Yendo, pues, con este pensamiento, vio que, por cima de una montañuela que delante de los ojos se le ofrecÃa, iba saltando un hombre, de risco en risco y de mata en mata, con estraña ligereza. Figurósele que iba desnudo, la barba negra y espesa, los cabellos muchos y rabultados, los pies descalzos y las piernas sin cosa alguna; los muslos cubrÃan unos calzones, al parecer de terciopelo leonado, mas tan hechos pedazos que por muchas partes se le descubrÃan las carnes. TraÃa la cabeza descubierta, y, aunque pasó con la ligereza que se ha dicho, todas estas menudencias miró y notó el Caballero de la Triste Figura; y, aunque lo procuró, no pudo seguille, porque no era dado a la debilidad de Rocinante andar por aquellas asperezas, y más siendo él de suyo pisacorto y flemático. Luego imaginó don Quijote que aquél era el dueño del cojÃn y de la maleta, y propuso en sà de buscalle, aunque supiese andar un año por aquellas montañas hasta hallarle; y asÃ, mandó a Sancho que se apease del asno y atajase por la una parte de la montaña, que él irÃa por la otra y podrÃa ser que topasen, con esta diligencia, con aquel hombre que con tanta priesa se les habÃa quitado de delante.
–No podré hacer eso –respondió Sancho–, porque, en apartándome de vuestra merced, luego es conmigo el miedo, que me asalta con mil géneros de sobresaltos y visiones. Y sÃrvale esto que digo de aviso, para que de aquà adelante no me aparte un dedo de su presencia.
–Asà será –dijo el de la Triste Figura–, y yo estoy muy contento de que te quieras valer de mi ánimo, el cual no te ha de faltar, aunque te falte el ánima del cuerpo. Y vente ahora tras mà poco a poco, o como pudieres, y haz de los ojos lanternas; rodearemos esta serrezuela: quizá toparemos con aquel hombre que vimos, el cual, sin duda alguna, no es otro que el dueño de nuestro hallazgo.
A lo que Sancho respondió:
–Harto mejor serÃa no buscalle, porque si le hallamos y acaso fuese el dueño del dinero, claro está que lo tengo de restituir; y asÃ, fuera mejor, sin hacer esta inútil diligencia, poseerlo yo con buena fe hasta que, por otra vÃa menos curiosa y diligente, pareciera su verdadero señor; y quizá fuera a tiempo que lo hubiera gastado, y entonces el rey me hacÃa franco.
–Engáñaste en eso, Sancho –respondió don Quijote–; que, ya que hemos caÃdo en sospecha de quién es el dueño, cuasi delante, estamos obligados a buscarle y volvérselos; y, cuando no le buscásemos, la vehemente sospecha que tenemos de que él lo sea nos pone ya en tanta culpa como si lo fuese. Asà que, Sancho amigo, no te dé pena el buscalle, por la que a mà se me quitará si le hallo.
Y asÃ, picó a Rocinante, y siguióle Sancho con su acostumbrado jumento; y, habiendo rodeado parte de la montaña, hallaron en un arroyo, caÃda, muerta y medio comida de perros y picada de grajos, una mula ensillada y enfrenada; todo lo cual confirmó en ellos más la sospecha de que aquel que huÃa era el dueño de la mula y del cojÃn.
Estándola mirando, oyeron un silbo como de pastor que guardaba ganado, y a deshora, a su siniestra mano, parecieron una buena cantidad de cabras, y tras ellas, por cima de la montaña, pareció el cabrero que las guardaba, que era un hombre anciano. Diole voces don Quijote, y rogóle que bajase donde estaban. él respondió a gritos que quién les habÃa traÃdo por aquel lugar, pocas o ningunas veces pisado sino de pies de cabras o de lobos y otras fieras que por allà andaban. Respondióle Sancho que bajase, que de todo le darÃan buena cuenta. Bajó el cabrero, y, en llegando adonde don Quijote estaba, dijo:
–Apostaré que está mirando la mula de alquiler que está muerta en esa hondonada. Pues a buena fe que ha ya seis meses que está en ese lugar. DÃganme: ¿han topado por ahà a su dueño?
–No hemos topado a nadie –respondió don Quijote–, sino a un cojÃn y a una maletilla que no lejos deste lugar hallamos.
–También la hallé yo –respondió el cabrero–, mas nunca la quise alzar ni llegar a ella, temeroso de algún desmán y de que no me la pidiesen por de hurto; que es el diablo sotil, y debajo de los pies se levanta allombre cosa donde tropiece y caya, sin saber cómo ni cómo no.
–Eso mesmo es lo que yo digo –respondió Sancho–: que también la hallé yo, y no quise llegar a ella con un tiro de piedra; allà la dejé y allà se queda como se estaba, que no quiero perro con cencerro.
–Decidme, buen hombre –dijo don Quijote–, ¿sabéis vos quién sea el dueño destas prendas? |