Auge de las frituras dominicanas
en New York podría desaparecer
No hay dominicano en Washington Heights que en una de sus correrías nocturnas, cuando después de varios tragos el estómago exige atención, que no se haya detenido en uno de estos carritos ambulantes donde operan frituras.
Eloy Alberto Tejera/EL SIGLO
WASHINGTON HEIGHTS, Nueva york.- A la larga lista de cosas que Santo Domingo ha exportado hacia Washington Heights, y que incluye, el queso de hoja, la cerveza Presidente, un remedo de la avenida Duarte con su aroma y tarantines, el refresco merengue, y un sin fin más que haría la lista larguísima, se agregan ahora las popularísimas y buscadas frituras quisqueyanas.
Las frituras dominicanas cuyos productos tienen nombres que para algunos extranjeros parecerían ser sacados de un diccionario de lo grotesco, como: morcilla, entresijo, bofe, molleja, dan sin embargo un aroma estelar acerca de lo que el dominicano ha integrado no a su mesa, sino a su aperitivo nocturno u ocasional.
No hay dominicano en Washington Heights que en una de sus correrías nocturnas, cuando después de varios tragos el estómago exige atención, que no se haya detenido en uno de estos carritos ambulantes donde operan frituras, a degustar algo de la amplia variedad de carnes y comidas que exponen en sus grasientas vitrinas.
Los dominicanos en Nueva York, y específicamente en Washington Heights han conformado poco a poco un espacio que les recuerde y que sobre todo les haga sentir como si estuvieran en su país. Incorporar masivamente el negocio de las frituras ha sido un paso en esa "dominicanización" que ha sido obtenida casi en su totalidad de Washington Heights.
En la 207 y Sherman opera una de estas frituras. "A la gente le gusta tanto comer aquí que vienen desde New Jersey y Connecticutt a buscar chimichurris. Esa es, al parecer, nuestra especialidad", dice Nerys, una empleada de este negocio.
Nerys es una de las empleadas que trabaja en uno de los dos turnos. El negocio trabaja de seis de la tarde a seis de la mañana y se mantiene recibiendo gente constantemente todo el día, aunque es en la noche que la gente prefiere venir a comer".
Para Nerys, la comida que se ofrece en el negocio es fresca "ya que el dueño siempre viene a revisarla. Los chicharrones son apetecibles, así como las empanadas, se cocina a diario".
Un poco sudada, con 24 años en el país, Mery, entre conversación y declaraciones, se queja: tengo tanto tiempo aquí y miro en lo que estoy", dijo esta madre soltera, quien confiesa que gana en este trabajo "para pagar los "billes" (facturas).
AMPLIA VARIEDAD. Si usted quiere comer chicharrón, tripita, bacalaíto, empanada, bollito de yuca, orejita, no tiene que ir a Santo Domingo. Darse una vuelta por la avenida Amsterdam o Audubon es suficiente para poder escoger entre un sinnúmero de negocios de esta especie que trabajan desde tempranas horas de la tarde hasta la madrugada.
Para el gusto se hicieron los colores, y para los que gusten de las carnes extrañas de las partes de los animales más inverosímiles, se hicieron "el entresijo", "la tripita", "la morcilla". Hay quienes, ni pasan por esas denominadas frituras. En la República Dominicana estos "platos" están asociados a los barrios y a la cultura popular.
Como todo negocio cuando prospera empieza a multiplicarse por decenas, al de las frituras le sucedió lo mismo. Negocio que tiene gran clientela, no fue sino a principios, de los años 80 cuando empezó a incrementarse el número de estos.
LAS REGULARIDADES. Como todo negocio informal, no se tiene una fecha de cuándo empezaron a operar. Lo que si es cierto es que su boom se remonta a los años 80. Juan Almonte, quien fue de los pioneros en este negocio, tuvo el suyo en la 180 y Saint Nicholas. En principio fue un éxito pero luego tuvo problemas.
"Yo empecé cuando habían muy pocos. Con una inversión de 15 mil dólares inicié mi negocio. En mi carrito de frituras yo me ganaba más de 1000 dólares limpios a la semana. En invierno me ganaba mucho más. Pero empezaron las autoridades a molestarme, a decirme que el carrito no estaba apto para operar, empezaron a ponerme multas, y tuve que cerrar".
La historia de Juan le pasó a muchos. Las autoridades neoyorquinas, a partir de los años 90 empezaron una batida en contra de estos pequeños negocios que, sin embargo, dejaban buenos dividendos. Con cierta razón exigían normas de higiene básica: carrito limpio, ollas imantadas, una estufa en buenas condiciones, entre otras cosas.
Paradójicamente esto ayudó a la profesionalización del negocio. A la tecnificación y el modernismo. Los carritos- las frituras de hoy en día son limpias. Y en algunas hasta para usted poder degustar el bofe o la tripita, tiene que hacer fila o esperar que le den un número.
Atacados por los dueños de los restaurantes, con los que han tenido pleitos y conflictos graves, ya que estos dicen que les quitan clientela, los dueños de estos negocios se han mantenido por la sencilla razón de que la fritura En la avenida Amsterdam es notable la cantidad de frituras que han prosperado. Desde la calle 160 hasta la 193 impresionan los "carritos de fritura" que proliferan. Y todas tienen su clientela, y todas tienen su especialidad.
EN PELIGRO DE DESAPARECER. Estos negocios de frituras actualmente si no renuevan sus contratos están destinados a desaparecer. Las autoridades se niegan a renovarles el permiso, y por eso muchos de ellos han ido desesperadamente a donde los políticos a que les resuelvan.
Según Guillermo Linares, hay un permiso especial que ya no se ofrece a nadie. Su única tabla de salvación, dice el Concejal dominicano, es el Departamento de Parques.
Los dueños y los que trabajan en este negocio ya corren el riesgo de que si el permiso se les ha vencido empiecen a remolcárselos. Si el Departamento de Parques no le da otro permiso, muchos dominicanos pegarán el grito al cielo, ya que no podrán seguir degustando sus bofes, tripitas o morcillas.
Luis Manuel Santana, dominicano residente en Los Mina, al ser consultado por qué le gusta tanto la fritura, dice, "que es lo que más liga con el ron en el estómago".
Y es que ligue o no, la fritura es parte del folclor y del acento que el dominicano le ha impreso a su comunidad de Washington Heights. Una comunidad que cada día parece menos encontrarse en el corazón de Manhattan, sino en unos de sus populosos, escandalosos y queridos barrios dominicanos.
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