"Se vencen las tempestades, se doman los mares, se hacen polvo las montañas, se batalla contra los hombres hasta vencerlos, pero no se gana el corazón de una mujer por la fuerza…"       Juan del Diablo


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099 CENTRAL
ABIGAIL
ABRAZAME MUY FUERTE
ABUELO Y YO, EL
ACAPULCO CUERPO Y ALMA
ACORRALADA
AGUAS MANSAS, LAS
AGUJETAS DE COLOR DE ROSA
AL COMPAS DEL SON
AL DIABLO CON LOS GUAPOS
ALAS PODER Y PASION
ALBORADA
ALCANZAR UNA ESTRELLA II
ALEGRIJES Y REBUJOS
ALEJANDRA
ALEJO, LA BUSQUEDA DEL AMOR
ALEN LUZ DE LUNA
ALGUIEN TE MIRA
ALGUNA VEZ TENDREMOS ALAS
ALMA HERIDA, EL
ALMA NO TIENE COLOR, EL
ALMA PIRATA
ALMA REBELDE
ALONDRA
AMANDOTE
AMANTES
AMANTES DE LUNA LLENA
AMANTES DEL DESIERTO
AMAR EN TIEMPOS REVUELTOS
AMAR EN TIEMPOS REVUELTOS 2ª
AMAR OTRA VEZ
AMAR SIN LIMITES
AMARTE ASI FRIJOLITO
AMARTE ES MI PECADO
AMIGAS Y RIVALES
AMIGOS POR SIEMPRE
AMOR A LA PLANCHA
AMOR A PALOS
AMOR DEL BUENO
AMOR DESCARADO
AMOR EN CUSTODIA
AMOR GITANO
AMOR INFIEL
AMOR LAS VUELVE LOCAS, EL
AMOR LATINO
AMOR NO ES COMO LO PINTAN, EL
AMOR NO TIENE PRECIO, EL
AMOR POR ACCIDENTE
AMOR PROHIBIDO
AMOR REAL
AMOR SAGRADO
AMOR SIN CONDICIONES
AMOR SIN LIMITE
AMOR SIN MAQUILLAJE
AMORES CRUZADOS
AMORES DE MERCADO
AMORESQUERER CON ALEVOSIA
AMY LA NIÑA DE LA MOCHILA AZUL
ANGEL DE LA GUARDA
ANGEL MALVADO
ANGEL REBELDE
ANGELA
ANGELICA PECADO
ANITA NO TE RAJES
ANTONELLA
ANTORCHA ENCENDIDA, LA
APUESTA POR UN AMOR
AQUARELA DO BRASIL
AQUELARRE
ARROZ CON LECHE
ASI SON ELLAS
ATREVETE
ATREVETE A OLVIDARME
AUNQUE MAL PAGUEN
AUNQUE ME CUESTE LA VIDA
AUTENTICO RODRIGO LEAL, EL
AVENTURAS EN EL TIEMPO
AZUL
AZUL TEQUILA
BABY SISTER, LA
BAILA CONMIGO
BAILE DE LA VIDA, EL
BAJO LA MISMA PIEL
BAJO LAS RIENDAS DEL AMOR
BAJO UN MISMO ROSTRO
BARRERA DE AMOR
BENDITA MENTIRA
BESAME TONTO
BESOS ROBADOS
BODAS DE ODIO
BOTINES
BRUJAS
BRUJAS, LAS
BUENOS VECINOS
BUSCANDO EL PARAISO
CADENAS DE AMARGURAS
CAFÉ CON AROMA DE MUJER
CALLE DE LAS NOVIAS, LA
CALYPSO
CAMALEONA, LA
CAMILA
CAMINOS CRUZADOS
CANDELA
CAÑAVERAL DE PASIONES
CAPONERA, LA
CARISSIMA
CARITA BONITA
CARITA DE ANGEL
CARMENCITA LA CUAIMA
CAROLINA BARRANTES
CASA DE LA PLAYA, LA
CASI ANGELES
CATALINA Y SEBASTIAN
CAZANDO A UN MILLONARIO
CELEBRIDAD
CELESTE
CELESTE, SIEMPRE CELESTE
CHIQUITITAS
CHISPITA
CHOCOLATE CON PIMIENTA
CIUDAD BENDITA
CLAP, EL LUGAR DE TUS SUEÑOS
CLASE 406
CLON, EL
CODIGO POSTAL
COLLAR DE ESMERALDAS
COLOR DEL PECADO, EL
COMO EN EL CINE
COMO TU NINGUNA
COMPLICES
COMPLICES AL RESCATE
CON TODO EL ALMA
CONFIDENTE DE SECUNDARIA
CONTRA VIENTO Y MAREA
CORAZON DE MARIA
CORAZON PARTIDO
CORAZON SALVAJE
CORAZONES AL LIMITE
COSAS DEL AMOR
COSITA RICA
CRISTAL
CUANDO HAY PASION
CUANDO SEAS MIA
CUERPO DEL DESEO, EL
CULPA, LA
CULPABLE DE ESTE AMOR
DAMA DE ROSA, LA
DAMA DE TROYA, LA
DAME CHOCOLATE
DANIELA
DE FRENTE AL SOL
DE POCAS POCAS PULGAS
DE PURA SANGRE
DEJATE QUERER
DERECHO DE NACER, EL
DESCARADO
DESENCUENTRO
DESEO, EL
DESTILANDO AMOR
DESTINO DE MUJER
DIA QUE ME QUIERAS, EL
DIARIO DE DANIELA, EL
DONA BEIJA
DOÑA FLOR Y SUS MARIDOS
DORA LA CELADORA
DOS CARAS DE ANA, LAS
DOS MUJERES Y UN CAMINO
DUDA, LA
DUELO DE PASIONES
DUEÑA Y SEÑORA
DUEÑA, LA
DULCE DESAFIO
ECOMODA
ELISA DI RIVONBROSA
ENAMORADA
ENGAÑADA
ENTRE EL AMOR Y EL ODIO
ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE
EPITAFIOS
ESAS MUJERES
ESCALONA
ESCANDALO
ESCLAVA ISAURA, LA
ESMERALDA
ESPOSA VIRGEN, LA
ESTRELLITA MIA
EVA DEL EDEN
EX, LA
EXTRAMBOTICA ANASTASIA
FAMILIA ESPECIAL, UNA
FEA MAS BELLA, LA
FELINA
FLORIBELLA
FLORICIENTA TEMP.1
FLORICIENTA TEMP.2
FRANCO, EL PROFE BUENAVENTURA
FUEGO EN LA SANGRE
FUERZA DEL DESEO, LA
GATA SALVAJE
GATAS Y TUERCAS
GEMINIS
GENTE BIEN
GIRASOLES PARA LUCIA
GITANAS
GONZALEZ, LAS
GOTITA DE AMOR
GOTITA DE GENTE
GRECIA
GUADALUPE
GUAJIRA
GUERRA DE LAS ROSAS, LA
GUERRA DE MUJERES
HASTA QUE LA PLATA NOS SEPARE
HECHIZO DE AMOR
HEREDERA, LA
HERIDAS DE AMOR
HIJA DEL JARDINERO, LA
HIJA DEL MARIACHI, LA
HILDA HURACAN
HISTORIAS DE SEXO DE GENTE COMUN
HOGAR QUE YO ROBÉ, EL
HOMBRE DE MAR
HOMBRES DE HONOR
HURACAN
IMPERIO DE CRISTAL
INES DUARTE SECRETARIA
INOCENTE DE TI
INTRUSA, LA
INUTIL, EL
INVASORA, LA
ISABELLA MUJER ENAMORADA
JAULA DE ORO, LA
JESUS EL HEREDERO
JUANA LA VIRGEN
JUANAS, LAS
JUANITA LA SOLTERA
JUEGO DE LA VIDA, EL
KACHORRA
KA-INA
KASSANDRA
LABERINTOS DE PASIÓN
LADRON DE CORAZONES
LALOLA
LAZOS DE AMOR
LECTORA, LA
LEJANA COMO EL VIENTO
LEONELA
LEY DEL AMOR, LA
LLOVIZNA
LOBA HERIDA
LOCAS DE AMOR
LOCURA DE AMOR
LOLA
LOLA, ERASE UNA VEZ
LORENA
LUCIANA Y NICOLAS
LUISA FERNANDA
LUNA LA HEREDERA
LUNA NEGRA
LUNA SALVAJE
LUZ CLARITA
LUZ MARIA
MACHOS
MADRASTRA, LA
MADRE LUNA
MADRE, LA
MADRES EGOISTAS
MAMBO Y CANELA
MANANTIAL, EL
MANUELA
MARCA DEL DESEO, LA
MARIA BELEN
MARIA DE NADIE
MARIA EMILIA QUERIDA
MARIA ISABEL
MARIA JOSE
MARIA LA DEL BARRIO
MARIA MADRUGADA
MARIA MERCEDES
MARIA ROSA BUSCAME UNA ESPOSA
MARIANA DE LA NOCHE
MARIDO Y MUJER
MARIELENA
MARIMAR
MARINA
MARIU
MAS ALLA DEL PUENTE
MAS QUE AMOR FRENESI
MAXIMO CORAZON
ME AMARAS BAJO LA LLUVIA
ME LLAMAN LOLITA
MENTIRA, LA
MERLINA MUJER DIVINA
MESA PARA TRES
MESTIZA, LA
MI AMADA BEATRIZ
MI DESTINO ERES TU
MI GORDA BELLA
MI NEGRA CONSENTIDA
MI PEQUEÑA MAMÁ
MI PEQUEÑA TRAVIESA
MI PRIMA CIELA
MI QUERIDA ISABEL
MI VIDA ERES TU
MIA SOLO MIA
MIL MILLONES
MILAGROS
MILAGROS DE AMOR
MIS TRES HERMANAS
MISION SOS, AVENTURA Y AMOR
MONTECRISTO
MONTECRISTO
MORELIA
MORIR DOS VECES
MUJER DE JUDAS, LA
MUJER DE LORENZO, LA
MUJER DE MADERA
MUJER DE MI VIDA, LA
MUJER DEL PRESIDENTE, LA
MUJER DOBLE, LA
MUJER EN EL ESPEJO, LA
MUNDO DE FIERAS
MUNDO DE FIERAS, LAS HIENAS
MUÑECA BRAVA
MUÑECA DE TRAPO
NANO
NIÑA AMADA MIA
NIÑA DE MIS OJOS, LA
NIÑO QUE VINO DEL MAR, EL
NOCHES DE LUCIANA, LAS
NOVENO MANDAMIENTO, EL
NUEVO AMANECER
NUEVO RICO NUEVO POBRE
NUNCA TE OLVIDARE
OBSESION
OLVIDARTE JAMAS
OTRA MITAD DEL SOL, LA
OTRA, LA
PABLO Y ANDREA
PADRE CORAJE
PAIS DE LAS MUJERES, EL
PALABRA DE MUJER
PAMPA ILUSION
PARAISO
PARAISO ROCK
PARIENTES POBRES, LOS
PASION
PASION DE GAVILANES
PASIONES PROHIBIDAS
PATITO FEO, EL
PATRON DE LA VEREDA, EL
PECADOS AJENOS
PECADOS CAPITALES
PEDRO EL ESCAMOSO
PELUSITA
PEREGRINA
PERLA
PERLA NEGRA
PERRO AMOR
PICARA SOÑADORA, LA
PIEL DE OTOÑO
PLATEADOS, LOS
POBRE DIABLA
POBRE DIABLA
POBRE NIÑA RICA
POBRE PABLO
POR AMOR A GLORIA
POR QUE DIABLOS
POR TU AMOR
POR UN BESO
POTRA ZAINA, LA
PRECIO DE TU AMOR, EL
PRECIOSA
PRIMER AMOR
PRIMER AMOR A 1000 X HORA
PRINCESA
PRISIONERA
PRIVILEGIO DE AMAR, EL
PROVOCAME
PUEBLO CHICO INFIERNO GRANDE
PUNTO DE GIRO
PURA SANGRE
PURA SANGRE
QUE BUENA SE PUSO LA LOLA
QUINCEAÑERA
RAMONA
RAUZAN
REBECA
REBELDE 1ª TEMPORADA
REBELDE 2ª TEMPORADA
REBELDE 3ª TEMPORADA
REBELDE FAMILIA
REBELDE WAY 1ª TEMPORADA
REBELDE WAY 2ª TEMPORADA
REFUGIO, EL
REINA DE CORAZONES
REINA DE QUEENS, LA
RENCOR APASIONADO
RESISTIRE
REVANCHA, LA
REYES, LOS
RICOS TAMBIEN LLORAN, LOS
ROSALINDA
ROSANGELICA
RUBI LA DESCARADA
RUBI REBELDE
SABOR A TI
SAGA, NEGOCIOS DE FAMILIA, LA
SALOME
SE DICE AMOR
SE SOLICITA PRINCIPE AZUL
SECRETO DE AMOR
SECRETO, EL
SELVA MARIA
SENTIMIENTOS AJENOS
SEÑOR DE LA QUERENCIA, EL
SEÑORA
SEÑORA DEL DESTINO
SER BONITA NO BASTA
SHEIK
SIEMPRE TE AMARE
SIETE MUJERES
SIETE VECES AMADA
SIN CODIGO
SIN PECADO CONCEBIDO
SIN SENOS NO HAY PARAISO
SIN TETAS NO HAY PARAISO
SIN TI
SIN VERGÜENZA
SOBREGIRO DE AMOR
SOFIA DAME TIEMPO
SOLEDAD
SOLEDAD
SOLTERITA Y A LA ORDEN
SOMBRA DEL DESEO, LA
SOÑADORAS
SOÑAR NO CUESTA NADA
SOS MI VIDA
SOY GITANO
SUBETE A MI MOTO
SUEÑO DE AMOR
SUEÑOS Y CARAMELOS
TE AMARE EN SILENCIO
TE SIGO AMANDO
TE VOY A ENSEÑAR A QUERER
TENTACION
TERRA NOSTRA
TIEMPO NO PARA, EL
TIERRA DE PASIONES
TODO POR TU AMOR
TODO SOBRE CAMILA
TODOS QUIEREN CON MARILYN
TONTAS NO VAN AL CIELO, LAS
TOPACIO
TORMENTA DE PASIONES
TORMENTA, LA
TRAGA MALUCA
TRAICION, LA
TRAIDORA, LA
TRAPOS INTIMOS
TREINTA, LOS
TROPICO
TU O NADIE
ULTIMO VERANO, EL
USURPADORA, LA
VALE TODO
VALERIA Y MAXIMILIANO
VELO DE NOVIA
VENGANZA, LA
VERDAD DE LAURA, LA
VERDAD OCULTA, LA
VICTORIA
VIDAS PRESTADAS
VIUDA DE BLANCO, LA
VIUDA DE BLANCO, LA
VIUDA DE LA MAFIA, LA
VIVAN LOS NIÑOS
VIVIANA
VIVO POR ELENA
VOLTEATE PA QUE TE ENAMORES
XICA DA SILVA
YAGO PASON MORENA
YO AMO A JUAN QUERENDON
YO AMO A PAQUITA GALLEGO
YO SOY BEA
YO SOY BEA 2ª TEMPORADA
YO SOY BETTY LA FEA
YO VENDO UNOS OJOS NEGROS
ZINGARA
ZONA ROSA
ZORRO, LA ESPADA Y LA ROSA, EL


Mensagem enviada Dec 4, 2008, 7:33 AM
do endereço IP 80.174.118.108


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Olá a todas, fico só esperando Raquel colocar os capítulo para ler seus comentários

by Sueli

Oi Raquel,obrigada mais uma vez por nos dá essa oportunidade de rever é reviver essa linda história de amor.
bjs

Mensagem enviada Dec 3, 2008, 4:54 PM
do endereço IP 189.13.247.40


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eu também adoro rever.

by Débora

e só tenho paciência pra ver assim.

Mensagem enviada Dec 3, 2008, 8:42 PM
do endereço IP 201.78.211.119


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É gente...

by

e sempre que tiver alguma coisa pra comentar, mesmo que seja só uma frase , comente! hehehehhee
Pq aqui com certeza todo mundo será lido!!!

:D

beeeijos
;**

***

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Mensagem enviada Dec 4, 2008, 10:31 AM
do endereço IP 189.25.10.130


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Oi Débora seu útimo banner estava lindo

by Sueli

gostaria muito um de presente com meu nome desde já agradeço

Mensagem enviada Dec 4, 2008, 1:17 PM
do endereço IP 189.13.247.40


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* * * CORAZÓN SALVAJE * * * (((capítulo 10)))

by

parte 1



parte 2



parte 3



parte 4



parte 5 e final



creditos a Elsi2008 (http://br.youtube.com/user/Elsi2008)



***

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Mensagem enviada Dec 3, 2008, 10:46 AM
do endereço IP 189.25.31.41


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eu confesso....

by

que era doida pro Andres se arrepender e numa dessas conversas legais e fofas que eles tem , ele acabasse se apaixonando pela Monica!! *.*
Claro que o Juan é bem melhor, mas sei lá, eu aolho e acho bonitinho!! hahahhaa

Aaaaah o que é aquele final que ela com cara de má diz que adoraria que Aimée engolisse aquelas palavras! hahahahahaha Do mal, amei!!!!

ps. o que é aquilo que a monica lava na piazinha de lavar a cara? é uma meia??? o.O
ahsuhauhuhsuahsuhauhsuahusuahsuhaushuahsuhasuahsua



beeijos negas!!!

***

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Mensagem enviada Dec 3, 2008, 10:49 AM
do endereço IP 189.25.31.41


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É parece

by Ghy

uma meia ,estranho ela lavar ali ,né?E o penteado da Sofia,vixee...E começou a novela dentro da novela "A gaveta de Sofia" .Também me parecia que Andres iria se enamorar de Monica e ele tava fofo mesmo..A piriguete diz que é a tal na cama mas tá sempre controlando qualquer ato da irmã.
Bisouxxx

Mensagem enviada Dec 3, 2008, 4:43 PM
do endereço IP 189.33.196.202


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essa gaveta...

by

é uma palhaçaaaaaaaaaaaada, sem contar que essa carta vai passar na mão de metade do elenco! hahahaha

***

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Mensagem enviada Dec 4, 2008, 10:36 AM
do endereço IP 189.25.10.130


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Re: eu confesso....

by Débora

eu também queria que o André tivesse se apaixonado pela Mônica,principalmente pra matar a Aimé de raiva,mas eu nunca achei o André bonito, ele é muito sem sal e aquela meia eu também não entendi.

Mensagem enviada Dec 3, 2008, 8:40 PM
do endereço IP 201.78.211.119


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muito!

by

muito sem sal! mas eu queria, pq tb achava a monica sem sal e que eles faziam um bom par! hahahaha

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Mensagem enviada Dec 4, 2008, 10:35 AM
do endereço IP 189.25.10.130


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comentando.

by Débora

acabei de ver os três ultimos capítulos agora,fiquei um pouco atrasada por causa de uns problemas na net,mas vi tudo.O bom dessa novela é que cada capitulo é mais emocionante que o outro,enquanto o coitado do Juan se arrisca ganhando dinheiro pra casar,a insuportável tava no bem bom ,esse capitulo foi um dos que eu mais detestei a Aimé primeiro com aquela história dela ser a tal na cama,depois implica com a Mônica pq ela ajudou o velho e por fim o que ela disse no fim, como eu gosto quando ela engole tudo que disse depois que o Juan se apaixona pela Mônica e o bom é que o Juan também muda muito, ele era muito arrogante e o jeito que ele debocha da Mônica chamando ela de fria...tá certo que a Mônica também julga ele pelas aparências, mas o Juan devia ser mais compreensivo até pela vida que ele leva e por ser mais vivido.

Mensagem enviada Dec 3, 2008, 8:36 PM
do endereço IP 201.78.211.119


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Re: comentando.

by

resumindo... todo mundo paga a lingua!! hahahaha
e essa coisa da Aimée ser isso tudo na cama... affe. Depois que o Juan gamar na Monica, vai atras dela até machucado querendo fazer besteirinha! hashuahuhsuahusa

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Mensagem enviada Dec 4, 2008, 10:43 AM
do endereço IP 189.25.10.130


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Besteirinha...!!???Kkkkkkk.nt

by Ghy

Om Shanti Om

Mensagem enviada Dec 4, 2008, 7:06 PM
do endereço IP 189.33.203.12


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Re: comentando.

by

Besteirinha??? Do jeito que as irmãs brigavam pra ficar com o João, a Besteira devia ser ENORMEEE... kkkkkkkkkkkkkkkkk

Mensagem enviada Dec 5, 2008, 5:44 PM
do endereço IP 200.165.247.39


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nossa senhora....

by

como diz a parenta...
PREFIRO NÃO COMENTAR!

ahsuahsuahsauhsuahushauhsuahsuahs

***

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Mensagem enviada Dec 5, 2008, 7:50 PM
do endereço IP 189.25.53.60


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Me encantaaaaaa el final

by Patricia

Ese final me encanta, será que yo alguna vez pensé algo parecido...jaja

Mensagem enviada Dec 4, 2008, 7:59 PM
do endereço IP 83.45.142.117


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a mi me pareció...

by

que Monica iba a cambiar totalmente después de esta escena.... lo que no sucedió jajajaja


mmmm, a ti te ha pasado algo así?? cuentanos cuentanos!!! jajajajaja

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Mensagem enviada Dec 5, 2008, 11:52 AM
do endereço IP 189.25.168.87


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* * * CORAZÓN SALVAJE * * * (((capítulo 09)))

by

parte 1


parte 2



parte 3



parte 4



parte 5



creditos a Elsi2008 (http://br.youtube.com/user/Elsi2008)

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Mensagem enviada Dec 2, 2008, 10:04 AM
do endereço IP 189.25.107.233


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acho lindo...

by

... e muito engraçado o encontro da mónica e do juan na porta do convento hahahaha

ai, a tereza não tinha que ter sumido, é a única amiga de monica..... tadinha..

Aimée nem comento mais, perdida pecadora! hahaha

***

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Mensagem enviada Dec 2, 2008, 10:13 AM
do endereço IP 189.25.107.233


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ah só mais uma coisa...

by

o que são esses sonhos da monica????? ousados, não? ^^

***

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Mensagem enviada Dec 2, 2008, 10:15 AM
do endereço IP 189.25.107.233


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oi

by

raquel,depositei o dinheiro, espero os dvds , antes do natal , por favor. quanto aos sonhos da monica , ousados mesmos, mas era a sensualidade e sua sexualidade que ainda não havia despertado , esperando o mestre lhe ensinar, por isso ele também ficou apaixonado , ela era doce, terna , mas muito sexi, apaixonada, sensual...!!

Mensagem enviada Dec 2, 2008, 5:27 PM
do endereço IP 201.75.50.40


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Elianete !!

by

vc recebeu meu e-mail sobre aquela conta????


***

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Mensagem enviada Dec 2, 2008, 8:59 PM
do endereço IP 189.25.107.233


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raquel

by

sim , estou mandando o boleto por email,que bom que voce está on line, estou revendo os comentários e estou adorando a enquete , apesar de ter que estudar muito para a faculdade, estou me distraindo co cs

Mensagem enviada Dec 2, 2008, 9:13 PM
do endereço IP 201.75.50.40


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Ai que bom!!

by

se quiser me add no msn tambem, esses dias estou bastante tempo online!

msn: kelfer19@yahoo.com.br


um beijo, vou esperar o e-mail!
;D

***

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Mensagem enviada Dec 2, 2008, 9:24 PM
do endereço IP 189.25.107.233


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Pobre Juan

by Ghy

está cheio de sonhos e vai se dar mal...
Como é chata a Aymee com esses faniquitos de ciumes da mãe com Monica e agora com Andres.
Bisouxx

Mensagem enviada Dec 2, 2008, 7:00 PM
do endereço IP 189.33.192.128


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Re: Pobre Juan

by

ela é mala até o infinito, e já não tenho adjetivos tuins pra ela!!!

***

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Mensagem enviada Dec 2, 2008, 9:05 PM
do endereço IP 189.25.107.233


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pobre juan

by

precisava acontecer isso conm o juan , senão ele não conheceria o verdadeiro amor e Ela ele.!!!

Mensagem enviada Dec 2, 2008, 9:15 PM
do endereço IP 201.75.50.40


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Alguém

by Ghy

tá seguindo alguma novelinha na justintv?
Bisouxx

Mensagem enviada Dec 1, 2008, 8:23 PM
do endereço IP 189.33.213.239


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Re: Alguém

by

eu desisti! hahaha toda vez que eu ía acompanhar alguma coisa um belo dia eu chegava e ficava fora do ar durante dias! hahahaha

agora eu só assisto o HOY *.*
por causa do laguaaardia que eu aaaaaaaaamo!!!

***

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Mensagem enviada Dec 2, 2008, 12:08 AM
do endereço IP 189.25.154.31


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Me puedes pasar el link para ver Hoy??

by Patricia

wink.gif

Mensagem enviada Dec 2, 2008, 7:22 AM
do endereço IP 83.45.142.117


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aqui

by

http://pt.justin.tv/dansertv

es las 9am de méxico =D

***

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Mensagem enviada Dec 2, 2008, 9:44 AM
do endereço IP 189.25.107.233


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Muchas gracias Raquel

by Patricia

wink.gif

Mensagem enviada Dec 2, 2008, 10:45 AM
do endereço IP 83.45.142.117


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Que bom que vc

by Ghy

comentou isso Faz tempo que tenho link mas só tem uns dias que me lembro e dou uma miradita,mas é muito fora de hora.Se sai do ar melhor nem começar.Me interessei por uma que está trabalhando o Poza (me encanta),mas nem sei o nome.
Bisouxxx

Mensagem enviada Dec 2, 2008, 7:06 PM
do endereço IP 189.33.192.128


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Re: Que bom que vc

by

acho que é juro que te amo... não sei. é com a paty navidad?

***

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Mensagem enviada Dec 2, 2008, 9:06 PM
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Poza trabaja en

by Patricia

La novela Alma de Hierro happy.gif

Mensagem enviada Dec 3, 2008, 11:49 AM
do endereço IP 83.45.142.117


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Gracias Paty!nt

by Ghy

Om Shanti Om

Mensagem enviada Dec 3, 2008, 10:56 PM
do endereço IP 189.33.196.202


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Download Novela

by

Oi Pessoal
Como todos também adoro a novela e já assisti tudo, mas gostaria de baixar para guardar, fora o ares e o youtube, vocês sabem onde posso baixar a novela em links diretos?
Um grande abraço!

Mensagem enviada Dec 1, 2008, 5:41 PM
do endereço IP 189.72.119.50


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posso procurar...

by

... geralmente tem em foros de novelas , vc se cadastra e acessa os tópicos onde eles colocam os links (quase sempre do megaupload) para baixar. Se eu souber de algum deixo aqui.

beijo!

***

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Mensagem enviada Dec 1, 2008, 6:09 PM
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* * * CORAZÓN SALVAJE * * * (((capítulo 08)))

by

parte 1



parte 2



parte 3



parte 4



parte 5 e final



creditos a Elsi2008 (http://br.youtube.com/user/Elsi2008)



***

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Mensagem enviada Dec 1, 2008, 4:44 PM
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Finalmente...

by

... o encontro no penhasco!!!! Mas aquela situação constrangedora da Monica sala affe ninguem merece!!! Nem isso e nem aquela malinha da Azucena... Só o Juan pra ter saco com ela...

Bom, O Juan devia ser mais esperto, se ele já tava desconfiando da visitinha do Andres devia investigar e não sair de viagem o.O Bocó


Aiin, eu amo esse vestido rosa da Aimée!! hehehe

***

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Mensagem enviada Dec 1, 2008, 4:54 PM
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Uiaaa

by Ghy

que capitulo!!Ou a véia aqui tá mais carente ou esse Juan está todo tierno, y guapo y sexy y y y cosaaaaaaa.
Bisouxxx

Mensagem enviada Dec 1, 2008, 7:57 PM
do endereço IP 189.33.213.239


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kkkkkkkkkkkkkkkkkkkk

by

né não nega!! nesse cap ele tá abusaaaaaaando do direito!! e pensar que melhores ainda ainda virão hein? ô calor!! hahahahahhaa

***

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Mensagem enviada Dec 2, 2008, 12:14 AM
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Re: kkkkkkkkkkkkkkkkkkkk

by

Estes primeiro capitulos são bons para vermos como Juan muda por amor a monica.

Mensagem enviada Dec 2, 2008, 6:33 PM
do endereço IP 189.92.152.128


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João e Monica - meu assunto favorito

by

Você falou num ponto que eu adoro dissertar: a mudança do João pela Monica. Ambos os personagens são os mais interessantes da novela como um todo, e não só por que são protagonistas, mas porque tanto o João quanto a Monica sofrem mudanças ao longo da trama. No caso, João foi o que sofreu mudanças mais radicais, por assim dizer. Monica se fortaleceu. Ela vivia um conto de fadas que não deu certo, então, acabou casando com o "ogro", que mais tarde, provou ser muito mais interessante que o príncipe. João é o responsável pelas mudanças em Monica. Agora ela questiona, se rebela, dá sua opinião... Algo que não teria acontecido se ela tivesse se casado com Andrés. Esse bocó tem uma mãe pior que a Endora (lembram da mãe da Samanta - A Feiticeira?), e muito provavelmente, sua vida seria regida de acordo com as vontades de Sofia. Já com João não. Ela ganhou liberdade (algo totalmente improvável no casamento com André). Monica perdeu o príncipe, mas a realidade se mostrou muito mais doce. João, além de ser TDB, agora toma banho com frequência (brincadeira...).

Agora, a mudança do João... Eu poderia ficar o dia todo falando sobre isso. Lembram como ele é arrogante nesta primeira fase? Acho imperdoável o jeito que ele se refere a Monica neste início. Aimée é só um pedaço de carne suculento pra ele (digam o que disserem, mas essa daí não tem um pingo de conteúdo); alguém se lembra de alguma conversa sobre amor com Aimée e João? Posso estar enganada, mas eu não me lembro. Agora, com o João e a Monica... Meu Deus do céu... O que era aquilo? Quem era aquele homem totalmente derrubado pelo amor da mulher amada? Se alguém pegou o bonde andando, ou seja, a novela no meio, não vai nem desconfiar de como o João era a.M. (antes da Monica). Antes, o olhar dele era agressivo, sensual, predador... Depois com a Monica, passou a ser doce, meigo, carinhoso... Com uma sensualidade delicada, ou seja, o cara ficou tudo de bom...
BJS!

Mensagem enviada Dec 2, 2008, 8:58 PM
do endereço IP 200.165.248.111


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concordo

by

concordo com voce, o juan e monica se descobriram como jamasi pensaram acontecer, e por isso foram felizes para sempre, que nem um conto de fadas!!!!

Mensagem enviada Dec 2, 2008, 9:19 PM
do endereço IP 201.75.50.40


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Re: João e Monica - meu assunto favorito

by

acho que a arrogância não era o principal , e sim o orgulho que, depois de se apaixonar, ele deixaria de lado pelo que fosse. A mónica foi algo totalmente novo no mundo dele, acredito que a novidade tenha sido mais dificil de acreditar pra ele que pra ela! Essa mudança nele ja dava pra ser esperada desde antes, naqueles surtos paternais que ele tinha com a chatinha da azucena...

A Monica mudou muito, até demais, ao ponto de ser coisa de novela mesmo... Acho que se ela tivesse conservado ao menos alguma coisa da personagem que era no primeiro mês a historia seria ainda mais interessante (sera que isso é possivel?) Ela tinha muitos ideais, o que fazia ela ser diferente das moças superficiais... E a escola que ela queria montar? E ajudar a crianças, trabalhadores... E os livros que ela nunca mais apareceu lendo nenhum? Essa foi a única parte que eu achei que não deveria ter mudado.


uff falei
hahahaha

beeeijo!!

***

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Mensagem enviada Dec 2, 2008, 9:22 PM
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mudanças

by

tinham que mudar para se descobrirem , e se encantaram !!!

Mensagem enviada Dec 2, 2008, 9:46 PM
do endereço IP 201.75.50.40


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Si pero....

by Patricia

es que al casarse con Juan como que no había tiempo para hacer nada de lo que tú dices como la escuela, etc, porque rápidamente se le presentan problemas, que metan a Juan en la cárcel, las disputas entre los hermanos, que si murió o no Juan...
Si hubiera tenido una vida más tranquila quizás lo podría haber realizado.

Mensagem enviada Dec 3, 2008, 11:56 AM
do endereço IP 83.45.142.117


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Re: Si pero....

by

la vogada de Monica =O Patricia Manzera! jajajajaja
es broma Paty! jajaja
Tienes razon!
Pero ella ni siquiera toco el tema durante el resto de la telenovela "/

ai pobrecita , cuando no era el marido, era la madre, la hermana, el andres psicopata, mariana aburrida, toooodos encima


***

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Mensagem enviada Dec 3, 2008, 3:53 PM
do endereço IP 189.25.90.113


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BOCÓ

by

adorei esse seu bocó

Mensagem enviada Dec 2, 2008, 9:17 PM
do endereço IP 201.75.50.40


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Re: BOCÓ

by

haushuashuahushuahsuauhsua

é quando o cara é tão besta, que um besta seria mais inteligente que ele! hahahaha


nesse caso foi um bocózão!!

***

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Mensagem enviada Dec 2, 2008, 9:25 PM
do endereço IP 189.25.107.233


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bocó

by

kkkkkkkk!!voce é muito divertida raquel, ve se chegou o meu email

Mensagem enviada Dec 2, 2008, 9:53 PM
do endereço IP 201.75.50.40


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Re: * * * CORAZÓN SALVAJE * * * (((capítulo 08)))

by Patricia

Bueno que decir de este capitulo, pues que la escena del risco me encanta, la puede ver mil veces seguida jeje.

Tambien me encanta la relación de Juan con Don Noel, como padre e hijo, me dió risa cuando Juan dice que la que le gusta no es una cualquiera jajajaja.

La escena de Juan y Azucena donde ésta dice que antes se mata que entrar al convento y el le dice sonriendo Mátate!jaja que carita.

Bueno y que me decís de la cara de asco cuando Andrés besa a Aimée, y luego haciéndose la santita...

Mensagem enviada Dec 3, 2008, 12:09 PM
do endereço IP 83.45.142.117


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# # # # Corazón Salvaje - La Película # # # #

by

Como hoje é domingo, vamos ver filme ao invés de novela! hehehe Aqui deixo os vídeos do filme de 1968, com Angélica Maria. A história do filme não é muito fiel à novela e sim ao livro, e à principio o Juan é meio esquisito, mas eu adoro esse filme!! Espero que gostem!!

Parte 1


parte 2



parte 3



parte 4



parte 5



parte 6



parte 7



parte 8



parte 9



parte 10




creditos a Yolima39 (http://br.youtube.com/user/yolima39)

***

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Mensagem enviada Nov 30, 2008, 10:18 AM
do endereço IP 189.25.83.129


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((( link para download )))

by

Se alguem quiser baixar este é o link:


http://www.megaupload.com/?d=EI4KNKMG

a imagem é a mesma dos videos do youtube, infelizmente, mas vale a pena guardar de lembrança ;D


beeeeeeeeeeeijos
;**

***

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Mensagem enviada Nov 30, 2008, 10:23 AM
do endereço IP 189.25.83.129


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Gracias Raquel

by Patricia

Me la bajé ayer y ya la vi. Estuvo bien, un poco distinta a la novela pero interesante. Imagino que es más fiel al libro que aún no lo leí.

Pero faltó por lo menos un beso, digo yo jeje.

Mensagem enviada Dec 1, 2008, 10:11 AM
do endereço IP 83.45.142.117


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uuuui...

by

pero faltó muchisimas cosas que solo se pueden ver en la telenovela jajajajaja
pero es la novia de mexico verdad? jajaja la mama de nuestra reina, no puede besar a cualquiera aun mas tan chiquita como estaba jajajajajajaja
no no, en serio, si es mas fiel al libro, la novela no tiene mucho que ver de una manera general (pero esta muchisimo mas chida jajaja) doña angélica (en esta época angeliquita maria jaja) se parece más a la tierna monica del libro...


muuuuuchos besos Paty!!!

***

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Mensagem enviada Dec 2, 2008, 12:12 AM
do endereço IP 189.25.154.31


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Já havia

by Ghy

visto la peli anos atrás. Foi a Cris P que me enviou em Vhs..heheh
Vi de novo agora.Aymée é uma peruaçaaa!!!Esse Juan é mais intensooo.Pena que tá ruim e parece sempre um carvoeiro e não um marinheiro.Renato é mais bonito que Andres e Monica é Angelica que me gustaaaa.Tá faltando uma parte boa nesses links de Yolima. A parte que falta busquei e se pode ver nos caps 12 13 e 14 de bettyvenere.
Bisouxxxx

Mensagem enviada Nov 30, 2008, 4:32 PM
do endereço IP 189.33.199.107


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ih nega, jura?

by

na verdade eu não conferi "/
mas o link funciona e o filme ta inteiro, minha amiga baixou e disse que tá ok!

sorry "/

***

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Mensagem enviada Nov 30, 2008, 5:03 PM
do endereço IP 189.25.83.129


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FORUM AO VIVO

by

Adoro vcs!
Sempre compartilhando tudo conosco.
UM DIA DEVERIAMOS TODAS NÓS PESSOALMENTE FAZER UM FORUM DE CS!!! SERIA OTIMO.
Trocariamos figurinhas e mais informações.
Obrigada e bjs

Mensagem enviada Nov 30, 2008, 6:35 PM
do endereço IP 189.92.141.71


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Gostei da idéia!!

by

Quer amadurecer a idéia?...Conheço quem possa montar...mas o fato é que se todas nos transferirmos pro Forum, esse site vai ficar parado.....

Eu sei, pq é o que acontece com o de O&P, todo mundo se bandeou pro Orkut...

Mas sem dúvida o Forum é muito mais interativo..

Mensagem enviada Nov 30, 2008, 11:43 PM
do endereço IP 201.51.195.187


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Eu tenho uma idéia..

by

A gente pode ir continuando por aqui já que cada uma de nós tem horários diferentes. Mas a gente pode instalar o skype e marcar conferencias por lá de vez em quando. O programa é muito mais leve que o msn, e podemos fazer chats de voz com ótima qualidade, mesmo se a pessoa tiver internet discada. Eu acho muuuuuuuuuito legal, a gente podia tentar entre a gente tambem =D


beeeeeeeeeijos
;**

***

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Mensagem enviada Dec 1, 2008, 4:46 PM
do endereço IP 189.25.154.31


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eu topo

by

Deixar nosso forum morrer JAMAIS!!!!!!!!!!!
Mias a ideia é excelente. bjs


Mensagem enviada Dec 2, 2008, 6:27 PM
do endereço IP 189.92.152.128


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Olha meu novo banner.

by Débora

esse banner tem uma poesia do Vinicius de Moraes que eu achei que tinha tudo a ver com Juan e Mônica.O que vcs acharam?
[linked image]
Aqui a poesia:
Canção do amor que chegou

Eu não sei, não sei dizer
Mas de repente essa alegria em mim
Alegria de viver
Que alegria de viver
E de ver tanta luz, tanto azul!
Quem jamais poderia supor
Que de um mundo que era tão triste e sem cor
Brotaria essa flor inocente
Chegaria esse amor de repente
E o que era somente um vazio sem fim
Se encheria de cores assim

Coração, põe-te a cantar
Canta o poema da primavera em flor
É o amor, o amor chegou
Chegou enfim



Mensagem enviada Nov 29, 2008, 7:48 PM
do endereço IP 189.50.3.98


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Calendário.

by Débora

para quem não viu deixo meu calendário, já tinha postado lá atrás mas acho que ninguém viu.
[linked image]

Mensagem enviada Nov 29, 2008, 7:57 PM
do endereço IP 189.50.3.98


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Lindo Lindo Lindo!!

by

Muito lindo Debora...Parabéns!!!



Mensagem enviada Nov 29, 2008, 9:37 PM
do endereço IP 201.51.195.187


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Re: Lindo Lindo Lindo!!

by Anonymous

Adorei... Copiei e tudo... kkkkkkkkkkkkkkkkkk

Mensagem enviada Nov 29, 2008, 10:23 PM
do endereço IP 200.165.246.75


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Ai Debs!!

by

que lindo amiga!!!
desculpa se eu não vi antes!!
mas agora já está salvo aqui no meu pc ;D


beeeijos amoore!!

***

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Mensagem enviada Nov 30, 2008, 10:38 AM
do endereço IP 189.25.83.129


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Re: Lindo Lindo Lindo!!

by Ghy

.

Mensagem enviada Nov 30, 2008, 5:44 PM
do endereço IP 189.33.199.107


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Oi Débora, como vou denominar esse banner, lindo,maravilhoso espetacular

by Sueli

para mim e tudo isso é muito mais, um grande abraço


Mensagem enviada Dec 3, 2008, 4:44 PM
do endereço IP 189.13.247.40


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* * * CORAZÓN SALVAJE * * * (((capítulo 07)))

by

Parte 1



Parte 2



Parte 3



Parte 4



Parte 5 e final




créditos a Elsi2008 (http://br.youtube.com/user/Elsi2008)

***

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Mensagem enviada Nov 29, 2008, 11:55 AM
do endereço IP 189.25.186.177


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Re: * * * CORAZÓN SALVAJE * * * (((capítulo 07)))

by

ai gente, o Andres todo bonzinho e o Juan boladão... Tadinho..

na hora que a Mónica fala que a vocação dela não é uma farsa, a Aimée manda um 'yo te creo' muuuuuuito comédia!! hahahahahhahahahaha


Deteeeeeesto o Juan falando de casamento com a Aimée.... A bicha não fica nem um pouquinho emocionada... marrrdita.

Ai, aquela prisão me dá calafriiios !!!! E o espíndola é muito podre! eca

***

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Mensagem enviada Nov 29, 2008, 12:17 PM
do endereço IP 189.25.186.177


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Re: * * * CORAZÓN SALVAJE * * * (((capítulo 07)))

by Débora

eu detestei aquela parte que ele fala de casamento e além de tudo eles debocham da Mônica e o Juan fala que ela é fria como uma pedra de gelo e aquela cara de inveja do Alberto quando André fala que vai casar com Aimé, já que ele sempre desejou ela.
Mas o que eu menos gosto é a Mônica continuar uma idiota com aquela cara de doente, eu gosto mesmo é quando ela é expulsa do convento,aquela vocação dela não convence ninguem.

Mensagem enviada Nov 29, 2008, 3:08 PM
do endereço IP 189.50.3.98


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Já tinha postado antes mas vale reforçar....só rolando um Vale Tudo!!

by

Tinha que rolar um vale tudo...tipo em "CELEBRIDADES" :

Maria Clara (MÔNICA) x Laura (AIMÉE)



Mensagem enviada Nov 29, 2008, 4:00 PM
do endereço IP 201.51.195.187


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kkkkkkkkkkkkkkkkkkkk

by

tranquilo!! por mim fechou!!
até porque a Mónica vai bater bem mais, do jeito que ela deu na cara do Juan, sobreviveu a terremoto e ainda correu na praia e pulou no mar uff essa é dura na queda!!! hahahaha


detalhe que eu to com a mente lá no final da novela!! hahahahaha

***

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Mensagem enviada Nov 29, 2008, 5:32 PM
do endereço IP 189.25.186.177


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Ya comentando el final...

by Patricia

y aún vamos en el 7! jeje no apures tanto.

Mensagem enviada Nov 29, 2008, 6:48 PM
do endereço IP 83.45.142.117


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foi a criação

by

Mônica foi criada para servir , mais graças a Juan e por amor a ele acaba mudando.
Já aimé a mãe nunca deu limites porque sempre a preferia das filhas(o que prova disso , é que qd D. Catarina soube do caso de Aimé com Juan , não fez nada).

Mensagem enviada Nov 29, 2008, 7:34 PM
do endereço IP 189.92.179.173


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Re: foi a criação

by Débora

a Catarina ainda obrigou a Mônica a não contar pra ninguém.

Mensagem enviada Nov 29, 2008, 7:44 PM
do endereço IP 189.50.3.98


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dona catalina

by

que nome mais conveniente cata lina, ensinou a aime aser quenga!!!

Mensagem enviada Dec 2, 2008, 9:28 PM
do endereço IP 201.75.50.40


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kkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkk (2)

by

E não é que é verdade ?!!

Gente, até hoje me pergunto, como uma pessoa toda arrebentada de um terremoto...tem forças pra andar tanto, correr pela praia, subir no penhasco, descer, subir de novo e se jogar lá de cima....Ter fôlego pra ir as profundezas, e suportar as ardências que o sal do mar deveria estar causando em seus ferimentos....e ainda assim ter fôlego pra dar um beijão daqueles e ainda não perder o Baby.....

Êta Mulher Guerreira.....Aimée escapou de uma boa!!!

Mensagem enviada Nov 29, 2008, 9:45 PM
do endereço IP 201.51.195.187


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Re: kkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkk (2)

by Elimar

Monica podia até participar da Olimpíadas... Seria na modalidade "Amor da sua vida em perigo". Eles jogariam o cara de um penhasco e vc teria que se jogar atrás... Quem pegar o bofe, nadar e dar o beijão mais rápido leva a medalha de ouro... Andreia??? Quer participar? kkkkkkkkkkkkkkk

Mensagem enviada Nov 29, 2008, 10:18 PM
do endereço IP 200.165.246.75


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Vc quer competir comigo Elimar ?

by

Vc sabe que eu ganharia....Nessa nem MÔnica me ganha rsrsrsrsrsr

Mensagem enviada Nov 29, 2008, 10:28 PM
do endereço IP 201.51.195.187


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Re: Vc quer competir comigo Elimar ?

by

Com toda a certeza, a medalha de ouro é sua Andreia... Eu ia ficar no amadorismo mesmo... kkkkkkkkkkk

Mensagem enviada Nov 29, 2008, 10:37 PM
do endereço IP 200.165.246.75


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mas que quebra pau é esse aqui??

by

hahahahahahahhahaa

pelo Juan... tudooo!!!!

***

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Mensagem enviada Nov 30, 2008, 10:39 AM
do endereço IP 189.25.83.129


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Que sacanagem com a Monica...

by

O pior desse capítulo é o deboche com que João e Aimée falam da Monica. A Aimée eu relevo, porque ela é uma vaca mesmo e ponto final, mas o João... Para alguém que vivia a própria vida e se achava tão bom conhecedor das pessoas, ele julgou a Monica rapido demais... Eu fico me perguntando como um homem vivido como João caiu na lábia da Aimée? Na verdade, ele nem se apaixonou por ela (pelo menos é o que eu acho). O fato de uma mulher do nível da Aimée (que depois se revelou baixíssimo nível)ter se interessado por ele, e ter tido coragem de se intregar, sem pensar nas consequências, mecheu com ele. E também, acho que desde o início João revelava o anseio de ter uma família. Naquele momento, Aimée era a mulher da vez. Pensando friamente, era bem provável que ele não largasse sua vida errante com ela. Tudo bem que a viagem era para ter melhores condições de vida, e assim, dar uma vida decente para Lady Kate, ops, quer dizer, Aimée... Mas logo ele teria percebido o espírito fútil e vazio de sua esposa (muito provavelmente, ela viraria uma Sofia, só que galinha...), e teria sido exatamente com o seu pai Francisco (porque aquele lá dava umas ciscadas fora de casa... Nem vem que não tem...).
Vou confessar que quando vi essa cena pela primeira vez, eu detestei o João. Como a novela ainda uma incógnita pra mim, eu acreditava que Monica e Andrés ainda eram o par romãntico dessa novela. nunca na minha vida eu ia acreditar que os dois não tinham nada a ver um com o outro. Depois que o João volta rico e com escova progressiva, aí eu vi qual era a jogada da Caridad Bravo Adams...

Ah, antes que eu me esqueça... Acho que a Aimée tinha que levar na cara mesmo. A minha sugestão da bíblia é legal né gente? Afinal, a palavra de Deus tem poder...

Mensagem enviada Nov 29, 2008, 10:14 PM
do endereço IP 200.165.246.75


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Re: Que sacanagem com a Monica...

by

Menina , concordo com vc tudoooooooooooo
ESTOU AMANDO ESTES COMENTARIOS ESTÁ TUDO DE LINDO , ME SINTO MUITO FELIZ , COM TODAS NÓS PARTILHAMDO NOSSAS OPINIÕES E DESEJOS.
BJS

Mensagem enviada Nov 30, 2008, 6:28 PM
do endereço IP 189.92.141.71


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eu também!!!

by

E eu fico imaginando a gente em um chat de voz!!! Ia ser muito bom!!!!!!

***

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Mensagem enviada Dec 1, 2008, 4:56 PM
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ok

by

por isso a novela fez tanto sucesso, caridad é a janete clair brasileira,!!!

Mensagem enviada Dec 2, 2008, 7:20 PM
do endereço IP 201.75.50.40


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Patricia

by Anonymous

Bueno voy a comentar este capi:

He de decir que me encanta cuando llega Juan a su casa y se va a desnudar delante de Aimée y ella dice que delante de ella no, y él le dice que no le mandó entrar en su habitación. happy.gifhappy.gifhappy.gif ¡Qué mala leche (como decimos por aquí) tenía a veces este hombre!

Buen gesto de Andrés haberle ayudado a Juan y de Alberto también ¬¬ jaja quien les iba a decir que iban a acabar odiándose.

Y que chismoso el Alberto queriendo ver como es Mónica.

Y la escena de la cantina wow que cara pone Juan me da miedo hasta a mí jejeje

Mensagem enviada Nov 29, 2008, 7:26 PM
do endereço IP 83.45.142.117


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ups puse mi nombre en el titulo del mensaje jaja

by Patricia

que mal estoy

Mensagem enviada Nov 29, 2008, 7:44 PM
do endereço IP 83.45.142.117


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Ai Alberto es lo más aburrido!!

by

como una mosca tras el dulce, y cuando yo pienso que se va de la novela , ahi esta el de regreso jajajajjaa

***

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Mensagem enviada Nov 30, 2008, 10:44 AM
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Juans e Mônicas

by Débora


Eu acho o nosso Juan o mais bonito de todos,o que vcs acham?
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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 8:44 PM
do endereço IP 201.78.175.251


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Palomo..Palomo..Palomo!!

by

Não houve e não haverá outro Juan del Diablo como o Lalo!!!

E nem vem HISTORIADORA INCENDIÁRIA!!! Pra quem não sabe esse é o apelido carinhoso de nossa amiga Elimar.

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AMOR ETERNO


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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 11:18 PM
do endereço IP 201.51.195.187


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De novo .. esse negócio não gosta de mim!!

by

Ta saindo anôminimo direto..que coisa...


LALO AMOR ETERNO...TE AMO ..TE AMO ..TE AMO


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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 11:28 PM
do endereço IP 201.51.195.187


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bem hot aquela primeira foto hein? hahahaha

by

realmente os outros 'Juans' deixaram muito a desejar...

Mas eu confesso que a princípio eu achava o Palomo feio :P
mas depois foi paixão!! e agora não existe outro como ele *.*

***

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Mensagem enviada Nov 29, 2008, 11:58 AM
do endereço IP 189.25.186.177


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o amor

by

o amor e assim ,se descobre aos poucos e fica eternamente palomo!!!

Mensagem enviada Dec 2, 2008, 7:49 PM
do endereço IP 201.75.50.40


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O segundo

by Ghy

é feiooooooo!!!Lizalde tava bem ,mas E P ganha longeeeee
Bisxx

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 11:54 PM
do endereço IP 189.33.210.200


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Tipo assim...

by

Como eu disse, Juan só o Palomo mesmo.
Mas Mónica......... Eu aaaamo demais a Edith nesse papel, mas achei a Angélica Maria no filme mais fiel a personagem do livro. E ela era tãããão fofa... Eu sei que eu sou suspeita pq ela é a mãe da minha Diva! hahahaha Mas ela era muito fofa!!!!! *.*

***

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Mensagem enviada Nov 29, 2008, 12:00 PM
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palomo!!

by

palomo sempre será o melhor, juan del diablo é ele , o persogem se apoderou do ator, seus olhos verdes, magnifícos!!!

Mensagem enviada Dec 2, 2008, 7:46 PM
do endereço IP 201.75.50.40


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Edith Gonzalez é a atriz do ano.

by Débora

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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 8:28 PM
do endereço IP 201.78.175.251


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Qual o nome do formol que ela usa?

by

Céus ela está super conservada, nem RENEW tem esse resultado....

Quem aki seria capaz de descobrir o creme que essa mulher usa?

Mas ela merece!! Linda como sempre!!

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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 11:12 PM
do endereço IP 201.51.195.187


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Saiu como anonimo mais foi meu o post daí de cima...

by

Ainda quero saber o nome do Formol!!!


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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 11:25 PM
do endereço IP 201.51.195.187


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olha nega...

by

nessas fotos que vc colocou não, mas naquela capa de revista o nome do formol é 'Photoshop' hahahahaha
Tipo, ela tá inteiraaaaaaaça em Doña Barbara, mas as ruguinhas um dia tinham que começar a aperecer né?

hehehe Mas brincadeiras a parte, acho ela merecedora de todos os premios e homenagens, pq ela é sinistra!!! A Angélica Vale devia tomar umas lições de Divesa com ela, porque as vezes parece que a Vale é mais velha que ela... "/ Tadinha da minha bichinha....

***

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Mensagem enviada Nov 29, 2008, 12:03 PM
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Re: olha nega...

by

Vai saber o que essa mulher toma. Eu já vi trabalhos dela depois de "Coração Selvagem" mas me dá uma dor no peito... kkkkkkkkkk
Eu sempre visualizo a Monica. Tá legal, eu sei que isso é besteira, mas pra mim ela vai se a Monica eternamente...

Mensagem enviada Nov 29, 2008, 12:37 PM
do endereço IP 200.165.250.187


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edith

by

a edith monica, porque sempre será, apesar de ser uma excelente atriz, acho que ela foi e continua apaixonada pelo palomo, eles tinham uma química fora do normal, vejam só o vídeo do rencontro com cristina, estupendo!!!ele a abraça eo tempo para, monica e juan!!!

Mensagem enviada Dec 2, 2008, 7:55 PM
do endereço IP 201.75.50.40


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Re: edith

by

ele foi um dos poucos atores que ela realmente gostou! Alias acho que o unico porque de todos os outros nunca disse nada de especial, e com ele sempre foi o maior bafafá! hahaha

***

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Mensagem enviada Dec 2, 2008, 9:28 PM
do endereço IP 189.25.107.233


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dinheiro também ajuda.

by Débora

pagando tratamentos maravilhosos qualquer um pode e claro que como a Raquel disse o photoshop faz milagres, mas mesmo assim a Edith continua ótima, tem atrizes que nem com tudo isso conseguem chegar perto e curioso também é que apesar de Dõna Barbara ser criticada, a Edith ainda é elogiada.

Mensagem enviada Nov 29, 2008, 3:13 PM
do endereço IP 189.50.3.98


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isso porque...

by

uma boa atriz tem detaque até em novelas ruins!!
não lembram de quando ela ganhou premio por mundo de feras, e agradeceu por ser o 'antagónico' mas 'protagónico' da vida dela?
hsahsauhsuahsuhauhsuahushuasa
arrasoooou com a Gabi Espino!!!




***

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Mensagem enviada Nov 29, 2008, 5:40 PM
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Re: isso porque...

by

OI!
Adorei o presente , Edith faz tudo maravilhosamente bem .
CURIOSIDADE a novela D. Barbara não esta fazendo sucesso ? porque?
bjs

Mensagem enviada Nov 29, 2008, 7:24 PM
do endereço IP 189.92.179.173


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Re: isso porque...

by Débora

eu acredito que o ibope seja bom,eu vejo criticas de fãs nos fóruns dizendo que a novela exagera nas cenas de sexo e violência , foge da história do livro e criticas as atuações dos de alguns atores.

Mensagem enviada Nov 29, 2008, 7:42 PM
do endereço IP 189.50.3.98


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eu acho..

by

...tudo na novela muito exagerado. A começar pela doña barbara na frente do espelho se alisando, se achando gostosa e dizendo que a menina adolescente filha dela jamais ía tirar o homem dela... affe demais em tosquice pra mim!! jajajajaja

***

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Mensagem enviada Nov 30, 2008, 10:47 AM
do endereço IP 189.25.83.129


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um bom final de semana para todas

by Sueli

agradeço de coração a todas vcs por manterem o fórum movimentado, pois e aqui que sou feliz deixo vcs com um lindo banner da Débora.
bjs
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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 5:19 PM
do endereço IP 189.71.18.85


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vc desenterrou um banner.

by Débora

esse é de quando eu ainda tava aprendendo, mas logo eu faço outro com as fotos que nós escolhemos,e Sueli se vc quiser dar sugestões de fotos eu faço mais.

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 5:50 PM
do endereço IP 201.78.175.251


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Tchauuu Su,gracias e pra vc tb.Nt

by Ghy

Om Shanti Om

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 7:17 PM
do endereço IP 189.33.210.200


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é Su

by

tomamos conta e ninguem tira mais a gente daqui! hahaha

***

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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 7:20 PM
do endereço IP 189.25.171.219


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Olá Elimar, fico feliz por ter vc aqui no fórum

by Sueli

não gosto de comentar, mais gosto de ler todos os cometário.
bjs

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 1:44 PM
do endereço IP 189.71.18.85


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Re: Olá Elimar, fico feliz por ter vc aqui no fórum

by

Pelos tamanhos dos meus posts, já deu pra ver que eu falo bem poquinho né? kkkkkkkkkk
BJS Sueli...

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 1:49 PM
do endereço IP 200.165.245.4


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Solta o verbo dona Su!!!!

by

pode até falar palavrão que eu deixo! hahahahahaha


beijos meu amoor!
;*

***

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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 2:05 PM
do endereço IP 189.25.171.219


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Dá corda pra Elimar mesmo!!

by

Vcs não conhecem essa pecinha,vão dando corda...ela fala pelos cutuvelos..rssrsrs

Brincadeira...Elimar é uma Grande amiga, gente boa, sangue bom....

Elimar é muito bom compartilhar com vc mais uma dos meus amores.."Coração Selvagem"

Coração Selvagem Sempre.....

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 3:00 PM
do endereço IP 201.51.195.187


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é bom falar muito

by Débora

Deixa a Elimar falar gente!!!

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 5:46 PM
do endereço IP 201.78.175.251


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Re: Dá corda pra Elimar mesmo!!

by

Ela fala assim mas me ama... Não vive sem mim... kkkkkkkkkk
Andreia e eu somos capazes de conversar três horas seguidas sobre "Coração Selvagem" e não se cansar... Isso sim é amor... kkkkkkkkkkkkkk

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 7:01 PM
do endereço IP 200.165.239.13


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sériooo? aiin que fazia muito isso! hahaha

by

vcs moram onde?? ^^

***

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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 7:19 PM
do endereço IP 189.25.171.219


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Re: sériooo? aiin que fazia muito isso! hahaha

by

Andreia e eu somos do Rio de Janeiro. Nos conhecemos por intermédio de uma comunidade de romances no Orkut, e desde então, nossas conversas por telefone tem batido recordes... kkkkkkkkkkk
A gente analisa todas as facetes de "Coração Selvagem". TInha ver como Andreia ficou quando eu disse que era a favor de um remake da novela... Ela quis me matar... kkkkkkkkkkkkkkkkkk
Até sinto pena do ator que vier a fazer o papel de João do Diabo... Depois do Eduardo Palomo, impossível comparar... O cara vai sofrer...

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 9:58 PM
do endereço IP 200.165.239.13


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aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah

by

deixa eu entrar na bagunça tambeeeeeeeeem!!!
vcs moram na cidade do Rio??

***

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Mensagem enviada Nov 29, 2008, 12:05 PM
do endereço IP 189.25.186.177


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Eu e Elimar moramos no Rio Capital!!

by

E vcs...aonde vcs moram?

Pô a gente poderia fazer um encontro Selvagem aki no RJ....Quem sabe?

Mensagem enviada Nov 29, 2008, 1:12 PM
do endereço IP 201.51.195.187


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fechou!!

by

vamos marcar! e pode me ligar se quiser!!!

;D

***

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Mensagem enviada Nov 29, 2008, 5:29 PM
do endereço IP 189.25.186.177


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Agora somos um trio...

by

Que dupla sertaneja que nada... Agora a onda é fazer um trio... kkkkkkkkkkkkkkkkk

Fala aí Contadora Selvagem? Pegou o telefone de Raquel? Vamos marcar... kkkkkkkkkkkkkkkkkk

Mensagem enviada Nov 29, 2008, 10:35 PM
do endereço IP 200.165.246.75


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os comentários da Elimar são ótimos.

by Débora

morri de rir com a história da Mônica jogar uma biblia na na cara da Aimé,eu sempre achei que ela devia perder um pouco da classe.E a comparação da Aimé com a Lady Kate é ótima,kkkkk.

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 7:56 PM
do endereço IP 201.78.175.251


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* * * CORAZÓN SALVAJE * * * (((capítulo 06)))

by

parte 1


parte 2


parte 3


parte 4


parte 5 e final


creditos a Elsi2008 (http://br.youtube.com/user/Elsi2008)

***

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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 9:42 AM
do endereço IP 189.25.171.219


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aaaaaaaaaaaah

by

o que é cara de pânico da Monica!! hahahaha
"Juan del Diablo el contrabandista??" Imagina se alguem diz a ela que ele vai ser o futuro marido dela!! hsuahuhsuasaahsuas

Agora tipo, enquanto uma irmã está ajoelhada rezando, a outra tá na cama do 'Diabo'... hahahahaha

Aimée se fazendo de santa com o Andres é muito pouco convincente cara... Ele é muito besta mesmo. Ela não tava nem um pouco preocupada em aceitar aquele anel, isso se notava a leguas!

Mas o top foi o sonho da Mónica!! Ai gente...
E depois disso a irmã ainda jogar na cara dela que ela tava despeitada por ter sido rejeitada foi forte demais...
Aquela hora que ela sai correndo na praia, eu sempre imaginei que seria legal se o Juan aparecesse e fosse falar com ela! hahahaha Imagina, ela de camisola, acho que morria! hahahaha

Agoora sim os babados começam a acontecer!
beeeijo enorme procês!!!

***

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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 9:49 AM
do endereço IP 189.25.171.219


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Pois é Raquel!!

by

Aimée é um tipinho inominável, não se importa com nada e ninguem. Faz o André de idiota, embroma a mãe e a tia, tira proveito do Juan e ainda massacra Mônica.

Monstro, Monstro, Monstro. Nada a comove, nada à sensibiliza, ela é uma aberração..

Por isso continuo a campanha...joguem os vestidos dela na fogueira, quem sabe dessa forma ela demonstre algum sentimento....rssrsrsrsrsr

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 10:06 AM
do endereço IP 201.51.195.187


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Juan e Mônica!!

by

Mesmo com todo susto, e o rápido encontro dos dois pombinhos...

Juan se impressiona com Mônica, pq de certa forma ele fica se questionando pq uma mulher bonita como ela resolveu ser Monja...e qdo ele mais tarde pergunta isso pra Monstra da Aimée, ela se dói pelo interesse dele....

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 10:08 AM
do endereço IP 201.51.195.187


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Ela é muito quenga!!!

by

menina, mas sabia que quando passava no sbt eu via com uma vizinha que adorava ela! a gente vivia discutindo! ahsuahusahsuhahsuahs
ela parou de ver a novela quando a Aimée morreu.. eu achei que eu tava livre, mas quando entrou a Mariana era pior, pq aquela sim eu odiava com todas as forças, mas todo mundo achava ela boazinha!
aarg!!! por isso eu ainda prefiro quando a aimée ta viva! hahahaha

***

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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 2:01 PM
do endereço IP 189.25.171.219


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Re: Pois é Raquel!!

by

Eu acho que a Aimée vai se transformando neste monstro. No início ela só era fútil e vulgar, mas ao longo da trama, quando vê seu mundo ruir por causa da irmã cristã e supostamente sem atrativos, ela se desespera. A situação se inverte completamente: antes, era a quenga que tinha o corpo de ambos os homens. Depois, a irmã fico com o corpo do mais velho (o diabão) e o carações de ambos. Ela pirou... Estou aderindo a campanha "Queimem os vestidos de Aimée, a quenga". Talvez ela melhore um pouquinho... kkkkkkkkk

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 2:30 PM
do endereço IP 200.165.245.4


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adorei

by

seu comentáriokkkk

Mensagem enviada Dec 2, 2008, 8:00 PM
do endereço IP 201.75.50.40


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faço minhas suas palavras.

by Débora

eu não canso de criticar Aimé,me revolto só de ver a cara dela e o pior é aquela musiquinha que toca nas cenas dela, é muito bonitinha pra uma quenga.A Mônica devia dar uma surra nela,principalmente naquela hora que ela pede ajuda pra escolher um vetido pra se encontrar com André.Que ódio!!!

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 5:36 PM
do endereço IP 201.78.175.251


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campanha...joguem os vestidos dela na fogueira

by Débora

adorei essa campanha,já que o maior atrativo da Aimé eram as roupas e os penteados,o que seria dela sem eles.Além de tudo Aimé devia se sentir ameaçada pela Mônica por isso ela fazia questão de humilha-la pra se sentir superior,por isso ela não gostou quando Juan falou em Mônica e contou que eles tinham se conhecido.

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 5:43 PM
do endereço IP 201.78.175.251


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Re: aaaaaaaaaaaah

by

Do jeito que o Andrés é tapado, ele pode ter interpretado a cara da quenga como um certo desconforto por estar se casando com aquele que era o prometido da irmão. Vai saber?

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 2:24 PM
do endereço IP 200.165.245.4


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ay ese Juan...

by Patricia

El principio me encanta, ese Juan tan burlón jeje.

Frases que me gustan:

-¿Qué es lo que quiere?
-Con usted nada (jiji si, como no)


-No sabía que las monjas fueran tan enojonas

-Además nunca había visto a una tan bonita

-Que Dios la guarde Santa Mónica happy.gif

-Qué va a hacer tiene influencias allá arriba o va a rezar para que el mar se trague mi barco. happy.gif

-Saludame a Santa Mónica, (que ganas tenía de hacerla rabiar)



Otro tema es el peinado de Doña Sofía en este capítulo, parece un nido de pájaros jajaja.

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 12:20 PM
do endereço IP 83.37.195.30


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jajajajajajajajjajajajajajajajaja

by

es verdaaaaaad!!! doña sofia y doña catalina apostaban quien de las dos usaba el pelo mas espantoso!! jajajaja



aiii me encanta el sentido del humor de Juan!!!
"-Qué va a hacer tiene influencias allá arriba o va a rezar para que el mar se trague mi barco" es la mejoor!! jajajaja

se ve que se fijó en ella, porque aunque estresado no deja de preguntarle porque ya no esta verstida de monja cuando la encuentra en campo real luego de la boda de aimée! jajajaja



besiitos Paty!!! gracias por hacerme reír tanto con eso del pelo de doña sofia! jajajaja
;***


***

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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 1:57 PM
do endereço IP 189.25.171.219


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jeje

by Patricia

de nada Raquel que bueno que te reiste tanto happy.gif

Besos para ti tambien wink.gif

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 7:31 PM
do endereço IP 83.37.195.30


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Re: jeje

by

Acho tão lindo qd ele Juan chama Monica de " santa Monica" no começo é com sarcasmo , depois é com carinho é amor.
bjs

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 7:58 PM
do endereço IP 189.92.171.44


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con usted nada

by

¿Qué es lo que quiere?
-Con usted nada (jiji si, como no) ,como mudam as coisas , depois com usted tudo monica!!!,

Mensagem enviada Dec 2, 2008, 8:03 PM
do endereço IP 201.75.50.40


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Ele pergunta

by Ghy

pra Aymee se ela quer uns dias para pensar e ela NOOOOO Aceptoooo.Rápida no gatilho..heheheh ,mas pensou no Juan!!
Alias ele tava bem fofo nos pensamentos dela ,daria um lindo gif se eu soubesse fazer.
Bisouxxx

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 7:15 PM
do endereço IP 189.33.210.200


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pensou mas foi assim mesmo! hahaha

by

ela é terrível gente... alguém dá na cara dela pelo amor de deus!!! hahaha

***

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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 7:18 PM
do endereço IP 189.25.171.219


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Oi Elimar

by Débora

que bom ver alguém novo por aqui,e eu adoro posts longos continue assim.

Mensagem enviada Nov 27, 2008, 8:17 PM
do endereço IP 201.78.175.251


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Elimar!!!

by

Oi negaa!!

menina, me perdoa, só agora eu li o post que vc deixou num tópico ali em baixo!
Seja muito bem-vinda e vamos analisar todas juntas mais uma vez nossa novelitcha favorita!!
Com certeza a gente vai ver altos babados!!

beeeeeeeeeeeeeeeeeeeeijo enorme!!

***

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Mensagem enviada Nov 27, 2008, 9:14 PM
do endereço IP 189.25.97.216


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Oiiiiiiiiii...

by

Meninas, obrigada... kkkkkkkkkkkkk
Estou me sentindo toda boba... kkkkkkkkkk
Eu amo "Coração Selvagem". Eu vi a primeira vez ainda na CNT. Lembro que fazia um curso no Senac aqui do Rio a noite, e vinha desesperada pela rua para chegar em casa a tempo. Lembro quando a novela foi reprisada pelo SBT (de tarde, o que para mim foi um absurdo). Vi também. Cheguei a gravar em VHS... kkkkkkkk
Me encontrei aqui... kkkkkkk
Raquel, Debora e meninas... Adorei o fórum... Não saio daqui nunca mais...kkkkkk

BJS!

Mensagem enviada Nov 27, 2008, 10:29 PM
do endereço IP 200.165.245.167


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gostei de ver!!

by

isso mesmo, não pode sair nunca mais!! hahahaha

Nossa, menina, nem me fale em VHS, eu tinha milhaaares delas espalhadas e era horrivel quando eu queria encontrar alguma coisa, por isso que quando eu via eu ja via direto hahahaha passava 6 horas assistindo sem parar, imagina!! hahaha

eu vi pelo SBT, na verdade até hj eu não vou com a cara da dublagem da CNT por causa da voz do Juan! Além da cnt ser a voz do Colunga, achei a do SBT mais a cara dele!

Bom te ver nega!!
beijo!!
;**

***

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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 9:51 AM
do endereço IP 189.25.171.219


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Re: gostei de ver!!

by

Só agora da pra ver que a gente era doida... kkkkkkk
Aquelas fitas de VHS engasgando, toda embolada no meio e eu suspirando pela novela. Minha mãe queria me matar... kkkkkkkkkkkkk

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 1:53 PM
do endereço IP 200.165.245.4


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e a imagem? kkkkkkkkkkk

by

tinha hora que dava uns bagulho doido na antena e e começava a chiar! hahahaha eu lembro que choveu demais nessa época, inclusive no dia que a aimée morre eu tava rezando pra não faltar luz! era uma vida muito dura!!
kkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkk

***

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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 2:10 PM
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Re: e a imagem? kkkkkkkkkkk

by

É verdade... kkkkkkkkkkkkkkkkkkk
No dia que o Andrés chega bêbado a pensão onde Monica estava hospedada, na hora em que ele entra no quarto a luz acabou aqui em casa. Eu dei um berro!!!!!!! kkkkkkkkkkk
Fiquei desesperada... Minha sorte foi que a luz voltou na hora... Aqui em casa a CNT e o SBT sempre pegaram muito bem. Foi a minha sorte... kkkkkkkkkkkk

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 2:35 PM
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A falta de luz é uma maldição.

by Débora

faltou luz em dois capítulos e foi uma tristeza pra mim não saber o que aconteceu, mas o mais chato foram as partes que eu perdi pq tava na escola, eu corria tanto que nem respirava e mesmo assim perdia o começo.

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 5:27 PM
do endereço IP 201.78.175.251


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graças a Deus...

by

a luz não chegou a faltar na hora da novela. Mas isso de correr pra chegar em casa sim! Eu era maratonista!! e matadora de aula además! jajajajajaj

***

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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 7:22 PM
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Re: graças a Deus...

by

Seja bem vinda a esta linda familia!
Eu só sai de casa depois da novela acabar minha mae e irmã diziam que era louca, mais valeu vale a pena. bjs

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 7:50 PM
do endereço IP 189.92.171.44


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Oi Eli

by Ghy

Desculpe, também não havia lido seu post abaixo.
Bem vinda!!
Bisouxxx


Mensagem enviada Nov 27, 2008, 11:20 PM
do endereço IP 189.33.188.67


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* * * (( Música )) * * *

by

Olá meninas!

Lembram da música que toca no final dos primeiros capítulos, inclusive nesse que Mônica e Juan se encontram pela primeira vez?
Então, a Patrícia me passou ela!! Só que é cantada pelo Cristian Castro, e ao invez de 'Mar Bonito', ele diz "Puerto Rico" , já que é o nome da canção.
Mas o restante da letra e o arranjo é exatamente igual!! Vale a pena conferir!!
Coloquei pra quem quiser baixar, aqui está:

http://www.mediafire.com/?dmoyuizynxq>


beijo enoooooorme!


***

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Mensagem enviada Nov 27, 2008, 7:49 PM
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Tô baixando agora.

by Débora

Raquel vc consegue tudo!!!

Mensagem enviada Nov 27, 2008, 7:55 PM
do endereço IP 201.78.175.251


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adorei a Música.

by Débora

bjos.

Mensagem enviada Nov 27, 2008, 8:07 PM
do endereço IP 201.78.175.251


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Letra da Música

by Débora

Ay! ay! puerto rico
ay! ay! puerto rico

Firme pasion de tus besos marcaron mi vida
tus ojos me dieron la fuerza para continuar
son para ti las canciones mas dulces y bellas...

Tu amor ha llenado mi cuerpo de dicha y verdad...

