quiero que hagas el amor conmigo
como nos gusta. A nuestro modo. A
nuestra manera. Te necesito. Te lo llevo
diciendo meses y tú no me quieres
escuchar.

Esteban maldice de nuevo y vuelve a
dar otro golpe al volante.
Te he dicho mil veces que no
quiero hacerte daño. ¿No me escuchas tú
a mí? ¿Acaso crees que yo no deseo
poseerte como tú exiges? ¿Que no deseo
tenerte entre mis brazos y hacerte el
amor contra la pared como nos gusta?
¡Joder, Mary! Lo deseo con todas mis
fuerzas y no veo el momento de volver a
hacerlo.
Pero...
¡No hay peros! Ahora no
podemos. ¡Entiéndelo ya de una vez!
No hablo, no puedo. Tiene razón. Y
añade.

Te quiero, me quieres. Hemos
salido a cenar y a tomar una copa con
los amigos. ¿Tan difícil resulta
entenderlo? Tu embarazo y nuestro bebé
es algo importante para los dos, ¿o
acaso para ti no lo es?
Asiento. Cada día quiero más a
Medusa, pero lo necesito también a él.
Esteban arranca el coche y conduce en
silencio hasta nuestra casa, mientras
siento que necesito, como dice
Alejandro Sanz, «tiritas para mi
corazón».


Los días pasan y nuestra salida no

hizo más que empeorar nuestra
comunicación. Es tal la situación que en
el momento en que Esteban llega a casa,
hasta Susto y Calamar se quitan de en
medio. ¡Huyen!
El sexo entre nosotros es raro. Yo lo
comparo a comer unas patatas fritas sin
sal. Las disfrutas porque te gustan, pero
sabes que pueden estar más ricas con un
poquito más de aderezo.
Como cada noche, me despierto por
las ganas de hacer pis. ¡Soy una meona!
Miro el reloj, las 02.12 y me sorprendo
al no ver a Esteban en la cama.
Voy al baño y después, con sigilo, lo
busco y lo encuentro en su despacho.

Mientras se masturba, está viendo en el
televisor el vídeo que me grabó con
Frida aquel día en el hotel. Regreso a la
cama y lloro al no verme incluida en su
juego.
¡Malditas hormonas!
Quiero a mi Medusa, pero ¡no quiero
volverme a quedar embarazada nunca
más!
Cuando regresa a la habitación, me
hago la dormida. Esteban se mete en la
cama y, cuando me abraza por detrás y
siento su enorme erección, me relamo.
Hummm, ¡qué rico! Pero me contengo.
No pienso pedir nada. Ya me he
cansado.

Sorprendida, noto que me da besos
en el hombro, el cuello y la cabeza y
sonrío cuando susurra:
Sé que no estás dormida,
tramposa. Te he oído subir la escalera.
Mi respuesta es no decir nada. Pero
cuando siento que me quita las bragas,
me dejo. Sin apenas moverme, noto sus
manos en mi sexo. Oh, sí... juega con él
y, cuando me tiene mojada, acerca su
pene y lo introduce.
Un gemido sale de mí y él murmura:
Cuando tengas al bebé, te voy a
encerrar un mes en una habitación y no
voy a parar de follarte contra la pared,
en el suelo, sobre la mesa y en cualquier

parte.
Sus palabras me excitan, mi columna
se arquea y siento cómo el pene
profundiza más.
Te desnudaré, te follaré, te
ofreceré, te miraré y tú aceptarás,
¿verdad?
Sí jadeo.
Con cuidado, Esteban me penetra una y
otra vez. Sus acometidas aumentan de
ritmo y yo me acoplo a él en busca de
más. El sonido seco de nuestros cuerpos
al chocar es electrizante. Una y otra vez,
me posee con cuidado y yo disfruto
hasta que él no puede más y se deja
llevar.

Cuando acaba, me besa el cuello y
musita:
Te echo de menos, pequeña.
Y yo a ti respondo.
Durante unos minutos,
permanecemos sin movernos, hasta que
Esteban sale de mí y, volviéndome hacia él,
murmuro:
Perdóname, cariño.
¿Por qué?
Por lo del otro día con el coche.
No veo sus ojos, la oscuridad me lo
impide, pero tras darme un beso en los
labios, dice mientras me abraza:
No te preocupes. No pasa nada,
pero no lo vuelvas a hacer.

Te lo prometo.
Noto cómo su cuerpo se mueve al
sonreír y, abrazándolo, busco su boca y
lo beso. Hago eso que tanto me gusta
que él me haga. Le chupo el labio
superior, después el inferior y, tras darle
un mordisquito, lo beso con pasión.
Esteban acepta mi beso de buen grado.
Lo devora e, instantes después, me deja
sin aire, pero no importa. Necesito esa
pasión. Anhelo esa exigencia. Beso a
beso, nuestros cuerpos se calientan y,
cuando siento su pene de nuevo erecto y
juguetón, lo toco y pregunto:
¿Repetimos?
Esteban me besa y susurra:

No.
¿Por qué?
Es tarde y por hoy creo que ha
sido bastante.
Escuchar eso es un mazazo para mí.
No ha sido bastante e insisto:
Esteban...
Sin decir nada, se aleja de mí, se
levanta y enciende la Estrella de la
habitación. Nos miramos a los ojos y
pide:
Mary, no empieces, por favor.
Sin más, se mete en el baño y cierra
la puerta. Me levanto. Como una hidra,
camino hacia el cuarto de baño, pero al
poner la mano en el pomo, me paro y

regreso a la cama.
Estoy enfadada y excitada.
¿Cómo me puede dejar así?
Necesito sexo y, sin pensármelo,
abro el cajón. Hago como mi hermana en
su época de sequía y saco a mi
Superman particular. El pintalabios que
Esteban me regaló meses atrás. Sin demora,
lo pongo sobre mi hinchado y húmedo
clítoris y me masturbo.
¡Oh, sí!
Esto es lo que necesito.
Sin pausa, el aparatito me da lo que
busco. ¡Qué maquinote!
Cierro los ojos y lo muevo
apretándolo sobre mí. Encuentro mi

placer y me dejo llevar mientras jadeo y
me muevo en la cama.
Cuando abro los ojos, Esteban está
enfrente de mí, con cara de muy mala
leche.
¡Vaya pillada!
Nos miramos como rivales. Paseo
mi mirada por su cuerpo y veo su pene
duro y erecto. Ha visto mi juego y se ha
excitado todavía más. Su mirada es
salvaje y eso me vuelve loca. Sé lo que
haría conmigo en ese instante y lo deseo.
Lo deseo con toda mi alma.
Aún con la respiración entrecortada
por lo que acabo de hacer, me abro de
piernas para él. Me muestro. Lo invito a

continuar jugando conmigo. Lo tiento a
que me posea como quiere. Pero él no
está por la labor y, sin decir nada, se da
la vuelta y se mete en el baño de nuevo,
dando un portazo.
Enfadada, maldigo. Me muevo en la
cama y me siento rechazada. Eso me
enfurece más y más. Cuando sale, diez
minutos más tarde, está mojado. Se ha
duchado. Lleva un bóxer puesto y
observo que su erección ha
desaparecido. Imagino lo que ha pasado
en el cuarto de baño y, sin hablarle, cojo
el pintalabios y entro en él yo también.
Cierro la puerta, por supuesto con
portazo. Yo no voy a ser menos.

Una vez dentro, me miro al espejo y
susurro al ver mis pelos de loca.
Me cago en ti, Esteban Sanromán.
Sin más, me lavo. Después lavo el
pintalabios y cuando regreso a la cama,
bajo su atenta mirada me pongo unas
bragas. Guardo el juguetito en el cajón
y, sin darle un beso, murmuro:
Buenas noches.
Él no responde. Me arropo.
Pero el acaloramiento que llevo en
mi cuerpo es tal que al final, me
destapo, me siento en la cama y, con
cara de enfado, siseo:
Odio que hagas lo que has hecho.
¿Y qué se supone que he hecho?

responde con voz dura.
Te has masturbado.
¿No has hecho tú lo mismo?
Con ganas de coger la lámpara y
estampársela en la cabeza, digo:
La diferencia es que yo lo he
hecho porque tú no querías nada
conmigo.
Dicho esto, con toda la dignidad que
tengo, me doy la vuelta y me tapo.
No quiero hablar más con él.

29




A la mañana siguiente, cuando me
despierto, como siempre estoy sola en la
cama. Esteban ya se ha ido a trabajar.
Cuando bajo a la cocina, Simona me
prepara el desayuno y dice:
Tenemos dos capítulos de Locura
Esmeralda grabados, ¿quieres que los
veamos?
Asiento y, una vez acabo de
desayunar, las dos vamos al salón.
Ese día, vemos esperanzadas cómo

Luis Alfredo Quiñones, al abrir una
cajita y ver un colgante que Esmeralda
Mendoza le regaló, sufre un fogonazo en
su mente y comienza a recordar cosas.
Simona y yo nos cogemos de la mano.
Esto pinta bien. Esa mañana, Esmeralda
ha salido a cabalgar con su hijito y Luis
Alfredo los observa desde la lejanía y
sufre otro fogonazo. Su mente se llena de
recuerdos y Simona y yo aplaudimos
cuando de pronto es consciente de que la
mujer de su vida es Esmeralda y no la
enfermera Lupita Santúñez.
Cuando acaban los dos capítulos las
dos estamos animadas.
Le propongo a Simona salir a dar un

paseo. Ella se niega, está nevando y no
es buen momento para que una
embarazada como yo ande por los
caminos.
Tiene razón. Me voy a mi cuartito y,
como no me puedo sentar sobre la
mullida alfombra que tanto me gusta, o
si no luego me tendrá que levantar una
grúa, me siento en una silla, abro mi
portátil y me conecto a Facebook para
charlar con mis amigas las guerreras.
Como siempre, hablar con ellas me sube
el ánimo y acabo sonriendo.
Simona entra y me da el teléfono. Es
Esteban.
Dime.

Hola, cariño. ¿Cómo estás hoy?
Bien.
Tras un silencio, añade.
¿Sigues enfadada por lo de
anoche?
Sí.
Escucha, pequeña, tienes que...
No, escúchame tú a mí lo corto
. Estoy muy enfadada. Lo que hiciste
anoche me dolió. ¿Por qué eres tan
duro? ¿Acaso no oíste decir a la doctora
que podemos tener una vida sexual
plena?
Mary...
Ni Mary, ni leches. ¿Por qué eres
tan gilip...?

Me paro. No es justo que lo insulte
y, tras un silencio, dice:
Dímelo, cariño, ¡lo estás
deseando!
No. No te voy a dar el gusto de
decírtelo.
Se calla. Yo juego con la ventaja de
que estoy en casa, pero él está en la
oficina y finalmente dice:
Tengo partido de baloncesto esta
tarde y se me ha olvidado la bolsa con
las cosas. ¿Me la llevarías al
polideportivo a las cinco?
Estoy a punto de decirle que no, que
se la lleve su prima, pero finalmente
respondo:

De acuerdo, Norbert te la llevará.
Me gustaría que me la trajeras tú.
Qué bonito lo que me ha dicho, pero
la víbora que vive en mí suelta:
Y a mí me gustarían otras cosas y,
mira, me jorobo y me aguanto.
Oigo a Esteban resoplar y, tras unos
segundos, murmura:
Tengo ganas de verte, pequeña.
De acuerdo. Yo te la llevaré.
Cuando cuelgo, me doy cuenta de
que ni me he despedido. Por Dios, ¡qué
borde soy!
La verdad es que mi Iceman se
merece el cielo. Aguantarme a mí
cuando me pongo insoportable es

insufrible. Y últimamente soy lo peor.
Por ello, llamo a su móvil y, cuando lo
coge, digo:
Te quiero, gruñón.
Oigo su risa y adoro cuando me
dice:
Y yo te quiero más que a mi vida,
pequeña.
Por la tarde, cuando salgo de casa
nieva y hace mucho frío. Norbert me
lleva al polideportivo y soy feliz. Soy
como una veleta con mis hormonas y
cuando al llegar veo a mi chico apoyado
en nuestro coche, esperándome, sonrío.
¡Dios qué guapo es!
Al vernos llegar, Esteban viene hacia el

coche y, cuando me bajo, me da un beso
en los labios y murmura:
Hola, preciosa, ¿cómo estás?
Dispuesta a fumar la pipa de la paz,
respondo:
Feliz, ahora que estoy contigo.
Abrazados, caminamos hacia el
interior del polideportivo y, cuando
llegamos a los vestuarios, me mira y
pregunta:
Ya sabes por dónde tienes que ir,
¿verdad?
Asiento y, cuando creo que me va a
soltar, se acerca de nuevo a mí, me
chupa el labio superior, después el
inferior y, tras un mordisquito, me besa.

Oh, sí... Oh, sí...
Disfruto de ese contacto, sin
importarme quién nos pueda mirar.
Esteban es mi marido, yo su mujer y no
me importa lo que el resto del mundo
pueda pensar. Cuando se separa de mí,
me mira a los ojos y dice:
No quiero volver a discutir
contigo, ¿entendido, pequeña?
Asiento como un muñequito. Está
claro que el efecto Sanromán, cuando
se lo propone, me deja totalmente fuera
de combate. Sonríe. Sonrío y, dándome
un dulce azotito en el trasero, murmura:
Ve a las gradas y espérame.
Con una tonta sonrisita en los labios,

lo hago. Llego hasta las gradas y, con
pesar, veo que no está ninguna de las
amigas y añoro a Frida. Miro a mi
alrededor y observo que la gente
comienza a llegar. Mi gesto se
descompone cuando veo entrar al
caniche estreñido de Björn.
Nos miramos y, contoneando las
caderas, Fosqui viene hacia mí subida
en sus impresionantes tacones. La diva
de la televisión va vestida con unos
pantalones de leopardo y una blusa
semitransparente de lo más sugerente.
Sonrío sin darme cuenta. Yo llevo un
peto premamá y las botas de nieve.
Glamurazo a tope.

