Dios mío, yo quisiera meditar contigo sobre la muerte que has padecido por nosotros; quisiera meditar sobre mi muerte, sobre esa muerte que no conozco, y que me causaría pavor, sino supiera que no puede interrumpir nuestra conversación, ni cambiar la actitud de mi voluntad vuelta cordialmente hacia ti.A veces me han hablado de mi último día en términos terroríficos; en ocasiones me han descrito mi fin como lo hubieran hecho los paganos, insistiendo únicamente acerca de la descomposición física del cuerpo, acerca de la corrupción del ataud, de la soledad del cementerio, como si mi conciencia de difunto pudiera encontrarse en una caja de madera a seis palmos bajo la tierra, y como si tu discípulo despues de la muerte, debiese andar errante entre las tumbas al modo de los fantasmas. Yo sé que deben temerlo todo de la Verdad, los que han cifrado su esperanza en la mentira; sé que los fingimientos solo tienen un tiempo, y que la muerte quita todas las máscaras adheridas a la piel. Sé que todos los voluptuosos y los amantes de lo efímero, conocerán la ruda brutalidad del ladrón nocturno, arrancándoles sus tesoros ilusorios, y admiro la lección de la muerte, porque es casta y verdadera, porque pone cada cosa en su lugar, y proyecta la luz hasta los planes mas remotos de nuestra existencia; la admiro porque es serena, ineludible, y por tanto sólida y definitiva. La muerte barre todo lo fingido, desbroza la maleza; nos hace ver lo que hay en realidad.