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Capítulo 15: "La Mujer de Sus Sueños"

September 19 2009 at 12:11 PM

Mari 

 
CERCA DE TI
HISTORIA BASADA EN "LOS PARIENTES POBRES" (LILIANA ABUD, 1993)

Capítulo 15
"La Mujer de Sus Sueños"

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Chucho no podía ocultar su felicidad por haberse reencontrado con la mujer que le robó el corazón. Pero Margarita, en cambio, sólo miró a Chucho como si estuviera loco.
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-¿Qué... qué dice?- preguntó, confundida.

-No lo puedo creer... ¡eres tú!- Chucho le dijo, sus ojos brillando de la emoción. -Flor... flor de primavera... claro, debí de habérmelo imaginado...

-No... aquí hay un error... yo no le conozco- Margarita le dijo.

-¡Soy yo, Flor! ¡Rolando!- dijo Chucho, con una sonrisa radiante.

Margarita empezó a molestarse.

-No sé quien sea usted, ni me importa, pero lo que sí sé es que no tengo ni tiempo, ni ganas de seguir oyendo sus tonterías- Margarita le dijo, seriamente. -Estoy esperando a alguien, así que... con su permiso.

Margarita se levantó de la banca, y se alejó de él. Pero Chucho estaba tan feliz por haberla encontrado de nuevo, que ni siquiera le molestó su manera de hablarle.

-Creo que la asusté un poco... a lo mejor no estaba preparada para conocerme en persona... ¡pero no me importa!- pensó él. -¡Por fin he encontrado a la mujer de mis sueños, y no la voy a dejar escapar tan fácilmente!
***

Club Social
Elisa y algunas amigas se habían reunido en una mesa con vista a la alberca en el club social, y estaban jugando a las cartas mientras chismeaban.

-¿Pueden creer que Rogelio de Toro se haya casado con su secretaria?- comentó Elena, una señora de cabello castaño corto, de la misma edad que Elisa. -Es una tipa tan vulgar, una trepadora.

-Pero es muy guapa, y es obvio con qué mañas lo atrapó- comentó Regina, quien era muy delgada y distinguida, con cabello rizado y canoso.

Sonó el celular de Elisa, y ella lo levantó.

-¿Bueno?

En la otra línea estaba Amalia, llamando desde su habitación en el hotel.

-Hola Elisa, soy yo, Amalia Zavala.

-Ah, Amalia, qué tal- dijo Elisa.

-¿Qué crees? Mi familia y yo estamos en la capital- anunció Amalia. -Llegamos esta mañana.

-Qué sorpresa... ¿y en dónde se están quedando?- preguntó Elisa.

-En el Hotel Imperial. ¿Pasas más tarde con Griselda, a visitarnos?

-Sí, con mucho gusto, y bienvenidos.
***

María Claudia se encontraba en su recámara, haciendo sus maletas.

-El último autobús sale de Santa Clara a las doce...- dijo a si misma. Entonces, a las once y media, tengo que verme con Sandy en el río, para que vayamos juntas al Terminal... ay, que dicha que mi familia se acueste temprano...
***

En la cocina de la casa Olmos, estaban chismeando Casilda y otra sirvienta, Urbana, mientras limpiaban la cocina.

-Con la llegada de la parentela de Don Evaristo, tenemos el doble del trabajo- comentó Casilda.

-Habrá que decirle al señor que contrate a una nueva sirvienta- sugirió Urbana.

-Yo no sé tú, pero a mí no me caen nada bien- Casilda le confesó. -Son tan pobres como nosotros y se creen el último refresco del desierto.

Entró la tía Brígida en su silla de ruedas.
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-¡Qué maravilla!- dijo ella. -Al parecer, nadie está contento con la llegada de la viuda del primo de Evaristo y los hijos de ésta. Menos Evaristo, claro, y el cuatro ojos aburrido de Felipe. Ay, ese muchacho es tan simple, tan aburrido como los frijoles.

Entonces entró Margarita, de mal humor. Abrió la refrigeradora, sacó un jarrón de agua de fruta, y buscó un vaso para servirse.

-¿Dónde están tus modales?- reprendió Brígida. -Por lo menos saluda...

Margarita la ignoró y se sirvió un vaso de agua de frutas, pero tanto era su nerviosismo y coraje en ese momento que derramó agua por todos lados.