Ay! ay! puerto rico
ay! ay! puerto rico

Me embasas la calma
que siento en el alma
solo con una caricia me entregas
la felicidad, felicidad...

Ay! ay! puerto rico
ay! ay! puerto rico...

Luchaste a mi lado
con todo el poder de una fiera
por nada ni nadie cambiaste tu forma de amor...

Eres la luz que me guia por este camino
recuerdos que llevo muy dentro de mi corazon...

Ay! ay! puerto rico
ay! ay! puerto rico...



Mensagem enviada Nov 27, 2008, 8:13 PM
do endereço IP 201.78.175.251


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Re: Tô baixando agora.

by

hahahaha que bom que vc gostou nega!!!
o que der pra ir achando eu vou deixando aqui pra nós!

beijo!!!
;**

***

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Mensagem enviada Nov 27, 2008, 9:15 PM
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Êbaaa

by Ghy

Voltei pra ver o video de novo para anotar uma frase da musikita pra buscar e já está "encontrada'heheh!!!Gracias!!!!
Bisouxxx

Mensagem enviada Nov 27, 2008, 11:10 PM
do endereço IP 189.33.188.67


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Foi a Paty!

by

hahahaha Essa menina é 10! Conheci ela no foro internacional da Angélica Vale e pra completar ela é fã de Corazon Salvaje. Quando eu comentei com ela, ela me disse que tinha a musica no pc
=O
é mole? hahahaha


beijo Ghy!

;*

***

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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 9:53 AM
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Gracias Paty!nt

by Ghy

Om Shanti Om

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 7:18 PM
do endereço IP 189.33.210.200


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de nada =) nt

by Patricia

wink.gif

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 7:52 PM
do endereço IP 83.37.195.30


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Raquel

by Ghy

La Vale está em alguma novelita? Depois da Fea num sei nada dela.
Bisouxxx

Mensagem enviada Nov 27, 2008, 6:45 PM
do endereço IP 189.33.188.67


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Re: Raquel

by

tá nada meniina "/
a gente tá rezando pra ela ser mesmo escalada pra segunda temporada de Mujeres Asesinas! Mas ainda é só uma possibilidade, a gente não ve a hora de ver ela trabalhando de novo! Alias, ela tambem!! hahaha Mas sabe como é... Uma hora ela tá meio gordinha, na outra não entram em acordo com o salário.. E é uma pena, pq ela é um amooooor de pessoa, e pela gente ela merece tudo! hahaha
Depois se vc quiser entra no AVB e manda uma pergunta pra ela, todos os meses ela responde algumas (as vezes tooodas) perguntas dos fãs! Ela ama!! Tá até aprendendo portugues! hehehe

beijão Ghy!!
;***

***

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Mensagem enviada Nov 27, 2008, 7:33 PM
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Vi

by Ghy

uma foto um dia desses dela com a mãe em um evento ,já não sei de que .Acho que era alguma premiação ou estréia de algo. Ela tá passadita de peso mas mas tava bonitona.
Bisouxxx




Mensagem enviada Nov 27, 2008, 11:14 PM
do endereço IP 189.33.188.67


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A gente a chama...

by

... de 'arroz de tapete vermelho' hahahaha
carinhosamente claro! ;D
É pq ela continua colhendo os frutos da novela e como ela é amiga pessoal de muitas pessoas importantes é sempre convidada de honra! hahaha
Na verdade ela não está tão gorda, mas os vestidos dela que são meio esquisitos! Mas não adianta, ela sabe hahaha
Ela é uma pessoa sem igual, até eu não acreditava antes de aceitar o desafio do AVB, é impressionante. Qualquer pessoa que conheça um pouquinho dela acaba virando fã na mesma hora. Todas as minhas amigas adoram ela, e olha que nme novela mexicana elas assistem direito hahahaha

tá vendo como eu me empolgo falando dela? hahahaha

beijos amore!! ;*****

***

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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 9:57 AM
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Oi Débora

by Sueli

já vou no capítulo 4 do romance, obrigada amiga por mais esse presente.
bjs

Mensagem enviada Nov 27, 2008, 6:06 PM
do endereço IP 189.71.18.85


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Que bom!!!

by Débora

e que bom também que vc tá aparecendo todo dia.

Mensagem enviada Nov 27, 2008, 7:50 PM
do endereço IP 201.78.175.251


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* * * CORAZÓN SALVAJE * * * (((capítulo 05)))

by

parte 1


parte 2


parte 3


parte 4


parte 5


creditos a Elsi2008 (http://br.youtube.com/user/Elsi2008)

***

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Mensagem enviada Nov 27, 2008, 9:47 AM
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nesse capítulo...

by

já dá pra ter uma idéia de como a Aimée não vale naaaada!! hahahaha
Eu gosto do André... Ele é meio fresco, mas é bonzinho. Só é meio otário, mas fazer o que... Nem quando ele fica "vilão" eu odeio muito ele, pq com tudo, a Aimée ainda é 1000 x pior que ele!

Aaaah finalmente a cena que eles se encontram! Eu queria muito conseguir essa música que toca no final!!! *.*
ai ai ai ai mar bonito... la firme pasion de tus besos marcaron mi vida


beeeeeeijos chicas do meu

;*


***

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Mensagem enviada Nov 27, 2008, 9:52 AM
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vamos meninas comentar o capítulo 5

by Sueli

pois gosto de ler todos os comentários e a primeira coisa que faço quando chego no trabalho e abrir o fórum de coração selvagem
bjs a todas.

Mensagem enviada Nov 27, 2008, 6:00 PM
do endereço IP 189.71.18.85


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Que situação

by Ghy

pra lá de constrangedora.A pobre chega e dá de cara com o Andres!!Na frente dele, ela até que se saiu bem.Por fin el encuentrooooo!Agora é que começa lo bueno da novela..heheheh.
Bisouxxx

Mensagem enviada Nov 27, 2008, 6:42 PM
do endereço IP 189.33.188.67


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Re: Que situação

by

adoooooooooooro aquela cara de panico dela
mas mais legal é ela toda tensa descrevendo ele no proximo cap! hahaha

***

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Mensagem enviada Nov 27, 2008, 7:35 PM
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Re: Que situação

by

Deu pena mesmo... Mas até acho que se saiu bem da situação. Segurou a onda direitinho... kkkkkkk

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 12:11 AM
do endereço IP 200.165.245.167


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Me encanta la escena del final

by Patricia

Bueno si me lo permitís voy a escribir en español happy.gif

Lo que me encanta de este capítulo es la escena del final, esa mirada de Juan derrite a cualquiera, (menos a ella en ese momento jeje).
Pobrecita ella tan asustada, quien le iba a decir que quien tenía delante iba a ser el amor de su vida. ¡¡¡Y qué amor!!!!

Mensagem enviada Nov 27, 2008, 7:02 PM
do endereço IP 83.37.195.30


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jajajajaja

by

ni si el mismo Dios le dijera 'hija, este será tu marido' ella no se lo iba a creer!! jajajaja
el siempre la mira como quien tiene hambre o.O
jajajajaja
aah ntp, puedes escribir en español, así que tambien entrenamos nuestro 'portuñol'! hahaha

besiitos Paty!!!

***

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Mensagem enviada Nov 27, 2008, 7:38 PM
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coitada da Mônica...

by Débora

primeiro ela passa uma saia justa encontrando o André, depois a Aimé ainda chama ela pra escolher um vestido pra se encontrar com ele e por fim ela leva um susto com Juan.E Aimé prova que nunca levou Juan a sério pq enquanto ela corre atrás dele, planeja ficar com André.

Mensagem enviada Nov 27, 2008, 7:48 PM
do endereço IP 201.78.175.251


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Re: coitada da Mônica...

by

é bom pra Mónica ir treinando! assim o coração dela fica forte pra aguentar a prisão do Juan!! tadiiiinha, ali que ela sofre!!


beijo amore!!

***

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Mensagem enviada Nov 27, 2008, 9:16 PM
do endereço IP 189.25.97.216


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Re: coitada da Mônica...

by

Por Juan vale é muito rsrs.

André ( como ja disse juan) acostumadoa ter tudo , não sei se ele realmente amava aime , mais as vezes me dava pena dele!!
Aimé é não só má como egoista.
Monica foi criada coitada , para não dar opinião em nada.
bjsbjs

Mensagem enviada Nov 27, 2008, 9:47 PM
do endereço IP 189.92.139.143


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E se fosse diferente!!

by

E se Mônica resolvesse jogar com as mesmas armas da possível rival (pq até o momento ela nem sabia quem era).

Pq Andres é realmente um idiota que vai pelas aparências, ele achou Mônica bonita, apesar do das vestes de Monja....

E (eca) Aimée, sabe disso, tanto que mais a frente, ela tem medo de que Andre fique balançado com essa proximidade dele com Mônica.

Sofia pode ser um Monstro, mas nesse caso ela foi coerente, ela ainda pede a Andre que conheça Mônica antes de assumir qualquer compromisso como Aimée....mas como toda mãe ela sucumbi as vontades do filho...

Se eu fosse a MÔnica, eu daria uma surra das boas em Aimée, e rasgaria todos os seus vestidos, uma vez que fútil do jeito que era, isso a atingiria em cheio.....rsrsrsrsrs

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 7:10 AM
do endereço IP 201.51.195.187


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eu...

by

..no lugar da Monica, assim que descobrisse que ela tava com o outro lá na praia já tinha explanado pra toooooodo mundo e o nome dela tava na lama!! hahahaha
Mesmo que não fosse pra todo mundo, mas pelo menos pro André eu contava.
Se ela contasse pra ele com certeza ele ía acabar escutando, porque não duvidava que ela era uma moça séria e assim ainda seria uma oportunidade de fazer amizade com ele!


aaaaltas possibilidades ;D
mas aí ela não terminaria beeeeeeeeem como terminou! hahahaha


beeeijos
;**

***

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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 9:20 AM
do endereço IP 189.25.171.219


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Re: E se fosse diferente!!

by

Cara amiga Andreia, apesar de concordar em vários pontos dessa novela com vc, agora discordo veementemente... kkkkkkkkkkkkkkkkk
Monica jamais tomaria uma atitude dessa. Seria se rebaixar ao nível da irmão quenga (adorei, não deixo de usar nunca mais). Mas plajeando sua pergunta (sob um novo angulo), e se fosse diferente? Se Aimée não fosse uma quenga e se apaixonasse verdadeiramente pelo Andrés? A Monica provavelmente teria tido a mesma atitude. E vamos ser coerentes também: o André não tinha a menor obrigação de se casar com a Monica. Ele não se comprometeu com ela. O casamento foi arranjado por Sofia e por Catalina, já que ambas viram vantagens nisso. Sofia ia ver seu filho ganhar um título de nobreza, enquanto Catalina daria conforto a uma de suas filhas, já que elas estavam numa pindaíba violenta. O adulto Andrés Alcazar não tinha prometido se casar com Monica, o que dava a ele o direito de se apaixonar por quem quisesse. No caso, pela quenga, mas isso já é outra história, e de História eu entendo... kkkkkkkkkkk

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 2:05 PM
do endereço IP 200.165.245.4


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menina..

by

mas a Aimée era toda errada!! ela merecia tomar umas tapas da Monica (ou um gancho de direita ¬¬) Porque tudo que ela fazia era só pensando nela, e mesmo depois de tudo vc ve que ela não desiste de enfezar os outros. tipo 'minha vida já era, vou acabar com a sua tambem', a bicha é triste!!! Eu era doida pra monica dar na cara dela pelo menos 1 vezinha! ahsuauhshaushuhasa

***

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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 2:08 PM
do endereço IP 189.25.171.219


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como eu queria ver essa cena...

by Débora

a Aimé levando na cara pelo menos uma vez, pena que não aconteceu.

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 5:17 PM
do endereço IP 201.78.175.251


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Re: como eu queria ver essa cena...

by

Se a Monica fizesse isso, não seria a Monica. Ela não perdia a linha de jeito nenhum. Ela podia pelo menos ter jogado a bíblia na cara dela, mas infelizmente... Não aconteceu... kkkkkkkkk

Mensagem enviada Nov 28, 2008, 6:51 PM
do endereço IP 200.165.239.13


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kkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkk

by

raxeeeeeeeeeeeeeeeeime* com a Bíblia!!!

é mas a safadinha bem que deu na cara do Juan!!! Pq não podia dar na cara da quenga tb?? De trouxa que ela é, isso sim! Eu no lugar dela aproveitava que era mais alta e mais velha e sentava a mão na Aimée!!

hehehehe

***

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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 7:16 PM
do endereço IP 189.25.171.219


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Que heresia...a Bíblia não!!!

by

Tinha que rolar um vale tudo...tipo em "CELEBRIDADES" :

Maria Clara (MÔNICA) x Laura (AIMÉE)





Mensagem enviada Nov 29, 2008, 1:20 PM
do endereço IP 201.51.195.187


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Angel, Angel só falta vc que é uma lider do nosso fórum

by Sueli

bjs

Mensagem enviada Nov 26, 2008, 2:09 PM
do endereço IP 189.71.18.85


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raquel tbm

by

A Raquel tbm , pois ela que esta sempre nos dando lindos presentes e boas ideias. bjs a todas que fazem o forum

Mensagem enviada Nov 26, 2008, 7:54 PM
do endereço IP 189.92.185.108


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nooossa que chiique que eu tô

by

hahahahaha

obrigada!!

beeeijo lindona!!!!

;*

***

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Mensagem enviada Nov 26, 2008, 8:44 PM
do endereço IP 189.25.181.221


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com certeza Daniele, Raquel mora nos nossos corações e não paga aluguel

by Sueli

Raquel não e o Rio de Janeiro mais e Maravilhosa
bj

Mensagem enviada Nov 27, 2008, 12:51 PM
do endereço IP 189.71.18.85


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Re: com certeza Daniele, Raquel mora nos nossos corações e não paga aluguel

by

aaaaaaaaaah que liinda minha Su!!!
assim eu fico metida! :P


beijos amore!! ;*

***

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Mensagem enviada Nov 27, 2008, 7:39 PM
do endereço IP 189.25.97.216


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* * * CORAZÓN SALVAJE * * * (((capítulo 04)))

by

parte 1



parte 2



parte 3



parte 4



parte 5 e final



créditos a Elsi2008(http://br.youtube.com/user/Elsi2008)

beeeijos
;*

***

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Mensagem enviada Nov 26, 2008, 9:58 AM
do endereço IP 189.25.181.221


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comentários

by

Hj eu tenho muitos comentários! hehehehe

Geeente, NINGUEM ía acreditar nessa história de vocação da Mónica! A cara da Aimée juntando as peças quando recebe a notícia é muito engraçada!! hahaha Tb gosto da parte que a Catalina fala pra Mónica 'tomara que Deus não nos castigue a todas' porque todo mundo sabe que é mentira da Mónica! Mas ela é sofrida, mas é orgulhosa ainda! Ela só deixa de ser assim um pouco com o Juan, pq ele é pior que ela ! hahaha


Aimée safadiiiinha gente, até se fosse hoje em dia! Ela nem conhecia o cara e já tava lá rolando na areia com ele! hahaha Acho que não achava MESMO que ía poder se casar!


O que aconteceu com os vestidos da Mónica dessa época? Eu pergunto pq eu achava até bonitinhos, mas depois que ela se casa nunca mais volta a usar eles, e fica repetindo os mesmos vestidos toda hora!! Podia usar esses do inicio que desapareceram, tipo aquele amarelo que ela usa quando esta colocando flores na igreja com a Tereza, acho liiindo!!


Bom, por hj é só! Espero que alguem leia o que eu escrevi! hehehe


Beeeeijos
;*

***

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Mensagem enviada Nov 26, 2008, 10:04 AM
do endereço IP 189.25.181.221


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com certeza é faço minhas suas palavras

by Sueli

bjs

Mensagem enviada Nov 26, 2008, 2:14 PM
do endereço IP 189.71.18.85


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Re: comentários

by Débora

A Mônica é mesmo chatinha no começo,só quem não conhecia ela antes pode acreditar na vocação dela,por isso o Juan chama ela de santa Mônica mas na verdade ela nunca foi santa já que a vocação dela era falsa.A Aimé é uma arrogante, insuportável do começo ao fim da novela,por mim eu falo mal dela todo dia, a única coisa boa que ela tem são as roupas bem mais bonitas que as da Mônica e quanto aos vestidos da Mônica eu também não sei o que aconteceu,mas eu acho eles meio "sufocantes" muito fechados,eu gosto mais dos que ela usa depois.

Mensagem enviada Nov 26, 2008, 8:17 PM
do endereço IP 201.78.175.251


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Re: comentários

by

eu também acho bem mais bonitos os que ela usa depois, principalmente os que ela usa na reta final da novela. Mas é que do casamento pra lá ela repete muito os vestidos! hahahahahahahah


beijos Debs

***

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Mensagem enviada Nov 26, 2008, 10:36 PM
do endereço IP 189.25.181.221


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Re: comentários

by

Estava na cara mesmo que aquela vocação era um tremendo caô... Se eu fosse a Monica tinha voado na cara da Aimée. Fala sério! Ela sabia que aquela vocação era a maior mentira, mas gostou de ver a irmã diminuída. Vai falar que não? A mãe da Monica também não ajuda muito com aquela cara apasiguadora... A Aimée não tinha muito juízo mesmo... Ficou no maior "rala e rola" com alguém que ela não sabia patavinas... Tudo bem que o João é TDB, mas pô? A garota não teve uma educação refinada e da alta sociedade? Tá parecendo mais a Lady Kate do Zorra Total... kkkkkkk

Mensagem enviada Nov 27, 2008, 11:47 PM
do endereço IP 200.165.245.167


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ooh! juan

by

o juan fez a monica se descobrir como mujer, e ser plena em tudo!!!

Mensagem enviada Dec 2, 2008, 9:10 PM
do endereço IP 201.75.50.40


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Oi Raquel muito obrigada vc é D+

by Sueli

um grande abraço

Mensagem enviada Nov 26, 2008, 2:11 PM
do endereço IP 189.71.18.85


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de nada amoore

by

eu que agradeço que vc esteja sempre por aqui!!

:D

***

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La Fea Mas Bella hecha para Brasil...

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Mensagem enviada Nov 26, 2008, 7:42 PM
do endereço IP 189.25.181.221


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Ai que pena

by Ghy

me dá de Monica.Eu nem me lembrava do Serafim , mas da Açucena ... ,como ela vai perturbar.
Bisouxxx

Mensagem enviada Nov 26, 2008, 7:38 PM
do endereço IP 189.33.203.93


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Re: Ai que pena

by

pior que ela é pentelha, mas não dá pra ter raiva dela pq ela sacaneia a Aimée e eu gosto muuuito hahahaha

***

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Mensagem enviada Nov 26, 2008, 7:40 PM
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Sueli

by Ghy

não sei dela nÃo,falamos poucas vezes aqui e logo ela "sumiu"!!
Eu ia brincar com vc semana passada só deixando um Olá, mas depois achei melhor deixar uma "pista"...heheh
Vamos ver se a Angel aparece tb
Bisouxxx

Mensagem enviada Nov 25, 2008, 10:35 PM
do endereço IP 189.33.207.116


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OLA ATODAS!!!!!!!!!

by CLAUDIA

SAUDADES.COMO ESTAO?MEU COMPUTADOR TINHA ESTRAGADO.QUEIMOU ATE MUNITOR DEACARGA ELETRICA.EM BELO HORIZONTE,NA PAMPULHA TEM DADO CHUVAS E VENTOS HORRIVEIS E FORTES.A DOIS MESES TEVE CHUVA DE GRANIZO,DO TAMANHO DE UMA MAO.SEMANA PASSADA FORAM VENTOS FORTESSSSS.DERRUBARAM VARIAS ARVORES NA REGIAO ATE PELA RAIZ.NA BEIRA DA LAGOA DA PAMPULHA FOI TERRIVEL.MORO PARALELO A AVENIDA DA LAGOA.BJS PARA TODAS....CLAUDINHA

Mensagem enviada Nov 25, 2008, 7:40 PM
do endereço IP 201.80.140.78


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Oi !!

by

menina eu vi pela tv, que loucura né???? Tem cidades em baixo d'água, uma coisa de louco!



Menina, espero te ver sempre aqui tá?
beeeeeeeeeeijo!!!

***

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Mensagem enviada Nov 25, 2008, 9:36 PM
do endereço IP 189.25.147.29


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Oi Clau!!

by Ghy

O resultado dessas intemperies são tristes. Agora é SC.Lástima!!Venha sempre que puder ,nem que seja só pra dizer olá como sugere a Sueli!
Bisouxxx

Mensagem enviada Nov 25, 2008, 10:19 PM
do endereço IP 189.33.207.116


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Oi amiga, graças a Deus que vc e sua família estão bem

by Sueli

Oi vc, Ghy só falta a Angel mais fico feliz com sua volta
Raquel,Débora e Andreia tém movimentado o fórum com muito carinho
bjs

Mensagem enviada Nov 26, 2008, 2:04 PM
do endereço IP 189.71.18.85


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oi

by Débora

que bom ter vc de volta,vê se não some de novo.

Mensagem enviada Nov 27, 2008, 8:03 PM
do endereço IP 201.78.175.251


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* * * CORAZÓN SALVAJE * * * (((capítulo 03)))

by

parte 1



parte 2



parte 3



parte 4



parte 5 - final



creditos a Elsi2008 (http://br.youtube.com/user/Elsi2008)



***

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Mensagem enviada Nov 25, 2008, 10:24 AM
do endereço IP 189.25.187.66


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Comentando...

by

Gente, o que faz a falta do que fazer!! Aimée inquieta foi lá e se enfiou na casa do Juan.
Mas reparem que ela já tá em desespero de não ter com quem casar e já dá até pistas que vai fazer besteira! hahahaha
A parte que ela conversa com a mãe que vai procurar um marinheiro é a mais cara de pau! hahaha

Ai gente, dá uma peninha da Mônica...

***

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Mensagem enviada Nov 25, 2008, 10:26 AM
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Re: Comentando...

by Débora

quando eu vejo esses primeiros capitulos só me dá raiva,a Aimé chegando toda esnobe e a Mônica ainda corre pra abraçar ela,a Mônica é boba demais,eu só gosto das partes que o Juan aparece lindo tomando banho.

Mensagem enviada Nov 25, 2008, 7:33 PM
do endereço IP 201.78.175.251


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Re: Comentando...

by

hahahaha é, ver o Juan que salva esse capítulo


tem uma hora que a pobrezinha da mônica olha a Aimée com uma inveja tadinha... dá muita pena


beijo!!
;*

***

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Mensagem enviada Nov 25, 2008, 9:38 PM
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Heheheh

by Ghy

a cara de Aymee quando Juan se levanta no banho é tudoooo...ela até se segura no tronco do arbolitoooo.
A Monica apesar de meio "sonsa",com o orgulho ferido, ficou espertinha e se saiu bem dizendo que sua verdadeira vocação é ser monja.Ai mi capitan...
Bisouxxx


Mensagem enviada Nov 25, 2008, 10:09 PM
do endereço IP 189.33.207.116


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Re: Heheheh

by

Até me seguraria na árvore... O que ela viu deve ser muito bom porque ela brigou boa parte da novela com irmã por causa daquilo... kkkkkkkkkkkkkkk

Mensagem enviada Nov 27, 2008, 11:30 PM
do endereço IP 200.165.245.167


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Eu tenho uma bronca da Aimé....

by

Puxa, ela sabia que Andres era prometido de Mônica, e não gostava dele...pois se a paixão fosse reciproca, ela não se envolveria com Juan...

Se ela tivesse honra, ela pediria pra Andres conhecer Mônica primeiro, daí um tempo ele achasse que não gostava dela mesmo, então quem sabe....?

Foi golpe baixo mesmo, maquiavélica...ela queria um marido rico e um amante caliente...muito sem vergonha....

Mensagem enviada Nov 26, 2008, 12:03 PM
do endereço IP 201.29.0.156


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Re: Eu tenho uma bronca da Aimé....

by

ela era triste menina. Pra mim que não gostava de ninguem , nem mesmo do Juan, ela tinha era uma paixão doida nele lá, mas amar, acho que ném a mãe dela. Pq na hora que ela fazia as coisas se via de longe que ela não se preocupava com ng!
Essa é a verdadeira vilã! hahahaha


beeeijos
;**

***

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Mensagem enviada Nov 26, 2008, 7:34 PM
do endereço IP 189.25.181.221


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Re: Eu tenho uma bronca da Aimé....

by

Acho que aimé é a tipica menina mimada , que a mãe defende até qdd está errada.

Mensagem enviada Nov 26, 2008, 7:45 PM
do endereço IP 189.92.185.108


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Re: Eu tenho uma bronca da Aimé....

by

a doña catalina só quer saber de preservar o tal no bom nome da familia, ela não liga de ter uma filha quenga se ng souber disso! hahahahaha


beeeeijo Dani!

***

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Mensagem enviada Nov 26, 2008, 10:39 PM
do endereço IP 189.25.181.221


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Aimée... A quenga!!!

by

Adorei... kkkkkkk
Acho que quenga é a palavra que resume quem Aimée é... kkkk

Mas falando pouco (que é o meu normal, acho que o fato de Aimée ter sido criada longe da mãe e da irmã mais velha, muito contribuiu para a falta de caráter da moça. Se ela tivesse algum escrúpulo, jamais teria se envolvido com André. Mesmo apaixonada, ela teria sufocado esse sentimento em nome da lealdade para com a irmã. O que ditou a decisão de Aimée foi o conforto. Ela nunca se casaria com João sendo ele um "borra-botas". Ali foi pura atração mesmo. Quando João resolve se casar com Monica (e ela por ele), ambos possuiam motivações diferentes das do amor, mas foi o que acabou acontecendo. A raiva de Aimée foi que ela perdeu o amante para Monica, e o que é pior, foi uma perda sem volta, já que o que João sentia por Monica não era algo efêmero como o que ele sentia por Aimeé, mas algo para a vida toda...

Mensagem enviada Nov 27, 2008, 6:37 PM
do endereço IP 189.48.216.176


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kkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkk

by

apoiada!!!


menina, pra mim o que ela mais detestava de tudo, era que o Juan tinha trocado ela pela irmã FEIA!!! Tipo, pra mim ela era lindíííssima, mas a Aimée fazia questão de esfregar na cara da bichinha que ela era feia e sem graça. Feriu demaaais o orgulho dela!!


beijoos!!
;**

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Mensagem enviada Nov 27, 2008, 7:44 PM
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foi amor

by

foi amor e quem não ficaria louca com isso, perder o melhor amante para uma mosca morta como a monica , doeu no íntimo, só ela irá desfrutar dele todas as noites!!!! delícia

Mensagem enviada Dec 2, 2008, 8:57 PM
do endereço IP 201.75.50.40


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* * * CORAZÓN SALVAJE * * * (((capítulo 02)))

by

parte 1




parte 2



parte 3



parte 4



parte 5




creditos a Elsi2008 (http://br.youtube.com/user/Elsi2008)


beeeijos
;**

***

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Mensagem enviada Nov 24, 2008, 3:51 PM
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Emocionante!!!

by Débora

tô doida pra ver o terceiro capítulo,logo no segundo já dá pra ter ódio da Aimé, aquelas partes que ela se faz de tímida me faz morrer de raiva, dando em cima do André e sabendo que ele é noivo da Mônica.Me dá raiva também pq no começo a Mônica é bem chatinha,ela é muito boba,eu fico torcendo pra ela mudar logo e também pro Juan aparecer.Que venha logo o terceiro!!!

Mensagem enviada Nov 24, 2008, 8:24 PM
do endereço IP 201.78.175.251


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Re: Emocionante!!!

by

é impressionante como mesmo ela sabendo desde pequena que a Mônica acha que vai casar com ele ela faz isso. Mas também,,, como o André é bobo! hahahaha Como pode, só pq a menina é bonita ele cai direitinho... As vezes acho até que ele mereceu hohoho

***

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Mensagem enviada Nov 24, 2008, 8:43 PM
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É verdade...

by

Pior que é verdade né? Aimée já sabia que o Andrés era o prometido da irmã e ficou jogando aquele charme de dona de bordel barato para o boboca... E ele caiu feito um pato. Sei lá. Acho que a índole dela já estava bem demarcada ali. Sempre fui uma das defensoras do Andrés, porque acho que, apesar de ter cometido a falha de preferir Aimée a Monica (o que é compreensível, já que homem de um modo geral pensa com a cabeça errada mesmo), ele foi uma vítima das circunstâncias, que não soube lidar com a situação, quando esta se mostrou a sua frente (no caso, a traição da esposa - que na época, não era sequer comprometida com ele - , e também a traição de seu irmão, que ele acolheu e recebeu com braços abertos). Resumindo, não soube lidar com o chifre- o que é próprio de um corno recente.
Aí, a gente vê como o amor da Mônica pelo Andrés é idealizado e fora da realidade (até mesmo para uma moça daquela época). Concordo quando Raquel diz (acho que foi a Raquel) que ela é meio "bobinha" no início. Eu diria até mais. Acho que ela é "tapada". E pior, gosta de ser assim. No início, ela tinha tendência para martir mesmo. Bem dizia o João: "Santa Monica"... kkkkk
Tinha hora que dava raiva dela. Ela fazia tudo em nome da felicidade de alguém que ela não conhecia, porque ela não conhecia o Andrés verdadeiro. Tudo bem que ele era um fofo, mas um fofo que queria a irmã dela, e não ela. Essa tendência que ela tinha de se sacrificar pelos outros era de doer... Na época que a novela era retratada, as moças tinham poucas preocupações mesmo. A idéia do casamento era algo que dia e noite perpassava na cabeça daquelas meninas, mas o que a Monica fez, ao meu ver, foi alem disso. Ela não conseguia vislumbrar uma realidade a frente dela. Era um conto de fadas... Mas no final, a realidade se mostrou bem melhor, já que ela ficou com o João... Isso que é ter Deus ajudando... kkkkkkkk

Mensagem enviada Nov 27, 2008, 11:22 PM
do endereço IP 200.165.245.167


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Meninaasss

by Ghy

No me lo puedo creer!!!Achei que não veria "de novo" essa novela mas com os caps postados aqui não pude resistir!!
Me lembrei como tem "villanos" !!Sofia,Batista, Lupe,Alberto etc etc.!!Sofri muitooooo com eles!!E como era bobinha a Monica, oh dó!
Mas Juan compensa tudooo!!
Bisouxxx Ghy


Mensagem enviada Nov 24, 2008, 11:10 PM
do endereço IP 189.33.191.165


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Ai que bom!!

by

Mais uma companheira de novela!! Seja bem vinda e fique a vontade para comentar o que quiser!!

Nesse início eu acho a Mónica meio chatinha, mas com o tempo ela fica demais!!!


beeijos
;**

***

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Mensagem enviada Nov 25, 2008, 10:18 AM
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Oi Raquel

by Ghy

conm taanto tempo que a novela tá Youtube eu nunca assisti um cap,como vc se animou a postar aqui... vou ver denovoooooooooo!!Ai que sacrifíciooooooo heheheh
Bisouxxx

Mensagem enviada Nov 25, 2008, 11:34 PM
do endereço IP 189.33.207.116


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Re: Oi Raquel

by

hahahahhahaha

pior sou eu que ja vi umas 15 vezes e to vendo de novo postando aqui! haushauhushauhshashuahsua


beeeijos lindona!

***

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Mensagem enviada Nov 26, 2008, 7:39 PM
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Oi Ghy, que felicidade por ter vc de volta

by Sueli

Olá as meninas, estão mantendo o fórum movimentado para receber vcs de volta, as ideias são muito boa, eu aprovo todas, Ghy será que vc tém notícia de Louisa?
bjs

Mensagem enviada Nov 25, 2008, 1:52 PM
do endereço IP 189.71.18.85


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De volta!!!

by Débora

que legal, pq vc sumiu tanto tempo?

Mensagem enviada Nov 25, 2008, 7:34 PM
do endereço IP 201.78.175.251


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Debora

by Ghy

O forum da Gio é meu point oficial, e nem lá eu tenho aparecido com muita frequencia.As vezes posto uma fotinho ou comento algma coisa.E é sempre assim, lá como aqui volta uma ,outra some !!Pero seguimos con nuestro capitaannn
bisouxxx

Mensagem enviada Nov 25, 2008, 11:27 PM
do endereço IP 189.33.207.116


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OI..

by CLAUDIA

QUE BOM QUE VOCE ESTA DE VOLTA.ESTOU NA ÁREA...BJS

Mensagem enviada Nov 25, 2008, 7:41 PM
do endereço IP 201.80.140.78


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isso aí!

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gostei de ver Caludiinha!!!

;******

***

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Mensagem enviada Nov 28, 2008, 9:21 AM
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grandes ofertas de telenovelas para navidad

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TELENOVELA ACTRIZ ACTOR PAIS AÑO DVD PRECIO
099 CENTRAL NANCY DUPLA FACUNDO ARANA ARGENTINA 2007 29 60
ABIGAIL CATHERINE FULOP FERNANDO CARRILLO VENEZUELA 1988 48 75
ABRAZAME MUY FUERTE ARACELY ARAMBULA FERNANDO COLUNGA MEXICO 2000 27 55
ABUELO Y YO, EL LUDWIKA PALETA GAEL GARCIA BERNAL MEXICO 1992
ACAPULCO CUERPO Y ALMA PATRICIA MANTEROLA SAUL LISAZO MEXICO 1995 14 30
ACORRALADA SONYA SMITH DAVID ZEPEDA VENEZUELA 2007 38 75
AGUAS MANSAS, LAS FABIANA MEDINA JUAN CARLOS GUTIERREZ COLOMBIA 1994 24 50
AGUJETAS DE COLOR DE ROSA NATALIA ESPERON FLAVIO CESAR MEXICO 1993 60 120
AL COMPAS DEL SON SUSANA GONZALEZ ROBERTO PERDOMO CUBA 2005 19 40
AL DIABLO CON LOS GUAPOS ALLISSON LOZZ EUGENIO SILLER MEXICO 2007
ALAS PODER Y PASION PAOLA KRUM GUSTAVO BERMUDEZ ARGENTINA 1998 23 35
ALBORADA LUCERO FERNANDO COLUNGA MEXICO 2005 18 30
ALCANZAR UNA ESTRELLA II BIBI GAYTAN PEDRO FERNANDEZ MEXICO 1991 19 40
ALEGRIJES Y REBUJOS CECILIA GABRIELA MIGUEL DE LEON MEXICO 2003 27 55
ALEJANDRA MARIA CONCHITA ALONSO JORGE SCHUBERT VENEZUELA 1994 31 65
ALEJO, LA BUSQUEDA DEL AMOR CAROLINA LIZARAZO MOISES ANGULO MEXICO 2000
ALEN LUZ DE LUNA MARTA GONZALEZ GUSTAVO BERMUDEZ ARGENTINA 1996 34 70
ALGUIEN TE MIRA SIGRID ALEGRIA ALVARO RUDOLPHY CHILE 2007 13 25
ALGUNA VEZ TENDREMOS ALAS KATE DEL CASTILLO HUMBERTO ZURITA MEXICO 1997 26 55
ALMA HERIDA, EL ITATI CANTORAL GABRIEL PORRAS MEXICO 2003 31 65
ALMA NO TIENE COLOR, EL LAURA FLORES ARTURO PENICHE MEXICO 1997 14 30
ALMA PIRATA LUISANA LOPILATO BENJAMIN ROJAS ARGENTINA 2006 28 55
ALMA REBELDE LISETTE MORELOS EDUARDO VERASTEGUI MEXICO 1999 18 30
ALONDRA ANA COLCHERO GONZALO VEGA/ERNESTO LAGUARDIA MEXICO 1995 14 20
AMANDOTE JEANETTE RODRIGUEZ ARNALDO ANDRE ARGENTINA 1988 26 55
AMANTES CHANTAL BAUDAUX JUAN CARLOS ALARCON VENEZUELA 2005 25 40
AMANTES DE LUNA LLENA RUDDY RODRIGUEZ DIEGO BERTIE VENEZUELA 2000 35 55
AMANTES DEL DESIERTO MARITZA RODRIGUEZ FRANCISCO GATTORNO COLOMBIA 2001 26 40
AMAR EN TIEMPOS REVUELTOS ANA TURPIN RODOLFO SANCHO ESPAÑA 2006 34 70
AMAR EN TIEMPOS REVUELTOS 2ª ANA TURPIN RODOLFO SANCHO ESPAÑA 2007 38 75
AMAR OTRA VEZ IRAN DEL CASTILLO VALENTINO LANUS MEXICO 2003 22 45
AMAR SIN LIMITES KARYME LOZANO VALENTINO LANUS MEXICO 2006 25 50
AMARTE ASI FRIJOLITO LITZY MAURICIO OCHMANN MEXICO 2005 23 45
AMARTE ES MI PECADO YADHIRA CARRILLO SERGIO SENDEL MEXICO 2004 15 25
AMIGAS Y RIVALES ADAMARI GONZALEZ ARATH DE LA TORRE MEXICO 2001 37 75
AMIGOS POR SIEMPRE BELINDA MARTIN RICCA MEXICO 2000 20 40
AMOR A LA PLANCHA MARTINA GARCIA MARCELO CEZAN COLOMBIA 2003 30 60
AMOR A PALOS NORKYS BATISTA LUCIANO D'ALESSANDRO VENEZUELA 2005 25 50
AMOR DEL BUENO CORAIMA TORRES RICARDO ÁLAMO PERU/VENEZUELA 2004 23 35
AMOR DESCARADO IVONNE MONTERO/BARBARA MORI JOSE LUIS LLAMAS USA/COLOMBIA 2003 25 50
AMOR EN CUSTODIA SOLEDAD SILVEYRA OSVALDO LAPORT ARGENTINA 2005 48 95
AMOR GITANO MARIANA SEOANE MAURICIO ISLAS MEXICO 1999 11 15
AMOR INFIEL MARJORIE DE SOUSA JUAN PABLO RABA COLOMBIA 2007 24 50
AMOR LAS VUELVE LOCAS, EL LILIBETH MORILLO CARLOS MONTILLA VENEZUELA 2005 35 70
AMOR LATINO CORAIMA TORRES MARIO CIMARRO ARGENTINA 2000 21 45
AMOR NO ES COMO LO PINTAN, EL VANESSA ACOSTA HECTOR SOBERON MEXICO 2000 35 70
AMOR NO TIENE PRECIO, EL SUSANA GONZALEZ VICTOR NORIEGA MEXICO 2005 53 105
AMOR POR ACCIDENTE ANGELA CONTRERAS FRANCISCO MELO CHILE 2007 15 30
AMOR PROHIBIDO CLAUDIA ISLAS JOSE ALONSO MEXICO 1979 14 30
AMOR REAL ADELA NORIEGA FERNANDO COLUNGA MEXICO 2003 17 25
AMOR SAGRADO GRECIA COLMENARES JORGE MARTINEZ ARGENTINA 1996 14 30
AMOR SIN CONDICIONES MARIANA OCHOA ALBERTO CASANOVA MEXICO 2006 24 50
AMOR SIN LIMITE KARYME LOZANO VALENTINO LANUS MEXICO 2006 25 50
AMOR SIN MAQUILLAJE MARLENE FAVELA SERGIO GOYRI MEXICO 2006 5 10
AMORES CRUZADOS ANA LUCIA DOMINGUEZ MICHEL GURFI COLOMBIA 2006 14 30
AMORES DE MERCADO PAOLA REY MICHAEL BROWN USA/COLOMBIA 2007 23 35
AMORESQUERER CON ALEVOSIA BARBARA MORI CHRISTIAN MEIER MEXICO 2001 24 50
AMY LA NIÑA DE LA MOCHILA AZUL NORA SALINAS EDUARDO CAPETILLO MEXICO 2004 23 45
ANGEL DE LA GUARDA ANA MARIA TRUJILLO DIEGO RAMOS USA/COLOMBIA 2003 25 50
ANGEL MALVADO GLORIA PIRES KADU MOLITERMO BRASIL 1996 33 65
ANGEL REBELDE GRETEL VALDEZ VICTOR NORIEGA VENEZUELA 2005 40 80
ANGELA ANGELICA RIVERA JUAN SOLER MEXICO 1998 16 35
ANGELICA PECADO DANIELA ALVARADO SIMON PESTANA VENEZUELA 2000 27 55
ANITA NO TE RAJES IVONNE MONTERO JORGE ENRIQUE ABELLO COLOMBIA 2004 26 55
ANTONELLA ANDREA DEL BOCA GUSTAVO BERMUDEZ ARGENTINA 1992 34 70
ANTORCHA ENCENDIDA, LA LETICIA CALDERON HUMBERTO ZURITA MEXICO 1996 14 20
APUESTA POR UN AMOR PATRICIA MANTEROLA JUAN SOLER MEXICO 2004 26 40
AQUARELA DO BRASIL MARIA FERNANDA CANDIDO EDSON CELULARI BRASIL 2000 10 20
AQUELARRE SIGRID ALEGRIA BASTIAN BODENHÖFER CHILE 1999 22 45
ARROZ CON LECHE VENEZUELA 2007 23 35
ASI SON ELLAS ERIKA BUENFIL ALFONSO ITURRALDE MEXICO 2002 18 35
ATREVETE CARIDAD CANELON PEDRO LANDER VENEZUELA 1986 45 90
ATREVETE A OLVIDARME ADRIANA FONSECA JORGE SALINAS MEXICO 2001 4 10
AUNQUE MAL PAGUEN MARIA ANTONIETA CASTILLO MIGUEL DE LEON VENEZUELA 2006 21 40
AUNQUE ME CUESTE LA VIDA ROXANA DIAZ CARLOS MONTILLA VENEZUELA 1998 12 25
AUTENTICO RODRIGO LEAL, EL LAURA MANZANEDO IVAN SANCHEZ ESPAÑA 2005 10 20
AVENTURAS EN EL TIEMPO MARIBEL GUARDIA RICARDO CHAVEZ MEXICO 2001 19 40
AZUL KATE DEL CASTILLO ARMANDO ARAIZA MEXICO 1996 11 15
AZUL TEQUILA BARBARA MORI MAURICIO OCHMANN MEXICO 1998 13 25
BABY SISTER, LA PAOLA REY VICTOR MALLARINO COLOMBIA 2000 29 60
BAILA CONMIGO BIBI GAYTAN EDUARDO CAPETILLO MEXICO 1992 18 25
BAILE DE LA VIDA, EL ZHARIK LEON ROBINSON DIAZ COLOMBIA 2005 26 50
BAJO LA MISMA PIEL KATE DEL CASTILLO JUAN SOLER MEXICO 2003 17 25
BAJO LAS RIENDAS DEL AMOR ADRIANA FONSECA VICTOR GONZALEZ MEXICO 2007 30 45
BAJO UN MISMO ROSTRO CHRISTIAN BACH ALFREDO ADAME MEXICO 1995 GRAB
BARRERA DE AMOR YADHIRA CARRILLO SERGIO REYNOSO MEXICO 2005 27 55
BENDITA MENTIRA MARIANA LEVY SERGIO CATALAN MEXICO 1996 18 35
BESAME TONTO GIANELLA NEYRA SEGUNDO CERNADAS PERU 2002 20 40
BESOS ROBADOS STEPHANIE CAYO JUAN CARLOS GARCIA PERU/VENEZUELA 2004 20 40
BODAS DE ODIO CHRISTIAN BACH FRANK MORO MEXICO 1983 15 30
BOTINES VARIAS ACTRICES VARIOS ACTORES ARGENTINA 2005 7 15
BRUJAS CAROLINA ARREGUI OSVALDO LAPORT CHILE 2005 22 45
BRUJAS, LAS NATALIA STREIGNARD ANA LUCIA DOMINGUEZ USA/COLOMBIA 33 65
BUENOS VECINOS MALENA SOLDA FACUNDO ARANA ARGENTINA 2000 11 25
BUSCANDO EL PARAISO YOLANDA ANDRADE PEDRO FERNANDEZ MEXICO 1993 20 40
CADENAS DE AMARGURAS DANIELA CASTRO RAUL ARAIZA Jr MEXICO 1991 19 40
CAFÉ CON AROMA DE MUJER MARGARITA ROSA DE FRANCISCO GUY ECKER COLOMBIA 1994 29 60
CALLE DE LAS NOVIAS, LA SILVIA NAVARRO JUAN JOSE BERNAL/SERGIO BASAÑEZ MEXICO 2000 24 50
CALYPSO CHIQUINQUIRA DELGADO LUIS FERNANDEZ VENEZUELA 1999 16 30
CAMALEONA, LA JULIET LIMA DANIEL ELBITTAR COLOMBIA 2007 25 50
CAMILA BIBI GAYTAN EDUARDO CAPETILLO MEXICO 1998 16 30
CAMINOS CRUZADOS MARIANA LEVY ARIEL LOPEZ PADILLA MEXICO 1994 25 50
CANDELA ANGIE CEPEDA VICTOR MALLARINO COLOMBIA 1996 20 40
CAÑAVERAL DE PASIONES DANIELA CASTRO FRANCISCO GATTORNO/JUAN SOLER MEXICO 1996 20 30
CAPONERA, LA MARGARITA ROSA DE FRANCISCO MIGUEL VARONI COLOMBIA 2000 15 20
CARISSIMA ROXANA DIAZ CARLOS MONTILLA VENEZUELA 2001 21 40
CARITA BONITA CATHERINE FULOP FERNANDO CARRILLO ARGENTINA 1994 23 45
CARITA DE ANGEL LISSETE MORELOS MIGUEL DE LEON MEXICO 2000 35 70
CARMENCITA LA CUAIMA CATHERINE CORREIA JONATHAN MONTENEGRO VENEZUELA 2003 35 70
CAROLINA BARRANTES SUSANA TORRES MANOLO CARDONA COLOMBIA 1999 17 35
CASA DE LA PLAYA, LA CINTHYA KLITBO SERGIO GOIRY MEXICO 2000 13 25
CASI ANGELES EMILIA ATTIAS NICOLAS VAZQUEZ ARGENTINA 2007 35 70
CATALINA Y SEBASTIAN SILVIA NAVARRO SERGIO BASAÑEZ MEXICO 1999 22 45
CAZANDO A UN MILLONARIO FABIOLA COLMENARES DIEGO BERTIE PERU 2001 24 50
CELEBRIDAD MALU MADER MARCOS PALMEIRA BRASIL 2004 24 50
CELESTE ANDREA DEL BOCA GUSTAVO BERMUDEZ ARGENTINA 1991 40 80
CELESTE, SIEMPRE CELESTE ANDREA DEL BOCA GUSTAVO BERMUDEZ ARGENTINA 1993 33 65
CHIQUITITAS VARIAS ACTRICES VAROS ACTORES ARGENTINA 1994 12 25
CHISPITA ANGELICA ARAGON ENRIQUE LIZALDE MEXICO 1982 25 50
CHOCOLATE CON PIMIENTA MARIANA XIMENES MURILO BENICIO BRASIL 2003 19 40
CIUDAD BENDITA MARISA ROMAN ROQUE VALERO VENEZUELA 2006 33 65
CLAP, EL LUGAR DE TUS SUEÑOS ANA LAYEVSKA ARI BOROVOY MEXICO 2003 17 35
CLASE 406 IRAN DEL CASTILLO JORGE POZA MEXICO 2002 70 140
CLON, EL GIOVANNA ANTONELLI MURILO BENICIO BRASIL 2002 59 120
CODIGO POSTAL ALTAIR JARABO IMANOL LANDETA MEXICO 2006 39 80
COLLAR DE ESMERALDAS CARINA ZAMPINI OSVALDO LAPORT ARGENTINA 2006 26 50
COLOR DEL PECADO, EL TAIS ARAUJO REYNALDO GIANECCHINI BRASIL 2004 24 50
COMO EN EL CINE LORENA ROJAS MAURICIO OCHMANN MEXICO 2001 48 95
COMO TU NINGUNA GABRIELA SPANIC EDUARDO LUNA VENEZUELA 1996 57 115
COMPLICES CLAUDIA DIGEROMALO FRANCISCO REYES CHILE 2006 28 55
COMPLICES AL RESCATE DANIELA LUJAN FABIAN CHAVEZ MEXICO 2002 28 55
CON TODO EL ALMA CRISTINA DACOSTA DAMIAN GENAVESE VENEZUELA 24 50
CONFIDENTE DE SECUNDARIA IRAN DEL CASTILLO FLAVIO CESAR MEXICO 1996 23 45
CONTRA VIENTO Y MAREA MARLENE FAVELA SEBASTIAN RULLI MEXICO 2005 26 50
CORAZON DE MARIA AMAPARO NOGUERA FRANCISCO REYES CHILE 2007 25 50
CORAZON PARTIDO DANNA GARCIA JOSE LUIS LLAMAS USA 2005 18 35
CORAZON SALVAJE EDITH GONZALEZ EDUARDO PALOMO MEXICO 1999 20 30
CORAZONES AL LIMITE ERIKA BUENFIL ARTURO PENICHE MEXICO 2004 27 55
COSAS DEL AMOR MARI CARMEN REGUEIRO DIEGO BERTIE PERU 1999 25 35
COSITA RICA FABIOLA COLMENARES RAFAEL NOVOA VENEZUELA 2003 55 110
CRISTAL JEANETTE RODRIGUEZ CARLOS MATA VENEZUELA 1986 50 75
CUANDO HAY PASION FREDA LOPEZ JORGE REYES VENEZUELA 1999 29 60
CUANDO SEAS MIA SILVIA NAVARRO SERGIO BASAÑEZ MEXICO 2001 39 80
CUERPO DEL DESEO, EL LORENA ROJAS MARIO CIMARRO USA/COLOMBIA 2005 32 50
CULPA, LA TIARE SCANDA RAUL ARAIZA Jr MEXICO 1996 9 15
CULPABLE DE ESTE AMOR GIANELLA NEYRA JUAN DARTHES ARGENTINA 2004 45 90
DAMA DE ROSA, LA JEANETTE RODRIGUEZ CARLOS MATA VENEZUELA 1986 43 85
DAMA DE TROYA, LA CRISTINA UMANA ANDRES JUAN COLOMBIA 2008 GRAB
DAME CHOCOLATE GENESIS RODRIGUEZ CARLOS PONCE MEXICO 2007 30 60
DANIELA LITZY OSVALDO BENAVIDES MEXICO 2002 25 50
DE FRENTE AL SOL MARIA SORTE ALFREDO ADAME MEXICO 1992 14 30
DE POCAS POCAS PULGAS NATASHA DUPEYRON SANTIAGO MIRABEN MEXICO 2003 20 40
DE PURA SANGRE CHRISTIAN BACH HUMBERTO ZURITA MEXICO 1986 10 20
DEJATE QUERER CATHERINE FULOP CARLOS MATA ARGENTINA 1993 32 50
DERECHO DE NACER, EL KATE DEL CASTILLO SAUL LISAZO MEXICO 2000 14 20
DESCARADO CAROLINA ARREGUI JORGE ZABALETA CHILE 2007 25 50
DESENCUENTRO DANIELA CASTRO ERNESTO LAGUARDIA MEXICO 1997 15 30
DESEO, EL NATALIA OREIRO DANIEL KUZNIECKA ARGENTINA 2004 14 30
DESTILANDO AMOR ANGELICA RIVERA EDUARDO YAÑEZ MEXICO 2007 29 45
DESTINO DE MUJER SONYA SMITH JORGE REYES VENEZUELA 1997 27 55
DIA QUE ME QUIERAS, EL GRECIA COLMENARES OSVALDO LAPORT ARGENTINA 1995 45 90
DIARIO DE DANIELA, EL DANIELA LUJAN MARCELO BUQUET MEXICO 1998 17 35
DONA BEIJA MAITE PROENÇA GRACINDO JUNIOR BRASIL 1986 16 30
DOÑA FLOR Y SUS MARIDOS SONIA BRAGA JOSE WILKER/MAURO MENDOÇA BRASIL 1976 5 10
DORA LA CELADORA ZHARIK LEON PABLO MARTIN COLOMBIA 2005 27 40
DOS CARAS DE ANA, LAS ANA LAYEVSKA RAFAEL AMAYA MEXICO 2006 24 50
DOS MUJERES Y UN CAMINO BIBI GAYTAN ERICK ESTRADA MEXICO 1993 38 75
DUDA, LA SILVIA NAVARRO OMAR GERMENOS MEXICO 2002 19 30
DUELO DE PASIONES LUDWIKA PALETA PABLO MONTERO MEXICO 2006 28 55
DUEÑA Y SEÑORA KARLA MONROIG ANGEL VIERA CHILE 2006 25 50
DUEÑA, LA ANGELICA RIVERA FRANCISCO GATTORNO MEXICO 1995 14 20
DULCE DESAFIO ADELA NORIEGA EDUARDO YAÑEZ MEXICO 1988 20 40
ECOMODA ANA MARIA OROZCO JORGE ENRIQUE ABELLO COLOMBIA 2001 5 10
ELISA DI RIVONBROSA VITTORA PUCCINI ALESSANDRO PREZIOSSI ITALIA 2002 8 15
ENAMORADA GABY ESPINO RENE GALVAN USA/MEXICO 1999 20 40
ENGAÑADA VERONICA SCHENEIDER JORGE ARAVENA VENEZUELA 2003 29 60
ENTRE EL AMOR Y EL ODIO SUSANA GONZALEZ CESAR EVORA MEXICO 2002 26 50
ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE LETICIA CALDERON FERNANDO CIANGHERROTI MEXICO 1993 11 20
EPITAFIOS CECILIA ROTH JULIO CHAVEZ ARGENTINA 2004 6 15
ESAS MUJERES CHRISTINE FERNANDES PEDRO CAMARGO BRASIL 2005 33 65
ESCALONA ADRIANA RICARDA CARLOS VIVES COLOMBIA 1992 7 15
ESCANDALO LORENA MERITANO CHRISTIAN MEIER PERU 1998 20 40
ESCLAVA ISAURA, LA BIANCA RINALDI LEOPOLDO PACHECO BRASIL 2004 24 50
ESMERALDA LETICIA CALDERON FERNANDO COLUNGA MEXICO 1997 20 40
ESPOSA VIRGEN, LA ADELA NORIEGA JORGE SALINAS/SERGIO SENDEL MEXICO 2005 13 20
ESTRELLITA MIA ANDREA DEL BOCA RICARDO DARIN ARGENTINA 1987 32 65
EVA DEL EDEN MONICA SANCHEZ DIEGO BERTIE PERU 2005 18 25
EX, LA RUDDY RODRIGUEZ DIEGO BERTIE COLOMBIA 2007 35 70
EXTRAMBOTICA ANASTASIA NORKYS BATISTA JUAN PABLO RABA VENEZUELA 2004 29 60
FAMILIA ESPECIAL, UNA SABRINA GARCIARENA MARIANO MARTINEZ ARGENTINA 2005 1 5
FEA MAS BELLA, LA ANGELICA VALE JAIME CAMIL MEXICO 2006 61 90
FELINA GABRIELA VERGARA GUILLERMO DAVILA VENEZUELA 2001 12 25
FLORIBELLA MARIANA DERDERIAN CRISTIAN ARRIAGADA CHILE 2006 18 35
FLORICIENTA TEMP.1 FLORENCIA BERTOTTI JUAN GIL NAVARRO ARGENTINA 2004 36 75
FLORICIENTA TEMP.2 FLORENCIA BERTOTTI FABIO DI TOMASO ARGENTINA 2005 38 75
FRANCO, EL PROFE BUENAVENTURA CARINA ZAMPINI OSVALDO LAPORT ARGENTINA 2002 34 70
FUEGO EN LA SANGRE ADELA NORIEGA EDUARDO YAÑEZ MEXICO 2008 20 40
FUERZA DEL DESEO, LA MALU MADER FABIO ASSUNÇAO BRASIL 32 65
GATA SALVAJE MARLENE FAVELA MARIO CIMARRO VENEZUELA 2002 49 75
GATAS Y TUERCAS MARIA IZQUIERDO CRISTIAN CAMPOS CHILE 2005 26 55
GEMINIS ANA TURPIN MANUEL SANMARTIN ESPAÑA 2002 32 65
GENTE BIEN PATRICIA MANTEROLA MARIO CIMARRO MEXICO 1997 15 30
GIRASOLES PARA LUCIA GIANELLA NEYRA JORGE ARAVENA PERU 1999 22 45
GITANAS ANA DE LA REGUERA MANOLO CARDONA USA/MEXICO 2004 30 45
GONZALEZ, LAS GABY ESPINO JORGE REYES VENEZUELA 2002 ?¿
GOTITA DE AMOR LAURA FLORES ALEX IBARRA MEXICO 1998 18 35
GOTITA DE GENTE LILIANA ABUD JORGE ORTIZ DE PINEDO MEXICO 1978 4 10
GRECIA GRECIA COLMENARES GUSTAVO BERMUDEZ ARGENTINA 1987 26 40
GUADALUPE ADELA NORIEGA EDUARDO YAÑEZ MEXICO 1993 44 90
GUAJIRA SONYA SMITH GUY ECKER COLOMBIA 1996 20 30
GUERRA DE LAS ROSAS, LA NATALIA BETANCURT LUIGI AYCARDI COLOMBIA 1999 33 65
GUERRA DE MUJERES GABY ESPINO JORGE REYES VENEZUELA 2001 29 60
HASTA QUE LA PLATA NOS SEPARE MARCELA CARVAJAL VICTOR HUGO CABRERA COLOMBIA 2006 ?¿
HECHIZO DE AMOR EMMA RABBE GUILLERMO PEREZ VENEZUELA 2000 26 50
HEREDERA, LA SILVIA NAVARRO SERGIO BASAÑEZ MEXICO 2004 39 60
HERIDAS DE AMOR JACQUELINE BRACAMONTES GUY ECKER MEXICO 2007 27 40
HIJA DEL JARDINERO, LA MARIANA OCHOA CARLOS TORRES MEXICO 2003 36 75
HIJA DEL MARIACHI, LA CAROLINA RAMIREZ MARK TACHER MEX/COLOMB 2006 24 50
HILDA HURACAN ANA PAULA AROSIO RODRIGO SANTORO BRASIL 1998 4 10
HISTORIAS DE SEXO DE GENTE COMUN CAROLINA PERELITTI JUAN MANUEL GIL NAVARRO ARGENTINA 2004 11 25
HOGAR QUE YO ROBÉ, EL ANGELICA MARIA JUAN FERRARA MEXICO 1981 16 30
HOMBRE DE MAR VIVIANA SACCONE GABRIEL CORRADO ARGENTINA 1997 21 30
HOMBRES DE HONOR LAURA NOVOA GABRIEL CORRADO ARGENTINA 2005 31 45
HURACAN ANGELICA RIVERA EDUARDO PALOMO MEXICO 1997 15 30
IMPERIO DE CRISTAL REBECCA JONES ARI TELCH MEXICO 1994 12 25
INES DUARTE SECRETARIA AMANDA GUTIERREZ VICTOR CAMARA VENEZUELA 1991 48 75
INOCENTE DE TI CAMILA SODI VALENTINO LANUS MEXICO 2004 26 50
INTRUSA, LA GABRIELA SPANIC ARTURO PENICHE MEXICO 2001 27 55
INUTIL, EL RUDDY RODRIGUEZ JULIAN ARANGO COLOMBIA 2001 26 50
INVASORA, LA DANIELA ALVARADO JUAN CARLOS GARCIA VENEZUELA 2003 28 55
ISABELLA MUJER ENAMORADA ANA COLCHERO CHRISTIAN MEIER PERU 1999 25 40
JAULA DE ORO, LA EDITH GONZALEZ SAUL LISAZO MEXICO 1997 13 25
JESUS EL HEREDERO MALENA SOLDA JOAQUIN FURRIEL ARGENTINA 2004 32 65
JUANA LA VIRGEN DANIELA ALVARADO RICARDO ÁLAMO VENEZUELA 2002 31 45
JUANAS, LAS ANGIE CEPEDA RAFAEL NOVOA COLOMBIA 1997 19 30
JUANITA LA SOLTERA SOLEDAD FANDIÑO GABRIEL CORRADO ARGENTINA 2006 20 40
JUEGO DE LA VIDA, EL SARA MALDONADO VALENTINO LANUS MEXICO 2001 33 65
KACHORRA NATALIA OREIRO PABLO RAGO ARGENTINA 2006 31 60
KA-INA VIVIANA GIBELLI JEAN CARLO SIMANCAS VENEZUELA 1995 31 45
KASSANDRA CORAIMA TORRES OSVALDO RIOS VENEZUELA 1993 30 60
LABERINTOS DE PASIÓN LETICIA CALDERON FRANCISCO GATTORNO/CESAR EVORA MEXICO 1999 16 25
LADRON DE CORAZONES LORENA ROJAS MANOLO CARDONA USA/COLOMBIA 2003 28 55
LALOLA CARLA PETERSON LUCIANO CASTRO ARGENTINA 2007 30 60
LAZOS DE AMOR LUCERO LUIS JOSE SANTANDER MEXICO 1995 18 30
LECTORA, LA VERONICA OROZCO LUIS MESA COLOMBIA 2002 11 25
LEJANA COMO EL VIENTO ZAIR MONTES RICARDO BIANCHI VENEZUELA 2002 19 40
LEONELA MARIANA LEVY DIEGO BERTIE PERU 1997 30 45
LEY DEL AMOR, LA SOLEDAD SILVEYRA RAUL TAIBO ARGENTINA 2007 20 40
LLOVIZNA SCARLET ORTIZ LUIS FERNANDEZ VENEZUELA 1997 30 60
LOBA HERIDA MARIELA ALCALA CARLOS MONTILLA VENEZUELA 1992 43 85
LOCAS DE AMOR LETICIA BREDICE DIEGO PERETTI ARGENTINA 2004 11 25
LOCURA DE AMOR ADRIANA NIETO JUAN SOLER MEXICO 2000 20 40
LOLA BLANCA LEWIN GONZALO VALENZUELA CHILE 2007 ?¿
LOLA, ERASE UNA VEZ EIZA GONZALEZ AARON DIAZ MEXICO 2007 30 60
LORENA CORAIMA TORRES DIEGO RAMOS COLOMBIA 2005 14 20
LUCIANA Y NICOLAS ANA DE LA REGUERA CHRISTIAN MEIER PERU 2003 23 35
LUISA FERNANDA SCARLET ORTIZ GUILLERMO PEREZ VENEZUELA 1999 26 50
LUNA LA HEREDERA GABY ESPINO CHRISTIAN MEIER COLOMBIA 2004 24 50
LUNA NEGRA LORENA BERNAL JAVIER ESTRADA ESPAÑA 2003 30 45
LUNA SALVAJE CARINA ZAMPINI GABRIEL CORRADO ARGENTINA 2000 24 35
LUZ CLARITA DANIELA LUJAN CESAR EVORA MEXICO 1996 14 30
LUZ MARIA ANGIE CEPEDA CHRISTIAN MEIER PERU 1998 34 50
MACHOS MARIA ELENA SWET GONZALO VALENZUELA CHILE 2003 33 65
MADRASTRA, LA VICTORIA RUFFO CESAR EVORA MEXICO 2004 25 40
MADRE LUNA AMPARO GRISALES MICHAEL BROWN/GABRIEL PORRAS COLOMBIA 2006 35 70
MADRE, LA MARGARITA ROSA DE FRANCISCO HECTOR DE MALVA COLOMBIA 1998 21 40
MADRES EGOISTAS CHANTAL ANDERE JULIETA ROSEN MEXICO 1991 16 30
MAMBO Y CANELA ALICIA MACHADO MARCELO CEZAN VENEZUELA 2002 10 20
MANANTIAL, EL ADELA NORIEGA MAURICIO ISLAS MEXICO 2001 14 30
MANUELA GRECIA COLMENARES JORGE MARTINEZ ARGENTINA 1991 41 80
MARCA DEL DESEO, LA STEPHANIE CAYO JUAN ALFONSO BAPTISTA COLOMBIA 2007 GRAB
MARIA BELEN NORA SALINAS RENE LAVAN MEXICO 2001 18 35
MARIA DE NADIE GRECIA COLMENARES JORGE MARTINEZ ARGENTINA 1985 35 70
MARIA EMILIA QUERIDA CORAIMA TORRES JUAN SOLER PERU 1999 31 60
MARIA ISABEL ADELA NORIEGA FERNANDO CARRILLO MEXICO 1997 12 25
MARIA JOSE CLAUDIA RAMIREZ ARTURO PENICHE MEXICO 1995 12 25
MARIA LA DEL BARRIO THALIA FERNANDO COLUNGA MEXICO 1995 15 25
MARIA MADRUGADA NATHALIA BETANCURT ROBINSON DIAZ COLOMBIA 2002 22 45
MARIA MERCEDES THALIA ARTURO PENICHE MEXICO 1992 15 30
MARIA ROSA BUSCAME UNA ESPOSA GIANELLA NEYRA MARCELO CEZAN PERU 2000 23 45
MARIANA DE LA NOCHE ALEJANDRA BARROS JORGE SALINAS MEXICO 2003 26 50
MARIDO Y MUJER MARITZA RODRIGUEZ ROBINSON DIAZ COLOMBIA 1999 19 40
MARIELENA LUCIA MENDEZ EDUARDO YAÑEZ MEXICO 1994 38 75
MARIMAR THALIA EDUARDO CAPETILLO MEXICO 1994 19 40
MARINA AYLIN MUJICA MAURICIO OCHMANN MEXICO 2007 33 65
MARIU DANIELA ALVARADO CARLOS MONTILLA MEXICO 2000 21 30
MAS ALLA DEL PUENTE MARIA SORTE ALFREDO ADAME MEXICO 1994 18 35
MAS QUE AMOR FRENESI WANDA D'ISIDORO MARIO CIMARRO VENEZUELA 2001 21 30
MAXIMO CORAZON VALERIA BERTUCCELLI GABRIEL CORRADO ARGENTINA 2002 20 40
ME AMARAS BAJO LA LLUVIA CAROLINA SABINO JUAN PABLO POSADA COLOMBIA 2004 19 40
ME LLAMAN LOLITA CARLA GIRALDO MARCELO CEZAN COLOMBIA 1999 21 40
MENTIRA, LA KATE DEL CASTILLO GUY ECKER MEXICO 1999 20 30
MERLINA MUJER DIVINA VALENTINA ACOSTA RODRIGO CANDAMIL COLOMBIA 2005 28 55
MESA PARA TRES CATALINA ARISTIZABAL DIEGO CADAVID COLOMBIA 2004 29 60
MESTIZA, LA GLORIA PIRES FABIO JR. BRASIL 1979 14 30
MI AMADA BEATRIZ CATHERINE FULOP MIGUEL ALCANTARA VENEZUELA 1987 ?¿
MI DESTINO ERES TU LUCERO JORGE SALINAS MEXICO 2000 16 30
MI GORDA BELLA NATALIA STREIGNARD JUAN PABLO RABA VENEZUELA 2002 37 75
MI NEGRA CONSENTIDA GRECIA COLMENARES OSVALDO LAPORT ARGENTINA 1993 40 80
MI PEQUEÑA MAMÁ LORNA PAZ NATALIA RAMIREZ COLOMBIA 2005 4 10
MI PEQUEÑA TRAVIESA MICHEL VIETH HECTOR SOBERON MEXICO 1997 4 10
MI PRIMA CIELA MONICA SPEARS MANUEL SOSA VENEZUELA 2007 ?¿
MI QUERIDA ISABEL MARITZA RODRIGUEZ GREGORIO PERNIA COLOMBIA 2002 19 40
MI VIDA ERES TU SCARLET ORTIZ JORGE ARAVENA USA/VENEZUELA 2006 27 55
MIA SOLO MIA ANDREA DEL BOCA PABLO ECHARRI ARGENTINA 1997 31 60
MIL MILLONES ARACELI GONZALEZ GUSTAVO BERMUDEZ ARGENTINA 2002 22 45
MILAGROS LIGIA PETIT PEDRO LENDON VENEZUELA 2004 24 50
MILAGROS DE AMOR KARLA ALVAREZ ERNESTO LAGUARDIA MEXICO 1996 20 40
MIS TRES HERMANAS SCARLET ORTIZ RICARDO ALAMO VENEZUELA 2000 43 85
MISION SOS, AVENTURA Y AMOR ALISSON LOZANO DIEGO GONZALEZ MEXICO 2004 25 50
MONTECRISTO PAOLA KRUM PABLO ECHARRI ARGENTINA 2006 31 60
MONTECRISTO SILVIA NAVARRO DIEGO OLIVERA MEXICO 2006 31 45
MORELIA ALPHA ACOSTA ARTURO PENICHE MEXICO 1994 40 60
MORIR DOS VECES CARINA RICCO EDUARDO PALOMO MEXICO 1996 9 15
MUJER DE JUDAS, LA CHANTAL BANDAUX SALOMON VAISMAN VENEZUELA 2002 26 55
MUJER DE LORENZO, LA ADRIANA LOUVIER GUILLERMO PEREZ PERU/VENEZUELA 2003 26 55
MUJER DE MADERA EDITH GONZALEZ/PATRICIA ROJO GABRIEL SOTO MEXICO 2004 34 50
MUJER DE MI VIDA, LA NATALIA STREIGNARD MARIO CIMARRO VENEZUELA 1998 26 50
MUJER DEL PRESIDENTE, LA ELLUZ PERAZA JORGE CAO COLOMBIA 1997 12 25
MUJER DOBLE, LA RUDDY RODRIGUEZ CARLOS VIVES COLOMBIA 1992 25 50
MUJER EN EL ESPEJO, LA PAOLA REY JUAN ALFONSO BAPTISTA USA/COLOMBIA 2004 33 65
MUNDO DE FIERAS ROSALINDA SERFATY JEAN CARLO SIMANCAS VENEZUELA 1991 40 80
MUNDO DE FIERAS, LAS HIENAS GABY ESPINO CESAR EVORA MEXICO 2006 24 50
MUÑECA BRAVA NATALIA OREIRO FACUNDO ARANA ARGENTINA 1998 54 110
MUÑECA DE TRAPO KARINA OROZCO ADRIAN DELGADO VENEZUELA 2000 26 55
NANO ARACELI GONZALEZ GUSTAVO BERMUDEZ ARGENTINA 1994 35 70
NIÑA AMADA MIA KARIYME LOZANO SERGIO GOYRI MEXICO 2003 22 45
NIÑA DE MIS OJOS, LA LILIBETH MORILLO SIMON PESTANA VENEZUELA 2001 26 40
NIÑO QUE VINO DEL MAR, EL NATALIA ESPERON ENRIQUE IBAÑEZ MEXICO 1999 19 40
NOCHES DE LUCIANA, LAS PAOLA TURBAY RENATO ROSSINI COLOMBIA 2004 29 60
NOVENO MANDAMIENTO, EL DANIELA CASTRO FRANCISCO GATORNO MEXICO 2000 16 35
NUEVO AMANECER JAQUELINE ANDERE PEDRO ARMENDARIZ JR. MEXICO 1988 16 35
NUEVO RICO NUEVO POBRE CAROLINA ACEVEDO MARTIN KARPAN COLOMBIA 2007 GRAB
NUNCA TE OLVIDARE EDITH GONZALEZ FERNANDO COLUNGA MEXICO 1999 16 25
OBSESION GIANELLA NEYRA CHRISTIAN MEIER PERU 1996 32 65
OLVIDARTE JAMAS SONYA SMITH GABRIEL PORRAS USA/VENEZUELA 2006 24 50
OTRA MITAD DEL SOL, LA ALEJANDRA BORRERO JUAN ANGEL COLOMBIA 1996 11 25
OTRA, LA YADHIRA CARRILLO JUAN SOLER MEXICO 2002 17 35
PABLO Y ANDREA DANNA PAOLA JORGE TREJO MEXICO 2004 20 40
PADRE CORAJE NANCY DUPLA FACUNDO ARANA ARGENTINA 2004 39 60
PAIS DE LAS MUJERES, EL REBECCA JONES JOSE ALONSO MEXICO 2002 22 45
PALABRA DE MUJER EDITH GONZALEZ JUAN SOLER MEXICO 2006 ?¿
PAMPA ILUSION LARISSA CONTRERAS VICTOR CARRASCO CHILE 2001 27 55
PARAISO AMANDA GUTIERREZ VICTOR CAMARA VENEZUELA 1989 13 20
PARAISO ROCK LAURA AZCURRA LUDOVICO DI SANTO ARGENTINA 2005 12 25
PARIENTES POBRES, LOS LUCERO ERNESTO LAGUARDIA MEXICO 1993 21 40
PASION SUSANA GONZALEZ FERNANDO COLUNGA MEXICO 2007 20 30
PASION DE GAVILANES DANNA GARCIA MARIO CIMARRO COLOMBIA 2004 29 45
PASIONES PROHIBIDAS MARGARITA GRALIA SERGIO BASAÑEZ MEXICO 2005 72 145
PATITO FEO, EL LAURA NATALIA ESQUIVEL GASTON SOFFRITTI ARGENTINA 2007 34 70
PATRON DE LA VEREDA, EL CAMILA BORDONABA GUSTAVO BERMUDEZ ARGENTINA 2005 15 30
PECADOS AJENOS LORENA ROJAS MAURICIO ISLAS USA/MEXICO 2007 42 65
PECADOS CAPITALES MARIA JOSE MARTINEZ PATRICK DELMAS COLOMBIA 2002 29 60
PEDRO EL ESCAMOSO SANDRA REYES MIGUEL VARONI COLOMBIA 2000 30 60
PELUSITA MACARIA JOSE ROBERTO HILL MEXICO 1980 4 10
PEREGRINA AFRICA ZAVALA EDUARDO CAPETILLO MEXICO 2006 20 40
PERLA SILVIA NAVARRO LEONARDO GARCIA MEXICO 1998 42 85
PERLA NEGRA ANDREA DEL BOCA GABRIEL CORRADO ARGENTINA 1994 34 50
PERRO AMOR DANNA GARCIA JULIAN ARANGO COLOMBIA 1998 26 55
PICARA SOÑADORA, LA MARIANA LEVY EDUARDO PALOMO MEXICO 1991 14 30
PIEL DE OTOÑO LAURA FLORES SERGIO GOIRY MEXICO 2004 18 35
PLATEADOS, LOS TAMARA MONTSERRAT MAURICIO ISLAS USA/MEXICO 2005 30 45
POBRE DIABLA JEANETTE RODRIGUEZ OSVALDO LAPORT ARGENTINA 1990 25 50
POBRE DIABLA ANGIE CEPEDA SALVADOR DEL SOLAR PERU 2000 31 45
POBRE NIÑA RICA VICTORIA RUFFO ARIEL LOPEZ PADILLA MEXICO 1995 5 10
POBRE PABLO CAROLINA ACEVEDO ROBERTO CANO COLOMBIA 2000 27 55
POR AMOR A GLORIA CAROLINA ACEVEDO JUAN PABLO RABA COLOMBIA 2005 ?¿
POR QUE DIABLOS PAOLA REY MANOLO CARDONA USA/COLOMBIA 1999 28 40
POR TU AMOR GABRIELA SPANIC SAUL LISAZO MEXICO 1999 18 35
POR UN BESO NATALIA ESPERON VICTOR NORIEGA MEXICO 2000 19 30
POTRA ZAINA, LA AURA CRISTINA GEITHNER MIGUEL VARONI COLOMBIA 1993 28 55
PRECIO DE TU AMOR, EL SILVIA MANRIQUEZ EDUARDO SANTAMARINA MEXICO 2000 22 45
PRECIOSA IRAN DEL CASTILLO MAURICIO ISLAS MEXICO 1998 17 25
PRIMER AMOR GRECIA COLMENARES GABRIEL CORRADO ARGENTINA 1992 34 70
PRIMER AMOR A 1000 X HORA ANAHI KUNO BECKER MEXICO 2000 21 40
PRINCESA MARI CARMEN REGUEIRO GABRIEL CORRADO ARGENTINA 1992 35 70
PRISIONERA GABRIELA SPANIC MAURICIO ISLAS COLOMBIA 2004 39 80
PRIVILEGIO DE AMAR, EL ADELA NORIEGA RENE STRICKLER MEXICO 1998 29 45
PROVOCAME ARACELI GONZALEZ CHAYANNE ARGENTINA 2001 19 30
PUEBLO CHICO INFIERNO GRANDE VERONICA CASTRO GUILLERMO CAPETILLO MEXICO 1997 14 30
PUNTO DE GIRO CRISTINA UMAÑA ROBERTO CANO COLOMBIA 2003 ?¿
PURA SANGRE LILIBETH MORILLO SIMON PESTANA VENEZUELA 1989 37 75
PURA SANGRE MARCELA GARDEAZABAL RAFAEL NOVOA COLOMBIA 2007 21 30
QUE BUENA SE PUSO LA LOLA ROXANA DIAZ JERONIMO GIL VENEZUELA 2004 28 55
QUINCEAÑERA ADELA NORIEGA/THALIA ERNESTO LAGUARDIA MEXICO 1987 16 25
RAMONA KATE DEL CASTILLO EDUARDO PALOMO MEXICO 2000 12 20
RAUZAN SUSANA TORRES OSVALDO RIOS COLOMBIA 2000 20 40
REBECA MARIANA SEOANE RICARDO ÁLAMO VENEZUELA 2003 29 60
REBELDE 1ª TEMPORADA ANAHI ALFONSO HERRERA MEXICO 2004 45 90
REBELDE 2ª TEMPORADA ANAHI ALFONSO HERRERA MEXICO 2005 25 50
REBELDE 3ª TEMPORADA ANAHI ALFONSO HERRERA MEXICO 2006 22 45
REBELDE FAMILIA ANAHI ALFONSO HERRERA MEXICO 2007 4 10
REBELDE WAY 1ª TEMPORADA LUISANA LOPILATO BENJAMIN ROJAS ARGENTINA 2002 29 60
REBELDE WAY 2ª TEMPORADA LUISANA LOPILATO BENJAMIN ROJAS ARGENTINA 2003 36 70
REFUGIO, EL FERNANDA NEIL PIRU SAENZ ARGENTINA 2006 27 55
REINA DE CORAZONES EMMA RABBE ROBERTO MATEOS VENEZUELA 1998 23 45
REINA DE QUEENS, LA JUANA ACOSTA JUAN PABLO RABA COLOMBIA 2000 11 20
RENCOR APASIONADO NATALIA ESPERON EDUARDO SANTAMARINA MEXICO 1998 12 25
RESISTIRE CELESTE CID PABLO ECHARRI ARGENTINA 2006 46 70
REVANCHA, LA DANNA GARCIA JORGE REYES VENEZUELA 2001 25 50
REYES, LOS GERALDINE ZIVIC ENRIQUE CARRIAZO COLOMBIA 2005 52 105
RICOS TAMBIEN LLORAN, LOS VERONICA CASTRO ROGELIO GUERRA MEXICO 1979 21 40
ROSALINDA THALIA FERNANDO CARRILLO MEXICO 1999 16 25
ROSANGELICA SONYA SMITH VICTOR CAMARA VENEZUELA 1993 24 50
RUBI LA DESCARADA BARBARA MORI EDUARDO SANTAMARINA MEXICO 2004 23 35
RUBI REBELDE MARIELA ALCALA JAIME ARAQUE VENEZUELA 1989 35 70
SABOR A TI ANA KARINA MANCO MIGUEL DE LEON VENEZUELA 2004 31 45
SAGA, NEGOCIOS DE FAMILIA, LA PATRICIA ERCOLE DIEGO CADAVID COLOMBIA 2004 21 40
SALOME EDITH GONZALEZ GUY ECKER MEXICO 2001 30 60
SE DICE AMOR MARCELA CITTERIO ENRIQUE ESTEVANEZ ARGENTINA 2005 52 105
SE SOLICITA PRINCIPE AZUL GABY ESPINO RAFAEL NOVOA VENEZUELA 2005 28 55
SECRETO DE AMOR SCARLET ORTIZ JORGE ARAVENA VENEZUELA 2001 28 55
SECRETO, EL LOLA FORNER EDUARDO CAPETILLO ESPAÑA 2001 29 60
SELVA MARIA MARIELA ALCALA FRANKLIN VIRGUEZ VENEZUELA 1985 34 70
SENTIMIENTOS AJENOS YOLANDA ANDRADE CARLOS PONCE MEXICO 1996 15 30
SEÑOR DE LA QUERENCIA, EL SIGRID ALEGRIA JULIO MILOSTICH CHILE 2008 GRAB
SEÑORA MARI CARMEN REGUEIRO CARLOS MATA VENEZUELA 1988 46 90
SEÑORA DEL DESTINO SUZANA VIEIRA JOSE WILKER/JOSE MAYER BRASIL 2004 GRAB
SER BONITA NO BASTA MARJORIE DE SOUSA RICARDO ÁLAMO VENEZUELA 2005 20 40
SHEIK ARACELI GONZALEZ GUSTAVO BERMUDEZ ARGENTINA 1995 24 50
SIEMPRE TE AMARE LAURA FLORES FERNANDO CARRILLO MEXICO 2000 32 65
SIETE MUJERES GIOVANNA ANTONELLI THIAGO LACERDA BRASIL 2003 15 30
SIETE VECES AMADA CRISTINA UMANA ROBERTO CANO COLOMBIA 2002 21 40
SIN CODIGO NANCY DUPLA ADRIAN SUAR ARGENTINA 2004 20 40
SIN PECADO CONCEBIDO ANGELICA RIVERA CARLOS PONCE MEXICO 2001 17 35
SIN SENOS NO HAY PARAISO CARMEN VILLALOBOS GREGORIO PERNIA USA/MEXICO 2008
SIN TETAS NO HAY PARAISO MARIA ADELAIDA PUERTA NICOLAS RINCON COLOMBIA 2006 7 10
SIN TI GABRIELA RIVERO RENE STRICKLER MEXICO 1997 13 25
SIN VERGÜENZA GABY ESPINO JORGE ARAVENA COLOMBIA 2007 18 30
SOBREGIRO DE AMOR ZHARIK LEON JUAN PABLO RABA COLOMBIA 2007
SOFIA DAME TIEMPO KAREN MARTINEZ RAFAEL NOVOA COLOMBIA 2003 33 65
SOLEDAD LIBERTAD LAMARQUE SALVADOR PINEDA MEXICO 1980 24 50
SOLEDAD CORAIMA TORRES GUILLERMO PEREZ PERU 2000 41 85
SOLTERITA Y A LA ORDEN SUSANA TORRES MARCELO CEZAN COLOMBIA 2001 5 10
SOMBRA DEL DESEO, LA AMAPARO GRISALES OMAR FIERRO COLOMBIA 1996 18 35
SOÑADORAS ALEJANDRA AVALOS ARTURO PENICHE MEXICO 1998 33 65
SOÑAR NO CUESTA NADA KARYME LOZANO CRISTIAN DE LA FUENTE USA 2005 39 80
SOS MI VIDA NATALIA OREIRO FACUNDO ARANA ARGENTINA 2006 47 70
SOY GITANO JULIETA DIAZ OSVALDO LAPORT ARGENTINA 2003 48 95
SUBETE A MI MOTO VANESSA ACOSTA MARK TACHER MEXICO 2002 29 60
SUEÑO DE AMOR ANGELICA RIVERA OMAR FIERRO MEXICO 1993 11 25
SUEÑOS Y CARAMELOS NASHLA AGUILAR LUCIANO CORIGLIANO MEXICO 2005 26 55
TE AMARE EN SILENCIO ANA CAROLINA DA FONSECA EDUARDO YAÑEZ MEXICO 2002 15 25
TE SIGO AMANDO CLAUDIA RAMIREZ LUIS JOSE SANTANDER MEXICO 1997 20 30
TE VOY A ENSEÑAR A QUERER DANNA GARCIA MIGUEL VARONI USA/COLOMBIA 2004 24 35
TENTACION SIGRID ALEGRIA FELIPE BRAUN CHILE 2004 25 50
TERRA NOSTRA ANA PAULA AROSIO THIAGO LACERDA BRASIL 2000 32 65
TIEMPO NO PARA, EL DOLORES FONZI WALTER QUIROZ ARGENTINA 2006 14 30
TIERRA DE PASIONES GABRIELA SPANIC SAUL LISAZO USA/COLOMBIA 2006 37 75
TODO POR TU AMOR JEANETTE RODRIGUEZ JEAN CARLO SIMANCAS VENEZUELA 1999 30 60
TODO SOBRE CAMILA SCARLET ORTIZ SEGUNDO CERNADAS VENEZUELA 2002
TODOS QUIEREN CON MARILYN SCARLET ORTIZ JORGE REYES VENEZUELA 2005 29 45
TONTAS NO VAN AL CIELO, LAS JAQUELINE BRACAMONTES JAIME CAMIL MEXICO 2007 22 35
TOPACIO GRECIA COLMENARES VICTOR CAMARA VENEZUELA 1985 35 55
TORMENTA DE PASIONES ALEJANDRA LAZCANO ALEJANDRO DE LA MADRID PERU 2004 21 40
TORMENTA, LA NATALIA STREIGNARD CHRISTIAN MEIER USA/COLOMBIA 2006 44 90
TRAGA MALUCA CRISTINA UMANA RAFAEL NOVOA COLOMBIA 2000 23 45
TRAICION, LA DANNA GARCIA MARIO CIMARRO USA/COLOMBIA 2007 27 55
TRAIDORA, LA NOELY ARTEGA PEDRO LANDER VENEZUELA 1991 34 70
TRAPOS INTIMOS MERLENE DE ANDRADE CARLOS MONTILLA VENEZUELA 2002
TREINTA, LOS LUZ VALDIVIESO ALVARO ESPINOZA CHILE 2005 39 80
TROPICO SCARLET ORTIZ VICTOR GONZALEZ VENEZUELA 1997 GRAB
TU O NADIE LUCIA MENDEZ ANDRES GARCIA MEXICO 1985 12 25
ULTIMO VERANO, EL ARACELI GONZALEZ OSVALDO LAPORT ARGENTINA 1996 15 30
USURPADORA, LA GABRIELA SPANIC FERNANDO COLUNGA MEXICO 1998 20 30
VALE TODO ITATI CANTORAL DIEGO BERTIE BRASIL 1988 17 35
VALERIA Y MAXIMILIANO LETICIA CALDERON JUAN FERRARA MEXICO 1991 16 30
VELO DE NOVIA SUSANA GONZALEZ EDUARDO SANTAMARINA MEXICO 2003 30 60
VENGANZA, LA GABRIELA SPANIC JOSE ANGEL LLAMAS USA/MEXICO 2002 27 40
VERDAD DE LAURA, LA MONICA ESTARREADO MARIANO ALAMEDA ESPAÑA 2001 23 35
VERDAD OCULTA, LA GALILEA MONTIJO GABRIEL SOTO MEXICO 2006 24 35
VICTORIA VICTORIA RUFFO ARTURO PENICHE MEXICO 2008 43 85
VIDAS PRESTADAS GRECIA COLMENARES LUIS JOSE SANTANDER PERU 2000
VIUDA DE BLANCO, LA YOLANDITA MONGE OSVALDO RIOS COLOMBIA 1996 29 45
VIUDA DE BLANCO, LA ITATI CANTORAL FRANCISCO GATTORNO USA/COLOMBIA 2006 33 65
VIUDA DE LA MAFIA, LA CAROLINA GOMEZ ABEL RODRIGUEZ COLOMBIA 2004 16 35
VIVAN LOS NIÑOS ANDREA LEGARRETA EDUARDO CAPETILLO MEXICO 2002 35 70
VIVIANA LUCIA MENDEZ JUAN FERRARA VENEZUELA 1978 19 40
VIVO POR ELENA VICTORIA RUFFO SAUL LISAZO MEXICO 1998 19 30
VOLTEATE PA QUE TE ENAMORES DANIELA ALVARADO ADRIAN DELGADO/JONATHAN MONTENEGRO VENEZUELA 2004 43 85
XICA DA SILVA THAIS ARAUJO VICTOR WAGNER BRASIL 1996 36 70
YAGO PASON MORENA GIANELLA NEYRA FACUNDO ARANA ARGENTINA 2001 33 65
YO AMO A JUAN QUERENDON MARILYN VILLANUEVA EDUARDO SANTAMARINA MEXICO 2006 GRAB
YO AMO A PAQUITA GALLEGO CRISTINA UMANA ANDRES JUAN COLOMBIA 1997 29 60
YO SOY BEA RUTH NUÑEZ ALEJANDRO TOUS ESPAÑA 2006 69 105
YO SOY BEA 2ª TEMPORADA PATRICIA MONTERO ALEX ADROVER ESPAÑA 2008 GRAB
YO SOY BETTY LA FEA ANA MARIA OROZCO JORGE ENRIQUE ABELLO COLOMBIA 2001 25 35
YO VENDO UNOS OJOS NEGROS GIOVANNA ANDRADE KHOTAN FERNANDEZ ECUADOR 2003 29 60
ZINGARA ANDREA DEL BOCA GABRIEL CORRADO ARGENTINA 1996 34 70
ZONA ROSA NORMA NIVIA CAROLINA SABINO COLOMBIA 2007 44 90
ZORRO, LA ESPADA Y LA ROSA, EL MARLENE FAVELA CHRISTIAN MEIER USA/COLOMBIA 2007 26 40