Hola, María saluda.
Sorprendida de que se acuerde de mi
nombre, intento recordar el suyo. ¿Cómo
se llamaba? Al final, tras estrujarme las
neuronas y sólo venirme lo de Fosqui o
caniche estreñido, respondo:
Hola, ¿qué tal?
Me mira con curiosidad. Me escanea
en profundidad y, finalmente, pregunta:
¿Te encuentras bien?
Oh, qué monaaaaaaaaaaa.
Pero con las mismas ganas de hablar
que ella, respondo:
Perfecta.
Asiente, se sienta a mi lado y no
vuelve a cruzar palabra conmigo. Diez

minutos más tarde, cuando los chicos
salen a la pista, sonrío encantada y grito
al más puro estilo yanqui, mientras
saludo a Esteban y Björn. Ellos me saludan
también y el partido comienza.
Entregada, chillo y protesto cuando
le hacen falta a mi equipo, mientras el
caniche no dice ni mu. Calladita,
observa cómo juegan. Cuando acaba el
partido, el equipo de Esteban ha perdido y
murmuro:
Hoy no ha sido un buen día.
El caniche me mira, parpadea y
susurra:
Para mí, a partir de ahora lo será.
Björn y yo hemos quedado con unos

amigos. Y bajando la voz, cuchichea
: ... para jugar.
¿Por qué me cuenta eso?
Parece regodearse en mi problema,
pero dispuesta a no darle el gusto,
respondo:
Hacéis bien. Jugad todo lo que
podáis.
Sin mirarla a la cara, camino hacia
los vestuarios y siento una de mis
contracciones. Me toco la barriga y se
calma. Björn sale, le da un beso en los
labios al caniche y después me saluda a
mí.
Hola, gordita, ¿cómo estás?
Ruedo más que ando, pero bien

respondo.
Me abraza, sonríe y aparece Esteban.
Björn y yo aún sonreímos y, al vernos,
Esteban, divertido, pregunta:
¿Tengo que desconfiar?
Björn y yo nos miramos y, al
unísono, contestamos:
Sí.
Todos reímos, Björn me suelta y
Esteban me abraza. El caniche, que nos
observa, dice:
La comida del otro día fue
fantástica, ¿verdad?
Björn asiente y veo que Esteban
también. ¿Comida? ¿Qué comida? Y,
entonces, ella añade:

Tenemos que repetir. Estaré
encantada de ir de nuevo a tu casa,
Björn.
La cara se me congela.
¿Qué es eso de que Esteban ha comido
con Fosqui y Björn en casa de éste?
Una niña se acerca al caniche para
pedirle un autógrafo y se alejan de
nosotros unos pasos. Björn y Esteban me
miran y, al entender lo que yo he
entendido, se miran y, rápidamente,
Björn explica:
Mary, fue una comida de trabajo.
¿En tu casa?
Alarmado, Esteban se acerca y,
cogiéndome de la muñeca, dice:

Mary, no saques conclusiones.
¿Has comido con Fosqui? ¿Con el
caniche estreñido?
Björn suelta una carcajada.
¿Fosqui? ¿La llamas caniche
estreñido?
Pero Esteban no se ríe y, cuando
comienzo a caminar hacia la salida del
polideportivo, aclara:
No comimos en su casa. Comimos
en un restaurante, Mary.
Con la furia en el rostro, me doy la
vuelta y siseo:
Sé muy bien lo que hacéis en su
casa. Y mirando a Björn, gruño. Y
tú, mal amigo, ¿cómo lo has podido

permitir?
Bloqueado, Björn va a responder,
cuando Esteban dice:
Cariño, ¿quieres tranquilizarte?
No pasó nada. Fuimos al restaurante que
hay al lado de la casa de Björn. Yo
quería pedirle a Agneta contactos para
publicitar la empresa en televisión.
Pero ya me ha dado el subidón de
mala leche. Estoy furiosa y, mirándolos
a los dos, respondo:
¡Gilipollas! ¡Sois dos gilipollas!
Se miran. Björn no sale de su
asombro y Esteban murmura:
Ya la tenemos liada para hoy.
Su comentario me enfada aún más y

echo a andar.
Escucha, gordita dice Björn,
adelantándome: No pienses mal. Esteban
vino a buscarme al despacho, luego
llegó Agneta y cinco minutos después
salimos y comimos en un restaurante
para hablar sobre la publicidad de
Müller. Pero ¿por qué no nos crees?
Cuando va a sujetarme, le doy un
manotazo y, ante su cara de
incredulidad, siseo:
Punto uno, te permito llamarme
gordita porque estoy embarazada, una
vez deje de estarlo, si lo vuelves a
decir, te rompo las piernas. Punto dos,
lo que tú hagas con tu caniche me

importa tres pepinos y, aunque no lo
creas, sé que Esteban con esa... esa... no ha
tenido nada que ver. Y volviéndome
hacia Esteban, que nos observa, finalizo:
Y punto tres, ¿por qué no me dijiste que
habías comido con ella?
Joder, qué mala leche tienes,
morenita dice Björn, divertido.
Esteban cruza una mirada con su amigo
y luego, mirándome a mí, explica:
Ese día estabas enfadada y no
querías hablar. Por eso no te lo comenté.
Pero por favor, que no se te pase por la
cabeza que esa mujer, Björn y yo hemos
tenido nada, porque no es cierto,
¿entendido?

Cierro los ojos y resoplo. Sé que
tiene razón y, acercándome a él, apoyo
la cabeza en su pecho y murmuro:
No vuelvas a dejar que me quede
embarazada. Me estoy volviendo loca.
Esteban sonríe. Me abraza y dice ante
las risas de Björn:
Me voy a casa con Mary. ¡Suerte
con el caniche!

30




Los días pasan y yo engordo por
segundos.
En vez de María, debería llamarme
Mariota, ¡madre mía cómo me estoy
poniendo!
¡Ya no me veo los pies! Y ni qué
decir otras cosas.
Las bragas que llevo son como poco
de la época victoriana. Según los
dependientes, son bragas de
embarazada, según yo, son de cuello

vuelto. ¿Acaso una no puede estar sexy
cuando está embarazada?
Definitivamente, con estas bragas que
me llegan hasta debajo de las tetas,
como que no.
El día que Esteban las ve, no puede
parar de reír hasta que le tiro un zapato
a la cabeza. Pobrecito, acerté de pleno y
le hice un chichón.
Las contracciones cada vez son más
frecuentes y más intensas. No me duelen,
pero sé que son la antesala al calvario
que voy a pasar. Madre mía, qué dolor.
¡No lo quiero ni pensar!
El régimen no lo hago y en la
siguiente visita, la ginecóloga me echa

la bronca.
Pero para qué voy a negarlo, por un
oído me entra y por otro me sale. Sólo
he engordado doce kilos en siete meses
y medio. Mi hermana engordó
veinticinco.
¿De qué se queja?
Esteban me mira mientras la ginecóloga
me regaña. Yo le ordeno que se calle y
él, prudentemente, no abre el pico. Soy
consciente de que en esos últimos meses
me estoy volviendo una tirana y el pobre
aguanta y calla. El día que explote,
¡arderá Troya!
De nuevo, al hacer la ecografía,
Medusa no se deja ver. Nos ha salido

tímida o tímido. Una vez acabamos, la
doctora me da fecha para una semana
después. Tengo que ir a monitorización.
Cuando salimos de la consulta,
llamo al pintor que va a pintar la
habitación de Medusa y le digo que lo
haga en amarillo. Esteban me escucha y
asiente. Según él, lo que yo decida bien
hecho está.
Dos días después, cuando el pintor
está en casa, haciendo lo que le he
pedido, cambio de opinión. Ahora
quiero que, de las cuatro paredes de la
habitación, dos las pinte en amarillo,
una en rojo y otra en azul.
Cuando Esteban me pregunta que por

qué he decidido eso, lo miro y le
explico que el azul representa la
frialdad de Alemania y el rojo la calidez
de España. Sorprendido, me mira, no
dice lo que piensa y asiente. ¡Pobre!
Una semana después, Esteban y yo
vamos al hospital. Está nervioso y yo
estoy histérica. La enfermera que nos
atiende me hace tumbar en una camilla,
me pasa un ancho cinturón por la tripa,
lo conecta a un monitor y nos explica
que eso sirve para comprobar los
parámetros de la frecuencia cardíaca del
bebé y las contracciones del útero, entre
otras cosas.
Estoy acojonada, pero al ver la cara

de mi Iceman cuando escucha el corazón
al galope de Medusa, se me quita todo el
miedo. ¡Me parto! La enfermera que nos
atiende, tras ver los valores, nos dice
que todo está bien y que regresemos la
semana siguiente.
Cuando salimos del hospital, los dos
estamos emocionados. Nuestra relación
es una montaña rusa.
Se supone que durante un embarazo
las parejas se unen y se quieren. En
nuestro caso, nos queremos y Esteban me
aguanta. Soy consciente de que me he
convertido en una víbora gorda, llorona,
comilona y enfadica.
Simona y Norbert no saben qué

ocurre, sólo saben que nos adoramos,
que nos queremos, pero que discutimos
todos los días. Héctor, mi gran defensor,
se pasa la mayor parte del tiempo
enfadado con su tío y demostrándome su
cariño. Y Björn, nuestro gran amigo, es
el encargado de poner paz entre
nosotros. Los únicos que están ajenos a
todo son Sonia, Marta y mi familia.
Como yo digo, ¡ojos que no ven,
corazón que no siente!
Una noche no puedo dormir. Miro el
reloj. Son las 03.28 de la madrugada y
decido levantarme. Estoy harta de dar
vueltas en la cama y las contracciones
me incomodan, no me dejan conciliar el

sueño.
Con sigilo, me pongo la bata y, como
una ballena a punto de explotar, bajo la
escalera.
Susto y Calamar, al verme, acuden a
saludarme. Qué agradecidos son los
animales. Sea la hora que sea, ellos
siempre están para regalarte un cariñito.
Durante varios minutos, me dedico a
besuquearlos y a prestarles la atención
que se merecen y, cuando los agoto, se
marchan a dormir y yo retomo mi
camino hacia la cocina.
Una vez allí, abro el congelador,
miro los botes de helado y, tras
decidirme por el de vainilla con nueces

de Macadamia, pillo el bote por banda,
saco una cuchara y me siento en una de
las sillas de la cocina a saborearlo,
mientras observo la oscuridad del
exterior.
Paladeo el helado. Está buenísimo y,
de pronto, oigo:
¿Qué te ocurre, cariño?
La voz me asusta y, al ver que es
Esteban, susurro, llevándome la mano al
corazón:
Joder, qué susto me has pegado.
Él se acerca a mí y, agachándose,
insiste preocupado:
¿Estás bien, pequeña?
Nos miramos y, finalmente,

respondo:
Las puñeteras contracciones no
me dejan dormir. Pero tranquilo, no te
alarmes.
Esteban asiente y no dice nada. Es un
bendito. Se sienta frente a mí a la mesa e
intenta animarme:
Ya queda poco, preciosa. En tres
semanas nuestro bebé estará con
nosotros.
Asiento, pero me acojono y no
quiero pensar en ello. El parto se acerca
y ahora es la ansiedad la que me puede.
Te quiero, cariño susurra.
Yo también le quiero y en vez de
decirle nada, le ofrezco una cucharada

de helado. La acepta y, cuando la traga,
dice con tiento:
Escucha, cariño, no te enfades por
lo que te voy a decir, pero si sigues
comiendo helado, cuando te pese la
doctora...
Cállate lo corto. No
empieces tú también.
Durante unos segundos
permanecemos callados, mientras sigo
comiendo helado sin parar. Soy una
máquina. Una vez me acabo el bote, me
levanto, lo tiro a la basura y Esteban, con
semblante sombrío y mordiéndose la
lengua para no decir lo que piensa,
pregunta:

¿Contenta?
Asiento. Lo reto con la mirada y
respondo:
Contentísima.
Dicho esto, salimos de la habitación
y nos metemos en la cama. Ofuscados,
cada uno mira para un lado, hasta que
me quedo dormida.
Al día siguiente, cuando me
despierto es tardísimo. Las once de la
mañana.
Cuando me levanto, tengo una acidez
que me muero y me acuerdo de todos los
familiares de los que inventaron el
helado de vainilla con nueces de
Macadamia. Estoy pesada y me siento

como al ralentí.
Estoy lavándome los dientes cuando
veo aparecer a Esteban vestido con su traje
oscuro. ¡Qué guapo está! Entra, me da un
beso en la cabeza y dice:
Vístete, vamos a salir.
¿No vas hoy a la oficina?
No. Hoy tengo otros planes
responde.
Cuando me visto, bajo a la cocina y
sólo tomo un vaso de leche. La acidez y
la pesadez me matan. Estamos solos.
Héctor está en el colegio y Simona y
Norbert no sé dónde están. No pregunto.
Sigo ofuscada por la conversación de la
noche anterior.

Cuando me subo al coche ninguno
habla. Tampoco ponemos música. Esteban
conduce por las calles de Múnich y se
mete en un parking.
Cuando salimos, caminamos de la
mano. El aire me despeja y poco a poco
sonrío. Él no habla. Está imponente con
su traje oscuro y yo orgullosa de ir de su
mano. De pronto, al llegar a una esquina,
miro sorprendida lo que hay frente a mí
y digo:
No me digas que vamos a ir ahí.
Esteban asiente y pregunta:
Ése es el puente que visitaste hace
meses, ¿verdad?
Ojiplática, asiento.

Ante mí está el puente Kabelsteg,
lleno de cientos de candados de
enamorados, y no puedo creer lo que
estoy pensando.
Cruzamos la calle y, cuando
comenzamos a caminar por las tablas de
madera del puente, Esteban me abraza y
murmura:
Recuerdo que me dijiste que te
gustó pasear por aquí y que viste muchos
candados de enamorados, ¿verdad?
Asiento... Como hayamos ido a
poner lo que creo, ¡me lo como a besos
ahí mismo!
Él sigue serio, pero no me engaña,
tiene la comisura de los labios ladeada y

digo:
¿De verdad vamos a poner un
candado?
Sorprendiéndome de nuevo, Esteban
saca uno rojo y azul en el que están
grabados nuestros nombres y,
enseñándomelo, pregunta:
¿Dónde quieres que lo pongamos?
Me llevo la mano a los labios. Me
emociono. Me da una de mis
contracciones. Me siento fatal. Él
cambia su expresión y me ruega:
No..., no..., no..., ahora no llores,
cariño.
Pero las compuertas de mis ojos se
abren y comienzo a hacerlo

desconsoladamente. La gente que pasa
por nuestro lado nos mira y Esteban me
lleva hasta un banquito, donde me sienta.
Se saca rápidamente un pañuelo del
bolsillo y, secándome las lágrimas,
murmura con cariño:
Eh..., pequeña, ¿por qué lloras
ahora? ¿No te gusta la idea de poner
nuestro candado?
Intento hablar, pero sólo salen de mí
balbuceos.
Esteban me abraza. Yo me aprieto a él
y, cuando me tranquilizo, susurro:
Perdona, Esteban..., perdona.
¿Por qué, cariño?
Por lo mal que me estoy portando

contigo últimamente.
Él sonríe. Es un amor. Y, con cariño,
cuchichea:
No es tu culpa cariño. Son las
hormonas.
Eso me vuelve a hacer llorar y, entre
hipos, como una imbécil, respondo:
Las hormonas y yo... yo tengo
mucha culpa. Estoy tan enfadada
últimamente por todo que...
No pasa nada, cielo. Estás
asustada. Yo lo entiendo. He hablado
con tu doctora y...
¿Has hablado con mi doctora?
Esteban asiente y responde con cautela:
Necesitaba hablar con alguien o

me volvía loco yo también, pequeña. Lo
hice con Andrés y me dijo que a Frida le
pasó lo mismo estando embarazada de
Glen. Pero aun así, pedí cita con tu
ginecóloga. Me ha atendido esta mañana
y me ha comentado que, en algunas
mujeres, durante el embarazo, el deseo
sexual se eleva más de lo normal. Me ha
explicado que, para soportar la
gestación, tu organismo vierte una gran
cantidad de progesterona y estrógeno en
tu torrente sanguíneo y la consecuencia
de ello es la enorme necesidad que
tienes de sexo.
¿Y tú solito has ido a preguntar
eso?