-Vas a tener que limpiar toda esa agua porque yo no- dijo Casilda, de mal modo.

-¿Entonces, para qué estás aquí?- rezongó Margarita. -¿Para chismear?

-¿Pero cómo te atreves a darle órdenes a nuestra servidumbre?- dijo Brígida, asombrada ante la actitud de Margarita.

-¡Usted no se meta!- dijo Margarita, cortante.

Casilda movió su cabeza de un lado para otro, en desapruebo.

-Don Evaristo se va a enterar de esto, para que se de cuenta de la clase de... gente que trajo a esta casa.

-¡Dígaselo!- Margarita le retó. -¡Me vale lo que piensa!
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Salió furiosa de la cocina.
***

Más tarde, Griselda y Elisa se habían reunido con Alba y Amalia en el restaurante de un centro comercial.

-¿Por cuánto tiempo se quedarán en la capital?- preguntó Griselda, amablemente.
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-Depende de lo que decida mi padre, pero si por mi fuera, me quedaría aquí para siempre- dijo Alba. -Me encanta México.

-Mañana en la noche, vamos a tener una fiesta en mi casa y ustedes están invitadas- Elisa les comunicó. -Dile a Paulino que venga también.

-¡Uy!- dijo Amalia, tocando su cabello, emocionada. -¡Que bueno que compramos ropa nueva! Ahora sí, Albita, tenemos que ir al salón de belleza pa que nos peinen muy lindo y todo.
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-Sí, con las fachas que traíamos de San Gabriel, no podríamos presentarnos en esa fiesta- concordó Alba. -No queremos que nadie se de cuenta de que recién llegamos de nuestro pueblo.
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Elisa y Griselda intercambiaron miradas. A pesar de que los Zavala tenían
muchísimo dinero, no eran precisamente muy sofisticados.

-Bueno, yo me voy al baño- Griselda les comunicó. -Ahorita regreso.

-A esta fiesta, vendrá lo mejor de México- presumió Elisa, cuando Griselda se había ido. -Pura gente de categoría. Bueno, con la excepción de unos cuantos...

-¿De quiénes?- preguntó Amalia, aunque tenía una idea de quienes se refería Elisa.

-Ah, es que a Evaristo, se le ocurrió la brillante idea de invitar a la fiesta a sus parientes pobres- explicó ella.

-No saben cuánto desprecio a esa familia- dijo Alba. -Sobre todo a Margara, y a su madre.

-María es tan insignificante, tan típica y desabrida- agregó Amalia. -No entiendo cómo Ramiro y Evaristo se hayan peleado por ella...

Elisa se impactó.
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-¿Cómo que Evaristo?- preguntó, nerviosa.

-¿No sabías que antes de casarse con Ramiro, que en paz descanse, María era novia de Evaristo?- insinuó Amalia.

Elisa ardía del coraje, de la vergüenza, y del dolor, pero por orgullo, decidió no mostrar lo que sentía, y le enseñó una sonrisa hipócrita a Amalia y Alba.

-Ah... claro, por supuesto- Elisa disimuló, riendo nerviosamente. -Como fue una cosa tan insignificante, sin importancia, y pasó hace tantos años, ya se me había olvidado. Pero Evaristo no tiene secretos conmigo. Yo sé todo de él.
***

Margarita entró al bungalow donde estaba su mamá cosiendo, y su hermana sentada al lado de ella, y cerró la puerta con fuerza.

-¡Es el colmo!- exclamó. -¡Hasta la servidumbre nos da órdenes!

-¿De qué hablas?- preguntó Julianita.

-Que la tal Casilda esa, la sirvienta... ¡me dijo a mí que tenía que limpiar un agua que se me cayó en la cocina!- Margarita les anunció.

-¿Y qué hiciste?- preguntó María Inés.

-Nada- dijo Margarita, de mal modo. -Para eso están ellas, ¿no? Para limpiar...

-De todos modos, me parece muy mal de tu parte- María Inés le reprendió. -Deberíamos causar las menos molestias posible. Darles mas trabajo a la servidumbre, pues no es justo.

Margarita se sentó en el pequeño sillón, y suspiró.

-Hoy ha sido un día pésimo- dijo ella.

-¿Lo dices sólo por el asunto de la sirvienta, ¿o hay algo más?- preguntó Julianita.

