Entre las preocupaciones más vivas del momento, la crisis económica, por su extensión, profundidad y oscuro horizonte, sigue ocupando el primer lugar. Como las pandemias periódicas, no conoce fronteras. El parón de los mercados, la morosidad, la destrucción de empleo, el cierre de empresas, la inseguridad del sistema financiero, la drástica disminución de ingresos por parte de las Administraciones públicas, y, en definitiva, la falta de recursos para seguir viviendo de un alarmante número de familias, golpea cruelmente al mundo. Y las noticias llegan con más frecuencia de las zonas consideradas como privilegiadas. Los resfriados de los norteamericanos hacen estornudar a todo el Imperio. España, lógicamente, no es inmune al virus.
Pero la desproporción de los indicadores estadísticos negativos referidos a nuestro país respecto a otros datos de estados de similar grado de desarrollo, revela el especial énfasis que la recesión ha alcanzado aquí. Es evidente que la oleada global ha venido a sumarse a un seísmo económico previo, ocasionado por la peculiar fragilidad de nuestro modelo productivo y la singular impericia de sus administradores.
Ante la magnitud del desastre, los dirigentes políticos españoles han tenido que cambiar su estrategia de cerrar los ojos y negar la realidad. Luego ha venido la etapa de los eufemismos y los juegos de palabras. Ahora vivimos la fase de buscar culpables y situarse en la postura de sucesores de los generadores del hundimiento que necesariamente han de ser otros. Otros que han tenido poder y que hoy no lo tienen, al menos en plenitud. Y cargar las tintas contra la cultura del ladrillo, los especuladores inmobiliarios, las urbanizaciones salvajes, y, de paso, contra los depredadores del hábitat y la energía nuclear, con el toque ecológico imprescindible en el discurso tópico de moda.
Es el método Obama, al que toda la progresía reconoce como el mesías prometido. Pero Obama no tenía mando cuando el castillo de naipes inicio su debacle. Y Zapatero sí. Y el P.S.O.E. comparte con el Partido Popular la responsabilidad del diseño del entramado de la economía española de la etapa democrática. No es de recibo olvidarse de las propias decisiones para incitar al electorado, poco habituado a diferenciar las simpatías de partido con la crítica objetiva de la gestión de gobierno, a culpar a la derecha de las vías de agua del Estado del Bienestar. Y para que la derecha se identifique más si cabe con el espantajo demonizado por los estrategas, desde el poder se dirigen los torpedos hacia los valores que, desde una óptica maniquea, la identifican hasta la caricatura: creencias y costumbres de inspiración cristiana, sentido nacional de continuación de la historia y orden jerárquico social presidido por la monarquía, con sus derivaciones éticas, políticas y económicas, de salvaguarda de la vitalidad de la sociedad civil y de su invasión y manipulación por la hipertrofia burocrática del Estado.
En su huida hacia delante, en clima de vorágine electoral, el socialismo rampante, acuciado por los sectores más radicales, se pone a la cabecera de la manifestación contra no se sabe qué y amenaza a la Iglesia en su financiación y en su funcionamiento. Quiere erradicar los signos externos cristianos de los espacios públicos, pero le molestan más los rescoldos culturales, en las rendijas de las tradiciones. No respeta ni al mismo Papa. Pretende censurar su mensaje o. lo que es peor, falsearlo. No soporta que nadie le imponga su moral en las conciencias. Y a golpe de ley, impone la suya en el B.O.E.: la licencia para matar al feto no deseado, que hasta las trece semanas de gestación, es un ser vivo, claro, pero no podemos hablar de ser humano porque no tiene ninguna base científica, como ha descubierto la inefable Ministra de Igualdad.
El proceso de desintegración del Estado de las Autonomías sigue su curso, no sólo en la letra de los estatutos y en la legislación que generan, sino en las actitudes que toman cuerpo al socaire de los eventos de masas y las competiciones deportivas. El espectáculo que ofreció la concurrencia en el campo de Mestalla con ocasión del partido de fútbol de la final de la Copa del Rey fue elocuente al respecto. Y las explicaciones y medidas políticas a posteriori, sabrosas.
Los carlistas, precisamente, no nos hemos distinguido por nuestra afección política hacia el titular de la Jefatura del Estado, sus ancestros y su designador. Es una vieja historia que continúa justificada más en el terreno de los principios que como mero pleito dinástico. Máxime cuando no estamos, hoy por hoy y muy a pesar nuestro, en condiciones de ofrecer o reconocer alternativas legítimas creíbles y aptas. Ello no obsta a nuestro respeto personal y nuestro acatamiento a las leyes, aunque no nos gusten. Pero creemos que la Corona debe desempeñar un papel que va más allá del articulado de la Constitución. Y nos duele que en quien la encarna, en virtud de circunstancias históricas anteriores, se la ofenda y se la humille. Los abucheos al Himno Nacional, las banderas y las pancartas separatistas iban contra España, por mucho que la España de hoy no crea en sí misma ni quiera ser digna de lo que fue. Y si hemos de hacer caso a los mitos legales en vigor, los que el otro día maltrataban al símbolo de la unidad y permanencia del Estado, ante la pasividad de los responsables políticos, eran paradojas del sistema- unos cuantos miles de microsoberanos de la nación que abominan. ¿Nos hemos de sorprender de que estemos como estamos?
La fuerza llamada a ser recambio de poder por los votos participa de los planteamientos ideológicos básicos de sus aparentes antagonistas. Por eso sus complejos la castran. Muestra de ello es el quid de la discordancia del Partido Popular ante el sesgo del anteproyecto de Ley del Aborto aprobado por el Consejo de Ministros. El acelerón socialista supera el razonable consenso actual: hay que mantenerlo. Para el P.P. es preferible no entrar en la esencia de la cuestión. Se queda en aspectos importantes, pero secundarios. Los asesores de imagen le prohíben un compromiso más claro con la vida.
Esa derecha, que ni siquiera se atreve a llamarse como la ubican sus adversarios, sólo sirve para conservar la tierra quemada, salada y estéril que éstos dejan en sus ocasionales repliegues cíclicos. En el fondo, contra ellos no van dirigidos los navajazos de ZP y sus publicistas y jueces estrellas, por mucho que escandalicen los tonos y modos de la reyerta. Unos y otros son socios del mimo negocio. La víctima común, España.
Las próximas elecciones al Parlamento europeo se plantean como voto de censura al Gobierno. Si por lo menos sirviesen para eso, el gasto estaría medio justificado. Pero, aun en ese caso, se trata de una trampa saducea: el castigo a uno implica la confianza a otro. Y la mayoría de los que quieren ocupar los escaños que corresponden a España no se merecen el voto. De nuevo, la decisión final depende de la conciencia personal de cada elector.
Por su parte la Comunión Tradicionalista Carlista, que ha intentado y no ha conseguido unir voluntades afines para un voto asumible en estos comicios, sigue trabajando discreta e intensamente para que, en próximas ocasiones, además apuntar criterios, pueda ofrecer una opción de confianza a los españoles que se sienten identificados con sus ideales. Aun con sus insuficiencias, la cámara legislativa de la Unión Europea, necesita también ideas claras y gestión honesta. Que por nosotros no quede.
Comunión Tradicionalista Carlista del Reino de Valencia
30 de mayo de 2009