Mensagem enviada Nov 24, 2008, 8:52 AM
do endereço IP 80.174.122.6


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* * * CORAZÓN SALVAJE * * * (((capítulo 01)))

by

parte 1



parte 2



parte 3



parte 4



final




créditos a veronica2000 (http://br.youtube.com/user/veronica2000)


beijos!! ;*



***

[linked image]
http://www.angelicavalebrasil.com



La Fea Mas Bella hecha para Brasil...

http://outrosquinhentos.blogspot.com





Mensagem enviada Nov 23, 2008, 9:46 PM
do endereço IP 189.25.101.155


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Comentário.

by Débora

acabei de assistir, e vcs acreditam que eu nunca tinha visto o primeiro capitulo inteiro.Quando eu comecei a ver no sbt já tinha passado uma semana,depois eu vi um compacto que passou e fiquei apaixonada pela história,aí me arrependi de não ter visto o começo todo.Aliás eu perdi muita coisa quando as aulas começaram,que tristeza!!!
O mais interessante é que Francisco e Juan são parecidos e muito diferentes ao mesmo tempo,Juan é muito melhor e eu acho bonita a amizade de Juan e André.Agora vou ver o segundo capitulo e depois falo mais.

Mensagem enviada Nov 24, 2008, 7:07 PM
do endereço IP 201.78.175.251


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Francisco e João...

by

Acho que o ponto alto do primeiro capítulo é exatamente o encontro de Francisco e João. Francisco não sabe da existência deste "bastardo" e desconfia das palavras de Carmona (o marido de sua ex-amante... O padrasto cruel de João).Francisco, como qualquer homem daquela época, procurava os prazeres fáceis fora de casa, e foi assim que conheceu a mãe de João, uma mulher casada que não se deixou intimidar por causa disso, e foi para cama com Francisco. É bem verdade que ele ainda não era casado com aquela infeliz (desculpem a sinceridade), mas isso não seria uma desculpa. Quando João (já limpo e arrumado) se apresenta na frente da Francisco, este se dá conta que realmente tem dois filhos. Neste momento, já podemos pontuar as diferenças marcantes entre os dois filhos de Francisco Alcazar: Andrés, super protegido pela mãe, frágil, delicado, ama o pai sinceramente, e tem por ele uma admiração de herói. João, forte, cresceu sem amor, em meio a bandidos e ladrões da pior espécie. Cultiva um sentimento de indifença pelo pai, já que este não o criou, e segundo seu padrasto, foi o responsável pela morte de sua mãe. André é o filho que tem de ser protegido, enquanto João é o que sobrevive. Francisco não viveu o suficiente para dar ao filho mais velho aquilo que era dele por direito, e João foi obrigado a viver da caridade do advogado de seu pai, o boa praça Senhor Noel. JOão teve uma boa educação, mas acabou se enredando mesmo pelo mundo do crime. Toda a cidade conhecia o famoso e temível "João do Diabo", e ele até certo ponto foi "bem sucedido" na sua vida, mas mesmo assim, somente Andrés pode colher os louros de ser filho de João Alcazar...

Gente, eu sei que falo demais... kkkkkkkkk

Desculpem!

BJS!

Mensagem enviada Nov 27, 2008, 6:20 PM
do endereço IP 189.48.216.176


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Eduardo Palomo dublando.

by Débora

video de Eduardo como Tarzan.


Mensagem enviada Nov 23, 2008, 6:51 PM
do endereço IP 201.78.254.138


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mas sabe que eu tava olhando

by

há muito tempo atras no dvd não tinha opção de audio em espanhol, nossa fiquei muito chateada... Mas isso foi logo que lançou, vou conferir se hoje em dia ja fizeram o dvd com essa opção de audio *.*

***

[linked image]
http://www.angelicavalebrasil.com



La Fea Mas Bella hecha para Brasil...

http://outrosquinhentos.blogspot.com





Mensagem enviada Nov 23, 2008, 9:35 PM
do endereço IP 189.25.101.155


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Livro de Caridad Bravo Adams.

by Débora

[linked image]
Eu queria ler esse livro já que além de Coração Selvagem ela é a autora de vários outros sucessos como, A Mentira, Amor real, Eu não acredito nos homens e outros.

Aiás algumas coincidencias em suas novelas.

¿En que se parecen y en que se diferencian estas tres novelas de Caridad?

1. Juan del Diablo es el hijo del hacendado. Demetrio, hereda tierras de su hermano muerto. Y Manuel es hijo bastardo de un rico hacendado.
2. Mónica, Verónica y Matilde son niñas de bien. Chicas de buena cuna.
3. Se conocen y se casan rápido sin estar "enamorados". Motivos: Mónica para separar a Juan de Aimée, Demetrio para vengarse de la muerte de su hermano y Matilde para salvar a su familia de la ruina creyendo que Adolfo la habia engañado.
4. En una hacienda, las parejas se empiezan a dar cuenta que estan enamorados y empiezan con los celos.
5. La mejores partes en Amor Real y La Mentira viene después de la boda y en Corazón Salvaje antes y despúes. happy.gif
6 Hay dinámica de las tres novelas, siempre suceden cosas y se dicen las cosas en la cara.
7. Los terceros no son malos. Andrés, Adolfo y el Juan (de La Mentira). Adolfo y Juan estaban enamorados y tuvieron que renunciar a su amor. Andrés pretendio a Mónica sólo por "venganza".
8. Las terceras. Aimeé y Antonia no son malas pero hace sus intrigas para alcanzar su objetivo aunque al final pierden. Virginia, hermana de Verónica, el ángel malvado.
9. Todas tienen final feliz. Y en los tres caso, hay bebes (por nacer o ya hechos unos niños). happy.gif
10. Y las tres las grabe! Por? Corazón salvaje es la mejor, Juan del Diablo, es el mejor personaje de la historia de las telenovelas, La mentira, entre la venganza y el amor, no se queda atrás y Amor Real es una historia atrapante (y eso que actua Colunga! Ya saben, una tiene prejuicios pero la historia hizo que todo saliera perfecto) wink.gif





Mensagem enviada Nov 23, 2008, 6:44 PM
do endereço IP 201.78.254.138


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Re: Livro de Caridad Bravo Adams.

by

ADOREI ! A COMPARAÇÃO FOI MUITO BOA.
Gostaria de ler o livro que originuo a nossa coração selvagem , alguem sabe como conseguir?
bjs

Mensagem enviada Nov 23, 2008, 6:50 PM
do endereço IP 189.92.158.151


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São três livros.

by Débora

tenta baixar,mas só tem em espanhol e aqui no fórum tem algumas partes traduzidas.

Mensagem enviada Nov 23, 2008, 6:56 PM
do endereço IP 201.78.254.138


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Primeiro Livro :Corazon Salvaje