-Le llamé hoy a Bernardo, y nos quedamos en vernos esta tarde en la plaza de la reforma- Margarita le explicó. -Pero lo esperé, lo esperé, y nunca llegó. Y por si fuera poco, un estúpido que me encontré en la plaza no me dejaba en paz...

-¿Quién era él?- Julianita pasaba sus manos por la tela fina de un chal bordado que estaba sobre la mesa, al lado de la máquina de coser.

-No sé, un baboso que me decía que yo era su flor de primavera, o algo así- Margarita le dijo, irritada.

Julianita y María Inés se rieron.

-No quiero ser aguafiestas, pero... ¿no has pensado que si Bernardo no apareció, a lo mejor es porque no te quiere de verdad?- sugirió Julianita.
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-Bernardo me ama, lo sé, lo sien...

En ese momento, Margarita notó que había una tonelada de ropa al lado de la máquina de coser de su madre.

-¿Y esa ropa, de dónde salió?- preguntó ella.

-Son algunas prendas que me mandó Elisa a reparar- explicó María Inés.

-¿Algunas prendas? ¡Son varios kilos de ropa!- dijo Margarita, molesta. -Esto ya se está pasando de la raya. Pero ahora mismo, lo voy a arreglar.

-No, Margarita, no tiene caso- suplicó María Inés. -Yo le ofrecí hacer algo por ella, para mantenerme ocupada, y no pensar en todo lo que nos haya pasado últimamente.

-¿Y fuiste al médico?- preguntó Margarita.

-Sí, me dicen que los análisis estarán listos el Lunes, porque mañana y Domingo está cerrado el consultorio.
***

Chucho estaba a solas en su taller, terminando de reparar un radio, cuando llegó Felipe a visitarlo.
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-¿Cómo estás, hermano?- le saludó.

-¡Feliz de la vida, Felipe!- Chucho declaró, con una sonrisa radiante.
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-Se nota... ¿y se puede saber la razón?- preguntó Felipe, contento por su amigo.

-¡Acabo de ver a la mujer de mis sueños otra vez!- anunció él.

-¿Te refieres a la muchacha que viste en el pueblo, la que dibujaste en una servilleta y toda la cosa?

-La misma- Chucho le dijo. -¡Y está aquí en el DF! Mira qué casualidad, su sobrenombre en Internet me llamó la atención, Flor de Primavera, y resultó ser la misma de quien me enamoré... ay, Felipe, ¡todo de ella me encanta!

-Me alegro mucho por ti, Chucho- dijo él. -Oye, te invito a cenar hoy en mi casa.

-¡Va! Allí estaré- prometió Chucho.
***

Gabriel estacionó su auto deportivo en un lugar de estacionamiento en el centro de la ciudad de México. Bajó la silla de ruedas de la tía Brígida, y después la cargó entre sus brazos y la puso en su silla.

-¿Estás seguro que el lugar es por aquí?- preguntó Gabriel, dudoso.

-¡Por supuesto que sí!- Brígida le aseguró. -Yo no me equivoco.

Gabriel se sentía bastante incómodo, caminando por ese barrio tan popular y deprimente, empujando la silla de ruedas con su tía.
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-Pero esta calle está bien fea... y llena de nacos- observó Gabriel.

-De eso se trata, querido- la tía Brígida le aclaró. -¿O acaso creías que íbamos a un boutique de lujo para llevar a cabo nuestro plan?

Entraron en una tienda de ropa muy simple, y empezaron a mirar. Tía Brígida tomó un vestido típico.

-¿Así que piensas traer aquí a la parentela mañana?- preguntó Gabriel.

-No lo sé, es que la ropa de esta tienda no se me hace lo suficiente... recargada- explicó ella. -Habrá que buscar más tiendas...
***

En la noche...
Sonó el timbre dentro de la mansión Olmos, y Casilda se fue a abrir la puerta. Afuera estaba Chucho, con una gran sonrisa.

-¡Buenas noches!- anunció Chucho. -Vengo a ver a Felipe.

-Usted es...

-Jesús Sánchez, Chucho

-Ah, Chucho- dijo Casilda. -Voy a avisarle.

Casilda subió las escaleras, mientras que Chucho entró a la sala y se acomodó en una silla para esperar a Felipe. Miró las fotografías de la familia Olmos que estaban sobre el piano, y en ese momento, entró Margarita. Chucho levantó su mirada y sintió se su corazón se detuvo.