Esteban sonríe y contesta:
Sí, yo solito.
Asiento, asiento y asiento.
Esteban me besa. Yo lo beso.
Esteban me abraza. Yo lo abrazo.
Y enamorada y loca por mi alemán,
señalo un lado del puente y digo:
Ahí es donde quiero poner nuestro
candado.
Nos levantamos y, cogidos de la
mano, caminamos hasta donde yo digo.
Abro el candado, le doy un beso, Esteban le
da otro y lo anclamos al puente.
Después, él coge mi mano y, divertidos,
tiramos la llave al río y nos besamos.
Cuando nos vamos del puente,

pregunta:
¿Dónde quieres que te invite a
comer?
No tengo mucha hambre. Me noto el
cuerpo algo revuelto, pero por no
hacerle un feo, digo con una gran
sonrisa:
Me muero por un brezn de los que
hace el padre de Björn, mojado en
salsita.
Esteban asiente, sonríe y juntos
caminamos hacia el parking.
Cuando llegamos al restaurante, al
entrar vemos a Björn todo trajeado,
como Esteban, hablando con su padre. Al
vernos, nuestro amigo sonríe y pregunta:

Pero ¿qué hacéis aquí?
Queremos comer respondo.
Se muere por comer un brezn de tu
padre con salsita explica Esteban.
Los tres hombres me miran y,
finalmente, el padre de Björn dice:
Ahora mismo los hago para ti,
preciosa. Id al salón dos. Allí estaréis
más tranquilos.
¿Comes con nosotros? le
pregunta Esteban a su amigo.
Björn asiente y, minutos más tarde,
disfruto de los ricos brezn, mientras
charlamos divertidos. Cuando
terminamos de comer, animamos a Björn
a que se venga con nosotros de compras

a un centro comercial. Tenemos que
comprar la cuna para Medusa. Lo había
dejado hasta el último momento hasta
saber su sexo, pero visto lo visto ha
llegado el momento de hacerlo.
Cuando llegamos, nos metemos en
una tienda enorme de cosas para bebés.
En todo este tiempo, Esteban y yo no hemos
ido de compras ni un solo día y ahora
estamos dispuestos a disfrutarlo: nos
volvemos locos. Compramos la cuna,
Björn nos regala un cochecito rojo
monísimo y nos quedamos todo lo
habido y por haber. Damos nuestra
dirección para que nos lo envíen todo a
casa.

Tres horas después, Björn y Esteban no
pueden más, pero yo deseo seguir
comprando y, al ver las pocas ganitas de
ellos, les propongo que se vayan a tomar
un café o un whisky a un bar del centro
comercial, mientras yo voy a unas
tiendas que quiero visitar.
Encantados, aceptan mi oferta y yo
me marcho tras asegurarle a Esteban mil
veces que llevo el móvil encima.
Cuando salgo de una tienda donde he
comprado un calienta-biberones estoy
cansada y me da una nueva contracción.
Ésta ha sido más fuerte que otras veces.
Me paro, respiro y, cuando se me pasa,
continúo mi camino.

Entro en varias tiendas más y las
contracciones se repiten. Me cogen los
siete males, pero me vuelvo a
tranquilizar cuando se me pasan. Saco el
móvil para llamar a Esteban, pero al final
me lo vuelvo a guardar en la chaqueta.
Estamos a 11 de junio y el parto es
para el 29. Debo tranquilizarme. Todo
está bien. No voy a alarmarlo.
Veo que en el piso de arriba está la
tienda Disney. Sin pensarlo, corro hacia
el ascensor. No me apetece subir
escaleras. Una chica sube conmigo.
Miro sus pantalones de camuflaje. ¡Me
gustan! Le doy al piso tres y ella al
cuatro. Las puertas del ascensor se

cierran y, de pronto, cuando está
subiendo, se va la Estrella y el ascensor se
para.
La chica y yo nos miramos y
fruncimos el cejo. De nuevo me vuelve a
dar una contracción. Ésta ha sido más
fuerte que las otras dos y tan dolorosa
que suelto las bolsas que llevo en la
mano y me agarro al pasamanos del
ascensor.
La joven, al verme, me mira y
pregunta:
¿Estás bien?
No puedo responder. Respiro...
respiro... como me han enseñado en las
clases preparto. Cuando el dolor cede,

miro a la joven de pelo oscuro y corto,
que me mira tras unas gafas de aviador,
y respondo:
Sí, tranquila. Estoy bien.
Pero según digo eso, noto que por
mis piernas corre un líquido.
Dios, ¡¿me estoy meando?!
Intento contenerlo, pero esto es
incontrolable. Las cataratas del Iguazú
salen de mi cuerpo. Mis pies pronto
están rodeados de agua, yo empapada y
murmuro en español:
Joder..., joder... Me cago en la
mar. ¡No me lo puedo creer!
¿Eres española? pregunta la
chica.

Yo asiento, pero no puedo hablar.
¡Acabo de romper aguas!
Comienzo a tocar todos los botones.
El ascensor no se mueve y me pongo
histérica. La joven me coge de las
manos tira de mí y dice:
Tranquila, no te preocupes por
nada. Rápidamente te saco de aquí.
Aprieta el botón de la alarma del
ascensor.
Yo comienzo a temblar y ella,
agarrándome por los hombros, dice para
distraerme:
Me llamo Melanie Parker, pero
puedes llamarme Mel.
¿Por qué hablas español?

Nací en Asturias.
¿Asturiana con ese nombre?
La joven sonríe, se quita las gafas de
aviador que lleva y, mirándome con sus
ojos azuletes, aclara:
Mi padre es amEstebanano y mi
madre de Asturias. Con eso te lo digo
todo.
Asiento. Pero no estoy yo para
charlas y, mirándola, digo, sacando mi
móvil de la chaqueta:
Tengo que llamar a mi marido.
Está en el centro comercial. Seguro que
él nos saca de aquí en seguida.
Mientras marco el teléfono de Esteban,
veo que la joven sigue apretando el

botón de auxilio y mis pies están cada
vez mas encharcados. Un timbrazo y
Esteban me saluda.
Hola, cariño.
Controlando las ganas de chillar por
el susto que tengo, digo mientras me
rasco el cuello:
Esteban, no te asustes, pero...
¿Que no me asuste? grita.
¿Dónde estás? ¿Qué ocurre?
Cierro los ojos. Me lo imagino
descompuesto en ese instante. Pobre...
pobre...
Me viene una contracción y, apoyada
como estoy en la pared del ascensor, me
escurro hasta caer al suelo. La joven que

está conmigo, al verme, me quita el
teléfono y dice:
Soy Mel. Estoy con tu mujer en el
ascensor del fondo del centro comercial.
Se ha ido la Estrella y ha roto aguas. Llama a
una ambulancia a la de ¡ya! Esteban debe
de decirle algo, porque ella contesta:
Tranquilo... He dicho tranquilo. Estoy
con ella y todo irá bien.
Cuando cuelga y me devuelve el
teléfono, sonríe y afirma:
Por la voz de tu marido, no creo
que tarde en llegar.
No lo dudo. Me lo imagino
corriendo por el centro comercial como
un loco. Menos mal que está con Björn y

no solo, aunque compadezco al que se
atreva a llevarle la contraria en un
momento así.
Una nueva contracción me vuelve a
encoger de dolor. Pero ¿por qué tiene
que ocurrirme esto en este momento? Me
entran las cagalandras de la muerte y soy
incapaz de respirar. ¡Me ahogo!
Mel me observa sin perder la calma.
Me sorprende su aplomo cuando yo
estoy que me subo por las paredes. Pero
claro, el dolorcito puñetero lo tengo yo,
no ella.
Con voz controlada, me obliga a
mirarla y a respirar. Cuando lo consigue
y el dolor cede, abre su móvil y, tras

hablar con alguien, dice:
He pedido refuerzos. Si no nos
saca tu marido, nos sacarán mis
compañeros.
¿Comienza a hacer calor o soy yo la
que está sudando?
Me pica el cuello. ¡Me rasco los
ronchones!
¿Cómo te llamas?
María... María Fernández.
La joven, dispuesta a distraerme,
pregunta:
¿Y de qué parte de España eres?
Nací en Jerez, pero mi madre era
catalana, mi padre de Jerez y yo vivía en
Madrid.

No puedo decir más. El dolor
vuelve. Me agobio. La joven me coge
las manos y dice:
Muy bien, María..., mírame de
nuevo. Vamos a respirar. Vamos, hazlo.
Acompañada por esa desconocida
de nombre Mel, comienzo a respirar y,
cuando el dolor pasa, la miro.
Gracias...
Sonríe. Pasan los minutos y el
ascensor no se mueve. Me rasco. Mi
móvil suena. Supongo que es Esteban,
preocupado. Mel contesta. Lo
tranquiliza y, cuando cuelga, dice,
agarrándome una mano:
Te estás destrozando el cuello.

Oímos golpes, pero el ascensor no
va para arriba ni para abajo. Mel, al ver
que contraigo la cara, me da aire con un
papel que saca de su mochila y pregunta:
¿Y qué es lo que vas a tener, un
niño o una niña?
No lo sé. Medusa no se dejaba
ver.
Sonríe y, al entender el nombre,
explica:
Yo a mi hija, mientras estaba
embarazada, la llamé Cookie. Ambas
sonreímos y añade: Sea lo que sea,
será precioso.
Eso espero.
Me acaloro. El agobio me sofoca

aún más y ella continúa hablando:
Yo tengo una niña y sé lo que
estás sufriendo. Sólo te puedo decir que
todo pasa y lo olvidarás. Cuando tienes
a tu bebé en los brazos, todo se olvida.
¿Seguro?
Segurísimo. Sonríe.
¿Cuánto tiempo tiene tu hija?
Quince meses y se llama
Samantha.
Se vuelven a oír los golpes. El
teléfono de Mel suena. Ella habla y,
cuando cuelga, me dice:
En dos minutos te saco de aquí.
Y tiene razón. Instantes después, las
luces del ascensor se encienden y

retomamos el ascenso. Mel le da
rápidamente al Stop, nos volvemos a
parar y aprieta el botón de la planta
baja. El ascensor comienza a bajar y,
cuando las puertas se abren, veo cuatro
tipos como cuatro armarios, vestidos
con pantalones de camuflaje como los
de Mel. Ella los pregunta:
¿Dónde está la ambulancia?
Uno de ellos va a responder, cuando,
empujándolo, Esteban se acerca a mí y,
pálido, pregunta:
Cariño, ¿estás bien?
Asiento, pero es mentira, ¡estoy
fatal! Mira mi cuello y, al verlo
enrojecido, murmura:

Tranquila... tranquila.
Björn, con gesto preocupado en
medio de todo ese caos, va a acercarse,
cuando veo que Mel lo para y dice:
No la agobies ahora.
¿Cómo dices? veo que pregunta
él, boquiabierto.
Necesita aire... nene.
Quítate de en medio... nena
replica Björn con voz profunda y las
llaves de su coche en la mano.
He dicho que necesita aire...
James Bond.
Y yo he dicho que te quites de en
medio sisea él, apartándola.
La gente se arremolina a nuestro

alrededor y en ese momento me viene
una nueva contracción. Aprieto la mano
de mi amor y susurro:
Ostras, Esteban...
La joven que me ha acompañado
durante aquel último rato los empuja a él
y a Björn y, cogiéndome la mano, dice
con voz de mando:
Mírame, María. Vamos a respirar.
Lo hago y el dolor se pasa. Sin
soltarme, les dice a los que van vestidos
como ella:
Hernández, Fraser, despejadme
esto.
Sin dudarlo, ellos hacen lo que Mel
les ha dicho. Mientras yo observo las

dotes de mando de la chica, Esteban dice,
retirándome el flequillo de la cara:
Dime que estás bien, cariño.
Estoy fatal, Esteban..., creo que
Medusa quiere salir.
Björn se acerca a nosotros con gesto
preocupado.
Acabo de hablar con Marta. Ya
nos esperan en el hospital.
Ay, Dios mío... Ay, Dios mío
susurro horrorizada.
Ya no hay marcha atrás, ¡estoy de
parto!
¡Qué dolor... qué dolorrrrrrrrrrr!
Esteban me da un beso y dice:
Tranquila, cariño. Tranquila.

Todo va a ir bien.
El caos se hace tangible. Todos nos
observan y Mel pregunta:
Pero ¿dónde está la puñetera
ambulancia? Nadie lo sabe y entonces
ordena: Fraser, ve a por el coche. Lo
quiero en la puerta norte en dos minutos.
Luego mira a Esteban y pregunta: ¿A
qué hospital hay que llevarla?
Al Frauenklinik Munchen West
responde.
La joven se da la vuelta, mira a otro
de sus compañeros y grita:
Hernández, dame ruta y tiempo.
Thomson, llama a Bryan infórmale de la
situación. Dile que nos espere en una

hora donde habíamos quedado. Yo
llamaré a Neill.
Björn, al ver que estoy algo mejor,
se agacha y pregunta con gesto serio:
¿De dónde ha salido súper
woman?
Me entra la risa. No conozco a Mel,
pero me encanta su poderío. Tan pronto
habla inglés, como español, como
alemán. Una vez cierra su móvil, le dice
algo a uno de sus compañeros, luego
mira a Esteban y ordena:
Seguidme. En doce minutos os
dejo en el hospital.
No hace falta responde Björn,
mirándola. Yo los llevaré.

¿En doce minutos? pregunta
ella.
Levantándose con chulería, nuestro
amigo la mira, se estira el traje oscuro
que lleva y, tocándose el nudo de la
corbata, sisea:
En ocho, Cat Woman...
Esteban y yo nos miramos. Me entra la
risa. Esto es un duelo de titanes.
Entonces, la joven sonríe y sin
amilanarse por la presencia de un tipazo
como es Björn, pasea su azulada mirada
por el cuerpo de éste con chulería y
dice, mientras se pone sus gafas de
aviador:
No me hagas reír, James Bond.