by Débora

[linked image]
CORAZÓN SALVAJE
Caridad Bravo Adams
1
LA TORMENTA DE octubre ruge sobre el inquieto Mar de las Antillas... Es de noche, y las
ráfagas de un viento huracanado hacen estrellarse contra los acantilados de rocas las olas gigantescas,
que caen luego, en hirviente manto de espuma, bajo el azote de la lluvia. Negro está el cielo; y la tierra,
como sobrecogida. Es la costa brava que se abre, primero en pequeñas ensenadas, en playones
estrechos, y luego, unos pocos metros más allá, se convierte en selva espesa... Tierra antillana sobre la
que ondea la bandera de Francia...
Un barco entra en el puerto de Saint-Pierre, a despecho de los elementos desencadenados... y
uniéndose al concierto del viento y de las olas, la salva de honor de veintiún cañonazos le saluda desde
el fuerte de San Honorato...
Al mismo tiempo que la fragata que ya se acoge a la rada de Saint-Pierre, un pequeño bote
desvencijado ha ganado milagrosamente la arena de una diminuta playa próxima a la ciudad, y su único
tripulante salta, metiéndose en el agua hasta la cintura, para arrastrar el frágil cayuco, librándolo de la
furia renovada de los elementos...
La luz vivísima de un rayo ha iluminado de pies a cabeza al audaz marinero, que en noche tal
arriba a la ensenada. Es fuerte y ágil; con flexible soltura de felino da unos pasos alejándose del mar,
para erguirse después, como calculando el peligro del lugar en que dejó su bote. Tiene la piel tostada por
la intemperie; ancho y fuerte el cuello; los hombros, cuadrados; las caderas, estrechas; las manos,
callosas, y los pies descalzos, que parecen aferrarse como zarpas a la tierra que pisan. Puede tener
apenas unos doce años...
El ominoso estampido de un trueno agitaba las sombras nocturnas. El muchacho, dominando su
primer movimiento de temor instintivo, mira de frente al firmamento oscuro, donde marcan los rayos los
latigazos de su vivida luz, y exclama:
¡Santa Bárbara!
Por un momento parece vacilar, mas no es por temor. La horrible noche no le produce espanto...
Sólo calcula, con mirada certera, qué camino debe seguir para llegar más pronto a la ciudad cercana,
cuyas luces se apiñan alrededor de la bahía.
Palpa el pequeño sobre que como un tesoro lleva entre sus ropas mojadas, mira de nuevo al bote
que dejara sobre la arena y echa a andar con paso silencioso y rápido...
Si no se da usted prisa, llegaremos tarde a la fiesta del Gobernador, amigo D'Autremont.
¿Prisa? Nunca me di prisa por nada ni por nadie, amigo Noel; sin contar con que llueve a
cántaros. Pocos serán los invitados que no se retrasen esta noche, y además, el Mariscal Pont-mercy
llega en esa fragata que vio usted entrar hace veinte minutos escasos. Él es el invitado de honor.
No más que usted, amigo mío. La fiesta es en honor de ambos, y el coche está aguardando
desde hace mucho rato.
Está bien, amigo Noel... Vamos, pues...
Francisco D'Autremont se ha puesto de pie con ademán de elegante fastidio... Ha dado unos
pasos a través de la lujosa estancia, y se detiene en medio del vestíbulo, con gesto de extrañeza al oír
los fuertes aldabonazos que repentinamente cubren el lugar con sus ecos... Disgustado, interpela
altanero a su criado:
Gentileza de El Trauko http://go.to/trauko
2
¿Quién llama de ese modo, Bautista?
Iba a verlo en este momento, señor responde el criado. No sé quién pueda ser el
atrevido...
Pues ponlo en su lugar ordena, tajante, D'Autremont.
Una ráfaga de viento y lluvia hace irrupción, silbando, en el elegante vestíbulo; y airado,
D'Autremont grita:
¡Cierra esa puerta, estúpido!
Antes que el criado logre cerrarla, el importuno visitante ha penetrado de un salto; los revueltos
cabellos mojados sobre la frente, el cuerpo semidesnudo chorreando agua sobre las alfombras... tan
sorprendentemente atrevido y audaz, que Francisco D'Autremont y Pedro Noel retroceden al verle,
apagada la indignación por la sorpresa...
¡Caramba! exclama Noel.
¿Pero qué es esto? indaga D'Autremont.
Busco al señor Francisco D'Autremont... explica el muchacho con decisión.
Debe ser un loco, señor... interviene el criado. ¡Voy a...!
¡Ahora, déjalo en paz! ataja imperativo D'Autremont.
¿Es usted don Francisco D'Autremont? inquiere el muchacho. ¿Es usted, señor?
Si, soy yo... Pero tú, ¿quién eres? ¿Y qué diablos te pasa para atreverte a llegar a mi casa de
esta manera?
Mi nombre es Juan. Vengo desde el Cabo del Diablo para traerle esta carta. El señor Bertolozi
se está muriendo y dijo que tenía usted que llegar antes de que él acabara. Si es usted de veras el señor
D'Autremont, venga conmigo... Traje mi bote para llevarlo... ¿Vamos...?
El muchacho ha dado un paso hacia la puerta, pero se detiene observando el rostro de Francisco
D'Autremont, que le mira estupefacto, en la mano el mojado sobre de la carta que acaba de entregarle.
Es un hombre alto y distinguido, que viste con extraordinaria elegancia... A su lado" Pedro Noel, su amigo
y notario; rechoncho y bondadoso, mueve la cabeza como si no pudiese dar crédito a lo que está viendo
y escuchando, y con sorpresa y disgusto a la vez, pregunta:
¿Llevar al señor D'Autremont en tu bote?
¡Cuando digo yo que es un loco...! Lo mejor será llamar para que vengan a llevárselo...
insiste el criado.
¡Quieto! ordena D'Autremont. Luego, como recordando, murmura: Bertolozi... Bertolozi...
Dijo que fuera usted en seguida, que él, por desgracia, no podía esperar demasiado. Si salimos
ahora mismo, al amanecer estaremos allá.
Bertolozi se está muriendo... susurra D'Autremont.
Eso aseguró el curandero... Que no llegará a mañana... Y le dejó un remedio, pero él no se lo
quiso tomar y me mandó con esta carta... Dijo que usted tenía que ir allá...
Pues está completamente equivocado. No conozco a ningún Bertolozi... exclama
D'Autremont, ceñudo.
¡No es posible, señor! Si es usted don Francisco D'Autremont...
¡No conozco a ningún Bertolozi! recalca éste. Se vuelve hacia su amigo y le invita:
¿Vamos, Noel?
¡Pero, señor...! se lamenta el muchacho.
Gentileza de El Trauko http://go.to/trauko
3
Ha salido seguido del notario, sin volverse a mirar al muchacho, y salta el cochero del pescante
para abrirle la puerta del carruaje. Por un instante contempla la mojada carta, la hunde luego en su
bolsillo, y entrando al coche ordena con voz fuerte:
Al palacio del Gobernador. ¡Pronto!
El muchacho se acerca, gritando implorante:
¡Señor... señor... señor...!
Todo es inútil. El coche se ha alejado; el muchacho vacila un instante, y luego echa a andar bajo
la lluvia que azota la calle...
Pedro Noel, el notario de la familia D'Autremont, con las gruesas manos apoyadas sobre la
empuñadura de plata de su bastón, mira de reojo al hombre que va a su lado. A pesar de la brusca
respuesta dada al muchacho, a pesar de su gesto glacial, Francisco D'Autremont parece hondamente
conmovido, profundamente preocupado. Tiene los labios apretados y las mejillas pálidas... Las inquietas
manos cambian a cada instante de posición y con frecuencia palpan el húmedo sobre guardado en su
bolsillo... Al fin, el notario, tras mirar y remirar, arriesga una palabra:
¿No va usted a leer esa carta? Puede tratarse de algo realmente Importante. Cuando se obliga
a un niño a venir desde el Cabo del Diablo hasta la ciudad, para traerla en una noche como ésta... será
porque ese Bertolozi, a quien usted no conoce, tiene absoluta necesidad de decirle algo... Baja la voz
y, en tono insinuante, explica: Bertolozi... A mí ese nombre me suena...
¿Cómo...?
De momento no pude recordarlo, mas ahora voy haciendo memoria... Andrés Bertolozi llegó a
la Martinica hará unos quince años. Pertenecía a una de las más distinguidas familias de Nápoles... Trajo
dinero para comprar una hacienda, y adquirió una bien extensa al Sudeste de la isla, con grandes
plantaciones de café, tabaco y cacao. Pronto se convirtió en un hombre opulento, alegre y liberal, franco y
expresivo, como la mayor parte de los italianos, y trajo consigo a su esposa: una bellísima muchacha de
la que estaba locamente enamorado...
¡Basta! le ataja, airado, D'Autremont.
Perdón... No creí importunarle. Me sorprende que no recuerde a Bertolozi. Usted estaba en
Saint-Pierre cuando los días de su desgracia...
¿A qué llama usted su desgracia?
El principio de su desgracia fue la fuga de su esposa...
¿Qué trata de insinuar?
No insinúo, amigo D'Autremont... recuerdo. Bertolozi juró públicamente matar al hombre que se
la había llevado, pero el nombre de aquél quedó en el misterio. Ella desapareció para siempre y Bertolozi
se dio a todos los vicios: bebía, jugaba, buscaba la compañía de las peores mujerzuelas del puerto... Al
fin perdió la finca y, totalmente arruinado, desapareció él también. Pero recordando, recordando, me
viene a la memoria algo que me dijo un amigo...
El coche se ha detenido frente a la puerta de la casa del Gobernador, mas Francisco D'Autremont
no se mueve... Tenso, crispado, vuelto hacia el notario, parece esperar sus ultimas palabras, que Pedro
Noel pronuncia como a desgana, con una sutil insinuación resbalando de cada frase:
Parece ser que el último pedazo de tierra que le quedaba era esa desnuda roca del Cabo del
Diablo. Sobre ella, por sus propias manos, fabricó una cabaña, y allí es donde seguramente agoniza y
desde donde le ha mandado llamar. ¿No le parece?
Tiene usted la buena memoria más abominable que conocí jamás.
¡Por Dios, amigo D'Autremont, es mi oficio...! Son tantas las historias que se escuchan cuando
se manejan papeles de familia, que con frecuencia son el reflejo de dramas de alcoba. Por lo demás,
Bertolozi fue un hombre interesante... Sus asuntos dieron mucho que hablar, y su desgracia...
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No me interesa su desgracia. ¡Nunca fui su amigo!
A veces, con ser enemigo basta para interesarse.
¿Qué quiere decirme Noel?
¿Me autoriza para que hable francamente?
¿Acaso no estoy pidiéndole que lo haga?
Pues bien... creo que debería usted leer esa carta, e ir a ver a su enemigo Bertolozi, al Cabo
del Diablo...
Francisco D'Autremont, nervioso, ha oído las palabras del notario, y con gesto de rabia estruja en
su bolsillo aquella carta que el muchacho le entregara momentos antes. Luego sonríe, tratando de vestir
de ironía la inquietud que apenas puede ya disimular:
¿No tenía tanto empeño en que llegásemos temprano a la fiesta del Gobernador?
Hasta hace media hora era lo más importante que tenía usted que hacer.
Y ahora, ¿qué? ¿Le parece más importante que el Gobernador y su fiesta, recoger el último
aliento de ese vicioso, de ese borracho, de ese desdichado caído en todos los vicios, sólo porque una
mujer le ha engañado?
Era su esposa y él la amaba responde Noel con suavidad. Lo cubrió de vergüenza y él no
logró jamás encontrarse con el agresor. .
¡No lo encontró porque no quiso buscarlo! salta D'Autremont, con ira concentrada.
Tal vez el otro supo ocultarse bien...
¿Piensa usted que era un cobarde?
No, claro que no puedo pensarlo. Sin duda, era capaz de afrontarlo todo... todo menos el
escándalo. Por lo demás, tenía obligaciones graves, y Gina Bertolozi no lo ignoraba. Era casado... su
esposa estaba a punto de darle un hijo... Yo no culpo a ese hombre, amigo D'Autremont... Son pecados
de hombre... Más grave me parece no acudir a la llamada de un moribundo...
¡Basta, Noel! Iré allá.
¡Por fin! Perdóneme por haber insistido tanto. Le conozco un poco, amigo D'Autremont, y sé
que hay cosas que no se las perdonaría usted jamás.
Entonces, ¿quiere usted presentar mis excusas al Gobernador?
Con verdadero gusto, amigo mío.
Pues vaya. De pronto D'Autremont exclama: ¡Un momento...!
No es preciso que me recomiende la discreción más absoluta aclara Noel, comprensivo.
Es... mi oficio, amigo D'Autremont.
2
LA TORMENTA HA amainado. El mar está casi tranquilo, y un viento fresco, casi frío, llega con la
proximidad del alba, barriendo las nubes.
El frágil bote, que resistió la tempestad, encalla en la arena de una profunda grieta, tallada en la
roca viva por los golpes del mar, y otra vez salta el muchachuelo metiéndose en el agua para sacar a
tierra la barquilla, dejándola a salvo. Luego, sus pies descalzos, endurecidos por la intemperie, trepan por
los peñascos afilados, primero con agilidad de felino, después más lentamente, como si no quisieran
llegar hasta el lugar a donde van... Ya en lo alto del farallón de rocas, parece como si fuesen de plomo...
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se detienen a cada instante, tiemblan como si fueran a tomar otro rumbo, y al fin llegan hasta el hueco sin
puerta, entrada de la mísera cabaña que es la única habitación humana en el Cabo del Diablo.
Una voz de enfermo, cargada de rencor, pregunta:
¿Quién es?
Soy yo: Juan...
¡Juan del Diablo!
Del camastro donde yace, con febril esfuerzo se ha incorporado un hombre que más parece un
despojo humano: la piel sobre los huesos; las mejillas hundidas; sucios, crecidos y revueltos el cabello y
la barba... la boca, un hueco crispado de dolor... por vestidos, unos sucios andrajos. Inspiraría compasión
profunda si no fuese por su mirada: ardiente, audaz, desafiadora, cargada de odio, relampagueante de
rencor, como cargadas de odio y amargura suenan cada una de sus palabras.
¿Y el perro que te mandé buscar? ¿Viene contigo? ¿Dónde está? ¿Dónde está el maldito
Francisco D'Autremont? ¡Corre... llámalo! Tráelo, dile que pase... ¡Un poco más y no puedo aguardarle!
No vino conmigo se excusa el muchacho.
¿No...? ¿Por qué? ¿No hiciste lo que te dije, maldito? ¿No llegaste a su casa? No me
obedeciste, ¿eh? Ahora verás.. .
Ha tratado de levantarse, pero cae de nuevo sin fuerzas para quedar inmóvil, extenuado, los ojos
vidriosos... El muchacho le mira impasible, se acerca paso a paso, con una expresión extraña en sus
profundos ojos altaneros, y afirma:
Sí; llegué a su casa...
¿Y le diste la carta?
Sí, señor, en la mano.
¿Y no vino después de leerla?
No la leyó. Dijo que no conocía a nadie que se llamara Bertolozi...
¿Dijo eso el perro?
Y se fue en coche a una fiesta donde lo estaban esperando.
¡Maldito! ¿Y tú qué hiciste entonces? ¿Qué hiciste?
¿Qué iba a hacer? Nada.
¡Nada... Nada! Sabes que me estoy muriendo... sabes que necesito que venga, ¡y no haces
nada! ¡Tenías que ser quien eres...!
¡Pero, padre...! suplica el muchacho.
¡No soy tu padre! ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? No soy tu padre. ¡Cuando esa maldita
volvió a buscarme, cuando vino a buscar mi amparo, ya te traía en los brazos...! ¡No eres hijo mío! Si ella,
además de engañarme, me hubiera robado un hijo mío, yo la habría matado. Pero no, volvió con el hijo
de otro, con el hijo de ese canalla... ¡contigo!
¿Hijo de quién?
¿De quién... ¿de quién? ¿Quieres saberlo? Para decírselo lo mandé llamar. Hijo de él, de ese,
del que se iba en coche a una fiesta mientras yo veo acercarse a la muerte... Del que me lo quitó todo,
del que me lo robó todo, para darme, en cambio, a ti.
¡No entiendo... no entiendo!
¡Pues entiéndelo! Ese señor que te volvió la espalda, ese señor que te dijo que no me
conocía... ¡es tu padre!
Gentileza de El Trauko http://go.to/trauko
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¿Mi padre... ¿Mi padre...? balbucea el muchacho en el paroxismo de la sorpresa.
Pero no te preocupes... tampoco te conocerá ¡Qué asco!
Señor Bertolozi... repítame eso. ¿Mi padre...? ¿Dijo usted que mi padre...?
Tu padre es Francisco D'Autremont. ¡Díselo a todo el mundo, grítalo en todas partes! Tu padre
es Francisco D'Autremont... A él le debes toda tu desgracia. Le debes la miseria, le debes la vergüenza,
le debes tu desnudez y tu hambre... ¡Le debes el insulto que han de echarte a la cara cuando seas
hombre, porque él manchó a tu madre! Todo eso le debes... Y ahora, cuando lo llamo porque me estoy
muriendo, porque vas a quedarte solo, se va a una fiesta donde lo están esperando. Un sollozo se
quiebra en su garganta, dejando paso a la ternura. ¡Juan... Juan, hijo mío...!
¡Señor...!
Te aborrezco porque eres hijo suyo, pero hay algo con lo que puedes limpiarte, lavarte esa
mancha... Cuando seas hombre, busca a Francisco D'Autremont y haz lo que yo no hice, lo que no tuve
el valor de hacer: mátalo. ¡Mátalo! Y como si en estas palabras hubiese puesto el último hálito de su
vida, cae desplomado al suelo.
¡Señor... señor, señor ¡Respóndame!
Lo ha sacudido en vano. ¡Andrés Bertolozi no responderá más!
Nadie en la costa; nadie en la honda grieta, entrada de la estrecha playa; nadie en los
imponentes farallones de rocas en los que rudamente se estrella el mar; nadie en lo alto del promontorio
del Cabo del Diablo; nadie en todo cuanto su vista inquisitiva alcanza... Ni alma viviente ni habitación
humana... Sólo una cabaña miserable al amparo del negro promontorio que se adentra en el mar: el Cabo
del Diablo.
Bien puesto tiene el nombre el abrupto paisaje, ahora más desolado bajo los espesos nubarrones
grisáceos que envuelven las montañas... tan bajos, tan cerca de la tierra, como si quisieran también
tragársela. Con paso firme. Francisco D'Autremont va hacia aquella cabaña y llama con estentórea voz:
¡Bertolozi!
El nombre suena hueco en la desnuda estancia sin puertas, sin ventanas, sin muebles casi... En
el camastro se halla la forma rígida de un cuerpo que se destaca bajo una sábana, increíblemente limpia
en aquel lugar... Impresionado, D'Autremont musita:
Bertolozi...
De un tirón ha bajado un poco la sábana para ver aquel rostro en el que la muerte puso ya su
máscara, y apenas puede reconocer en él al hombre joven, sano y arrogante, que fue su rival... Hay
manchones de canas entre los revueltos cabellos oscuros, entre la espesa barba que cubre las mejillas
adelgazadas, y hay también una sombra de suprema paz sobre los párpados cerrados...
Estremeciéndose, Francisco D'Autremont cubre aquel rostro, y retrocede un paso.
Ha llegado tarde, demasiado tarde... Aquellos labios lívidos ya no le entregarán el secreto que
guarda... Callan para siempre... Pero la mano de Francisco D'Autremont palpa nerviosamente en sus
bolsillos y extrae el arrugado sobre de aquella carta que aun no ha leído... La guardó como puede
guardarse un veneno, un arma, una dormida sierpe emponzoñadora. Pero ahora, frente a aquel cadáver,
rasga el sobre y da un paso hacia la ventana sin hojas, por la que penetra la luz lechosa del día que
nace...
"Con mis últimas fuerzas te escribo, Francisco D'Autremont, y te pido que vengas a mi lado. Ven
sin miedo... No te llamo para intentar una venganza. Es tarde para que yo me cobre en sangre todo el
mal que me has hecho y que le hiciste a ella. Eres rico y feliz, amado y respetado, mientras yo, hundido
en la abyección y en la miseria, miro llegar la muerte como la única liberación posible. No he de repetirte
cuánto te odio. Tú lo sabes. Si te matase con el pensamiento, te habría aniquilado; pero sólo yo mismo
me he consumido poco a poco en la hoguera de este rencor que me cubre el alma..."
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Por un instante. Francisco D'Autremont ha interrumpido la lectura para contemplar la forma rígida
que destaca bajo el lienzo blanco, sintiendo que la angustia le invade, que le es difícil respirar bajo el
techo de aquella cabaña donde todo parece rechazarlo, y otra vez vuelven sus ojos a la lectura...
"Me mata el odio más que el alcohol, más que el abandono. Y por odio he callado durante
muchos años. Hoy quiero decirte algo que acaso pueda interesarte. Esta carta la pondrá en tus manos un
muchacho. Tiene doce años y nadie se ocupó jamás de bautizarlo. Yo le llamo Juan, y los pescadores de
la costa le dicen algo más: Juan del Diablo... Poco tiene de ser humano. Es una fiera, un salvaje... Lo crié
en el odio... Tiene tu corazón malvado, y yo he dado, además, rienda suelta a todos sus instintos. ¿Sabes
por qué? Voy a decírtelo por si no te decides a venir a escucharme: Es tu hijo..."
La carta ha temblado en sus manos... Con ojos agrandados de angustia mira a todas partes, pero
los renglones desiguales le atraen como letreros de fuego, y bebe de un sorbo él resto de veneno de
aquellas palabras...
"Si lo tienes delante, míralo a la cara... A veces es tu vivó retrato... Otras, se parece a ella... A
ella... la maldita... Es tuyo... Tómalo... Tiene el corazón envenenado y el alma dañada de rencor. No sabe
más que aborrecer... Si lo llevas contigo, será el peor castigo que puedas tener... Si lo abandonas, será
un asesino, un pirata, un salteador de caminos, que acabará en la horca... Y es tu hijo... Tiene tu misma
sangre. .. ¡Esa es mi venganza!"
Pálido de espanto primero, rojo de indignación un instante después, Francisco D'Autremont ha
estrujado aquella carta, último mensaje de su rival vencido, de su enemigo inmóvil para siempre ya;
triunfador en la muerte, tanto como en la vida fue derrotado... Con súbito impulso de irrefrenable cólera,
ha ido hasta el camastro, descubriendo el rostro del Cadáver, y le espeta, tembloroso de horror y de
rabia:
¡Mientes! ¡Mientes! ¡Esto no es verdad! ¿Por qué no me esperarte con vida para obligarte a
confesar? ¡Embustero! ¡Cobarde! ¡Como siempre fuiste, tenías que portarte, hasta el final! ¡Cobarde, si...
cobarde! Jamás me buscaste cara a cara... Jamás, como hombre, me pediste cuentas... Y ahora... ¿por
qué no estás vivo? ¿Por qué no me aguardaste? Ha retrocedido tambaleándose, cegado por un vaho
rojo que se forma en torno suyo como una atmósfera de irrealidad. ¡Eres el más vil de los embusteros,
pero no vas a alcanzarme con tu torpe venganza! ¡No! ¡No!
¡Señor D'Autremont! llama, suave, la voz de Pedro Noel.
¡Eso no es verdad! ¡Eso no es verdad!
¡D'Autremont! insiste Noel, acercándose ¡D'Autremont!
¡Cobarde... Canalla...!
Amigo mío... ¿pero está usted loco?
¿Eh? ¿Qué? reacciona, por fin, D'Autremont.
Está usted enfermo, trastornado... Vuelva a la realidad...
Noel... Amigo Noel...
Cálmese, por favor... Cálmese...
Francisco D'Autremont se ha contenido con tremendo esfuerzo, alejándose del camastro donde
yace el cadáver, mientras Pedro Noel se acerca respetuoso.
Es un embustero... ¡Un embustero y un canalla...! sentencia D'Autremont con voz sorda.
Ya no es nada, amigo mío, sino un triste despojo. Déjelo, y vamos...
¿Cómo está usted aquí? interroga D'Autremont, saliendo del marasmo de su estupor.
Me pareció conveniente venir a buscarlo... Bautista me dijo el camino que había usted seguido.
Creo que llegué a tiempo... y usted, en cambio, demasiado tarde. Pero venga, vamos...
Aguarde... Aguarde... ¿Dónde está el muchacho?
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¿Qué muchacho?
El que llevó la carta... ¿Dónde está?
No sé... No he visto a nadie. Supongo que el desdichado Bertolozi vivía en la más absoluta
soledad.
El niño vivía con él... ¿Dónde está?
Repito que no he visto a nadie, pero si usted se empeña... ¡Oh, mire...!
D'Autremont se ha vuelto con viveza... Muy cerca del camastro, sentado en el suelo, tras los
desvencijados muebles de la casa una mesa y un par de sillas rotas, está el muchacho que fue hasta
Saint-Pierre llevando aquella carta, y arden con un extraño fuego sus ojos oscuros bajo el pelo
enmarañado que le cubre la frente...
¿Qué haces ahí escondido, muchacho? indaga Noel. Levántate... Levántate, que el señor
te está buscando...
Juan se ha levantado lentamente, sin dejar de mirar a Francisco D'Autremont, que siente
enrojecer sus mejillas bajo aquella mirada... Es una mirada que acusa, que condena... acaso que
pregunta...
¿Estabas ahí? ¿Estabas ahí desde que yo entré? quiere saber D'Autremont. ¡Responde!
Sí, señor contesta el muchacho. Ahí estaba...
¿Por qué te escondías? pregunta Noel.
No estaba escondido... Estaba ahí...
Sin decir una sola palabra... se queja D'Autremont.
¿Y qué tenía yo que decir?
El muchacho se ha puesto de pie. Es alto para su edad, delgado y recio, inquieto y ágil como un
animalillo montaraz, y D'Autremont se vuelve a él, sujetándolo bruscamente por los brazos...
Me has estado espiando, oyendo mis palabras... Sí, ¿verdad? ¿Conocías tú el contenido de la
carta que llevaste?
¿Cómo?
¡Que si habías leído esa carta...! ¡Responde! le apremia D'Autremont, airado.
¡Oh, suélteme! Yo no lo estaba espiando... ¡Suélteme! No tiene por qué sujetarme... Tampoco
leí la carta.. No sé leer...
Naturalmente, amigo D'Autremont interviene, conciliador, Pedro Noel. ¡Qué ocurrencia!
¿Cómo va a saber leer este pobre muchacho?
¿Te había dicho él lo que me escribió en esta carta? ¡Responde la verdad! D'Autremont se
dirige al muchacho, en tono amenazador.
Ya he dicho que no responde el muchacho.
Por favor, amigo D'Autremont aconseja Noel, Calma... Calma.
Francisco D'Autremont se ha alejado unos pasos, apretados los puños y trémulos los labios,
mientras el notario mira bondadosamente al muchacho inmóvil, duro y hosco, y le pregunta:
¿A qué hora murió el señor Bertolozi?
No sé... Hace tiempo ya...
¿No has avisado a nadie?
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Llegué hasta las cabañas de allá abajo... Allí me dieron esa sábana... Después me dijeron que
vendrían los de la justicia... Pero yo no estaba espiando a nadie... insiste con terquedad. Ese señor
dice...
El señor D'Autremont está nervioso por todo cuanto ha pasado. Tu actitud le pareció extraña,
pero nada más. Ven acá... acércate un poco... Comprendo que tú también te sientes mal. ¿Qué eras tú
del señor Bertolozi? ¿Amigo? ¿Pariente? ¿Criado?
El muchacho se ha erguido. Su mirada, como una flecha, se ha clavado en Francisco
D'Autremont, que vuelve ya sobre sus pasos, mirándolo de frente. Un instante se cruzan en el airé
aquellas dos miradas extrañamente iguales... y el notario, tras contemplarles, indaga con suavidad:
¿No sabes lo que eras del señor Bertolozi? Probablemente, vecino nada más... ¿Eres de la
aldea de pescadores que está allá abajo?
No... Yo vivo aquí... El señor Bertolozi era... Era mi padre...
Efectivamente suspira D'Autremont. Creo que este muchacho es hijo de Andrés Bertolozi y
de su infortunada esposa. La enfermedad y el alcohol debieron enloquecer a Bertolozi en sus últimos
tiempos... Ha debido decir tantas cosas extrañas, que el pobre muchacho está trastornado...
Su mano temblorosa ha querido posarse en la cabeza de Juan, que con un brusco movimiento lo
esquiva. Luego, con gesto de desaliento, D'Autremont sale lentamente de la cabaña, y Noel va tras él.
Unos pasos más adelante se detiene y el notario interroga a su amigo:
¿Me permite preguntarle qué va usted a hacer?
Haré que sepulten a Bertolozi con decencia. ¿Querría ocuparse de eso? contesta
D'Autremont con tristeza, sereno, ya dueño de sus emociones.
Naturalmente, si usted lo dispone...
Pienso salir para mis tierras mañana, de madrugada...
¿Y el muchacho?
Lo llevaré conmigo.
¡Ah...! ¿Pero querrá irse? No creo que ustedes hayan simpatizado.
Confío en su buena mafia para conquistarlo. Noel.
Perdóneme una última pregunta. ¿Leyó, por fin, la famosa carta?
La leí y la rompí en el acto. Sólo decía locuras y disparates. Por eso sé que Andrés Bertolozi
estaba completamente loco. ¡Absolutamente trastornado!
Pedro Noel se ha llevado al muchacho, alejándolo un tanto de la cabaña, rumbo al camino que
por otra vía comunica con la ciudad aquel paraje desolado. Han pasado las horas, y los oscuros y
rutinarios trámites para dar sepultura al cuerpo de Bertolozi tocan ya a su fin. Sólo queda aquel último
punto delicado que Francisco D'Autremont encargara a su diplomático amigo y notario.
El señor D'Autremont va a llevarte con él. ¿Sabes lo que eso significa? Te llevará a su casa,
donde van a tratarte bien, donde hay toda clase de comodidades. Tu vida va a cambiar...
¡No... no quiero! protesta el muchacho, huraño.
¿Que no quieres? No puedo creerlo. Seguramente no he logrado que entiendas mis palabras...
El señor Bertolozi ha muerto. No te queda nada qué hacer por acá.
¡No quiero irme!
No seas terco... Vas a una hermosa casa donde gozarás de todas las comodidades, donde
vivirás como un ser humano. El señor D'Autremont quiere ampararte, es muy bueno...
¡No! ¡No! ¡No es verdad! ¡No quiero ir con él!
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Pues tendrás que hacerlo, por las buenas o por las malas. No van a hacerte ningún daño... Al
contrario... Pero será peor para ti que te lleven a la fuerza, metido en un saco como un mono salvaje.
¡Si me llevan a la fuerza, me escaparé!
Y te volverán a atrapar... dice el notario, afectuoso. Pero, ¿por qué eres tan terco,
muchacho? Mira... ¿quieres que hagamos un trato? Yo voy a ir con ustedes; pasaré dos o tres días en
Campo Real, que es la hacienda del señor D'Autremont. Si no quieres quedarte allí, cuando yo regrese
para Saint-Pierre, te traigo.
¿Por qué no me deja con usted desde ahora? Yo sé trabajar en muchas cosas: cortar leña,
cuidar caballos... Yo...
Perfectamente. Te ocuparás de todo eso cuando volvamos a casa. Pero, por el momento,
tienes que complacer al señor D'Autremont. Te equivocas al pensar que no es bueno; es bueno y
generoso, posee una linda casa de campo, su esposa es una bella dama, distinguida y amable, y tiene un
hijo que poco más o menos tendrá tus mismos años. Seguramente te querrá para que estés con él, para
que le acompañes en sus juegos y seas algo así como su pequeño lacayo. Lo vas a pasar bien, Juan.
Yo prefiero quedarme con usted... o que me dejen solo.
Solo no vamos a dejarte. Yo te llevo, y...
Y me trae... Me trae después... me da su palabra... ¡Yo no quiero quedarme allá!
Bien, hombre, bien. Te llevo y te traigo. Eres un ingrato con el señor D'Autremont. Al menos,
tienes que tratar de demostrarle tu gratitud por su buena voluntad. Anda, ve para el coche, que allí viene
él y tengo que hablarle.
¿Qué pasa, amigo Noel? pregunta D'Autremont.
Se resistió bastante, pero logré amansarlo con la promesa de ir yo con ustedes y traerle de
regreso si no se halla a gusto. Él prefiere quedarse conmigo, y no lo tome usted a desaire. Es un
muchacho raro, pero me temo que extraordinariamente inteligente a pesar de su aspecto rudo y salvaje.
¿Temer? ¿Por qué?
Es una manera de hablar. Al fin y al cabo, siempre es preferible tratar con inteligentes que con
brutos. Este nos ha probado ser un valiente. El viaje que hizo anoche en ese bote, y con esa borrasca,
precisa un temple que muchos hombres no hubieran tenido. Parece, además, altivo, reservado, con cierta
dignidad natural. Nada de eso es común en quien vive como un mendigo. Se le ve cierta casta...
¡Deje en paz su casta! Lo recojo porque supongo que era lo que quería pedirme Bertolozi, pero
nada más. A mi esposa no tenemos por qué darle detalles de nada de eso. La imaginación de las
mujeres todo lo enreda. Esperó que no se sorprenda usted demasiado si me oye contar alguna historia
distinta referente al muchacho.
Me temo que es usted quien va a enredarla, porque apenas se peine y se lave la cara, ese
muchacho no podrá pasar por ningún mestizo. ¿Se ha fijado en que es un buen mozo? Sus grandes ojos
italianos recuerdan extraordinariamente a los de la infortunada Gina Bertolozi. ¿No se ha fijado?
Noel le ha observado, viéndole palidecer, apretar los labios... Luego, Francisco D'Autremont
encoge los hombros, forzando el gesto despreocupado, al comentar:
No he tenido tiempo de mirarle bien a la cara. De un modo o de otro, ya se arreglarán las
cosas. Y, en el peor de los casos, (todavía soy yo el que manda en mi casa).
3
¡MAMA. MAMAITA! POR ahí viene ya papá. ¡Por ahí viene...!
Brillantes los ojos de alegría, un momento encendidas por la emoción las mejillas, habitualmente
pálidas que enmarcan los lacios cabellos rubios, un muchacho como de doce años ha entrado en la
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alcoba de la señora D'Autremont, que abre los ojos, incorporándose lentamente en la amplia hamaca en
que descansa.
¿Ya? ¿Es posible? ¡Pero si no lo esperaba yo hasta el sábado!
Sofía D'Autremont tiene una belleza delicada y frágil... grandes ojos de color turquesa, cabellos
rubios, suaves y lacios como los del muchacho, y, como éste, pálidas mejillas de color ámbar.
Un momento ha desaparecido su gesto doliente ante la noticia que acaba de traerle su hijo. Y ya
de pie, da unos pasos apoyándose en los delgados hombros de éste.
¿Estás seguro que es tu papá quien llega?
Pues claro, mamá, Sebastián vino corriendo a avisar. Dice que desde lo alto de la loma vio a
papá en su caballo blanco, y detrás los tres coches de la caravana. A lo mejor vienen llenos de regalos...
¿Para ti?
Para ti, mamaíta. Si ha llegado barco de Francia, papá te traerá de todo: telas de seda,
perfumes, bombones y todas esas cosas que siempre te trae. Yo le pedí un reloj de bolsillo. ¿Me lo
traerá?
Seguramente, hijo. Pero llama a mis doncellas... A Isabel, a Ana... a la primera que encuentres.
Tengo que peinarme, que vestirme...
¡Señora, señora...! Dicen que el señor está llegando para acá exclama Ana, la doncella,
irrumpiendo en la alcoba.
¿Tú ves? ¿Tú ves, mamaíta? (Ya está aquí).
¡Jesús! Ayúdame a peinarme, Ana. De cambiarme de ropa no hay tiempo, pero...
La señora está, como siempre, linda y arreglada.
No miente la doncella mestiza. Como siempre, la señora D'Autremont está impecable. Un fino
traje blanco adornado con amplios encajes, medias de seda, zapatos de tacón Luis XV y un fino aderezo
con el que muy bien podría presentarse en cualquier centro elegante de su tierra natal. Sin embargo, sólo
está en la gran casa, centro de las plantaciones de Campo Real, mansión enorme y sólida, de
amplísimas estancias suntuosas, grandes lámparas y pisos brillantes como espejos; tan lujosa, tan
señorial, con sus lunas de Venecia y sus consolas doradas, que resulta anacrónica en el corazón de
aquella isla americana, tórrida y salvaje; pero es digna morada de la frágil dama que avanza paso a paso
sobre el pulido parquet, una mano apoyada en el brazo de su doncella favorita, otra sobre la dorada
cabeza de aquel hijo único tan extraordinariamente parecido a ella.
¡Ahí está papa! grita el muchacho, alejándose alborozado. Ha corrido al encuentro del jinete
que ya se detiene frente a la entrada principal y desmonta de un salto del brioso caballo, arrojando las
riendas a la media docena de sirvientes que han acudido para atenderle y saludarle. Y desde la
semipenumbra de la ancha galería, Sofía D'Autremont contempla, con ojos de celosa enamorada, la
figura varonil, altanera y gallarda, ante la que todos se inclinan, porque el amo de Campo Real es
soberano indiscutible de la tierra que pisa.
¿Me trajiste el reloj, papá?
No; hijo. No tuve tiempo de buscarlo.
¿Y la caja de colores? ¿Y las cuerdas para mi mandolina?
Lo siento, pero en este viaje no hubo tiempo para buscar nada.
Francisco... murmura Sofía, acercándose a su esposo.
Sofía... ¿cómo estás? indaga D'Autremont, afectuoso y tierno.
Como siempre... Pero dejemos mis achaques. ¿Cómo es que has regresado tan pronto?
Todavía no te esperábamos...
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Supongo que no te disgusta el que haya adelantado mi regreso contesta D'Autremont en
tono jovial.
¿Disgustarme? ¡Qué cosas dices! Es una sorpresa gratísima; pero una sorpresa, al fin y al
cabo. ¿Qué pasó? ¿No llegó la fragata que esperaban? ¿Suspendieron las fiestas preparadas en honor
del Mariscal Pontmercy? ¿O acaso le traes tú?
¡Oh, no, no!.Ni siquiera he visto al Mariscal Pontmercy.
¿Qué ha pasado? ¿Alguna desgracia? El tiempo ha estado terrible estos últimos días...
No, ninguna desgracia. La fragata entró sin novedad y las fiestas deben estarse celebrando.
Pero...
No me interesó quedarme a ellas, Sofía. Eso es todo.
Pensé que te agradaría departir con un compatriota ilustre. Seguramente traerá cosas
interesantes qué contar. Podríamos tener noticias...
¿Chismes de salón o intrigas políticas? ¿Para qué puede servirnos aquí, querida? Estamos a
siete mil millas de Francia y hasta el sol nos alumbra a distintas horas.
No por eso podemos olvidar a nuestra patria le reprocha Sofía.
Mi patria es ésta, querida. Porque aquí está mi casa, está mi hijo y estás tú. En esta isla, que
sólo para tu salud ha sido inhospitalaria. ¿Pero no sientes curiosidad en ver lo que te traigo? Se ha
vuelto hacia el macizo de flores que envuelve la escalinata, entrada principal de aquella mansión, donde
acaban de detenerse los tres carruajes que forman la caravana que le seguía. Uno totalmente vacío, del
otro descienden ya sus servidores particulares, y del tercero, que es el más próximo baja Pedro Noel casi
arrastrando al hosco muchacho que ha sido su compañero de viaje. Las finas cejas de la señora
D'Autremont se juntan en un gesto de extrañeza que es casi, casi de disgusto, al comentar:
Pedro Noel... ¿Pero a quién trae?
A alguien que puede entretener tus ratos de ocio y los de nuestro hijo Renato explica
D'Autremont.
¡Un muchacho! salta, alegremente, Renato. ¡Me trajiste un amigo, papá!
Justamente. Has dicho la palabra exacta. Te he traído un amigo. Me agrada mucho que lo
hayas entendido en el primer momento. Un amigo, un compañero...
¿Pero qué estás diciendo Francisco? interrumpe Sofía, con disgusto reprimido.
Traiga usted a Juan, Noel le indica a éste, D'Autremont.
Señora D'Autremont saluda Pedro Noel, aproximándose, es un gran honor para mí el
poder presentarle mis respetos. Luego, dirigiéndose a Renato, exclama: ¡Hola, buen mozo!
Buenos días, señor Noel corresponde Renato.
Este es Juan... explica D'Autremont, presentándolo.
¿Juan? ¿Juan qué? quiere saber Sofía.
Por el momento, Juan a secas. Es un huérfano desamparado, para el que espero no falte un
rincón en esta casa tan grande.
Juan... a secas, ¿eh? recalca Sofía, con retintín.
También me llaman Juan del Diablo aclara el hosco muchacho, imperturbable.
Jesús, María y José se escandaliza la doncella persignándose.
Hay un momento de estupor general, y también alguna risa ahogada, cuando Noel, mundano,
interviene:
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Excúselo, señora. El diamante todavía está sin tallar.
Ya lo veo... Y sin separarlo de la broza dice Sofía, en tono mordaz. Los caballeros son una
verdadera calamidad. A ninguno de los dos se les ha ocurrido bañar a este muchacho antes de meterlo
en el coche.
Es un olvido que puede remediarse explica D'Autremont, conteniendo su manifiesto
disgusto. Hazte cargo de él, Ana. Llévalo al baño, arréglalo, péinalo y ponle ropa limpia de Renato.
¿De Renato? se extraña Sofía.
No creo que ya pueda usar la mía.
Ni cabe en la de mi hijo.
Todo puede compaginarse interviene Noel, conciliador. Seguramente no faltará ropa de
alguien, que pueda servirle.
La negra Paula es la encargada de la ropa de los jornaleros aclara despectiva la señora
D'Autremont. Pídele una camisa y unos pantalones para este muchacho. Ana.
Yo tengo un traje que me queda grande, mamá ofrece Renato. Todavía no lo he
estrenado, precisamente por eso: Es el de paño azul...
Lo mandaron de regalo tus tíos desde Francia se opone Sofía con creciente disgusto.
Se lo ha ofrecido de buena voluntad comenta D'Autremont en tono suave, pero con
determinación. No le cortes el impulso generoso, Sofía. Nuestro Renato tiene ropa para vestir a diez
muchachos. Ve con Juan y con Ana, hijo, y piensa que, para él éste es un mundo nuevo por el que tú vas
a guiarlo. Volviéndose a su esposa, le suplica con amabilidad: Tú ven conmigo, querida. Yo también
voy a ponerme un poco más presentable. Y alzando la voz, llama al criado: Bautista... Lleva al señor
Noel a la habitación que suele ocupar y encárgate de que nada le falte.
Por mí no se molesten se disculpa Noel. Me considero de la casa.
Y lo es. Dentro de media hora, Sofía nos hará servir un aperitivo que tomaremos juntos antes
de sentarnos a la mesa, ¿verdad? Hoy te veo muy bien, tienes muy buena cara, Sofía... Seguramente
podrás acompañarnos y será un gran placer para nosotros. La mesa es otra cuando tú nos acompañas...
Ha salido Pedro Noel, seguido por el criado, y quedan solos los esposos D'Autremont. Sofía no
puede ocultar los celos que le corroen el alma, al preguntar:
¿Quién es ese muchacho?
Sofía querida, cálmate...
Y tú respóndeme... ¿Quién es ese muchacho? ¿De dónde lo sacaste y para qué le has traído
aquí? ¿Por qué no me contestas?
Voy a contestarte, pero por partes. Se llama Juan y es un huérfano...
Eso ya lo dijiste le interrumpe Sofía, nerviosa, y es lo único que sé. Se llama Juan del
Diablo... una respuesta bastante insolente de su parte, cuando nadie le preguntaba nada.
No hay insolencia en su respuesta, Sofía. Se trata del apodo que seguramente le daban los
pescadores, por el lugar en que estaba ubicada la cabaña de sus padres.
¿Qué lugar era ése?
Bueno... cerca de lo que llaman el Cabo del Diablo. D'Autremont intenta restarle
importancia. Hay allí una aldea de gentes muy humildes, muy pobres, que remiendan redes y
componen barcos. Entre esa pobre gente...
Entre esa pobre gente hay muchos huérfanos, hay muchos muchachos mendigos y miserables
en los arrabales de Saint-Pierre. Jamás se te ocurrió traer a ninguno, y mucho menos dárselo a tu hijo
como amigo... como hermano, diría yo.
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¡Sofía!
¡Es la forma en que has traído a ese pordiosero! exclama Sofía, arrebatada ya por la ira. Y
creo que tengo derecho a preguntarte: ¿por qué lo traes así? ¿Qué tienes tú que ver con él? ¿Por qué no
puede vestirse con ropa de los jornaleros, y pretendes que estrene los trajes de Renato? ¿Por qué ha de
ser nuestro hijo quien tiene que darle la bienvenida, y es en esta casa donde hemos de encontrarle un
rincón, habiendo cien barracones de jornaleros donde siempre cabe uno más?
Siempre te tuve por mujer de nobles y generosos sentimientos cristianos, Sofía.
No me falta la caridad para los desgraciados, y más de una vez te pareció excesiva.
Cuando se trataba de desmoralizar a los que son mis servidores, a los que por fuerza tengo
que hacer que me conozcan como señor y amo. No puede manejarse una hacienda, que es como una
provincia, sin el respeto absoluto a una autoridad, sin disciplina y sin castigos que obliguen a respetarla.
Por eso discutimos en más de una ocasión. En este caso...
En este caso, todo es diferente. Lo sé, lo veo y lo palpo. No es una obra de caridad lo que
estás haciendo. Es una obra de reparación. Ese muchacho te importa por ti mismo. Te importa mucho...
demasiado...
Pues bien, Sofía... Sí... Voy a decirte la verdad. Ese muchacho es el hijo de un hombre con el
que yo me porté mal. Un hombre que se arruinó por culpa mía. Ha muerto dejándolo en la más espantosa
miseria. Creo un deber de conciencia ampararlo. Duda un momento. ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras
de ese modo? ¿Es que no me crees?
Me parece muy extraño. Has arruinado a muchos, y no trajiste sus hijas a casa... Mejor cabría
pensar la historia de otro modo. ¡Ese muchacho es el hijo de una mujer a la que tú has amado!
Con esa acusación recta y precisa, como un venablo disparado contra la fría coraza de
indiferencia con que en vano pretende revestirse Francisco D'Autremont, han ido las palabras de Sofía
dando justamente en el blanco. Por un momento ha parecido a punto de estallar en uno de sus arranques
de violenta cólera. Luego, lentamente, se ha dominado, porque aquella mujercita rubia y frágil, doliente
como una flor de estufa, es la única persona que parece tener la facultad de amansar en él los ímpetus
bravíos, de resolver sus tormentas en una sonrisa o en un gesto ambiguo que cuaja después en forzada
actitud galante.
¿Por qué te empeñas en pensar siempre lo que más pueda mortificarte?
Pienso mal para acertar... y acierto, por desgracia.
En este caso, no.
En este caso más que en ninguno. ¿De qué amor es el fruto esa criatura? ¿Por qué no tiene
nombre? Ese hombre a quien arruinaste, a quien quieres satisfacer recogiéndole el hijo, ¿qué apellido
tenía? ¿Cómo se llamaba?
Bueno, el caso es que el muchacho es hijo natural de este hombre de que hablo, que no llegó a
darle el apellido... Se descuidó, son cosas que pasan. Al prometerle hacerme cargo de él, tranquilizaba,
además, su conciencia. Y no querrás que falte a la promesa que hice a un hombre que murió
bendiciéndome, sólo porque en esa linda cabecita le ha entrado una idea tan descabellada como la que
acabas de manifestar.
No vas a ablandarme con historias sentimentales...
Entonces tendré que concretar las cosas: he prometido, he jurado ayudar al muchacho. No
creo que pueda molestarte en lo más mínimo. Yo mismo me encargaré de educarlo...
¿Cómo a otro hijo...? insinúa amargamente Sofía.
Como un amigo y leal servidor de Renato corta, tajante, D'Autremont. Le enseñaré a
quererlo, a defenderlo, a prestarle su ayuda y su protección cuando llegue el caso.
¿Su protección?
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¿Por qué no? Nuestro hijo no es fuerte ni audaz.
Me lo echas en cara como si yo fuera la culpable.
No, Sofía, no quiero llevar esta discusión adelante, pero si hemos de considerar la verdad,
nuestro hijo, por un exceso de cuidados y mimos de tu parte, no es lo que debiera ser para las luchas y
responsabilidades que caerán sobre él el día de mañana. Ya te lo dije antes: le falta valor, fuerza,
audacia. Tiempo es que comience a adquirirlas cuanto antes.
Mi hijo irá a educarse a Europa. No quiero que se haga hombre en este medio salvaje.
Tengo para él proyectos contrarios: quiero que se haga hombre aquí, que conozca a fondo el
terreno en que ha de desenvolverse, que sepa gobernar, el día de mañana, el pequeño reino que voy a
legarle. Si hubiéramos tenido una niña, serías tú la que dijeras sobre ella la última palabra. Es un
muchacho y necesito que se haga un hombre. Por eso hablo y mando.
¿Y ese chiquillo que trajiste...?
Ese chiquillo es casi un hombre ya, y servirá a las mil maravillas para mi empeño. Me
encargaré de enseñarle que todo se lo debe a Renato y que es su deber dar la vida por él si es preciso.
¡Esa será mi venganza!
¿Venganza de qué?
Del destino, de la suerte, o como quieras llamarle. Te ruego que no hablemos más del asunto,
Sofía. Déjame a mí arreglar las cosas.
¡Júrame que lo que me has dicho es verdad!
Puedo jurártelo. No te he dicho nada que sea mentira. Además, no estoy haciendo nada con
carácter definitivo. Sólo trato de darle al muchacho una oportunidad de probar que vale la pena ayudarlo.
De lo que él me demuestre ser, dependerá su porvenir. Si tiene en las venas la sangre que dice que
tiene, sabrá demostrarlo.
¿Qué sangre?
¿Dan ustedes su permiso? Es Pedro Noel, que llega en el preciso instante en que la
situación se hace ya insostenible entre los esposos.
Adelante, Noel invita D'Autremont, aspirando profundamente y agradeciendo en su fuero
interno la llegada de su amigo. Llega usted en el momento oportuno de que tomemos ese aperitivo de
que hablé antes. No te molestes, Sofía. Yo mismo ordenaré que lo traigan. Y al decir esto se aleja,
dejando solos a Sofía y a Noel.
Sofía ha hecho un vago ademán de detenerle, tensa el alma en la respuesta no obtenida a sus
últimas palabras, pero queda inmóvil, turbada por aquella mirada con que Pedro Noel parece envolverla,
adivinando hasta sus más recónditos pensamientos.
A veces vale más no ahondar demasiado en las cosas, ¿verdad? Admitir, sin profundizar
demasiado, que hasta los mejores hombres tienen caprichos, debilidades y cometen errores lamentables,
que con un poco de indulgencia pueden disimularse, evitando males mayores.
¿Qué trata de decirme, señor Noel?
En concreto nada, señora. Hablaba por hablar, como hablo muchas veces; pero mientras
cruzaba esta preciosa casa, para acercarme aquí, pensaba que son ustedes un matrimonio realmente
dichoso y que conservar esa felicidad merece cualquier pequeño sacrificio de amor propio.
¿Para qué me está preparando, Noel?
Para nada, señora... ¡qué ocurrencia! Es usted demasiado sensata para necesitar de un
consejo mío, mas si por casualidad me preguntara cuál es en mi opinión la mejor forma de llevarse con el
señor D'Autremont, yo le respondería que esperara. Mi padre, que fue notario de los D'Autremont, en
Francia, me decía siempre: "La cólera de un D'Autremont es como un huracán: violenta, pero pasajera".
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Oponerse a ella en el momento del arrebato, es una verdadera locura. Pero pronto pasa, y entonces es el
momento de reparar lo que destrozaron...
4
¿VES QUE BIEN estás? Pareces otro. Mírate en el espejo dice Renato a Juan.
¿El espejo... ?
El espejo, claro... Aquí. Mírate. ¿No habías visto nunca un espejo?
Tan grande, no. Es como un pedazo de agua quieta.
No le pases la mano, que lo empañas prohíbe Bautista, el criado. ¡Habráse visto el
salvaje...!
Déjale en paz. Papá dijo que no lo molestara nadie.
¿Y quién lo está molestando? ¿Qué más quiere él?
Juan ha retrocedido un paso para mirarse de pies a cabeza en el espejo que tiene delante. Es,
efectivamente, como un gran trozo de agua quieta que le devuelve entera su imagen... una imagen en la
que parece otro, aunque es la primera vez, en los doce años de su vida, que puede contemplarse como
ahora lo está haciendo. Hay un gran asombro de sí mismo en la oscura mirada. Aunque tiene la misma
edad que Renato D'Autremont, es bastante más alto; su cuerpo, delgado y musculoso, tiene agilidad de
felino; sus manos son anchas y fuertes, casi como las de un hombre; su frente es amplia y altanera, y sus
rizados cabellos negros, ahora peinados hacia atrás, la dejan libre, dándole un vago parecido con el
señor de Campo Real; la nariz es recta; la boca, firme y apretada en gesto amargo, que haría demasiado
duro aquel rostro infantil sin los grandes ojos negros, aterciopelados... aquellos admirables ojos italianos,
iguales a los de Gina Bertolozi.
Ahora, ven para que te vean papá y mamá.
¿Con el señor...? ¿Con la señora...?
¡Pues claro! El señor y la señora son papá y mamá.
Para ti, pero no para éste interviene Bautista, despectivo. Yo creo que no debes llevarlo al
salón.
¿Por qué no? Papá me dijo que tenía que enseñarle toda la casa, mis libros, mis cuadernos,
mis trabajos de pintar, mi mandolina y mi piano.
Enséñale todo lo que gustes, mas si no quieres disgustar a la señora, no lo lleves al salón, ni a
su cuarto, ni a donde ella pueda mirarle. ¿Entendiste? Y tú, entiéndelo también: si quieres quedarte en
esta casa, no te pongas por delante a la señora.
Solo, en aquella aislada habitación que es a la vez biblioteca y despacho, Francisco D'Autremont
ha vuelto a leer la carta que hundiera, arrugada, en sus bolsillos. La ha leído lentamente,
desmenuzándola, deteniéndose en cada palabra, tratando de penetrar hasta el fondo cada una de sus
frases. Después va hacia la pared central y, apartando unos libros, busca en el fondo de un estante la
puerta disimulada de una pequeña caja de hierro, y arroja allí el papel, como si le quemara las manos.
¡Eh! ¿Quién anda ahí? indaga al oír cerrarse, cautelosamente, una puerta.
Yo, papá.
Renato, ¿qué haces escondiéndote en mi despacho?
No estaba escondiéndome, papá. Entraba para darte las buenas noches...
En todo el día no había vuelto a verte. ¿Dónde estabas?
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Con Juan...
Podías haberte acercado con Juan. ¿Cómo le quedó, por fin, tu traje?
Como hecho para él. A mí me quedaba grande, muy grande. Lo que no le sirvieron fueron mis
zapatos. Se lo mandé decir a mamá con Bautista, mas ella dijo que no importaba que estuviera descalzo.
Pero eso es feo, ¿verdad?
Sí, muy feo. ¿Dónde está ahora Juan?
Lo mandaron acostarse.
¿Dónde...?
En el último cuarto del patio de los criados explica el muchacho, en tono compungido.
Bautista dijo que así lo mandaba mamá.
¡Ya! ¿Y por qué no te acercaste a mí en todo el día?
Porque andaba con Juan, y Bautista dijo que mamá no quería que Juan se le pusiera por
delante. Y como tú has estado todo el día con mamá... Claro que tú me habías mandado llevarlo por toda
la casa, mas como dijo eso Bautista... ¿Hice mal?
No. Tienes que obedecer a tu madre, como es natural.
¿Y a ti no?
A mí más que a nadie contesta D'Autremont, tajante, Mañana nos pondremos de acuerdo
tu madre y yo. Ahora, ve a acostarte. Buenas noches.
Buenas noches, papá.
Aguarda... ¿Qué te parece Juan?
Me encanta.
¿Te has divertido con él? ¿Has jugado? ¿Le has enseñado tus cosas?
Si, pero no le gustaron. Estaba muy serio y muy triste. Después salimos al jardín... nos fuimos
más allá, y entonces comenzó lo bueno: Juan sabe montarse en los caballos sin ensillarlos, y tirar
piedras, tan fuerte y tan alto, que alcanza a los pájaros que van volando... Y caza lagartijas y sapos.
Cogió viva una serpiente con una horqueta que hizo de un palo, y le dio vuelta y la metió en una caja. Y
no lo mordió, porque él sabe cómo agarrarla. Me dijo que si tuviéramos un bote iba yo a ver cómo se
pesca... porque él sabe tirar las redes y sacar peces.
Me lo imagino. Supongo que ése fue su oficio.
¿De veras, papá? ¿No es mentira que él puede andar solo en un bote por el mar?
No es mentira... pero sigue contándome. ¿Qué más pasó con Juan?
Se burlaron de él en la barranca porque andaba descalzo y con mi traje de paño azul... Le dio
una trompada al que estaba más cerca, el cual era más grande que él, y lo tiró de espaldas. Los demás
se fueron. Pero no vas a castigarlo, ¿verdad, papá?
No. Hizo lo que me gustaría que tú hicieras si se rieran de ti alguna vez.
Pero de mí no se ríe nadie... Se quitan el sombrero cuando paso, y si los dejo, me besan la
mano.
D'Autremont se ha puesto de pie con gesto extraño. Ha acariciado la rubia y lacia cabellera de su
hijo; lo empuja suavemente hasta la puerta del despacho y lo despide:
Vete a dormir, Renato. Hasta mañana.
Francisco D'Autremont ha cruzado su enorme casa, llevando en la mano una pequeña lámpara
de petróleo, ha atravesado el patio de los criados hasta llegar a la entornada puerta de aquel último
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cuarto, donde sobre un jergón de paja, rendido por las duras emociones del día, duerme el pequeño
Juan.
Un instante alza la luz, iluminándolo. Mira el pecho desnudo, la cabeza bien formada, el rostro de
nobles y regulares rasgos... Así, con los ojos cerrados, parece borrarse en él el parecido maternal, y los
duros rasgos de la raza paterna destacan en el rostro infantil...
¡Hijo! ¿Hijo mío...? ¡Quizás... Quizás...!
Una duda sutil y penetrante, una duda que al brotar parece romper en su corazón algo duro y frío,
subiéndole del pecho a la garganta, como puede subir la lengua quemante de una llama, ha inundado el
alma de Francisco D'Autremont. Solo, contemplando a aquel niño que duerme, ha sentido por fin el
impulso buscado en vano desde antes... Puede que Bertolozi no mintiera, puede que fueran verdad sus
últimas palabras... Y, por primera vez, no es un sentimiento indefinible, mezcla de curiosidad y rencor, lo
que le llena el alma. Es como un hondo orgullo, como una profunda satisfacción, un violento deseo de
que, en verdad, sea de su propio tronco aquélla rama robusta, ruda y audaz, síntesis ardiente de su
espíritu de aventura y de combate. Cualquier hombre podría estar orgulloso de pensar hijo suyo a aquel
muchacho extraordinario, endurecido como un hombre frente a la desgracia, y la pregunta se hace
afirmación en sus labios:
¡Hijo mío! ¡Sí! ¡Hijo mío...!
Con emoción que le hace temblar, descubre los rasgos iguales: la frente recta y altanera, las
cejas anchas y pobladas, el enérgico mentón cuadrado y duro, los largos brazos musculosos, el pecho
alto y ancho... y, por contraste doloroso, piensa en Renato, rubio y frágil, aun cuando brilla en sus ojos
claros la mirada de una inteligencia superior; en Renato, tan igual a su madre, heredero legal de su
fortuna y su apellido, su único hijo ante el mundo...
¡Francisco! le interpela Sofía con voz alterada, penetrando en el humilde recinto. ¿Qué
pasa? ¿Qué haces aquí? ¿Qué significa esto?
Soy yo el que puedo preguntarte dice D'Autremont, rehaciéndose de la sorpresa. ¿Qué
significa esto, Sofía? ¿Por qué no estás ya descansando?
¿Puedo acaso descansar, cuando tú...?
Cuando yo, ¿qué? ¡Acaba!
Nada... pero quisiera saber desde cuándo vas tú, con una lámpara, comprobando y velando el
sueño de los criados.
¡No es un criado!
¿Qué es? ¡Dilo de una vez! ¡Dilo!
¿Eh? ¿Qué? es Juan que despierta a causa de las alteradas voces. El señor
D'Autremont... La señora...
No te muevas... quédate donde estás... Duerme... descansa. .. y mañana ve a buscarme en
cuanto te levantes le aconseja D'Autremont.
¡Para que me hagas el favor de llevártelo de esta casa!
¡Calla! ¡No vamos a hablar delante del muchacho!
Bruscamente la ha tomado del brazo, obligándola a salir al patio, encendidos los ojos con aquel
arrebato de cólera violenta que le es tan peculiar, y con ira a duras penas contenida, la acusa:
¿Es que has perdido el juicio, Sofía?
¿Crees que me falta razón para perderlo? se exalta Sofía. ¿Crees que no tengo motivos
para estar desesperada? ¡Estabas ahí, viéndole dormir, contemplándole como nunca miraste a nuestro
Renato!
¡Basta, Sofía, basta...!
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¡Ese niño es tu hijo! No puedes negarlo. Es tu hijo. Tu hijo... y de alguna de esas perdidas con
las que siempre me has engañado. ¿De qué charca lo sacaste para traerlo a mi hogar, para darlo por
compañero a mi hijo?
¿Vas a callarte?
¡No! ¡No me callaré! ¡Que me oigan los sordos! ¡Porque no voy a tolerarlo! ¡Es hijo tuyo y no lo
quiero aquí! ¡Sácalo de esta casa! ¡Sácalo, o seré yo la que salga con mi hijo!
¿Quieres dar un escándalo?
¡No me importa! ¡Saldré para Saint-Pierre! El Gobernador. ..
¡El Gobernador no hace sino lo que a mí me de la gana! asegura D'Autremont bajando el
tono de voz, que lo vuelve más amenazador. ¡Vas a hacer el ridículo!
El Mariscal Pontmercy fue amigo de mi padre, conoce a mis hermanos... ¡Él tendrá que
ampararme! ¡Porque yo...!
¡Calla! ¡Calla!
¡Papá.. .! ¿Qué le haces a mamá...? grita Renato, acercándose angustiado.
D'Autremont ha soltado el cuello blanco que ya locamente apretaban sus manos; ha retrocedido
tambaleante, mientras su hijo le hace frente con impulso fiero:
¡No la toques! ¡No le hagas daño, porque yo... yo...!
¡Renato! reprende D'Autremont.
¡Yo te mato si tú le pegas a mamá!
D'Autremont ha retrocedido aun más, apagada de pronto su rabia, totalmente desconcertado...
Un momento mira sus manos que llegaron hasta el cuello de Sofía, luego; bruscamente, vuelve la
espalda y se pierde entre las sombras...
¡Renato!... ¡Hijo!.... exclama Sofía, rompiendo a llorar.
Nadie te hará daño, mamá. Nadie va a hacerte nunca daño. Al que te haga daño, ¡yo lo mato!
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¿QUE ES ESO? ¿El señor D'Autremont...? Es Noel, el notario, quien hace la pregunta a
Bautista, el criado.
Sí... Es el caballo blanco del amo... El diablo anda suelto en esta casa desde que llegó ese
maldito muchacho.
¡Calle! ¡Calle! ¡Algo ha tenido que pasar...!
Pedro Noel ha salido apresuradamente de la lujosa alcoba donde le han instalado. No le basta
mirar por la ventana. Sale al ancho portal que rodea la casa, baja las escalinatas de piedra, sigue con
ojos sorprendidos la blanca silueta de aquel caballo que a la luz de la luna se pierde ya sobre los campos,
y exclama:
¡Señor... Señor...! ¡Pero qué barbaridad!
Otros ojos han visto alejarse la arrogante figura que es Francisco D'Autremont sobre su caballo
favorito. Otros ojos infantiles, abiertos de sorpresa, acaso de espanto. Es Juan. Todo lo ha oído desde
aquel último cuarto del patio de los criados, y ahora, fuera ya de la casa, corre como trastornado hasta
que una mano cae sobre su brazo, reteniéndole rudamente...
Y tú, ¿a dónde vas? inquiere Bautista. A dónde vas, te estoy preguntando...
Yo iba... Yo...
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No tienes que ir a ninguna parte sino a la cama, a donde te han mandado hace ya dos horas...
Es que el señor D'Autremont...
No te importa lo que haga .el señor D'Autremont.
Pero la señora Sofía...
Esa menos te importa lo que haga.
Es que yo vi, yo oí. .. Yo no quiero que por culpa mía...
En lo que pase por culpa tuya, tampoco te tienes que meter. Tú no te gobiernas ni te mandas.
Te han traído para que obedezcas y para que te calles. Anda a tu cuarto. Anda a tu cama, si no quieres
que te lo diga de otra manera. ¡Anda! Le ha dado un rudo empujón, metiéndolo en el cuarto, y
cerrándolo con llave.
¡Ábrame! ¡Ábrame! grita el muchacho, golpeando con fuerza la puerta.
¡Cállate, condenado! Ya te abriré cuando venga el amo. ¡Cállate!
Ana, necesito hablar inmediatamente con la señora.
La señora no quiere ver a nadie, señor Noel. Tiene la jaqueca... y cuando la señora tiene la
jaqueca, no quiere ver a nadie.
La voz lenta, sin modulaciones, empalagosa y recargada de la doncella favorita de la señora
D'Autremont, se extiende como blanda barrera deteniendo el ímpetu del notario, que iba a cruzar ya bajo
los cortinajes que dan entrada a las habitaciones privadas de Sofía.
Lo que tengo que decirle es importante porfía Pedro Noel.
La señora no oye a nadie cuando le duele la cabeza. Dice que cuando le hablan, le duele más.
Además, es muy temprano.
Anúnciame, dile que es urgente, y ya verás cómo me hace pasar.
La doncella mestiza ha sonreído mostrando su dentadura blanca, mientras mueve la rizada
cabeza adornada con una diminuta cofia de encaje a la moda francesa. Suave y tozuda, terca y mansa,
parece tener el don de agotar la paciencia del notario.
¿No has oído que avises a tu señora? ¿Por qué te quedas ahí parada?
Para avisarle a la señora tengo que hablarle, y la señora no quiere que le hablen cuando le
duele la cabeza...
¿Qué pasa...? interrumpe Sofía, saliendo de su alcoba.
Perdóneme, señora, pero es necesario que hablemos unos minutos... Es importante.
Mucho debe serlo cuando viene usted a las seis de la mañana.
Es que el señor D'Autremont no ha regresado desde anoche en que salió a caballo.
¿No ha regresado?
No, señora, y nadie sabe a dónde fue ni por qué salió de ese modo. Yo le vi pasar como alma
que lleva el diablo y pregunté a los sirvientes, pero ninguno pudo darme razón.
Sofía ha hecho un leve gesto de cansancio, apoyándose en su doncella. Ni las lágrimas
largamente lloradas, ni la noche de insomnio cambian en nada su aspecto siempre igual: pálida, frágil
como una flor de invernadero semiasfixiada entre estufas, da la impresión de escuchar siempre por
primera vez hasta las cosas que mejor sabe. En este caso, sus labios se aprietan levemente y un breve y
rojo relámpago de rencor cruza por su mirada.
¿Qué es lo que pretende usted que yo sepa, Noel?
Gentileza de El Trauko http://go.to/trauko
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Dicen que salió después de hablar con usted. Yo sé que estos días ha sufrido emociones muy
desagradables, que se encontraba en un desastroso estado de inquietud, de zozobra, de violencia
contenida...
Pues sabe usted más que yo. Por lo visto, es el triste destino de las mujeres: que no se nos
entere de nada. Ha venido usted al peor lugar a informarse...
El notario ha buscado al niño, con la mirada inquieta, pera Renato ha aprovechado la oportunidad
para salir de las habitaciones de su madre. Ya del otro lado de las cortinas, se detiene un instante para
oír con interés las palabras del notario.
Me atrevería a pedirle un poco de paciencia para el señor D'Autremont en estos días, señora.
Usted es la única persona que puede aliviar su carga o hacerla más pesada; porque, aunque tal vez haya
usted llegado a dudarlo, su esposo la adora, Sofía.
Pues tiene una extraña manera de adorarme se lamenta Sofía, con amargura. Pero eso,
desde luego, es un asunto personal y privado. Concretando: no sé a dónde ha ido Francisco ni por qué
ha pasado la noche fuera de casa. Y ahora, excúseme, estoy muy ocupada: preparo mi viaje a Saint-
Pierre, con Renato. Puede decírselo a mi esposo si es él quien le ha enviado a informarse de mi estado
de ánimo. Salgo para Saint-Pierre y ya envié una carta al Mariscal Pontmercy para que me haga el favor
de recibirme apenas llegue yo a la capital.
Libre de la compañía de su madre y de la vigilancia de Ana, Renato se ha alejado a buen paso.
Su cabeza arde... las ideas y los sentimientos parecen girar dentro de él en revuelta amalgama. Aquellas
duras palabras que jamás escuchara entre sus padres, aquella violencia de Francisco D'Autremont, a la
que hizo frente por amor de hijo y por instinto de caballerosidad, todo el cúmulo de sucesos extraños que
parecen girar en torno suyo, se agolpan sobre el cielo azul de su feliz infancia, haciéndole sentirse, por
primera vez en su vida, terriblemente desdichado. No quiere hablar a los sirvientes, no quiere aumentar
con comentarios la pena de su madre... pero necesita confiar a alguien la angustia, que llena su corazón
de niño. Piensa en su amigo... Por eso busca a Juan. Pero el cuarto en que le creía encerrado está vacío.
De la ventana abierta sobre el campo, falta un barrote que deja al descubierto el hueco por donde Juan
escapara... Lo busca con un ansia nunca sentida, con la amarga sensación de desamparo de quien ve
vacilar, por primera vez, a los que fueran para él evangelio y oráculo: sus padres...
Por la misma brecha que abriera Juan, Renato se desliza también saltando a la pendiente al
mismo tiempo que llama a gritos al fugitivo:
¡Juan... Juan...!
Acaba de verlo, ya bastante lejos de la casa, junto a aquel arroyo de cauce pedregoso que baja a
saltos desde la montaña, impetuoso y violento como lo es todo en aquella isla surgida de los mares al
soplo de un volcán, y llega hasta él, sofocado por la carrera.
Juan, ¿por qué no contestabas?
Despacio, Juan se ha puesto de pie, mirándolo casi con desagrado. Siente por él una especie de
rencor. Es tan distinto a todos los muchachos que él viera hasta entonces... Con aquel rubio y lacio
cabello demasiado largo, el ceñido calzón de pana, la camisa de seda blanca... es como un muñeco de
porcelana que se hubiera escapado de uno de los adornos del salón. Pero Renato le sonríe de un modo
varonil y franco, y los claros ojos le miran afectuosos, sinceros, en una corriente de irresistible simpatía, a
la que "Juan del Diablo" resiste encogiendo los hombros...
¿Para qué andas gritando? ¿Quieres que me atrapen?
¿Acaso te escapaste?
¡Claro! ¿No me ves?
Humm... Bautista le dijo a Ana que te había encerrado para que no molestaras; y yo, en cuanto
pude, me escapé del cuarto de mamá para ir a abrirte la puerta.
Para no molestar, me largo.
¿Largarte? ¿Quieres decir que te vas?
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Pues claro. Pero no sé por dónde... ¡No quiero estar aquí más!
Pero papá quiere que estés, y yo también. Eres mi amigo y no voy a dejarte. No te vayas, Juan.
Yo, ahora, también estoy triste... El señor Noel le dijo a mamá que tú habías sido muy desgraciado, que
habías sufrido ya demasiado para tus años, y yo, entonces, no lo entendí bien, porque no sabía lo que
era sufrir de verdad.
¿Y ahora lo sabes?
Sí... porque ahora estoy triste. Papá, de pronto, se volvió malo.
¿De pronto? ¿Nunca habían peleado antes?
No... Nunca. ¿Pero cómo sabes que pelearon? ¿Estabas despierto anoche?
Ellos me despertaron...
¿Quiénes? ¿Papá y mamá? Pues a mí, no. Yo estaba levantado. Papá me había mandado
dormir, pero yo, a veces, no le hago caso. De pronto lo vi pasar y pensé que iba a regañarte por lo que yo
le había contado que hiciste en la tarde. Después pasó mamá, entonces esperé un rato, hasta que oí que
gritaban, y cuando llegué... Bueno, si estabas despierto lo oíste todo. Papá... la voz se quiebra en su
garganta. Papá se portó mal con mamá.
Ahora es él quien rehuye la mirada de Juan, como si le avergonzara pensar que éste había
escuchado la escena pasada. Pero Juan aprieta los labios sin responder, sintiéndose hombre frente a
Renato, con la instintiva conciencia de que debe callar, seguir callando aquel secreto torturante que no
sabe si es mentira o verdad...
Yo no sé cómo empezó la pelea. Oí que mamá quería ir a Saint-Pierre y que papá no quería
dejarla. Y se puso furioso cuando ella dijo que iría de todos modos a ver al Gobernador y al Mariscal
ese... que no sé ni cómo se llama, pero que era amigo de mi abuelo... Y entonces... si lo oíste, ya lo
sabes. Tuve que meterme para defender a mamá y papá y yo quedamos peleados. Él se fue a caballo y
todavía no ha vuelto a la casa. Por eso estoy triste...
Renato ha aguardado una respuesta, un comentario, pero nada responde Juan, ceñudo y
silencioso, por lo que interroga con suavidad:
¿Tú crees que papá no volverá más? Yo sé que hay hombres que se enojan mucho y se van
para siempre de su casa.
Seguro que vuelve.
¿Crees que vuelva? ¿De verdad? exclama Renato, con alegría. Mas acto seguido, le invade
la preocupación. ¿Pero seguirá peleando con mamá si vuelve? ¿Y a mí, Juan? A mí, ¿crees que papá
no va a quererme más?
¿Querer...?
¿No sabes lo que es querer? ¿Nunca te quisieron? ¿Nunca quisiste a nadie? ¿Ni a tu mamá?
Yo no tuve...
Todos tienen. Será que no te acuerdas. Las mamas son muy buenas y cuando uno es pequeño
lo cuidan mucho y lo duermen en los brazos. Todos tienen. Hasta los mas pobres, los que viven en las
barracas... Algunos no se acuerdan, pero todos tuvieron madre. De pronto se voltea y exclama: ¡Oh!
Mira esa gente que viene por allá.
¡Ahí Sí... parece como que traen un muerto...
¿Un muerto?
¿No sabes lo que es un muerto? ¿Nunca viste un muerto?
No, nunca lo vi. Pero... eso no es un muerto. .. Es una camilla de ramas. Traen a un hombre
acostado.
Herido o muerto...
Gentileza de El Trauko http://go.to/trauko
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¡Es papá! casi grita Renato, con el espanto reflejado en su blanco rostro. ¡Es papá!
6
¿QUE SUCEDE? SE alarma Sofía.
Aun vive, señora responde Pedro Noel, triste pero sereno a la vez. Y mientras hay vida,
hay esperanza.
Anonada, derrumbada por la brutal impresión de la noticia, Sofía se ha desplomado sobre los
almohadones de un sofá, cubriéndose el rostro con las manos, mientras musita:
¡Francisco...! ¡Francisco...!
Desde que le vi salir de esa manera, temí un accidente. Por eso hice que le buscaran por todas
partes.
Pero, ¿qué ocurrió? ¿Cómo fue? quiere saber, en su angustia, la señora D'Autremont.
Supongo que, en su cólera, hizo galopar al caballo hasta desbocarse por senderos muy
escarpados. Naturalmente, fueron a dar al fondo de un barranco. Salió loco, ciego de ira... ¡Ni siquiera
permitió que le ensillaran el caballo!
¿Dónde está? ¡Quiero verlo!
Ahora le traen. Me adelanté para prevenirla, y ya envié un hombre con el caballo más rápido, a
traer un médico de la capital. Cayó de una gran altura... ¡Ahí están ya!
Francisco... Francisco mío, ¿puedes verme? ¿Puedes oírme?
Inclinada sobre el lecho amplísimo, conteniendo con esfuerzo las lágrimas que se agolpan en sus
párpados, Sofía D'Autremont espera con ansia la palabra que puedan pronunciar los labios temblorosos
de Francisco; pero es inútil, sólo los párpados se alzan con esfuerzo y la mirada vaga se fija en ella:
mirada de un alma que se desprende ya de las ligaduras terrenales.
¿Me oyes? ¿Me entiendes? ¡Francisco... Francisco mío!
Creo que es inútil... expresa Noel tristemente.
¡No... no diga eso! se desespera Sofía. Ese médico, ese médico que mandó usted buscar,
¿cuándo estará aquí?
Me temo que tarde bastante. Por desgracia, se ha perdido mucho tiempo. El accidente ha
debido sufrirlo hace varias horas ya... Y luego, traerlo hasta aquí...
Re... nato susurra, con esfuerzo, D'Autremont.
¿Eh...? Es Sofía que siente aletear en su corazón un hálito de esperanza.
Renato... vuelve a murmurar D'Autremont.
Ha dicho Renato comenta Sofía.
Sí; llama a su hijo explica Noel. Lo llama, quiere verle, quiere hablar con él. ¿Dónde está?
¡Renato... hijo! ¡Ven acá!
Sofía ha alzado la voz y ha ido hacia la puerta, donde los dos muchachos, mudos, tensos,
cogidos de la mano, contemplan la dolorosa escena, y de un brusco tirón los separa arrastrando a su hijo
hasta el lecho del moribundo, cuyos párpados han vuelto a alzarse y en cuyas pupilas tiembla la luz de un
ansia, de un anhelo imperioso...
Aquí lo tienes, y aquí estoy yo también. Francisco mío.
Renato... vas a quedar en mi lugar...
Gentileza de El Trauko http://go.to/trauko
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No digas eso interrumpe Sofía. El médico vendrá en seguida y te pondrás bien.
Pronto serás tú el amo de esta casa... Ha hecho un enorme esfuerzo, levantando la cabeza
para mirar el grupo que forman, junto a él, el hijo y la madre. Y su mano se alza hasta tocar la frente
infantil nimbada de cabellos rubios. Sé que cuidarás de tu madre... que sabrás defenderla cuando yo ya
no esté. De eso estoy bien seguro... Pero hay algo más... que quiero pedirte: ¡cuida de Juan! Cuida de
Juan, Renato... quiérelo y ayúdalo... ¡como si fuera tu propio hermano!
¡Francisco... Francisco! se angustia Sofía.
Perdóname, Sofía... y no impidas que Renato cumpla mi última voluntad. ¡Oh...!
¡Señora... Señora!, el médico está llegando... el médico de la capital está llegando anuncia
Bautista, que se acerca presuroso y sofocado. Ya lo vieron salir del desfiladero, ya viene para acá...
Tarde... tarde... ¡demasiado tarde! grita Sofía, debatiéndose en las garras de la
desesperación.
7
LOS FUNERALES DE Francisco D'Autremont duran ya tres días. La viuda no quiso que fuese
trasladado a Saint-Pierre, y es en la pequeña iglesia de Campo Real, aquella finca con honores de
pueblo, donde su cuerpo ha sido puesto en capilla ardiente entre cirios y flores, y a donde llegan a
rendirle el postrer homenaje, desde los más humildes hombres que trabajan sus tierras, hasta las más
importantes personalidades de la capital: el Gobernador, los altos funcionarios del Estado, el Mariscal
Pontmercy y la alta oficialidad de la fragata, que sólo por eso retrasó su hora de zarpar. En la amplísima
casa, en los jardines, en los caminos, es el ir y venir silencioso y constante: un ajetreo sin sonrisas ni
alegría, que, transida de dolor el alma, con un hondo y contenido tormento que no desborda en sollozos
ni en lágrimas, preside la frágil mujer que le ha sobrevivido, contra lo que todo el mundo podría esperar.
Olvidado de todos, el lujoso traje de paño azul roto y manchado, los cabellos revueltos y los pies
desechos, ronda Juan la pequeña iglesia blanca con una ansia incontenible de acercarse al que yace
para siempre, al que le mandaron aborrecer los labios de Bertolozi, y al que extrañamente, sin embargo,
ama con un sentimiento confuso, sordo, profundamente doloroso, que le hace sentir una sensación de
desamparo como no la sintió nunca en su abandono, y murmura para sí:
¡Padre! Era mi padre... Era mi padre... Ya está junto al féretro, en la capilla atestada de flores,
donde milagrosamente no hay nadie en este instante... sólo la frágil forma enlutada de una mujer a quien
el muchacho no ha visto, una mujer que se acerca temblando de cólera, apenas le ve apoyar las manos
en el borde de la caja mortuoria. Es Sofía que, con ira apenas contenida, le grita:
¿Qué haces aquí? ¿Por qué has entrado aquí? ¡No tienes nada que buscar! ¡Vete! ¡Lárgate!
¡Vete donde yo no te vea más! ¡Vete para siempre, maldito!
Ciega de una cólera que en vano trata de ahogar en su garganta, Sofía ha señalado a Juan la
puerta de la capilla, mientras el muchacho retrocede trémulo, sintiendo que el gesto y las palabras de
aquella mujer le hieren y le ofenden como nadie le ofendió jamás. Ahí, muy cerca, para siempre inmóvil y
helado en su lujosa caja, está el hombre que le dio el ser, el padre que con tardío arrepentimiento trató de
ampararle. Y es la primera vez en sus doce años, que en su corazón hosco y selvático está a punto de
florecer un sentimiento de ternura... Pero de un golpe, la voz y las palabras de aquella mujer lo han
destrozado. Retrocede, la mira de frente y sale como un sonámbulo, mientras Renato D'Autremont se
acerca por la puerta contraria, indagando:
Mamá, ¿qué pasó? ¿Por qué echas a Juan?
¡Deja tranquilo a Juan! Quédate aquí, al lado, junto al féretro de tu padre... donde debes estar.
Pero papá mandó...
¡Calla!
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Le ha apretado el brazo, obligándole a callar, mientras en la puerta del frente, de par en par
abierta sobre el campo, aparecen ya las figuras imponentes del Gobernador y del Mariscal Pontmercy.
Comienza la hora más solemne de los suntuosos funerales. Los dedos de Sofía se aflojan
soltando el brazo de Renato, las lágrimas acuden a sus ojos, y un sollozo amarguísimo estalla al fin en su
garganta, mientras Renato escapa de allí...
¡Juan... Juan!
Déjame, Renato. Me voy ahora mismo...
¡No puedes irte! ¡Papá no quiere que te vayas!
La señora me ha echado.
Ya lo oí... pero no importa. Papá me mandó que te cuidara.
¿Tú? ¿Cuidarme tú?
¿Qué te crees? Después de papá y mamá, soy yo el que manda.
Ahora tu papá está muerto y la única que manda es la señora. Ella no quiere verme más... Me
dijo que me fuera...
Que te fueras de la iglesia, pero no de Campo Real. Saint-Pierre está muy lejos. Tienes que ir
en coche o a caballo. Además, no van a dejarte salir.
¿Quién no va a dejarme?
Los criados, los trabajadores... y los soldados. ¿No viste cuántos soldados hay?
Sí... pero no tienen nada que ver conmigo.
Sí tienen que ver. Papá no quería que te fueras. Todo mundo lo sabe. Si te ven, te sujetarán, te
encerrarán...
¡Y me escaparé!
No sabes el camino...
Sé que caminando por la orilla del mar, siempre llega uno a Saint-Pierre. Bueno... si encuentro
un bote, llegaré antes.
¿Y pescarás en el bote?
Claro, puesto que tengo que comer.
¿Te comes el pescado que pescas, así, igual que lo sacas?
Es mejor que morirse de hambre.
¡Llévame contigo, Juan!
¿A ti? ¿Estás loco?
¡Llévame contigo! Yo quiero aprender a pescar y a manejar un bote. Cuando sea grande, seré
marino y mandaré una fragata, como el Mariscal.
Cuando seas grande, irás de viaje. Ahora no.
Me voy y luego vuelvo, como hacía mi papá. Él siempre dijo que cuando él llegara a faltar, yo
mandaría en la casa y sería tanto como él. Ahora, quiero ir contigo y tengo dinero para comprar un bote...
¿Tienes dinero? ¿Dinero tuyo? ¿Tuyo? Juan se muestra interesado.
Pues claro. Tengo mucho dinero en una caja...
¡Niño Renato! llama la voz de Bautista, el criado.
Ya te están buscando sonríe Juan, despectivo. Figúrate lo que harían si te fueras.
