–Mi nombre es Cardenio: mi patria, una ciudad de las mejores desta AndalucÃa; mi linaje, noble; mis padres, ricos; mi desventura, tanta, que la deben de haber llorado mis padres, y sentido mi linaje, sin poderla aliviar con su riqueza; que para remediar desdichas del cielo poco suelen valer los bienes de fortuna. VivÃa en esta mesma tierra un cielo, donde puso el amor toda la gloria que yo acertara a desearme: tal es la hermosura de Luscinda, doncella tan noble y tan rica como yo, pero de más ventura, y de menos firmeza de la que a mis honrados pensamientos se debÃa. A esta Luscinda amé, quise y adoré desde mis tiernos y primeros años, y ella me quiso a mi, con aquella sencillez y buen ánimo que su poca edad permitÃa. SabÃan nuestros padres nuestros intentos, y no les pesaba dello, porque bien veÃan que, cuando pasaran adelante, no podÃan tener otro fin que el de casarnos, cosa que casi la concertaba la igualdad de nuestro linaje y riquezas.
Creció la edad, y con ella el amor de entrambos, que al padre de Luscinda le pareció que por buenos respetos estaba obligado a negarme la entrada de su casa, casi imitando en esto a los padres de aquella Tisbe tan decantada de los poetas. Y fue esta negación añadir llama a llama y deseo a deseo; porque, aunque pusieron silencio a las lenguas, no le pudieron poner a las plumas, las cuales con más libertad que las lenguas suelen dar a entender a quien quieren lo que en el alma está encerrado; que muchas veces la presencia de la cosa amada turba y enmudece la intención más determinada y la lengua más atrevida. ¡Ay, cielos, y cuántos billetes le escribÃ! ¡Cuán regaladas y honestas respuestas tuve! ¡Cuántas canciones compuse y cuántos enamorados versos, donde el alma declaraba y trasladaba sus sentimientos, pintaba sus encendidos deseos, entretenÃa sus memorias y recreaba su voluntad!
En efecto, viéndome apurado, y que mi alma se consumÃa con el deseo de verla, determiné poner por obra y acabar en un punto lo que me pareció que más convenÃa para salir con mi deseado y merecido premio, y fue el pedÃrsela a su padre por legÃtima esposa, como lo hice; a lo que él me respondió que me agradecÃa la voluntad que mostraba de honralle, y de querer honrarme con prendas suyas; pero que siendo mi padre vivo, a él tocaba de justo derecho hacer aquella demanda; porque si no fuese con mucha voluntad y gusto suyo, no era Luscinda mujer para tomarse ni darse a hurto. Yo le agradecà su buen intento, pareciéndome que llevaba razón en lo que decÃa, y que mi padre vendrÃa en ello como yo se lo dijese; y con este intento, luego en aquel mismo instante fui a decirle a mi padre lo que deseaba. Y al tiempo que entré en un aposento donde estaba, Le hallé con una carta abierta en la mano, la cual, antes que yo le dijese palabra, me la dio, y me dijo: «Por esta carta verás, Cardenio, la voluntad que el duque Ricardo tiene de hacerte merced.» Este duque Ricardo, como ya vosotros, señores, debéis de saber, es un grande de España que tiene su estado en lo mejor desta AndalucÃa.
Tomé y leà la carta, la cual venÃa tan encarecida, que a mi mesmo me pareció mal si mi padre dejaba de cumplir lo que en ella se le pedÃa, que era que me enviase luego donde él estaba; que querÃa que fuese compañero, no criado, de su hijo el mayor, y que él tomaba a cargo el ponerme en estado que correspondiese a la estimación en que me tenÃa. Leà la carta y enmudecà leyéndola, y más cuando oà que mi padre me decÃa: «De aquà a dos dÃas te partirás, Cardenio, a hacer la voluntad del duque, y da gracias a Dios, que te va abriendo camino por donde alcances lo que yo sé que mereces.» Añadió a éstas otras razones de padre consejero. Llegóse el término de mi partida, hablé una noche a Luscinda, dijele todo lo que pasaba, y lo mesmo hice a su padre, suplicándole se entretuviese algunos dÃas y dilatase el darle estado hasta que yo viese lo que Ricardo me querÃa; él me lo prometió, y ella me lo confirmó con mil juramentos y mil desmayos. Vine, en fin, donde el duque Ricardo estaba. Fui dél tan bien recebido y tratado, que desde luego comenzó la envidia a hacer su oficio, teniéndomela los criados antiguos, pareciéndoles que las muestras que el duque daba de hacerme merced habÃan de ser en perjuicio suyo. Pero el que más se holgó con mi idea fue un hijo segundo del duque, llamado Fernando, mozo gallardo, gentil hombre, liberal y enamorado, el cual, en poco tiempo, quiso que fuese tan su amigo, que daba que decir a todos; y aunque el mayor me querÃa bien y me hacÃa merced, no llegó al extremo con que don Fernando me querÃa y trataba. Es, pues, el caso que, como entre los amigos no hay cosa secreta que no se comunique, y la privanza que yo tenÃa con don Fernando dejaba de serlo, por ser amistad, todos sus pensamientos me declaraba, especialmente uno enamorado, que le traÃa con un poco de desasosiego. QuerÃa bien a una labradora, vasalla de su padre, y ella los tenÃa muy ricos, y era tan hermosa, recatada, discreta y honesta, que nadie que la conocÃa se determinaba en cuál destas cosas tuviese más excelencia, ni más se aventajase. Estas tan buenas partes de la hermosa labradora redujeron a tal término los deseos de don Fernando, que se determinó, para poder alcanzarlo y conquistar la entereza de la labradora, a darle palabra de ser su esposo; porque de otra manera era procurar lo imposible.