-¡Flor! ¿Pero... cómo...?

Margarita puso sus ojos en blanco.
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-¿Usted otra vez?- preguntó con seriedad en la voz. -¿Qué hace aquí?

-Lo mismo te pregunto...- dijo Chucho, hipnotizado por la belleza de Margarita. -¡Tal parece que el destino nos volvió a juntar!

-No entiendo por qué me persigue- dijo Margarita, indiferente.

-¿Perseguirte?- preguntó Chucho, confundido. -¿Y por qué me habla de usted? Pensé que ya me agarraste confianza...

-Me parece que está...- empezó Margarita, antes de que entrara Felipe a interrumpirlos.

-¡Chucho!- saludó Felipe. -¡Llegaste! Te presento a mi prima, Margarita. Ella y su familia ya están viviendo en mi casa.

La sonrisa de Chucho engrandeció. Felipe le acaba de dar la mejor noticia de su vida, y estaba tan feliz con lo que acaba de escuchar que ni siquiera le importó que Felipe le haya presentado como Margarita en vez de Flor.
***

El comedor empezó a llenarse de gente. Miembros de las familias Olmos y Santos se acomodaron a la mesa. Felipe llegó con Chucho.

-Casilda, ¿puedes poner un lugar extra en la mesa?- pidió Felipe. -Mi amigo Chucho va a cenar aquí.

Casilda puso una cara agria, pero hizo lo que Felipe le pidió.

-¡¡Es el colmo!!- exclamó Elisa, de mal modo. -¿Más gente? Como si no fuéramos bastantes.

-Elisa, aunque somos muchos, nunca está de más un huésped, y merece ser tratado con respeto- expresó Evaristo.

Todos se acomodaron a la mesa, y algunos dijeron la bendición antes de empezar a comer.

-¿Cómo les fue hoy, muchachos?- preguntó Evaristo.

-Pésimo- contestó Silverio, con la boca llena de comida. -Me pusieron a hacer un inventario de todo el material en la bodega.

Elisa se sintió asqueada, y por si fuera poco, Luisito llenó su tenedor con un grande bocado de comida.
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-Hoy tuve que hacer unos exámenes de inscripción en la escuela donde voy a entrar el Lunes- Luisito les contó. -La escuela está bien chida, y mucho mas grande que el de San Gabriel. ¡Nunca he visto una escuela tan grande antes! ¡Si vieran todas las salones!
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Luisito estaba tan emocionado, hablando de la escuela, que hacía muchos movimientos con sus manos, y sin que se diera cuenta, la comida que tenía en su tenedor se le cayó sobre la nariz de Gabriel. Éste se puso furioso.

-¿Oye, qué te pasa, niño?- le dijo groseramente. -¡Me echaste comida sobre la cara!

-No fue mi intención, Gabriel...- Luisito se disculpó.

-¿No fue tu intención?- burló Gabriel. -A otro con ese cuento. ¿Cómo te gustaría que alguien te echara comida a ti, escuincle? ¿Eh?

Gabriel llenó su cuchara de salsa, y se le echó en la cara de Luisito.

-¡¡GABRIEL!!- reprendió Evaristo, muy serio. -¿Te has vuelto loco?
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-¡Ese mocoso me echó comida a propósito, y tuve que darle su merecido!- Gabriel se justificó.

Silverio le dirigió una mirada fulminante a Gabriel.
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-¡No voy a permitir que traten así a mis hermanos!

Silverio se levantó de la mesa, agarró la tazón que contenía el puré de papas, ya tibias, y se lo colocó sobre la cabeza de Gabriel. Enfurecido, Gabriel colocó su mano en la salsa y abofeteó a Silverio con su mano llena de salsa. Griselda empezó a reír a carcajadas.

-¡Silverio, compórtate!- dijo María Inés, estricta.

La que sí se estaba entreteniendo era la tía Brígida.

-¡¡¡Qué divertido!!! ¡Una pelea con comida!- exclamó ella. -¡Yo también quiero participar!

Ella tiró la ensalada con pollo desde su plato hacía Elisa, la cual se cayó sobre la blusa de ésta última. Elisa se puso verde.

-¡¡Es el colmo!!- gritó.

-¡FOOD FIGHT!- anunció Gabriel, usando el término en Inglés para referirse a una pelea con comida.