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Nos vamos con todo mi dinero si me esperas a la noche. ¿Sabes dónde? Allá abajo, al lado del
arroyo...
¡Niño Renato! vuelve a sonar la voz del criado, ya más cerca.
Ahora tengo que irme. Me escapé nada más para decirte que no te fueras. Pero si me llevas
contigo, no importa... Nos vamos y cuidaré de ti como quiere que haga mi papá.
¿Pero estás sordo, niño? dice Bautista, acercándose donde se encuentran los muchachos.
Tu mamá me mandó a buscarte. Ya tienes edad para entender que debes estar a su lado...
Ya voy, Bautista. No tienes que gritar...
No grito, pero la señora se desespera contesta el criado bajando la voz. Más en seguida, en
tono áspero, exclama: ¡Ah! También me dijo que te buscara a ti y que no te dejara marchar.
¿Entendiste? Espera por ahí a que la señora disponga de tu suerte, porque ahora es ella, y sólo ella, la
que manda en esta casa.
Las horas han pasado lentamente. El cuerpo de Francisco D'Autremont se halla ya bajo tierra; los
importantes funcionarios que acudieron desde la capital, han regresado a ella tras rendir sus respetos a la
viuda, y un silencio espeso, tanto de pena como de agotamiento y de cansancio, cae sobre la suntuosa
morada, sobre los fértiles campos, sobre las cien barracas de los trabajadores, cual si un crespón de luto
flotara sobre el cielo que ya envuelven las sombras en la opulenta hacienda de Campo Real.
Sin embargo, hay luz en las habitaciones de Sofía, a cuyas puertas llega Bautista, el más fiel y
antiguo de sus servidores, trémulo y demudado.
Señora... el niño no aparece por ninguna parte.
¿Qué?
Cuarto por cuarto hemos buscado, Isabel, Ana y yo, por toda la casa. He mandado a recorrer
los campos y a preguntar por las barracas pero tampoco está.
¡Era lo único que faltaba!
Señora D'Autremont... me dijo Ana... Es Pedro Noel, que irrumpe en la alcoba de Sofía.
Renato ha desaparecido explica, angustiada, Sofía. No lo encuentran, no dan con él. Lo
han buscado por todas partes.
Por favor, cálmese... No puede haber ido muy lejos. Estaba junto a usted hace una hora
escasa. Se habrá escondido en algún rincón, como hacen los niños cuando tienen pena...
Si mi hijo tiene pena, debe estar a mi lado.
Efectivamente; pero son reacciones extrañas de las criaturas. ¿Qué razón de él da Juan?
Esa es otra interviene Bautista. Lo primero que hice fue buscarlo para preguntarle si sabía
del niño, pero el tal Juan tampoco aparece por ninguna parte.
Pues deben estar juntos supone Noel.
Es lo que temo. Que el tal Juan arrastre al niño, quién sabe a qué extravagancias. Es peor que
una fiera el tal muchacho. Es un verdadero salvaje...
Cuando yo digo... se queja Sofía.
Basta, Bautista. No alarme a la señora más de lo que está ordena el notario.
Usted sabe que le tomamos por loco en Saint-Pierre recuerda Bautista, cuando entró a
llevarle al señor aquella carta...
¿Qué? ¿Qué carta? interrumpe Sofía, animosa y alarmada.
Le ruego que se calme suplica Noel suavemente. Cuando sucede una desgracia, todo son
pronósticos trágicos. Pero no hay verdadera razón para alarmarse. Estoy seguro de que no los han
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buscado bien. En una hora no puede recorrerse, como pretenden, la finca y la casa. Permítame que sea
yo quien me encargue del asunto, señora...
Yo tengo ya en movimiento a toda la servidumbre, pero ojalá que el tal Juan no haya llevado
muy lejos al niño. No me olvido de que pretendía llevar en su bote al señor, aquella noche en que caían
chuzos de punta y llovían rayos...
¿A dónde quería llevarlo? pregunta Sofía, intrigada.
Sofía, por favor, cálmese. El muchacho llegó con una carta de su padre, que se estaba
muriendo, para pedirle al señor D'Autremont que lo amparara. El asunto no tiene nada de particular. Y
ahora, ¡vamos a buscar a Renato!
Juan... llama débilmente Renato.
Aquí estoy. ¿Traes la plata?
Pues claro. Mírala. Con todo y caja...
La caja no sirve; echa las monedas en tu pañuelo, y vámonos.
¿Mi pañuelo?
Yo no tengo. Me las echas en el tuyo y me haces el favor completo. ¡Anda!
Rudamente, como si aquel viejo rencor contra el mundo entero, que Andrés Bertolozi derramara
en su alma, se hubiera despertado en aquellas últimas horas, ardiente y total, Juan casi ha arrebatado de
manos de Renato el pañuelo repleto de monedas, acercándolas, para mejor mirarlas, a la clara luz de la
luna y, sorprendido, confirma:
Son monedas de plata...
Pues claro. Y hay dos de oro. Míralas... Cada una de éstas vale por cien de plata. Papá
siempre me regalaba una moneda de oro el día de mi cumpleaños... Muchas las gasté. Se compran
muchas cosas con una moneda de oro... Tendremos un bote grande, grande, de esos con velas, y
navegaremos en él por todos los mares...
¿Oyes? alerta Juan, aguzando el oído.
Sí afirma Renato con la mayor tranquilidad. Nos están buscando, pero no por este lado.
Piensan que le tenemos miedo al arroyo crecido...
Yo no le tengo miedo a nada. Me voy ahora mismo. Ha anudado fuertemente las monedas en
el pañuelo, atándolo luego a su cintura. Rápidamente se despoja de la chaqueta, subiéndose las piernas
del pantalón y las mangas de la camisa, mientras Renato le contempla fascinado.
¡Renato... niño Renato...! Desde lejos llega la voz de Bautista.
Es a ti a quien buscan explica Juan, en un murmullo.
¡Juan... Juan...! ¿Dónde estás? Se oye también, lejana, la voz de Pedro Noel.
También a ti te buscan ¿Por dónde nos vamos? indaga Renato.
Yo, por el arroyo dice Juan, al tiempo que chapotea en el agua.
¡Juan... Juan...! ¡Espérame! ¡Ayúdame... Juan.
Juan no responde, no vuelve la cabeza. Saltando sobre las piedras, entre el arroyo que se
despeña en pequeñas cascadas, va curso arriba, rueda a veces, cuando le falta el pie, hasta el fondo de
una poza, pero vuelve a levantarse, se alza agarrándose a las ramas, trepando por las cuerdas naturales
que cuelgan sobre el agua, y así se pierde en el fragoso monte...
¡Renato! ¡Renato!
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La voz de su madre ha paralizado al pequeño Renato, dispuesto ya a seguir a Juan. Abrazado a
la chaqueta del traje azul que éste dejara en sus manos, los pies hundidos en el barro de la orilla del
arroyo, sostiene su primera lucha terrible entre la voz de la aventura que le llama y el tierno amor que
siente por su madre, y por fin, de mala gana, contesta:
Aquí estoy...
¡Hijo! ¡Mi Renato! grita Sofía, nerviosísima, abrazando a su hijo. ¿Qué hacías aquí? ¿Por
qué saliste a estas horas de casa?
Apuesto la cabeza a que lo sonsacó el tal Juan asegura Bautista.
¿Pero dónde está él? se alarma el notario. ¿Dónde se ha metido? Hay que seguir
buscando...
Estaba con el niño, puedo jurarlo. ¡Mire... mire... le dejó la chaqueta en las manos! Aquí hay
una caja... Una caja de plata...
¡Es mía! informa Renato.
Aquí es donde tú guardas tus monedas, Renato. ¿Qué significa esto? interroga Sofía.
Nada, mamá...
¿Cómo nada? ¿Dónde está Juan? ¡Contesta la verdad! ¡La verdad!
Pues sí, mamá... íbamos a escapamos... yo quería que me enseñara a navegar y a coger
pescados, pero él se fue solo... no quiso esperarme...
Se fue, pero llevándose tu dinero. ¡Es un ladronzuelo! afirma Bautista. Pero si la señora
me permite que salga yo a buscarlo...
No, Bautista. Déjelo. Que se vaya... ¡Que se vaya para siempre! ¡Es lo único que hemos
ganado! Vamos a casa, hijo...
Sofía D'Autremont se ha erguido, y un instante su cabeza altiva se vuelve hacia aquel arroyo por
donde Juan escapara saltando entre el agua y las piedras, mientras su mano blanca, de dedos nerviosos,
aprisiona la de su hijo Renato. Fieramente lo atrae hacia ella, en un gesto que es ternura y dominio, y lo
arrastra, alejándose de aquel lugar.
No le hubiera venido mal al tal Juan recibir una buena lección antes de largarse comenta
como para sí, Bautista, refunfuñando con enojo.
¿Por qué le tiene tan mala voluntad al muchacho, Bautista? pregunta Noel con su voz suave.
Como para no tenérsela, señor notario. Desde que apareció en el horizonte, no ha traído más
que calamidades y desgracias. Porque lo que le pasó al señor D'Autremont...
Más vale que no insista demasiado sobre quién pueda tener una buena parte de culpa por lo
que le ocurrió al señor D'Autremont.
¿Va a decir que fue la señora, señor notario? se escandaliza Bautista.
Voy a decir que un niño no es culpable de las circunstancias en que se le trae al mundo; que
maltratarle a cuenta de los pecados de sus padres es una cobardía y un crimen.
¿Todo eso es con la señora, señor notario?
Todo eso es con usted, Bautista. Y voy a añadir algo más: la señora ha dado orden de que se
deje en paz al muchacho. No intente usted ir tras él, porque tropezará conmigo... Además, la última
voluntad del señor D'Autremont fue que se amparara a ese niño.
¡Yo lo ampararía con una estaca! ¡Es un ratero, un ladronzuelo! Empezó por robarle su
alcancía al niño Renato y hubiera acabado por robárselo todo si lo dejan crecer en esta casa.
Esa es su opinión...
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Y muy bien encaminada. Conozco el mundo y no es el primer caso... La señora sabe... lo
mismo que usted y que yo. No vale hacernos los tontos cuando estamos al cabo de la calle.
Nunca me hago el tonto, pero jamás afirmo más que lo que puedo probar; y en este caso...
No hay pruebas, ni falta que hacen. No servirían sino para que usted enredara las cosas.
¿Sabe que su insolencia pasa de la raya, Bautista?
Pues si le place, dele usted las quejas a la señora. Ella sabe que no tiene un criado más fiel ni
un servidor más leal que yo. Por la señora y por el niño Renato doy mi sangre. Y en cuanto a ese
bastardo...
¡Silencio! ¡Hay que ver lo alto que ladran los perros en cuanto se apaga la voz del amo!
Señor notario... Señor notario... llama Ana, acercándose donde discuten los dos hombres.
¿Qué pasa?
La señora está esperándolo en su cuarto, y me mandó que lo buscara y le dijera que fuera para
allá pronto, pronto, porque tiene que hablarle. Que se fuera en seguida...
Se ha ido, procurando contener su disgusto, mientras la doncella nativa contempla a los dos
hombres con su expresión bobalicona y jovial, dando vueltas entre los dedos al delantal de encaje, como
si la cólera de ambos le divirtiera, y comenta con sorna:
¡Cuántas cosas van a pasar! A mi me gusta que pasen cosas. Me aburro cuando no pasa
nada.
¡Anda a tus obligaciones, Ana!
¡Caramba Bautista! Te salió la voz igual que la del amo. Claro, como vas para mayoral... se
ríe, burlona.
¿De qué te ríes, tonta? rezonga Bautista, aflorándole la ira al rostro.
De las cosas que van a pasar...
Aquí me tiene, señora, atento a su llamado y dispuesto a servirle en todo, como siempre se
ofrece Noel a Sofía. Y en seguida, le aconseja: Pero si mi modesta opinión vale de algo, creo que lo
único que debe usted hacer es descansar, tomarse unas buenas horas de reposo...
Sobrará tiempo para descansar después... Tengo entendido que todos los papeles de la casa
D'Autremont están en la notaría de usted, ¿no?
Exacto. Partida de nacimiento, acta de matrimonio, el testamento de nuestro nunca bien llorado
amigo D'Autremont... que por otra parte casi es inútil. Todo cuanto hay es, naturalmente, de usted y de su
hijo Renato.
Sé que todo está en orden... pero quiero guardar esos papeles en mi casa. Todos.
¡Absolutamente todos! ¿Hay algún inconveniente para que los ponga en orden y me los entregue a mí,
para que yo los guarde?
En absoluto asiente Noel con sorpresa y disgusto. Estarán listos en una hora si usted lo
manda. Saldré inmediatamente para Saint-Pierre, y mañana, si así lo desea, le haré entrega oficial de
todo en mi despacho.
Bautista irá por ellos. Es el más antiguo y el mejor de mis servidores. Lo he nombrado
Administrador general de la hacienda, y él hará que las cosas marchen.
¡Pero es absurdo, totalmente absurdo! Y yo quisiera aconsejarle...
No voy a oír ningún consejo suyo. Noel. No pierda el tiempo en dármelo.
Lamento profundamente su extraña actitud, señora D'Autremont.
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No es extraña, puesto que defiendo a mi hijo...
¿Su hijo...? se sorprende el notario.
Señora... Señora... Es Ana que irrumpe en la alcoba, agitada y tartamudeando.
¿Qué pasa, Ana? pregunta Sofía.
El niño Renato... como que está malo... Isabel me mandó avisarle...
¿Mal? ¿Quieres decir, enfermo?
Sí, señora. Como que tiene fiebre y dice cosas raras...
¡Renato, hijo... Renato...!
Sofía ha caído de rodillas frente al pequeño lecho blanco, donde Renato, abiertos, sin ver, los
grandes ojos, húmedo de sudor helado el rubio cabello, se agita en el delirio de una alta fiebre. Tras ella,
pálido, demudado, ha llegado también Pedro Noel que se detiene bajo el arco de la puerta, entre las dos
doncellas asustadas.
¿Y el médico? ¿Dónde está el médico? inquiere Sofía.
Se fue, señora... como todos.
¡Que corran a Saint-Pierre a buscarle! ¡Renato, hijo...!
¡Juan... Juan...! murmura Renato en su delirio, Juan... No me dejes... Llévame contigo...
Llévame a navegar... Yo cuidaré de tí... ¡Papá lo ha mandado! Papá dijo... como a un hermano... Como a
un hermano... Juan...
¡Dios mío! exclama Sofía, en un lamento. Ha retrocedido tambaleándose, sintiendo como si
la tierra que la sostiene vacilara. Ira y dolor se clavan al mismo tiempo en su alma, y volviéndose hacia
Noel, le espeta: ¿Y aun se extraña usted por qué defiendo a mi hijo? ¡Tengo que defenderlo con los
dientes, con las garras!
Señora D'Autremont... Nadie le ha atacado. Está usted ciega, y en su egoísmo maternal...
¡Basta! le interrumpe Sofía. ¡Ni una palabra más! ¡Salga usted de esta casal ¡Salga!
¡Salga! ¡Y no vuelva jamás!
8
LA ENFERMEDAD DE Renato fue larga. Durante muchos días tuvo fiebre alta, y cien veces
pronunció en su delirio, como uniéndolos para siempre, los nombres de Juan y de su padre. Al fin, una
mañana amaneció despejado, reconoció a su madre y lloró en sus brazos... Aquella tarde...
Vas a ir tú mismo a Saint-Pierre, Bautista.
Sí, señora. Como usted mande. El niño ya no está en peligro y dice el médico que muy pronto
podrá levantarse.
Apenas se reponga, lo mandaré a Francia. Por eso quiero que recojas los papeles de casa de
Noel y entregues esta carta en propia mano al Gobernador. Él me ayudará.
No tengo palabras con qué agradecerle el gran favor que va usted a hacerme, señora Molnar.
La molestia de llevar consigo a Renato...
Por Dios, amiga mía. Si esa no es molestia; al contrario. ¿Qué más puedo querer yo, para este
viaje en el que voy sola con mis dos niñitas, que la compañía de un muchacho como Renato, que es casi
un hombrecito ya?
Gentileza de El Trauko http://go.to/trauko
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Confío en que sepa ser un caballero.
Le repito que estoy encantada. Y hay que ver lo bien que se lleva con mis pequeñas, y más
aún que con la mayor, que es tan suave, con esa revoltosa de la pequeñita...
Es en el despacho del capitán del puerto de Saint-Pierre, junto a los muelles en que aguarda un
barco listo a partir rumbo a Francia. Allí es donde charlan Sofía D'Autremont y la parienta del
Gobernador, Catalina Molnar, una mujer madura, tímida y bondadosa, de ademanes suaves, que mira
con ternura al grupo que forman a corta distancia, al otro lado de la ancha puerta abierta, Renato
D'Autremont y las dos pequeñas Molnar, de nueve y siete años. La mayor es delgada y fina, inquieta y
nerviosa, de grandes ojos claros. La más pequeña, de rostro sonrosado y ojos ardientes, tiene en sus
pocos años la exuberancia de los frutos del trópico.
Mi Renato necesita olvidar muchas cosas desagradables. Este viaje es el mejor remedio para
él...
Es usted muy valerosa separándose así de su único hijo. Repito que la admiro. Además,
supongo que tratará de cumplir con esto la última voluntad de su esposo...
Efectivamente... Forzada a mentir, Sofía D'Autremont se ha mordido los labios; luego sonríe
con esfuerzo, cambiando el espinoso tema de la conversación: Sus niñas son preciosas. Me habló
mucho de ellas el primo de usted, el Gobernador. ¿Cuál es Aimée?
La más pequeña...
La mayor es Mónica, ¿verdad? Ya sé que, por empeño de su padre, van a educarse a Francia.
Mas yo no soy tan heroica como usted, y no las dejo ir solas aun cuando tenga que separarme
de mi esposo. Pero creo que le buscan a usted...
¡Ah, sí! Es Noel... Con su permiso...
Todo está en orden, y el barco a punto de zarpar. Acabo de entregar al sobrecargo los últimos
papeles de Renato y, por lo tanto, mi misión está terminada explica el notario.
Muchas gracias. Noel. ¡Oh, aguarde! ¿No quiere acompañarme hasta dejar en el barco a
Renato?
Será un gran honor acata Noel, pero el tono con que lo dice es francamente seco, casi hostil.
Comprendo que está disgustado conmigo. Le traté bruscamente la última vez que hablamos
intenta disculparse Sofía.
Olvide ese asunto, señora. No tiene la menor importancia.
Entonces, ¿me permite hacerle una pregunta indiscreta?
Desde luego, aunque no le prometo contestarle.
Le agradeceré mucho que me responda. ¿Buscó usted a ese muchacho que mi esposo quería
recoger? ¿Tiene alguna noticia de Juan... del Diablo?
La noticia que tengo es buena para usted, aún cuando a mí, sinceramente, me ha apenado.
Espero que no le habrá ocurrido alguna desgracia...
Todavía no, mas será muy raro que volvamos a saber de él.
¿Por qué?
Tras mucho averiguar, he tenido noticias de que embarcó como grumete en una goleta de
carga que zarpaba rumbo a Jamaica. No supieron darme el nombre de la goleta ni de su capitán, por lo
que considero totalmente perdida la pista del muchacho. Lo siento... lo siento... Él me había pedido que lo
dejase en mi casa como sirviente y, después de todo, hubiese sido lo mejor. ¿Pero quién podía
adivinar...? En fin, mire usted por dónde los dos pequeños van a estar al mismo tiempo cruzando el mar...
La sirena del buque, que está pronto a zarpar, le interrumpe con la estridencia de su sonido. Ese es
el barco que se lleva a su hijo. ¿Vamos?
Gentileza de El Trauko http://go.to/trauko
32
El barco que se lleva a Renato ha dejado atrás el promontorio de rocas en el que se alza el faro,
y, con la proa apuntando hacia altamar, apresura la marcha. De pie junto a la baranda de cubierta,
creyendo sentir aun sobre el rostro los besos y las lágrimas de su madre, Renato mira aquella tierra que
se aleja, teniendo a cada lado a una de las pequeñas Molnar: Aimée sonríe, mientras Mónica se seca una
lágrima. Y como una promesa a aquella tumba que dejara en el cementerio de Campo Real, como un
grito de su corazón de doce años. Renato ofrece:
Volveré pronto, papá. ¡Volveré... para buscar a Juan!
9
Y PASARON LOS AÑOS...
Esta es una historia que sólo podría pasar donde pasa... En la Martinica, tierra florida y convulsa,
isla volcánica surgida al impulso de un borbotón de fuego, tierra de amores y de odios, de pasiones sin
freno, de abnegaciones y de crueldades... Tierra sobre la que habrían de chocar aquellos cuatro
corazones apasionados: Mónica, Aimée, Renato, Juan...
Entre las cuatro paredes de una celda hay una mujer en quien la vida intensa parece palpitar. Un
mundo de pasiones arde en el cerco de sus grandes ojos y parece resbalar bajo la piel de sus pálidas
mejillas. Sus manos finas, sensitivas, se enlazan como para una súplica, como para una oración, mas
hay en ellas un crisparse desesperado. Esa mujer sufre, esa mujer ama, es como una hoguera que se
consumiese alumbrando. Pero sobre su cuerpo grácil hay un hábito, un blanco hábito de novicia, y cuelga
de su fina cintura un rosario. Sus pasos trémulos la llevan ante el crucifijo, y allí se desploma sollozando...
Mónica, hija mía, ¿ha hablado ya con su confesor?
Sí, Madre, abadesa.
¿Y cuál fue su consejo? Supongo que el mismo que yo le doy.
Si, Madre... conviene Mónica Molnar, con un dejo de tristeza.
¿Ve usted? Es demasiado pronto para profesar, para hacer los votos definitivos.
Lo deseo ardientemente, Madre. ¡Con toda mi alma!
Aunque así sea... No es un arranque, no es un arrebato lo que ha de llevarnos a vestir para
siempre estos santos hábitos. Es una verdadera vocación, y hay que probar la suya, Mónica. Probarla, no
aquí, no en esta santa casa, sino en la lucha, en el mundo, frente a la tentación...
Yo no quiero volver al mundo. Madre. Yo quiero profesar. No me saquen de aquí... ¡No me
rechacen!
Nadie la rechaza. Si algo decidimos por fin en contra de su gusto, es por su bien. Ahora mismo
voy a hablar con su confesor. Entre tanto, rece y aguarde, hija. Rece y eleve su corazón a Dios. Y
diciendo esto, la abadesa se aleja con pasos suaves.
¡Dios mío! ¡Jesús mío! No permitas que me rechacen implora Mónica Molnar asomando las
lágrimas a sus lindos ojos. Admíteme entre tus esposas... Dame la paz y el amparo de tu casa... Que
se cierre la herida de mi corazón... Que ese amor que me humilla y me avergüenza se acabe... ¡Jesús
mío, limpia mi corazón del amor humano y llámame a Ti!
Un hombre cruza las anchas tierras fértiles. Monta en el más arrogante caballo árabe que pisara
la tierra americana, y viste finas ropas de caballero. Altivo y gallardo, con la fina mano sostiene las
riendas, mientras la espuela de plata se clava en los ijares del bruto. Sus cabellos son rubios y lacios, sus
grandes ojos claros abarcan en una mirada de dominio toda la tierra hasta donde alcanzan: tierra de la
que es amo y señor. A su paso se inclinan las espaldas, se descubren las cabezas humildes de los
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trabajadores, se deshojan, como azahares criollos, las flores blancas de los cafetales... Pero él no
sonríe... su mirada es inquieta, convulso el pliegue que aprieta sus labios. Es un hombre que busca... que
busca sin encontrar jamás...
¡Bautista! ¡Bautista!
Aquí estoy, niño Renato. ¿Qué le pasa?
Vengo de los cafetales, y ya te hablé de eso el mismo día que llegué le reprocha Renato
D'Autremont, disgustado, conteniendo a duras penas la cólera que le atosiga. No es posible que esa
gente siga trabajando en la forma en que lo hace. Es absurdo, inhumano... La jornada de catorce horas
no es para hombres, no es para seres humanos y tú tienes ahí niños y mujeres. ¿Por qué?
Sale más barato... Además, así llevan quince años y no ha pasado nada...
Y también presos de la cárcel de Saint-Pierre, que trabajan encadenados. ¿Cómo es posible?
¡Ay, ay, niño Renato! Usted trae la cabeza oliendo a Europa. Ya no sabe cómo son las cosas
por acá. En tiempos de su señor padre...
Mi padre era severo, no inhumano le atajó Renato, francamente molesto.
Las haciendas han rendido el doble desde que yo las administro afirma Bautista en forma por
demás insolente.
¡No me interesa acumular más dinero! Quiero que trates a los que trabajan para mí, con justicia
y bondad.
La señora está conforme con cuanto yo hago...
Es justamente lo que voy a averiguar. Pero esté o no conforme mi madre, yo no lo estoy, y he
de remediarlo rezonga Renato, alejándose.
Una mujer sonríe al vaivén de la hamaca. Se mece suave, bajo el beso de fuego del mediodía
tropical. Del arroyo cercano llega un murmullo de agua, y no es de flor, sino de fruto dulce y maduro, el
aroma que en torno suyo exhala. Parece descansar, pero no descansa: tiembla, arde, siente rugir pecho
adentro, como el volcán enorme, sus pasiones inconfesables. Es una mujer que espera, que aguarda,
como puede aguardar la pantera en acecho, como lentamente, a través de la tierra, crece la lava que ha
de desbordarse...
¡Aimée! ¿Pero qué es eso? ¡Deja ese piano! ¡Basta! ¡Basta! ¿Cómo te atreves...? reprende
Catalina Molnar a su hija.
¿A tocar un can can? Deja que me veas bailarlo... Es la última moda en París. Mira esta
revista...
¡Quítame de delante ese papelucho! Si llegara tu novio... Si te viera Renato leyendo una cosa
semejante.
Por favor, mamá protesta Aimée en tono burlón. Yo, con Renato y sin Renato, haré
siempre lo que me dé la gana.
Muy mal camino para una futura esposa... y para una novia, mucho más. Si Renato supiera...
¡Basta, mamá! le atajó Aimée con brusquedad. No sabrá nada si tú no se lo cuentas, y
espero que no vas a contárselo. Renato está muy lejos... Gracias a Dios, lo bastante lejos para dejarme
en paz mientras nos casamos.
¡Santa Bárbara! ¡Viren a estribor! ¡Bajen el foque! ¡Tres hombres a babor para achicar el agua!
¡A estribor... a estribor...! ¡Quítate, estúpido, déjame a mí el timón! ¿No ves que te vas contra las rocas?
¡Pronto!... ¡Fuera!...
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Saltando sobre los escollos, desafiando los elementos desencadenados, una goleta marinera
cruza frente al Cabo del Diablo, gira con asombrosa rapidez entre las rocas aguzadas y los bancos de
arena, y enfila al estrecho canal que le lleva a una pequeña y segura rada. Negro está el cielo y hosca la
tierra, pero el hombre que lleva el timón no vacila frente a la furia del cielo y el mar, salva el último
escollo, vira en redondo, alcanza milagrosamente el amparo de los farallones y luego, con gesto
orgulloso, deja la rueda en manos de su segundo, saltando sobre la húmeda cubierta.
¡Echen el ancla... y un bote para tomar tierra!
Ha saltado sobre la arena de una playa, metiéndose en el agua hasta la cintura, para arrastrar
hacia dentro la frágil barca que hasta allí le ha llevado desafiando la tormenta que está en su apogeo.
Con flexible soltura de felino da unos pasos alejándose del mar, y luego se vuelve para contemplarlo,
como contempla también el cielo oscuro: con gesto desafiante. A la luz del relámpago se ilumina de pies
a cabeza la figura del recio capitán de la nave. Es fuerte y ágil; los pies descalzos parecen agarrarse
como topos a la tierra que pisa; tiene la piel tostada por la intemperie, el cuello fuerte y ancho, alto el
pecho, las manos callosas, y el rostro altanero posee un diabólico resplandor triunfante. Es como un hijo
de la tormenta, como un proscrito que se alzara contra el mundo entero, y contra el mundo entero se
sintiese capaz de luchar... Tiene veintiséis años y es el más audaz navegante del Caribe. Las gentes le
llaman: "Juan del Diablo"...
10
LA VIEJA CASA de los Molnar se alza solitaria y aislada al final de una de las anchas calles de
los arrabales, que, como todas las de Saint-Pierre, termina en el mar. Sus sólidos muros; pintados de cal,
abren amplias estancias frescas y ventiladas, amuebladas con lujo un poco anticuado. Es una de esas
casas en las que se sostiene con esfuerzo la apariencia de una posición que fue mejor, en que se
remiendan las cortinas y se lavan los viejos pisos hasta hacerlos brillar. Tiene muchos cuartos
desocupados, y la rodea un jardín, descuidado y selvático, en cuyo fondo se agrupa una espesa
arboleda... Detrás de ésta se encuentran los acantilados, y luego el mar... el mar imponente y bravío de
aquellas costas siempre castigadas por vientos y huracanes, siempre destrozadas, y renovadas siempre
por el soplo vital de una tierra feroz.
Aimée de Molnar ha cruzado una habitación sin muebles, ha abierto una ventana que da sobre el
fondo del jardín, y ha quedado aguardando, tensa, ardiente, indiferente a las ráfagas de viento, a las
gotas de lluvia que de cuando en cuando golpean con violencia sus cabellos oscuros, su frente
despejada, sus mejillas morenas, ahora pálidas de deseo, sus labios ávidos y sensuales, que se crispan
en gesto de impaciencia cuando entre los ruidos de la tormenta destaca un ruido más: el de unos pasos
firmes. Alguien llega hasta aquella ventana, chapoteando en el tango, indiferente a la furia del huracán...
Como ella, tenso y ávido. Alguien llega para estrecharla en un abrazo brutal, para besarla en los labios,
trémulo y anhelante...
¡Al fin! Desde ayer te esperaba, Juan. ¿Qué hacías? ¿Dónde estabas? indaga Aimée.
En el mar... Llegué, contra todos los vientos. Estuve cien veces a punto de estrellar el barco por
entrar esta noche... ¿Y todavía vas a quejarte?
¡ES que no puedo vivir sin ti! ¿No lo comprendes? Cuando faltas a tu palabra, pienso que estás
con otra y me vuelvo loca. ¡Y quisiera destrozarte, matarte...! ¿Y tú?
¡Fiera...! reconviene Juan, satisfecho y sonriente. ¡Yo también, a veces, quisiera matarte!
Sal, ven conmigo...
¿Estás loco? ¿Con esta noche?
Mejor... así no habrán de espiarnos. Sal o me voy...
No... no te vayas... Saldré... Tirano... Juan del Diablo.
Satisfecho, Juan ha vuelto a besar a Aimée, a sujetarla, abrazándola a través de los barrotes que
se le clavan en el pecho duro y ancho. Luego la empuja, ardiente la mirada de pasión y dominio:
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Ven... Ven pronto... Te espero entre los árboles. Si tardas demasiado, no me encontrarás...
La hora de amor ha pasado, y también amainó la tempestad. El viento ha empujado las nubes,
desgarrándolas, y en los trozos oscuros, como jirones de celeste terciopelo, titilan las estrellas cual claros
diamantes.
La honda gruta abre a la estrecha playa la ancha boca erizada de cuchillos cortantes. Sobre la
blanca arena que cubre el piso de la cueva, reclinada en el hombretón que está a su lado, todavía se
estremece Aimée por la dulzura del instante pasado. Los negros cabellos destrenzados le caen sobre los
hombros, arde su boca sensual y húmeda y son sus ojos, en la oscuridad, como otras dos estrellas que
brillaran en las sombras... Y es el aroma de su cuerpo joven, como el rugido de aquel mar áspero,
incitante, que en festones de espuma se extiende por la playa...
Me vuelves loco, Aimée. Eres como esta tierra, ¿sabes? Siempre hay que ganarla en una
batalla, pero no hay otra más linda, que huele más a flores, que dé frutos más dulces... Como tú... como
tu boca. Ha vuelto a besarla. Luego, bruscamente, la separa para mirarla muy fijo, el rostro
endurecido. ¿Por qué me hiciste esperar tanto?
¡Mi Juan... Mi Juan...! susurra Aimée vibrante de pasión. ¿Te digo la verdad? Quise ver si
era cierto que te ibas si tardaba...
¿Ah, sí? ¿De veras tardaste por desesperarme?
¡Ay, salvaje! No me aprietes así, me haces daño... ¡Qué tonto eres! ríe satisfecha. Tardé
porque mamá empezó a hablarme.
Cuando tú quieres, bien sabes cortar una conversación.
Claro... Pero no quise: me hablaba de mi hermana.
¿La monja?
No tengo otra hermana. Pero, además, todavía no es monja. Novicia nada más. Mamá no
quiere que profese.
Pero ella sí, y lo hará.
Claro. Es terca como yo, nos parecemos en muchas cosas, y en eso más que en nada.
¿Parecerse...? Juan estalla en una burlona risotada. ¿Habría que verte a ti con tocas
monjiles!
Puede que de pronto me dé la ventolera, como le dio a ella.
¿Y te iban a aceptar?
¿Por qué no? ¿Qué te crees? ¿Piensas que soy cualquier cosa, que no valgo nada? ¿Piensas
que no valgo nada porque me digné mirarte?
Algo más que mirarme... me parece.. . insinúa burlón Juan.
¿Y por eso? Los hombres no agradecen nada...
Yo te agradezco ser hermosa, tener la piel de raso y el corazón malvado. Así eres y por eso me
gustas. ¿Te ríes?
Me río porque hablas como yo. También detesto a los sentimentales. Te quiero porque no lo
eres; por rudo, por salvaje, por diablo... Juan del Diablo... ¿Quién te puso ese nombre?
Cualquiera... ¿Qué más da? Para mí es bueno... Para mí es buena cualquier cosa.
Es cierto, para ti es buena cualquier cosa mala. También me gustas por eso. Y te quise sin
preguntarte nada. Ni siquiera sé, a ciencia cierta, quién eres...
¿Qué puede importarte?
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Nada... pero a veces siento curiosidad. ¿Dónde naciste? ¿Quiénes fueron tus padres? ¿Cuál
es tu nombre verdadero? ¿Qué eras antes de ser capitán de un barco, que no se sabe lo que carga ni de
qué puerto viene, ni a qué puerto va? ¿Qué eres ahora? ¡Contesta!
Soy de aquí; soy lo mismo que mi barco, y mi nombre es Juan. Si no te gusta Juan del Diablo,
puedes llamarme Juan de Juan. Aparte del diablo, sólo a mí mismo me pertenezco.
Y a mí un poquito, ¿no?
¡Claro! A ti, como tú a mí... por un rato ríe divertido y burlón.
¿Sabes que a veces me resultas demasiado brutal? No te rías de ese modo. ¡Tu risa es mala!
No sé por qué te quiero, no sé por qué me acerco a ti, ni de qué medios te valiste para enamorarme...
Fuiste tú la que me enamoró, querida. ¿No te acuerdas ya? Y fue en esa playa. Tú pasabas
con tu sombrilla de encaje; yo llegaba en mi bote. Te quedaste mirándome... Sin duda pensaste:
Hermoso animal. Y te propusiste amaestrarme... pero no es tan fácil. Fue un buen chasco...
¿Por qué hablas así? Eres muy malo... Y con la pasión reflejándose en sus negros ojos,
Aimée exclama: Te quiero, Juan. Te quiero y me gustas más que nada, más que nadie... ¡Bésame,
Juan! Bésame y dime que tú también me quieres... Dímelo muchas veces, ¡aunque no sea verdad...!
Juan no responde con palabras. Vuelve a besarla, loco, apasionado, mientras los párpados de
ella se entornan cubriendo las pupilas ardientes, y, en la línea imprecisa del horizonte, asoma la claridad
del alba.
Mónica, hija mía, recuerde que es la obediencia el primer voto que ha hecho usted al vestir
esos hábitos.
Quiero llevarlos toda la vida. Madre abadesa. Quiero obedecer siempre y para siempre, pero...
Su pero está de más. Nuestro camino es renunciación y sacrificio. ¿Cómo puede seguirlo,
rebelándose a la primera orden que le desagrada?
No es que me rebele, es que pido, ruego, suplico...
¿Suplica no tener que obedecer? Sus súplicas son vanas.
Es que sólo en este refugio he hallado algo parecido a la paz.
Para que esa paz sea duradera, necesitamos una seguridad absoluta, total, de su vocación
religiosa. Usted ha salido victoriosa de todas las pruebas del claustro. Ha de pasar por la prueba del
mundo.
Pasaré, Madre, pero más adelante... cuando las cosas cambien, cuando mi hermana esté ya
casada...
La novicia se ha mordido los labios, inclinando la cabeza bajo la mirada dulcemente severa de la
abadesa. Es en aquella celda de paredes blanqueadas, cuyas altas ventanas dan al mar. El viejo
convento se alza sobre una colina, dominando casi la ciudad de Saint-Pierre, la bahía redonda y ancha,
las bulliciosas calles centrales, los arrabales quietos y dormidos; más allá, el mar azul, y por el lado
opuesto, las montañas, las enormes montañas que se alzan tan cerca de la ciudad, los pitones de Cabet,
el más alto de los cuales hunde en las nubes su empinada cima: el monte Pelee, el enigmático volcán
quieto desde cincuenta años atrás... el coloso dormido...
Además, hay otra razón para enviarla por un tiempo a su casa explica la abadesa.
¿Otra razón? ¿Qué razón puede ser esa, Madre?
Su salud delicada. Eso salta a la vista, hija mía. Aquí no hay espejos y no puede ver su cara.
¡Pero ha cambiado usted tanto...!
Mónica de Molnar ha inclinado la frente, pensativa... ¡Qué extrañamente hermosa luce en este
instante, al último reflejo dorado del sol de la tarde! Bajo las blancas tocas, son como flor de nácar su
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frente altiva, sus mejillas pálidas, y entre las negrísimas pestañas tiemblan sus ojos como gemas
cambiantes. Las finas manos sensitivas se han enlazado como para una súplica, como para una oración,
en aquel gesto que ya es en ella familiar, y luego caen, como flores tronchadas...
¿Qué importa la salud de mi cuerpo, Madre? Ansiosamente busco la salud de mi alma.
La hallará, hija, la hallará. Pero no tomará definitivamente las tocas hasta haberla encontrado.
Yo estoy segura que hallará usted las dos muy pronto, justamente en ese mundo que se empeña en
rehuir. Acepte la prueba de obediencia, hija mía, y cuide también de su cuerpo. Lo necesitamos sano y
dispuesto para servir a Dios. Es la última palabra de su confesor... y la mía.
Está bien. Madre acepta Mónica, ahogando un suspiro. ¿Cuándo podré volver?
¿Por qué no pregunta primera, cuándo debe marcharse?
Necesito saber antes cuándo me permitirán volver a mi refugio.
De su salud depende. Ponga empeño en curarse, en reponerse, y su ausencia de nuestro lado
será menos larga. Si no ocurre nada de particular, debe esperar nuestro aviso. Si ocurre algo, hija mía, si
se siente usted realmente sola y desamparada, si le faltan las fuerzas, entonces no espere ni vacile:
vuelva, vuelva en cualquier momento. Esta es la casa de Dios, y ésta será su casa...
Gracias, Madre. Me devuelve usted la vida con esas palabras asegura Mónica, conmovida y
feliz.
Pero piense que sólo en un caso de verdadera, de absoluta necesidad, debe regresar antes de
ser llamada.
Así lo haré. Madre. Y ahora, si usted me lo permite, creo que debo escribir a mi casa... Mi
madre ignora la resolución de ustedes. Debo prevenirla...
La señora Molnar ha sido ya prevenida, y le aguarda en el locutorio. Ha venido a buscarla.
Rece un momento en la capilla, diga adiós momentáneamente a sus hermanas de claustro, y vaya al
locutorio. Allí la estaremos esperando...
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¿QUIERES ENTRAR A ver si puedo hablar con mi madre, Ana?
Si, niño. ¡Cómo no! Yo sí puedo entrar, pero resulta que la señora está con su jaqueca, le duele
la cabeza, y cuando a la señora le duele la cabeza no quiere hablar con nadie, porque cuando habla con
alguien le duele más.
La mirada de Renato D'Autremont, un momento antes encendida de cólera, se ha dulcificado
contemplando la oscura y familiar figura de Ana. Nada parece haber cambiado en su ancha casa natal, y
menos que nada aquella pintoresca sirvienta nativa que cuidó su infancia. Como quince años atrás, su
rostro, de color de cobre, es fresco y terso; viste el alegre traje típico de las mujeres de aquella tierra,
anudado el pañuelo de colorines sobre la cabeza mulata de rizos apretados, y hay, como entonces, una
luz plácida e ingenua en los grandes ojos infantiles y una sonrisa bobalicona y dulce en los carnosos
labios...
¿Desde cuándo está enferma mamá?
¡Uy! ¡Quién sabe! El niño como que ya no se recuerda, pero a la señora siempre le duele algo.
Por eso siempre hay que estar en silencio en esta casa...
¡Ay, Ana...! Tu no cambias... afirma Renato, gozoso y sonriente. ¡Vaya... vaya! Ve a
avisarle a mi madre, pues es absolutamente necesario que yo le hable y que se empiece a arreglar lo que
está mal.
Lo que usted mande, niño. Voy en seguida... acata Ana, penetrando en la alcoba de Sofía
D'Autremont.
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Han pasado apenas unos segundos cuando Ana reaparece apremiando a Renato, al tiempo que
se aleja pasillo adelante:
Pase, niño, pase. La señora lo está esperando. Para usted, como que no le duele nada. Pase...
pase...
Tiernamente, Renato D'Autremont se ha inclinado para besar las manos de su madre, tan
blancas y tan suaves como cuando él era un muchacho. Ahora es un hombre de espléndido corte: fino,
delgado, flexible, ni pequeño ni alto. Tiene los claros ojos de Sofía; los cabellos, como los suyos, color de
lino claro; y el porte arrogante de aquel Francisco D'Autremont que fue su padre. Tiene, como aquél, la
frente despejada y altiva, la mirada profunda y penetrante, y arde en ella, más viva aún que en los días de
su infancia, aquella llama de inteligencia superior, de sensibilidad generosa e inquieta, que le hace a la
vez comprensivo y sencillo, tierno y humano, apasionado y soñador.
¿Mamá, ¿te sientes realmente mal? Me duele haber tenido que molestarte, pero...
¿Cómo se puede usar esa palabra tratándose de ti, hijo?
Ana me dijo que tu salud seguía siendo delicada. Mucho me temo que no la hayas atendido
como es debido, pero ahora... ahora si vas a hacerlo, ¿verdad?
Dejemos mis achaques. Ven aquí, acércate... Quiero volver a mirarte de cerca, una y otra vez.
Mentira me parece tenerte ya a mi lado. No se sacian de ti mis ojos, hijo mío... Mi Renato...
Tras contemplarle con orgullo, mira Sofía la pequeña fusta que aun sostiene en la mano, y las
finas espuelas de plata que calza sobre las botas brillantes...
Ya veo que vienes de recorrer la finca.
De un extremo a otro...
Mucho has tenido que galopar. ¿No te has cansado más de la cuenta, hijo?
Sólo me he cansado de ver injusticias, mamá.
¿Cómo? ¿Qué dices, Renato?
Pues... la verdad. Lo siento, pero yo siempre soy sincero. Creo que hay muchos males a los
que hay que poner remedio en Campo Real. Y, desde luego, quiero advertirte que no estoy conforme, en
absoluto, con la administración de Bautista.
¡Pero, hijo! ¿Qué quejas puedes tener de un hombre que vive por entero entregado a su
trabajo?
Es duro y cruel con los trabajadores, mamá... más que duro, inhumano con los que aumentan
nuestra riqueza con su sudor y con su trabajo... y no estoy conforme. Hay cosas que no pueden seguir
ocurriendo, mamá. No espero sino tu permiso para tratar de remediarlas. Son cosas con las que estoy
seguro que tú no puedes estar conforme, que no es humanamente posible que tú hayas autorizado. Él
dice que sí, pero...
¿Él? Entonces, ¿le has hablado, has discutido con Bautista?
Naturalmente, mamá.
Mal hecho, hijo. Me temo que hayas sido ingrato con él. ¡Y le debemos tanto...!
Más debemos a los trabajadores, mamá, a esos cientos de desdichados... ¡No podemos seguir
explotándolos en la forma en que Bautista lo hace! Viven peor que si fueran esclavos.
Pasan de dos mil, hijo. No puede manejárseles sin un respeto, sin una disciplina, sin una
autoridad... No te fíes de la primera impresión. Bautista sabe cómo tratarlos. ¿Sabes que nuestras tierras,
con él, rinden el doble de lo que rendían en tiempos de tu padre y de Pedro Noel? ¿Sabes que se han
adquirido fincas nuevas, uniéndolas todas a Campo Real, y que casi media isla te pertenece? Mira, ven
aquí. Hoy es 15 de mayo de 1899. Yo nombré administrador a Bautista al día siguiente de morir tu padre:
el 6 de mayo de 1885. En catorce años, nuestra riqueza se ha duplicado. ¿Qué podemos, en realidad,
reprochar a un administrador semejante?
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Sigo hallando impropio el trato que se da a los trabajadores en nuestra finca, mamá. Sigo
considerando inhumanos los procedimientos de Bautista, aunque hayan doblado nuestra fortuna...
Ya veo que eres un soñador... pero no un hombre cualquiera... Un D'Autremont... con
derechos, por ser quien eres, a vivir como rey en esta tierra que los D'Autremont honran con pisar. Esta
tierra salvaje...
¡A la que amo con todo mi corazón! ataja Renato, con gesto decidido y orgulloso. No sólo
soy el amo de esta tierra, también soy su hijo. Siento que le pertenezco y he de luchar porque, sobre ella,
los hombres sean menos desdichados. No quisiera chocar contigo, mamá, pero...
Está bien. Si no quieres chocar conmigo, no hables en este momento. Tiempo habrá.
Hablaremos más adelante, cuando te hayas hecho un poco al ambiente. Cuando puedas verlo todo con
más claridad, serás hacendado... más tarde. Sé mi hijo unos días, un par de semanas. No creo que sea
pedirte demasiado, después de una ausencia tan larga. Al fin y al cabo, todo se hará como tú digas. Eres
el amo, y así quiero que lo sientas. Pero, por el momento, hablemos de cosas más gratas. Me pareció
entender que tenías novia, que estabas enamorado, ¿no?
Sí, mamá responde Renato en tono suave y tierno. Estoy enamorado de la criatura más
adorable de la tierra, de la mejor de las amigas de mi infancia... sensible como una mujer, traviesa y
alegre como una chicuela, mimosa como una criatura que desea ser llevada siempre entre los brazos,
exuberante como sólo puede serlo una hija de esta tierra...
¿Una hija de esta tierra? se sorprende Sofía, Pensé que tu novia estaba en Francia...
En Francia estaba, pero ahora está mucho más cerca. Ha nacido, como yo, en la Martinica. Ha
vivido aquí hasta los siete años. Regresó hace seis meses.
¿A qué familia pertenece? Espero que no hayas puesto los ojos en quien no sea digna de ti,
por su casta y por su sangre.
Lo es, madre. Lo es en todo sentido. Y se llama Aimée de Molnar...
¡Ah...! se sorprende gratamente Sofía, ¿Es posible? ¿Aquella niñita...?
Aquella niñita es hoy la muchacha más hermosa que puedas imaginarte, mamá. ¿Te parece
bien? ¿Te agrada mi elección?
¡Caramba... caramba! comenta divertida y con agrado Sofía, Mira tú por dónde... Confío en
que me agrade la muchacha. De la familia, y otros detalles, no hay nada que objetar. Es decir, algo que
en realidad tiene poca importancia. Y mira tú lo que son las cosas... Tiene poca importancia, gracias a los
buenos servicios de Bautista.
¿Qué dices, mamá?
Los Molnar están casi arruinados, pero no importa. Tú eres lo bastante rico para olvidar ese
detalle. Tráeme cuanto antes a tu novia... Ha vuelto la cabeza y de pronto, sorprendida, exclama:
¡Ah... Yanina...! Acércate. Es Yanina, Renato, sobrina de Bautista y mí ahijada. Pero debo añadirte algo
más: mi enfermera, mi compañera en esta soledad, mi hija casi...
Renato D'Autremont ha vuelto la cabeza, también sorprendido, para mirar a la muchacha que
está de pie tras él. Ha llegado silenciosamente, sin un gesto, sin una palabra... Tiene un rostro moreno al
que sirven de marco negrísimos cabellos lacios, unos grandes ojos oscuros, rasgados, enigmáticos, que
acusan claros rasgos mongólicos... Unas mejillas trigueñas y pálidas, donde abren los labios rojos y
frescos, aunque plegados en un gesto extraño de amargura, de desencanto, mientras vibra, contenida y
tensa, su rara personalidad.
Conque sobrina de Bautista... ¿Me recuerda?
No es de tu tiempo. Vino a esta casa cuando ya tú te habías marchado; pero tiene diez años
junto a mí.
Sofía se ha puesto de pie, apoyándose en la muchacha, que bien puede tener unos veinte años,
y sonríe siguiendo la mirada de sus grandes ojos, fijos, como deslumbrados, en el rostro de Renato.
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Creo que no habías llegado a ver a mi hijo de cerca, Yanina...
No, no, señora. Cuando llegó él, no estaba yo en Campo Real, ya usted lo sabe. Y luego no he
tenido ocasión...
No, efectivamente. ¿Qué te parece?
El señor es magnífico. Todo un gran señor, como es natural...
¡Por Dios, mamá! salta Renato. ¡Qué manera de forzar un elogio!
No es forzado niega Sofía jovialmente. Yanina no dice nunca sino lo que siente, ¿verdad?
Desde niña la he enseñado a ser totalmente sincera conmigo, absolutamente franca.
Una maravillosa cualidad acepta Renato sonriendo y mirando a la muchacha un poco
desconcertado. Sin saber por qué, aquella criatura no le es simpática... Acaso la asocia demasiado con
su tío.
¿Qué querías, Yanina? ¿Para qué entraste? pregunta Sofía.
Mi tío esperaba que el señor lo llamase después de hablar con la señora. Mandó decir que
estaba, afuera, aguardando...
Pues dile... empieza a decir Renato: pero su madre le interrumpe:
Perdóname que sea yo quien tome la palabra, Renato. Y dirigiéndose a la muchacha,
advierte: Dile que, por el momento, no vamos a necesitarlo. Más adelante hablaremos de todo... Ahora
tenemos otra cosa más grata en qué ocuparnos. Pronto tendremos huéspedes, ¿verdad, Renato? La
señora Molnar y sus hijas... Digo sus hijas porque tengo entendido que la mayor todavía no se ha
casado...
Ni creo que se case, mamá. Repentinamente se despertó en ella la vocación religiosa. Se
empeñó en tomar los hábitos y estuvo un año de postulante en un convento de Burdeos. Luego fue
trasladada aquí, a Saint-Pierre. Está en el noviciado de las madres del Verbo Encarnado y, naturalmente,
no sale, ni es de suponer que acompañe a Aimée y a su madre. Fue, en verdad, algo extraño... Renato
queda de pronto pensativo, como rememorando tiempos pasados.
¿Extraño? se interesa Sofía.
Sí, porque nadie sospechaba en ella nada parecido. Es también una criatura encantadora, llena
de vida, de espiritualidad. Te advierto que yo me llevaba maravillosamente con ella... Casi podría decirte
que era más amigo de Mónica que de Aimée. Ella se ocupaba de mí siempre, resolvía mis pequeños
apuros de estudiante y era a mi lado como una hermana buena.
¿Y está contenta con todo eso la señora Molnar?
Es lo bastante religiosa para no oponerse a una vocación sincera.
Bueno, hijo, ella sabrá... ¿Quieres venir ahora conmigo a dar una vuelta por las habitaciones
que solemos usar para los huéspedes? Necesito mandar arreglar de nuevo las dos mejores, lo más
rápidamente posible, porque quiero conocer a tu Aimée cuanto antes. Mucho tengo que querer a la mujer
que va a ser tu esposa para perdonarle el que me haya robado la mitad de tu corazón... Porque pienso,
me hago la ilusión al menos, de que es tan sólo la mitad lo que me ha robado.
¡Mamá querida... no te ha robado nada! Mi corazón entero te pertenece, como también le
pertenece a ella. A los que saben querer, el corazón se les ensancha y deja sitio para muchos afectos.
Se han alejado juntos, tiernamente apoyada Sofía, en el brazo de Renato, mientras inmóvil,
tensa, los grandes ojos fijos en ellos, Yanina los contempla alejarse...
Me gustaría que ordenases cambiar esas cortinas, mamá, por algo más alegre, más claro, más
tropical... Ahí, y que hicieras abrir esas dos ventanas, que no sé por qué están condenadas...
Las mandé clavar, hijo, porque a veces el viento las abre y entra por ellas mucho sol.
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Toda la luz del sol es poca para alumbrar a mi novia, mamá afirma Renato en una exaltación
de entusiasmo y de pasión. Ella adora la luz, el color, el cielo azul y el clima de esta tierra de eterna
primavera.
Di mejor, de eterno verano.
Por el calor, sí, desde luego... Pero no ese seco verano de Europa en el que la tierra parece
que se muere de sed, sino este verano fecundo, de aguaceros torrenciales, en el que las plantas crecen
como por arte de magia, en el que las flores no viven más que un día, pero abren por millones cada
mañana. Tu no sabes lo que hablábamos Aimée y yo de esta tierra, allá en Francia, y con qué ansias
anhelábamos regresar...
Pues ya estás aquí... en tu Campo Real...
Y aquí es donde quiero verla a ella. Este es el marco que le corresponde a su belleza... su
belleza cálida, exuberante, un poco tempestuosa a veces, mamá. Bueno, no quiero adornártela
demasiado... Mi Aimée tiene su genio y sus arrebatos... Hasta en eso se parece a esta tierra que, con
gustarme tanto, a veces me da una sensación de terror... Es como un temor sordo de que,
repentinamente, sobrevenga una catástrofe. Ha habido tantas...
Ya pasaron esos tiempos, y me atrevo a pensar que definitivamente.
Ocho veces ha sido destruida Saint-Pierre por los terremotos, ¿no? Más o menos destruida,
¿verdad, mamá?
Por fortuna, no vi ninguno. Tengo entendido que si, que desde que se tiene memoria de la isla,
además de muchos pequeños han habido ocho grandes terremotos. Pero el diabólico volcán que los ha
engendrado tiene ya sesenta años de absoluta calma. No es fácil que vuelva a repetir las viejas hazañas,
y también me atrevo a pensar que los arrebatos de tu linda novia pasarán en la paz del hogar que vas a
proporcionarle, en la dicha de tenerte por esposo. Tú la quieres, y eso basta para que yo la acepte como
hija... Pero vales tanto tú, mi Renato, que, para mi corazón de madre, no hay en el mundo mujer capaz de
merecerte.
No me engrías así, mamá ríe Renato. Vas a convertirme en algo insoportable.
La sangre, gota a gota, daría por verte feliz... plenamente feliz... Amado, respetado,
reverenciado por los tuyos...
Con lo que poseo soy ya plenamente feliz... Sólo tengo un anhelo: que los demás también lo
sean un poco... Repartir algo de esta dicha, para sentirme con más derecho a disfrutarla... Hacer un poco
de obra de justicia, de bondad... Y me vas a perdonar que toque un tema que antes, a ti, no te era
agradable...
¿Cómo? se alarma, sin saber por qué, Sofía.
Que te pregunte por alguien a quien nunca quisiste mucho. Supongo que tu amor de madre
tenía su influencia nociva en mí, cuando yo era un muchacho...
Sofía D'Autremont ha apretado los labios, ha palidecido, mientras sin mirarla, sin darse cuenta de
su turbación, sigue Renato hablando con el alma en los labios:
Mamá, ¿te acuerdas de aquel muchacho que papá trajo a la casa el día antes de la desgracia
que le costó la vida? ¿Recuerdas su interés por él, su recomendación postrera de que yo le amparara?
¿Quién podría olvidar eso, Renato? observa Sofía, seca y tensa.
¿Has sabido algo de él? ¿Qué fue de su vida? Inútilmente te pregunté en algunas de mis
cartas y me temo que nadie pueda darme razón, que nadie haya vuelto a saber de él después de
escaparse...
Todo Saint-Pierre sabe de ese hombre explica Sofía con marcada dureza en la voz y en el
gesto. Es un aventurero repugnante, un jugador de ventaja, una especie de pirata. Debería estar en la
cárcel, pero anda suelto jactándose de sus hazañas. Es muy conocido en las tabernas, en los burdeles,
en las casas de juego del puerto, y todavía siguen llamándole... ¡Juan del Diablo!
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Como si escupiera las palabras, como si trémula de rencor las mordiese, Sofía D'Autremont
habla, mientras Renato la escucha fruncido el ceño, casi consternado. Y es de pena, no de condenación
ni reproche, la frase que sube a sus labios:
¡Pobre Juan! ¡Qué vida tan dura ha debido tener! ¡Cuánto habrá sufrido y luchado para llegar a
eso!
Si hubiese querido ser un hombre de bien y lo hubiera logrado, comprendería tus palabras:
tendría el mérito de su esfuerzo. ¿Pero qué es lo que ha hecho? Nacer en el vicio, seguir en el vicio y
hundirse en él más y más.
Es cierto... Mas cuando desde niño se vive con el alma envenenada...
¿Por qué había de estar él envenenado? ¿Por qué no dices con más justicia que llevaba el
vicio y la maldad en la masa de la sangre?
No creo que mi padre tuviera tanto empeño en protegerlo si hubiese sido así.
¿No lo crees? ¡Ay, Renato! Ya eres un hombre y puedo hablarte claramente... Tu padre estaba
muy lejos de ser un santo.
Sé perfectamente cómo era mi padre salta Renato, impetuoso, como si le hubiese picado
una víbora.
Yo no quiero menoscabar tu respeto ni tu cariño de hijo dulcifica Sofía. Pero las cosas no
son como te imaginas. Si tú pudieras recordar...
Recuerdo perfectamente, madre, y hay algo que tengo clavado en el corazón como una espina.
La última vez que hablé con mi padre, fue con insolencia, con rebeldía...
Me defendiste de su brutalidad, hijo pretende disculpar Sofía. No tenías más que doce
años. Nada más doloroso y humillante para mí que la actitud de Francisco aquella noche; pero nada más
hermoso que el recuerdo de tu actitud, Renato. Si te duele haberlo hecho, si te pesa como un
remordimiento...
Nunca, mamá la interrumpe Renato con decisión y firmeza. Hice lo que tenía que hacer, lo
que quisiera yo que un hijo mío hiciera, aun contra mí mismo, si, en un momento de cólera y locura,
llegara a olvidar el respeto que le debo a su madre... Y él lo comprendió así, y su gesto, su actitud de
aquella noche, todo me lo demostró... Sintió la vergüenza de aquel momento de violencia, huyó
ocultándose a mis ojos, tomó como un loco aquel caballo, y en su desesperación, en su angustia,
sobrevino el trágico accidente que le costó la vida. Y cuando volví a verlo, cuando me habló por última
vez, su mano se extendió para acariciarme y hubo un elogio en sus palabras cuando me dijo: "Sé que
sabrás defender a tu madre y velar por ella". ¿No recuerdas?
Sí... Sí... susurra Sofía, con un hilo de voz ahogada.
Pero también hubo un mandato que era como una súplica persiste con tesón Renato. Me
dijo que amparase a Juan, que le diera mi apoyo de hermano... Era una huérfano, lo sé. El hijo de un
amigo que murió en la miseria. Mi padre, moribundo, me traspasó la súplica de otro moribundo, su
voluntad que no pudo cumplir.
Olvida las palabras de tu padre, Renato. Estaba casi inconsciente cuando las pronunció. No
tenía sino la obsesión, la idea fija por la discusión que habíamos tenido horas antes a causa del maldito
muchacho...
¿A causa de Juan fue la discusión de ustedes? se sorprende vivamente Renato.
Naturalmente... Todo mi afán era defenderte de la carroña que tu padre se empeñaba en traer
a la casa, y me lo agradeces poniéndote de parte suya... se lamenta Sofía, con despecho. Yo he
sufrido infinitamente más de lo que imaginas. ¿Cómo piensas que he vivido durante catorce años de
soledad, enferma, aislada, en un país hostil, en un clima que me hace daño? Pues he vivido pensando en
ti, luchando por ti, defendiendo todo lo tuyo: tu fortuna, tu porvenir, tu casa, tu nombre inmaculado...
Lo sé perfectamente acata Renato, como en una disculpa.
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Pues si lo sabes, no deberías mortificarme por un...
Está bien, mamá la interrumpe Renato, con el deseo de cortar la desagradable escena.
Olvidemos todo esto... Mañana mismo iré a Saint-Pierre. Haré que Aimée y la señora Molnar se preparen
para venir cuanto antes. Sé que Aimée te va a gustar mucho, y entre los dos vamos a tratar de
compensarte todas las penas que has sufrido... Ya verás...
12
LA PODEROSA VOZ de Juan ha penetrado, resonante, hasta el fondo de la gruta, bañada con
aquel nombre que es miel en sus labios:
¡Aimée... Aimée!
Pero no hay respuesta a su llamada. Rápidamente da unos pasos hundiendo los pies en la arena
blanda. Luego retrocede y vuelve a salir a la desierta playa. Con la agilidad de un felino salta sobre las
piedras cortantes y trepa por el sendero casi impracticable, a través de los ásperos acantilados.
Ha llegado hasta el apretado grupo de árboles que forman el fondo del jardín de los Molnar. Muy
cerca, las inquietas aguas de un arroyuelo saltan entre las piedras, refrescando el aire, y de los gruesos
troncos de los árboles pende una trenzada hamaca de seda de colores: trono, ahora vacío, de la
peligrosa mujer a quien ama. Junto a la hamaca, en el suelo, hay una flor, deshojada por aquellos dedos
nerviosos y ardientes, un abanico, un diminuto frasco de perfume y el último número de la más picaresca
revista parisién... Juan del Diablo aparta con el pie aquellas naderías, y con su paso cauteloso, de tigre
en acecho, va acercándose a la vieja casa, mientras susurra con la voz en diapasón:
¡Aimée... Aimée...!
¿No te alegras de estar de nuevo aquí, hijita?
Sí, mamá, me alegro de estar otra vez a tu lado. Mónica de Molnar acaba de llegar del
convento y aun viste las tocas almidonadas y el hábito blanco de las novicias del Verbo Encamado. Un
corazón de plata prendido al pecho, pulido y brillante como una joya, completa el religioso atavío que tan
maravillosamente realza su porte señoril.
Ha sido tan amargo volver a esta casa sin ti se lamenta Catalina Molnar, con un sollozo
fluctuando en su garganta. ¡Te he echado tanto de menos!
Ya irás acostumbrándote, mamá...
Nunca, hija, nunca. Si cambiaras de idea, mi Mónica... En todas partes se puede servir a Dios.
Ya lo sé, mamá; pero también sé que muy pronto, apenas te haré falta. Aimée se basta por sí
sola para llenar la casa... Además, pronto se casará, y entonces vivirás con ella, como es natural. Yo
seguiré mi camino... Pero, ¿dónde está Aimée?
Salió con unas amigas desde por la mañana. Ni ella ni yo podíamos sospechar que iban a
llamarme para permitir que dejaras el convento. Ya verás qué contenta se pone cuando vuelva y te
encuentre aquí. Tu hermana es alocada, pero muy buena. Y te quiere mucho, hija, créeme.
Así lo creo, mamá...
Con pasos inseguros, Mónica va cruzando las grandes estancias de aquella antigua casa de
gruesos muros encalados, viejos y bien cuidados muebles, y anchas ventanas abiertas al jardín selvático,
única herencia que el difunto señor Molnar dejara.
Supongo que te podrás quitar los hábitos, ¿no?
Desde luego, aunque prefiero conservarlos.
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Está bien... acepta Catalina con gesto de resignación. No seré yo la que quiera otra vez
contrariarte... Este es tu antiguo cuarto. ¿Quieres volver a ocuparlo? Creo que es el mejor, el que tiene
más luz y aire... Espérame aquí un momento mientras voy a disponer las cosas para que lo arreglen. Voy
a llamar a la criada...
Mónica de Molnar ha quedado sola, pero no se detiene en aquel cuarto de anchas ventanas y
paredes empapeladas. Siente una angustia que sordamente la oprime, una inquietud que la sacude, que
la arrastra... Bruscamente echa a andar sin rumbo fijo. Sigue cruzando la larga fila de amplias
habitaciones... Se mueve como una autómata, impulsada por una fuerza extraña, mientras tiembla su
corazón emocionado bajó el techo de la vieja morada paterna. Al fin llega al último cuarto, sin muebles, el
cual tiene una única ventana con las grandes hojas entornadas; pero tras ellas como una sombra que se
agita un instante... Luego, una mano audaz que, dándoles un empujón violento, las hace abrirse de par
en par, y una voz masculina que exclama:
¡Aimée... por fin...!
Mónica ha retrocedido estremecida, temblando, porque un rudo rostro varonil ha asomado tras
las rejas de aquella ventana. Por un momento, como dos aceros han chocado en el aire las dos miradas;
después, las pupilas de Mónica se dilatan para hacerse más duras, más fijas, más altivas... Por primera
vez en su vida, Mónica de Molnar está mirando a Juan del Diablo...
Juan no ha retrocedido, no ha tratado de disimular su sorpresa. Lleva un pantalón descuidado,
arremangado hasta debajo de la rodilla, y una tosca camiseta a rayas. Podría ser el último marino de
cualquier barco de cabotaje; pero su gesto es demasiado altanero, su porte demasiado arrogante, pisan
con demasiada firmeza sus anchos pies descalzos, está demasiado seguro de sí mismo... y sonríe...
sonríe con leve y fina sonrisa burlona, mientras examina con calma el bellísimo rostro de mujer que
enmarcan las tocas almidonadas, y exclama, disculpándose:
¡Caramba! No se asuste tanto... No tiene delante a Satanás...
No me asusto responde Mónica, serenándose a medias.
Ya lo veo... Ni siquiera se ha persignado al oír el nombre del enemigo, lo cual es raro en la
gente de su clase.
¿Puedo saber qué desea usted, señor? indaga Mónica, visiblemente molesta.
Con usted, nada expresa Juan con cierta insolencia burlona, pero sin un asomo de aspereza
en la voz.
¿Con quién, entonces? inquiere Mónica con gesto altivo.
Ya dije el nombre de la persona a quien buscaba, a quien esperaba ver llegar...
¿Aimée? ¿Busca usted a mi hermana? se asombra Mónica sin ocultar su disgusto.
Así parece... ¿No está ella?
¡No tengo por qué informarle! se encrespa Mónica, ya sin poder dominarse.
Altanera, ¿eh?
¡Y usted, insolente! Me llama altanera y me está faltando al respeto desde que empujó esa
ventana.
¡Oh! Por poca cosa se ofende la abadesa...
No lo soy ni estoy dispuesta a tolerar sus estúpidas burlas.
¡Caramba! Habla fuerte Santa Mónica... ¿No es ese su nombre? ¡No... no se vaya! Me está
usted dando una gran sorpresa. Yo pensé que las monjas eran más amables y... menos bonitas... ¡Oh!,
no se ofenda tanto. En cierto modo, es un halago. Además, no estoy diciendo más que la verdad...
¡Voy a llamar a un criado para que le obligue a retirarse!
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¡Pobre hombre! ríe Juan, realmente divertido. No ponga en ese compromiso a nadie, ni
quiera aparentar conmigo lo que no es... En su casa no hay criados.
¡Es el colmo! se exaspera Mónica, abandonando el cuarto.
¡Mónica...! ¡Santa Mónica...! ¡Escúcheme...! llama Juan. Y al no hacerle caso ésta, exclama
riendo: ¡Terrible cuñada!
Mónica, hija, ¿qué te pasa? ¿Te sientes mal? Estás demudada. ¿Por qué?
Por nada, mamá... ¿Dónde está Aimée? indaga Mónica. Se ha sentado, ahogándose casi:
tan bruscamente late su corazón, tan apresuradamente corre por las venas su sangre, subiendo a su
garganta en borbotón de ira incontenible.
Ya te dije antes que había salido con unas amigas desde por la mañana...
¿Y dónde ha ido? apremia Mónica a su madre. ¿Qué amigas son esas?
Bueno, hija, de los nombres no me acuerdo muy bien. Son muchachas de aquí, amigas de la
infancia... Tu hermana ha reanudado algunas gratas amistades... Se aburre sola en este caserón y,
naturalmente, entra y sale...
¡Mi hermana está comprometida para casarse con un hombre dignísimo!
Ya lo sé; pero no creo que tenga nada de particular...
¡Nunca ves nada de particular en lo que Aimée hace! Con tu excesiva indulgencia, fomentaste
siempre todas sus locuras, todos sus caprichos... reprocha Mónica a su madre, sin poder disimular su
indignación.
Pero, hijita... ¿Por qué me hablas así? se alarma Catalina Molnar.
No es el tono que debo emplear contigo, mamá. Lo sé demasiado se suaviza Mónica,
arrepentida de su arrebato. Pero a veces no es una capaz de contenerse, y en este caso... Bueno,
manda a buscar a Aimée en seguida. Que le digan que yo la llamo, que la necesito... que venga...
Observa que su madre vacila, e indaga: ¿O es cierto que no hay en casa ningún criado? Respóndeme
a eso, mamá.
Está la muchacha que cocina, lava y plancha... Pero no se trata de eso... Lo que pasa...
Lo que pasa es que no sabes dónde está; que, como siempre, Aimée hace su capricho; que
entra y sale sin que tú sepas a dónde va ni con quién anda. Y, sin embargo, la has dado en compromiso,
has permitido que un hombre como Renato...
Mónica se ha mordido los labios furiosamente, hasta que el violento dolor la hace reaccionar y
calma el arrebato de cólera que la sacudió como una descarga... hasta que baja la cabeza juntando las
manos, en aquel gesto con que se fuerza a la oración, mientras solícita, la madre pregunta:
Hijita, ¿qué te ha pasado? ¿Por qué te has puesto así de repente?
Nada, mamá intenta disculparse Mónica. Los nervios... Estoy fuera de mí... Esa es mi
enfermedad...
¡Vaya, por Dios! La Priora me habló de tristeza y debilidad, no de tus nervios. Pero, en fin, todo
irá remediándose. En el fondo, creo que tienes razón, un poco de razón al menos. Tu hermana es
caprichosa, alocada... No me obedece... Nos hace mucha falta tu pobre padre...
De él también se burlaba se queja con amargura Mónica. De él y de todos; pero no va a
burlarse de Renato... Ella prometió hacerlo feliz.
Y lo hará. Claro que lo hará... Si el pobre muchacho está más enamorado.. . Cada día recibe tu
hermana sus atenciones y sus regalos, y en cualquier momento lo verás por aquí...
¿Cómo? se alarma Mónica. ¿No está en su tinca de Campo Real?
Está; pero ya se ha escapado dos veces en los diez días escasos que lleva en la Martinica. No
hay camino largo cuando se quiere tanto, y Renato está loco por tu hermana. No hay más que mirarlo
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frente a ella... Todo cambia: su expresión, su mirada... Ella, a su modo, le quiere. Él representa para ella
todo lo que necesita en la vida para triunfar, aparte de ser un buen mozo. Lo que yo deseo es que se
casen cuanto antes y, una vez casada, ya verás cómo las cosas cambian. Sin contar con que en Campo
Real no habrá muchos galanes para que tu hermana ejerza la coquetería.
Me tema que la coquetería de Aimée puede ejercitarse en cualquier parte y hasta con el
hombre más repugnante. La creo capaz de mirar a un gañán, a un mendigo...
¡Calla! ordena Catalina visiblemente disgustada. Ahora sí estás ofendiendo gratuitamente
a tu pobre hermana. Parece mentira, Mónica...
Desde fuera llega el ruido característico de un coche que se detiene, y un estallar de voces y
risas juveniles.
Creo que ahí está tu hermana informa Catalina. Ya verás qué contenta se pone al
encontrarte. Te quiere más que tú a ella, Mónica.
¿Crees eso? observa Mónica con un matiz de amargura en la voz.
Me lo estabas demostrando con tus palabras de hace un momento. Ella no te critica nunca...
siempre está de tu parte. Fue la primera en tratar de convencemos, a tu padre y a mi, de que te
dejáramos hacer tu gusto y tomar los hábitos. Te quiere más que tú a ella... Mucho más...
¡Adiós, Gustavol ¡Hasta mañana! No dejes de venir tú también, Ernesto... Y traigan a Carlos...
se oye la voz de Aimée, despidiéndose alegremente.
¿Son esas sus amigas? inquiere Mónica con mordacidad.
Amigas vinieron a buscarla asegura Catalina. Estaban en un grupo... Ahora han venido a
dejarla los muchachos... No creo que tenga nada de particular.
¡Qué ciega estás! Anda, adviértele que yo he llegado a casa.
¡Quieta!
¡Oh...! se asusta Aimée; pero en seguida susurra zalamera: ¡Juan...! Pero, Juan...
He dicho que quieta insiste Juan con energía. Bruscamente, sujetándola por los hombros
desde la espalda, obligándola a echar hacia atrás la cabeza para beber con ansia la miel de sus labios,
Juan besa largamente a Aimée, sorprendiéndola en el momento en que iba a recostarse en la suave
hamaca de mallas de seda. Un instante saborea ella también ávidamente la caricia, para rechazar
después, falsamente indignada:
¡Pirata... salvaje...! ¿Qué manera de tratarme es esa? ¡Ay! ¡Suéltame! Y no levantes la voz.
Pueden oírte desde la casa.
No lo creo. Está muy lejos... Te fabricaste un buen rincón entre estos árboles. Pero es mejor mi
cueva en la playa. Esta noche te espero allí.
¡Esta noche no puede ser! niega Aimée vivamente.
Esta noche te espero, y esta noche irás.
No sé si pueda...
Podrás. Te estaré esperando. Ya verás qué fácil te es arreglar las cosas cuando pienses que
yo te estoy esperando allá abajo, y que si tardas...
Ya lo sé... Te irás... sentencia Aimée en tono burlón.
No. Vendré a buscarte, y te llevará aunque sea a rastras.
No seas bárbaro. Es casi seguro que iré a la cueva esta noche.
Es absolutamente seguro que irás. Mi barco sale de madrugada.
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¿Hasta dónde? ¿Por qué no me lo dices? No voy a delatarte...
Perderías el tiempo. Las leyes son mallas muy burdas. Los peces vivos de mi calaña, que
saben coletear, no quedan nunca entre esas redes.
¡Ah! ¿Luego es cierto que hay un misterio en tus viajes? ¿Hasta dónde va tu barco? Dímelo...
Anda... ¿Dominicana? ¿Guadalupe? ¿Llegarás hasta Trinidad, o pondrás proa a Jamaica?
Volveré dentro de seis semanas...
¿Seis semanas? ¡Es una enormidad!
Tal vez cinco... ¿Me echarás de menos?
Lloraré por ti todos los días. ¡Te lo juro, Juan! No sé qué tienes... Me trastornas... A veces
maldigo la hora en que te conocí, en que te escuché...
Esta noche no la maldecirás. Te espero...
¡Iré... iré! Pero ahora escóndete, vete, alguien viene. Es mi hermana. ¡Vete... vete, por caridad!
suplica Aimée, nerviosa. Si nos ve juntos, estoy perdida.
¿Perdida? ¿Por qué?
¡Vete, Juan! ordena más que ruega Aimée, desesperadamente. De un brusco empujón le ha
apartado, y corre al encuentro de Mónica.
¡Mónica... hermanita! exclama Aimée, sofocada, pero intentando ser jovial.
¿De dónde vienes? indaga Mónica, severa.
¿De dónde he de venir? Del jardín... ¿No lo ves? ¿Por qué no te quitas los hábitos? No sé
cómo los resistes con el calor que está haciendo... ¿Por qué me miras de ese modo? ¿Qué te pasa?
Mónica ha apoyado las manos finas y nerviosas en los hombros de Aimée para mirarla lenta,
fijamente, como penetrándole los pensamientos. Están a la entrada de aquellas últimas habitaciones del
caserón de los Molnar, y el corazón de Aimée late apresurado, temiendo, como desde los días de su
infancia, aquella mirada sagaz de su hermana mayor, a la que su alma apenas puede ocultar secretos.
No has contestado a mi pregunta, Aimée. ¿De dónde vienes?
Ya te dije que del jardín. ¿Qué más quieres que te diga? Si vas a empezar como antes, a
regañarme apenas llegas...
Yo no quería volver aquí. Otra voluntad más fuerte que la mía me obligó a hacerlo. Ahora
pienso que tal vez fue un designio de la Providencia.
¡Ay, ay, ay! Ahora sí estoy aviada. En cuanto tú nombras la Providencia...
No te hagas la inconsciente, porque no lo eres. Estás muy crecida también para el papel de
niña mimada...
En definitiva, ¿qué es lo que quieres? se subleva Aimée, presa de la ira. A mí no me
estorba qué estés aquí, si no te metes en mis cosas.
Tengo que meterme, Aimée. Entre nosotras hay un pacto... un pacto solemne. Juraste,
Aimée... Juraste con lágrimas en los ojos, y has de cumplir tu juramento.
No estoy haciendo nada de particular...
¿De veras? Con la mano en el corazón, sinceramente, ¿crees estar cumpliendo tus deberes dé
prometida de Renato?
¡Ya salió Renato!
Tiene que salir, puesto que vas a casarte con él, puesto que prometiste hacerle dichoso...
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Que lo sea... Yo no le estoy haciendo nada. Pero ya ves... En diez días lo he visto dos veces.
Eso, después de seis meses de ausencia... seis eternos meses metida en este caserón que es una
tumba.
Una tumba muy frecuentada... Llegaste con amigos, sales a todas horas, te vienen a buscar y
te conocen por tu nombre tipos que...
¿Qué? ¿Qué estás diciendo? ataja Aimée francamente alarmada.
Te oí hablar en el jardín... ¿Con quién?
Con nadie.
¡No mientas! No mientas, porque es lo que más me subleva de ti. Entre esos árboles sonaba
claramente la voz de un hombre, y a esta ventana vino a buscarte un hombre y te llamó de tu nombre. Un
hombre inmundo, repugnante, insolente, la especie de marinero...
¡Ah! El pobre Juan... comenta hipócrita y ladina Aimée; ¿Hablaste con él? ¿Qué te dijo? Te
advierto que no anda muy bien de la cabeza. Es un infeliz, pero...
¿Infeliz? ¿Loco? ¿Pobre? ¡Pero la forma en que habló de ti...!
¿Qué pudo decirte el muy canalla?
No es lo que dijo, sino cómo lo dijo. Ya veo que le conoces... ¿Quién es ese hombre?
Aimée ha sonreído, tranquilizándose totalmente, otra vez segura de sí misma, otra vez dispuesta
a hacer de su cinismo el arma que nunca le falló, y sin dar valor a sus palabras, explica:
Es un pescador. Tiene una barca y se va lejos... A veces trae muy buen pescado. Yo se lo
compro, y en esta soledad, en este absoluto aburrimiento, he tenido la debilidad de hablar con él... sobre
detalles de su oficio. Aquí no se guardan las distancias, no se vive con tanta etiqueta como en París o en
Burdeos. ¿No puedo interesarme en lo que hace un pescador? ¿No puedo ni siquiera hablar con las
gentes? ¿Vas a convertirte en mi cancerbero? ¿Vas a hacerme la vida imposible por...?
¡Calla, Aimée!
Está bien. Nos callaremos las dos... Comprenderás que no voy a ser yo la que se calle siempre
para que tú digas lo que te dé la gana. Si hablas tú, hablaré yo también, y le diré a Renato...
No dirás una sola palabra exclama Mónica con violenta ira apenas contenida. ¡No dirás
nada a nadie! ¿Entiendes? Te olvidarás de lo que, por desgracia, sabes. Callarás para siempre, porque
como te atrevas...
¡Mónica, me haces daño! ¡Ay...! se queja Aimée.
Dispénsame. No quise hacerte daño. No quiero tener que hacerte daño nunca, hermana. Pero
hay un pacto entre las dos, y es preciso que lo respetes. En él me va más que la vida. ¿Entiendes? ¡Más
que la vida!
Mamá nos está llamando indica Aimée; pues, en efecto, llega hasta ellas la voz de Catalina,
llamándolas. ¡Por favor, Mónica, no te pongas de esa manera! No tomes así las cosas... No pasa
nada... No te van bien esos arrebatos con el traje que llevas... Todo lo tomas por la tremenda... No sabes
vivir en el mundo, hermana.
¡Aimée, hijita! ¡Aquí está Renato! ¡Ven... ¡ es la voz de la señora Molnar que se va acercando
en busca de su hija.
Renato... Renato ahora. ¿Oíste eso, Mónica? indaga Aimée en tono burlón. Cálmate,
serénate. Renato siempre tuvo el don de llegar a tiempo. ¿No te parece?
Mónica no responde. Inmóvil, apretados los labios, blancas las mejillas, parece repentinamente
una estatua de cera bajo las tocas inmaculadas. Aimée la contempla un momento, sonríe forzada, y
sacude el brazo de su hermana con gesto afectuoso:
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Cálmate y ponle buena cara a Renato. Va a tener una gran sorpresa al encontrarte aquí.
Seguramente tiene mucho que charlar contigo, Mónica. Sé buena y entretenlo. Ya sabes que el te
aprecia. No seré egoísta y te lo prestaré un buen rato para que arreglen el mundo en teoría, como tienen
por costumbre hacerlo. Y no te preocupes, que Renato es feliz y lo será mientras me quiera.
Junto a la alta ventana de la sala colonial, por donde penetran los últimos rayos dorados del sol
que muere, Renato D'Autremont estrecha las manos de Aimée en el empeño pueril y enamorado de
robarle un beso. Desde lejos, fingiendo un ir y venir oficioso. Catalina Molnar les observa complaciente.
¡Qué recatada y pura parece ahora la ardiente amante de Juan del Diablo! Otras son sus miradas, su
sonrisa; otro su gesto, perfecta imitación de novia íntima, enamorada, ingenua...
¡Aimée... mi amor, mi gloria, mi vida...! exclama Renato, apasionado.
Cálmate... No te acerques tanto... Mamá nos observa... coquetea Aimée, riendo. Me
asustas con esos arrebatos.
Perdóname. Te adoro, Aimée, ¡te adoro y no veo el momento en que por fin seas mi esposa!
Para eso falta mucho tiempo...
Sólo el que tú quieras. Por mi parte, todo está dispuesto. Mamá lo sabe ya. Está conforme,
dichosa... Sólo espera el momento de conocerte, de darte su bendición y de fijar la fecha de la boda.
¿Qué estás diciendo? ¿La señora D'Autremont...?
Dulce madre mía... Ya te quiere, sólo con saber cómo te quiero yo. ¡Cómo he pensado en ti
estos días, mi vida! ¡Cómo he soñado con verte allí, en mi casa, entre esos campos que serán tu reino!
Porque allí serás como una princesa, como la soberana de un cuento de hadas...
¡Pero, Renato! protesta Aimée. Me prometiste que viviríamos en Saint-Pierre...
Bueno... En Saint-Pierre tenemos una vieja casa. Más adelante mandaré repararla; pero te
aseguro que cuando veas Campo Real, nada te parecerá más grato, porque si el Paraíso estuvo en
alguna parte de América, es en ese valle al pie de las montañas, donde no es posible ya reunir más
belleza: flores, paisaje... y tú... Cuando tú estés, no será un paraíso terrenal, será el propio cielo...
¡Qué bonito hablas, Renato! Claro que pierdes el tiempo... Mamá lleva cinco minutos ausente y
no me has dado un beso.
¡Mi vida...!
La ha besado con ternura, con respeto, conteniendo sus ansias, sujetando la pasión que arde en
sus venas, haciendo dulzura y rendimiento de aquella llamarada de deseo que provocan los labios
sensuales, la piel aterciopelada, los ojos profundos, el perfume exuberante de flor tropical que emana de
la carne de aquella mujer.
Ahora, estáte quieto. Mónica va a salir de un momento a otro...
¿Mónica? Es cierto... tu mamá me dijo que estaba en casa, que había salido por unas semanas
del convento. Será muy grato saludarla. Aunque no sé... De algún tiempo a esta parte, tu hermana me ha
retirado toda su amistad, todo su afecto. A mamá no se lo dije, pero si vieras cómo me preocupa eso...
Que recuerde, yo no le he hecho nada... Conscientemente, al menos, yo...
