El veleidoso público de la Quinta Vergara hizo de las suyas con Natalia Oreiro. La reina del festival el año pasado terminó su labor de coanimadora entre pifias y abucheos.
La ex Muñeca Brava sintió el peso del rechazo y luego del show decidió acostarse a dormir con un desconcierto monumental a cuestas. No lo había logrado y eso que se preparó como nunca.
A su llegada a Viña la conmoción fue grande. Decenas de quinceañeras la esperaban fuera del Hotel O’Higgins para saludarla. La Oreiro esperaba causar sensación, aunque antes de su llegada había perdido el cetro de reina. Ni siquiera quiso entregar la corona a su sucesora, la mexicana Patricia Manterola. Dijo que hacía “mucho frío” para ir a tirarse a la piscina.
Ni su traje de Gatúbela a lo Cindy Lauper la salvó de un show mediocre el sábado, que sólo sirvió para demostrar que su talento no radica, precisamente, en el canto.
Pero ahí no terminó la pesadilla. El domingo, sus clases de dicción tampoco bastaron para congraciarse con el público. Quizás la galería no le perdona que haya dejado atrás los días de locura, cuando se tiraba a la piscina con ropa, besaba en la boca a reporteros televisivos y gateaba por los techos del hotel para saludar a sus fans.
Quienes la vieron el año pasado haciendo malabares por doquier, ahora la desconocieron. Dicen que es su estado civil el que la ha cambiado. Ella se ríe y asegura que está más madura. De todas formas, esa madurez no se vio reflejada para nada en su show ni en su presentación como animadora.
El domingo, bastó que abriera la boca para ser abucheada. Se veía preciosa, con un traje de terciopelo rojo diseñado por ella especialmente para la ocasión. Pero al hablar parecía más bien una animadora de bingo que una mujer con el talento suficiente para encantar al público. A las nueve de la mañana de ayer, Natalia Oreiro partió a Buenos Aires desolada.