Después nos mira a Esteban y a mí y explica
: Tenéis tres opciones. La primera soy
yo. La segunda es James Bond y la
tercera esperar a que llegue la
ambulancia. Vosotros decidís.
Escojo la primera digo con
decisión.
Björn, sorprendido, protesta y ella,
sonriendo, dice mirando a Esteban:
Sígueme.
Esteban me mira y yo asiento. Sé que
hay más de cuarenta minutos hasta el
hospital, pero extrañamente creo que si
Mel ha dicho que en doce llegamos, es
que así será. Esteban me coge en brazos y
corre por el centro comercial. Cuando

salimos, un impresionante Hummer
negro nos espera. Nos metemos en él y,
cuando Björn lo va a hacer también, la
joven lo para y dice:
Tú mejor ve en tu Aston Martin.
Sin más, cierra la puerta y el
Hummer sale a toda leche. Mel nos
mira.
Son las 16.15, a las 16.27
estaremos allí.
El dolor vuelve. Es intenso, pero lo
puedo aguantar. Esteban y Mel me hacen
respirar y yo agradezco sus atenciones,
mientras noto cómo el coche va a toda
pastilla y no reduce ni una sola vez la
velocidad.

Cuando para, oigo al conductor que
dice:
Hemos llegado.
Esteban choca la mano con él y con una
enorme sonrisa, murmura:
Gracias, amigo.
Cuando salgo del coche, Marta nos
espera en la puerta del hospital y, al
sentarme en la silla de ruedas, le dice a
una enfermera:
Avisa a maternidad de que ha
llegado la señora Sanromán. Luego
me mira. Vamos, campeona, que
cuando estés repuesta nos vamos a ir a
celebrarlo al Guantanamera.
Marta, no jorobes protesta Esteban

y a mí me entra la risa.
Mel se acerca a mí.
Son las 16.27. Te he prometido
que te traía en doce minutos y lo he
cumplido. Yo sonrío y ella añade:
Encantada de haberte conocido, María.
Espero que todo salga bien.
La agarro de la mano y, sin soltarla,
digo:
Gracias por todo, Mel.
Con una candorosa sonrisa, contesta:
Si mañana tengo tiempo, pasaré a
conocer a Medusa, ¿vale?
Estaremos encantados responde
Esteban, muy agradecido.
¿Traerás a Samantha? pregunto.

Mel sonríe y asiente. Instantes
después, la joven se sube al Hummer y
desaparece. Entramos en el hospital y
me llevan directamente al ala de
maternidad, a una bonita habitación.
Llega mi ginecóloga y me dice que
no me preocupe por el adelanto de
Medusa. Todo va bien. Después, me
mete la mano y me hace un daño que veo
las estrellas. Me acuerdo de toda su
familia. Esteban me agarra y sufre. Cuando
la mujer saca la mano de entre mis
piernas, comenta, quitándose un guante
de látex:
Estás de cuatro centímetros. Y
al ver mi tatuaje, dice: Vaya tatuaje

más sexy que llevas, María.
Asiento. Me duele todo y no tengo
ganas de sonreír. Esteban, preoupado,
pregunta:
¿Todo va bien, doctora?
Ella lo mira y dice que sí.
Todo va como tiene que ir.
Luego me toca la pierna y, dándome una
palmadita tranquilizadora, añade:
Ahora relájate e intenta descansar.
Pasaré a verte dentro de un ratito.
Cuando se va, miro a Esteban y me
tiembla la barbilla. Él, al verlo,
rápidamente dice:
No, no, no, no llores, campeona.
Me abraza y, al sentir que el dolor

vuelve, protesto:
Esto duele una barbaridad.
Cojo la mano de Esteban y se la
retuerzo con la misma intensidad con
que siento yo que la tripa se me retuerce
por dentro y, a pesar de que sé que le
hago daño, no protesta. Aguanta más que
yo. Cuando pasa el dolor, lo miro y
murmuro:
No puedo, Esteban... Yo no aguanto
el dolor.
Tienes que hacerlo, cariño.
Y una chorra. Diles que me
pongan la epidural ya. Que me saquen a
Medusa, ¡que hagan algo!
Tranquilízate, Mary.

¡No me da la gana! grito fuera
de mí. Si tú tuvieras estos dolores, yo
removería cielo y tierra para que te los
quitaran.
Según digo eso, me doy cuenta de
que estoy siendo cruel. Esteban no se lo
merece. Y, agarrándolo de la mano,
hago que se acerque y murmuro llorosa:
Perdón..., perdón, cariño. Nadie
mejor que tú me cuida en este mundo.
Él no me toma nada en cuenta y dice:
Tranquila, pequeña...
Pero mi momento angelical y
tranquilo dura poco. El dolor comienza
y, retorciéndole el brazo, siseo:
Dios... Dios... ¡Que esto me

empieza a doler otra vez!
Esteban llama a la enfermera y le pide
la epidural. La mujer me ve histérica,
pero dice que no puede ponérmela hasta
que la doctora se lo indique. Yo me
cago en todo. Absolutamente en todo.
Eso sí, en español para que no me
entiendan. El dolor cada vez es más
intenso y no lo puedo soportar.
Soy una mala enferma...
Soy una mal hablada...
Soy lo peor...
Esteban intenta distraerme con mil
palabras cariñosas. Me hace respirar
como nos han enseñado en las clases
preparto, pero yo no puedo. El dolor me

hace contraerme y ya no sé si respiro, si
chillo o si me cago en los parientes de
todos los del hospital.
Sudo...
Tiemblo...
Siento que me viene una nueva
contracción...
Agarro la mano de Esteban, que me
anima de nuevo a respirar. Respiro...,
respiro..., respiro.
De nuevo el dolor cesa. Pero cada
vez es más seguido, más intenso y más
devastador.
Me cago en la marrrrrrrrrrrrrr
jadeo.
Esteban me pasa una toallita con agua

fresca por la cara y dice:
Fija la mirada en un punto y
respira, cariño.
Lo hago y el dolor cesa.
Pero cuando va a comenzar de nuevo
y preveo que me va a decir por enésima
vez lo de fija la mirada... lo agarro con
fuerza por la corbata, tiro de él y,
acercando su cara a la mía, siseo fuera
de mí:
Si me vuelves a decir que fije la
mirada en un punto, te juro por mi padre
que te saco los ojos y los clavo en ese
jodido punto.
Él no dice nada. Se limita a darme la
mano mientras yo me encojo en la cama,

muerta de dolor.
Dios... Dios... ¡Cómo duele!
Seguro que si los hombres pariesen,
ya habrían inventado tener bebés en una
probeta.
La puerta se abre y yo miro a la
doctora como la niña del exorcista. La
mato... juro que la mato. Ella, sin
inmutarse, retira la sábana, me mete
mano de nuevo y dice, sin importarle mi
mirada de asesina:
Para ser primeriza, dilatas muy
rápido, María. Después mira a la
enfermera. Está de casi seis
centímetro. Que venga Ralf y le ponga la
epidural. ¡Ya! Creo que este bebé tiene

prisa por salir.
¡Oh, sí..., la epidural!
Escuchar eso es mejor que un
orgasmo. Que dos... que veinte.
Quiero kilos y kilos de epidural.
¡Viva la epidural!
Esteban me mira y, secándome el sudor,
susurra:
Ya está, cariño. Ya te la van a
poner.
Me retuerzo con una nueva
contracción y, cuando se pasa, murmuro:
Esteban...
¿Qué, pequeña?
No quiero volver a quedarme
embarazada. ¿Me lo prometes?

El pobre asiente. Cualquiera me
lleva la contraria en un momento así.
Me seca el sudor y va a decir algo
cuando la puerta se abre y entra un
hombre que se presenta como Ralf el
anestesista. Cuando veo la aguja que
lleva, me mareo.
¿Dónde va a meter eso?
Ralf me pide que me siente y me
eche hacia delante. Me explica que
necesita que me esté totalmente quieta
para no dañar la columna vertebral. Me
entra el agobio, pero dispuesta a
colaborar al cien por cien, casi ni
respiro.
Esteban me ayuda. No se separa de mí

y, tras notar un pequeño pinchazo
cuando menos me lo espero, el
anestesista dice:
Ya está. Ya tienes puesta la
epidural.
Sorprendida, lo miro. ¡Qué fuerte!
Yo que pensaba marearme por el
dolor del pinchazo, no me he enterado
de nada. Me explica que me deja un
catéter puesto por si la doctora necesita
administrar más anestesia. Luego recoge
sus bártulos y se va. Cuando sale por la
puerta y nos quedamos Esteban y yo en la
habitación, solos, me besa y susurra:
Eres una campeona.
Pero qué rico es. Qué aguante tiene

conmigo y cuánto amor me demuestra
con sus actos y sus palabras.
Diez minutos más tarde, noto cómo
los horrorosos dolores comienzan a
bajar de intensidad hasta que
desaparecen. Me siento la reina de
Saba. Vuelvo a ser yo. Puedo hablar,
sonreír y comunicarme con Esteban sin
parecer una hidra de siete cabezas.
Llamamos a Sonia y le pedimos que
pase por nuestra casa a recoger la bolsa
con las cosas de Medusa. La mujer se
ataca al saber que estamos en el
hospital. No quiero ni imaginar cómo se
van a poner mi padre y mi hermana.
Luego llamo a Simona. Sé lo

importante que es para ella que yo
misma la llame y le hago prometer que
se vendrá con Sonia para el hospital
cuando ésta pase por casa para recoger
la bolsa. La mujer no lo duda.
Después, tras mucho meditar, llamo
a mi padre. Esteban cree que es lo más
justo. Pero como ya presuponía yo, el
pobre, al enterarse que estoy en el
hospital ingresada para dar a Estrella, le
entran los siete males. Se lo noto en el
habla. Cuando papá se pone nervioso no
se le entiende. No da pie con bola.
Le pasa el teléfono a mi hermana.
Otra que tal baila. Entre chillar y
aplaudir emocionada, la loca de Raquel

tiene bastante. Al final, le doy el
teléfono a Esteban, que les dice que
mandará su avión a recogerlos a Jerez.
Cuando colgamos, nos miramos y,
con mimo, me besa en los labios.
El día ha llegado, pequeña. Hoy
vamos a ser papás.
Sonrío. Estoy acojonada, pero feliz.
Vas a ser un padre excelente,
señor Sanromán.
Esteban me vuelve a besar y pregunta:
Entonces, Hannah si es niña, ¿y si
es un niño...?
La puerta de la habitación se abre y
entra Björn, acalorado.
Hombre..., llegó James Bond

me mofo.
Él me mira. La bromita no le hace
gracia y, tras calibrar si me manda a la
porra o no, pregunta:
¿Cómo estás?
Ahora perfecta. Me han puesto la
epidural, no siento dolor y estoy la mar
de bien.
Esteban, más tranquilo al verme a mí
serena, sonríe. No dice nada, pero sé
que ha pasado un mal rato. Mi niño,
¡cuánto lo quiero! Björn y él hablan
durante un ratito y me tengo que reír
cuando oigo que Esteban dice:
Doce minutos, colega. Hemos
tardado exactamente doce minutos.

Björn al oírlo se asombra. Él ha
tardado casi una hora. El tráfico estaba
horroroso.
¿Habéis venido volando?
Ni idea. Yo iba pendiente de Mary
y conducía otro. Eso sí, la Mel esa,
¡menudo carácter!
Debe de ser inaguantable
murmura Björn.
Yo me río.
Estoy hablando con ellos relajada y
tranquila, cuando llega Sonia con Héctor y
Simona. Todos me besan y yo sonrío a
pesar de que no siento las piernas. Qué
fuerte, me las toco y parecen de cartón
piedra. Mientras todos hablan, Héctor me

agarra la mano y, acercándose a mí,
cuchichea:
¿Hoy conoceremos a Medusa?
Creo que sí, cariño.
¡Guay!
La puerta se vuelve a abrir y entra
Norbert. Al verme, sonríe y yo le guiño
un ojo. Diez minutos después entra una
enfermera y dice que allí hay mucha
gente. Björn, como siempre, se hace
cargo de todo sin que nadie se lo diga y
se lleva a los demás a la cafetería.
Héctor protesta. No quiere separarse
de mí. Quiere ser el primero en ver a
Medusa. Al final, lo convenzo y, cuando
nos quedamos solos, Esteban dice

divertido:
Héctor va a ser un estupendo
hermano.
La puerta se abre de nuevo y entra la
doctora. Me coge el agobio al ver que
retira las sábanas. Joder, otra vez me va
a meter mano. ¡Qué dolor! Pero esta vez
con la epidural no me duele y,
mirándome, dice:
¡Al paritorio! Vamos a conocer a
tu bebé.
Esteban y yo nos miramos. La mujer
llama a unos enfermeros y, cuando me
sacan de la habitación, no quiero soltar
a Esteban pero la doctora dice:
Él se viene conmigo. Tiene que

ponerse guapo para entrar en el
quirófano.
Asiento. Lo suelto y le tiro un beso
con la mano. Por Dios, qué momentazo.
Cuando entro en el quirófano, mi
corazón va a mil por hora. Estoy
aterrorizada. No me duele nada, pero el
hecho de ir a conocer a Medusa me
asusta. ¿Y si no le gusto como madre?
Me pasan a la camilla del quirófano
y los enfermeros se van. Entran dos
mujeres con mascarillas, que me
conectan a varios monitores y me piden
que ponga los pies en los estribos. Lo
hago y una de ellas dice:
Vaya, «Pídeme lo que quieras».

Qué tatuaje más original.
Asiento. Me río y digo:
A mi marido le encanta.
Las tres nos reímos. En ese
momento, veo que entra la doctora con
Esteban a su lado, con un pijama verde y un
gorrito de lo más ridículo. Me vuelvo a
reír.
Ella se pone a mi lado y me explica
el sistema para empujar. Al tener la
epidural, no sentiré los dolores, por lo
que tengo que hacerlo siempre que ella
me lo pida o yo vea que en el monitor se
enciende una luz roja y parar cuando
ella me lo indique. Asiento. Estoy
asustada, pero asiento, dispuesta a

hacerlo bien.
La doctora se pone entre mis piernas
y, cuando en el monitor que hay a mi
derecha se enciende una luz roja, me
pide que empuje. Cojo aire como
recuerdo que me han enseñado en las
clases y empujo... empujo... empujo... y
empujo.
Esteban me anima. Esteban me ayuda. Esteban
no se separa de mí.
Vuelvo a repetir eso tantas veces,
que a pesar de no sentir dolor, el
agotamiento comienza a hacer mella en
mí. Entre empujón y empujón, Esteban,
sorprendido, me comenta que tengo una
fuerza impresionante. Yo también flipo.