¡Qué tontería! le interrumpe Aimée. Claro que no pasa nada. Eso forma parte de su
vocación religiosa y del estado de sus nervios. Mónica se ha vuelto tan extraña... Está muy mal de salud.
Delicada, nerviosa, excitable... Por cualquier tontería hace una tragedia. En el propio convento no saben
qué hacerse con ella. Por eso se empeñaron en que saliera un par de meses. A veces me pregunto si no
estará un poquito trastornada...
¿Qué dices? ¡Vaya una ocurrencia! Mónica es una criatura excepcionalmente inteligente,
equilibrada, entera... Una mujer admirable por todos conceptos.
¿Te parece admirable? dice Aimée en tono burlón. ¿Y por qué no te enamoraste de ella?
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¿De Mónica? se asombra Renato, divertido. No sé... Cualquiera puede enamorarse de una
criatura encantadora como ella lo es sin disputa, pero estabas tú y fue de ti de quien me enamoré, y es a
ti a quien adoro, a quien querré siempre... definitivamente... ¡hasta el día de mi muerte!
Dímelo otra vez, Renato. Dímelo muchas veces. ¿Me querrás siempre, pase lo que pase? ¿Me
quieres?
¡Te quiero, Aimée! afirma Renato, arrebatado de pasión. ¡Te quiero tanto, tan total, tan
profundamente, que si un día... lo que es locura pensar, claro está... que si un día fueras indigna...!
¿Me perdonarías?
¡No, Aimée! No podría perdonarte nunca una traición, pero tampoco podría dejarte vivir para
que fueras de otro. ¡Te mataría, si! ¡Te mataría con estas mismas manos que té adoran, que tiemblan al
estrechar las tuyas! ¡Te mataría, aunque con el dolor de matarte se acabara mi vida también!
Bruscamente, Aimée se ha levantado, arrancando sus manos a las de Renato. Junto a ellos, muy
cerca, llegada bien a tiempo a oír las últimas palabras, está Mónica, silenciosa y serena, no es sólo el
sobresalto de su presencia lo que sacude a su bella hermana.
Lo es también el gesto fiero, la mirada ardiente que ha descubierto en el rostro de Renato
D'Autremont, la mueca casi feroz con que sus labios se distendieron. Pero la presencia de Mónica le
transforma de manera absoluta. Ceremoniosamente ha puesto de pie para saludarla, aguarda en vano a
que su mano se extienda, y ante la inmovilidad de la novicia, inclina la frente en un saludo que más tiene
de cortés que de cariñoso:
A sus pies, Mónica. ¡Cuánto gusto de verla! ¿Cómo está usted?
Bien. ¿Y usted, Renato? corresponde Mónica en forma amable, pero fría.
En el mejor de los mundos, naturalmente exclama Renato con jovialidad. Tanto que, lo
confieso, a veces me da miedo.
¿Miedo de qué? Si alguien merece la dicha en el mundo, es usted.
Le agradezco la afirmación. Con frecuencia pienso que la vida me ha dotado en demasía, y me
atormenta la impaciencia de realizar las buenas obras, a que supongo estoy obligado para no ser ingrato
con mi destino feliz.
Usted siempre procede noblemente, y hace dichosos a los que dependen de usted. No creo
que tenga en realidad esa deuda que pretende...
Pues yo sí creo, Mónica, y no sabe cómo me alegre de que la casualidad me permita contar
con usted, algunas cosas que deseo hacer y que considero muy urgentes.
¿Contar conmigo? No comprendo...
Claro. No he perdido la mala costumbre que me reprochó usted más de una vez. Empiezo a
referir las cosas por el final. No puede comprenderme, puesto que no conoce el principio. Pero aquí llega
la señora Molnar... Por favor doña Catalina... Acérquese... Hay una invitación para toda la familia y quiero
que toda ella me escuche. He venido por ustedes...
¿Cómo? ¿Para qué? indaga la señora Molnar.
Para una visita al paraíso. Perdónenme la jactancia de llamar de esta manera a mis tierras de
Campo Real. Necesito que preparen sus cosas y que salgamos para allá inmediatamente.
¿A Campo Real nosotras? se asombra Catalina Molnar.
Yo sé que lo más correcto sería que mi madre viniera primero, y que la invitación fuera hecha
personalmente; pero confío en que la excusen al saber que hace más de diez años no abandona la finca.
Su salud es bastante delicada para no hacerlo. Ella me ruega que la perdonen por no venir, por enviar
solamente esta carta con su mejor emisario, que soy yo mismo. Es para usted, doña Catalina. ¿Quiere
hacerme el favor de leerla?
Sí, hijo, pero... empieza a protestar Catalina.
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Creo que no hay ningún inconveniente para que vayas con Aimée a Campo Real, mamá
interviene Mónica. Yo, como es natural, volveré a mi convento, y al regreso...
De ninguna manera, hija. Saliste del convento porque tu salud es delicada. Justamente, tanto
tu confesor como la abadesa me dijeron que seria magnifica para ti una temporada en el campo, y puesto
que la mamá de Renato nos invita a las tres...
La señora D'Autremont no contaba conmigo la interrumpe Mónica.
Con usted se cuenta siempre para todo, Mónica asegura Renato. Y si para que se
convenza es preciso que mi madre haga ese viaje y venga personalmente a pedirle que nos acompañe
un par de semanas en Campo Real, lo hará. Estoy seguro de ello. Además, déjeme decirle ahora el final,
porque antes empecé. Cuento con su ayuda y sus consejos para remediar muchas cosas que no están a
mi gusto allá en mis tierras.
¿Conmigo? Pero si yo... comienza a protestar Mónica.
Usted era en otro tiempo mi mejor amiga, Mónica. Voy a prescindir de sus hábitos, de la
barrera de frialdad que se ha empeñado en alzar entre nosotros dos, para decirle... para decirte, Mónica,
como en aquellos tiempos en que éramos como dos hermanos, como dos soñadores imaginando un
mundo nuevo, mejor y más generoso... Como cuando soñábamos con ser reyes de un mundo de dicha,
de bondad, en el que nadie sufriera, en el que todo fuera paz y justicia... Pues bien, Mónica, ese mundo
lo tengo, es mío... Pero no es un mundo de bondad, de dulzura, ni siquiera de justicia. En la belleza de mi
paraíso hay rincones oscuros, amargos; gentes tratadas cruelmente; niños que necesitan de un porvenir
mejor. Yo quiero remediar todo eso y te necesito a mi lado... como lo que fuiste en aquellos años de
adolescencia: mi guía, mi compañera, mi maestra muchas veces...
Mónica de Molnar calla, inclinada la frente, temblorosos los labios, llenos los ojos de lágrimas que
sólo con enorme esfuerzo logra contener. Así, frente a frente, no se atreve a rechazar las palabras de
Renato; le llegan demasiado profundamente, hay una dicha demasiado intensa en medio de su dolor
profundo, al escucharle hablar de esa manera. No podrá negarle nada que él le pida así. Sabe que no
podrá negárselo y... sin embargo, balbucea una última resistencia:
Necesitaría el permiso de mis superiores...
Hoy mismo lo tendremos afirma Renato, decidido. Iré al convento, haré que mamá escriba
a la Abadesa...
Mónica se ha serenado totalmente, como si de repente hubiese halado dentro de sí la fuerza que
necesita, y clava en el rostro de Renato su limpia mirada valerosa, al aceptar:
Iré, Renato. Iré con ustedes...
Es un postre exquisito, ¿lo has hecho tú, Aimée?
Sí; claro... con una receta de Mónica, que ha aprendido a hacer maravillas en la repostería del
convento, y ayudada un poquito también por mamá.
Seguramente, tus manos le ponen algo angelical...
Renato ha sonreído mirando a Aimée que le devuelve la sonrisa con esfuerzo, tensos los nervios,
fija toda su atención no en aquella mesa familiar, sobre cuyo mantel blanquísimo refulgen los últimos
restos de la vajilla de plata de los Molnar, sino en el antiguo reloj cuyas manecillas avanzan implacables,
cuya campana cantarina pregona la hora de una cita a la que no sabe cómo acudir. Son las ocho, y el
ardiente corazón se le desboca pecho adentro... Son las ocho, y claramente su imaginación le muestra la
recia figura varonil del hombre que en aquel momento salta sobre la playa y penetra, buscándola hasta el
fondo de la cueva... el mar que ruge, los brazos atléticos que pudieran estar estrechándola, la arena
blanca como un áspero lecho perfumado de algas, y Juan del Diablo junto a ella, con sus ojos de abismo,
con sus besos de fuego, con su cuerpo macizo como el de un oso y ágil como el de un tigre... con su
atractivo irresistible de tritón de fiera...
Este postre es lo único especial que pudimos hacer para ti, hijo explica Catalina, como
excusándose. Como no te esperábamos, y apenas nos diste tiempo...
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Fui hasta el centro buscando a un viejo amigo de mi padre: el notario Noel. Pero no tuve la
suerte de hallarlo en su bufete. Cuando salga de aquí iré a su casa. Tengo empeño en hablar con él. Fue
notario de los D'Autremont durante muchos años. No sé por qué motivo se alejó de mi casa, pero quiero
que vuelva a ella. Es un hombre bondadoso y honrado, mi padre lo apreciaba enormemente...
El viejo reloj del comedor lanza al espacio el sonido vibrante de sus campanadas, y Aimée se
alarma:
¡Oh...!
¿Qué tienes, Aimée? indaga Renato, solícito.
¡Uf! Nada... ¿Qué quieres que tenga? Calor... hace un calor terrible aquí adentro se queja
Aimée.
¿Quieren que pasemos a la sala a tomar el café? propone Catalina.
No puedes entretener mucho a Renato, mamá reprende Aimée echando una mirada al
reloj. Ya oíste que tiene que ver a ese señor...
Hay tiempo... Después de hablar con él, tal vez emprenda el regreso a Campo Real esta
misma noche explica Renato. El camino es bueno. Gozamos de una luna espléndida, y estoy
impaciente por decirle a mi madre el resultado satisfactorio de su invitación. Además, cuanto más pronto
me vaya, más pronto vuelvo por ustedes. ¿Cuándo podrán estar listas? ¿El viernes? ¿El sábado?
Yo creo que el viernes, ¿verdad, muchachas? recaba Catalina.
Yo estoy preparada en cualquier momento asegura Mónica.
¿Y tú? pregunta Renato a su novia; pero al no recibir contestación de ésta, insiste:
Aimée... ¿no me oyes?
¡Oh!, sí, sí, naturalmente... ¿Qué decías? exclama Aimée, vacilando y como saliendo de un
letargo.
Renato hablaba de volver por nosotras el viernes, pero tú estás como en las nubes... explica
Mónica, con un velado reproche en la voz.
Es que estoy asfixiándome de calor. ¿Cuándo acaban de traer ese café?
En cualquier parte es igual acepta Renato. Lo tomaremos aquí mismo, ya que lo trajeron, y
abreviaré la sobremesa, aunque no conozco nada más difícil que irse de esta casa.
Ha vuelto a sonreír mirando Aimée, cuya sonrisa es ahora casi una mueca. No puede más, está
desesperada, y al mismo tiempo tiembla, teme, recuerda la amenaza de Juan: ir por ella si no acude a la
cita.
En la puerta, dos mujeres miran marchar a Renato. Luego, Mónica se aparta dejándose caer,
como sin fuerzas, sobre un sillón de mimbre, mientras la señora Molnar entorna suavemente el postigo
buscando con la vista a su hija menor, y le pregunta a Mónica:
¿Dónde fue tu hermana?
No sé. Tenía calor... al jardín seguramente.
Qué encantador es Renato, ¿verdad?
Mónica no contesta; baja la cabeza como si hundiese sus pensamientos en el agitado mar de su
alma en tormento. La señora Molnar entra lentamente a su alcoba, mientras cruzando la casa, llena de
impaciencia, irrumpe Aimée en la habitación de su hermana. Sobre una silla está el manto negro con que,
para salir cubre su hábito de novicia Mónica. Sin detenerse se apodera de él y sigue su camino cada vez
más de prisa. Al llegar al jardín se envuelve de pies a cabeza en la oscura tela, y como una sombra se
desliza hacia los árboles, hundiéndose en ellos rumbo al camino de la playa.
Mónica... ¡Qué raro! ¡Qué extraño que salga así! Qué raro es todo en ella.
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Renato D'Autremont piensa en voz alta, a fuerza de desconcierto, de sorpresa. Está de pie, a
cincuenta metros escasos de la casa de las Molnar, cuyas blancas paredes ilumina con su luz clarísima la
luna llena. Se ha detenido en aquella esquina, por la que debe doblar perdiendo de vista la vetusta
residencia. Se ha detenido con ese impulso irresistible de los enamorados, de mirar una vez más, aunque
sólo sean las paredes del sitio en que vive el objeto de su amor. Se ha detenido ansiosamente,
esperando ver la figura de Aimée recortarse tras las rejas de la ventana, pero nadie hay en la ventana ni
en la puerta. Sólo ha visto cruzar a una sombra... Se siente extrañamente inquieto. Paso a paso ha vuelto
a la casa y da una vuelta en torno a la misma. Hay luz en dos habitaciones. Dos de las tres mujeres que
habitan esa casa están despiertas, piensa Renato. Como si cometiese un sacrilegio, penetra en el jardín
de sombras.
Ha llegado al centro de aquel macizo de árboles espesos, donde una hamaca cuelga de dos
troncos. Ahora, la luna, filtrándose entre las ramas, pone cuchillos de plata sobre la malla de seda y
cabrilleos de estrellas en las aguas del arroyo cercano. Muy despacio se inclina a recoger del suelo un
pañuelo perfumado de lilas, un espejo que quedó abandonado junto a la hamaca. Reconoce ese espejo.
Es el juguete preferido de Aimée, lo ha visto entre sus manos cien veces, lo ha visto reflejar su belleza,
como ahora, cual terso lago diminuto refleja las estrellas, y con una ternura que invade su voz, susurra:
Aimée... mi vida...
Ha besado el cristal helado, aquél que reflejara tantas veces la boca breve, dulce, cálida, fuente
de vida para él. Luego, baja la frente. Ha sentido una súbita vergüenza. Está allí casi como un ladrón.
Inquieto, mira hacia la casa. De las dos ventanas iluminadas, una se apagó ya. La otra sigue brillando
con luz amarillenta.
Aimée... Tú no duermes, ¿verdad? ¿Piensas en mí, sueñas despierta? ¿Lees? ¿Rezas?
¿Acaso esperas con ansia, como yo, el día de mañana para verme de nuevo?
Suavemente desliza el espejo en sus bolsillos, y se aleja con paso rápido.
13
CRISTO, ÓYEME... CRISTO, ampárame... Señor, sostenme, dame tu fuerza en la agonía,
dame tu luz en las tinieblas... ÓYEME..
De rodillas, frente a la imagen del Crucificado que preside la alcoba en la que corrieron los años
puros de su infancia, Mónica reza... Reza con las manos juntas, enclavijadas, con los abiertos ojos fijos
en Aquél de quien todo lo espera, con los pálidos labios trémulos, con el apasionado corazón
golpeándole sordamente el pecho...
¿Por qué llevarme hasta el último extremo Señor? ¿Por qué ponerme de nuevo frente a él?
¿Por qué arrastrarme a la tentación? ¿Por qué hacer que despierten los recuerdos mal dormidos
apenas? ¿Por qué, Señor? ¿Por qué es tan dura la prueba?
Todo es silencio en la casona, menos su voz que es como un leve sollozo. Todo es quietud,
menos el alma torturada que se retuerce queriendo escapar de su tormento, para aceptarlo al fin:
Cristo... En tu noche de agonía, tú rechazaste el cáliz también. En tu Huerto de los Olivos,
derramaste sudor de sangre, lloraste amargamente, y le pediste al Padre que tuviera piedad de tu
flaqueza. Hoy soy yo quien te pide piedad... piedad o fuerzas para triunfar de mí misma, para ahogar los
latidos de mi corazón, para domar mi carne rebelde... ¿No hay piedad, Señor? ¿Ha de ser?
¡Respóndeme en mi corazón! ¡Respóndeme! Un sollozo atenaza su garganta, impidiéndole seguir el
rezo. Pero pronto una sensación de conformidad la invade, y exclama: Hágase tu voluntad. Señor...
pero no me abandones en la prueba.
¡Juan! ¡Mi Juan! ¿Qué hacías aquí?
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Sí; allí está Juan. Es él, y son sus brazos los que la estrechan y es su boca, de labios ávidos y
sensuales, la que besa la suya con ansias de sediento. Lo ha encontrado en lo alto de los acantilados,
muy cerca ya de los últimos árboles de su jardín...
Iba a buscarte. Te previne que lo haría. Jamás amenazo en vano, Aimée, y es bueno que lo
sepas. No vas a burlarte de mí. No me interesabas, no quería caer en tus redes... Se bien lo que puede
esperarse de las mujeres de tu clase...
¡Oh, Juan... mi lobo enamorado!
¿Enamorado yo?
¿Cómo se llama, pues, lo que sientes? No te interesaba, pero me buscas a todas horas. No
querías acercarte a mí, y ahora te mueres si me retraso en una cita. Si eso no es amor, ¿cómo se llama?
No lo sé, ni me importa, ¿sabes? contesta Juan con rudeza. Pero óyeme hasta el final. No
quería sentir por ti, pero te propusiste hacerlo y lo lograste. Ahora, entiende que no me manejarás a tu
antojo por ello. Cuando venga, tendrás que aguardarme, tendrás que recibirme, tendrás que acudir
cuando te llame, te buscaré donde quiera que estés. Eso es lo que iba a hacer ahora.
¿Sin importarte el perjuicio que con ello me causes?
Cuídate tú de que no tenga que hacerlo. Yo no te fui a buscar a tu casa... Tú bajaste a mi mar,
a mi cueva. Te divirtió el salvaje, tuviste la curiosidad de saber cómo era el amor de Juan del Diablo.
Pues bien, ya lo sabes. No es algo que puedas coger o rechazar como te plazca. No seré tu juguete, no
seré el muñeco de ninguna mujer. Las mujeres se hicieron para los hombres...
Yo invierto los términos: opino que los hombres se hicieron para las mujeres contesta Aimée,
sutilmente burlona, y conteniendo a duras penas su irrefrenable pasión.
Los hombres como yo mandan siempre, y la mujer que está a su lado, aun cuando fuese una
reina, no es más que su mujer. ¿Entiendes?
Entiendo que eres un tirano, un déspota, un bárbaro, un pirata y, además, un ingrato. Pero me
gustas más que nadie. ¡Te quiero!
Juan se ha vuelto a besarla con ansia, haciendo resbalar el fino manto negro con el que Aimée se
envuelve de pies a cabeza, y alzándolo con su ancha y dura mano, pregunta:
¿Qué es esto?
El disfraz que tuve que ponerme. Había visita en casa... Un invitado a comer que prolongó
demasiado la sobremesa. Todavía no acababa de cruzar la puerta, cuando yo corrí para acá. Podían
verme de lejos, pero lo negro todo lo tapa, todo lo iguala y todo lo disimula.
¡Hum...! ¿Quién era tu invitado?
Cualquiera. Un amigo de mamá y de mi hermana.
¿Cómo se llama?
¿Qué más da si no lo conoces? Un antiguo amigo de Mónica, que vino a verla por la tarde y se
quedó para la cena. Ella entró en la cocina y, con sus blancas manos de abadesa, preparó un postre
delicioso.
¿Ah, sí? ¿Santa Mónica tiene esas atenciones para alguien?
¿Santa...? A propósito, tenemos que arreglar una cuenta. ¿Es posible que te hayas atrevido a
hablar con mi hermana?
¿Te lo contó ella?
Está indignada con tu grosería, indignada con que yo trate a tipos como tú. Tuve que decirle
que eras un pescador con el que yo charlaba algunas veces porque me interesaba tu oficio: la forma en
que se manejaban el anzuelo y las redes... Hiciste muy mal, Juan. Mi hermana es mala enemiga.
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¿Mala enemiga? ¿Y qué puede hacerme? ¿Tiene influencia allá arriba? ¿Ordenará al mar que
se trague mi barco? se burla Juan, en verdad divertido.
Eres un monstruo de egoísmo, Juan del Diablo. ¿De veras no te importa nada, nada, lo que
pueda sucederme a mí por todo esto?
A ti es a la que no pareció importarte. Esas cosas se piensan antes. Aimée. Cuando yo me
empeño en entrar a puerto en pleno temporal, sé bien lo que me juego: el barco y la vida... y allá el
infierno si los pierdo.
Contigo no se puede...
No vas a manejarme. Te lo he dicho mil veces... Bueno, ya me voy. Zarpo al amanecer, y me
quedan muchas cosas qué hacer todavía.
¿Y estás seguro de no volver en cinco semanas? Eso es mucho tiempo...
Yo también te echaré de menos, Aimée afirma Juan con sinceridad.
Pero no querrás sufrir, te empeñarás en olvidarme, y me olvidarás en los brazos de otras
mujeres. Lo sé perfectamente. ¡Para ti hay amores en todos los puertos!
¿Y a quién le faltan? Pero no te preocupes... Volveré pronto y te traeré un regalo... un regalo
digno de ti... como para una reina.
La ha besado con un beso de fuego, beso largo con el que parece sorberle la voluntad y la vida.
Luego la aparta de si, con suavidad...
Ahora es ella quien se prende a su cuello, ella la que le besa apasionada, loca, ciega, como si al
arrojarse en brazos de aquel hombre se hundiera en un abismo y nada le importara sino el goce supremo
en que se funden la vida y la muerte...
Me hallarás cuando vuelvas, Juan. Te lo juro... Pase lo que pase, estaré aquí, te esperaré. Me
encontrarás igual que ahora... Me encontrarás así siempre que me busques, aun cuando tenga que
hundirse el mundo entero para eso...
Anúncieme al señor Pedro Noel. Es tarde, pero tengo la esperanza de que me reciba. Dígale
que Renato D'Autremont tiene absoluta necesidad de verle.
En el vestíbulo de la modestísima casita del que fuera notario de su padre, Renato da su tarjeta a
un sirviente y queda pensativo, esperando. A pesar suyo, hay una imagen que le acompaña. Sin
proponérselo, una y otra vez cruza por su imaginación aquella sombra que envuelta en el negro manto de
las novicias del Verbo Encarnado, viera cruzar el jardín para ocultarse entre los árboles. Ni un instante ha
pensado que aquella mujer pueda ser otra que Mónica; pero, ¿a qué podía ir ya de noche a aquel rincón
del jardín, y por qué aquella forma furtiva, aquel paso apresurado, aquel correr cuando él apenas cruzaba
la calle, como si hubiera esperado su marcha, impaciente para correr allá?
¡Renato! ¿Pero es usted realmente? exclama Pedro Noel acercándose con alegría
conmovida. Renato D'Autremont, me da usted la sorpresa y la alegría más grande que he tenido en
muchos años.
Perdóneme lo intempestivo de la hora. Ya veo que...
Sí... iba a acostarme; pero, en bata y todo, bajé corriendo. Deme usted un abrazo, hijo mío.
¡Qué alegría verle! ¡Qué maravillosamente se ha transformado! Es usted un real mozo, caramba.
Bastante parecido a su señora madre, pero con todo el aire, con toda la magnífica estampa de los
D'Autremont. Dichoso el que no desmiente la casta... Pero siéntese... siéntese. Tomaremos algo. ¿Qué le
apetece? ¿Ginebra? ¿Coñac?
Nada... nada, amigo mío. Vine sólo a charlar un rato.
Pues esa charla hay que celebrarla, y también su regreso a la Martinica. Hace ya varios días,
¿verdad?
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Casi un par de semanas...
Le agradezco que haya venido tan pronto a verme, y ya sé lo que vamos a tomar. Pedro
Noel se ha levantado y, alejándose un poco, alza la voz para llamar: ¡Serapio... Serapio! Prepara dos
ron-ponches con todas las de la ley. Luego, regresando donde se encuentra Renato, exclama: No va
usted a desairarme la bebida nacional, ¿verdad?
De ninguna manera...
Renato, el pequeño Renato que regresa hecho todo un señor ingeniero. ¡Pero qué bien está
usted, Renato! A mí me encontrará viejo, acabado... Y además, pobre. Casi, casi pobre de solemnidad.
Mi carrera es como la política: medran poco en ella los hombres honrados, y yo no he podido curarme de
esa enfermedad hereditaria. Honrado fue mi abuelo, honrado fue mi padre, y si yo hubiera tenido un hijo,
estoy seguro de que sería más estricto y más pobre que yo, lo cual es casi, casi, imposible ríe
jovialmente.
Si su mal no es más que ése, pronto vamos a remediarlo. Tengo mucho trabajo para usted
ofrece Renato, afectuoso y magnánimo.
¿Qué? ¿Cómo? Espero que no ande usted envuelto en un enredo de papeles se alarma el
buen Noel.
No ando envuelto en nada, pero creo que hay muchas cosas que arreglar y que usted puede
ayudarme.
Para eso, cuente conmigo siempre y a cualquier hora.
Acaba de demostrármelo y, además, ya me lo decía el corazón. Por algo llamé con tanta
confianza a las puertas de su casa. No sé por qué tenía la seguridad de que habría de recibirme a
cualquier hora, y abusé de su bondad. La verdad es que apenas he estado en Saint-Pierre. He pasado
estos días en Campo Real al lado de mi madre.
Y a propósito, ¿cómo está la señora D'Autremont? se interesa, siempre atento, el viejo
notario.
Con sus eternos achaques, pero mejor que nunca, me parece.
¿Sabe ella que usted venía a visitarme? pregunta Noel con manifiesta vacilación.
Bueno... no exactamente...
¿Pero ha dado su aprobación? Quiero decir... ¿está conforme con esa ayuda que, según
usted, tengo que prestarle?
Lo estará cuando lo sepa, naturalmente. Apenas he tenido tiempo de hablar con ella de dos o
tres asuntos, y son tantos los que hemos de tratar...
El notario Noel ha mirado hacia otra parte, mientras su único sirviente pone entre ambos los dos
vasos de ron-ponche en una bandeja de estaño. Es la bebida típica de las pequeñas Antillas Francesas,
dulce y aromática como la tierra que la brinda. Como siete anillos de colores, las siete rayas de los siete
distintos licores que se ponen en ella sin mezclarlos: el verde esmeralda de la menta, el goloso marrón de
la crema de cacao, el rojo rubí del curazao, el amarillo topacio del chartreuse, el blanco transparente del
anís, el ópalo claro del benedictino y el dorado del ron perfumado y cálido. Salvando con un gesto su
turbación, el anciano levanta su vaso:
Por usted, amigo mío. Por usted y por su feliz regreso a estos lares.
Por usted, y por nuestra Martinica, Noel.
¿Nuestra? Suya, hijo mío, suya comenta Noel en tono jovial. Creo que, por lo menos, en la
mitad de su extensión territorial, y acaso me quedo corto. Mas no vale enorgullecerse ni ruborizarse.
Hasta ahora no tiene usted el mérito de lo bueno ni la culpa de lo malo.
Pero acepto ambas cosas, como acepto mi apellido.
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Así se habla. Me gusta su firmeza. Si he de serle franco, me causa usted una sorpresa
gratísima con ser como es: D'Autremont... D'Autremont de pies a cabeza... y acaso el mejor de los
D'Autremont.
Humildemente, sin jactancia, aspiro a merecer esas palabras. Pero antes de entrar en materia
más complicada, necesito de sus labios una información clara, fidedigna, imparcial. Tengo entendido que,
por fortuna, no es difícil. Se trata de Juan... Juan del Diablo. Creo que siguen llamándole así, y ahora con
verdadera razón.
Sí, Renato. Por desgracia, nuestro Juan del Diablo le ha hecho honor a su mote, que hoy es
tristemente célebre en los barrios bajos de la ciudad. No sé si sabrá que desapareció en los mismos días
en que a usted le embarcaban para Francia, y que todas mis investigaciones fueron en vano. Durante un
buen tiempo no se supo nada de él. Luego, tuve yo que ausentarme... Asuntos de trabajo y de familia me
llevaron a la Guayana, donde permanecí varios años. Cuando regresé, ya corría el rumor... Surgieron
varios pequeños escándalos... Entonces le busqué, fui a verle...
¿Y qué? quiere saber Renato, vivamente impresionado.
No había absolutamente nada qué hacer. Juan no quiso verme ni escucharme. Nada me debía,
es cierto; ni siquiera consideración. En realidad, nadie hizo nunca nada por él, cuando él podía necesitar
de alguien. Hoy es dueño de su vida, rudo y salvaje como un pirata de los siglos pasados. Tiene un
barquichuelo siniestro, una especie de balandro artillado, por no sé qué concesión extraña que consiguió
del Gobernador de Guadalupe, con el que toma parte en cuanto negocio turbio, en cuanto enredo de
contrabando o de clandestinaje se le viene a las manos. Por temporadas es como un terremoto el tal
Juan. No hay riña de taberna, no hay pelea ni extorsión, ni dolo ni escándalo, en Saint-Pierre, en el que
no ande más o menos enredado, pero con una suerte o una habilidad tan endiabladas, que todavía no ha
podido nadie ponerle frente a un tribunal.
Increíble murmura Renato, pensativo. Juan... Juan... Y pensar que mi pobre padre...
Se ha puesto de pie sin terminar la frase y da unos pasos por la vetusta estancia, fruncido el
ceño, el gesto terco y preocupado. Pedro Noel se acerca, apoyando la mano en su brazo, y trata de
aconsejarle:
En este mundo hay cosas que no tienen remedio, y ésa es una de ellas. Si quiere oír mi
consejo, olvídese de Juan, Renato. Olvídese de Juan...
¿De dónde vienes?
¿Eh? ¿Qué?
Sorprendida, temblando. Aimée se ha erguido y da un paso atrás ante la misma puerta de la
alcoba de su hermana, a donde silenciosamente llegara para dejar caer sobre una silla aquel manto
negro en el que se envolviera dos horas antes. Le ha sorprendido el brusco alzarse de la cabeza de
Mónica; le sorprende también la mano crispada de su hermana sujetando su brazo, pero es demasiado
astuta, demasiado mundana para dejar ver esa sorpresa... y sonríe, sonríe logrando dar a su voz el tono
frívolo de las palabras sin importancia:
¿Te asusté? Pensé que dormías...
Tú eres la que te has asustado.
¿Yo? ¿Por qué? Qué tontería... entré a...
A dejar aquí mi manto, ya lo estoy viendo. Por eso te pregunto de dónde vienes... para qué lo
tomaste. ¿Quieres responderme?
Naturalmente. No hay por qué adoptar ese tono dramático. Vengo, Sencillamente, del jardín, de
tomar un poco el aire... Llevaba horas ahogándome... Detesto las visitas de cumplido, bajo la lámpara de
la sala, con los ojos de mamá y los tuyos clavados encima como si quisieran fulminarme en cuanto le
sonrío a Renato.
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Nadie te ha reprochado jamás sonreírle a Renato replica Mónica con firmeza agresiva.
Como quieras; no voy a discutir. Es muy tarde y más vale que las dos tratemos de dormir. Aquí
tienes tu manto, y perdóname por haberlo tomado sin tu permiso.
¿Para qué lo tomaste? Como estabas ahogándote de calor. ..
Bueno, hija, dispénsame se disculpa Aimée de mal talante. No me tomaré la libertad de
usar para nada tus trapos. No volveré a hacerlo más. ¿Estás conforme? Pues en paz, y buenas noches.
A otras las suaviza el convento; pero a ti te ha vuelto insoportable. Más aún que antes, que ya era
bastante...
¡Aimée! protesta Mónica con un reproche en la voz.
Buenas noches, hermana saluda Aimée, alejándose. Tranquilízate y duérmete. No tengo
ganas de discutir más...
Mónica ha quedado inmóvil, con el negro manto entre las manos, mirando inquieta y desconfiada
hacia el lugar que a través de la puerta siguiera su hermana. Tras las horas de oración y de lágrimas se
siente más tranquila, pero sus dedos palpan el arrugado manto. Está frío y húmedo, tiene el áspero
aroma de la playa, huele a salitre, a yodo, al perfume salvaje de las algas, y, sin saber por qué, piensa en
el rostro varonil que viera asomarse tras los hierros de la ventana, en aquella frente altanera, en aquellos
ojos audaces, en aquella boca sensual, y murmura:
Ese hombre... Ese hombre horrible... ¿Para qué vino ese hombre a esta casa? ¿Para qué
buscaba a mi hermana? ¿Para qué Dios Santo?
14
LAS RÁFAGAS VIOLENTAS que empuja el viento desde el mar, hacen girar la lámpara de
petróleo que esparce, como en un aleteo, su luz amarillenta y trémula sobre las cabezas de los jugadores
reunidos en una taberna del puerto de Saint-Pierre.
¡Da cartas! Voy con todo lo que tengo para ver la dama de diamantes. ¿Por qué no acabas de
echarlas? apremia Juan al rudo hombrón que se encuentra sentado frente a él.
Aguarda... Aguarda, porque mi resto no es igual al tuyo. Tienes que completar observa el
jugador contrario.
Retira lo que sobra. No tengo más.
Primera vez que te oigo decir eso, Juan del Diablo. ¿No tienes más ni de dónde sacarlo?
¡Voto a Satanás! ¡Te apuesto el Luzbel contra tu barca! Los vivos rostros de los contertulios se
han inclinado más sobre la mesa mugrienta, de mal unidas tablas, y los recios puños se cierran en
ademán violento. Están en la última mesa de la peor taberna del puerto, nido de tahúres y de
mujerzuelas, de contrabandistas y de borrachos... Alrededor de la mesa, donde dos blancos se lo juegan
todo, hay rostros de color de betún y de color de ámbar, cabezas lanudas de africanos y mechones lacios
que caen sobre las frentes bronceadas de los hindúes... Negros, chinos, indios, mulatos... Es el fermento
de Saint-Pierre, la espuma amarga y venenosa que va quedando como residuo de todas las impurezas,
de todos los vicios, de todas las miserias, de todas las degeneraciones humanas.
¿Aceptas o no aceptas? insiste Juan.
Mi resto vale más que el tuyo responde con terquedad su rival.
Por eso té nivelo la apuesta. Mi Luzbel vale más que tu barca desvencijada. Pero no me
importa, la acepto. ¡Echa las cartas! ¿O es que tienes miedo después de desafiarme?
Los barcos no pueden jugarse así... Hay que traer papeles...
¡Al infierno los papeles! Hay diez testigos... ¡Mi balandra Luzbel contra tu barca!
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El círculo se ha estrechado más. Ya los mirones están casi encima de aquellos dos hombres
dispuestos a jugárselo todo a la mugrienta carta que salga. Nadie ha reparado en la fina figura de un
caballero que, tras observar de lejos la escena, se acerca muy despacio. Es joven, aun está a un lustro
de los treinta años, y lo parece mucho más por su rostro lampiño, por sus cabellos rubios y lacios, por sus
ojos claros, vivos e inteligentes como los de un muchacho precoz. Un viejo marinero que le acompaña le
ha señalado a Juan, y a él se acerca para quedar mirándole con expresión indefinible...
¡Va la apuesta! se decide por fin el rival de Juan.
Entonces, echa la última carta. ¡Pronto!
El contrincante de Juan del Diablo se ha puesto muy pálido. Sus manos hábiles, de largos dedos,
sus manos de tahúr, de astuto jugador con ventaja, barajan muy de prisa el ancho mazo de naipes,
pasándolos de una mano a otra con destreza inigualable. Se diría que los acaricia, que los embruja, que
los domina, y al fin, rápidamente, va arrojándolos uno a uno, formando dos montones, mientras canturrea:
Dos de trébol... Seis de corazón... Cuatro de diamantes... Cinco de espadas... Una dama...
pero de trébol... ¡Rey de espadas! ¡Gané!
¡Mentira! ¡Has hecho trampa! aúlla Juan. Rápido como un rayo, el cuchillo de Juan ha caído,
clavando en la mesa la mano del tramposo, que bufa ciego de dolor y de rabia... Uno de sus compañeros
se ha lanzado sobre Juan, éste lo derriba de un golpe brutal... Se forma una baraúnda de golpes y de
gritos:
¡Tiene razón! ¡Es un tramposo! afirma uno.
¡Mentira... Mentira! ¡No hizo trampa! rebate otro.
¡La policía! ¡Pronto! ¡La policía! ¡Corre, Juan, viene la policía!
¡Sujétenlo! ¡No lo dejen escapar! ¡Que no salga! La confusión es indescriptible, pero Juan no
ha perdido un instante. A puñados mete en sus bolsillos el dinero que le pertenece, derriba la mesa de un
golpe, salta sobre el cuerpo caído de su rival, y gana la ventana del fondo, que da sobre el mar.
¡Quieto! ¡Si da un paso más, lo clavo! ¡Quieto, polizonte! amenaza Juan a un hombre que le
ha seguido, interponiéndose en su fuga.
¡Guarde ese cuchillo o disparo! ordena Renato; pues no es otro el hombre que Juan tiene
frente a él.
¡Apunta bien, porque si yerras... habrá un gendarme menos! ¡Tira! ¿Por qué no tiras?
Porque no vengo a detenerte, Juan. Vengo como amigo.
La sorpresa ha hecho vacilar a Juan, pero la aguda punta de su cuchillo, manchado de sangre, se
acerca más al pecho de Renato, que en gesto decisivo hunde en su bolsillo el revólver con que le
amenazaba, y le mira a los ojos con mirada intensa, buscándole el alma.
No soy tu enemigo, Juan, no estoy tratando de detenerte.
No te acerques, porque...
Ya no tengo el arma en la mano. Guarda tú la tuya y hablemos.
Están al borde del farallón de rocas. Lejos, entre las casuchas del puerto, se confunden las luces
y los gritos de la taberna que ambos acaban de abandonar. Cortada a pico, la costa acantilada cierra el
paso a Juan, pero la luna baña totalmente con sus últimos rayos la noble figura de Renato, y, tras un
instante de vacilación, el dueño del Luzbel abate el arma, al tiempo que indaga:
¿Hablar? ¿No eres policía ni amigo de ese... tramposo?
No, Juan del Diablo.
¿Para qué corriste detrás de mí? ¿Quién demonios eres?
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Tienes mala memoria, Juan. No creo haber cambiado tanto. Cálmate y mírame bien. No tengas
cuidado, porque no te persiguen. No era cierto que la policía llegara. No suele ser tan oportuna. Alguien
quiso acabar la riña, y...
¿No llegó la justicia? ¡Ese perro va a pagármelas!
Ya te las ha pagado. Perdió la apuesta y el dinero, lo has dejado inútil de una mano, quién
sabe por cuánto tiempo, ¿y todavía no te parece bastante?
Ya veo que no eres policía, sino fraile. Pero guárdate tu sermón.
¿No te interesa recordar quién soy, Juan?
Por las trazas, uno que quiere despeñarme, pero...
Soy Renato... Renato D'Autremont le ataja éste, manteniendo su serenidad. ¿Tampoco mi
nombre te dice nada? ¿No recuerdas? Una noche, un arroyo, un muchacho a quien le llevaste los
ahorros y el pañuelo, y a quien bajaste soñando con hacer su primer viaje por mar... Sí... sí recuerdas...
Vas recordando...
Sí. Juan recuerda. Por un instante le ha mirado de otro modo, como si no le mirase él sino aquel
muchacho desgraciado y hosco que quince años antes escapara de Campo Real. Ha dado un paso hacia
Renato, pero de repente parece reaccionar, otra vez cambian su ademán y su gesto, otra vez vuelve a
ser el rudo capitán de un balandro pirata.
No tengo tiempo para esas niñerías. Zarpo al amanecer y no me entretendrás para que me
agarren. Otro día que juegue con más suerte, te devolveré tu puñado de reales...
Juan ha huido de Renato, esquivándole, saltando hacia el lado en que los farallones terminan en
una estrecha playa, y desaparece tras aquel salto increíble...
Y como antes de niño, frente al arroyo hirviente, Renato D'Autremont lo ve hundirse en las
sombras, como si la oscuridad se lo tragara...
Mi querido Renato... ¿Usted otra vez? Yo le hacía camino de Campo Real se extraña Pedro
Noel.
Efectivamente, debía haber emprendido anoche el camino, pero no lo hice y empleé unas
horas en desobedecer su consejo.
Buscó usted a Juan, ¿eh? Estaba seguro de que lo haría. Es muy raro que un D'Autremont
atienda los consejos de nadie.
Y lo encontré. Pude comprobar, por mí mismo, que sus informes eran exactos. Lo hallé en una
inmunda tabernucha del puerto, presencié una de sus riñas, le vi defender sus derechos con la ley del
más fuerte y abrirse paso entre enemigos... Lamentable, es cierto; pero le confieso que no pude evitar el
admirarle.
¿Usted a él?
Paradójico, ¿verdad? Es curioso, pero hay en él algo raro, una fuerza extraña que arrastra
irresistible simpatía...
Sí... La vida tiene cosas extrañas y casualidades curiosas afirma Noel, pensativo. Yo creo
que hay una fuerza misteriosa, ignorada, que nos gobierna sin que nos demos cuenta... Providencia,
casualidad, fatalidad... ¿Habló usted con Juan?
Traté de hablar y no quiso escucharme. Creo que guarda para mí el mismo sentimiento de
absoluto desdén que cuando tenía doce años.
Es probable, aunque debajo de ese desdén aparente haya, sin duda, algo más, mucho más.
Pero volvamos a la casualidad. En este momento acabo de enterarme que nuestro turbulento Juan ha
sido puesto a la disposición de las autoridades... Detuvieron su barco a punto de zarpar. El hombre a
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quien hirió en una riña de taberna ha perdido mucha sangre y está grave. Hay muchos testigos de que
Juan perdió una apuesta y no quiso pagarla. El deudor herido le acusa de intento de asesinato.
¡Pero no fueron así las cosas! asegura Renato con vehemencia.
Cuando estos tipos escurridizos, que siempre salen bien librados, caen bajo el peso de la ley,
los jueces suelen cobrar todas las viejas cuentas en una sola.
¡Lo considero injusto! protesta Renato, y en seguida, con gesto decidido, exclama: Noel,
usted es amigo de todos: jueces, autoridades, magistrados... Me ofreció su ayuda y voy a usarla
inmediatamente. ¡Quiero, necesito ayudar a Juan!
Pedro Noel ha mirado a Renato con cierta sorpresa primero, y luego con indisimulado agrado que
destruye el gesto falsamente severo con que hubiera querido contestarle. Parece como si de repente
estuviese a punto de estrecharle las manos, de darle las gracias. En seguida recoge velas, con la
prudencia de los que han vivido demasiado, para salir del paso con una exclamación trivial:
Impulsivo, ¿eh? No desmiente usted la casta. Pero mi consejo fue exactamente lo contrario...
Perdóneme que una vez más desoiga sus consejos. ¿Cuento con usted?
Naturalmente, muchacho. Hasta donde alcancen mis pobres fuerzas. Pero le advierto que no
va a ser fácil ni barato.
No me importa el dinero que cueste, Noel.
Pues, en marcha... finaliza el notario, gratamente impresionado.
Aimée... ¿Te he asustado?
Naturalmente.. . Andas sin hacer ruido...
Con sordo rencor, Aimée ha mirado los pies de su hermana, calzados de suaves y silenciosas
zapatillas de fieltro, y mira después con expresión interrogadora el rostro bello y pálido que enmarcan las
tocas blanquísimas. Están fuera de los límites el jardín de la casa, al borde de los farallones de rocas,
desde donde por un abrupto y estrecho sendero se baja hasta la playa cercana. El sol de la mañana de
mayo cae como un baño de oro y fuego sobre el paisaje realmente soberbio, que se divisa desde la
pequeña eminencia. A un lado de la ciudad, el campo; y cerrando el paisaje, los tres montes gigantescos.
Al otro, la pequeña bahía redonda, las rocas abruptas contra las que eternamente se estrella el mar, y
alejándose de la ciudad, la costa bravía sembrada de salientes, grietas y hondonadas, playuelas
diminutas y promontorios que se adentran o que surgen improvisadamente, como un manojo de cuchillos
negros, entre las aguas azules y espumosas. Como siempre que se hallan a solas, la mirada profunda,
interrogadora y penetrante de Mónica parece molestar a Aimée, y su suave palabra la estremece de mal
humor.
Me ha sorprendido que te levantes ahora tan temprano... Madrugar no entraba en tus
costumbres, Aimée.
Las costumbres cambian con frecuencia. Ahora madrugo y me gusta estar sola.
Ya voy a dejarte, no te preocupes. Vine porque mamá me pidió que te llamara. Desea empezar
a disponer el equipaje y... Pero, ¿qué te pasa?
Absolutamente nada se impacienta Aimée. Miro el mar. ¿También vas a criticarme porque
miro al mar?
No. El mar es muy hermoso. Pero sigues sorprendiéndome. Nunca pensé que te interesaran
los paisajes. ¿Qué buscas en el mar? De repente te has puesto muy pálida.
Si te interesa tanto saberlo, te diré que la vela de un barco.
¿Cuál? ¿La de aquel balandro? No está desplegada...
Ya lo veo, no soy ciega. El Luzbel no ha zarpado ni tiene trazas de zarpar.
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¿El Luzbel? se extraña Mónica. ¿Se llama así ese barco?
Sí, hermana, se llama el Luzbel, y puedes santiguarte si crees que por nombrarlo va a llevarte
el diablo contesta Aimée, desabrida y con cierto retintín.
El Luzbel repite Mónica, pensativa. Es un bello nombre, al fin y al cabo. Además, guarda
una gran enseñanza. Luzbel era el más hermoso de los ángeles y perdió el cielo por un gesto de
soberbia. Su caso es más frecuente de lo que parece. ¡Qué fácil es comprometer, por una ligereza, por
un capricho, todo un paraíso de felicidad! ¿Has pensado en eso, Aimée?
¿Sabes que es muy temprano para escuchar parábolas?
No es una parábola, sino un consejo.
También es muy temprano para escuchar consejos o máximas morales.
Lo siento. Ahora no tenía la menor intención de moralizarte. Pero, ¿qué te ocurre? ¿Qué te
pasa? Tú no eres la misma que con los ojos llenos de lágrimas me juraste que Renato DAutremont era tu
vida entera, que eras capaz de matar y de morir para conservarlo... Has cambiado... Has cambiado
mucho. En este momento, aunque me lo niegues, estás fuera de ti.
¡En este momento, te estoy aborreciendo! salta Aimée, exasperada. ¿Por qué tienes que
perseguirme y hostigarme de la manera que lo haces? Eres como mi sombra. ¡Una sombra agorera que
no sabe pronosticarme más que desgracias!
En este momento, una barca cargada de soldados acaba de arrimarse al costado del Luzbel, y
Aimée da un paso hasta el borde del acantilado, trémula de una emoción, de una angustia que no le es
posible contener más. Pero la mano de la novicia se aferra a su brazo con fuerza insospechada,
obligándola a prestarle atención, cuando vuelve a interrogarla:
¿Qué te pasa? ¿Qué pasa en ese barco?
Es lo que yo quisiera saber.
¿Quisieras saber...? ¿Por qué? ¿Por qué te importa tanto?
¡Si supieras cómo te odio en este momento...! ¡Déjame en paz!
Se ha soltado bruscamente de aquella mano que la detiene, alejándose rápida. Un instante
vacila, mide la distancia que la separa de la playa, da unos pasos como si fuese a bajar por el sendero
estrecho, labrado a pico entre las rocas, pero se detiene, vira en redondo y echa a correr hacia la casa
cercana...
Mónica la ha visto alejarse, y vuelve luego la cabeza para mirar al mar... El Luzbel... A pesar de la
distancia, ve hormiguear a los soldados que llegan ya a cubierta, desparramándose como para librar un
combate. Pero nada indica resistencia; ninguna forma humana, aparte de aquellas que visten uniformes
azules, se agita sobre las lisas tablas. Recogidas las velas, echada el ancla, con su arboladura pintada de
rojo y su casco de negro brillante, el Luzbel sólo puede asociarse, en la imaginación de Mónica, con
aquel hombre de ancho pecho desnudo, mirada insolente y sonrisa audaz.
El Luzbel...
Ha repetido el nombre para recordarlo, para grabarlo en su memoria, como grabado está para
siempre aquel rostro sólo visto unos instante tras las rejas de una ventana. Luego, muy despacio, vuelve
ella también a la casona de los Molnar.
Espere aquí un momento, Renato. Déjame que sea yo el primero en hablarle. Aguarde un
momento...
Renato D'Autremont se ha detenido, obedeciendo al viejo notario, bajo el macizo arco de piedra
que da acceso al pasillo de las celdas. Es un lugar negro, sucio, sombrío, apenas ventilado por las
estrechísimas ventanas abiertas a modo de aspilleras en los anchos muros que miran al mar. Entraña de
un castillo de otros siglos, que es cuartel, fortaleza y cárcel... Desde la sombra que lo oculta, Renato mira
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a Juan, duro, erguido, arrogante, sin prisas por cruzar la puerta que se le franquea, con una leve sonrisa
desdeñosa en los labios cuando Pedro Noel se acerca lo bastante para ser reconocido, mientras se aleja
el carcelero.
Puedes salir, Juan invita Noel. Has navegado con más suerte que Sebastián Elcano, que
le dio la vuelta al mundo en redondo, en un barco de vela, y vivió para contarlo... ¿No entiendes? Estás
libre...
¿Por qué? ¿Por quién? indaga Juan con visibles muestras de extrañeza.
Por alguien que no ha reparado en molestias ni en gastos con tal de sacarte del aprieto. No, yo
no. Ni tengo dinero ni creo que merezcas salir tan bien librado de una aventura semejante. Por mí, podías
haberte podrido en este rincón y haberte quedado sin barco. Y muy cerca has estado de que te pase todo
eso. Ya puedes agradecerle a tu buena estrella...
A mi buena estrella no le agradezco nada, pero a usted sí. Noel. Usted es el único hombre
sobre la tierra a quien yo tengo que agradecerle algo... Y el único que me dirigió una buena palabra
cuando yo era un muchacho.
¿Yo? ¿Yo? rehuye Noel con falso malhumor. Estás totalmente equivocado...
No me gusta regresar al pasado, pero voy a volver, por un instante, para recordar el último
coche de una caravana donde, como una alimaña cazada en red, llevaban a un muchacho salvaje... un
muchacho tan duramente tratado por los hombres y por la vida, que casi no era un ser humano. Era casi
insensible, los golpes rebotaban en su cuerpo como los insultos en su alma... No tenía más ley que su
instinto. Sabía que comer era necesario y, para comer, trabajaba o robaba... Pero en aquel viaje, en
aquel lejano y extraordinario viaje, el muchacho tenía miedo. Un miedo que era angustia y espanto por
haber sentido la muerte muy cerca por primera vez, un miedo al mundo extraño al que era llevado poco
menos que a la fuerza...
Bueno... bueno... vamos a dejar eso, Juan pretende atajar el notario, conmovido muy a pesar
suyo.
En una aldea se detuvo el coche persiste Juan, haciendo caso omiso a la súplica del viejo
Noel. El cochero y los criados fueron hasta un puesto vecino para satisfacer su sed y su hambre.
Desde lejos, alguien llamó al notario. Nadie pensó en la fierecilla humana, demasiado orgullosa para
pedir, pero el notario bajó del coche, compró un gran cartucho de naranjas y lo puso en las pequeñas
manos mugrientas, con una sonrisa. Era la primera vez que alguien le sonreía a ese muchacho, como se
sonríe a un niño. Era la primera vez que alguien ponía un regalo en sus manos. Era la primera vez que
alguien compraba para él un cartucho de naranjas...
Profundamente conmovido, luchando en vano por no dejar ver su emoción, escucha Noel las
palabras de Juan, tan increíblemente sinceras y tiernas, tan tristemente delatoras del dolor y el abandono
de su infancia... Varias veces el notario ha intentado hacerle callar, con el rubor del hombre honrado que
recibe un pago enorme por un favor insignificante; pero Juan sigue hablando, la ancha mano apoyada en
la endeble espalda del viejecillo, los duros ojos audaces extrañamente dulcificados, y desde la penumbra
en que lo escucha, bajo el arco en tinieblas, Renato D'Autremont recoge cada una de aquellas palabras,
como si los pecados de aquel mundo, en que él ha obtenido todos los privilegios, pesaran
repentinamente sobre su alma. Y con brusquedad, pero en tono afectuoso, exclama, adelantándose:
Juan... Juan...
El rostro de Juan se ha transformado, desvanecido la visión infantil, roto el encanto, y otras son
su voz y su mirada al indagar:
¿Qué es esto?
El señor D'Autremont... a él le debes que se haya arreglado todo aclara el viejo notario. Es
el amigo que se ha molestado en ayudarte.
Pues lo siento muchísimo responde Juan con frialdad. No era preciso que se tomara ese
empeño. Mi prisión era injusta, y yo...
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Tu prisión no era injusta, y te hubieras podrido aquí dentro le ataja Pedro Noel.
¿Quiere usted decirme que el señor D'Autremont ha sobornado a las autoridades en honor
mío? Tengo entendido que también eso es un delito. Si hemos de guiamos por esas leyes que usted
pretende que yo respete, también el señor D'Autremont debe estar entre rejas. Desde luego, pueden
justificarlo legalmente con media docena de palabras rimbombantes. Mi delito era dolo, estafa,
incumplimiento de palabra, intento de asesinato. El de él puede llamarse complicidad por ayuda a un
criminal, soborno a funcionarios públicos y abuso de autoridad moral. Si rebusca usted un poco en su
código, notario Noel, le salen varios años de cárcel...
Sin despegar los labios, Renato le observa, acaso trata de descender, de llegar hasta el fondo de
aquella alma, como Dante en su viaje a los infiernos, y resbala, sin ofenderle, todo el sarcasmo amargo
que desborda en las palabras de Juan.
Entonces, usted entra y yo salgo proclama Juan en tono irónico.
Basta de bromas estúpidas corta Noel con severidad. El señor D'Autremont pagó la
indemnización que exigía el hombre a quien heriste, para retirar su acusación, y liberó tu barco de la
orden de embargo que sobre él pesaba.
¡Caramba! Pero todo eso debe haberle costado un dineral. Por lo menos, la sangre de diez
esclavos persiste Juan en su tono irónico.
Yo no tengo esclavos, Juan aclara Renato, conciliador, y quisiera que habláramos como
amigos, como hermanos, como mi padre me pidió que...
¿Qué?
El gesto de Juan ha sido tan violento, su mirada ha brillado con tan atroz relámpago de viejo
rencor, que la palabra queda trunca en los labios de Renato. Por un instante parece que fuera a
prorrumpir en injurias, pero luego calla, calla, limitándose a sonreír con sonrisa de hiél. Y mordaz, deja
escapar el reproche:
Su señor padre. Francisco D'Autremont y de la Motta-Valois... Sangre de reyes, ¿eh?
No sé qué tratas de decirme con eso, Juan.
Absolutamente nada ríe desagradablemente Juan. Pero si mi barco está libre gracias a su
generosidad, debo salir cuanto antes. Ahora tengo que trabajar más que nunca. Soy deudor de una
cantidad importante. Un buen montón de onzas de oro debió cobrar ese canalla tramposo por el adorno
que le puse en la mano y por las gotas de su puerca sangre. Un buen puñado de onzas que,
naturalmente, le devolveré en cuanto pueda, señor D'Autremont. A la mayor brevedad, y unido a nuestra
vieja deuda: el famoso pañuelo de reales que sirvió para mi primera campaña...
Bueno, Juan, lo tuyo es... interviene el viejo Noel.
Déjelo hablar. Noel le interrumpe Renato con serenidad. Que diga lo que quiera. Después
va a tener que escucharme.
Lo siento, pero no me interesa lo que un señor como usted pueda contarme. No tengo tiempo
para escuchar de Francia. Excúsenme... y muy buenas tardes.
Juan se ha alejado con paso rápido por el largo pasillo en cuyo fondo se abre una puerta bajo la
luz del día. Un momento se detiene deslumbrado cuando el sol le baña; luego se echa a la frente el gorro
de marino y cruza altanero ante los centinelas que guardan la entrada.
¿No es cómo para volver a pedir que lo encierren? se sulfura el buen Noel. ¿No merece
esa cárcel de la que se empeñó usted en librarlo? Espero que comprenda ahora la razón de mis
consejos. Y si con toda justicia está usted indignado o arrepentido de haberlo ayudado...
No, Noel. ¿Lo está usted de haber comprado aquel cartucho de naranjas?
¿Cómo? ¿Oyó usted...?
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Sí, Noel. Y pienso lo mismo que usted seguramente está pensando, a pesar de su indignación
exterior: que no puede ser malo, esencialmente malo, el hombre capaz de recordar, como él recuerda, la
primera sonrisa y el primer regalo que le fue otorgado... En fin, todo salió a pedir de boca...
Han dejado atrás el sombrío pasillo de la cárcel y, como a Juan, les deslumbra un instante el
torrente de sol que baña el ancho patio: A lo lejos, por la callejuela inclinada, alta la frente y firme el paso,
se aleja Juan del Diablo.
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AIMÉE SE SIENTE mal... le duele la cabeza y ha tenido que recostarse. Te ruega que la
excuses.
La señora Molnar ha envuelto en una mirada de profunda gratitud a su hija mayor, de cuyos
labios acaba de salir la mentira que disculpa a su hermana, mientras conteniendo su gesto de disgusto,
Renato pone en las manos de la madre el ramo de flores y la gran caja de bombones que acaba de tomar
de las del sirviente que le acompaña, al que despide con un movimiento de cabeza.
Doña Catalina, ¿quiere darle usted esto en mi nombre a Aimée?
Por supuesto, hijo, por supuesto. ¡Pero qué flores más lindas! Son una preciosidad. ¿Quieres
ponerlas en un florero, Mónica? Para eso tienes tú más gracia que nadie.
Las pondré en agua y la dejaré a Aimée el gusto de colocarlas ella misma en los floreros de su
cuarto.
Un momento han temblado las manos de Mónica al tomar aquel ramo, acaso menos blanco que
sus tocas de novicia, que sus pálidas mejillas, y lo oprime hasta sentir las espinas.
Aguarda, Mónica ruega Renato con cierta timidez. Si Aimée estuviera un poco mejor y me
dejara verla por un minuto nada más... Si no le molestara mucho salir un momento... Digo, si no sufre
mucho...
Voy a preguntárselo. Estaba mal, pero voy a preguntárselo accede Mónica, alejándose.
Catalina y Renato quedan solos y silenciosos por unos instantes en la vieja sala de la casa de los
Molnar, abstraídos cada quien en sus propios pensamientos, hasta que la voz de Mónica, que regresa,
les devuelve a la realidad:
Aimée te ruega que la excuses. No se siente con ánimos de levantarse.
¿Tan mala está? Si me lo permiten, en un momento va mi criado y le trae al doctor Duval.
Por Dios, no es para tanto. ¿Verdad, Mónica? explica doña Catalina con verdadera angustia.
En efecto, Renato, no es para tanto asegura Mónica. Aimée estará bien pronto; si sigue
mal, yo mandaré por el médico del convento. Pero no te preocupes, porque no tiene nada... Al menos,
espero que no sea nada.
Se ha vuelto hacia su madre con una mirada que pretende tranquilizarla, aprovechando un
momento en que Renato, demasiado impaciente, da unos pasos por la ancha sala para volver después a
insistir:
No sabes cómo siento no verla, aunque sólo sea un momento, antes de marcharme, Mónica.
La ausencia será corta si vuelves por nosotras el sábado.
Reconozco que es corta, pero se me hace eterna, y como nunca estuviste enamorada... En fin,
despídeme de tu hermana, ¿quieres?
¿Por qué no das una vuelta y vuelves, hijo? interviene Catalina. Acaso en este tiempo...
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Es lo que estaba pensando. Voy a ir hasta el centro por un último encargo de mamá y antes de
salir volveré a pasar por aquí. La verdad es que no estoy tranquilo marchándome mientras Aimée se
queda mala. Si no ha mejorado, con permiso de ustedes traeré al médico. Perdónenme que me tome esa
libertad, pero la quiero demasiado. Ríete de mí si quieres, Mónica. Tú seguramente pensarás que llego a
lo pueril en mi ternura...
No pienso nada, y aunque lo pensara, ¿qué importa? El mundo, para ti, se llama Aimée,
¿verdad?
Eso, desde luego, y no creo que puedas reprochármelo. Pero me dolería aparecerle risible a
una hermana como tú, cuyo criterio e inteligencia tengo en tanto.
Debes tenerme por un critico muy severo, Renato.
Tan severo como lo leo en tus ojos, Mónica. Y no sabes lo que me duele no ser santo de tu
devoción. Pero, en fin, paciencia. Ahora sí me despido... Hasta pronto...
Renato D'Autremont ha salido de la casa, donde quedan solas madre e hija. Catalina Molnar, con
la angustia reflejada en el rostro, interroga a Ménica:
¿La viste? ¿La encontraste? ¿Dónde estaba? ¿Pudiste avisarle? Estará aquí para cuando él
vuelva?
No sé absolutamente nada, mamá. No está en la casa. No sé dónde ha ido. Pero voy a
buscarla... Voy a buscarla por todas partes y, como no la encuentre, le diré la verdad a Renato: ¡Que sale
de casa a todas horas!... ¡Que tú nunca sabes dónde está!
|Aimée... Aimée...! ¡Oh...!
Mónica se ha detenido, retrocediendo luego un paso, sorprendida. Por el sendero estrecho,
abierto en roca viva, que es el camino de la cercana playa, ha surgido la figura de Juan, acaso más ruda
y descuidada que nunca. Este no ha perdido más que unos minutos para llegar hasta su barco y ver
desde lejos el movimiento de los soldados que vuelven al bote que los llevara. Apenas ha cruzado unas
palabras con su segundo, mandándole reunir la dispersa tripulación, y ha corrido en busca de aquella
mujer que le obsesiona, ha ido a buscarla, casi sorprendido del impulso que lo mueve así, pero se
detiene y sonríe... sonríe enmascarando burlonamente su disgusto, acaso divertido al ver que las mejillas
de la novicia se vuelven aun más pálidas, que toda ella se estremece a un viento de emoción, tensa y
sensible bajo aquellos hábitos que en vano quieren ser una barrera contra el mundo, y pregunta con
sorna:
¿Qué le pasa, Santa Mónica? ¿Anda perdida por aquí?
Estoy buscando a mi hermana. ¿Podría usted darme alguna razón de ella? ¿Sabe dónde está?
¿Quiere decirme con eso que no está en su casa? pregunta a su vez Juan.
No quiero decir nada contesta Mónica, impaciente. Estoy preguntando...
Y yo estoy respondiendo. No, no la he visto Santa Mónica.
¿Quiere no llamarme así? ¿A qué viene esa burla? ¡Déjeme pasar!
Dicen que es pecado tener mal genio, hermana. Tiene libre el camino... Bastante malo para
tanta tela como usted usa observa Juan, haciéndose a un lado.
¡Ah...! ¡Jesús! exclama Mónica, asustada.
¿Ve usted? sonríe burlón Juan, extendiendo sus manos para sujetarla.
Espantada, Mónica ha vuelto la cabeza para no mirar la profunda grieta a donde ha estado a
punto de caer, al resbalar sobre el borde mismo del acantilado. Luego se separa bruscamente,
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esquivando las manos de Juan que, al impedirle caer, apretaron sus brazos un instante más dé lo
necesario, y le reprocha:
¿Cómo se atreve...?
¿A impedir que se mate? La verdad es que yo mismo no lo sé. Hice mal en estirar la mano.
Siga su camino y estréllese si ése es su gusto.
¡Es usted todo un patán!
Y usted tiene arrestos que no son de monja precisamente. Pero adelante, Santa Mónica.
No soy santa, ni abadesa, ni siquiera hermana todavía. Puede ahorrarse las burlas protesta
Mónica visiblemente molesta.
No son burlas responde Juan con ironía. Soy un ignorante, hablo por lo que salta a la vista.
Usted tiene aires de abadesa mitrada. ¿No es así como se llaman? Conocí una en un convento de
Trinidad. Hubo un incendio en el convento y las monjas escaparon por la playa. Tenían tanto miedo, que
se metieron en mi barco. Cuando las gentes tienen miedo, se les acaba todo: la soberbia, el empaque, el
aire de superioridad... y piden a gritos que alguien las salve, aun cuando sea el mismo diablo. Pero
adelante... Siga su camino... No la detengo más...
Se ha quitado la gorra, saludándola con una reverencia burlona, y acaso espera verla de nuevo
resbalar, pero Mónica recoge levemente sus largos hábitos y cruza rápida y segura sobre las rocas
resbaladizas, mientras él sonríe a pesar suyo.
¡Aimée! ¿De dónde vienes?
¡Oh, Juan! De buscarte como una loca. ¿Qué es lo que te ha pasado? No zarpaste, había
soldados en tu barco, alguien me dijo que estabas preso... ¿Por qué? ¿Qué hiciste?
Todo se arregló ya. El retraso fue sólo de unas horas. Pero si no salgo en seguida, no llegaré a
tiempo a donde tengo que llegar.
¿En qué empresas andas, Juan?
¿Qué más te da? No te metas en mis negocios...
Es que puede pasarte algo, y yo no quiero que te pase nada. Quiero que vuelvas, que vuelvas
siempre... y mejor aún, que no te vayas, al menos tan pronto. Quédate hasta mañana, Juan. Esta noche
hablaremos, ahora no puedo. He visto de lejos a Mónica. Sé que me está buscando...
¿Y qué? ¿Por qué le tienes tanto miedo a tu hermana? Dile que se vaya al convento y que nos
deje en paz.
Es lo que yo quisiera: que volviera al convento, que profesara, que no saliera más.
A ti te está pasando algo extraño. Antes no eras así.
Antes no la tenía metida en casa...
¿Es sólo por tu hermana? Hay un tono violento en la voz de Juan cuando ordena: ¡Júralo!
¿Crees ya en juramentos? Cuando nos conocimos me dijiste que no creías en nada...
responde Aimée, suave y astuta.
A veces pienso que me estás engañando afirma Juan en tono rencoroso. Eres libre,
puedes hacer lo que quieras, pero no me mientas, no me engañes.
¿Conque puedo hacer lo que quiera? coquetea Aimée, provocativa.
Ahora quieres desesperarme, ¿eh?
¡Ay, bruto! Suéltame esa mano... Un fuerte silbido ha interrumpido su queja y, sobresaltada,
indaga: ¿Qué es eso, Juan?
Nada... me llaman. Es mi segundo. Tengo que zarpar esta tarde, aprovechando los vientos del
Poniente.
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¿Y por qué no mañana al amanecer? ¿No puedes perder una noche? Otro fuerte silbido se
escucha ya más cercano, y Aimée le apremia: Anda... Te llaman... Tu negocio parece muy importante.
Y el tuyo también, porque estás muerta de impaciencia. ¿Qué pasa?
¡Oh...! se sorprende Aimée, pero en seguida reacciona y, disimulando su turbación,
contesta: No sé... Llegó visita a casa.
Ya vi cruzar la calle a dos jinetes: amo y criado. ¿Son esos los que esperas?
Yo no espero a nadie, pero hay visita y tengo que ir. Y a ti también te están llamando. En
efecto, nuevos e insistentes silbidos se dejan escuchar, y Aimée casi ordena más que invita: Anda, que
ese hombre está impaciente.
¡No te vayas! Espérame dentro de diez minutos. Aguárdame aquí mismo. ¡Aguárdame o te
arrepentirás! sentencia Juan, alejándose con rapidez.
¡Oh, Juan! ¿Estabas aquí todavía?
Has tardado casi una hora, Aimée.
Perdóname, no pude salir antes. Mónica...
¡No digas que fue por tu hermana! ¡Fue por ese tipo que estaba de visita en tu casa! asegura
Juan, encolerizado. Fue por él... Te vi despedirlo en la ventana.
¿Estás loco? Fue Mónica la que...
Me acerqué lo bastante para ver que eras tú y para ver quién era él.
Un amigo... Un buen amigo de mi familia, de mi casa. Desde niños, Juan... Te lo juro... Mira...
Cuando mandaron a Renato a Francia, fue a cargo de mamá. Yo, como comprenderás, era muy
pequeñita. Después, naturalmente, visitaba la casa. Entraba y salía... Yo le miro como a un hermano. Al
volver a Saint-Pierre, es lógico que nos visite. Es amable, atento...
Y millonario. El hombre más rico de Saint-Pierre. Supongo que lo sabes... El hombre más rico
de la isla.
¿Tanto como eso? finge sorprenderse Aimée.
Y uno de los más ricos de Francia. ¿Te importa mucho eso? ¿Te agrada? Te gusta el dinero,
¿verdad?
¿Y a quién no le gusta, Juan?
Pero a ti más que a nadie. Vi cómo te brillaban los ojos. Sí, Renato R'Autremont es muy rico,
puede darse el lujo de tirar sus onzas al mar, de arrojar una limosna cuantiosa, como se arroja una
piltrafa, para sentirse superior frente a un pobre diablo, para humillarle con su esplendidez y con su
generosidad.
¿Por qué hablas de ese modo, Juan?
Óyeme, Aimée. Si el dinero te gusta, yo pronto voy a tener mucho dinero. Volveré rico de este
viaje afirma Juan, violento y apasionado. No me mires así... No me estoy burlando... Te digo la
verdad. Traeré dinero, mucho dinero, para comprar todo eso que a las mujeres les agrada: joyas,
vestidos, perfumes, casas con cortinajes... Mucho dinero para satisfacer tus caprichos, ¡y para arrojárselo
a Renato D'Autremont a la cara!
Brusco, exaltado, sacudido por una pasión violenta y repentina, Juan habla inclinándose casi al
oído de Aimée. ¡Qué rojo relámpago de celos, qué violenta llamarada de rencor, de anhelo de desquite,
ha provocado en él la presencia de Renato D'Autremont en la casa de las Molnar! No sabe nada, pero
presiente; no puede adivinar, pero intuye la verdad, la fea y áspera verdad desnuda, frente al alma de
aquella mujer que para él no tiene secretos, porque se le entrega sin pudores, libre de recato y de farsa...
Pero Aimée de Molnar no cree sus palabras, no recibe el halago a su belleza, que de ellas se
desprende... Tiembla sólo temiendo la represalia del amante brutal, busca una disculpa, una forma para
calmarlo, y susurra:
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Pero si yo no quiero nada... si yo no pido nada...
Tú lo quieres todo. Pero soy yo, no él, quien tiene que dártelo. Se te iluminó el rostro de alegría
cuando te dije que Renato D'Autremont era el hombre más rico de la isla. Te agradó... te agradó
demasiado, te sentiste orgullosa de que rondara tu casa y...
No la ronda por mí.
¡Jura!
Bueno... te lo Juro...
Vacilando, ha jurado en falso, temblando más por superstición que por imperativo de su
conciencia. Pero el duro rostro de Juan se suaviza y sus anchas manos crispadas se ablandan para
acariciarla.
¿No lo quieres a él? ¿No te importa que sea millonario?
No, Juan. ¿Por qué ha de importarme? Y ahora que pienso, ¿de dónde conoces tú a Renato?
¿Tienes algún negocio con él?
¿Con D'Autremont? ríe Juan. ¿Por quién me tomas? Además, él no tiene negocios: hace
recoger con sus capataces la sangre y el sudor de sus esclavos, y lo vende a peso de oro en forma de
café, cacao, caña, tabaco... Son barcos completos los que salen de Saint-Pierre cargados de su
mercancía, y chorros de monedas de oro que caen en sus arcas. ¿Es que no lo sabes? ¿No dices que
eres su amiga desde niña?
Amigo de la casa... mucho más amigo de Mónica que mío...
No vas a hacerme creer que viene por la monja. Esa es una arpía vestida de blanco. Me mira
como a un perro sarnoso. Hoy me dieron ganas de gritarle...
¿Estás loco? ¿Qué hiciste?
Tranquilízate. No le dije nada. Ella sí me insultó porque le di la mano cuando resbaló al borde
de los farallones.
¿Por qué no la dejaste caer?
Se hubiera matado.
¡Y qué! salta Aimée con ira que no puede disimular.
¿Quisieras verla muerta? ¿Por qué la odias tanto? pregunta Juan desagradablemente
sorprendido.
No es que la odie... Es mi hermana, pero... a veces hablo sin saber lo que digo... Es que
Mónica llega a desesperarme.
¿Por qué quiere meterse a monja?
¿Cómo quieres que yo lo sepa? Además, ¿qué puede importarte?
¿A mí? Claro que nada. Tú sola me importas, y he de volver por ti y hacerte mía para siempre.
¡Soy tuya para siempre, Juan!
No de este modo: mía de verdad. Llevarte conmigo donde yo quiera, que nadie tenga el
derecho de mirarte, que no mires a nadie... Te daré todo lo que el más rico pueda darte: tendrás casa,
tierras, sirvientes...
Apenas puedo creer lo que oigo... ¿Me estás ofreciendo matrimonio, Juan? pregunta Aimée
con burla sutilmente contenida.
¿Matrimonio...? se sorprende Juan, desconcertado.
Me quieres para ti solo, con todos los derechos legales... Volverás rico para ofrecerme una
casa opulenta...
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¡Y anillos, y collares, y trajes como no los tiene la mujer del Gobernador, y una casa más
grande que la de Renato! Y todo conseguido por mí, ganado por mí, arrancado al mundo por estas
manos...
¿Con qué negocio? inquiere irónica Aimée. No es grata una luna de miel en la cárcel...
¿Piensas que soy un imbécil? se encrespa Juan.
No, Juan responde Aimée, ahora sincera de verdad. Pienso que te gusto, que me quieres,
que me deseas más que nada, que volverás por mí ya que tanto te importo. Y eso me hace feliz, muy
feliz...
Apasionado, Juan la ha besado en los labios con uno de aquellos besos suyos con los que
parece arrebatarla a la realidad... recios besos de fuego que son como el batir del mar contra las rocas:
imperiosos, apasionados, casi brutales.
Para volver como quiero volver, tardaré algo más de seis semanas indica Juan. Tendré
mucho que hacer en el mar, ¡y pobre de ti si no eres capaz de aguardarme!
¡Cómo! ¿Pero es usted, hija mía?
Sí, Padre, esperé que todos terminaran. ¡Tenía tanta necesidad de hablarle a solas...!
Le mandé decir que mañana la escucharía junto con las otras novicias...
No pude esperar a mañana. Perdóneme, Padre, pero me sentí desesperada.
Los últimos rayos del sol de la tarde se filtran tras los vitrales de colores del ancho ventanal que
respalda el altar de la Virgen de los Desamparados, y el Padre Vivier, menudo, nervioso, de cabellos
blancos, hace un gesto a la pálida novicia, señalando la puerta de la sacristía e invitándola a entrar:
Pase, hijita. Hablaremos ahora mismo, ya que lo desea tanto. Dígame...
Necesito que se revoque la orden que me ha dado. Quiero volver al Convento, Padre. Que se
abran para mí, otra vez, las puertas del noviciado... Quiero profesar cuanto antes.
No creo que su salud haya mejorado lo bastante como para eso murmura el Padre Vivier,
lento y grave.
Estoy perfectamente, Padre. Mi salud no tiene importancia...
Tal vez la de su cuerpo..., ¿pero la de su alma, hija mía?
¡Quiero salvar mi alma! ¡Quiero olvidarme del mundo, borrarlo, hundirlo! Estoy desesperada...
¡tengo miedo de caer en la tentación!
No es ése el estado de ánimo en que puede usted elegir su camino. ¿Aun lucha con su amor
humano?
Sí, pero lucho en vano y me siento venada. ¡Todo es inútil... no puedo matarlo, vive, renace,
me ahoga...! A veces tengo el anhelo de gritarlo, de proclamarlo. Me atormentan los celos, el odio...
¿Puede usted, acaso, ofrecer a Dios un alma en semejante estado?
¡Quiero morir para nacer de nuevo, quiero oír las campanas que doblen por la triste mujer
apasionada que he sido hasta hoy, y las voces que digan: muerta para el mundo! Muerta, sí, muerta, y
que sea ese convento como la tumba en que se hunda para siempre Mónica del Molnar...
¡Cuánta pasión, cuánta soberbia hay aún en ese corazón! Ese corazón que necesita purificarse
para ofrecerse al divino esposo, ese corazón que no ha sentido aún la llamada de la vocación verdadera,
ese corazón tan apegado al mundo, a ese mundo para el que pretende morir...
¡Padre... Padre, no me abandone!
Nadie la ha abandonado. Se le indicó la prueba necesaria y usted la rechaza.
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Es demasiado horrible, demasiado humillante estar junto a él, verlo... Su sonrisa, su mirada, su
palabra, todo para la otra... ¡No, no, Padre, quiero quedarme aquí, profesar...!
No es posible. No es el rencor humano, es el amor divino lo único que puede hacerla digna de
vestir esos hábitos. Y el único sendero que lleva hasta él es el que usted pretende abandonar: el de la
humildad.
Quiere...
No diga más esa palabra le ataja el Padre Vivier, con severidad. Se le ha pedido prueba de
obediencia. Cúmplala. Si realmente quiere tomar el camino que dice, no puede rechazarla. Dios le dará
fuerza, si es que la ha elegido para pertenecer a su rebaño. Y suavizándose, ofrece: Si necesita de
mi ayuda espiritual, puede volver cada mañana.
Veo que no sabe usted todo lo duro de mi prueba, Padre. Si continúo en mi casa, debo
alejarme de Saint-Pierre mañana.
Muy bien. Mientras más sola esté, más fuerzas hallará en si misma, más claro podrá ver en el
fondo de su alma. Yo sigo creyendo que usted nació para el mundo, hija mía. Hay en su alma cosas que
en la vida pueden ser cualidades, pero que el convento no perdona ni admite. ¿Por qué no esperar a que
pase esa tempestad, sin comprometerse en un camino del que regresar será mucho más duro y más
difícil? Además, su prueba tiene un término, un plazo. ¿Cómo puede haber resuelto todo en unos días?
Necesita usted meses, tal vez un año...
¿Y si dentro de un año vuelvo a llegar como hoy, Padre Vivier? suplica Mónica con
vehemencia. Si hay lágrimas en mis ojos y desesperación en mi alma... si como ahora llego buscándolo
porque me siento enloquecer, si como ahora caigo a sus pies de rodillas, junto las manos como frente a
un altar, y llorando con lágrimas de sangre, le ruego: Padre, ayúdeme, quiero salvar mi alma... ¿Me
ayudará usted, Padre? Necesito saberlo, necesito tener la seguridad... Dentro de un año, ¿puedo
regresar?
Regrese cuando haya encontrado la paz, hija mía, cuando sepa que su vocación es verdadera
murmura el buen sacerdote hondamente conmovido. Vuelva entonces, hija. Si dentro de un año
sigue pensando igual que hoy, nada podré decirle: ésta será su casa. Se abrirán para usted las puertas
del convento, y se cerrarán para siempre después que haya entrado.
Es todo lo que pido, Padre. ¡Gracias!
Mónica de Molnar ha caído de rodillas, inclinada la frente, juntas las manos. Por un instante
parece que su alma se hundiera más y más en aquella desesperación, sin nombre que la envuelve y la
abrasa; luego alza la cabeza, y la mano del sacerdote se extiende para ayudarla a levantarse:
Levántese, hija mía, y vuelva a su casa. Vaya en paz... ¡Ah, un detalle! Deje los hábitos en su
casa. Vuelva al mundo como si fuese a vivir en él. Y recuerde que todavía no ha pronunciado ningún voto
que la obligue a cerrar su corazón. Amar, para usted, todavía no es pecado, como no lo sería encontrar
otro camino. Todos pueden llevar a Dios...
Yo volveré por éste, Padre. Que la misericordia de Dios me haga encontrarlo abierto...
Mundano, galante, Renato D'Autremont ha sonreído a la señora Molnar, disimulando la leve
impaciencia que le sacude. Corren las primeras horas de la mañana de aquel sábado en que han de
emprender el viaje a Campo Real. Desde hace una hora se ha colocado en el coche el equipaje y, en
manos de sirvientes nativos, piafa impaciente el magnífico caballo de Renato.
No tiene usted idea del gusto con que les espera mi madre, Catalina.
Es muy amable... mucho. Espero que no la molestemos demasiado. Nos esperaba a dos, y
vamos tres...
Se ha alegrado mucho de que Mónica pueda acompañarles. Mi madre las conoce y las quiere
como si las hubiera tratado. ¡Le he hablado tanto de ustedes en mis cartas! Y mire qué cosa: de Mónica
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más aún que de Aimée. Éramos tan buenos amigos durante aquellos inolvidables años de la
adolescencia... Confío en volver a serlo en Campo Real. Al fin y al cabo, yo no tengo otra hermana...
Aquí tienes a tu Aimée... le ataja la señora Molnar al ver que su hija se aproxima a ellos.
¿Te hice esperar mucho, Renato? pregunta Aimée.
Ahora ya no importa... disculpa Renato.
Saldremos inmediatamente afirma Catalina.
No creo que pueda ser, mamá, pues las dos puertas de la alcoba de Mónica están cerradas.
Dos veces le habló la muchacha y contestó que la esperaran, y como a ella no hay modo de ayudarla...
Bueno, por mí ya no hay prisa...
Renato ha envuelto a Aimée en una mirada ardiente, intensa, mirada de devoto y de enamorado,
mientras ella sonríe con coquetería sutilísima. A pesar de su amor por Juan, le divierte Renato, halla un
encanto, un incentivo especial probando en él la sugestión de su belleza... Sonrisas, mohines, miradas
lánguidas, ademanes encantadores, todo su arsenal de mujer hermosa y mundana, tan hábilmente
envuelto, para el joven D'Autremont, en perfiles de ingenua...
¿Tomarías una tacita de café acabado de colar, hijo? Voy a traértela mientras aguardamos a
Mónica ofrece Catalina al tiempo que se aleja, dejando solos a los novios.
Aimée, tienes un aire extraño y delicioso, completamente inusitado en ti. Juraría que has
llorado dice Renato, recreando en sus ojos la linda figura de Aimée.
¿Llorar yo?
No voy a reprochártelo. Tu sensibilidad de mujer te permite hacerlo, aún por una niñería, ya
que espero que sólo niñerías puedan ocurrirte, y que sólo por capricho tengas que llorar.
¿Tan seguro estás de hacerme dichosa?
Ahora no, claro. Pero cuando estés al lado mío para siempre, todo será maravilloso. Presiento
tanta felicidad para nosotros dos...
Ni que fueras tan bueno... coquetea Aimée, mimosa. La otra noche te despediste
temprano, según tú para emprender el regreso a Campo Real, pero no te fuiste hasta el otro día por la
tarde. ¿Puedo saber en qué pasaste la noche y la mañana?
¡Oh! Retrasé el viaje, pero vine a verte antes de marcharme, por cierto dos veces.
Responde a lo que te he preguntado. ¿En qué pasaste la noche y la mañana de lunes a
martes?
Hice una pequeña diligencia para ayudar a un amigo en desgracia... Uno a quien no conoces,
aunque no sé por qué confío en que algún día lo conocerás. Es un amigo extraño, un amigo que se
empeña en no serlo mío, aunque yo lo soy de él con toda mi alma.
¡Qué cosa más rara! ¿Y por qué tienes ese empeño? En la Martinica no hay nadie que sea
más que tú. No tienes por qué buscar y forzar la amistad de nadie...
En este caso, sí, y te aseguro que vale la pena. Se trata de un personaje extraordinario y,
además, de un viejo empeño de mi padre.
Hablas en forma misteriosa... No te entiendo...
Para que me entendieras tendría que hablar demasiado.
Es absurdo que nos haga esperar así se queja Aimée con disgusto. ¿Qué demonios estará
haciendo para tardar tanto?
Poniéndose el hábito, seguramente. Pero no te impacientes, ya no puede tardar. Y estando
contigo, ¡qué más da cómo corra el tiempo! Soy el hombre más feliz de la tierra cuando estoy a tu lado.
