–No dices mal, Sancho –respondiĂł don Quijote–; mas, antes que se llegue a ese tĂ©rmino, es menester andar por el mundo, como en aprobaciĂłn, buscando las aventuras, para que, acabando algunas, se cobre nombre y fama tal que, cuando se fuere a la corte de algĂşn gran monarca, ya sea el caballero conocido por sus obras; y que, apenas le hayan visto entrar los muchachos por la puerta de la ciudad, cuando todos le sigan y rodeen, dando voces, diciendo: ''Ă©ste es el Caballero del Sol'', o de la Sierpe, o de otra insignia alguna, debajo de la cual hubiere acabado grandes hazañas. ''Ă©ste es –dirán– el que venciĂł en singular batalla al gigantazo Brocabruno de la Gran Fuerza; el que desencantĂł al Gran Mameluco de Persia del largo encantamento en que habĂa estado casi novecientos años''. AsĂ que, de mano en mano, irán pregonando tus hechos, y luego, al alboroto de los muchachos y de la demás gente, se parará a las fenestras de su real palacio el rey de aquel reino, y asĂ como vea al caballero, conociĂ©ndole por las armas o por la empresa del escudo, forzosamente ha de decir: ''¡Ea, sus! ¡Salgan mis caballeros, cuantos en mi corte están, a recebir a la flor de la caballerĂa, que allĂ viene!''
A cuyo mandamiento saldrán todos, y Ă©l llegará hasta la mitad de la escalera, y le abrazará estrechĂsimamente, y le dará paz besándole en el rostro; y luego le llevará por la mano al aposento de la señora reina, adonde el caballero la hallará con la infanta, su hija, que ha de ser una de las más fermosas y acabadas doncellas que, en gran parte de lo descubierto de la tierra, a duras penas se pueda hallar. Sucederá tras esto, luego en continente, que ella ponga los ojos en el caballero y Ă©l en los della, y cada uno parezca a otro cosa más divina que humana; y, sin saber cĂłmo ni cĂłmo [no], han de quedar presos y enlazados en la intricable red amorosa, y con gran cuita en sus corazones por no saber cĂłmo se han de fablar para descubrir sus ansias y sentimientos. Desde allĂ le llevarán, sin duda, a algĂşn cuarto del palacio, ricamente aderezado, donde, habiĂ©ndole quitado las armas, le traerán un rico manto de escarlata con que se cubra; y si bien pareciĂł armado, tan bien y mejor ha de parecer en farseto. Venida la noche, cenará con el rey, reina e infanta, donde nunca quitará los ojos della, mirándola a furto de los circustantes, y ella hará lo mesmo con la mesma sagacidad, porque, como tengo dicho, es muy discreta doncella.
Levantarse han las tablas, y entrará a deshora por la puerta de la sala un feo y pequeño enano con una fermosa dueña, que, entre dos gigantes, detrás del enano viene, con cierta aventura, hecha por un antiquĂsimo sabio, que el que la acabare será tenido por el mejor caballero del mundo. Mandará luego el rey que todos los que están presentes la prueben, y ninguno le dará fin y cima sino el caballero huĂ©sped, en mucho pro de su fama, de lo cual quedará contentĂsima la infanta, y se tendrá por contenta y pagada además, por haber puesto y colocado sus pensamientos en tan alta parte. Y lo bueno es que este rey, o prĂncipe, o lo que es, tiene una muy reñida guerra con otro tan poderoso como Ă©l, y el caballero huĂ©sped le pide (al cabo de algunos dĂas que ha estado en su corte) licencia para ir a servirle en aquella guerra dicha. Darásela el rey de muy buen talante, y el caballero le besará cortĂ©smente las manos por la merced que le face. Y aquella noche se despedirá de su señora la infanta por las rejas de un jardĂn, que cae en el aposento donde ella duerme, por las cuales ya otras muchas veces la habĂa fablado, siendo medianera y sabidora de todo una doncella de quien la infanta mucho se fiaba. Sospirará Ă©l, desmayaráse ella, traerá agua la doncella, acuitaráse mucho porque viene la mañana, y no querrĂa que fuesen descubiertos, por la honra de su señora. Finalmente, la infanta volverá en sĂ y dará sus blancas manos por la reja al caballero, el cual se las besará mil y mil veces y se las bañará en lágrimas.
Quedará concertado entre los dos del modo que se han de hacer saber sus buenos o malos sucesos, y rogarále la princesa que se detenga lo menos que pudiere; prometĂ©rselo ha Ă©l con muchos juramentos; tĂłrnale a besar las manos, y despĂdese con tanto sentimiento que estará poco por acabar la vida. Vase desde allĂ a su aposento, Ă©chase sobre su lecho, no puede dormir del dolor de la partida, madruga muy de mañana, vase a despedir del rey y de la reina y de la infanta; dĂcenle, habiĂ©ndose despedido de los dos, que la señora infanta está mal dispuesta y que no puede recebir visita; piensa el caballero que es de pena de su partida, traspásasele el corazĂłn, y falta poco de no dar indicio manifiesto de su pena.
Está la doncella medianera delante, halo de notar todo, váselo a decir a su señora, la cual la recibe con lágrimas y le dice que una de las mayores penas que tiene es no saber quiĂ©n sea su caballero, y si es de linaje de reyes o no; asegĂşrala la doncella que no puede caber tanta cortesĂa, gentileza y valentĂa como la de su caballero sino en subjeto real y grave; consuĂ©lase con esto la cuitada; procura consolarse, por no dar mal indicio de sĂ a sus padres, y, a cabo de dos dĂas, sale en pĂşblico. Ya se es ido el caballero: pelea en la guerra, vence al enemigo del rey, gana muchas ciudades, triunfa de muchas batallas, vuelve a la corte, ve a su señora por donde suele, conciĂ©rtase que la pida a su padre por mujer en pago de sus servicios. No se la quiere dar el rey, porque no sabe quiĂ©n es; pero, con todo esto, o robada o de otra cualquier suerte que sea, la infanta viene a ser su esposa y su padre lo viene a tener a gran ventura, porque se vino a averiguar que el tal caballero es hijo de un valeroso rey de no sĂ© quĂ© reino, porque creo que no debe de estar en el mapa. MuĂ©rese el padre, hereda la infanta, queda rey el caballero en dos palabras.
Aquà entra luego el hacer mercedes a su escudero y a todos aquellos que le ayudaron a subir a tan alto estado: casa a su escudero con una doncella de la infanta, que será, sin duda, la que fue tercera en sus amores, que es hija de un duque muy principal.
–Eso pido, y barras derechas –dijo Sancho–; a eso me atengo, porque todo, al pie de la letra, ha de suceder por vuestra merced, llamándose el Caballero de la Triste Figura. |