Yo, obligado de su amistad, con las mejores razones que supe, y con los más vivos ejemplos que pude, procuré estorbarle y apartarle de tal propósito; pero viendo que no aprovechaba, determiné de decirle el caso al duque Ricardo, su padre; mas don Femando, como astuto y discreto, se receló y temió desto, por parecerle que estaba yo obligado, en vez de buen criado, a no tener encubierta cosa que tan en perjuicio de la honra de mi señor el duque venia; y asÃ, por divertirme y engañarme, me dijo que no hallaba otro mejor remedio para poder apartar de la memoria la hermosura que tan sujeto le tenÃa, que el ausentarse por algunos meses, y que querÃa que el ausencia fuese que los dos nos viniésemos en casa de mi padre, con ocasión que dirÃan al duque que venia a ver y a feriar unos muy buenos caballos que en mi ciudad habÃa, que es madre de los mejores del mundo. Apenas le oà yo decir esto, cuando, movido de mi afición, aunque su determinación no fuera tan buena, la aprobara yo por una de las más acertadas que se podÃan imaginar, por ver cuán buena ocasión y coyuntura se me ofrecÃa de volver a ver a mi Luscinda. Con este pensamiento y deseo, aprobé su parecer y esforcé su propósito, diciéndole que lo pusiese por obra con la brevedad posible, porque, en efeto, la ausencia hacÃa su oficio, a pesar de los más firmes pensamientos. Ya, cuando él me vino a decir esto, según después se supo, habÃa gozado a la labradora con tÃtulo de esposo, y esperaba ocasión de descubrirse a su salvo, temeroso de lo que el duque su padre harÃa cuando supiese su disparate. Sucedió, pues, que, como el amor en los mozos, por la mayor parte, no lo es, sino apetito, el cual, como tiene por último fin el deleite, en llegando a alcanzarle se acaba (y ha de volver atrás aquello que parecÃa amor, porque no puede pasar adelante del término que le puso naturaleza, el cual término no le puso a lo que es verdadero amor), quiero decir que asà como don Fernando gozó a la labradora, se le aplacaron sus deseos y se resfriaron sus ahÃncos; y si primero fingÃa quererse ausentar, por remediarlos, ahora de veras procuraba irse, por no ponerlos en ejecución Diole el duque licencia, y mandóme que le acompañase.
Venimos a mi ciudad, recibióle mi padre como quien era, vi yo luego a Luscinda, tornaron a vivir, aunque no habÃan estado muertos, ni amortiguados, mis deseos, de los cuales di cuenta, por mi mal, a don Fernando, por parecerme que, en la ley de la mucha amistad que mostraba, no le debÃa encubrir nada. Alabéle la hermosura, donaire y discreción de Luscinda, de tal manera que mis alabanzas movieron en el los deseos de querer ver doncella dé tan buenas partes adornada. Cumpliselos yo, por mi corta suerte, enseñándosela una noche, a la luz de una vela, por una ventana por donde los dos solÃamos hablarnos. Viola en sayo, tal, que todas las bellezas hasta entonces por él vistas las puso en olvido.
Enmudeció, perdió el sentido, quedó absorto, y, finalmente, tan enamorado, cual lo veréis en el discurso del cuento de mi desventura. Y para encenderle más el deseo, que a mà me celaba, y al cielo, a solas, descubrÃa, quiso la fortuna que hallase un dÃa un billete suyo pidiéndome que la pidiese a su padre por esposa, tan discreto, tan honesto y tan enamorado, que en leyéndolo me dijo que en sola Luscinda se encerraban todas las gracias de hermosura y de entendimiento que en las demás mujeres del mundo estaban repartidas.
Bien es verdad que quiero confesar ahora que, puesto que yo veÃa con cuán justas causas don Fernando a Luscinda alababa, me pesaba de oÃr aquellas alabanzas de su boca, y comencé a temer, y a recelarme dél, porque no se pasaba momento donde no quisiese que tratásemos de Luscinda, y él movÃa la plática, aunque la trujese por los cabellos; cosa que despertaba en mà un no sé qué de celos, no porque yo temiese revés alguno de la bondad y de la fe de Luscinda; pero, con todo eso, me hacia temer mi suerte lo mesmo que ella me aseguraba. Procuraba siempre «don Fernando leer los papeles que yo a Luscinda enviaba, y los que ella me respondÃa, a tÃtulo que de la discreción de los dos gustaba mucho. Acaeció, pues, que habiéndome pedido Luscinda un libro de caballerÃas en que leer, de quien era ella muy aficionada, que era el de AmadÃs de Gaula... |