¡Que tarde cuanto quiera! ¡Qué más da...!
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Catalina Molnar ha irrumpido en el comedor llevando en sus manos una humeante taza de café
que ofrece a Renato. Este, tras paladear unos sorbos, afirma galante:
Le diría que es el mejor café que he probado en mi vida, doña Catalina. Pero aun tiene usted
que tomar el que cultivamos en Campo Real. No es vanidad de cosechero, palabra. Ya me imagino lo
que será nuestro café, preparado por sus manos...
¡Zalamero! Por buenas palabras no quedará.
No son sólo buenas palabras, le hablo sinceramente...
Ya lo sé, hijito, ya lo sé asiente Catalina ante el halago. El viejo reloj del comedor deja oír
siete pausadas campanadas y la señora Molnar se escandaliza: ¡Jesús, las siete ya y nos proponíamos
salir al amanecer! Voy a ver qué le pasa a Mónica...
Creo que aquí viene ya, mamá la interrumpe Aimée; y con visible sorpresa exclama: ¡Pero,
caramba...!
¡Te has quitado los hábitos, hija! se sorprende también Catalina.
Pensé que era más cómodo para el viaje explica Mónica con cierta reserva.
Ha llegado hasta el centro del comedor, baja la frente, sin mirar a nadie. Lleva un traje negro de
cuello alto, de mangas largas, de amplia falda que en todo recuerda el aire de las ropas monjiles, pero el
cuello fino se alza desnudo sosteniendo la graciosa cabeza, los rubios cabellos peinados en dos trenzas,
que se enrollan luego sobre la frente realzándola como una diadema de oro viejo. Con los zapatos de
tacón Luis XV parece más esbelta, más alta, más flexible, más ágil...
¡Que Dios te bendiga, hija de mi alma! No sabes la alegría que me das. Me parece como si te
hubieras recuperado expresa Catalina con emocionada alegría.
¿Qué más da un traje u otro, mamá? Ni tiene importancia ni cambia en nada mi resolución.
Estás muy linda interviene Renato, que también se siente gratamente sorprendido. Te
queda muy bien ese peinado y ese traje...
Son casi de monja las dos cosas. Creo que no valía la pena que cambiaras reprueba Aimée,
mordaz y despechada.
Ese era mi deseo: no cambiar.
Difiero de la opinión de ustedes opone Renato. No te pareces en nada a "Sor Mónica", y
menos aún a la linda y alegre muchacha que salió para el convento, allá en Marsella. Pero el cambio ha
sido para mejorar.
Gracias por la galantería, mas no la repitas. Ya lo dijo con razón tu novia: esto es casi un
hábito. Y en nada varía mis ideas y mis sentimientos. Mírame siempre como lo que soy: una novicia que
anhela profesar y que no gusta de halagos mundanos.
Perdóname, pero no quise halagarte: fui sincero se disculpa Renato, algo cortado por la
actitud de Mónica. Ya veo que, además, fui torpe. Bueno, como sólo esperábamos por ti, y el coche
está dispuesto, si no disponen ustedes de otra cosa...
En marcha, hijo, en marcha ordena Catalina. Vamos a conocer, por fin, tu Campo Real.
El ancho y cómodo coche cerrado, bien preparado para la jornada que le aguarda, va recibiendo
a las viajeras: Catalina y Mónica... Aimée se ha detenido en la puerta de la casona como si el soplo
espeso del aire que llega del mar, cargado de salitre y yodo, fuera una sacudida irresistible para sus
nervios. Ancho y azul se divisa el océano, zafiro fulgurante cuya presencia casi humana la estremece con
el recuerdo de Juan el pirata... Así le llama en su imaginación desde el momento en que le viera partir
prometiéndole la riqueza...
¿No subes, Aimée? apremia Renato.
¡Oh, sí! Naturalmente. Pero miraba el mar... Hoy está muy inquieto...
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¿Y cuándo es tranquilo en nuestra costa?
Nunca, claro está... De Campo Real no se ve el mar, ¿verdad?
No. Desde la casa no, pues lo tapan las montañas. Pero está bastante cerca. Hay que salir por
el desfiladero que cierra nuestro valle, porque la parte central de la hacienda, lo que fuera Campo Real
primitivamente, es sólo un valle entre montañas altísimas, una especie de mundo aislado de los demás.
Por eso le llamo el paraíso. Está totalmente protegido de huracanes y vientos fuertes, cruzado por más
de cien arroyos que bajan de las montañas. Por ello no hay terreno más fértil... ¡Cuántas flores y qué
frutas más deliciosas! En fin, creo que más vale que no hable ya de Campo Real, puesto que vas a verlo.
Pero no se ve el mar desde allá se queja Aimée, en un suspiro.
Se ve la caña, que es un mar verde, dulce en lugar de amargo, y sin peligros de ninguna
especie. ¿No crees que es preferible?
Te diré... Tal vez el mar es bello por sus cosas malas también: su fuerza, su violencia... y su
sal... ¿Nunca te has empalagado a fuerza de miel, Renato?
Te confieso que no. Soy un goloso incorregible. Pero, por favor, vamos, pues ya Catalina se
impacienta, y bastante la hizo esperar Mónica.
Mónica... Mónica es un desastre sin los hábitos. Ya sé que tú la encuentras preciosa, y yo
ridícula. No sé para qué tenía que dejar el convento.
Tu mamá me explicó que su salud no andaba muy bien, pero en Campo Real va a reponerse.
Estoy seguro...
¡Aimée...! llama la voz de Catalina desde el interior del carruaje.
Vamos. Estamos abusando de la paciencia de tu mamá, que es demasiado buena dice
Renato; y luego, alzando la voz, ordena a su sirviente: Mi caballo. Bernardo.
Se ha separado unos pasos, dejando a Aimée, que aun vuelve la vista al mar, recorriéndolo con
mirada inquieta, un instante borrada su suave máscara de disimulo. Nada espera ver en él, bien sabe que
la blanca vela del barco con que sueña está muy lejos. Un golpe de amargura le sube a la garganta, pero
ya Renato, D'Autremont está otra vez frente a ella, y el gesto de amargura se transforma en una sonrisa,
al aceptar:
Vamos cuando tú quieras...
16
¡MI RENATO!
Mamá...
Ansiosamente, como si las pocas horas de ausencia hubieran sido largos años, Sofía
D'Autremont estrecha a su hijo contra el pecho, le separa después un poco para mirarle con aquella
sonrisa de emoción y de orgullo que sube a sus labios cada vez que le ve, y se interesa:
¿Hicieron buen viaje? Tardaron mucho. Yo ya estaba inquieta...
Vinimos despacio para no fatigarlas más de la cuenta. Y, además, mirábamos el paisaje... Aquí
están. No creo que sea preciso una presentación...
De ninguna manera niega Catalina acercándose. Estoy encantada de volver a saludarla,
Sofía.
Bienvenida a esta casa, Catalina. Mejor dicho: Bienvenidas. ¿Cuál es Aimée?
Ha mirado con ansia a Mónica, como midiendo y valorando su casta belleza. ¡Qué linda y señoril
parece bajo su traje negro! La frente pura bajo las trenzas rubias, profunda la mirada y el gesto dulce y
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grave. Sofía la contempla exquisita, perfecta, pero Mónica ha sonreído echándose suavemente a un lado,
al aclarar:
Soy Mónica, señora D'Autremont. Aquí tiene usted a Aimée.
¡Oh...! reacciona Sofía, sorprendida. También es muy bella, luego, afectuosa, exclama
: Hija mía... creo que puedo llamarla así, ¿verdad?
Naturalmente, madre interviene Renato en tono jovial. Y mi único anhelo es que, cuanto
antes, puedas hacerlo con todos los derechos. Cada día que pasa modifico el proyecto de apresurar la
boda, dándole mayor brevedad a la espera.
Es lo que yo digo. ¿Para qué esperar? afirma Catalina.
Mamá... reprocha débilmente Aimée.
No te ruborices, hijita disculpa Sofía. La señora Molnar ha dicho exactamente lo que yo
pienso: ¿Para qué darle plazos a la felicidad? Mi hijo te quiere y, según sus informes, tú correspondes a
sus sentimientos. No hay nada, pues, que se oponga a que esa boda, que todos deseamos, se celebre
en seguida.
¿En seguida? casi se escandaliza Aimée.
Bueno, es una forma de decir. Me refiero al tiempo indispensable para preparar las cosas, ya
que el único inconveniente que suele haber en estos asuntos, que es el no conocerse bien, es imposible
en un caso como el de ustedes, pues son amigos desde niños. Luego, dirigiéndose a la señora Molnar,
afirma: Son muy bellas sus hijas. Catalina. Bellísimas ambas. Cada una en su tipo, me parece perfecta.
Es usted muy amable, Sofía agradece Catalina.
Amable fue la naturaleza siendo tan pródiga con ellas. De Aimée ya tenía muchas noticias por
Renato, pero Mónica me ha sorprendido extraordinariamente, y apenas concibo que quiera usted
encerrar en un convento semejante encanto... ¡Ah! Yanina... Acércate...
De la semipenumbra de la ancha galería, con suavidad de sombra, ha surgido Yanina,
acercándose lentamente. Viste lo mismo que las otras doncellas que, de cerca o de lejos, miran a las
viajeras: la falda amplísima, el corpiño ajustado, el redondo escote rematado por un ancho encaje y el
típico pañuelo de Madras cubriendo su cabeza, a la moda de las mujeres nativas. Pero son de oro macizo
las argollas que penden de sus orejas, de filigrana coral y perla los collares que cubren su cuello. Usa
medias de seda y va primorosamente calzada. También sus manos, cuidadas con esmero, revelan su
verdadero lugar en aquella casa opulenta, y su presencia silenciosa hace que asome la curiosidad a los
ojos de Catalina y de Aimée. Dándose cuenta de ello, Sofía explica:
Yanina es mi ahijada. Mi hija adoptiva, como quien dice. Ella se ocupará de agasajarlas a
ustedes más que yo misma, ya que, por desgracia, tengo tan poca salud que todo en la casa está en
manos de ella. Luego hace la presentación oficial: Yanina, ésta es Aimée...
Tanto gusto... saluda Aimée en forma por demás fría.
Es mío el gusto y el honor. ¿Cómo están ustedes? ¿Han hecho buen viaje?
Excelente, hijita, excelente agradece Catalina la deferencia de la mestiza. Pero confieso
que no puedo más... Son muchas horas en ese coche.
Llévalas a sus habitaciones, Yanina ordena Sofía. Pero, espera un momento. Creo que yo
también puedo ir con ustedes.
Apóyate pues en mi brazo, mamá ofrece Renato.
No es preciso que se moleste usted... empieza a disculparse Aimée.
Al contrario, hijita la interrumpe Sofía. Es un placer del que no quiero privarme. Ojalá y
esos cuartos sean del agrado de ustedes. Hemos puesto el mayor empeño. ¿Vamos?
Esto es lo que llamamos un plantador; y es, para mí, la mejor bebida de la tierra después del
famoso ron-ponche explica Renato con entusiasta jovialidad. Y hasta todavía me parece mejor y más
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apropiada para el clima. Pero, sobre todo, es cosa del campo. En Saint-Pierre se bebe poco. Es jugo de
pina con ron blanco, y el complemento ideal para algo que vamos a comer inmediatamente: los acres de
la amistad. ¿Quiere usted hacer que los sirvan, Yanina?
Yanina ha respondido sólo con un movimiento de cabeza, desapareciendo tras la amplia puerta.
Están en aquel lado de la ancha galería anexa al comedor, donde, según costumbre martiniqueña, se
pasa largo rato tomando aperitivos o cocteles antes de pasar a la mesa. Criados color de ébano, vestidos
de blanco, se mueven llevando y trayendo carritos cargados de licores y botellas. En grandes jarras de
cristal se sirven las bebidas frescas, jugos de frutas reforzados con ron, y en bandejas de plata, entre
otras golosinas, las pequeñas frituras cargadas de especies, símbolo de amistad y bienvenida en las
antillanas islas francesas de Guadalupe y la Martinica.
Esto, supongo que sí lo han comido ya advierte Renato.
Naturalmente replica Aimée. Nos estás tratando como a extranjeras.
Coreo a una soberana que pisa por primera vez su pequeño reino quisiera yo tratarte, Aimée.
Tengo la pretensión de que Campo Real es un mundo nuevo, un mundo en miniatura, pero un mundo al
fin, y ese mundo les está saludando, en este momento, con lo mejor que tiene. Aquí hay un nuevo cóctel
de mi invención.
¿Qué es? indaga curiosa Aimée.
Una variedad del plantador: jugo de pina, pero con champaña en vez de ron. ¿Qué te parece?
¡Fantástico! Lo mejor que he tomado en mi vida.
En ese caso, le pondremos tu nombre, Aimée, y brindarán por ti nuestros nietos cada vez que
lo beban. Hay un estallar de murmullos y risas de aprobación, mientras a una indicación de Sofía pasan
todos al lujoso comedor de la mansión de Campo Real.
La suntuosa comida toca a su fin. Ya han pasado a un salón próximo para tomar los licores y el
café, y a compartir éstos, así como a conocer a las Molnar, han llegado propietarios de fincas vecinas.
Aprovechando el momento en que nadie la mira, Mónica ha escapado de todo eso, ha bajado las
escalinatas de piedra, ha cruzado el jardín y se aleja de la casa, como si huyera. Parece que se asfixia,
que se ahoga bajo los artesanados del techo, entre las lujosas paredes tapizadas como para otro clima,
como para otro mundo. No puede más. A los vapores de aquellas cálidas bebidas traicioneras se
encienden en su mente mil imágenes atormentadoras, y es fuego, en vez de sangre, lo que circula bajo
su piel. No puede ya soportar la presencia de Renato. No puede verlo junto a Aimée, encendidos los ojos
de amor y de pasión. No puede soportar la hipócrita sonrisa con que ella parece responder a aquel amor
que él brinda apasionado y ciego.
Ha cruzado un bosque de cacao, un platanal espeso, y se detiene contemplando, entre los
troncos flexibles de las palmas de coco, la enorme hoguera encendida frente a una barraca. También hay
fiesta en aquel mundo bajo y lejano; también, como allá arriba, los aromáticos licores circulan aquí de
mano en mano, y los gruesos dedos negros tamborilean sobre los parches. Es una música salvaje,
monótona y ardiente: música arrancada al corazón del África, música que en la tierra antillana tiene, sin
embargo, un nuevo sentido, un vaho de naturaleza primitiva, de pasiones desatadas, a cuyo ritmo se
agitan en danzas lúbricas los negros cuerpos. Y el alma torturada de la novicia, se estremece.
Temblando, las blancas manos se juntan para la oración:
Señor... Señor... Dame valor, dame fuerzas. Arráncame a todo esto. Vuélveme a mi convento.
Vuélveme a mi convento, Señor...
¡Mónica! exclama Aimée acercándose sorprendidísima a su hermana.
¡Aimée! ¿Qué haces aquí? ¿Qué buscas? se alarma Mónica saliendo de su momentánea
abstracción.
Caramba... Es lo que iba a preguntarte yo precisamente: ¿Qué haces aquí? No es éste tu
lugar. Luego, con la ironía rebosando en sus palabras, comenta: Sería fantástico que te gustara todo
esto...
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Ha vuelto la cabeza para mirar, a través de los árboles, la larga fila de mujeres negras, que se
trenza y retuerce alrededor de la hoguera, como una enorme sierpe. Van semidesnudas. A la luz rojiza
brilla el sudor sobre las carnes prietas. De pronto, entran los hombres. Llevan, también, los torsos
desnudos, en alto los machetes de trabajo en cuyas hojas tiembla, como sangre, el resplandor de la
hoguera.
A mí esto me fascina y, al fin y al cabo, somos hermanas recalca Aimée sin abandonar su
tono irónico. Tenemos puntos de contacto, algunos muy notables. Este puede ser uno de ésos.
¿Para qué dejaste a Renato? ¿Dónde? ¿Por qué? soslaya Mónica, haciendo caso omiso de
la mordacidad de su hermana.
No te preocupes por él. Está encantado de la vida bebiendo sus refrescos con champaña. ¡Qué
infantil, qué ridículo me resulta Renato a veces! ¡Oh!, pero no te molestes en indignarte. De todos modos,
me casaré con Él. No se desprecia un partido semejante. Es, efectivamente, el hombre más rico de la
isla.
¿Y sólo por eso...?
Por eso y por todo lo demás, Santa Mónica...
¡No me llames así! estalla Mónica, ahora indignada de verdad.
Ya sé que no lo mereces. Te gusta este espectáculo salvaje, lo prefieres a la contemplación de
Renato... tu Renato.
¡Ni es mío ni tienes por qué llamarlo de esa manera!
Claro que no es tuyo. Eso ya lo sé. Nunca fue tuyo. Te diste el lujo de cedérmelo, o de hacer
que me lo cedías; pero, en realidad, nada me diste, porque no tenías nada que darme. El que eligió fue
él, y me eligió a mí. ¿Qué quieres, hermana? Mala suene... Pero, vamos... mamá te echó de menos. Me
preguntó dónde estabas y yo salí a buscarte. Por una vez me tocó a mí el papel de hacer volver al redil a
la oveja descarriada; pero si tardo demasiado, nos echarán de menos a las dos.
¡Vuelve tú, que eres la que importa que estés allí!
No lo creas. Aun hay dos vecinos de visita. Renato te agradecerá que los entretengas... Todo
lo que le obligue a no ocuparse sólo de mí le molesta. Claro que a mí no me interesa, pues yo preferiría
quedarme aquí. Es la primera cosa interesante que veo en Campo Real, porque lo que es la momia de mi
suegra y el caserón pintado de purpurina, es como para morirse de aburrimiento. Aimée ríe
suavemente y objeta con soma: No me mires con cara de espanto. Las cosas son tal como las pensé.
Esto se puede soportar un mes al año... El resto lo pasaremos en Saint-Pierre. Te aseguro que el arreglo
de la casa de la capital va a empezarse de inmediato y completamente a mi gusto. Ya tengo la palabra de
Renato. ¿Te sorprende?
De ti no me sorprende nada. Pero óyeme, Aimée: no vas a hacer desdichado a Renato. ¡No lo
consentiré!
¡Haré lo que me dé la gana, y ni tú ni nadie...!
¡Aimée... Aimée...! la interrumpe la voz de Renato que la llama desde lejos.
Ahí está. Salió a buscarme señala Aimée, plenamente satisfecha. No puede estar sin mí...
No puede vivir sin mí. ¿Comprendes? Él, y no tú, me da con eso todos los derechos.
¡Aimée... Aimée...! vuelve a llamar Renato, ahora ya más cerca del lugar donde se hallan las
dos hermanas.
Aquí estoy, Renato...
Solícitamente acude Aimée al encuentro de Renato, mientras, a favor de la oscuridad, Mónica
retrocede, buscando pasar inadvertida bajo la sombra de los grandes árboles. No, no podría soportar en
ese momento la presencia de él, esa presencia que ha llegado a ser como un martirio: martirio de los
sentidos, a los que atormenta su voz y sus palabras para otra mujer; martirio de su alma, crucificada en
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cada palabra de ternura, en cada ademán de solicitud, en cada muestra de amor con que tanto soñara en
vano...
Aimée querida, ¿qué has venido a buscar aquí? reprocha Renato cariñosamente.
Nada especial, querido. Salí sin rumbo a tomar un poco de aire, oí de lejos la música, vi el
resplandor de las hogueras y me acerqué, pero no demasiado...
No es para ti eso, Aimée. Renato la ha tomado del brazo, dejando resbalar su mano de
caballero sobre la fina piel, sintiendo en alma y carne la influencia de la noche, del ambiente, de la tierra
dulce y salvaje; la sugestión de aquellos cuerpos brillantes y semidesnudos que se destacan a lo lejos, en
la más lúbrica de las danzas, y propone: Vámonos de aquí, Aimée.
¿No te gusta verlos bailar? Espera un momento. ¿No sabes lo que significa esa danza? Yo sí.
Tuve una nodriza negra. Desde muy niña me dormía arrullándome con canciones como ésa. Una canción
primitiva y monótona con sabor a mundos lejanos, a naturaleza exuberante: una canción de amor y de
muerte...
Aimée ha pensado en Juan con un ansia que le enciende los labios, con un sacudimiento que es
el resbalar de un escalofrío sobre su piel: Juan... salvaje como el mar bravío que abraza la isla ardiente,
estrechándola, envolviéndola en sus fieras caricias, como si quisiera sepultarla, hundirla, acabar con ella
para siempre, para al fin destrozarse sobre sus farallones de rocas o besarla en sus breves playas
rubias... Juan, el loco, el pirata, que se fue jurando volver con la riqueza, para pagar, con la moneda
comprada en sangre, su rescate de un mundo a otro...
Vamos, Aimée ruega Renato con amorosa suavidad. El brazo de él oprime su talle
dulcemente, sus labios la buscan para un beso contenido y tierno, caricia vacía que ella está a punto de
rechazar y que, al fin, acepta cerrando los ojos, como algo que resbala sin dejar huella.
Van muy juntos bajo los árboles y tras ellos marcha Mónica, tan leve el paso que ni siquiera
crujen bajo sus pies las hojas secas, crucificada el alma en su tormento, mientras cada vez oye más
tenues las roncas voces de la fiesta negra, las que ella también escuchara desde la cuna en una canción
de amor y de muerte.
¿Estás contenta, Aimée? inquiere Renato con timidez.
Pues claro, tonto, ¿no lo ves?
Nos casaremos en seguida. Mi madre lo desea y la tuya también. No hay ninguna razón para
esperar más tiempo... ¿O es que no estás segura de tu amor?
¿Lo estás tú del tuyo, Renato? Mira, yo soy caprichosa, no siempre estoy de buen humor.
Puede que algunas veces goce con hacerte rabiar un poquito. Es mi manera de querer a la gente...
Entonces, ¿he de traducir por amor tus caprichos?
Naturalmente. Cuanto más te exija y más te moleste, será porque te quiero más. Cuanto
menos lógica le encuentres a mis razonamientos, será que estoy más y más enamorada. Pero, claro
está; tienes que quererme tú de la misma manera para soportar eso. Si no estás loco por mí...
¡Estoy loco, Aimée!asegura Renato con vehemencia.
Y es por eso que yo te adoro...
Ahora es ella quien le echa los brazos al cuello, quien busca sus labios una y otra vez. Han
dejado atrás la arboleda espesa, pisan ya las veredas de arena de los jardines, cuando una sombra
inquieta surge frente a ellos con unas palabras iniciales de disculpa:
Perdón por interrumpir...
¡Yanina...! estalla Renato visiblemente disgustado.
Dispénsenme. La señora me mandó que los buscara. Las visitas se van... Preguntan por
ustedes... ¿Debo decir que no les encontré?
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No tiene por qué decir ninguna mentira responde Renato conteniendo a duras penas su mal
humor. Vamos inmediatamente a despedirnos de ellos.
Con paso rápido se han dirigido hacia la casa. Yanina les mira un instante, vacila, alza la cabeza,
y sus ojos oscuros distinguen una forma entre las sombras. Es Mónica de Molnar, que da unos pasos
hasta llegar al banco de piedra, desplomándose en él como sin fuerzas y cubriéndose el rostro con las
manos. Sin el menor ruido, Yanina se acerca a ella, indagando con frialdad:
¿Se siente mal? ¿No puede soportar el espectáculo?
¿Eh? ¿Qué está diciendo?
Usted venía detrás de ellos... No, no se moleste en negarlo, la vi perfectamente. Si no se siente
demasiado mal, debería ir al salón. También notaron su ausencia... y puede haber comentarios...
¿Y a usted qué le importa? se encrespa Mónica, movida por una ira repentina.
Personalmente, nada, por supuesto responde Yanina con suave ironía. Sólo cumplo con
mi deber de velar por la tranquilidad de la señora D'Autremont. El médico ha prohibido, para ella, las
emociones fuertes. Necesita vivir en paz y sentirse feliz. En Campo Real puede arder la casa, con tal de
qué ella no se entere. Todo cuanto yo hago es para eso, y el señor Renato lo sabe. Aquí no importa
nadie más que la señora D'Autremont. ¿Comprende?
Mónica se ha erguido, pálida y fiera, con un relámpago fulgurante en las pupilas. Pero frente a su
cólera, a punto de estallar violentamente, la mestiza baja la cabeza en ademán sumiso, y ofrece sincera:
Por lo demás, señorita Molnar, aunque supongo que no le interesa, quiero decirle que cuenta
usted con todas mis simpatías y con mi sincero deseo de ayudarla si alguna vez lo necesita.
¡Jamás he contado sino conmigo misma, señorita...! rehúsa colérica Mónica.
Yanina, simplemente aclara la mestiza, suave y dócil. No soy sino una criada de confianza,
de absoluta confianza y absoluta lealtad para los D'Autremont. Ahora, con el permiso de usted... Yo sí
necesito estar junto a mi ama cuando las visitas se despidan.
Mónica arde de ira, pero se han secado sus lágrimas, se ha erguido su talle, se ha sentido, de
repente, fuerte y altanera, y con paso firme va hacia la escalinata de piedra.
Seis meses son una enormidad, querida objeta Renato.
¿Te parece...? titubea Aimée con astucia.
Claro que sí, y apelo al criterio de nuestras madres. ¿Por qué no empezamos a prepararlo todo
inmediatamente? Se corren las amonestaciones, se reúnen los papeles precisos y, cuando todo esté
listo, nos casamos santamente.
¿Cuánto tardará todo eso?
No lo sé. Cuatro semanas, cinco, acaso seis...
¿Nada más? Pues no es posible, Renato querido. En cinco o seis semanas no puede estar lista
mi canastilla de novia. Aunque nos volviéramos locas cosiendo, necesitaríamos poco más o menos los
seis meses de que hablé antes...
Por tu ajuar de novia no te preocupes interviene Sofía. Era una de mis sorpresas pro ya
que ha llegado el caso, más vale que se los diga de una vez. Tu canastilla de novia, la más linda que
pueda soñarse, estará aquí justamente en ese tiempo: cuatro semanas, cinco, a lo sumo seis...
Mamá querida, creo que te comprendo exclama Renato profundamente contento.
Desde luego, hijo conviene Sofía. Luego, alzando la voz, llama: ¡Yanina...!
¿Me llamaba usted, madrina? pregunta la mestiza, acercándose.
Sí; trae la libreta donde apuntamos los encargos hechos a Francia, ¿quieres?
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Sí, madrina, en seguida.
Silenciosa, rápida, diligente, con aquella eficiencia que es su característica y aquella discreción
que tanto tiene de indiscreta, Yanina se ha apresurado a poner en manos de la señora D'Autremont la
libreta pedida. Han pasado ya varios días desde que las Molnar llegaran a Campo Real, y están juntos en
grupo familiar: Renato, apasionado; Aimée, defendiéndose entre remilgos y coqueterías; la señora
Molnar, humilde y sonriente, tratando de hacer el milagro de dar la razón a todo el mundo; pálida,
silenciosa, tensa, Mónica de Molnar, pendiente de cada palabra, de cada gestó, como espiando el latir de
los pulsos de aquel pequeño mundo que Sofía D'Autremont preside con su lánguido gesto de enferma,
con la falsa condescendencia de su educación exquisita...
Exactamente. El pedido se hizo hace casi un mes corrobora Sofía, tras consultar la libreta.
El mismo día que me hablaste de Aimée, de tu amor por ella.
¿Es posible, mamá? comenta Renato gratamente sorprendido. ¡Es que me adivinaste el
pensamiento! Eso era lo que yo quería.
Ya es casi lo único que queda como madre amorosa de un hijo único: adivinarte el
pensamiento observa Sofía en un arrebato de ternura. Luego, dirigiéndose a su futura nuera,
pregunta: Y bien, Aimée, ¿te has quedado pensativa? Ya no hay problema para tu canastilla. ¿Era ésa
tu única preocupación, el solo motivo para esperar seis meses el feliz día de tus bodas?
Tal vez Aimée no esté segura de sus sentimientos sugiere Mónica sin poder dominar este
acto impulsivo.
¿Qué dices, Mónica? se extraña Sofía.
Digo que bien puede ser eso lo que la haga dudar. A veces hace falta tiempo para damos
cuenta de una equivocación... insinúa blandamente Mónica.
¡Tú eres quien se equivoca totalmente! salta Aimée con gesto agresivo. De mis
sentimientos no hay duda ninguna. Ni la tengo yo, ni Renato puede tenerla. Y para que no sigas
interpretando las cosas a tu antojo, me decido en este momento: Nos casaremos cuando quieras,
Renato, ¡cuando tú quieras! ¿Dentro de cinco semanas? Pues bien, ¡dentro de cinco semanas seré tu
esposa!
Relampagueantes las pupilas, como un felino a punto de saltar para luchar con todas sus fuerzas,
ha respondido Aimée a las palabras de Mónica, mientras un soplo tempestuoso cruza sobre la reunión
familiar. Sofía D'Autremont la mira sorprendida, desconcertada; Yanina ha dado un paso colocándose
detrás de ella, como si se dispusiera a respaldarla, mientras Renato, pálido de ira, contiene su expresión
con esfuerzo, y Catalina de Molnar acierta por fin a balbucear las palabras que el espanto ahogó en su
garganta:
Mónica, Mónica, pero ¿has perdido la razón, hija? ¿Por qué dices eso?
¿Por qué ha de decirlo si no porque me odia? no puede contenerse Aimée. ¡Me odia, me
aborrece!
En mi opinión, ninguna de las dos sabe lo que dice interviene, conciliadora, Sofía. Se han
acalorado sin razón de ninguna especie. Seguramente Mónica ha cedido a un rapto involuntario de
impaciencia.
Creo que le debes una explicación a tu hermana, Mónica aconseja Renato, categórico y
severo.
Mónica no puede aguantar la tensión que la absorbe y domina, y sin decir palabra abandona el
grupo, alejándose corriendo.
¡Mónica! ¡Mónica! la llama Renato hondamente estupefacto.
No vayas con ella, Renato. No la tomes en cuenta. ¿No es suficiente que esté yo dispuesta a
complacerte? ¡Déjala... Déjala...!
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Tu novia tiene razón, hijo mío. Escúchala y atiéndele a ella, que bastante mortificada está por
la intemperancia de su hermana.
Quiero recordarles a todos que Mónica está enferma, y justamente de los nervios intercede
Catalina con el loable afán de restar importancia al acto tan desagradable. Estoy segura que no quiso
decir lo que dijo, ni molestar a nadie. Pero la pobrecita está mala: no come, no duerme...
Usted sí debería ir tras ella, Catalina, y decirle lo que hace al caso. Desde luego, sin ser
demasiado severa aconseja Sofía con benevolencia. En efecto, su linda hija mayor no se ve
saludable, y nuestra adorable Aimée se estaba haciendo de rogar demasiado. ¿No te parece, hijita, que
aparte de su rudeza, tu hermana ha hecho bien en ayudarte a que te decidas?
Aimée ha hecho un esfuerzo para contenerse, para sonreír, para recobrar la máscara angélica
que un momento la hiciera abandonar la ira, y con falsa modestia responde:
Yo estaba decidida ya, doña Sofía. No discutíamos sino una fecha. Yo soy tan feliz siendo
novia de Renato, que no quiero ni necesito nada más.
Las flores son bellas, pero dar fruto es la función natural del árbol. El noviazgo es como la
primavera. Eres aún muy niña para comprender ciertas cosas. Sin embargo, piensa que estoy enferma,
que no soy joven, y que el último de mis sueños es dormir en mis brazos a un nieto. Que sea cuanto
antes esa boda...
Renato ha tomado entre las suyas la mano de Aimée, pero no sonríe. La mira gravemente, con
una mirada profunda, como si quisiera penetrar hasta lo más íntimo de sus pensamientos, como si por
primera vez hallara un misterio en aquella alma de mujer, en la que cifra toda su esperanza de dicha. Mas
no es una pregunta, sino una promesa, lo que por fin escapa de sus labios:
Viviré para procurar tu dicha, para hacerte feliz, Aimée.
Juntas las manos, inclinada la frente, de rodillas ante el altar del Crucificado que preside la
pequeña iglesia de Campo Real, Mónica busca en vano palabras para su oración, y no las halla. Eleva
sólo un pensamiento dolorido y rebelde:
¡Perdón, Señor, perdón...!
Una espuma amarga, de rencor y de celos, se mezcla a la oración en sus labios y, como
relámpagos, pasan sentimientos diversos iluminando el negro cielo de su mundo interior, mientras sigue
su rezo:
No fue por odio... Fue por amor... Pero mi amor es culpable también. ¡Mi amor es peor que el
odio...!
Está sola bajo la única nave del diminuto templo, casa de Dios de anchas paredes blanqueadas
de cal, de toscos arcos coloniales en los que clavan sus tallos prensátiles las frescas enredaderas
tropicales. Cerca del altar están los reclinatorios de terciopelo de los D'Autremont: luego, los largos
bancos de madera para los jornaleros y sirvientes. Pero ni amos ni servidores asoman en este instante
por sus altas puertas. Sólo la frágil mujer vestida de negro que reza y llora con las manos juntas, y, como
una sombra, Renato D'Autremont que desde lejos la contempla...
Señor, no permitas que mi lengua vuelva a moverse torpemente. Dame la fuerza de callar y la
humildad de bajar la cabeza frente a la injusticia...
Sus lágrimas han corrido un instante, pero se secan al contacto de su piel ardiente. Algo como un
presentimiento la estremece. Ha sentido que el calor de una mirada la envuelve. Alguien la observa,
alguien está cerca de ella. Bruscamente, vuelve la cabeza y un escalofrío la sacude...
¡Renato! ¡No... no...!
Mónica huye. Pretende huir, esquivar a Renato. No se siente con fuerzas de resistir ahora su
mirada frente a frente, de escuchar sus palabras que adivina cargadas de reproches. Quiere escapar a
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ese tormento, pero no puede. Él la ha seguido, ha cruzado también el pequeño templo y la detiene
cerrándole el paso apenas pisa los cuadros del jardín que lo rodea, reprochándole:
Huyes como si hubieras visto al demonio. ¿Por qué?
No te había visto. Terminé de rezar y...
¡No mientas! la interrumpe Renato. Perdóname si te parezco brusco y rudo, pero tenemos
confianza de hermanos. Te miré y te consideré siempre como la más fraterna de las amigas, y pronto
seremos hermanos realmente.
¡No se es hermanos sino por la sangre! protesta Mónica, dolida por el reproche de Renato.
Ya veo que de mí no quieres serlo, y es justamente por eso mi empeño en hablarte.
No vale la pena. Molestaré poco. Creo que mañana mismo puedo regresar a Saint-Pierre y
esperar en mi casa a mamá y a Aimée.
¿Tan mal te sientes en la mía? ¿Tan desagradable te resulta mi presencia? Porque supongo
que no será la de mi pobre madre, que te ha colmado de atenciones, que hasta hoy estaba encantada
contigo, lo que... se interrumpe y, adoptando un tono afectuoso, pregunta: Mónica, ¿qué tienes?
Mientras rezabas te vi llorar. Sería menester estar ciego para no darme cuenta que ahora mismo estás
luchando con tus lágrimas. Sufres. .. veo que sufres... Pero, ¿por qué? ¿Por quién?
Con qué terrible esfuerzo sujeta Mónica el corazón que se le desboca. Con qué alarde de
voluntad suprema traga el nudo de lágrimas que se le enrosca en la garganta como una sierpe, y aprieta
las manos clavándose las uñas en la piel, mientras el pálido rostro se serena, mientras halla
milagrosamente la suficiente fuerza para responder fría y cortésmente.
Eres muy amable preocupándote por mis lágrimas. Pero no le des más importancia que la que
tiene: un poco de excitación nerviosa y un poco de nostalgia por la paz de mi convento. Te aseguro que
no es más que eso.
Es que antes te expresaste de una manera que... rechaza Renato.
Que no podía ofender a nadie se rebela Mónica, alterada pero conteniéndose mediante un
supremo esfuerzo. Me limité a preguntarle a mi hermana si estaba segura de su sentimiento. Creo que
en el matrimonio es preferible arrepentirse una hora antes que un minuto después.
En efecto; pero, ¿por qué había Aimée de arrepentirse? ¿En qué puedes apoyarte para pensar
que no soy digno de ella?
¡YO jamás he dicho eso! niega Mónica vivamente.
No es preciso decir lo que se da a entender con toda claridad se queja Renato con cierta
amargura. Hay algo en mi que no te gusta para tu hermana. Cambiaste totalmente, dejaste de ser mi
amiga desde que te diste cuenta de que la amaba... Es la verdad. Y hablemos claro de una vez: desde
que saliste del convento, las pocas veces que nos hemos visto me has tratado con frialdad, con
antipatía... casi podría decirte que con aborrecimiento. ¿Por qué? ¿Qué mal te he hecho? Ninguna,
¿verdad? ¿Qué puedes tener contra mí sino el miedo de que no haga feliz a tu hermana? ¿Qué fallas ves
en mí? ¿Qué defectos me encuentras?
Otra vez Mónica le ha mirado en silencio, conteniendo sus emociones. Otra vez ha hecho el
milagro de permanecer fría y serena, ahogando aquella verdad que con el latir de su corazón parece
golpearle las sienes. Otra vez ha logrado responder cortésmente, con algo parecido a una sonrisa:
Lo que dices es pueril, Renato. ¿Quién puede encontrar en ti un defecto? Eres el hombre más
rico de la isla, el más importante después del Gobernador, y aun antes que él para la mayor parte de las
gentes. Tienes nombre, fortuna, juventud y talento. ¿A qué cosa mejor que a ti puede aspirar una mujer?
Te sobrepasas en el elogio, o eres cruel en tu burla. Si yo tengo todo eso, ¿qué tienes tú contra
mí?
Nada, Renato. ¿Qué puedo tener? Vivimos en mundos diferentes, y éste no es el mío; por eso
resulto incomprensible a los ojos de muchos, de ti el primero. Olvídate de mí, que se olviden todos.
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Permítanme volver a Saint-Pierre, y tú sé feliz, tan inmensamente feliz como deseo que llegues a ser.
Olvídate de mí, Renato. Es todo lo que tienes que hacer.
¡Mónica... Mónica...! llama Renato al ver que ésta se aleja con paso presuroso.
Renato mío, ¿qué te pasa? ¿Qué tienes? pregunta Aimée, acercándose solícita a su novio
. Estás alterado, muy pálido, y no creo que valga la pena. No debes hacer el menor caso de cuanto te ha
dicho...
Hablaba con Mónica...
Ya lo sé. La vi pasar corriendo. Salí a buscarte, porque me imaginé que vendrías detrás de ella
y no podía consentir que me calumniara...
¿Calumniarte? se sorprende Renato. Nada dijo de ti. ¿Qué podía decirme? Yo soy quien,
por lo visto, no satisfago su ideal para cuñado...
¿Te dijo eso? exclama Aimée en el colmo del asombro.
Está demasiado claro para que no lo entienda. Creo que no me halla digno de tu amor y que le
molesta ver cómo me quieres.
Aimée ha hecho un esfuerzo para contener una sonrisa burlona que juguetea ya en sus labios, y
respira después profundamente, sintiéndose segura de sí misma, disfruta como nunca de la situación,
con fuerza y poder para decidir tres vidas a su antojo y, condescendiente, le reprocha:
Mi querido Renato, es increíble que confíes tan poco en tus propios méritos, que les des tanta
importancia a las tonterías de Mónica...
Tú se la diste primero que yo. Si son tonterías, ¿por qué te alteraste de esa manera?
Yo no soy más que una débil mujer. Tú, en cambio, eres el hombre fuerte, sabio, inteligente...
Lo mejor es que te olvides de los arrebatos de Mónica.
Es precisamente lo que me ha pedido ella: que la olvide, que la deje volver mañana mismo a
Saint-Pierre para esperar allí el regreso de ustedes.
Me parece muy acertado, pero no que se vaya ella sola. Será mejor que regresemos las tres,
que arreglemos allá las cosas mientras tú las arreglas aquí, que mandes a reparar a toda prisa la casa de
la capital, que es el lugar indicado para que pasemos nuestra luna de miel, y cuando hayan transcurrido
esas cinco semanas indispensables para todo esto, nos casemos mientras Mónica vuelve a su convento,
que es el lugar que le corresponde. Que tome al fin los hábitos, que profese. Y con una jovialidad que
más bien es ironía, declara: Y que rece por nosotros, que rece por nuestros pecados, ya que ha elegido
ese camino para llegar al cielo.
¿Irte tú también? ¿Dejarme?
Por unos días solamente, mi tonto querido. Es indispensable. Si hemos de casarnos, hay mil
cosas qué disponer. Si estamos oficialmente comprometidos para casarnos, no es muy correcto que viva
yo en tu casa, que durmamos bajo el mismo techo. ¿No te parece?
Lo ha besado con un largo beso ardiente, cerrando los ojos, acaso soñando que es otra boca la
que besa, y un instante arrastrado por aquel torbellino, responde Renato a su beso de fuego, susurrando:
¡Aimée... mi vida...!
Y ahora, formalidad aconseja Aimée, reaccionando. Ve a disponer las cosas para que
mañana temprano nos lleven a Saint-Pierre. Yo voy a decírselo a mamá y... Se interrumpe al ver a
unos pasos de ellos a Yanina, y no puede menos que lanzar una exclamación de sorpresa ¡Ah...!
La señora Sofía aguarda al señor Renato en sus habitaciones avisa la mestiza, adoptando
un tono humilde. Le ruega que vaya inmediatamente.
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Con usted no gana uno para sustos, Yanina bromea Aimée con intención aviesa. ¿Qué es
lo que se pone en los pies para pisar como los gatos?
Mi deseo de servir a los D'Autremont, señorita. Como hasta ahora no ha habido en esta casa
nada qué sorprender ni ocultar...
Ni lo hay tampoco ahora, Yanina reprende rudamente Renato. Puede usted omitir las
reticencias.
Perdón, señor. Yo sólo dije...
Oí perfectamente lo que dijo. No quiero seguir hablando del asunto, ya que aclaré el punto total
y absolutamente. No hay misterios, pero no todo puede hablarse delante de la servidumbre.
¿Qué? se sorprende ahora Yanina.
Será muy saludable que lo recuerde recalca Renato. Luego, cambiando la expresión, se
dirige a Aimée: Con tu permiso, voy a ver qué quiere mamá.
Y yo también voy a prevenir a mi gente. Hasta ahora mismo, ¿verdad?
Hasta siempre, mi vida...
Se ha inclinado, llevándose a los labios la mano de Aimée y besándola con tierno respeto.
Después se alejan ambos por distintos rumbos, mientras, inclinada la frente, ardiendo las mejillas como
bajo la ofensa de una bofetada, Yanina permanece inmóvil, tensa, hasta que la mirada hosca y serena
del hombre que se acerca, se fija en ella y observa:
Yanina, ¿qué haces aquí?
Nada, tío... soslaya la mestiza haciendo un verdadero esfuerzo.
A eso se aplican todos en esta casa: a no hacer nada. Y lo que es en el campo, si no estuviera
yo siempre atento, con la fusta en la mano, no habría tampoco quién se moviera. ¡La vida voy a dejarme
en las nuevas plantaciones de caña que estamos haciendo! Se han roturado cuatro parcelas en escalón,
casi hasta lo alto del monte. Me gustaría que el señor Renato lo viera. Deberían darse una vuelta por allá.
¿Me oyes? rezonga Bautista. Y al observar atentamente la extraña expresión de su sobrina, indaga:
¿Pero qué es lo que tienes? A lo que parece, vas a llorar. ¿Qué te ha pasado?
Nada. El señor Renato se ha dignado recordarme que no soy aquí más que una sirvienta. Le
molestó que al acercarme lo viera besando a esa Molnar... a esa Aimée que no es más que una
cualquiera...
¿Pero cómo te atreves...?
Cualquiera puede verlo. Basta con mirarla. Pero el señor Renato es sordo y ciego, porque no
quiere ni oír ni ver. Bueno, más vale que yo me calle, tío.
De acuerdo. Creo que más vale que te calles si vas a decir disparates. La señorita del Molnar
será nuestra dueña dentro de cinco semanas según me dijiste.
En Campo Real no habrá nunca más que una dueña: la señora Sofía. La otra, que no venga...
¡Qué no venga, porque le irá demasiado mal si viene!
¿Pero qué dices? ¿Demasiado mal?
¡Y yo seré la que me ocupe de eso!
¿Qué haces, Mónica? Veo que apresuras las cosas...
La voz de Aimée ha llegado hasta Mónica golpeando sus nervios en tensión, deteniéndola, para
dejarla inmóvil frente a la pequeña maleta que está poniendo en orden. Se hallan en la amplísima alcoba
que le han destinado en aquella especie de palacio campestre, la más sencilla de las tres, no obstante los
ricos cortinajes, los pulidos pisos, los lujosos y bien cuidados muebles...
¿Puedes dejarme un rato en paz, Aimée?
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No te preocupes. No vengo a discutir ni a hacerte reproches. Al contrario. No tendrían razón de
ser. Estoy encantada por tu magnífica iniciativa de volver cuanto antes a Saint-Pierre. La idea es, desde
luego, de mi más absoluto gusto.
Me lo imagino. Sé cuánto deseas perderme de vista.
En este caso, perder de vista a mi futuro palacio, a mi futura familia y a mi futuro reino...
¿A qué viene todo eso?
Comprenderás que mamá y yo nos vamos también. Ya se lo he dicho a ella y se ha quedado
poco más o menos que con un ataque de nervios. Sería conveniente que la calmaras, tú que sabes
hacerlo. La pobre mamá tiene un santo horror a que se nos escape Renato, pero yo no. Sé que lo tengo
bien seguro y aunque te duela oírlo quiero afirmártelo una vez más.
No me duele. Lamento muchísimo haber dicho lo que dije. Por eso quiero regresar a Saint-
Pierre; pero regresar yo sola. De ningún modo que por mí se interrumpa la visita de ustedes.
Por ti no se interrumpe nada, hermana. Cálmate. Yo soy la que quiero irme, yo soy la que estoy
harta de todo esto.
Y, sin embargo, pretendes casarte con Renato refuta Mónica sin poder suavizar el tono
violento de su voz. ¿Por qué no eres leal con él? ¿Por qué me obligas a hacer lo que no quiero hacer?
Si sigues como estás, me obligarás a hablarle claramente.
No creo que te atrevas. Hoy perdiste una ocasión estupenda. Hubieras podido sincerarte,
hablarle de tu amor, pero lo único que se te ocurrió fue darle a entender que no te gustaba para cuñado.
Porque, desde luego, me lo dijo. Él me lo cuenta todo. Hasta sus más recónditos pensamientos me
pertenecen. Y es un niño, ¿sabes? Es un niño tonto... y supongo que lo bastante bueno para seguir
siendo tonto hasta el fin de sus días.
¡Si supieras cómo me repugnas cuando hablas así! ¡Cómo te odio cuando...!
¡Qué lío de sentimientos te haces, hermana! la interrumpe Aimée con una risita suave. Me
odias porque estás celosa, y estás celosa porque lo quieres.
¿Quieres callarte de una vez? ¿Qué es lo que pretendes? ¿Volverme loca?
Cálmate, Mónica, y no grites. Acertaste al decir que no estoy segura de mis sentimientos y,
naturalmente, quiero estarlo antes de casarme.
¿Qué dices, Aimée? se esperanza la novicia.
Buscar mi verdad en unos días de reposo y de aislamiento. Quiero volver a Saint-Pierre para
eso: para estar sola. Para darme cuenta de cómo son las cosas realmente; para decidir si me caso con
Renato, o si no me caso. Voy a hacer lo que tú llamarías examen de conciencia. Puede que me case.
Son demasiadas las ventajas que Renato me ofrece. Puede que no me case, que prefiera la libertad a la
riqueza. En el segundo caso... Su voz no puede disfrazar la ironía que la invade: En el segundo caso,
mi querida hermana, te daré una prueba de esa generosidad mía que tanto has puesto en duda. ¡Te lo
devolveré!
Cómo un relámpago de esperanza ha cruzado sobre el alma de Mónica, aunque las últimas
palabras de su hermana la hieren y la ofenden. Duda, lucha, vacila, se retuerce en aquella dura batalla
empeñada contra sí misma, mientras casi afable, casi sonriente, goza Aimée del desquite de verla
temblar. Tal vez un momento cruza la compasión por los ojos oscuros de Aimée, pero se apaga al grito
de su egoísmo, al benévolo placer de manejar otras almas a su antojo, mientras la palabra violenta
estalla en los labios de Mónica:
¡No tienes nada qué devolverme! ¡Pero no creas que vas a seguir divirtiéndote, jugando con él!
¿Por qué no? Cuando se entrega el corazón sin condiciones, no podemos quejarnos
demasiado de lo que sucede. Y él me entregó su corazón. Me quiere más que a sí mismo y sin ambages
me lo confiesa.
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Porque está ciego, porque no sabe quién eres. Si te conociera realmente, si yo le dijera de ti...
advierte sordamente Mónica. Y demasiado bien sabes lo que podría decirle.
Tú eres quien no lo sabes se enfurece Aimée. No puedes acusarme sino de tonterías, de
chiquilladas, de simplezas. No tienes una prueba contra mí, y te desafío a que me acuses sin pruebas. Ya
verás si te cree, ya verás contra quién se vuelve...
Contra mí, por desgracia acepta Mónica con profundo dolor.
Me alegro mucho que lo comprendas. Pero aunque fuera verdad, aunque lograras demostrarle
que soy indigna, ¿sabes lo que conseguirías con eso? ¡Que te odiase! ¡Porque matar su fe en mí es
condenarle a sentirse el más desdichado de los hombres!
De eso te aprovechas...
No hago sino defenderme. Buena eres tú para no hacerlo. Si desde niña no hubiera estado yo
alerta... Conmigo no te hagas la buena. Querrías verme muerta...
¡Con cuánta injusticia hablas, Aimée! Yo querría verte feliz, pero haciéndole feliz a él también.
Saber que eras capaz de ser honrada, digna, recta, de serle leal, totalmente leal...
¿De veras? ¿Sólo con estar segura de eso te considerarías dichosa? Que sea leal, ¿verdad?
Que sea sincera... Pues bien, voy a serlo. Es justamente lo que te prometo: no me casaré con Renato sin
estar segura de poder brindarle esa felicidad que tú quieres para él y que yo deseo para mí misma. Pero
cuando me case, si me decido a hacerlo, me harás el favor de dejarme tranquila. Es todo un pacto.
¿Aceptas? ¿Sellamos con un beso?
Acepto... pero no es necesario el beso.
Rencorosa, ¿eh? ríe burlona Aimée. Yo soy la que debiera estar enojada. Buena puñalada
trapera quisiste darme. Pero a mí no me importa. Eres la oveja blanca de las dos hermanas: la aplicada,
la noble, la prudente, la buena... Yo tengo algunas manchas, pero soy la más fuerte y no te guardo rencor
de ninguna especie. Y diciendo y haciendo, besa a su hermana.
Hijitas... vaya, menos mal. Es Catalina, que llega junto a ellas. Temí que siguieran
discutiendo. Es tan doloroso para mí verlas de esa manera, una contra la otra... Duelen tanto en el
corazón de una madre esas desavenencias... ¡Ay, si los hijos supieran...! Un suspiro llena el corazón
de la madre.
Mamá, por Dios, no te pongas romántica rechaza Aimée con alegre jovialidad. Ya pasó
todo; fue una nubecilla de verano. ¿Verdad, Mónica?, Pero ya verás cómo no vuelve a suceder. De ahora
en adelante, mi hermana y yo vamos a llevarnos maravillosamente: yo en mi casa y ella en su convento.
La situación ideal para no disgustarnos. Y si andando los años me sale a mí una hija casquivana y
coqueta, se la envío a su tía la abadesa para que la sermonee y...
¡Aimée! la interrumpe la voz de Renato que la llama desde el pasillo.
Creo que me llama Renato comenta Aimée; y luego, alzando la voz, responde: Aquí estoy,
querido. Entra.
Perdónenme ustedes se disculpa Renato desde el umbral. Sin duda, interrumpo una
conversación familiar, pero es el caso que mamá quiere hablarte en seguida, Aimée. A la pobre le ha
caído bastante mal la noticia del viaje de ustedes.
En dos minutos lo arreglo yo todo y la convenzo de nuestras magníficas razones asegura
Aimée. ¿No vienes conmigo, Renato?
Este se ha quedado mirando a Mónica, inmóvil frente a la pequeña maleta abierta, tan pálida, tan
frágil, con una expresión tan dolorosa en los labios, que un irresistible sentimiento de amistosa
compasión lo acerca a ella, y suplica:
No quisiera que te fueras disgustada conmigo, Mónica.
No lo estoy, Renato, ni habría razón para ello. Eres el mejor de los hombres...
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No lo soy, pero deseo serlo, para brindarle a tu hermana toda la felicidad que merece, para que
un día puedas mirarme como hermano, aunque no tengamos la misma sangre...
Con rápido gesto ha tomado la mano de ella, llevándosela a los labios, y luego marcha tras
Aimée...
Qué buen muchacho, Señor exclama Catalina. No lo hay mejor en el mundo entero. Yo
también voy a preparar las maletas.
Mónica ha quedado sola, inmóvil, sintiendo sobre la piel de su mano derecha la dulce y ardiente
sensación de aquel beso, el cálido deleite de aquella caricia que enciende de rubor sus mejillas... y
furiosamente se clava las uñas, borrando con sangre la huella de aquel beso...
17
ES UN GRAN honor su visita para mi, señorita, pero francamente no recuerdo...
No fatigue su imaginación, doctor Noel. Es la primera vez que nos vemos... de cerca. De vista
le conozco bastante. En Saint-Pierre, más o menos, todos nos conocemos, ¿verdad?
Yo no creo haber tenido el gusto hasta ahora.
Mi nombre es Aimée... Aimée de Molnar...
Ahora sí. ¡Acabáramos! Después de todo, no le falta a usted razón. De vista, más o menos,
todos nos conocemos. Conozco a su señora madre, y su señor padre, que en paz descanse, fue amigo
mío también. Pero, ¿en qué puedo servirla? En primer lugar, siéntese... Siéntese...
No hace falta; mi visita será muy corta...
Dominando sus nervios, mirando furtivamente a las ventanas y a las puertas de aquel viejo y
destartalado despacho, Aimée parece decidirse a jugar la peligrosa carta de su empeño. Lleva ya varios
días en Saint-Pierre inquiriendo inútilmente, preguntando en vano, deslizándose al borde de los
ambientes en que podría recoger alguna información, y al fin se ha decidido a visitar al viejo notario que
ahora, al contemplarla entre curioso y complacido, afirma:
La vi a usted algunas veces de niña, pero se ha transformado maravillosamente. ¿En qué
puedo servirla, hija mía? La veo nerviosa...
¡Oh, no! En lo absoluto... Mi visita es una tontería... Quiero decir que no es para nada serio.
Pasé cerca y pensé: Puede que el señor Noel sepa algo de mis encargos. No me entiende, claro.
Perdóneme. Es un enredo... Resulta que yo le había dado unas monedas al patrón de cierta goleta para
que me trajese de Jamaica perfumes ingleses.
¿Perfumes ingleses? ¿No nos envía Francia los mejores perfumes del mundo? Se
escandaliza el buen Noel.
Sí, sí... Claro... Pero no se trata de eso. Era un perfume especial el que yo quería... Un perfume
para caballeros... Y algunas camisas. Algunas de esas admirables camisas inglesas que no se parecen a
ningunas. Se trata de un regalo que quiero hacer. Un regalo para mi prometido. Estoy de novia, doctor
Noel. Me casaré muy pronto...
Pues felicito a su futuro. Pero siga su cuento: Usted dio unas monedas al patrón de una
goleta...
Para que me trajera perfumes de Jamaica. Pero el hombre no ha vuelto...
Y quiere usted demandarlo. ¿Tiene recibo?
¡Oh, no! Absolutamente. Creo que se trata de una persona de confianza. Me lo recomendaron
como tal. Pero nadie me da razón de él, y como alguien me informó que era amigo de usted...
¿Amigo mío un patrón de goleta? ¿Cómo se llama?
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El apellido no lo sé. Su barco se llama el Luzbel
¡Juan del Diablo! Pero es fantástico lo que usted me cuenta. ¡Juan del Diablo, comisionista de
perfumes!
Bueno... Era un favor particular el que iba a hacerme. Se lo rogué, accedió, le di el dinero, me
dijo que pronto estaría de vuelta, pero nadie sabe nada de él.
En efecto, señorita Molnar. Nadie sabe nada de él, ni creo que sabrá en mucho tiempo. Me veo
en la obligación de ser sincero, porque conozco a su prometido: conozco y quiero al joven caballero
Renato D'Autremont.
Doctor Noel... se atraganta Aimée con el nerviosismo de la sorpresa reflejada en su lindo
rostro.
Y no sé por qué me imagino que es él quien la envía.
¿Qué dice? apremia Aimée ya en el colmo del asombro.
Renato pertenece a la rara casta de hombres demasiado generosos, demasiado buenos. A él
le preocupa extraordinariamente la suerte de Juan del Diablo, y no le ha bastado con sacarlo de un apuro
recibiendo su ingratitud en pago. Ahora se empeña en saber qué ha sido de él, ¿verdad? Y como teme
un sermón de mi parte la manda a usted...
¿Yo... yo...? balbucea Aimée, sin acertar a comprender.
Mi linda señorita Molnar, mucho me temo que Juan, por el que confieso que siento afecto a
pesar de todo, esté metido en un asunto bastante feo. No oye consejos. Se ha empeñado en hacer
fortuna de repente. Con seguridad no sé lo que está haciendo, pero me temo que las autoridades se
hallen ya sobre aviso con respecto a él. No creo que pueda regresar, no creo que volvamos a verle por
Saint-Pierre en muchos años. Porque si volviera, es casi seguro que iría a parar al fondo de un calabozo.
¡Y Juan del Diablo no es tan tonto para eso!
Pedro Noel ha hablado dejándose llevar por sus sentimientos sin reparar apenas en el efecto que
sus palabras hacen en la linda muchacha que le escucha consternada, juntas las manos, agrandadas las
pupilas, conteniendo milagrosamente la oleada de desesperación que la envuelve. Al fin, Aimée de
Molnar se pone de pie y, más que hablar, sus labios balbucean:
¿Está usted seguro de eso?
Naturalmente. Dígale a Renato que no se preocupe más de él, que lo deje correr su suerte.
Bien dichosos podemos estar con que no lo ahorquen un día de éstos o le partan el corazón, de una
puñalada, en una riña de taberna. Que si hasta ahora ha salido bien de todos los enredos, no quiere decir
que esa suerte va a durarle siempre. Un día se le acaba, y ¡zas! un loco menos...
¿Cree usted que está loco?
Creo que fue muy desgraciado de niño y que esas cosas siempre dejan huella. Nació con una
estrella negra... Es una historia larga y confusa... Más vale que no hable de ella. ¿Para qué?
Es que yo quisiera saber... Si usted me lo dice, le doy mi palabra de no repetirlo a nadie... ni a
Renato siquiera. Bueno, la verdad es que él no sabe que he venido. Yo vine por mi cuenta, inquieta al
verle preocupado. Y también lo de los perfumes es cierto. Él me prometió volver... volver en cinco
semanas.
Espérelo cinco años... y acaso vuelva. ¿Sus encargos eran regalo para Renato?
Sí, pero no quiero que él lo sepa.
Mi consejo es de que se olvide de todo eso usted también.
¿Se olvidará también usted de mi visita?
Bueno... Si usted lo desea...
Se lo ruego. Me ha hecho usted un gran favor... un enorme favor...
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Sí, Renato, ve a buscarlas. Me parece muy buena idea. Ve a buscarlas y apresura las cosas.
Guíate siempre por tu razón, por tu criterio, que es el que debe prevalecer en el matrimonio. Malo es que
un hombre acceda en todo a los caprichos de una mujer. Ya sé lo que piensas: que cómo te hablo de
este modo, siendo yo mujer. Pues, porque eres mi hijo, Renato, y te sé blando, complaciente, tierno,
demasiado generoso, acaso demasiado enamorado...
Pero, mamá... Hay una repulsa en la voz de Renato por los conceptos de su madre.
Nadie nos oye. Creo que puedo serte absolutamente sincera. Tú sabes que nadie te quiere
más que yo. ¡Nadie!
Aimée me quiere...
Desde luego, hijo. En eso confío. Te quiere, no tiene por qué no quererte. Bien contenta puede
estar con su suerte. Te quiere, pero, además de quererte, debe respetarte, entender que su destino es
estar sujeta a ti, que su primer deber es complacerte. Aimée, que es deliciosa, me parece, sin embargo,
un poco inquieta, consentida y mimada en extremo. Una madre muy blanda, un padre ausente primero y
luego muerto... Su hermana mayor parece muy descontenta con ella. Y Mónica, a pesar de sus arrebatos,
me parece una persona excelente, sólida y recta.
Siempre la tuve como tal, pero ahora, sus nervios...
¿Cuál es el origen de esa enfermedad nerviosa?
No lo sé, mamá. A veces me parece que tal enfermedad no existe, que es una forma de
disculpar, de explicar un estado de ánimo hosco y hostil con todo el mundo, o al menos conmigo. No
quería decírtelo, pero ya que llevas las cosas por ese camino, más vale que lo sepas: Mónica no es mi
amiga desde que emprendí las relaciones con Aimée.
¿Tiraba ya para monja cuando eso?
No; su vocación religiosa apareció después. ¿Por qué me lo preguntas?
Por nada. A veces la imaginación va muy lejos y más vale no dejarla volar. En definitiva,
Renato, mañana sales para Saint-Pierre y las traes. Puedes quedarte allí dos o tres días, lo necesario
para activar los papeles de ella, que seguramente no te tomará más tiempo. Cuando vuelvas, todo estará
dispuesto. Quiero que te cases aquí, en nuestra vieja iglesia, donde te bautizaron, donde velamos a tu
padre, donde un día me velarás a mí también... Es nuestra tradición. Nunca amé demasiado a esta tierra.
Ahora creo que hice mal. Aquí está mi vida, puesto que está la tuya y estará la de tus hijos. ¡Quiero que
me des muchos nietos! Quiero verlos crecer sanos y alegres en tu Campo Real, y que la linda mariposa,
que es hoy tu novia, se convierta en la mujer fuerte y serena que yo soñé a tu lado. Quiérela, pero no la
abandones a su antojo. Guíala, sostenla, hazla a tu modo, modélale el alma para que sea tu mujer, no la
linda tiranuela en que amenaza convertirse. Que sea digna de tu amor, y estará en Campo Real como
una reina.
¿En Campo Real...?
Claro. ¿En qué piensas?
Aimée soñaba con vivir en Saint-Pierre, y yo le había prometido mandar reparar nuestra vieja
casa... Es tan joven, tan alegre... Me temo que se aburre demasiado en el valle.
¿Qué locura es esa? Poca confianza tienes en ti mismo sí piensas que puede aburrirse tu
mujer estando a tu lado. Bueno, ni una palabra más de esa tontería. Las obras que he mandado hacer en
el ala izquierda de la casa estarán a tiempo para que paséis allí una deliciosa luna de miel. A Saint-Pierre
podrá ir cuando tú la lleves de paseo. Este es el hogar de los D'Autremont, éstas son tus tierras y es aquí
donde ha de vivir la mujer que se case contigo.
Yo pienso como tú, mamá, naturalmente. Pero es duro comenzar por discutir con ella. No creas
que me falta carácter. Todo cuanto dices era también mi propósito. ¡Pero la quiero tanto! ¡Tengo tal
anhelo de verla feliz!
Ya lo sé. Y es contra la debilidad de tu gran amor contra la que te prevengo. Cólmala de amor,
pero exígele que te corresponda plenamente. Y si no estás seguro de poder hacerlo, no te cases con ella.
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Sí, madre. Me casaré y será tal como tú lo deseas: mi esposa, mi compañera en todo. Lo haré,
madre. Tengo que hacerlo, porque yo no podría vivir sin ella, porque la quiero más que a mi vida, y como
a mi propia vida defenderé el derecho de que sea mía totalmente.
¡Juan, Juan!
El nombre ha escapado, como un sollozo, de la garganta trémula de Aimée. Está sola en la playa.
Sola frente al mar siempre inquieto que baña las costas martiniqueñas. Sola frente a la tormenta de su
alma, frente a la marejada brutal de los recuerdos, y murmura:
"No volverás; no volverás nunca tal vez, y yo... yo...
Ha retrocedido hasta llegar a la entrada de la cueva, aquella gruta profunda, de piso de arena,
que huele a yodo y a salitre... aquella gruta, tálamo de su amor tempestuoso, que brindó a sus horas de
locura el verde terciopelo de sus algas y la frágil cortina de sus helechos. Ha entrado con paso
tambaleante. Sus rodillas se doblan, su cuerpo se inclina hasta que las manos trémulas cubren el rostro y
tocan otra sal: la de sus lágrimas. Es como una despedida dolorosa y cruel...
El nombre de Aimée suena a lo lejos, como la llamada de otros mundos, como el grito de la razón
que llega hasta la enamorada de Juan, despertando su instinto de combate, su egoísmo, su soberbia, su
anhelo de triunfar, su ansia de lujo, su sed de placeres:
¡Aimée...! ¡Aimée...!
Al solo recuerdo de su hermana, se alza la cabeza de Aimée, se yergue su torso con brusco
ademán altanero. No quiere que la encuentre así: humillada, vencida, llorando frente al amor que se fue.
No ha respondido a su llamada, pero ya Mónica se acerca. Ha visto el camino labrado a pico desde el
acantilado de piedra y ha bajado por él hasta la playa, buscando con sus grandes ojos anhelantes hasta
descubrir la entrada de la cueva, y corre a ella como impulsada por un presentimiento...
Aimée, ¿qué te pasa? ¿No me oías? ¿Por qué no me contestas? ¿Qué tienes?
Nada. ¡Estoy harta de que me persigas siempre!
Merecías qué no lo hiciera... Levántate, ven... Renato te espera en la casa. Lo que hayas
decidido, se lo dirás a él...
Aimée se ha levantado de un salto, trémula de sorpresa. Ha sentido como si el propio Renato la
sorprendiera allí, en aquel santuario de su amor por Juan, como si aquella mujer, celosa rival aun cuando
corra la misma sangre por sus venas, fuera capaz de adivinar su pensamiento... No, no perderá a
Renato. No lo perderá todo, tras el golpe cruel de haber perdido a Juan, y allí está Mónica dispuesta a
arrebatárselo, decidida a luchar quién sabe con qué armas... Mónica, en cuyos ojos arde la enorme
fuerza de su amor y de su voluntad. Pero Aimée está bien decidida, será más astuta, más rápida, aun
cuando la sorpresa la sacuda en este momento, y serenándose tras un esfuerzo supremo, inquiere:
¿Que Renato está en casa...?
Vino a resolverlo todo para la boda, pero si como me prometiste has hecho examen de
conciencia...
¡Oh, déjame!
Aimée ha cruzado ya la playuela, trepa por el sendero abierto entre los riscos, mientras Mónica la
mira alejarse como si una fuerza extraña la detuviera bajo el tosco arco natural que da entrada a la
cueva. Sus ojos recorren ésta con sorpresa. Con paso tambaleante se interna en ella. Jamás pensó que
la naturaleza pudiera brindar al hombre una estancia natural como aquélla, y cual un torbellino cruza una
imagen por su mente: la de Juan del Diablo... Recuerda su rostro curtido, su sonrisa desdeñosa, sus ojos
altaneros, su aire a la vez atractivo, natural y salvaje como el de aquella cueva. Ha presentido, ha
adivinado casi, pero rechaza aquella idea punzante, como quien rechaza un mal pensamiento, y
haciendo la señal de la cruz sobre su frente, sale siguiendo los pasos de Aimée...
¿Entonces, mi vida, no hay ningún inconveniente?
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Nunca hubo ningún inconveniente, Renato mío. Hoy mismo pensaba escribirte, buscar un
propio con quien enviarte unas líneas diciéndote que por mí todo estaba dispuesto.
Suave, tierna, sonriente, con aquella coquetería mimosa un tanto pueril con que suele dirigirse a
él, Aimée ha cortado las posibles preguntas de Renato diciendo que sí a cada palabra, a cada petición.. .
Mamá desea verlas en Campo Real cuanto antes...
Iremos cuando quieras, querido. Ya te dije que todo lo tenemos dispuesto, al memos mamá y
yo. De Mónica no sé y más vale que sea mamá la que le pregunte. Está tan nerviosa y tan rara en estos
días... No me extrañaría que no quisiera asistir a nuestra boda, que se empeñara en volver a su
convento... Aimée se interrumpe al ver a su hermana que ha llegado junto a ellos y, con voz casi
melosa, exclama: ¡Ah, Mónica! De ti hablábamos precisamente...
Ya te oí asiente Mónica con serenidad. Oí todo cuanto dijiste.
No quisiera que interpretaras mal... empieza a disculparse Aimée, pero Mónica la interrumpe
y puntualiza con toda claridad:
No creo que lo que has dicho se preste a ser interpretado. Está más claro que la luz del día:
esperas que vuelva al convento y que no asista a vuestra boda...
No espero; temo.. .
Iba a hacer la modificación, Mónica interviene Renato. Te aseguro que me darías un gran
disgusto negándote a estar junto a nosotros en un día que tanto significa, y no creo que las reglas de
ninguna orden, por severas que sean, te nieguen el permiso de asistir a la boda de tu hermana.
Por el momento estoy fuera de todas las órdenes y de todas las reglas del convento. Tengo
licencia por tiempo indefinido...
Pero, Mónica querida comenta Aimée, eso es algo completamente nuevo. Al menos,
nunca lo habías dicho.
No hubo ocasión. Solemos hablar tan pocas veces... Pero sí, hermana, estoy libre. Puedo ir a
donde me plazca y hacer lo que desee, inclusive decidir no volver al convento. Por algo se da tiempo a
las gentes antes de que hagan los votos definitivos. Hay cosas que requieren ser pensadas y meditadas
muy seriamente antes de decidirse a ellas. Sobre todo, el matrimonio y las órdenes religiosas, pues es
irreparable el daño que se hace a los demás, y a sí mismo, yendo a ellos indebidamente, sin una absoluta
seguridad de nuestros sentimientos.
Aimée ha apretado los labios, sintiendo que la sangre enciende sus mejillas, pero es demasiado
astuta para dejar escapar una palabra imprudente, para no desconfiar frente a la helada serenidad de
Mónica, que se dispone a salir del vetusto salón con una disculpa:
Con tu permiso, Renato. Tengo aún algunas cosas qué disponer. Quedas, naturalmente, en la
mejor compañía.
Menos mal. Tu hermana parece sentirse mejor comenta Renato sintiendo cierto alivio.
No sé qué decida soslaya Aimée con ira contenida. De las gentes lunáticas no es posible
fiarse. Siempre salen por donde menos se las espera. ¿Me permites también a mí un momento? Te
dejaré solo un minuto nada más...
Ha salido con paso rápido, ha visto a Mónica que se aleja hacia el jardín, con paso mesurado, y
corre tras ella, llamándola:
¡Mónica...! Mónica, quiero que hablemos en seguida.
Te estaba esperando precisamente para eso. Iba a llegar hasta un lugar del jardín donde
pudiéramos hacerlo a solas sin que nadie nos oyera.
Aquí nadie nos oye y necesito saber, inmediatamente, qué es lo que te propones.
Nunca me he propuesto más que una sola cosa: impedir que hagas desdichado a Renato,
salirte al paso en cuanto hagas contra él qué no sea claro, leal y diáfano. Puedo apartarme de tu camino,
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cederte el campo, pisotear mi corazón, ahogar mis sentimientos, anularlos hasta que desaparezcan, pero
no entregarte a Renato para que lo conviertas en un guiñapo con tus mentiras y tus astucias.
No soy mentirosa ni astuta como supones. Yo lo quiero también.
Eso juraste y eso creí un día: que le amabas; que, a tu manera, le querías, pero que había
verdadero amor en ti y que eras capaz de vivir por él y para él. Y decidí apartarme. Pensé que mi única
misión era ésa, que tenía el derecho de vivir sólo para mí misma, de buscar, en el convento, la paz que
me faltaba. Mas ahora las cosas han cambiado. No perdamos el tiempo en repetir lo que las
desbabemos. Renato te quiere con locura y, amándote como te ama, está en tus manos desamparado y
ciego...
Bueno, lo único que quiero saber es lo que te has propuesto. No creas que vas a hacerme vivir
bajo la amenaza de soltar la lengua diciendo tonterías.
Pues así has de vivir, aunque no quieras. Y no serán tonterías las que yo cuente... De ti sola
dependerá mi actitud, Aimée. Me prometiste reflexionar, ser sincera, hacer examen de conciencia, pesar
las cosas en la balanza de tu corazón...
Te prometí resolver, y he resuelto... He resuelto casarme con Renato, dedicarle mi vida entera,
ser dueña absoluta de mi familia, de mi casa, de mi vida y la suya, y no permitir que ni tú ni nadie
intervenga en lo que no le concierne. Te prometí tomar una determinación y es ésa. ¿Está claro? ¡Pues
vete ya a tu convento y déjame en paz de una vez!
Me iré cuando esté segura de que cumplirás tu promesa, pero no antes, Aimée. Es mi último
derecho, y no lo entrego, no renuncio a él. Hay demasiadas cosas oscuras en tu vida... pero puedes estar
tranquila, porque el pasado no voy a tenértelo en cuenta.
¿Qué sabes tú de mi pasado?
A ti no voy a decírtelo, Aimée. Sería tanto como quedar indefensa y eres una enemiga
demasiado peligrosa. No haré nada, no diré nada mientras te portes correctamente con Renato. Y en
último caso, tomo para mí el papel más ingrato: el de recogida, el de agregada. Quieras o no, seré junto a
ti como la imagen viva de tu conciencia.
Si piensas que voy a soportarlo...
Lo soportarás. Y además, no será por toda la vida.
Menos mal que le pones plazo a tu espionaje comenta Aimée con rabiosa ironía.
Precisamente. Cuando le hayas dado un hijo a Renato, me apartaré para siempre de ustedes.
Confío en que tu conciencia de madre te baste a partir de ese momento. Confío...
Perdónenme interrumpe Renato, que se ha acercado silenciosamente. Presentí que
estaban disputando y no pude quedarme en la sala. Tus últimas palabras me parecieron muy
interesantes, Mónica. Son las únicas que escuché y me gustaría saber a qué se refieren. Dijiste algo así
como: "Confío en que tu conciencia de madre te baste a partir de ese momento". ¿A qué conciencia te
refieres? ¿Eran dirigidas directamente a Aimée tus palabras?
Un gesto grave invade el rostro de Renato, dándole una expresión diferente a la que nunca
tuviera frente a Aimée. A pesar de su astucia, a pesar de su cinismo, ella ha temblado. Pero Mónica
sonríe... sonríe con perfecta sonrisa cordial, mientras apoya suavemente su blanca mano en el brazo de
su hermana para soslayar con tranquilidad:
Sí; pero no te pongas tan serio, hombre. Se trataba sólo de unos cuantos consejos de hermana
mayor, acaso un poco demasiado monjiles. Aimée es muy joven para casarse, y ésa ha sido la única
razón de mis temores hasta este momento. Comprendo que has interpretado mal las cosas por culpa
mía, pero ella me ha jurado una vez más que te adora y que vivirá para ti. Yo creo en sus palabras, creo
en ella... Es la mayor garantía de felicidad para los dos. Nada en el mundo me importa tanto como la
felicidad de ustedes, y acabo de prometerle a Aimée velar por ella...
¿Qué dices a esto, Aimée? interroga Renato volviéndose hacia ésta y contemplándola con
ternura.
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¿Qué puedo decir? Absolutamente nada... Me iré a disponer las maletas...
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¡COLIBRÍ! ¡COLIBRÍ!
Aquí estoy, mi amo. ¿Qué me manda a hacer?
Ven a ensayar las gracias con que vas a lucirte en Saint-Pierre.
En la puerta de la cabina del capitán, ágil como una ardilla, negro como el betún, alegre como un
cascabel, el nuevo tripulante del Luzbel se contorsiona en la más graciosa de sus muecas. Puede tener
doce años, y los grandes ojos brillan como luceros sobre la piel oscura y lustrosa. La redonda cabeza, en
la que el negrísimo pelo finge granitos de pimienta, gira como pudiera hacerlo la de un muñeco, y el
flexible talle se dobla en una burlesca reverencia de corte, que acompaña el más picaresco de los gestos.
Perfecto aprueba Juan, riendo. Así tienes que saludar a tu nueva dueña, y como para
entonces te habrás puesto tu traje nuevo, todo de terciopelo rojo...
¿De veras, mi amo? se entusiasma el llamado Colibrí. ¿Me va a regalar un traje nuevo?
¿Un traje colorado, con cascabeles?
Claro que si. ¿Cuándo te he dicho yo mentiras?
Nunca, mi amo. Me dijo que me iba a traer a su barco, y a su barco me trajo. Que aquí todos
los días iba a comer, y todos los días estoy comiendo. Que ya no iba a tener que cargar más leña, y ni
una astilla cargo. Pero también me dijo que me iba a dar un ramo de uvas, grande, grandote... y eso sí
que...
¡Bandolero...! Estás aprendiendo a pedir demasiado pronto, y eso no me gusta. Pero el ramo
de uvas, aquí lo tienes. Tómalo y lárgate.
Riendo, Juan del Diablo ha lanzado al aire el más hermoso racimo de uvas de cuantos hay en
una bandeja sobre la tosca mesa, y el muchachuelo lo atrapa con uno de sus rápidos movimientos,
huyendo después alegremente, como pudiera hacerlo un pequeño colibrí.
Está usted embobado con ese muchachuelo, patrón comenta el segundo de a bordo. No
sirve para nada en el barco, más que para distraer a la gente. Es fuerte y ágil. Pudiera ser un buen
grumete...
No quiero grumetes. No hacen falta en mi barco. Recluto hombres a quienes romperles el
pescuezo si no cumplen. No niños a quienes maltratar cuando a cada cual le venga en gana hacerlo.
Está bien acepta el segundo; y en seguida, cambiando de tono, solicita: ¿Puedo echarme
un trago, patrón?
¿Para qué? ¿No crees que bebiste suficiente?
Ya ni beber se puede en este barco.
Muy pronto beberás hasta caerte, cuando seas tú el patrón.
¿Pero es de veras que va usted a quedarse en Saint-Pierre? ¿Es en serio?
¿Cuándo te dije yo algo que no fuera de veras?
Lentamente, Juan se ha puesto de pie tras de rellenar su pipa de tabaco rubio y la enciende,
aspirando pensativo el humo azul y espeso. Lleva siete semanas en el mar, "su piel parece aun más
curtida que antes de emprender aquel viaje definitivo, sus cabellos rizados y oscuros se encrespan
rebeldes sobre la ancha frente, su mentón es cuadrado, firme, voluntarioso... Pero hay una expresión
diferente en sus grandes ojos italianos, y los carnosos labios ardientes y sensuales sonríen levemente a
la imagen lejana de una mujer.
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Hay que ver cómo ha cambiado usted, patrón.
¿Cambiar yo? ¿En qué?
En todo. Como si fe hubieran dado a beber una de esas pócimas que preparan en Haití, quién
sabe con qué yerbas.. Esas pócimas con que le roban a uno el alma... De ellos se dice que son
muertos...
Y yo estoy muy vivo, segundo. Además, soy rico. ¿No te das cuenta?
¡Humm! Creo que usted confía demasiado en ese poco de dinero que tiene.
No es poco. Basta y sobra para lo que quiero hacer.
Dejar el Luzbel, meterse tierra adentro refunfuña el segundo, ¿Quién ha visto eso?
Nunca hablé de meterme tierra adentro. Sobre las rocas del Cabo del Diablo haré mi casa,
recia como una fortaleza. Compraré las diez leguas de tierra que quedan detrás, un carruaje con dos
caballos, cuatro barcas para la pesca... Compraré después todas esas cosas bonitas que les gustan a las
mujeres: espejos, vestidos, perfumes...
Sólo piensa en eso. Lo que puede cambiar un hombre, Señor.
¿Y qué? La quiero y será mía para siempre. Nadie va a mirarla cuando sea mía. Nadie pondrá
los ojos en ella. Yo le daré todo lo que quiera, todo lo que pida, todo lo que sueñe...
Con una mina de oro no basta para tener contenta a una mujer, si es de las que les gusta el
lujo.
Y yo tengo una mina: ésta... el Luzbel. El Luzbel seguirá en el mar, contigo de patrón. Ya sabes
el camino de las buenas, cosechas...
Pero a veces las cosas se ponen muy malas. No se fíe de este viaje en que todo ha salido
bien. Ha tenido usted mucha suerte, patrón.
De ahora en adelante la tendré siempre. La estrella de Juan del Diablo no va a apagarse.
Pero puede ponerse roja de repente...
¿Para qué haces el papel de agorero? reprocha Juan francamente enfurecido.
Quisiera que pensara un poco más, patrón. No seria bueno volver por la Martinica en algunos
meses. A veces la policía se pone muy curiosa, y teniendo usted enemigos como los que tiene... .
¿Lo dices por mano cortada? Ese perro ladra, pero no muerde. A ése se le tapa la boca con
unas monedas. En Saint-Pierre, lo único que quedó fue una deuda... Una deuda con el ilustre Renato
D'Autremont... Se la pagaré hasta el último centavo y quedaré en paz con el hijo de doña Sofía.
Ha mordido la pipa mientras se cierra su recio puño. Tal vez un quemante recuerdo de la infancia
roza su alma, rayéndole la amargura a sus labios, pero otro más reciente vuelve de nuevo, suavizándolo
todo, y exclama:
¡Qué sorpresa va a llevarse ella! Se imaginará que vuelvo, pero no cómo voy a volver:
llevándoselo todo... todo... y un regalo especial... Colibrí llama imperioso.
¿Qué me manda, mi amo? Aquí me tiene.
¿Cómo vas a saludar a tu nueva dueña? A ver, haz la reverencia. Juan no puede contener
las carcajadas, ¡Magnífico! ¡ Perfecto! ¿Te comiste las uvas? Toma otro racimo, y lárgate.
El segundo ha bajado la cabeza. Juan deja atrás la única cabina de su nave, cruza la cubierta, se
apoya en la borda y su mirada de águila distingue, en la línea imprecisa del horizonte, la alta cima de
aquella montaña de laderas inaccesibles que hunde en las nubes su pico de fuego. Luego, su mano cae
sujetando al muchachuelo negro, enseñándole con extraña emoción la sombra de aquella cima que se ve
a lo lejos, y explica:
El Mont Pelee. Esta noche estaremos en Saint-Pierre...
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¡Pero qué preciosidad, qué cosa más linda! ¡Qué sedas, qué bordados, qué encajes...!
exclama Catalina con incontenible entusiasmo.
Sí, mamá, todo está precioso conviene Aimée con cierta frialdad.
¿Te gusta de veras tu ajuar? pregunta Sofía.
Claro, doña Sofía, tiene que gustarme, puesto que se tomó usted la molestia de hacerlo traer
de Francia para mí...
No, hija, no por eso...
Por eso también, aparte de que todo es lindísimo. Mi hija agradece en todo lo que vale su
interés y su cariño por ella Sofía.
Empeñada como siempre en demostrar hasta el límite su satisfacción y su gratitud, la bondadosa