Me doy cuenta de que empujando soy
una fiera.
La doctora sonríe y nos explica que
Medusa es bastante grande y está
encajado de tal manera que, a pesar de
mi dilatación y mis empujones, le cuesta
salir.
De nuevo la luz del monitor se pone
roja. Sigo empujando. El tiempo pasa y
sólo empujo y empujo. Aguanto, aguanto
y aguanto y cuando, agotada, poso mi
cabeza en la camilla, la ginecóloga dice:
Papá..., no te pierdas las
siguientes contracciones, que tu bebé ya
está aquí.
Eso me emociona y se me llenan los

ojos de lágrimas, en especial al ver el
gesto de excitación e incredulidad de
Esteban. Vuelvo a empujar y a empujar y
noto que algo sale de mí. Esteban abre los
ojos descomunalmente y murmura:
Ha salido la cabeza, Mary..., la
cabeza.
Quiero verlo, pero claro, ¡no puedo!
Aunque, bueno, casi que es mejor
así, porque ver una cabeza asomando
por mi vagina, como poco me puede
ocasionar un trauma.
La doctora sonríe y me anima:
Vamos, María, un último empujón.
Saldrán los hombros y tras eso todo el
cuerpecito.

Agotada, cansada y emocionada,
cuando la luz se pone roja, hago lo que
me piden. Empujo... empujo... empujo y
empujo hasta notar que un peso enorme
abandona mi cuerpo y la ginecóloga
dice:
Ya lo tenemos aquí.
Yo no lo veo. Sólo veo a Esteban.
Sus ojos se llenan de lágrimas y
sonríe. Su mirada se dulcifica en ese
instante y pienso que es la más bonita
que le he visto nunca. Me emociono.
Lloro de felicidad cuando, de pronto, el
llanto de mi Medusa inunda toda la
estancia y la doctora dice:
Es un niño. Un precioso niño.

¡Un niño!
¡Soy mamá de un niño!
Esteban, con la respiración agitada,
sonríe y la mujer dice:
Vamos, papá, ven aquí y corta el
cordón umbilical.
Yo lloro. Quiero ver a mi niño.
¿Cómo será?
Esteban suelta mi mano, va hasta donde
está la doctora y, tras hacer lo que ella
le pide, vuelve conmigo, baja su boca
hasta la mía y, besándome, dice:
Gracias, cariño, es precioso.
¡Precioso!
En ese instante, ponen una cosa
maravillosa que llora sobre el vientre.

Es mi Medusa. Mi bebé. Mi niño.
Emocionada, lo miro, lo toco y ambos
lloramos.
Hola, chiquitiiiiito. Hola,
preciooooooooso, soy tu mamáááááááá.
¿Ya estoy hablando balleno?
Nunca imaginé que viviría un
momento así...
Nunca imaginé que sentiría lo que
siento...
Nunca imaginé que me sentiría tan
completa...
Esteban me besa emocionado y yo toco
a mi niño. Es perfecto, maravilloso. Y a
pesar de lo sucio que está, es rubito
como su papá y se parece a él.

Esteban y yo nos miramos y sonreímos.
Una de las enfermeras coge al bebé y se
lo lleva, mientras la doctora termina de
atenderme a mí y saca la placenta. Esteban y
yo seguimos a la enfermera con la
mirada. Vemos que le hace varias
pruebas al niño, después lo lava y mi
pequeño llora. Le pone una pulserita
alrededor de la muñeca, lo viste y,
cuando lo pesa, dice:
Tres kilos seiscientos gramos.
¡Tres kilos seiscientos gramos!
Madre mía, ¡mi niño ya está criado!
Con razón decía la doctora que era
grande.
Cuando por fin ésta termina

conmigo, llegan los enfermeros con mi
cama. Me pasan a ella y me ponen a mi
bebé vestidito en los brazos.
¡Dios mío, es el momento más bonito
de mi vida!
Lo miro con un amor increíble. Lo
observo, me enamoro de él. Es
guapísimo. Perfecto.
Esteban no parpadea y sonrío al ver que
en la pulsera pone «Sanromán
Hab.610».
¡Sanromán!
De nuevo un rubio, guapo y grandote
Sanromán ha llegado al mundo para
dar guerra. Y entonces, mirando a Esteban
que no me quita ojo, digo:

Se llamará como tú, Esteban
Sanromán.
¿Como yo?
Asiento y, con una sonrisa que sé
que a Esteban le llega al alma, añado:
Quiero que de aquí a unos años,
otro Esteban Sanromán enamore
locamente a otra mujer y la haga tan feliz
como tú me haces a mí.
Esteban sonríe sin parar.
Sin que me lo diga, sé que es el día
más feliz de su vida. El de la mía
también.

31




La primera noche en el hospital es
movidita.
Tras visitarnos el pediatra y
decirnos que Esteban está perfecto, me
pregunta si le voy a dar el pecho o
biberón.
Rápidamente y sin dudarlo opto por
el biberón. Me da igual lo que piense el
resto del mundo. No pienso convertirme
ahora en una fábrica de leche andante,
cuando sé que los bebés con biberón se

crían de maravilla.
El día que lo hablé con Frida por
teléfono no le pareció bien. Según ella,
la leche materna es ideal. Inmuniza de
cientos de cosas y es lo mejor. Sonia me
dijo lo mismo, incluso me habló del
instinto materno. Pues bien, mi instinto
materno me dice que le dé biberón y
también que a quien toque a mi hijo lo
mato.
Cuando se lo comenté a Esteban, me dio
la opción de decidir. Y como quiero que
desde el minuto uno mi marido sea
partícipe de esta nueva historia, elijo
biberón para que esté tan pringado como
yo y santas pascuas. Lo que piense el

resto del mundo, como siempre, ¡me
importa tres pepinos!
Cuando traen un biberón con un
poquito de leche para lactantes, se lo
entrego a Esteban y digo:
Vamos, papi, dale su primer
biberón.
Veo cómo, nervioso, mi amor coge a
su bebé de la cunita, se sienta en una
silla y lo hace. El pequeñín, que es un
tragón, se tira rápidamente a la tetina
como un león y, encantado, recibe lo que
lleva un buen rato reclamando: comida.
Una vez se toma la dosis, se queda
dormido como un ceporrito. Divertida,
pienso si limpiarle la baba al pequeño o

a su padre.
¡Qué monos son los dos!
Tras la toma, las enfermeras vienen
para llevárselo al nido. Quieren que yo
duerma y descanse. Pero el pequeñajo
tiene unos pulmones tremendos y le
gusta hacerse notar. ¡Menudo genio tiene
el rubito!
Esteban, al saber que es su hijo el que
llora como un descosido, hace que lo
traigan a la habitación y se ocupa de él
toda la noche. Lo mece, lo acuna, le
habla y yo, a oscuras, los observo
emocionada.
Estoy cansada, agotada, pero no
puedo dormir. Mis ojos no quieren dejar

de mirar el precioso espectáculo que me
ofrecen mis dos Esteban.
Vamos, duérmete, pequeña,
descansa susurra mi amor,
acercándose a mí.
Es perfecto, ¿verdad?
Sonríe, mira al pequeño que se
mueve en sus brazos y murmura:
Tan perfecto como tú, preciosa.
Comienza a tocarme la cabeza y eso
es bálsamo para mí. Lo sabe, me
conoce. Eso me relaja y, finalmente,
caigo rendida en los brazos de Morfeo.
Cuando me despierto, estoy sola en
la habitación. La luz entra por la ventana
y, cuando voy a llamar a las enfermeras,

la puerta se abre y Esteban, con una radiante
sonrisa, dice:
Entra, abuelo, tu morenita ya se ha
despertado.
Cuando veo a mi padre, sonrío,
sonrío y sonrío.
Él corre a abrazarme. Detrás entra
Raquel con Lucía y Estrella.
Enhorabuena, mi vida. Has tenido
un bebé precioso.
Un chico, papá, ¡lo que tú querías!
exclamo.
Mi padre asiente y, mirando a Esteban,
dice:
Lo siento, hijo, esta vez la apuesta
la he ganado yo.

Estoy tan contento como tú,
Manuel. No lo dudes ni un segundo.
Cuchuuuuuuuuuuu. Mi hermana
me abraza. Pero qué niño más guapo
has tenido.
Es igualito a Esteban, ¿verdad?
pregunto.
Por eso digo lo de guapo
asiente mi hermana, haciéndome reír.
Estrella, mi Estrella, se sube a la cama y me
abraza, me da un paquete y dice:
He visto al primo y es guapísimo,
tita. Pero no tiene los ojos como Héctor.
Sonrío por su comentario, abro el
paquete y al ver una equipación de
fútbol de la selección española, me río y

digo:
¿Queréis que lo echen de
Alemania?
Todos se ríen y, al no ver a mi
pequeño, pregunto:
¿Dónde está?
Le están haciendo unas pruebas,
cariño. Ahora lo traerán responde
Esteban.
Cuando mi padre, junto con Lucía,
Esteban y Estrella se van a tomar algo a la
cafetería, mi hermana se sienta a mi lado
y, con una cariñosa sonrisa, dice:
Enhorabuena, María. Eres mamá.
Asiento y me emociono y Raquel me
abraza.

Esto es para toda la vida, cuchu.
El pequeño Esteban es precioso y estoy
segura de que te va dar muchas alegrías.
Lo malo es que crecen y un día
comenzará a salir con chicas, a mirar
revistas guarras y a fumar porros.
Raquel...
Ambas nos reímos. Mi hermana tiene
unas cosas que es imposible no reírse
con ella.
Bueno, cuéntame, ¿algo nuevo?
Amorosa, se acerca y cuchichea:
Jesús y yo, de mutuo acuerdo,
hemos pedido el divorcio hace veinte
días.
¿En serio?

Asiente.
Tiene nueva churri y por lo visto
con ésta va en serio. Y, aprovechando el
subidón que tiene, mencioné lo del
divorcio exprés y de cabeza que lo
hemos pedido.
Ostras, qué bien. Volverás a ser
una mujer soltera para tu rollito salvaje.
Me río.
Pero al ver su gesto, sé que algo no
va bien y pregunto:
¿Cómo sigue tu rollito salvaje?
Fatal.
¿Fatal?
Raquel asiente y dice:
Quiere que nos vayamos a vivir a

México con él.
Pero ¿qué dices?
Lo que oyes, cuchu... pero le he
dicho que no. Primero, porque no me
quiero alejar tanto de papá y de ti.
Segundo, porque Jesús no está de
acuerdo con que me lleve a las niñas tan
lejos y tercero, porque si fuera el caso
contrario, a mí tampoco me gustaría que
Jesús se llevara a las niñas tan lejos de
mí. Y antes de que digas nada, Jesús ha
sido un capullo integral conmigo, pero
con las niñas siempre ha intentado ser un
buen padre y no voy a hacerle esa
guarrada. Sé que las quiere y ellas,
especialmente Estrella, lo quieren a él. Y

una cosa es que me divorcie y otra muy
diferente que me lleve a las niñas de su
lado.
Pienso lo que dice y la entiendo
perfectamente cuando añade:
Por lo tanto, el güey, como dice
Estrella, se ha sentido rechazado y lleva sin
llamarme diez largos y tormentosos días.
Llámale tú.
Ni loca.
¿Le has comentado lo de tu
divorcio?
No.
Le has explicado las cosas como
me las has explicado a mí.
No.

¿Por qué?
Porque Juan Alberto no me ha
dado opción. Cuando le dije que no a lo
de México, el muy cabezota, tras
enfadarse, no me permitió darle ninguna
explicación y, literalmente, dijo: «Muy
bien reina, que te vaya bonito».
¿Te dijo eso?
Raquel asiente y, al ver su cara,
pregunto:
¿Y tú qué le dijiste?
Pues mira, chica, ¡para chula yo!
Literalmente le dije: «Muy bien, rey, que
te coma otra con tomate». Y bajando
la voz, añade: Me dieron ganas de
decirle algo mucho peor, ya me conoces

cuando me pongo en plan víbora, pero
pensé: ¡Raquel, contención!
Me parto de risa y, abrazándola,
insisto:
Entonces, ¿tu rollito salvaje de
mujer moderna se acabó?
Creo que sí, pero, chica..., todavía
pienso en él.
Pero vamos a ver, Raquel. Si tú le
quieres y él te quiere, ¿por qué no le
explicas las cosas y le propones que...?
¿Que se venga a vivir a España?
me corta. No..., no..., imagínate que
la empresa se le hunde y me culpa a mí
de ello. No, ¡me niego!
Hablamos durante un buen rato, pero

nada. Raquel se cierra en banda y es
imposible hacerla razonar. Luego dicen
que la cabezona de la familia soy yo,
pero mi hermana, ¡telita!
La puerta se abre y aparecen Esteban
con Björn y mi pequeñín. Björn lleva un
precioso ramo de rosas. Saluda a mi
hermana, luego a mí y murmura:
Felicidades, mamá.
Gracias, guapo.
Mi amor deja a nuestro niño en la
cunita y pregunto:
¿Todo bien?
Esteban asiente y vuelvo a preguntar:
¿Y mi padre?
Se ha quedado con mi madre y los

niños en la cafetería, ahora suben.
Asiento y, enamorada de mi
pequeñín, miro a Björn y le digo:
¿Qué te parece?
Bajando la voz, mi buen amigo me
mira y contesta:
Es precioso, María. Habéis tenido
un niño precioso.
¿Quieres cogerlo?
Björn rápidamente da un paso atrás
con gesto de susto.
No. A mí tan pequeños no me
gustan. Los prefiero cuando tienen la
edad de Héctor y me puedo comunicar con
ellos.
Todos nos reímos y añade, mirando

a su amigo:
Espero que saque el carácter de
María, porque como tenga el tuyo,
colega, lo llevamos claro.
Pues con el de la cuchufleta lo
vais a llevar claro también se mofa mi
hermana.
Nos estamos riendo, cuando unos
golpecitos en la puerta nos hacen mirar.
Se abre y, encantada, veo que se trata de
Mel, la chica del ascensor.
¿Se puede?
Pasa, Mel, pasa. Sonrío
contenta.
Al entrar, veo que trae un cochecito
con una bebita preciosa dormida.

Poniéndola a un lado, dice, mientras
coge unas flores, que deja sobre la
cama:
Se acaba de dormir, ¡espero que
aguante un ratito!
Esteban la saluda con dos besos y,
acercándose a mí, Mel dice, tras mirar
al pequeñín que duerme en la cuna:
Qué guapo y qué gordito. Y con
complicidad, añade: ¿Qué es Medusa
niño o niña?
Un precioso niño respondo
orgullosa.
Ella me da un abrazo muy cariñoso y
murmura:
Enhorabuena, María.