Gabriel lanzó el contenido de su refresco hacía Silverio, y Silverio agarró una cuchara y lo lanzó hacía Gabriel, pero Gabriel se agachó, por lo que la cuchara al ser lanzada sobre la pared, lo manchó de salsa. Evaristo gritó para que dejaran de pelear, pero nadie le hizo caso.
Julianita se agachó para no ser lastimada, pero era inútil, ya que un poco de puré se cayó sobre su pelo. Para protegerla, Felipe intentó ponerse delante de ella, pero en el proceso, derribó su refresco en el platillo de María Inés.
María Inés se veía totalmente mortificada por la actitud de sus hijos. Griselda le tiró ensalada con aderezo a Margarita, y para defenderse, Margarita le lanzó mas aderezo a la blusa de Griselda.
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Gabriel masticó un poco de pan, y luego lo escupió en la cara de Felipe. Esto le hizo enojar a Felipe, así que le embarró el puré en el pelo de Gabriel. Chucho se enfureció cuando Griselda le tiraba pollo a Margarita, y se levantó de su silla para agarrar a Griselda de los brazos. Griselda se resbaló, y en el proceso, cayó al suelo, también tirando a Chucho con ella.

-¡MUCHACHOS! ¡YA BASTA!- gritó Evaristo, furioso.

En ese momento, Evaristo fue apaleado por un pedazo de pan que tiró Luisito. Los adultos intentaban detener a sus hijos.

-¡Evaristo, por favor, haz algo!- suplicaba Elisa, histérica.

Una salsa picante volando por el aire cayó hacía Elisa, como si ella fuera el blanco. Desconcertado y furioso, Evaristo ingresó a la cocina y volvió a aparecer en el comedor con una gran cubeta llena de agua fría, la cual tiró encima de los muchachos para parar la pelea.
***

Minutos después, Margarita, Luisito, Griselda, Silverio, Gabriel, y Felipe se encontraban limpiando el comedor, todos mojados por el agua fría que Evaristo les tiró encima.

-Todo esto es culpa tuya, enano- Gabriel le dijo a Luisito.

-¿Mi culpa? ¡De ninguna manera!- negó Luisito. -¡Tú fuiste quien me echó comida a propósito! Y además, no me digas "enano"... sólo a mi hermano le permito decirme "chaparro", tú no.

-Qué vergüenza, Chucho...- disculpó Felipe, mortificado.

-Ay, no, Felipe, ni te disculpes porque tú también participaste- Griselda le recordó.

Volteó con Chucho y le dio una sonrisa coqueta.

-Espero que no te lleves una mala impresión de mí por esto...- le dijo.

-No tendría por qué, porque entonces llevaría una mala impresión no sólo de ti, sino de todos, hasta de mí mismo- contestó Chucho.

Apareció Evaristo, mirándoles a todos con desapruebo.
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-Nadie sale de aquí hasta que esté totalmente limpio el comedor- les advirtió.

Evaristo se dio la vuelta y salió del comedor, mientras que los demás seguían limpiando y recogiendo.
***

Evaristo entró a su recámara, donde estaba Elisa, manchada de comida, y totalmente llena de rabia.

-¡Lo sabía!- gritó ella. -¡Sabía que la llegada de tus parientes no iba a traer nada bueno a esta casa!

-¡No le eches toda la culpa a ellos, si bien sabes que nuestros hijos también estuvieron involucrados!- discutió Evaristo.

-Y ese amigo tan corriente que trajo Felipe, ¡qué mala influencia!

-¡Quita la venda de los ojos, mujer!- suplicó Evaristo. -Lo vi todo, y el que empezó todo fue Gabriel.

-Seguro que tus... este... sobrinos le están contagiando su vulgaridad- debatió Elisa.

-Contigo, es imposible hablar...- dijo Evaristo, fastidiado.

-Claro...- dijo Elisa, sus ojos llenándose con lágrimas de la ira, -¡Tú los defiendes porque son los hijos de tu gran amor de la juventud!

Evaristo volteó bruscamente.

-¡Y NO TRATES DE NEGÁRMELO!- gritó Elisa, histérica. -¿Por eso los trajiste aquí, verdad? ¿Todavía sientes algo por ella?


    
This message has been edited by GrupoLPP on Sep 19, 2009 12:23 PM


 
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