Cuando se separa de mí, veo que
choca con Björn y, al reconocerlo, dice:
Vaya..., pero si está aquí James
Bond.
Björn no sonríe. La mira de arriba
abajo y responde con mofa:
Hombre, súper woman la
mandona, ¿tú por aquí?
Esteban y yo nos miramos y, antes de
que podamos decir nada, ella pregunta:
¿Cuánto tardaste en llegar ayer
con tu Aston Martin? ¿Ocho minutitos?
Björn, que por norma es un
conquistador nato, al oír eso, en vez de
sonreír y entrar en el juego, arruga el
entrecejo y, mirándola con indiferencia,

responde:
Un poquito más, «simpática».
Vaaaaaaaya. ¿Qué le ocurre a Björn?
¿Acaso esta mujer lo desconcierta
porque no cae rendida a sus pies?
Boquiabierta, observo que no
despliega sus artes de donjuán con ella.
Eso me sorprende y más cuando añade,
mirando a Esteban:
Estaré en la cafetería con Manuel
y Sonia. Más tarde, cuando haya menos
gente, subiré de nuevo.
Te acompaño responde Esteban.
Cuando los dos hombres se van, mi
hermana me mira, yo miro a Mel y ésta,
divertida, se encoge de hombros y

suelta:
Qué borde es el guaperas, ¿no?
No contesto y me río. Está claro que
mi nueva amiga y Björn no se van a
llevar bien.
Cuando nos quedamos las tres solas,
hablamos de niños, embarazos y partos.
De pronto, me doy cuenta de que soy una
más del clan de las madres y explico mi
parto como algo único y alucinante.
Raquel y Mel hacen lo mismo. Nunca
había entendido ese empeño de las
madres por contar sus partos, pero ahora
que yo he tenido el mío, me gusta
recrearme en él y recordarlo.
Samantha se despierta y cuando Mel

la saca del cochecito, mi hermana y yo
nos enamoramos de ella. Es una
muñequita rubia con los mismos ojos
azules que su mamá. La niña sonríe y
nos hace todas las monerías del mundo.
Al cabo de una hora, Mel y la niña
se marchan, pero la habitación se vuelve
a llenar de gente.
Sonia y mi padre, los orgullosos
abuelos del pequeño Esteban, quieren estar
con él. Raquel se baja un rato con Lucía
y los niños están con Björn y Esteban. Poco
después aparecen Marta, Arthur y
algunos amigos del Guantanamera.
Cuando Sonia ve a Máximo, se saludan
y yo tengo que sonreír. Pero cuando me

parto de risa es cuando aparece Esteban y
ve al argentino hablando con su madre.
Calla y finge no saber nada.
Esa noche, cuando todos se van y la
habitación se queda en calma, mientras
Esteban ejerce de padre y le cambia los
pañales a nuestro hijo como yo le
indico, le pregunto:
¿Eres feliz?
Él me mira, mete el pequeñín
dormido en la cuna y responde:
Como nunca en mi vida, cariño.
Al día siguiente nos dan el alta en el
hospital y toda la familia, con uno más,
regresamos a casa.

32




El pequeño Esteban tiene casi dos meses.
Es un niño bueno, encantador y con
unos ojazos azules y cautivadores como
los de su padre. Nos tiene a todos como
tontos babeando por él.
Tras los primeros días en que todo
es un caos, estamos aclimatados a los
nuevos horarios. El pequeño es el rey de
la casa. Él manda y todos giramos a su
alrededor.
Come cada dos horas día y noche.

Es agotador, porque además de tragón,
no duerme mucho.
Esteban se ocupa de él. Quiere que yo
descanse, pero veo que su cansancio es
tremendo cuando un día, tras una
nochecita jerezana con los gases del
pequeño, se despierta sobre las once de
la mañana. ¡Hasta él se asusta!
Dos noches más tarde, de pronto me
despierto sobresaltada y me encuentro a
Esteban sentado en la cama, moviéndose
solo. Lo miro sorprendida. No tiene al
bebé en brazos pero se acuna. Miro y el
bebé esta dormidito en su cuna. Me río
y, acercándome a Esteban, murmuro:
Cariño, échate y duérmete.

Lo hace. Está dormido y, cuando se
acurruca entre mis brazos, me siento la
mujer más dichosa del mundo por
tenerlo a mi lado.
Héctor es un hermano maravilloso.
Nada de celos y está más cariñoso que
nunca. Por la tarde, tras hacer los
deberes, quiere coger al pequeñín. Está
orgulloso de ser su hermano mayor y eso
se le ve en la cara.
¡Todos hablamos balleno!
¡Hasta Norbert!
Vuelvo a ser yo. Dejo de ser Mariota
para ser María, aunque cinco kilos se
resisten a abandonarme. Tanto helado y
plum cake es lo que tiene. Pero no

importa. Lo importante es que mi
pequeñín esté bien.
Las hormonas se me han asentado y
estoy feliz. Ya no lloro, ya no gruño y
por no tener no tengo ni la tan conocida
depresión posparto.
Mi padre y mi hermana vienen un
par de veces a vernos en estos dos
meses. Él no cabe en sí de orgullo cada
vez que ve a su muchachote y Raquel
también. Aunque la noto algo decaída
por la finalización de su rollito salvaje.
Intento hablar con ella, pero no
quiere. Al final desisto. Cuando quiera
hablar, vendrá a mí. Lo sé.
El pequeño Esteban es lo más bonito y

maravilloso que me ha pasado nunca y
ahora, cuando lo miro, estoy segura de
que volvería a tener mil embarazos más
sólo por tenerlo junto a mí.
Como una boba, estoy mirándolo
dormir en la cuna cuando Esteban entra en
la habitación, se acerca a mí y, tras ver
que el bebé duerme, me besa y dice:
Vamos, pequeña, tenemos que
irnos.
Ataviada con un maravilloso vestido
de noche y con unos taconazos de
infarto, lo miro y murmuro:
Ahora me da penita dejarle.
Esteban sonríe, me besa en el cuello y
dice:

Es nuestra primera noche para
nosotros. Tú y yo solos.
Su voz me reactiva. Llevamos
planeando esta salida desde que la
ginecóloga nos dijo que podíamos
retomar nuestra vida sexual. Al final,
tras convencerme de que la vida sigue y
tengo que recuperar algo de normalidad,
me levanto. Le doy un besito a mi
precioso bebé y camino de la mano de
mi amor.
Cuando llegamos al salón, Sonia,
que está con Héctor jugando al Monopoly
de la Wii, nos mira y exclama:
Pero ¡qué guapos estáis los dos!
Hala, Maryyyyy, ¡qué

guapaaaaaaaa! grita Héctor.
Como siempre, me encanta
escucharlo. Es la primera vez que me
arreglo desde que di a Estrella. Doy mi típica
vueltecita ante el niño para que me vea,
él sonríe y, cuando me abraza, le digo:
Esta noche tú mandas en la casa.
Eres el hermano mayor.
Héctor asiente y Sonia dice,
guiñándome un ojo:
Id tranquilos. Yo cuido de los dos
pequeñines.
Sonrío, le doy un beso y pregunto:
Tienes nuestros números de
móvil, ¿verdad?
Mi suegra me mira, asiente y

contesta:
Sí, cariño. Desde hace mucho.
Anda..., marchaos y pasadlo bien.
Esteban se acerca a ella y la besa.
Gracias, mamá. Y, dándole un
papelito, explica: Estaremos en este
hotel por si pasa cualquier cosa. Da
igual la hora que sea, ¡llámanos!
Sonia coge el papel y,
empujándonos, responde:
Por el amor de Dios, ¿qué va a
pasar? Marchaos de una vez.
Entre risas, salimos de la casa.
Susto y Calamar se acercan
rápidamente al vernos y los saludamos.
Después subimos al coche de Esteban y nos

vamos, dispuestos a pasarlo bien.
Cuando llegamos al hotel y cerramos
la puerta de nuestra habitación, nos
miramos. Es nuestra noche. Hoy por fin
vamos a poder hacer el amor como
queremos y sin interrupciones. Veo
sobre la mesa una cubitera con champán.
Vaya... pegatinas rosa murmuro
y Esteban sonríe.
Nos miramos...
Nos acercamos...
Y suelto el bolso, que cae en el
suelo.
Acto seguido mi amor me agarra por
la cintura y hace eso que tanto me gusta.
Me chupa el labio superior, luego el

inferior y, tras darme un mordisquito,
pregunta:
¿Quieres cenar?
Pero yo sé ya lo que quiero y
contesto:
Vayamos directos a los postres.
Esteban sonríe y murmura con voz
ronca:
Desnúdate.
Sonrío mimosa. Me doy la vuelta
para que me baje la cremallera del
vestido y cuando éste cae al suelo, me
coge en brazos y me lleva a la cama.
Cuando me suelta sobre ella con una
mirada que incita a todo, veo cómo mi
chico se desnuda. Fuera camisa. Fuera

pantalón. Fuera bóxer.
Oh, sí..., qué maravillosas vistas me
ofrece.
Madre mía, mi Paul Walker
particular. ¡Se me hace la boca agua!
Tengo delante al hombre más sexy
del mundo, con una sonrisa peligrosa y
provocativa. Se tumba sobre mí y me
besa. Degusto sus labios, su sabor, su
ardoroso beso. Es la primera vez que lo
vamos a hacer tras el nacimiento de
nuestro pequeño y sabemos que tenemos
que ir con cuidado.
Pasea sus dedos por mis muslos. Me
chifla.
Susurra palabras calientes en mi

oído. Me perturba.
Y cuando tira de mi tanga y éste
salta hecho pedazos, me vuelve loca y
me alegro de haberme traído otros de
repuesto. La noche será larga.
Quiero entrar en ti.
Hazlo susurro acalorada y
añado: Pero pídemelo de otra manera.
Esteban sonríe. Sabe lo que quiero y
murmura con ardor:
Quiero follarte.
Sí, así... sí.
Con cuidado, Esteban pone la punta de
su pene en mi húmeda vagina. Madre
mía... lo que me hace sentir.
Me tienta...

Me enloquece...
Me estimula...
Y, mirándome a los ojos, murmura:
Si te hago daño, dime que pare,
¿vale?
Asiento. Estoy excitada pero
asustada.
¿Dolerá el sexo tras tener un bebé?
Esteban se introduce en mí poco a poco.
Sus ojos me taladran en busca del más
mínimo gesto de dolor. Yo me arqueo,
cierro los ojos y lo recibo.
Mírame exige.
Lo hago. Lo miro y me caliento más.
Nuestras respiraciones se aceleran y
con toda la contención del mundo, mi

amor, mi Esteban, mi marido prosigue su
camino.
¿Duele?
Oh, no..., no duele. Me gusta la
sensación y contesto tras morderme el
labio inferior:
No, cariño... Sigue..., sigue.
Un poquito más...
Más profundidad...
Siento que mi vagina se abre por
completo, se humedece, tiembla.
La excitación me puede. No me
duele nada. Sólo siento placer. Un
placer intenso y, cuando no puedo más y
el ansia viva me desborda, le agarro del
trasero y me empalo totalmente en él.

Los dos jadeamos y, cuando me mira,
digo:
Ya no estoy embarazada. No me
duele. Dame lo que necesito,
Sanromán.
Los ojos de Esteban brillan. Sonríe. El
vello del cuerpo se me eriza al saber
qué significa eso.
Pasión en estado puro.
Disfruto...
Disfruta...
Disfrutamos...
La locura nos rodea, olvidamos la
existencia del mundo y sólo sentimos el
roce de nuestros cuerpos mientras nos
besamos enloquecidos y hacemos el

amor a nuestra manera.
Cansados y sudados, cinco minutos
después los dos jadeamos sobre la cama
y susurro:
Alucinante.
Sí.
¡Ha sido alucinante!
Esteban tiene la respiración agitada y,
posando una mano sobre mi vientre,
ahora casi plano, murmura:
Como tú dices, pequeña, ¡flipante!
Nos reímos y nos abrazamos y de los
abrazos pasamos a los besos. Cuando
ambos estamos dispuestos de nuevo,
pregunto:
¿Repetimos?

No lo duda. Con fuerza, se levanta
de la cama y me lleva consigo. Me coge
en brazos y, con la sensualidad en todo
lo alto, susurra mientras sonríe:
No voy a parar en toda la noche,
pequeña, ¿estás preparada?
Asiento como un muñequito. Llevo
preparada meses y, tras morderme el
lóbulo de la oreja, murmura,
poniéndome la carne de gallina:
Voy a hacer algo que ambos
deseamos.
Divertida, sonrío. Sé lo que va a
hacer y cuando me lleva contra la pared
y me aprisiona contra él, pregunta:
¿Te gusta así?

¿Contra la pared? ¡Oh, sí! Cuánto he
deseado este momento.
Sí.
Esteban sonríe, aprieta las caderas
contra las mías y dice:
Ahora sí, pequeña. Ahora sí.
Y, sin preámbulos, introduce su
enorme, erecto y duro pene en mi
interior, mientras nos miramos a los ojos
y yo abro la boca para gemir. Lo recibo
y jadeo.
Una...
Dos...
Cien veces entra y sale de mí,
mientras nuestro instinto animal aparece
en manada para tomarnos por completo.

Lo disfrutamos.
Sexo. Fuerza. Ardor. Pasión.
Todo ello entre nosotros es caliente,
pasional. Le muerdo el hombro. Paladeo
el sabor de su piel mientras me penetra.
Pero de pronto se para y dice:
Mírame.
Hago lo que me pide. Su mirada es
felina y, apretando las caderas contra mí
para darme una mayor profundidad,
pregunta con la voz entrecortada al
sentir como mi vagina lo succiona:
¿Te gusta así, pequeña?
Asiento y, al ver que no contesto, me
da una palmadita en el trasero y digo:
Sí... Oh, sí... No pares.

No para. Me vuelve loca.
Mi maravilloso y dulce amor me
empala una y otra vez, mientras los dos
disfrutamos hasta que el clímax nos
puede y tenemos que parar.
Nuestras respiraciones agitadas
están desacompasadas y de pronto
comienzo a reír.
Cariño..., cuánto te he echado de
menos.
Esteban asiente y, acalorado por el
esfuerzo, murmura:
Seguramente tanto como yo a ti.
Sin separarme de él, llegamos a la
ducha, donde volvemos a hacer el amor
como dos salvajes. La noche es larga y

queremos disfrutar de lo que más nos
gusta. De nosotros.
A las tres de la madrugada, agotados
después de cinco asaltos de lo más
fogosos, llamamos al servicio de
habitaciones. Estamos hambrientos. Nos
traen unos sándwiches y más bebida con
pegatinas rosa. Mientras comemos
desnudos sobre la cama, Esteban me mira y
pregunta:
¿Todo bien?
Yo sonrío. Me encanta cuando me lo
pregunta, y asiento.
Llenamos nuestras copas, brindamos
mirándonos a los ojos y, después, Esteban
dice:

Björn me llamó ayer. Dice que
dentro de dos fines de semana habrá una
fiestecita en el Sensations. ¿Qué opinas?
Guauuu... Definitivamente, nuestra
vida se normaliza.
Levanto una ceja, sonrío y contesto:
Un poco de complemento nunca
viene mal, ¿no?
Esteban suelta una carcajada, deja el
sándwich sobre la bandeja y,
abrazándome, murmura:
Pídeme lo que quieras.
Emocionada por esa frase que tanto
significa para nosotros, dejo también mi
sándwich y, mirándolo, murmuro,
mientras abro las piernas para él:

Dame placer.
Nos besamos. Esteban comienza a bajar
su boca por mi cuerpo. Oh, sí. Me besa
el ombligo y yo jadeo, cuando de pronto
un sonido nos interrumpe. ¡Mi móvil!
Nos miramos. Son más de las tres de
la madrugada. Que suene el móvil a esa
hora no puede ser para nada bueno.
Asustados, pensamos en nuestro bebé.
Saltamos de la cama, Esteban llega antes
que yo hasta el teléfono y lo coge.
Veo cómo, angustiado, habla con
alguien. Lo tranquiliza. Yo pregunto. Me
hace un gesto con la mano. Estoy
histérica y, antes de que cuelgue, le oigo
decir:

No te muevas de ahí, vamos en
seguida.
Con el corazón a punto de salírseme
del pecho, lo miro e inquiero:
¿Qué pasa? ¿Esteban está bien? ¿Era
tu madre?
Él me sienta en la cama. Estoy a
punto de llorar.
Tranquila, no era mi madre.
Saber eso me hace respirar. Mi niño
está bien. Pero de pronto el susto vuelve
a mí y pregunto:
¿Y quién era entonces?
Tu hermana.
¿Mi hermana? Mi corazón se
acelera de nuevo y, agarrándome a la

cama, pregunto, a punto del infarto:
¿Qué ha ocurrido? ¿Mi padre está bien?
Esteban asiente, sonríe y dice:
Todos están bien. Anda, vístete.
Vamos a buscar a Raquel, que está en el
aeropuerto de Múnich, esperándonos.
¿Cómo?
Vamos, pequeña... me apremia.
Bloqueada, me reactivo y
rápidamente nos vestimos. A las cuatro
y cinco de la madrugada y vestidos de
noche, aparecemos los dos en el
aeropuerto. Estoy nerviosa. ¿Qué le
ocurre a mi hermana? ¿Por qué está a
estas horas en el aeropuerto?
Al vernos llegar, Raquel,

sorprendida, nos mira y pregunta:
¿Venís de alguna fiesta?
Esteban y yo asentimos y, rápidamente,
la bombardeo a preguntas:
¿Qué ocurre? ¿Estás bien? ¿Qué
haces aquí?
Ella se desmorona y murmura:
Ay, cuchu, creo que la he liado
otra vez.
Sin entender nada, la miro. Luego
miro a Esteban, que nos observa, y susurro:
No me asustes así, Raquel, que ya
sabes que soy muy impresionable.
Mi hermana asiente y yo insisto:
¿Papá y las niñas están bien?
Ella asiente.

Papá no sabe que estoy aquí.
¿Y las niñas? pregunta Esteban,
preocupado.
Con su padre. Se las lleva hoy de
vacaciones a Menorca diez días.
De pronto lo entiendo. Y, posándole
una mano en el hombro, digo:
No me lo puedo creer.
¿El qué? pregunta Esteban.
Raquel me mira. Yo la miro y siseo:
No me jorobes y me digas que te
has acostado con Jesús y estás otra vez
colgada de... de... ese imbécil.
Ella se echa a llorar y yo maldigo.
¡No me lo puedo creer!
Pero ¿a mi hermana le falta un

tornillo?
Esteban me tranquiliza y, cuando por fin
Raquel deja de llorar, me mira y aclara:
Pues no, cuchu. No me he
acostado con Jesús, ni estoy colgada de
él. ¿Qué clase de mujer crees que soy?
Ahora sí que me he perdido y,
mientras la miro a la espera de una
explicación, su cara se descompone y
dice llorando:
¡Estoy embarazaaaaaaaada!
Esteban y yo nos miramos.
¿Embarazada?
Raquel berrea en medio del
aeropuerto de Múnich y yo no sé qué
hacer. Miro a mi loco amor en busca de

ayuda, pero Esteban se acerca a mí y
susurra:
No puedo con más hormonas
lloronas, cariño, ¡no puedo!
A mí me entra la risa. Pobrecito,
menudo trauma le he creado durante mi
embarazo.
Al final reacciono.
Siento a mi hermana en una silla y
digo:
Vamos a ver, Raquel, si no te has
acostado con Jesús, ¿de quién es el
bebé?
¿Tú qué crees?
Parpadeo y respondo:
Pero ¿y yo qué sé? Según tú, en

este tiempo no has salido con nadie.
Las lágrimas le salen a borbotones y
de pronto dice:
De mi rollito salvajeeeeeee.
¿De Juan Alberto? pregunta
Esteban, alucinado.
Sí.
Pero ¿qué me estás contando,
Raquel?
Lo que oyes, cuchufleta.
¿Pero vosotros no habíais roto?
insiste Esteban.
La embarazada de mi hermana se
seca los ojos y responde:
Sí, pero nos hemos seguido
viendo cada vez que él venía a España.

Boquiabierta y alucinada, la miro y
digo:
Pues no me habías contado nada.
Es que no había nada que contar.
Joder, pues para no tener nada que
contar, no veas lo que vas a tener que
contarles ahora a papá, a tu hija y al
mexicano me mofo.
Al oírme, mi hermana se levanta y,
como una loca histérica, chilla en medio
del aeropuerto:
¡Al mexicano no le tengo que
contar nada! ¡Absolutamente nada!
Cálmate, mujer, cálmate pide
Esteban.
¡No me da la gana de calmarme!

grita ella.
Esteban me mira con ganas de
asesinarla. Yo lo miro y cuchicheo:
No se lo tengas en cuenta, cariño.
Ya sabes, las hormonas.
Joder con las hormonas
protesta él.
Cojo a Raquel de las manos.
Tiembla, está histérica y, al ver que la
miro, fuera de sí, dice:
¡No quiero volver a ver a ese
güey en su puñetera vida! ¡Me
niegoooooooooo!
La gente nos mira. Los policías del
aeropuerto se acercan a nosotros.
Preguntan qué ocurre y Esteban, como mejor

puede, les responde que son problemas
familiares. Ellos asienten y se marchan.
Mi chico y yo nos miramos. Estamos
desconcertados. Nuestra bonita noche ha
acabado en el aeropuerto, con mi
hermana llorando como una histérica,
con las hormonas revolucionadas y
embarazada.
Esteban decide tomar las riendas de la
situación y, agarrando a Raquel del
brazo, dice:
Venga, vamos a casa. Debes
descansar.
Los tres caminamos hacia el coche.
Mi hermana no lleva equipaje ni nada.
En el camino, me cuenta que estaba en

Madrid para llevar a las niñas con su
padre y que la llamó Juan Alberto
mientras ella estaba durmiendo a Lucía.
Estrella cogió el móvil y le dijo que estaban
cenando en la casa de su padre y que sus
padres estaban en la habitación. Cuando
Raquel cogió el teléfono, él se puso
como un loco y ella, como una hidra, lo
había mandado a tomar por donde
amargan los pepinos y le había colgado.
Cuando llegamos, Sonia, que acaba
de darle un biberón a mi niño, se
sorprende al vernos. Pero tras ver a mi
hermana y su aspecto, y después de
hablar con su hijo, la mujer decide ver,
oír y callar.

Raquel y yo vamos a ver a mi
pequeñín, que duerme como un angelito.
Es precioso. Mi hermana llora y decido
acompañarla a una habitación. Le dejo
un pijama y hago que se acueste. Me
tumbo con ella. No quiero dejarla sola
y, en la oscuridad de la habitación,
pregunto:
¿Estás mejor?
No, estoy fatal. Siento haberos
jorobado la fiesta a Esteban y a ti.
Eso no importa, Raquel, cariño.
Un quejido lastimoso sale de su
boca y me dice:
Ya he obtenido el divorcio
exprés.

¿Desde cuándo lo sabes?
Me llegó la sentencia hace dos
días. Legalmente vuelvo a ser una mujer
soltera, cuchu. Y yo... yo... No puede
continuar, pues le vuelven las lágrimas.
Qué mal rato está pasando,
pobrecita, mi Raquel. Cuando consigo
que deje de llorar, pregunto:
¿Qué vas a hacer?
¿Con qué?
Con el bebé. ¿Vas a decírselo a
Juan Alberto?
Se lo pensaba decir junto con lo
del divorcio. Había comprado un billete
para México y pensaba darle una
sorpresa, pero ahora no quiero verlo.

Ese güey me acusó de ser una pendeja,
una mala mujer. Ha debido de pensar
que se la estaba pegando con queso,
como hizo anteriormente su
mujerrrrrrrrr.
La forma de hablar de mi hermana
me hace gracia. Pero no es momento de
reír. Comienza a llorar de nuevo. Intento
consolarla, pero es difícil. Sufrir por
amor estando embarazada es una mierda,
es lo peor de lo peor y, cuando se
duerme, me levanto con sigilo y voy a
mi cuarto. Allí está Esteban con nuestro
pequeñín en la cuna. Cuando me ve
aparecer, me mira y pregunta:
¿Cómo está?

Fatal, pobrecita.
Ambos nos callamos y Esteban dice
luego:
¿Qué hacemos? ¿Llamamos a Juan
Alberto o no?
No sé qué hacer. Meterme en los
problemas sentimentales de otros nunca
me ha gustado y al final decido que no.
Es problema de Raquel y es ella la que
debe tomar la decisión. Me abrazo a
Esteban y, al notar sus labios en mi cuello,
murmuro:
Siento lo que ha pasado, cariño.
Está visto que no nos dejan.
Él sonríe.
Lo hemos pasado muy bien, eso es

lo que cuenta. Ya lo repetiremos.
A la mañana siguiente, cuando mi
hermana se levanta, su aspecto no ha
mejorado. Tiene más ojeras si cabe.
Simona, al verla allí, se sorprende, pero
cuando le cuento lo que ocurre la
compadece.
¡Maldito amor!
Sonia se lleva a Héctor a su casa para
quitarlo de en medio y Esteban decide
alejarse de las hormonas y se encierra
en su despacho con el bebé. Aunque
antes me dice que no me preocupe de
nuestro pequeño, él se ocupará mientras
yo atiendo a mi hermana.
Llevo días sin ver Locura

Esmeralda y Simona lo tiene grabado.
Tenemos pendientes tres capítulos,
incluido el último de la serie. Pero antes
de ponérnoslos, me ocupo de mi
hermana, la convenzo para que llame a
mi padre y se tome una tila.
La oigo hablar con papá mientras
llora y le dice lo del embarazo. Acto
seguido, Raquel llora sin parar y,
cuando ya no puedo más, le quito el
teléfono.
Papá, no sé qué le has dicho, pero
ahora sí que no para de llorar.
Oigo un resoplido al otro lado de la
línea.
Ojú, morenita. Sois dos, pero en

ocasiones parecéis cien Eso me hace
sonreír y añade: Le he dicho que no
se preocupe por nada. Donde entran
cuatro, entran cinco, y mi nuevo
nietecito será bien recibido en su casa.
Simplemente le he dicho que no se
angustie por eso y que debería hablar
con Juan Alberto.
De nuevo, mi padre demuestra lo
buena persona que es, y a pesar de saber
que el nuevo embarazo de mi hermana
será el nuevo chisme de Jerez, él la
apoya. Nos apoya, como siempre.
Después de hablar con él un rato y
decirle que no se preocupe por nada,
que yo me ocupo de Raquel, le mando

mil besos y cuelgo. Consigo llevar a mi
hermana hasta la habitación tras darle
otra tilita, cuando se duerme, yo respiro
aliviada.
Una vez salgo de la habitación, paso
a ver a mis chicos. Padre e hijo están en
el despacho. Esteban trabajando con su
ordenador y mi pequeñín dormido como
un ceporro. Después de darles mil besos
a cada uno, busco a Simona y, como dos
niñas con zapatos nuevos, nos vamos las
dos al salón, a disfrutar de nuestra serie
favorita.
Simona le da a lo grabado y juntas,
con nuestro paquete de kleenex, nos
proponemos disfrutarla.

Cuando comienza el último capítulo
y aparece mi hermana, lo paramos y
digo, consciente de que si ve eso llorara
más:
Raquel, si quieres, date un bañito
en la piscina. Quizá eso te relaje, cielo.
Pero no, la señora sabe lo que
vamos a hacer y, repachingándose en el
sofá, responde:
Quiero ver Locura Esmeralda
con vosotras.
Madre..., madre..., pronostico que
esto va a ser un drama. Mi hermana
embarazada, despechada por el amor de
un mexicano y Locura Esmeralda. Pinta
mal. Muy mal.

Intento convencerla. Le digo que ese
culebrón le recordará más su problema.
Pero nada, de allí no la mueve nadie. Al
final decido poner la serie y, como dice
mi padre, ¡que sea lo que Dios quiera!
La musiquita ya la hace llorar y,
cuando aparece México y los
mexicanos, lo que brota por sus ojos son
las mismísimas cataratas del Niágara.
Simona y yo intentamos calmarla, pero
ella nos pide que le dejemos ver la
novela. ¡Pa matarla!
Al final nos concentramos y Simona
y yo disfrutamos como dos enanas
asistiendo a la boda de Esmeralda
Mendoza y Luis Alfredo Quiñones. ¡Por

fin!
Qué guapos están. Qué relucientes.
Se merecen esa felicidad tan
maravillosa a ritmo de Maríachis y los
que hemos padecido su calvario nos lo
merecemos también. Esmeralda y Luis
Alfredo se juran amor eterno mirándose
a los ojos y Simona y yo lloramos. Mi
hermana berrea. Cuando aparece el
pequeño hijo de ambos y le dice a su
papá «Te quiero mucho, papito lindo»,
ya no sólo berrea mi hermana, ahora
berreamos las tres.
Y cuando la telenovela acaba con
ese precioso final, con los tres subidos
en un caballo, encaminándose hacia el

horizonte, la caja de kleenex se nos
acaba y, como tres tontas, lloramos sin
pizca de vergüenza.
Esa noche, después de cenar, Raquel
se va a dormir. No puede con su alma.
Yo tampoco. Psicológicamente me tiene
agotada.
Esteban y yo nos vamos a nuestra
habitación y, tras darle un biberón al
pequeñín, éste nos da una tregua y se
duerme en su cuna. Ya lo vamos
conociendo y sabemos que esa toma al
menos le dura tres horas.
Agotada, me tiro en la cama y cierro
los ojos. Necesito mimitos. Pero de
pronto comienzan a sonar muy bajito las

notas de una canción y Esteban,
acercándose, dice:
¿Bailas?
Sonrío. Me levanto y me abrazo a él
mientras se oye:

Si nos dejan,
nos vamos a querer toda la vida.
Si nos dejan,
nos vamos a vivir a un mundo nuevo.

Bailamos en silencio. Ninguno de
los dos habla, sólo bailamos,
escuchamos la canción y nos abrazamos.
Del abrazo pasamos a besarnos. Lo
deseo, me desea y queremos continuar

con lo que nos interrumpieron la noche
anterior. Pero de pronto, suena el móvil
de Esteban. Yo pongo los ojos en blanco y
protesto furiosa:
Pero ¿quién llama ahora?
Él sonríe. Entiende mi frustración.
Me da un beso y coge el teléfono. Habla
con alguien y sale de la habitación
rápidamente. Sin entender nada, me
pongo una bata y, cuando llego a la
planta de abajo, veo que Esteban abre la
puerta de la casa y observo que las luces
de un coche se acercan.
¿Quién viene?
Pero antes de que pueda responder,
un taxi llega hasta nuestra puerta y me

quedo sin habla cuando veo quién sale
de él.
Madre mía la que se va a liar cuando
mi hermana vea al mexicano aquí.
Miro a Esteban, él me mira también y
dice:
Lo siento, cariño, pero las
hormonas de tu hermana que se las coma
quien las ha originado.
Su comentario me da risa. En vez de
molestarme, ¡me parto!
Juan Alberto, con barba de varios
días, pregunta al entrar:
¿Dónde está esa mujer?
Y antes de que Esteban o yo podamos
responder, oímos:

Como se te ocurra acercarte a mí,
te juro que te abro la cabeza.
¡Mi hermana!
Me vuelvo y la veo en medio del
vestíbulo, con un vaso de agua en las
manos. Me muevo para ir a su lado, pero
mi marido me sujeta. Protesto.
Esteban...
No te muevas, pequeña susurra
y le hago caso.
Juan Alberto, con la vista clavada en
Raquel, sin temer por su integridad
física, pasa por nuestro lado, se acerca a
ella y, sin tocarla, dice:
Ahorita mismo me vas a besar y
me vas a abrazar.

Ella, ni corta ni perezosa, le lanza el
agua a la cara.
¡Toma ya!, empezamos bien.
Y como no la pare, lo próximo que
hace es estamparle el vaso en la frente.
Pero el mexicano, en vez de
enfadarse, da otro paso adelante y dice:
Gracias, sabrosa. El agua me
aclaró más las ideas.
Raquel levanta las cejas.
Uy..., malo... malo...
Ahorita mismo te vas a ir por
donde has venido, güey suelta ella.
Juan Alberto deja la bolsa que
sostiene y responde:
¿Por qué no me has cogido el

celular? Me he vuelto loco llamándote,
mi reina. Siento lo que te dije la última
vez que hablamos. Me encelé como un
burrote al imaginarme cosas que no son,
pero yo te quiero, relinda. Te quiero y
necesito estar a tu lado y que me
quieras.
Joder... esto parece Locura
Esmeralda.
Mi hermana se derrumba. A cada
palabra bonita y dulce de él, se
desmorona por segundos. Es una
romántica empedernida y sé que eso que
Juan Alberto le está diciendo le está
llegando directamente al corazón.
Pero me desconcierta su pasividad

ante el hombre que yo sé que quiere y
entonces éste añade:
Sé que estás encinta y ese bebito
que llevas en tu vientre es mío. Mi hijo.
Nuestro hijo. Y le agradeceré todita mi
vida a mi buen amigo Esteban que me
llamara para decírmelo. ¿Por qué no me
lo has dicho tú, mi reina?
Raquel mira a Esteban fulminándolo con
la mirada.
La entiendo. En un momento así, yo
haría lo mismo.
Mi marido, al verla, se encoge de
hombros y dice con seguridad:
Lo siento, cuñada, pero alguien se
lo tenía que decir al padre.

La tensión se corta con un cuchillo.
Yo no hablo. Mi hermana no habla y
Juan Alberto, acercándose un poco más
a ella, susurra con voz melosa:
Dímelo, relinda. Dime eso que
tanto me gusta oír de tu dulce boca.
A Raquel, la barbilla le vuelve a
temblar. Se masca la tragedia. Me temo
lo peor. Le estampa el vaso en la cabeza
fijo... Pero de pronto, contra todo
pronóstico, arruga el morrillo y dice:
Te... Te como con tomate.
Juan Alberto la abraza, ella lo
abraza a él y se besan.
Ojiplática, parpadeo. Pero ¿qué ha
pasado aquí?

Esteban, cogiéndome en brazos, me
ordena callar y me lleva derechito a
nuestra habitación. Cuando entramos en
ella, sin soltarme, vuelve a poner la
canción que estábamos bailando y,
mirándome con deseo, murmura:
Ahora sí, pequeña. Ahora sí que
nos dejan.
Sonrío. Por fin todo, absolutamente
todo está bien. Lo beso y, con
sensualidad, digo:
Desnúdate, señor Sanromán.

Epílogo




Igual que mi hermana tuvo un divorcio
exprés, organiza una boda exprés.
En agosto, toda la familia nos
reunimos en Villa Morenita y
celebramos un buen bodorrio por todo
lo alto, al que unimos el bautizo del
pequeño Esteban. Decidimos hacerlo todo
junto. Volver a reunir a todos los
asistentes no es fácil y no queríamos que
faltara nadie.
En esta ocasión, unimos a México

con España en una boda y en un bautizo
Alemania con España. Los amigos de mi
padre se ríen y dicen que nuestra familia
es como la ONU.
La madre de Dexter y éste cantaron
rancheras y mi padre, con el Bicharrón,
se arrancaron por bulerías. Ni qué decir
tiene que cuando la Pachuca entró por
rumbitas, allí se organizó la marimorena
y bailó hasta el apuntador.
Pero ¡qué guasa tenemos los
españoles!
Todos lo pasamos de vicio y Raquel
es locamente feliz. Se lo merece. De
nuevo es una mujer casada, enamorada
de un hombre que le corresponde como

merece, y con perspectivas de vivir en
España. Concretamente en Madrid. Juan
Alberto lo está organizando todo para su
traslado. Lo primero son ella y su bebé.
Nunca lo dudó.
Mi padre no cabe en sí de gozo. Está
orgulloso de sus niñas y de sus yernos.
Según él, Esteban y Juan Alberto son dos
verdaderos hombres que se visten por
los pies, responsables y juiciosos.
¡Toma ya!
Sólo hay que verle la cara para
saber que por fin es tremendamente
feliz. Nos falta mamá, pero sabemos que
desde el cielo disfruta de nuestra
felicidad y es tan dichosa como

nosotros.
Frida y Andrés, junto con el pequeño
Glen, acudieron desde Suiza. Están bien
y felices y yo me río con Frida cuando
me cuenta que en Suiza ya han
encontrado con quién jugar.
Björn vino solo. Pero solo, lo que se
dice solo, estuvo cinco minutos. Las
amigas de mi hermana y las mías babean
ante el dandy alemán. Han caído todas
bajo su influjo y él tiene para todas.
¡Increíble lo de Björn!
Sonia se presentó con su nuevo
ligue, un hombre más joven que ella.
Está claro que quiere seguir disfrutando
de la vida y del amor y que nada, ni las

miradas en ocasiones reprobadoras de
su hijo, la pararán. Como ella dice
siempre: ¡Vive y deja vivir!
A Esteban le ha costado, pero por fin lo
ha entendido.
¡La vida sólo se vive una vez!
Marta con su novio Arthur disfrutó
de la juerga. Bailó hasta quedar agotada
y en un par de ocasiones, juntas gritamos
aquello de «¡Azúcar!».
Mi e ntr a s Susto y Calamar
correteaban por Villa Morenita. Simona
y Norbert no daban crédito. México y
España no tienen nada que ver con
Alemania y en esa boda/bautizo quedó
totalmente manifiesto.

Dexter y Graciela continúan su
particular luna de miel. Ellos pasan de
boda, pero estoy segura de que no
tardará en llegar.
La madre de Dexter, tras ver la boda
exprés de Juan Alberto con mi hermana,
ya sueña con la boda de su hijo. Sé que
lo conseguirá y que allí estaremos
nosotros, sus amigos, para
acompañarlos.
Héctor y Estrella siguen con su particular
buen rollo. Lo que no se le ocurre a uno
se le ocurre al otro y, a pesar de que se
cargaron la tarta de boda al poner un
petardo, se salvaron de ser castigados,
porque explotó en la cocina y no en el

salón. No quiero ni imaginar la que se
hubiese liado si estalla ante mi hermana
Raquel y su flamante marido. Sólo de
imaginármelo me parto de risa.
Mi niño, mi bebé precioso, mi
pequeño Esteban, durante la boda fue de
mano en mano. Todos querían coger al
hermoso pequeñín y él encantado. No
lloró, sino que disfrutó, y yo más. Así
pude gozar de la boda de mi hermana
junto a mi amor. El hombre más
maravilloso del mundo y que sé que me
quiere con locura.
Eso sí, seguimos discutiendo.
Seguimos siendo como la noche y el día
y, continuamente, cuando uno dice

blanco el otro dice negro. Pero como
dice Malú en nuestra canción, nos
regalamos amor y nos regalamos la vida.
Sin él, mi vida ya no tendría sentido y sé
que a él le ocurre lo mismo.


A finales de agosto, tras pasar
varios días en Jerez, Esteban y yo, junto a
Simona y Norbert, los pequeñajos y los
perros regresamos a casa. Un poco de
tranquilidad antes de comenzar el curso
escolar y el trabajo nos vendrá bien.
Sorprendentemente y sin que yo diga
nada, Esteban me pregunta si me he vuelto a
plantear lo de trabajar para Müller.

Sinceramente, lo he pensado, pero
ahora, con mi pequeño, no quiero. Sé
que lo haré dentro de un tiempo, cuando
vaya a la guardería, pero de momento
decido quedarme con él en casa y
disfrutarlo antes de que crezca, salga
con chicas, mire revistas guarras y fume
porros, como dice mi hermana.
Esteban al saber mi decisión, sonríe y
asiente. Eso lo hace feliz.
Una mañana de septiembre, salimos
con nuestros dos chavalotes a pasear por
Múnich. Hace buen día y queremos
aprovecharlo. Somos una familia y
hemos planeado algo para sorprender a
Héctor, a nuestro niño.

Desde que el pequeño Esteban llegó a
casa, siempre nos llama mamá y papá.
Su felicidad es la nuestra y en más de
una ocasión nos hemos tenido que
esconder para que no nos vea
emocionarnos como dos tontos.
Cuando aparcamos el coche, los
cuatro paseamos y, con una sonrisa en
los labios, llegamos hasta el puente de
Kabelsteg, donde está puesto nuestro
candado. Nuestro candado del amor.
Esteban y yo vamos de la mano,
mientras Héctor guía el carrito con su
hermano.
Halaaaaaa, ¡cuántos candados!
dice sorprendido.

Esteban y yo nos miramos, sonreímos y,
tras localizar dónde está el nuestro, nos
paramos.
Mira, Héctor le digo. Mira qué
nombres pone en ese de arriba.
El niño lo mira y, alucinado,
pregunta:
¿Sois vosotros?
Sí, jovencito, somos nosotros
contesto, agachándome para estar a su
altura. Éste es uno de los puentes del
amor de Múnich y Esteban y yo hemos
querido formar parte de ello.
Héctor asiente y Esteban pregunta:
¿Qué te parece la idea?
Él se encoge de hombros y

responde:
Bien. Si es un puente de
enamorados, me parece bien que estén
vuestros nombres. Y fijándose en
otros candados, añade: ¿Y por qué en
esos candados hay otros más pequeños?
Esteban, agachándose junto a nosotros,
explica:
Esos candados más pequeños son
el fruto del amor de los candados
grandes. Cuando las parejas han tenido
hijos, los han incluido en ese amor.
Héctor asiente y, mirándonos,
pregunta:
¿Hemos venido a poner el
candado de Esteban?

Yo niego con la cabeza y entonces,
mi amor, sacando dos candados
grabados más pequeñitos de su bolsillo,
se los enseña y dice:
Hemos venido a colgar dos
candados. Uno que pone Héctor y otro que
pone Esteban.
Él parpadea y, emocionado, dice:
¿Con mi nombre también?
Yo sonrío y, abrazándolo, contesto:
Tú eres nuestro hijo como lo es
Esteban, cariño. Si no ponemos los cuatro
candados, nuestra familia no estará
completa, ¿no crees?
Él asiente y murmura:
Guayyyyy.

Esteban y yo sonreímos y, entregándole
los candados, le explicamos cómo
unirlos al nuestro. Después, tras besar
todos las dos llaves, las tiramos al río.
Mi rubio me mira y yo le guiño un
ojo. Siempre hemos sido una familia,
pero ahora lo somos más. Quince
minutos más tarde, mientras Héctor corre
delante de nosotros y yo guío el carrito
del bebé, pregunto:
¿Eres feliz, cariño?
Esteban, mi amor, mi Iceman, mi rubio,
mi hombretón, mi vida, me aprieta más
contra él y, besándome en la cabeza,
responde:
Como no te puedes ni imaginar.

Contigo y los niños a mi lado tengo todo
lo que necesito en la vida.
Asiento. Lo sé, me lo hace saber
todos los días. Pero deseosa de
intrigarlo, murmuro:
Todo... todo, no.
Esteban me mira.
Yo me paro.
Echo el freno al cochecito y, tras
abrazarlo por el cuello, él vuelve a
afirmar:
Tengo todo lo que quiero,
pequeña, ¿a qué te refieres?
Juguetona, lo miro y digo:
Hay una cosa que tú siempre has
querido y que yo aún no te he dado.

Sorprendido, arruga el entrecejo y
pregunta:
¿El qué?
Intentando contener la risa, lo beso.
Esteban es delicioso, lo adoro. A escasos
centímetros de su boca, susurro:
Una morenita.
Me mira ojiplático.
Se le corta la respiración.
Palidece.
Yo me troncho de risa y, al entender
mi guasa, pregunta divertido:
¿Tú me quieres volver loco otra
vez con las hormonas?
Le doy un azote en el trasero y,
besándolo, murmuro:

Tranquilo, Iceman, de momento
estás a salvo, pero ¿quién sabe? Quizá
algún día...

 
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