y asustadiza señora de Molnar se deshace en elogios frente a aquella canastilla de boda verdaderamente
magnífica, que extienden sobre el ancho lecho de la futura pareja, las blancas manos de Sofía
D'Autremont.
Todo está listo, ya para aquella suntuosa boda, acontecimiento máximo en las tierras de los
D'Autremont en toda la isla de la Martinica. Durante la última semana, los sirvientes no se han dado
reposo. Hasta los trabajos del campo se han suspendido para atender a los de arreglo y embellecimiento
de la enorme finca, que luce ahora como nunca: pintada y decorada de nuevo, resembrados los jardines,
renovados adornos, colgaduras, cortinajes, brillantes como espejo los pisos pulidos. Hasta los caminos
que conducen allí han sido reparados. Todo el que es alguien en la Martinica asistirá a esa boda: desde
el Gobernador, con fueros de padrino, hasta el Obispo, que será el encargado de bendecir la unión.
¿No sería bueno ir guardando todo esto en el armario? propone Catalina.
Supongo que la doncella nueva puede hacerlo observa Aimée.
Claro que sí corrobora Sofía, Te he cedido a Ana, porque es magnífica: la mejor auxiliar
que puedes tener para el cuidado de tu persona.
Ha sido muy amable de su parte, doña Sofía, pero no era preciso. Ana era su doncella...
Yo tengo a Yanina y con ella me basta. Ana te será más útil a ti. Quiero cuidar personalmente
de todos los detalles de tu comodidad, quiero que seas feliz en esta casa, hija.
Aimée ha respondido sonriendo con vaga sonrisa. Cada día, cada hora que se acerca a aquella
boda suntuosa, se va sintiendo más intranquila, con un sordo presentimiento de angustia, con una
especie de violencia contenida para cuantos le rodean. Odia la actitud de su madre, la generosidad de
Sofía, la solicitud de los sirvientes, el rostro pálido y helado de Mónica, cuyas manos se mueven en
actitud febril tomando por ellas todas las iniciativas.
Dejen ahí la ropa. Yo la pondré en el armario.
No, Mónica, la arreglaré yo misma.
Tú tienes que arreglarte para esperar a Renato. Ya va a ser la hora en que suele venir.
Yo creo que tu hermana tiene razón, hijita interviene suavemente Sofía. Nosotras
arreglaremos el armario. Ve a tu cuarto y ponte muy linda para cuando regrese mi hijo.
Aimée ha obedecido por no replicar violentamente a Sofía. Como una autómata abandona la
alcoba que arreglan para ella, sale a la amplísima galería y se detiene frente a la balaustrada para mirar a
lo lejos aquellos tres picos del Cabet que dividen en dos la isla, encerrando a Campo Real en aquel valle
que es como una poza profunda y florida. Y un ansia repentina de huir, de cruzar la barrera de aquellos
montes y asomarse al mar abierto y limpio que se ve desde arriba, la sacude con un anhelo de libertad,
con un deseo violento de rebelarse contra la nueva vida que parece imponerle su destino. Y es el
recuerdo, como saeta de fuego traspasando su alma...
¡Aimée, mi vida! ¿Qué te pasa? ¿Qué tienes?
¿Eh? ¿Qué? Renato... tú...
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¿No me esperabas? ¿Te asusté?
No te esperaba. Pero, ¿por qué había de asustarme? replica Aimée, dominándose.
Por nada, mi vida, pero pusiste una cara extraña. Por eso te lo pregunté. ¿En qué pensabas?
Parecías angustiada y, por la expresión de tus ojos, hubiera podido jurar que tu pensamiento iba muy
lejos. ¿Y sabes lo que sentí de repente? Celos...
¡Pero qué loco eres, Renato! ¿Celos de quién? refuta Aimée, pretendiendo aparecer alegre.
No lo sé y espero no llegar nunca a concretar mis celos contigo. Creo que sería un tormento
superior a mis fuerzas. Junto a ti, viviendo el uno para el otro como ya vivimos, me basta verte como
ahora, la mirada perdida, fruncido el ceño, para tener la absoluta necesidad de saber en seguida a dónde
voló tu pensamiento.
¿A dónde ha de volar, tirano mío? Se me hacen eternas las horas en que me dejas sola.
¿Dónde estabas? ¿Por qué te pasas tanto tiempo por ahí, Dios sabe dónde?
Dios... y tú lo sabes también. Hoy crucé el desfiladero para ir a las tierras del otro lado, donde
están las plantaciones de caña y el ingenio.
Sí. Le oí hablar de eso a doña Sofía. Parece que es una obra de mucho mérito que ha
emprendido Bautista. ¿No se llama Bautista el administrador de ustedes?
Sí, desde luego. Bautista se llama. Pero no estoy de acuerdo con la forma en que se han
hecho las cosas.
Tu madre dijo que eso estaba dejando dinero.
Tal vez. Pero las condiciones de vida de esos infelices no son adecuadas. Duermen hacinados
en unos barracones sin luz y sin aire, trabajan de seis a seis, con sólo media hora para comer, en este
clima agotador. ¿Comprendes? Hay algunos enfermos, verdaderamente enfermos, y ni siquiera están
aislados de los demás. Es preciso hacer viviendas nuevas, canalizar un arroyo... Pero te estoy
aburriendo, ¿verdad?
No responde Aimée en tono indiferente. Pero pensé que en estos días, tú no estarías
ocupándote de nada de eso, sino de cumplir cuanto me has prometido. ¿Comenzaron ya las
reparaciones en la casa de Saint-Pierre?
No ha habido tiempo, pero la casa de Saint-Pierre será reparada.
¿Cuándo? No estará a tiempo para que pasemos allí la luna de miel.
No será sólo una luna de miel lo que tú y yo vivamos, Aimée, sino muchos años de felicidad.
Ya verás. De momento, no podíamos desairar a mamá que mandó arreglar, especialmente para nosotros,
el ala izquierda del edificio. ¿No te gusta nuestro departamento?
Sí, desde luego. Al fin y al cabo, para veranear está bien. Porque, según me prometiste, donde
viviremos es en Saint-Pierre. ¿O es que no te acuerdas?
Me acuerdo de todo, Aimée, y habrá tiempo para hablar de ello. Por el momento, si me lo
permites, voy a saludar a mamá. Después he de hablar con Bautista. Es urgente, hay que resolver algo
con esos enfermos. Hubiera querido hablarte de ellos, Aimée...
No, por Dios. Era lo único que me faltaba. Pero ahí tienes a Mónica; por ahí viene... A ella
puedes describirle todas las dolencias de tus cortadores de caña. Tiene la paciencia que se necesita para
el caso. Yo te confieso que no la tengo. Cuando hayas agotado el tema, tomaremos juntos una taza de
té.
Aimée... reprocha Renato, extrañado de la actitud despreocupada de su novia.
Hasta luego saluda Aimée, alejándose. Y a su hermana, que va llegando, le advierte:
Mónica, te habla Renato.
¿Querías algo de mí, Renato? pregunta Mónica.
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Según tu hermana, abusar de tu paciencia. Trataba de hablarle de una especie de epidemia
que se ha presentado en el valle chico, donde están las plantaciones nuevas y el ingenio, pero no quiso
escucharme. Le molestan los enfermos, y es natural. Entonces, esa linda muñeca traviesa, burlándose un
poco de nosotros, me envió a molestarte a ti al ver que te acercabas.
Pues si puedo servirte en algo, Renato, habla. A mí no me molesta. Al contrario...
Sé que eres lo bastante bondadosa para escucharme: pero si Aimée no quiso hacerlo...
Somos diferentes. Además, ella sólo piensa en su próxima boda, lo cual es natural, ¿no te
parece?
Si; naturalísimo. He sido inoportuno tratando de tocar con ella ese tema, pero te confieso que
en estos asuntos me encuentro un poco solo. Mi madre no comparte mis ideas, está ciega con respecto a
Bautista, cree cuanto él dice y aprueba cuanto él hace...
Pero tú eres aquí el verdadero dueño, el amo, el que ha de disponer.
Y así lo haré, aunque de momento prefiero hacerlo sin violencias para no disgustar a mi madre.
He pensado en otro administrador para la hacienda; Mejor dicho, en repartir entre dos el trabajo de uno.
Para hacer cuentas y calcular gastos y fletes, lo mismo que para los asuntos legales, he pensado en el
doctor Noel: un hombre honrado a carta cabal, inteligente y bondadoso. Para estar en el campo,
luchando con los trabajadores, necesito otro tipo de hombre: joven, enérgico, decidido, pero con ideas
liberales, con generosidad para los que trabajan, con comprensión para los que sufren...
¿Y tienes también candidato para ese puesto?
Hay uno que pudiera serlo si quisiera, pero habría que conquistarlo. Se trata de un amigo de la
infancia que creció áspero, díscolo como un gato montes. Además, es muy poco probable que acepte.
Pienso ocuparme de eso más adelante.
Pero antes dijiste que tenías un problema urgente.
Sí. Los enfermos. Sospecho que las condiciones sanitarias en que viven y trabajan son peor
que malas. Hay una especie de epidemia entre los cortadores de caña y los trabajadores del ingenio.
Quisiera, por lo menos, separarlos de los demás, prestarles un poco de asistencia médica. En fin, no sé,
no sé. Pensé dejarlo todo para después de la boda, mas temo que el mal sé extienda demasiado.
¿Quieres que me ocupe yo de eso? ¿Dónde es el asunto?
Me parece excesivamente duro para ti, pues el lugar se halla a más de tres leguas y los
caminos están endiablados por las últimas lluvias. No creo que un coche pueda pasar hasta allí. Yo he
tenido que ir a caballo.
Pues a caballo puedo ir yo también. ¿Quieres disponer uno para mí?
Dispondré un caballo, un sirviente para que te acompañe y una orden escrita para que te
obedezcan en todo cuanto ordenes apoya Renato alegremente. ¡Qué buena eres, Mónica! ¡Cómo te
lo agradezco!
Ha estrechado sus manos, se ha alejado después con paso rápido y alegre, mientras Mónica
sonríe, saboreando la hiél de su martirio, clavándose más hondo la espina, que le hiere, como si apretase
a su corazón las cuerdas de un silicio cruel, y susurra:
Pasará todo el día junto a ella. Le dará, a todas horas, su amor y sus besos. Así será. ¡Así lo
quiero...!
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MÓNICA SE HA detenido, pálida de angustia, frente al hueco, que es la puerta de aquel barracón
enorme y fétido, cuyo vaho insoportable la obliga a detenerse. Apenas puede creer lo que sus ojos ven,
tan rudo es el contraste que ofrecen el paisaje magnífico y el fondo sórdido de aquella vivienda miserable.
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Tal vez aquel que llaman pequeño valle sea más lindo y risueño que el hondo y perfumado que es centro
de Campo Real. A un lado se agrupan los bosques de áloes, caobos y cedros; al otro, el pañuelo verde
de la caña se pierde hasta donde la costa, cortada de repente, se rompe bruscamente para hundirse en
el mar azul. Al frente, con sus paredes de ladrillos, su actividad febril y sus humeantes chimeneas, el
pequeño ingenio primitivo que hace tintinear las monedas de oro en las repletas arcas de los
D'Autremont.
Mónica ha hecho un esfuerzo para cruzar sobre aquel umbral, y apenas puede creer lo que sus
ojos ven: el techo y las paredes son de palmas mal unidas; el suelo, de tierra; no hay más muebles que
algunos cajones y banquetas rústicas; cuelgan de algunos postes hamacas destrozadas y mugrientas, y
tirados sobre sucias esteras, peor que bestias, las largas filas de los trabajadores enfermos, sin luz, sin
aire, sin un cántaro de agua fresca al alcance de su mano, sin una sombra de piedad humana que sea
capaz de penetrar en aquel infierno...
Señorita... ¿pero adonde va usted? Salga... salga, que se va a sofocá. Esto no lo aguanta toa
la gente.
Un anciano de piel color carbón y encrespados cabellos casi blancos se ha acercado a ella, entre
tímido y asustado. Se apoya en una especie de muleta rústica y arrastra con dificultad las hinchadas
piernas, pero en su mirada tristísima, de humillado de siglos, hay una chispa de bondad ingenua que se
ilumina contemplando la frágil belleza de aquella mujer que no retrocede.
No vaya más pa dentro, señorita. Estas cosas no son pa ver esto. Aquí no puede entrar. Yo le
contaré lo que pasa, allá afuera...
¿Quién es usted?
¿Quién he de ser? Saúl, el curandero... Me llamaron para que los curara con mis yerbas, pero
el mal no hay quién lo pare. Ayer había como cuarenta hombres enfermos, y hoy pasan de ochenta.
Naturalmente, puesto que están junto con los sanos. Esto no puede ser, necesitan médico,
medicinas, gente que los atienda, aire, espacio... Pero, ¿por qué están en este abandono? ¿No tienen
familia? ¿No hay una mujer que lo ayude a usted?
A Vallecito vinieron los hombres solos; las mujeres y los, muchachos están recogiendo Café en
el otro lado. El señor administrador ha prohibido que vengan dice que hacen mucha falta por allá, y...
¿Qué es esto? interrumpe Bautista, acercándose.
¡El señor administrador! se asusta el negro Saúl. Un silencio profundo se ha hecho
repentinamente en el ancho barracón. Hasta los más enfermos han callado, conteniendo el aliento.
Algunos se han incorporado, otros han vuelto con esfuerzo la cabeza para mirar el duro rostro del
capataz, que los recorre con una mirada de desprecio y de ira, para volverse luego impaciente a la
importuna visitante y ordenar:
¿Quiere hacerme el favor de salir de aquí, señorita De Molnar?
No, Bautista. Vine para ver esto... y para tratar de remediarlo. Ya veo que es infinitamente peor
de lo que pensé.
¿Y cómo quiere usted que sea, si a estos haraganes les ha dado por fingirse enfermos?
masculla Bautista con ira. Después, alzando la voz, amenaza: ¡Se les descontará el jornal a los que no
trabajen! ¡Arriba, holgazanes!
Mónica ha palidecido aún más, ha recorrido con la mirada las largas filas de desdichados que
apenas se agitan un momento bajo la ominosa voz del capataz. Algunos han hecho el ademán de
incorporarse, para volver a caer. Cerca de la puerta hay uno inmóvil, con las manos cruzadas con los ojos
abiertos, y en él se detiene con espanto la mirada de Mónica, para volver relampagueante de ira hacia
Bautista, espetándole:
¿Pretende usted que se levanten también los muertos? ¡Usted no tiene corazón ni conciencia!
¡Me está usted insultando! ¡Basta, señorita! Salga usted de aquí... Aquí soy yo el que manda.
No tiene usted derecho...
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¡Mire usted si esta orden, escrita por mano de Renato, sirve de algo! Aquí manda qué se me
obedezca y no voy a quedarme con las manos cruzadas. ¡Lo que voy a ordenar es en nombre suyo!
¡A mí no tiene nada que ordenarme!
¡Pues a quien acá! Esta orden abarca a todo el personal del ingenio.
¿Por qué no llama usted a los caporales, señorita? insinúa el viejo negro.
¿Quieres callarte, imbécil? ordena Bautista, furibundo. ¡Si vuelves a abrir la boca, te...!
¡Haga el favor de reportarse, Bautista! ataja Mónica con gesto severo.
Haré algo más, señorita Molnar. Daré cuenta de esto al ama inmediatamente. Y si ella sostiene
las locuras de su hijo, no estaré ni una hora más en Campo Real.
Si las cosas son de esa manera, creo que no le falta razón a Mónica.
¿Pero es posible que la señora diga eso? se encrespa Bautista, dominado por la sorpresa y
la ira.
¡Algún día tenía la señora que darse cuenta de los procedimientos de usted! estalla Renato
en un arrebato de furia.
¡Pues en ese caso, estoy de más en Campo Real!
¡Naturalmente! acepta Renato.
Cálmate, Bautista, y tú también, Renato. Te lo ruego... interviene Sofía en tono conciliador.
¡La señorita Molnar me ha insultado, me ha desautorizado delante de más de cien hombres!
se queja Bautista. ¡Tendré que hacerles apalear a todos si quiero que, de hoy en adelante, me
respeten!
Tendrás que callarte, y es lo mejor que puedes hacer aconseja Sofía con gesto severo.
Eres magnífico para nosotros, Bautista, ya lo sé... pero acaso extremas la dureza con los trabajadores, y
a eso es a lo que mi hijo se refiere.
A lo que yo me refiero... empieza a decir Renato; pero su madre le interrumpe, para suplicar:
Te ruego que me dejes acabar sin enfurecerte, Renato. Estamos solamente a horas de tu
boda... ¿Por qué no aplazar esta discusión para más adelante?
Desde el día que llegué estoy aplazándola protesta Renato.
Si el señor Renato quiere que yo me vaya inmediatamente. .. indica Bautista con hipócrita
humildad.
De ninguna manerarechaza Sofía. Te estimo demasiado para perderte, Bautista. Creo que
muy bien podemos compaginar las cosas.
¿No te das cuenta, mamá, de que Mónica ha sido demasiado buena, demasiado abnegada,
aceptando realizar lo que yo debí hacer por mí mismo?
Es cierto. Ha tenido un rasgo hermoso, que le agradezco profundamente. Me hubiera
encantado que ese rasgo fuera de tu Aimée; pero, al fin y al cabo, es igual acepta Sofía; y dirigiéndose
a su sirviente, suplica: Bautista, te ruego que obedezcas en todo a Mónica, en lo que se refiere a los
enfermos.
¡Pero ha ordenado una serie de locuras...! Quiere que se fabrique para ellos un barracón
aparte, con ventanas a lo largo de las paredes, camas con sábanas, mesitas de noche dónde poner el
agua y las frutas de que, según ella, deben alimentarse esos holgazanes, y también ha mandado a
buscar un médico a Saint-Pierre y pretende que lo tengamos para siempre en Campo Real.
Es una idea que tengo yo desde hace tiempo asegura Sofía.
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También pretende quitarme media docena de las mujeres que trabajan en las plantaciones
para que cuiden de ellos, y ha hecho una lista de diez pliegos con las medicinas y las cosas que dice
necesarias.
Todo cuanto ha ordenado Mónica se cumplirá al pie de la letra. ¿No te parece bien, Renato?
Renato no responde. Cruzados los brazos, frío y duro el rostro, parece contenerse para no
estallar con demasiada violencia. Sin aguardar la respuesta, la señora D'Autremont se vuelve a Bautista:
Hazme el favor de hacer cuanto he dicho, Bautista. ¡Ah! Y no olvides de presentar tus excusas
a la señorita Molnar por haber sido descortés con ella. Es una orden y, además, un ruego.
Como la señora ordene accede Bautista deteniendo el freno y alejándose.
Bueno... suspira Sofía. Solucionado el lamentable incidente. ¿No te parece, hijo?
No, madre. El mal está mucho más adentro, y más adentro he de llegar para curarlo. Sin
embargo, tú misma lo dijiste antes: estamos sólo a horas de mi boda. Creo que, efectivamente, es
preferible aceptar ese último plazo.
Como tú quieras. No pienso interrumpir tu camino. Quiero sentirte y verte como amo y señor de
Campo Real.
Lo seré, madre. Ten la absoluta seguridad de que lo seré.
En este momento iba a salir para las plantaciones, Mónica.
¿De veras? Supongo que ya llegó por aquí Bautista.
Sí. Llegó, habló con mi madre y perdió la primera escaramuza.
¿Es posible, Renato? ¿Lograste...?
Mi madre te da la razón y te agradece infinitamente lo que has hecho. Como cuando éramos
adolescentes, me has dado la inspiración, la norma, me has marcado el camino de lo que hay que hacer.
Ya sabía yo que, con tu ayuda, todo podría lograrse. Y lograremos la transformación absoluta, total... Sí,
Mónica. Gracias a ti, el paraíso de los D'Autremont no tendrá ya rincones de infierno.
Sin que ella pueda evitarlo, Renato ha llevado a los labios las manos de Mónica, besándolas con
gratitud, con ternura, con un entusiasmo juvenil e ingenuo que la estremece toda, haciendo retroceder
vertiginosamente el tiempo hasta los días ya lejanos de la adolescencia en los que ella fuera, para él,
hermana, amiga, guía y consejera... En los que él fuera para ella el sueño sublime de un amor ideal. Sin
embargo, bruscamente aparta las manos cuando la linda figura de Aimée aparece tras ellos, y
acercándose comenta en son de broma algo picante:
¿Qué es esto? Mi señor prometido parece sentir verdadero entusiasmo por mi hermana la
abadesa...
Ni siquiera soy monja, hermana. Todavía no... Desde luego, las dos seguiremos el camino que
nos hemos trazado...
Le daba las gracias a Mónica con todo el entusiasmo de mi corazón, Aimée explica Renato
. Gracias a ella va a ser realidad la primera obra de humanidad y de justicia de cuantas deseo introducir
en Campo Real. Pero no tenemos tiempo qué perder. He de vigilar que se cumplan en seguida todas las
cosas que has mandado, Mónica. Tú debes estar rendida y es conveniente que te tomes unas horas de
reposo.
No estoy rendida. Sería el colmo que tan pronto me cansara. En efecto, hay mucho qué hacer y
no pienso darme un punto de reposo hasta que la mayor parte, al menos, se haya realizado. Quiero
hablar con doña Sofía y volver inmediatamente a las plantaciones.
Como quieras, Mónica. Y ahora, perdónenme las dos, pero tengo que irme. Hasta luego...
Apenas has estado conmigo, Renato se queja Aimée.
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101
Hay tiempo, Aimée. Hay mucho tiempo asegura Renato, al tiempo que se aleja dejando solas
a las dos hermanas.
¡Imbécil! masculla Aimée entre dientes.
¡No! reprueba Mónica como en un lamento.
¡Sí! Es un imbécil. Claro que tú estás bañándote en agua de rosas.
En agua de espinas en todo caso, hermana. Quisiera pensar que eres sincera, que le amas lo
bastante como para sentir celos.
¿Celos de ti? rechaza Aimée con fingido desdén.
Sería absurdo, desde luego. No te preocupes. Sólo tomo la parte que tú no quieres: fatigas,
desvelos...
Y toda la gratitud de Renato, claro está.
Tú tienes todo su amor. No te quejes...
No soy de las que se quejan, sino de las que se defienden. Mañana, cuando se haya casado
conmigo, ya verás como todo es diferente.
Es lo único que espero, lo único que deseo. Y ahora, con tu permiso... Vete a tus perfumes, a
tus encajes y a tus sedas. Yo vuelvo a mis desdichas, a mis llagas y a mis enfermos. No vamos a
tropezar más, hermana. Tenemos caminos bien diferentes.
¡Pasamos el banco! exclama Juan del Diablo, alborozado. Y acto seguido, ordena: ¡Arríen
la vela del palo de mesanat ¡Dos hombres a babor, listos para achicar el agua...!
¿Qué va a hacer, patrón? se alarma el segundo de a bordo.
¿No lo estás viendo? Virar a la izquierda.
¡Pero nos vamos contra las piedras! ¡No aguantamos, hay mucho viento...!
¡Arriba la vela del trinquete! grita Juan, haciendo caso omiso de la observación de su
segundo. ¡Arriba la mayor!
Un golpe de mar violentísimo ha azotado sobre el costado de babor, barriendo la cubierta,
haciendo rodar, a su bárbaro empuje, a dos de los mojados marineros que como autómatas obedecen a
la voz de su capitán. En seguida, otro golpe sacude el barco, haciéndole tomar la posición que perdiera, y
como un potro fogoso, a quien se le clavaran las espuelas, salta el Luzbel dejando a un lado los arrecifes
para entrar triunfante e ileso en el abrigo que le prestan los farallones de la costa.
Si no lo veo hacerlo, patrón, no lo creo.
Pues ya lo has visto observa Juan sin dar mayor importancia al asunto. Luego, alzando la
voz, ordena: ¡A tu puesto, timonel! ¡Arríen el foque! ¡Listos para lanzar el ancla! ¡Un bote preparado
para tomar tierra!
¿Ahora mismo? No puede ser... refuta el segundo.
¿Cuándo te olvidarás de decir eso? ¡Un bote para saltar a tierra!
¿Con cuántos hombres para el remo, patrón?
Conmigo basta...
20
¡QUE LINDA ESTAS, hija... pero qué linda! Mírate un momento en el espejo...
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102
Las blancas manos de Sofía acaban de prender la corona y el velo sobre los brillantes cabellos
de azabache de Aimée de Molnar, mientras Catalina sonríe emocionada y las tres doncellas arreglan
cuidadosamente los pliegues sobre la larguísima cola del traje de desposada.
Ya puede sentirse feliz mi Renato... y orgullo el padrino que va a llevarte del brazo al altar.
Aquí está tu rosario y tu pañuelo. Que Dios te bendiga, hija mía. ¡Qué linda estás... qué linda
eres! se entusiasma Catalina de Molnar.
El último alfiler de la cuidadosa toilette ha sido prendido, y las mujeres, que llenan la amplia
alcoba, rodean a la novia entre comentarios y cuchicheos. No hay duda que Aimée está más linda que
nunca en estos momentos. Por rareza están pálidas sus mejillas siempre sonrosadas, y en el rostro color
dé ámbar brillan, más ardientes y profundos, los grandes ojos negros. Tiembla la boca roja, trémula como
un botón de rosa encarnada, y hay, a pesar suyo, un fulgor de profunda satisfacción en las pupilas
cuando al mirarse en la luna de Venecia, que le devuelve su imagen, se halla a sí misma codiciable y
bella. Saliendo de su momentánea abstracción, pregunta:
¿Ya es la hora?
Hace rato... pero déjalos que esperen aconseja Sofía. Hoy, aquí, la única persona
verdaderamente importante eres tú, Aimée.
Esta ha sonreído, escuchando el murmullo elegante que llega hasta ella. Jamás la casa
D'Autremont, ni en sus mejores tiempos, pareció más brillante que aquella noche. Como un ascua
relucen sus mármoles, sus bronces, sus espejos, sus adornos de Sévres, sus vajillas de plata... Las flores
desbordan en todos los floreros y forman un camino perfumado desde la escalinata de piedra hasta la
pequeña iglesia blanca, a cuyos flancos se agrupan los trabajadores de Campo Real y de las fincas
vecinas, los cocheros y lacayos de los caballeros que llegaron de Saint-Pierre, los campesinos de
muchas leguas a la redonda... Dos filas de criados, sosteniendo en alto antorchas, iluminan el trecho, que
una noche nublada hace profundamente oscuro. De pronto, Aimée se vuelve a la señora Molnar e
indaga:
¿Dónde está Mónica?
¿Mónica...? balbucea Catalina. Pues... pues no sé. Supongo que...
Aquí la tienes señala Sofía.
En efecto, Mónica se acerca, y es la única que no ha cambiado de aspecto: con su eterno traje
negro de mangas largas y alto cuello, con sus rubios cabellos peinados con la misma sencillez de
siempre, con el pálido y exquisito rostro sin afeites donde el cansancio dejó su huella, con sus grandes
ojos a la vez puros y profundos, altivos y sinceros. Y dirigiéndose a Sofía, explica:
El padrino está en la puerta esperando a Aimée. Y Renato le ruega a usted que ponga en sus
manos esto.
Ponlo tú misma, hija mía, no faltaba más. Sofía ha sonreído afectuosamente, observando, tal
vez con el deseo de adivinar sus pensamientos, aquel bello rostro enigmático. Pero Mónica, sin vacilar,
pone el blanco y perfumado ramo de novia en la mano de Aimée, al tiempo que indica:
El último detalle, hermana. Ya no te queda sino ir hasta el altar.
¿No me deseas buena suerte? pregunta Aimée con un rumor de sorna en la voz.
Con toda el alma, hermana afirma Mónica con la mayor sinceridad.
Lentamente se acerca al altar la bellísima novia, apoyada la mano en el brazo del viejo
Gobernador, que parece imponente bajo la bordada casaca de su uniforme de gran gala. La flor y nata de
Saint-Pierre, de la isla entera, está en estos momentos bajo el techo de la iglesia de Campo Real, que
brilla como una llamarada de oro bajo la luz de millares de velas. Junto a Renato, lánguida y pálida bajo
el severo traje negro, Sofía D'Autremont vive el minuto de emoción intensa que le da aquella boda,
mientras los ojos de Renato, fijos en Aimée, la miran como si con ella se acercase toda la dicha del
mundo.
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103
Aimée de Molnar y Bixet-Villiers, ¿quieres por esposo a Renato D'Autremont y Valois?
Si quiero...
La mano del sacerdote se ha alzado para bendecir aquellas dos frentes que se inclinan junto al
altar, y en el silencio de las respiraciones contenidas vibra la emoción de aquel minuto, tan distinta en los
diversos corazones... Hay lágrimas en los ojos de Sofía y en los de Catalina; hay una sonrisa bondadosa,
indulgente, de madurez, en los labios del hombre que representa la autoridad de Francia en la lejana isla
tropical; hay una plenitud de dicha pura en las claras pupilas de Renato; hay un extraño fulgor enigmático
en los ojos de Aimée... y un poco apartada de los demás, junto a la puerta lateral del templo, las manos
sobre el pecho, como si quisieran contener el latido desorbitado de aquel corazón que ahoga su dolor en
silencio, Mónica asiste a la ceremonia, casi como ausente. Sus labios están resecos y febriles; sus ojos,
envidriados de tristeza, no saben ya de llanto; sus rodillas se doblan suavemente, como si fuera mucho
para ellas el frágil peso de su cuerpo; y el pensamiento; que se quema en sí mismo, que arde
alumbrando y consumiéndose como las velas del altar, se reconcentra en dos palabras que son una
oración:
¡Dame fuerzas, Dios mío... dame valor y dame fuerzas...! ¡Ya brilla el aro de desposada en el
dedo de Aimée, ya cayeron sobre la bandeja de plata las trece arras de oro, ya la mano del sacerdote se
alza de nuevo y sus labios van susurrando:
Las casadas están sujetas a sus maridos como al Señor, por cuanto el hombre es cabeza de la
mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia. Vosotros, maridos, amad a vuestras mujeres, así como
Cristo amó a su Iglesia y se sacrificó por ella, porque está escrito en el Segundo Libro del Génesis,
Versículo 24: ''Dejará el hombre a su padre y a su madre, y se juntará con su mujer y serán los dos una
misma carne". Cada uno de vosotros, pues, ame a su mujer como a sí mismo, y la mujer obedezca y
respete a su marido... Unidos para siempre quedáis, hijos míos, con el santo y fuerte lazo del matrimonio,
más fuerte aún en los que, como vosotros, tenéis el deber de dar ejemplo. Que sea vuestro hogar el
modelo para los que menos saben y menos tienen. Que sea vuestra vida espejo y norma de virtudes
cristianas, de bondad y prudencia, y sean la paz y la felicidad en este mundo, y la salvación eterna en el
otro, los premios que el Señor os otorgue. Amén.
Sin fuerzas para acercarse, Mónica ha escuchado los saludos, los parabienes; ha visto los
abrazos, las manos que se estrechan, y ahora, transida de un dolor sin nombre, ve cruzar a Aimée, del
brazo de Renato, por la estrecha senda de flores que lleva a las puertas de la iglesia, y les mira alejarse y
perderse, como si toda la luz del mundo se apagara de un golpe, como si se abriese la tierra para
tragarse toda la belleza de la vida, como si perdiera en un instante toda su razón de existir, y en voz baja,
reza:
Hágase, Señor, Tu voluntad, así en la tierra como en los cielos...
La luz deslumbradora y violenta del rayo cercano es lo único que alumbra la playuela desierta, los
altos acantilados de rocas, el mar enfurecido, todo aquel imponente concierto de naturaleza salvaje y
desencadenado, que hace sonreír a Juan del Diablo, como si con todo ello escuchase la vieja música
terrible que envolvió su infancia: El Cabo del Diablo, el pedazo de costa más áspera de todo el litoral, y
aquella anónima playuela escondida, desconocida, casi inaccesible, que es para él entrada exclusiva y
secreta a la cercana ciudad de Saint-Pierre.
A una sola flexión de sus brazos de Hércules, ha metido el bote playa adentro, librándole de la
posible furia del mar. Va a echar dentro los remos cuando algo se mueve bajo el banco, e indaga airado:
¿Qué, es eso? ¿Quién está ahí?
Soy yo, patrón...
¡Rayo del infierno! ¿Y qué demonios viniste a hacer? ¿Cómo te metiste ahí? ¿Por qué hiciste
eso? ¡Contesta!
Yo quería venir con usted, patrón... quería conocer a la ama nueva...
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Entrometido pretende regañar Juan, pero su voz desdice su gesto. ¿Quién te dio permiso
de desobedecerme? ¿Y si se hubiera volcado el bote antes de llegar a tierra?
Con usted no se vuelca. Y si se vuelca, yo sé nadar también. Me sé tirar desde lo más alto y
llegar hasta el fondo buscando una moneda.
Ya... Supongo que has tenido que buscar monedas hasta en el fondo del infierno acepta
Juan. Y adoptando un gesto severo, rezonga: Pero cuando yo doy una orden es para que se cumpla.
Dije que bajaría solo y tú fuiste a esconderte en el bote.
Yo ya estaba aquí, patrón. Desde por la tarde me había metido para que me trajera. Yo quería
venir con usted. Si necesita algo en tierra, ¿quién va a servirle, mi amo?
Bueno, está bien. Colibrí. Ven, trepa por aquí... Vas a conocer la buena tierra de la Martinica, y
vas a ver a la ama nueva...
Juan ha empezado a subir los acantilados con paso firme y rápido, y el pequeño Colibrí le sigue
con gran esfuerzo, hasta que de pronto advierte con entusiasmo:
¡Allá hay luces, patrón!
¡Quieto! No es allí donde vamos. Es más cerca... por este lado. La casa está a oscuras...
¿Eso es una casa?
Si, Colibrí. Esa es la casa de tu ama.
Pero está durmiendo... se desilusiona el muchacho.
Tal vez duerme... y sueña con Juan del Diablo. ¡Pobre de ella si soñara con otro!
¿Pobre de ella?
Todavía no sabes de eso, Colibrí. Pero cuando un hombre quiere a una mujer, la quiere para él
solo o no es un hombre. ¿Comprendes?
La mano ancha y recia se ha apoyado en la espalda del muchachuelo, zarandeándole en ruda
caricia. Luego pasa sobre la redonda cabeza de cortísimos cabellos rizados, y le explica, orgulloso:
Tu ama es la mujer más linda que has visto nunca, Colibrí.
Usted me dijo un día que tenía los ojos como luceros...
Como luceros sobre el mar le brillan los ojazos negros, y es toda ella... como una flor. Si,
Colibrí: como una flor de fuego...
¿Ella no sabe que usted llegó? Usted dijo que le mandaba cartas con el pensamiento...
¡Qué tonto eres! ríe Juan verdaderamente divertido. Pero ya te avispará ella. Son las
mujeres las que, al fin y al cabo, lo avispan a uno, y las que le enseñan buenas maneras... ¿No me ves a
mí? Nunca pensé que una mujer me hiciera esperar al raso, hasta que amaneciera... pero quiero llegar
como un caballero. ¿Tú sabes lo qué es un caballero, Colibrí?
Sí, sé, patrón... Es un hombre que va a caballo...
También es eso ríe Juan a carcajadas, y me has dado una idea. Si yo comprara un buen
caballo, si nos presentáramos vestidos de otra manera, no con estos harapos mojados... Vamos a
comprar ropa. Colibrí. Una ráfaga huracanada, de viento y lluvia, hace maldecir a Juan: ¡Rayo del
infierno! Vuelve a llover, y tú estás temblando. ¿Tienes frío?
No, patrón.
¿Cómo que no, si das diente con diente? Vamos a la taberna del Sordo. No nos vendría mal
algo qué mascar y algo qué beber. Vacila un momento y exclama: ¡Claro que no sé cómo me
aguanto para no tocar esa puerta...!
Ha dado un paso hacia la casa oscura y cerrada, se ha acercado a la ancha puerta del frente...
Saltando como un picaflor. Colibrí va tras él, y advierte:
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La puerta está cerrada por fuera, patrón. Mire: un candado.
Pues es cierto. Una argolla y una cadena con otra cerradura... Esto quiere decir que no hay
nadie en la casa.
Con violenta ira repentina, ha sacudido aquella cadena que cruza entre argollas reforzando la
vieja puerta, pero al violento tirón cede la podrida madera y la mano audaz empuja decidida. Juan del
Diablo ha penetrado sin vacilar. Una amarga desilusión, una impaciencia irresistible, que es terrible
sospecha, le impulsa. No se ha detenido para entrar como una tromba a través de las desiertas
habitaciones, donde todo denota que aquella casa ha sido abandonada para un largo tiempo: las
ventanas sin cortinas, las camas deshechas, las paredes sin cuadros ni imágenes... Como por instinto, se
detiene en el centro de la que fuera alcoba de Aimée. Una fuerza extraña parece envolverlo, como si aún
flotara en el ambiente algo de ella, como si la delatase el sutilísimo perfume que aún parece persistir,
como si el espejo de luna verdosa guardase en su fondo, misteriosamente, aquella imagen que le
obsesiona. Y, sin poderse contener, murmura:
Aimée... Aimée... ¿Dónde estás, Aimée?
Sin ella es como si, de repente, el mundo estuviese vacío: todo ha perdido su razón y su objeto.
Le parece moverse en un mundo irreal, hasta, que la oscura figurilla de Colibrí se agita tras él, haciéndole
volver a la realidad:
¿No está aquí el ama, patrón? ¿Se fue de viaje?
¿De viaje? ¿De viaje has dicho? se alarma Juan, dominado por repentina ira. ¿Adónde y
por qué? ¿Por qué?
¿Por qué no le pregunta a algún amigo, patrón? insinúa tímidamente Colibrí. ¿No tenía
amigos el ama nueva?
Mucho me temo que demasiados, pero no los conozco ni sé nada de ellos.
¿Y usted, patrón? ¿No tiene amigos?
¿Yo? ¿Amigos yo? No, Colibrí, creo que no los tengo. Me temen o me atacan, me odian o me
respetan, pero nadie es amigo de Juan del Diablo.
Yo sí, patrón afirma Colibrí, en un arranque infantil.
¿Tú sí? Puede ser... Bueno, ven... Vámonos de aquí...
¿Y qué va a hacer patrón?
Buscarla... Buscarla y dar con ella donde quiera que esté.
¡Aimée, mi vida...!
Aimée se ha estremecido, volviendo la cabeza vivamente. Está sola junto a la balaustrada de
aquel ancho portal que rodea la casa, frente al departamento preparado especialmente para ellos en el
ala izquierda. Ha llegado escapando del bullicio, todavía con el blanco traje de desposada, y aspira con
ansia el aire fresco y húmedo de la noche lluviosa, mientras mira correr las nubes negras, despejando a
trozos el transparente cielo tachonado de estrellas.
No sabía dónde estabas explica Renato. Te he buscado por toda la casa...
Escapé porque no soportaba ya tanto bullido y tanta gente.
Pronto estaremos solos, mi vida.
¿Pronto? ¡Quién sabe! Eso no depende de tu deseo. Si hubieras hecho las cosas como yo
quería, habríamos tomado el camino de Saint-Pierre inmediatamente después de la boda, y que se
quedaran aquí de fiesta hasta el amanecer si querían. Pero con este sistema del tiempo de nuestros
abuelos...
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Son sólo unas horas de paciencia, y han sido meses de adelanto en nuestra boda. Si
hubiéramos hecho las cosas como tú querías, aún estaríamos esperando que acabasen de reparar la
casa de Saint-Pierre. No estaría yo a tu lado como estoy en estos momentos: con el dulce derecho de
llamarte mía...
Ha querido besarla, pero ella esquiva el beso. Ahora que la boda se ha realizado, siente una
angustia extraña, algo muy parecido al miedo. Acaso teme la necesidad de dar a Renato una explicación
desagradable. Acaso es más punzante el disgusto que desde hace días crece en ella. Acaso el hecho de
sentirle cerca con todos los derechos de esposo, provoca en ella frialdad y despego; pero comprende que
no puede menos, que disculparse:
Me siento mal, Renato. Me duele la cabeza...
Es natural, mi vida. Los nervios, el ruido, la obligación de saludar continuamente, de responder
a todos, de sonreír a todos... Sin embargo, yo aun puedo decir, como decían nuestros abuelos: ¡Hoy es el
día más feliz de mi vida! ¿No sientes tú lo mismo, Aimée? ¿No me respondes?
Contestaré cuando se haya ido el último invitado.
Algunos van a pasar aquí la noche. Por fortuna, los menos. Como amainó la lluvia, muchos se
disponen a regresar, y el Gobernador entre ellos. ¿Sabes que aproveché la ocasión de hablarle de
alguien que me interesa mucho?
¿A ti? ¿Quién?
Un amigo a quien no conoces, pero en el que pienso como candidato a la administración de
Campo Real. Tengo muchos proyectos y necesito tener a mi lado colaboradores capaces, que compartan
mis ideas plenamente... Vacila un momento al observar que Aimée no le presta atención, y casi se
disculpa: ¿No te interesa lo que digo?
No es el tema del que desea oír hablar una mujer unas horas después de casarse. Pero como
en ti los asuntos de la finca son una obsesión...
Perdóname, pero es algo tan ligado a nuestra vida... Campo Real, tú y yo, somos la misma
cosa, para mí al menos. De nuestros sentimientos depende el bienestar de mucha gente, y nosotros
también, en cierta forma, dependemos de ellos. Es la cadena de la vida, ahora más fuerte que nunca,
porque teniéndote a mi lado, en mi Campo Real, el mundo para mí se encierra en este valle... Aunque, no
te asuste... Escaparemos de él siempre que quieras.
Por mí gusto estaríamos bien lejos ahora y siempre.
¿Siempre? ¿No te gusta la finca? ¿No sientes, como yo, que nuestro hogar está en ella?
Mi hogar todavía no sé dónde está...
¿De veras? ¿Es posible?
Si te empeñas en obligarme a hablar...
Pues sí. En cualquier caso, prefiero que seas sincera. ¿Qué te pasa, mi Aimée? No pensé
encontrarte así en estos momentos. Hay en ti algo extraño, desconcertante... ¿Por qué, mi vida? ¡Te
quiero tanto!
Se ha acercado más a ella, la ha tomado por el fino talle, atrayéndola a sí, y ella siente el impulso
de rechazarlo, pero se contiene. Piensa que en el cercano salón dorado, lo mejor de Saint-Pierre celebra
sus bodas. Piensa que es la señora D'Autremont, envidiada por todas las muchachas casaderas de la
sociedad en que habita. Piensa que es de oro su cadena, y sonríe... sonríe ahogando la protesta de su
alma y de su cuerpo:
No me hagas mucho caso, Renato. Estoy cansada y nerviosa... Me gustaría tomar un poco de
champaña...
Desde luego... Aquí lo tienes... Mira... ven...
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La había hecho cruzar el umbral del gabinete que precede a la alcoba. Sobre el bordado mantel
de una pequeña mesa, hay golosinas en bandejas de plata: dulces, frutas, y un cubo de hielo del que
emergen dos botellas de champaña. El propio Renato llena las copas, pone la de él en los labios de ella y
murmura apasionado:
Aimée... mi amor... mi esposa...
Han bebido, y las copas se llenan de nuevo una y otra vez, siendo vaciadas entre sonrisas y
besos... Un último relámpago pone su pincelada lívida sobre el cristal de los espejos; luego, la luna
asoma, pálida y fría, y Aimée comenta:
Ya se fue la tormenta... .
¡Te adoro, Aimée! Renato ha vuelto a besarla, la ha alzado en brazos suavemente, y cruza
con ella la cortina de raso de la dorada alcoba, mientras murmura sin poder dominar su pasión: ¡Te
quiero! ¡Te quiero!
Pero tomemos más champaña, Renato intenta eludir Aimée. Mucho más champaña. Trae
la otra botella.
Colibrí, ¿dónde estabas?
Ni me mire tan serio, patrón que le traigo buenas noticias. Fui hasta la casa del ama nueva...
¿Y qué? ¿Qué? Juan se ha puesto de pie empujando violentamente la banqueta que cae
detrás de él. Es ya mediodía y pocos parroquianos quedan en la destartalada taberna del Sordo, muy
cerca de los muelles y no demasiado lejana de la colina donde se alza la vieja casa de las Molnar.
¿Acabarás de hablar?
Ya va, mi amo, déjeme que respire, porque fui y vine corre que te corre... Colibrí parece muy
dichoso de poderle llevar a Juan del Diablo una buena nueva, tras la noche pasada junto a él en la
sórdida taberna oyéndolo maldecir y viéndolo beber. En la casa de enfrente había una muchacha
barriendo la escalera y me dijo que la ama nueva... Bueno, ella no dijo así, dijo que la señora y las
señoritas que vivían enfrente se habían ido a pasear al campo, y que ella no sabe cuándo van a volver,
pero que seguro, seguro que vuelven...
¿Dijo eso? Al campo por unos días... ¡Claro está! ¿Cómo no se me había ocurrido eso? Fueron
al campo, sólo al campo. Y yo que pensé... se detiene un momento y pregunta: ¿No sabe ella el
lugar al que han ido?
No, patrón. Dice que a nadie se lo dijeron, pero que ya otra vez se han ido y han vuelto.
Juan se ha acercado hasta la puerta de la taberna y el claro sol le baña por entero. Todo le
parece ahora diferente: el cielo, las calles, las montañas cuyos picos se alzan allá lejos... Una bocanada
de alegría le llena el pecho, una sacudida de alborozo le recorre de pies a cabeza, y afirma con
resolución:
Iremos a buscarla. Colibrí. No habrá palmo de tierra donde yo no la busque. Pero antes, me
vestiré de caballero.
¡Juan del Diablo! ¿Pero qué es esto? se sorprende Pedro Noel.
Me encuentra cambiado, ¿eh? sonríe Juan.
¡Caramba! Pareces otro... Pero, ¿qué haces aquí? ¿No te llegó mi recado? ¿No te dijeron de
mi parte...?
Llegó el recado y justamente vine a agradecérselo. El Luzbel se cruzó con la goleta Esperanza,
ya a la vista de estas costas, y el patrón se tomó la molestia de venir hasta mí en un bote para decirme lo
que pasaba. Gracias por el aviso.
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Ya veo el mucho caso que has hecho de él. Por lo visto, no te importa parar en la cárcel. A
menos que...
El viejo ha interrumpido sus palabras para mirar más detenidamente a Juan del Diablo,
examinándole de pies a cabeza. Tanto le diferencia el cambio de indumentaria, que apenas da crédito a
lo que ven sus ojos. Recién rasurado, bien cortado el pelo, la gallarda figura bajo un traje comprado al
mejor sastre de Saint-Pierre, Juan del Diablo parece realmente un caballero. Sus anchas espaldas, su
elevada estatura, su porte desenvuelto, traen a la mente del notario un recuerdo punzante: el de otro
cuerpo robusto, el de otra figura altanera, el de otro paso altivo y firme. Porque vestido de esa manera, el
rudo patrón del Luzbel se parece demasiado a Francisco D'Autremont. Tanto se parece que las piernas
del buen viejo flaquean, obligándole a tomar asiento, mientras un sudor frío, le baña las sienes, y
murmura:
¡Es asombroso! ¡Igual, idéntico...!
¿Idéntico a quién?
A nadie elude el notario, A un fantasma...
¡Caramba! exclama Juan con jovialidad. No me halaga demasiado el parecido, y tampoco
me atrevo a creer que toda su emoción sea por miedo a que me metan preso. Le aseguro que no hay
ningún motivo legal para hacerlo. He rozado la ley, pero no he ido abiertamente contra ella. Tengo
argumentos con qué defenderme de cualquier acusación grave que se me haga. He tenido suerte, mucha
suerte, en el último viaje. Y ahora, mi buen Noel, estoy decidido a cambiar de vida. ¿Le sorprende? Sigue
mirándome como a un fantasma...
¡Vas a cambiar de vida, Juan del Diablo! se entusiasma Pedro Noel ¡Si, vas a cambiar de
vida totalmente! ¡Alguien va a ayudarte... Alguien que puede y debe hacerlo! ¡Y yo me encargaré de que
lo haga inmediatamente!
El viejo notario ha hablado con voz emocionada, conmovido y trémulo, sintiendo que un noble
anhelo de justicia se levanta en su pecho. Siente que es necesario, que no puede ser de otra manera,
frente al porte gallardo de aquel Juan del Diablo que tanto se parece a Francisco D'Autremont. Sí, parece
otro hombre el rudo patrón del Luzbel bajo sus ropas de caballero... Parece el que realmente es: el hijo a
quien Francisco D'Autremont no pudo dar su ayuda, su amparo, su apoyo a través de la vida; el que fue
desposeído de todo y empujado al abismo para que pereciera; demasiado fuerte para ser destruido,
demasiado altanero para esperar nada de nadie en este momento en el que sonríe con burlona
indulgencia al asegurar:
Nadie tendrá que ayudarme, Noel. Pedir ayuda no entra en mis costumbres. No necesito de
nadie. Cambiaré de vida a mis expensas. A decir verdad, he comenzado a cambiar ya. ¿Quiere asomarse
a la ventana un momento? ¡Mire...!
El mismo ha abierto de par en par la cerrada ventana del despacho. En la estrecha callejuela
aguarda un coche de dos asientos, nuevo, lustroso, reluciente, como también brillan los arneses del
soberbio tronco que tira de él, fielmente guardado en este momento por la graciosa figura de aquel Colibrí
de oscura piel y ojos refulgentes, ahora también vestido de pies a cabeza como un pequeño caballero.
¿Qué es eso? indaga Noel francamente extrañado.
Mi carruaje y mi secretario particular proclama Juan alegre y risueño. No se asuste, que
esto no es más que el comienzo. Vine a darle las gracias y algo más también. Mientras aguardo a mi
novia que está ausente, he dado vueltas arriba y abajo por Saint-Pierre. Ya sé de lo que me acusan y por
qué tenía usted miedo de que me prendieran. He hecho correr algunas monedas y creo que no me
molestarán si alguien no pone especial empeño en revolver las cosas contra mí. Desembarqué en mi
Cabo del Diablo, y por allí dejé escondida mi goleta. Me pareció más saludable que no vieran al Luzbel en
la rada de Saint-Pierre...
Es lo único razonable que has hecho.
Todo cuanto he hecho es razonable. En lo alto de la peña existe una cabaña en ruinas. Nadie
ha puesto la mano en ella. Supongo que los vecinos de la aldea la consideran de mi propiedad.
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Mejor supón que a nadie le interesa ese maldito peñasco.
¡Magnífico! Quiero tenerlo legalmente y comprar el poco de tierra que está tras él. Edificaré allí
una casa sólida. Desde luego, para todo eso hacen falta papeles...
¡Papeles y dinero!
Yo traigo el dinero, pone usted los papeles, y en paz.
Pero, Juan, entonces es cierto que has hecho fortuna...
No en la fortuna de los D'Autremont contesta Juan en tono burlón: pero, vamos... traigo
dinero para darle a una mujer cuanto ella quiera.
Una mujer... y antes dijiste: "mi novia"... ¿Qué tratas de decirme?
Quiero a la mujer más hermosa del mundo. Noel manifiesta Juan con repentina pasión. La
quiero para mi solo. Usted verá cómo se arregla eso...
No conozco más que una forma: el matrimonio. ¿No quieres casarte?
¿Por qué no? Lo que sea. También hacen falta papeles, ¿verdad?
Bueno... sí... Pero ya lo arreglaremos. En último caso, ¡qué demonios!, cualquier cosa se
hace... El viejo notario vacila un momento, y con cierta timidez insinúa: ¿Te molestaría llamarte
Noel?
Muchas gracias... Es demasiado... responde Juan comprendiendo el ofrecimiento del buen
Noel. Y profundamente conmovido, rehúsa: Agradezco, pero no acepto. ¿No puede arreglar esos
papeles con mi nombre nada más? Me llaman Juan...
Juan del Diablo... No creo que a tu esposa le agrade... Bueno, ya buscaremos la fórmula legal.
El nombre casi es lo de menos, lo importante es que de veras has cambiado y ahora sí veo clara la razón
de ello. Quieres a una mujer, vas a hacerla tu esposa... Me arrodillaría para darle gracias a Dios, y hay
otro que va a alegrarse muchísimo, pero muchísimo también. Otro a quien vamos a mandarle un aviso en
seguida, porque se interesa por ti más de lo que tú piensas. Me refiero a Renato D'Autremont.
Sí, ya sé responde Juan, indiferente. A él también quiero verlo. Tengo una cuenta
pendiente y le quiero pagar hasta el último centavo.
¿Estás loco? ¡Vas a ofenderle si lo intentas!
¿Por qué? Me hizo un favor; se lo agradezco. Me dio un dinero, o lo gastó por mí; se lo
devuelvo. Todo eso es correcto en el nuevo mundo en que voy a vivir.
Bueno, bueno... de eso también hablaremos más tarde. Por el momento, voy a tomar nota de
todo lo que quieres, y a ver por dónde empezamos. ¿Dices que tu novia está ausente? ¿Dónde?
Eso lo tengo que averiguar. Según los vecinos, fue al campo unos días. El rumbo no lo saben,
pero buscaré hasta dar con ella. Tal vez en eso pueda usted también ayudarme...
Desde luego. En todo lo que quieras; pero espérame un momento...
Se ha alejado unos pasos, rebusca en el armario repleto de papeles, mientras Juan, impaciente,
da vueltas al viejo escritorio. Sobre él, sujeta con un pisapapeles, hay una cartulina por donde sus ojos
resbalan, primero descuidadamente, se fijan después con interés, y empieza a leer:
"Sofía Valois de D'Autremont tiene el honor de participar a usted el matrimonio de su hijo
Renato..."
¡Ah, sí! Es cierto exclama Noel, acercándose. Iba a hablarte de eso. Por unos días, más
vale que dejemos en paz a Renato, pero luego:
"... con la señorita Aimée de Molnar" termina de leer Juan, sin prestar atención a las palabras
del notario. Y de pronto, un ronco grito brota de su pecho:
¡Aimée! ¡Aimée!
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¿Qué te pasa? ¿Qué tienes? se alarma Noel.
¡Aimée de Molnar! ¡Aquí dice Aimée de Molnar! estalla Juan ya fuera de sí. ¡No puede ser!
¡Aimée de Molnar es la prometida de...!
No su prometida; su esposa. Se casaron ayer rectifica Noel completamente desconcertado.
¡Mentira! se enfurece Juan. ¡Mentira! ¡Aimée casada con Renato! ¡Ella su esposa, su
mujer...! ¿Dónde? ¿Dónde están?
¿Te has vuelto loco? reprocha el notario, francamente espantado. ¿Dónde han de estar
más que en Campo Real? Pero, ¿qué es esto?
Juan ha zarandeado entre sus duras manos al notario, blanco de espanto, que apenas acierta a
comprender. Le ha apretado como si fuera a estrangularle, soltándole después con violencia, mientras
exclama:
¡Canalla! ¡Maldito! ¡Y ella... ella...!
Juan ¿qué pasa?
¡Con su vida y su sangre pagará ella también!
Inútilmente, el notario ha corrido tras él. Juan marcha ya como un ciclón, como una tromba a
quien nada detiene. De un salto está sobre su coche, tomando las riendas, empuñando con ademán
feroz el látigo, mientras el espantado Colibrí apenas acierta a saltar tras él....
21
¿COMO? ¿VAS A dejarme, Renato?
Sólo por una hora, mi vida. Mónica no puede hacerlo todo ella sola. Es justo que yo llegue
hasta allá para prestarle un poco de ayuda.
¿Qué? ¿Vas a ir hasta el otro valle? ¿Y a eso le llamas estar una hora fuera? Sólo para llegar
allí gastaras una hora, y otra para volver.
Y unos minutos en echar un vistazo.
Ya será, por lo menos, otra hora también. Total: tres horas sin verte, tres horas aquí
abandonada.
Abandonada... ¡qué terrible palabra! se burla Renato con ternura. Abandonada en una
casa en donde están tu mamá y la mía, donde hay un verdadero ejército de criados esperando tus
órdenes para satisfacer tus menores caprichos.
No me interesan... no me interesa nadie más que tú.
Entonces, vida mía, aguárdame. Te prometo tardar lo menos posible. Mira, en la biblioteca hay
libros excelentes, además de las últimas revistas de Francia. También puedes practicar un poco tu piano
o dormir un rato. Es una dulce hora para la siesta. Además, hay unas labores de aguja...
No quiero hacer nada. Te aguardaré furiosa y aburrida, ya lo Sabes. Vete... vete ya que no
tiene remedio, pero no tardes demasiado.
Aimée ha echado los brazos al cuello de Renato, besándolo mientras él sonríe. El juego del amor
no es difícil para su alma flexible y astuta. Lo jugaba a diario entre petrimetres que formaban su corte en
Saint-Pierre... tiene un íntimo y femenino goce al comprobar el efecto de sus mimos, de sus sonrisas, de
sus besos, de aquellos gestos largamente estudiados que le han dado el fácil dominio sobre los sentidos
del hombre. Renato le ha besado las manos antes de cruzar con paso rápido la ancha galería. Cuando su
figura ha desaparecido, Aimée se deja caer, con gesto de fastidio, en el diván de raso, se hunde en los
almohadones y entrecierra los párpados...
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Con esfuerzo, brutalmente hostigados por el látigo que implacable empuña Juan, los robustos
caballos que arrastran el liviano coche de dos asientos galopan cuesta arriba salvando el camino
escarpado que deja atrás la costa. Con firme mano guía los dos caballos que, en lo alto ya de la primera
loma, le dejan divisar aquel pequeño valle donde se extienden los cañaverales, donde se alza el primitivo
ingenio de ladrillo, donde, amazona en el corcel que Sofía obsequiara a Aimée como uno de los regalos
de boda, Mónica de Molnar aparece de pronto, atravesándose en el camino.
Cuidado, mi amo advierte Colibrí.
¡Malhaya...! maldice Juan frenando bruscamente a los poderosos caballos que relinchan y
patalean sudorosos,
¡La mató... la mató, mi amo! exclama espantado el negro muchachuelo.
De un salto, Juan está junto a la mujer que ha rodado sobre el polvo del camino, pero que ya se
alza sin esperar su ayuda para enfrentársele con más cólera que susto:
¡Salvaje! ¡Es usted un salvaje!
¡Santa Mónica...!
¡Juan del Diablo...!
Ella ha retrocedido al reconocerle, mientras las pupilas de él se agrandan de sorpresa. Un
momento quedan los dos desconcertados, como si no pudiesen dar crédito a sus sentidos, como si la
mutua transformación les maravillara al mismo tiempo...
¡Usted... Usted...! ¿Pero es usted? exclama Mónica realmente asombrada.
Yo, sí... Yo...
Juan ha dado un paso hacia ella, mirándola intensamente, mientras en su corazón aletea un rayo
de esperanza... Aquella espléndida mujer, ahora vestida con ropas civiles; aquella inesperada presencia,
en las tierras de los D'Autremont, de la que él no puede imaginar más que en su lejano convento; aquella
aparición atravesándose en su camino, ¿no puede acaso significar que las cosas no son de la manera
que él piensa?
¡Molnar... Molnar... Usted es Molnar también! ¿O es la señora D'Autremont?
¿Yo? ¿Está loco?
¿No es usted la que se ha casado con Renato D'Autremont? ¿No es usted? Entonces, es
Aimée. ¡Aimée...!
Ha ido hacia Mónica, pero ella retrocede más, y hay en sus ojos una expresión de espanto.
Comprende, adivina más que comprender; es demasiado elocuente la expresión de aquel rostro viril, de
aquellos labios que tiemblan, de aquellos ojos que relampaguean, de aquellas duras manos que se alzan
tomándola por los brazos bruscamente, y de las que ella se desprende altiva y violenta, ordenando:
¡Suélteme! ¿Cómo se atreve?
¿Y cómo se ha atrevido ella a hacerme esto? ¡A mí! ¡A mí!
¿Y quién es usted? No entiendo nada...
Sí entiende. En sus ojos veo que sí entiende... ¡Ella no podía casarse con otro, y usted lo sabe
perfectamente! ¡No podía, y le costará la vida haberlo hecho!
¡Quieto! ¿Es que ha perdido la razón?
Ahora es ella quien le sujeta, quien audazmente se interpone, deteniéndolo cuando él va ya hacia
el coche cuyas riendas sujetan las oscuras y temblorosas manos de Colibrí. Ella es quien lo ha visto todo
en un momento, como si el resplandor vivísimo de un rayo hiriese sus pupilas, deslumbrándola al mismo
tiempo que le muestra un impensado panorama de horror...
¿Dónde va?
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¿Dónde he de ir sino a buscarla? ¡Donde esté, donde se halle, tengo que dar con ella!
¡Está junto a su esposo!
¿Y qué? ¿Piensa que voy a detenerme porque ese imbécil, ese monigote, ese mequetrefe...?
¡Cállese, o soy capaz de abofetearlo! ¡Usted es el imbécil, el monigote, el mequetrefe!
¿Quiere que empiece por apretarle a usted el pescuezo? se enfurece Juan.
¡Hágalo si se atreve a tanto!
¿Que si me atrevo...? ¿Pero de veras quiere hacerme cometer un disparate? ¡Suélteme,
quítese de en medio!
¡No voy a soltarlo hasta que me oiga! ¿Con qué derecho va usted a llegar hasta Aimée?
¿Cómo? ¿Con qué derecho? ¿Es que no sabe quién soy, quién he sido para ella? ¿Es que no
sabe lo que he hecho para poder venir a cumplirle la palabra empeñada? ¿Es que no le contó ella que
era conmigo, con Juan del Diablo, con quien tenía que unirse para siempre?
¡Con Juan del Diablo...!
¡Juan del Diablo, sí, Juan del Diablo! ¡Ese soy yo! Y si le molesta mi nombre, lo siento, pero
Juan del Diablo soy y he de ser, y Juan del Diablo va a pedirle a su hermana de usted cuentas muy
estrechas... tan estrechas como su cuello cuando estas manos dejen de apretarlo y lo suelten para que
Renato recoja lo único que voy a dejar de ella: ¡el maldito cadáver!
¡No! ¡Imposible!
Mónica ha estado a punto de caer desfallecida bajo la oleada de horror que le producen la mirada
y el gesto de aquel hombre fiero, pero se repone bruscamente cuando las manazas de él la aprietan, a la
vez zarandeándola y sosteniéndola.
No se desmaye todavía. Santa Mónica ¡Espere a verlo! aconseja Juan con feroz sarcasmo.
Usted no lo hará, porque a Renato D'Autremont...
¡A ése lo parto en cuatro, por traidor, por imbécil!
¡Renato no sabe nada! Ni siquiera sabe que usted existe...
¿Que no sabe que existo?
Nadie sabe que usted existe en la vida de Aimée. ¡Yo misma lo ignoraba!
¡Mentira! Usted y yo ya nos habíamos visto las caras...
¿Y qué? ¿Podía yo suponer que un sucio marinero era el amante de mi hermana?
¡Pues debía suponerlo!
Efectivamente. Ahora tiene usted razón acepta Mónica con amargura. Conociéndola, debí
suponerlo. ¡Qué baja y qué despreciable!
¿Por quererme...?
¡Sí! Por todo cuanto ha hecho, y también por eso. ¡Por querer a un bárbaro como usted!
Mónica ha retrocedido, tambaleante, al borde del camino, hasta que el tronco de un árbol la
detiene y ahí queda inmóvil, Jadeante, como sin fuerzas, mientras sin aprovechar el instante de seguir su
camino, Juan da unos pasos para acercarse a ella, un tanto mitigada su cólera, como si un sentimiento
nuevo le bullera dentro con punzante fuerza niveladora, y murmura:
Entonces, Aimée nos ha engañado a todos...
Exactamente confirma Mónica con voz ahogada. Nos ha engañado a todos, se ha burlado
de todos, ha pisoteado nuestros sentimientos. Todos tendremos derecho de pedirle cuentas de la misma
manera que usted quiere hacerlo, y Renato D'Autremont más que usted, ¡cien veces más que usted!
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Juan ha apretado los puños, ha alzado la cabeza altanera, ha mirado a uno y otro lado toda la
tierra que sus ojos abarcan: a la derecha, cerca, el valle pequeño que termina en el mar, los cañaverales,
el ingenio, los acantilados, el mar bravío; a la izquierda, lejano, ya envuelto entre la bruma azul de la
tarde, Campo Real, el valle florido, dulce y fértil, en cuyo fondo se levanta el palacio anacrónico que es
reino de los D'Autremont. Y como en un lamento, se rebela:
Renato D'Autremont... Todo lo tuvo, todo lo tiene desde niño, todo está en sus manos... Pero
no era bastante, no era suficiente... Tenía también que quitármela, tenía que arrebatármela a ella, lo
primero mío que yo quise tener. ¡Maldito sea!
Largo rato ha permanecido inmóvil Juan del Diablo, cerrados los puños, apretados los dientes,
tan amarga la expresión, tan doloroso el gesto, que Mónica de Molnar le contempla desconcertada. Sólo
ahora nota la gran transformación habida en él; sólo ahora le mira de pies a cabeza, desde las altas botas
de charol brillante hasta la bien cortada chaqueta que ciñe impecable su cuerpo airoso y recio. Ahora es
cuando nota con extrañeza la blanca camisa de hilo bordado, la botonadura de oro que la cierra, los
cabellos cortados de otro modo, las mejillas pulcramente afeitadas, y aquella expresión desconcertante,
de dolor noble y hondo, que borra un momento la fiereza de sus ardientes ojos italianos. Le ve distinto,
joven y atractivo, fuerte y hermoso, y la voz sale para él como para un ser humano:
Juan, ¿quiere usted que hablemos?
¿De qué? No vine para hablar... vine para proceder... vine para vengarme. Es lo único que me
queda ya por hacer: vengarme, y vengarme con estas manos. ¡Matarla a golpes, como una ramera! ¡Y
matarlo también a él!
¿Está loco? ¿Qué mal le ha hecho él? ¿Qué mal consciente, voluntario, le ha hecho Renato
D'Autremont?
¿Consciente y voluntario? No sé... tal vez ninguno... ¡Con vivir, con nacer, ya me hizo todo el
daño!
¿Con vivir? ¿Con nacer? Ahora sí no lo entiendo se sorprende Mónica.
Naturalmente. ¡Qué va usted a entenderme! Acaso tampoco él pueda entenderme...
¿Por qué le odia entonces? ¿Por qué le maldice?
¿Y usted por qué le defiende con tanto empeño? Usted es hermana de ella; pero él, su cuñado,
¿qué puede importarle?
No es sólo él esquiva Mónica angustiada; Es todo, son todos... Mi pobre madre, una
anciana tímida, buena, débil... Cuanto haga usted contra Aimée, será contra ella, porque una madre...
una madre... ¿Recuerda usted a su madre, Juan del Diablo?
No, Mónica niega Juan con amargo sarcasmo en la voz. No la recuerdo. Y si la recordara,
sería para odiar más el nombre D'Autremont, para maldecirlo, para aborrecerlo, para querer borrarlo con
sangre. Sí... ¡Para borrarlo con sangre de la faz de la tierra!
Con amargura inmensa ha hablado Juan del Diablo; con infinito asombro, Mónica le escucha y le
contempla. Es alguien muy distinto, sí, es otro totalmente: un hombre que en nada se parece al insolente
marinero que discutiera, con ella en los alrededores de su casa de Saint-Pierre. Hay algo noble y digno
en su dolor y en su cólera; algo recto, limpio y certero aun en su odio, aun en sus maldiciones, como si
tuviese demasiada razón para odiar y maldecir, como si fuese demasiado justo aquel duro y amargo
gesto rebelde con que se enfrente al mundo entero. Y a pesar de sí misma, Mónica de Molnar le admira...
y le teme. El enigma que encierra se le clava en una interrogación que es casi una disculpa:
En realidad, no sé nada de usted...
Ni usted ni nadie; pero es igual, puesto que a nadie le interesa. ¡A nadie! Pensé que le
importaba a una mujer, pensé que una mujer me amaba, ¡y no era cierto! Fui sólo su mofa, su juguete,
alguien de quien reírse mientras llegaba la hora de la boda. Pues bien, ahora no reirá ella sola, ahora
reiremos todos y yo seré el último en reír, ¡y el que ría con más gusto!
.¿Pero es que no puede pensar más que en ella? La señora D'Autremont está enferma...
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¡La señora D'Autremont! estalla Juan rabioso. ¡Oh, santa señora D'Autremont! ¿Todavía
enferma? ¿Aun no se muere? ¿Piensa vivir cien años, mientras revientan los demás en tomo de ella?
¡Juan... Juan! reprocha Mónica.
¡Basta ya, Santa Mónica, hemos hablado de más!
No; porque no me ha escuchado usted. No conozco su vida, no sé su historia, ignoro qué
motivos de rencor pueda usted guardar para los D'Autremont, pero, fuere lo que fuere, sé que Renato es
inocente...
Inocente, inocente... ¿y qué? ¿Acaso sólo carga uno con sus culpas? ¿No basta un nombre
para ser bien o mal nacido? ¿No se heredan con él honores y riquezas? ¿No se heredan baldones y
dolores? Pero no es eso, no es eso... ¿qué importa el pasado, después de todo?
¿Y qué puede ganar con dar un escándalo como el que pretende?
No pretendo ganar nada: me conformo con que todos pierdan, con pisotearlo todo con
mancharlo todo...
¿No ha pensado jamás en vengarse con mas nobleza? Al fin y al cabo, ¿cuáles son los
agravios de usted? Una mujer fue suya... lo fue porque quiso, sin condición, sin cálculo... Supongo que
fue sin cálculo...
Claro... el cálculo lo hizo después, el negocio lo hizo con la boda...
Pero de eso no es usted el que tiene derecho a vengarse. Es él, es Renato D'Autremont. Lo
único que usted puede hacer es decírselo, delatarla, jactarse de algo que un hombre debe callar
siempre... Echar a los cuatro vientos la lista de los favores que una mujer le otorgó, pensando que, por lo
menos, era usted lo bastante hombre para callar...
¡Basta, basta... no me enrede!
No estoy diciendo más que la verdad. Y usted sería el último de los canallas, delatándola
públicamente.
Calle, calle, logrará trastornarme por completo...
Lograré llegar a su corazón, lograré hacerle comprender. No es usted el vejado ni el ofendido.
Soy el burlado porque había puesto la vida en ella. Fui un loco, un imbécil; pero ahora, ¡cómo
la desprecio!
¡Eso es lo único que debe usted hacer! aconseja Mónica tomándole la palabra. ¿Qué
mejor venganza que su desprecio, su gran desprecio? Si ella le engañó, si le mintió, si fue con usted
desleal y embustera, piense que, al menos, tuvo la suerte de conocerla a tiempo. El mundo es grande,
hay en él millones de mujeres... ¿por qué destrozar su vida por ella, si usted sabe ya que no vale la
pena? ¿Por qué hacer tanto mal a los que son inocentes, y hacérselo a usted mismo? ¿Qué le espera
después de vengarse? La venganza no es más que un minuto y, ¿qué va a quedarle después de ella?
Juan del Diablo ha quedado inmóvil y pensativo. Una a una, cual flechas certeras, las palabras de
Mónica se le han clavado corazón adentro. De pronto, la mira como si la viese por vez primera, vacila
como bajo el hechizo de una sugestión, y murmura lentamente:
En efecto... hay muchas mujeres. Supongo que todas son como ella: embusteras e hipócritas.
Aunque, a decir verdad, usted no lo parece. Pero...
¡Jesús! le interrumpe Mónica, azorada al oír el galope de un caballo que se acerca. Es
Renato... es Renato el que llega. Por piedad, no le hable, no le diga... Le ruego, le suplico, le imploro por
Dios que está en los cielos...
No creo en nada ni en nadie, Santa Mónica.
Por usted mismo, Juan, por su propia conciencia ruega Mónica en voz baja. Llorando le
suplico...
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Juan ha clavado en Mónica una mirada intensa, mirada interrogadora y extraña. Un momento
parecen suavizarse sus ojos soberbios. Luego sonríe con amargo sarcasmo y, también en voz baja,
murmura:
Ahí está el hombre más dichoso de la tierra...
Mónica, ¿qué ha pasado? Me crucé en el camino con tu caballo suelto... empieza a decir
Renato, que se acerca alarmado. Mas de pronto, se sorprende al reconocer al acompañante de Mónica y,
con sincera alegría, exclama: Juan... Juan... Esto sí que es fantástico. Creo que te envía el cielo,
Juan...
Ha ido hacia él con los brazos abiertos, le ha estrechado con gesto tan espontáneo, tan fraternal,
tan sincero y abierto, que Juan del Diablo no acierta a rechazarle. Se ha dejado abrazar correspondiendo
con un torpe gesto, volviendo luego la cabeza para mirar de frente, pleno de amargo sarcasmo, el pálido
rostro de Mónica, y habla al fin, totalmente sereno:
¿Tú crees que es el cielo? Pues Santa Mónica no comparte tu opinión. Por poco tenemos un
accidente. La atropello cuando atravesaba el camino, y es un milagro que no haya sufrido ningún daño.
Por supuesto, ni a ella ni al animal les ha ocurrido nada. Le estaba presentando mis excusas en este
momento...
¿Santa Mónica dijiste? se extraña Renato.
Es una broma... una broma de mal gusto, naturalmente, como todo lo mío. Pero la señorita
Molnar me perdona. Más pesada broma fue echarle encima el coche, pero no lo hice de intento.
¿Se conocían ustedes?
Poca cosa, pero algo. ¿Verdad, señorita Molnar?
Efectivamente corrobora Mónica, vacilando. Nuestra casa en Saint-Pierre está muy cerca
de la playa. El señor Juan...
Del Diablo completa Juan.
El señor Juan... de Dios... rectifica Mónica desembarcaba con frecuencia junto a los
farallones de la costa y pasaba por casa. Alguna vez hablamos... De eso nos conocemos.
Una forma bastante rara y sorprendente comenta Renato.
En la vida hay muchas sorpresas indica Mónica. También lo ha sido para mí comprobar
que ustedes se conocen de antes, que son amigos...
Amigos de la infancia recalca Renato con satisfacción. Pero tienes mala cara, Mónica,
estás muy pálida. ¿Te asustaste mucho con el choque? ¿No te sientes bien?
Claro está que no se siente bien interviene Juan dominando la situación. Pero, por fortuna,
la casa está cerca. Si me lo permite, la llevaré hasta allí en el coche. Vamos, suba usted.
La ha alzado en brazos bruscamente, colocándola en el asiento. Ha empuñado el látigo y las
riendas, y mientras Renato va hacia su caballo, la observa de nuevo con una mirada intensa.
¡Gracias... gracias! susurra Mónica en un hilo de voz.
Todavía no me las dé. Tal vez he hallado, como usted me sugirió, una forma distinta de
vengarme, un modo más fino, ¡y más cruel!
Renato, hijo, ¿qué ha pasado? interroga Sofía. El caballo que montaba Mónica llegó
suelto...
Mi caballo, Renato... mi precioso caballo llegó todo estropeado, arañado, lleno de tierra, con un
estribo roto... se queja Aimée.
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Ya lo sé. Me crucé con él en el camino, y apuré alarmado yo también; pero, por fortuna, Mónica
no ha sufrido ningún daño. Estará aquí dentro de un momento. Viene en aquel coche al que yo me
adelanté justamente para tranquilizarlas si se habían alarmado.
¿En aquel coche? pregunta Aimée.
Que la atropello al cruzar el camino concluye Renato. Por suerte, a Mónica no le ha
ocurrido nada; y el culpable del accidente solicitó el honor de traerla él mismo.
¿El culpable del accidente...? se extraña Sofía.
Para el que, desde luego, te pido indulgencia, mamá.
Si atropello a Mónica por torpeza...
No sólo por el atropello, mamá, sino por otras cosas. En una palabra, también me adelanté
para eso. Sé que no es santo de tu devoción, pero te suplico, te ruego que le trates con indulgencia, que
lo soportes, que ya después hablaremos de él...
¿Pero quién es? se alarma vivamente Sofía.
Un réprobo que confío pueda arrepentirse. Un loco a quien sueño con hacer sentar la cabeza.
Un pecador a quién anhelo redimir desde hace mucho tiempo...
¿Acabarás de decir el nombre, hijo? apremia Sofía, ya alarmada en grado sumo.
Yo también estoy en ascuas, Renato asegura Aimée. ¿Quién puede ser todo eso?
Juan... del Diablo... Justamente, aquí lo tienen ustedes...
Renato ha ido hacia la escalinata de piedra, frente a la que ya se detiene el cochecillo de dos
asientos donde Juan llega trayendo a Mónica. Colibrí, acurrucado en el estribo, salta a tierra para dejar
espacio, mientras trémula de ira y desconcierto da Sofía unos pasos detrás de su hijo. Por fortuna para
ella, nadie ha mirado a Aimée, que se agarra al respaldo del sillón para no caer, para no desplomarse,
aunque se doblan sus rodillas, aunque su vista se nubla... Un instante ve que todo gira a su alrededor:
rostros y paisajes... y ahogando el grito que va a escapar de sus labios, cae, hundiéndose en la
inconsciencia...
¡Aimée... Aimée...! ¿Qué es esto? se alarma Renato.
Un desmayo... estaba muy nerviosa explica Sofía. Llama, hijo, llama a las doncellas.
Juan ha bajado del coche lentamente. Desde lejos ha visto a Aimée; la ha visto tambalearse y
caer; ha visto que todos corren acudiendo a ella; ha dejado pasar a Mónica, que se dirige hacia su
hermana...
¡Pronto! ¡Que corran por el médico! ordena Sofía con autoridad. Ha perdido el pulso; está
helada...
Ella padece estos accidentes explica Mónica, Pero no es nada. Necesita reposo y silencio.
Por favor, Renato, llévala a su alcoba...
La mía está más cerca... Vamos... pronto... ofrece Sofía, alejándose junto con Renato, que
carga el cuerpo inanimado de su esposa.
Juan, váyase ahora; Aléjese en este momento suplica Mónica transida de angustia.
No se preocupe... Esperaré. Vaya con ellos... Esperaremos. Ha vuelto la cabeza para mirar
al muchachuelo negro, de pie junto a él, los grandes ojos espantados, y le sonríe con sonrisa de hiél.
Vaya tranquila. Santa Mónica, mi secretario y yo esperaremos...
Bajo el dintel de la puerta que da a la galería, Sofía D'Autremont se ha detenido, apoyándose en
el brazo de su hijo, y ambos contemplan un momento la figura arrogante que ha permanecido inmóvil
junto a la escalinata de piedra. Un momento, Sofía D'Autremont ha sacudido la cabeza como espantando
una idea horrible. También ella, como el viejo notario, ha sentido que un escalofrío la recorre, que un
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sudor helado humedece sus sienes, porque el mozo que aguarda de pie, fruncido el ceño y alta la
cabeza, se parece demasiado a aquel Francisco D'Autremont que, faltando a todas las leyes humanas y
divinas, le diera el ser. Es, como él, a la vez esbelto y recio, fuerte y ágil; tiene, como él, los ademanes
anchos y el gesto desdeñoso, alza con la misma altivez la cabeza. Sólo su piel más oscura le diferencia;
sólo sus cabellos, más rizados y negros; sólo sus grandes ojos italianos, aquello ojos iguales a los de
Gina Bertolozi, que son para Sofía D'Autremont la más intolerable de las ofensas...
Con el desmayo de Aimée, lo dejamos plantado murmura Renato. Pero tú oíste mi ruego,
¿verdad, madre?
Renato, yo soy quien te ruego...
¿Por qué ese rencor, madre? reprocha con suavidad Renato. Al fin y al cabo, ¿qué mal
nos ha hecho?
¡Es un ladrón! se defiende Sofía en voz baja y rencorosa. ¡Todo el mundo lo dice!
Todo el mundo se engaña con respecto a él. Yo creo comprenderlo. Déjame hacer una prueba,
madre, déjame darle una oportunidad en la vida. Yo te prometo que si no responde a ella, le volveré
definitivamente la espalda...
Perdónenme que les interrumpa se disculpa Juan, acercándose a los D'Autremont; pero
tengo prisa en regresar al pueblo. Vine sólo para saldar una cuenta con Renato, señora D'Autremont, y
les ahorraré en seguida la molestia de verme. Aquí está lo que debo. ..
¿Qué dices, Juan?
Toma... Lo que pagaste por mí cuando me detuvieron, lo que le diste al manco para que
retirara la demanda, lo que costó el embargo del Luzbel... y esta cuenta más vieja: el pañuelo de
monedas que te quité cuando éramos niños... dos monedas de oro y veintiséis reales de plata. Los robé
para poder escapar de aquí, para no morir de hambre como un perro a las puertas de tu opulencia, pero
ya está pagado todo, ¡hasta el último centavo!
¡Juan... Juan...! llama Renato al ver que Juan se aleja con paso rápido.
Había corrido detrás de Juan y le detiene apoyando en su hombro robusto la bien cuidada mano
de caballero. Es grave su presión, tanto como la de Juan es tempestuosa; es noble y sencillo su porte,
tanto como el de Juan es altanero; y hay una luz profunda de comprensión y afecto en sus ojos azules,
mientras en los negrísimos y fieros ojos de Juan del Diablo brilla la chispa de aquel rencor amargo, de
aquel odio ancestral con que nutrieron su infancia miserable, su horrible adolescencia, su dura y rebelde
juventud...
Juan, ¿por qué te portas de esta manera?
¿De qué manera me porto? ¿Pagar mis deudas? No es sólo patrimonio de bien nacidos el
hacerlo... Déjame, Renato. ¿Por qué no me dejas?
Porque soy más terco que tú, Juan del Diablo afirma Renato en tono cordial. Porque tengo
empeño en ser amigo tuyo, aunque me hayas rechazado siempre con los peores modales.
¿Qué quieres? Yo no soy un caballero. ¡Déjame, Renato! Será mejor para ti que me dejes...
Vamos, basta de hacerte el reprobo. Ni aun de niño lograste espantarme con tus bufidos de
fiera, Juan, yo sé que eres bueno...
¿Bueno yo? ríe Juan con amarga rabia.
Ríete cuanto quieras, Juan, te comprendo como tal vez nadie en el mundo te comprenda. Hay
algo en ti que me atrae, que me hace sentirme hermano tuyo... Y la verdad es que no sé a qué atribuirlo...
Acaso porque te vi llegar a esta casa de la mano de mi padre a quien siempre admiré; acaso, y esto es
casi un secreto, porque con ser tan breve nuestra amistad de niños, tú eres el único amigo que tuve en la
infancia.
¿Qué estás diciendo?
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Comprendo que te extrañe. Es raro, pero así fue. Yo no tuve amigos de niño. Mi madre no me
dejó tenerlos. Su gran amor me envolvía en mimos y cuidados. No fui nunca a la escuela... los maestros
no eran para mí sino sirvientes más o menos considerados, empleados a sueldo que se deshacían en
elogios y halagos para el alumno único, cuyos padres pagaban espléndidamente. Claro que en Campo
Real sobraban niños y muchachos, pero jamás se permitió que se acercaran a mí, ni yo a ellos. Tú fuiste
algo nuevo, diferente... Me parece que te estoy viendo cuando te trajeron: áspero, hosco, salvaje como
un gato montes. Pero había en ti algo de fuerte y de libre que me cautivó, que me hizo envidiarte... sí,
envidiarte, Juan. Me consideraba dichoso con que me dejaras ir detrás de ti por los campos tratando de
imitar tus proezas, y te hubiera seguido sin vacilar si tú, naturalmente, no hubieras preferido irte solo. Ya
veo que te sorprendes. ..
En efecto. A mí me parecías un rey. Yo, a tu lado, era menos que un perro.
Acaso los demás vieran así las cosas, pero yo no. Para mí, tú eras el rey y yo el mendigo de
los ásperos goces de tu infancia libre. Poco has cambiado, Juan. Entonces me mirabas como ahora:
hosco y ceñudo, pero te apresurabas a ayudarme y a defenderme si me veías en el menor peligro. ¿Te
acuerdas?
Juan ha bajado la cabeza. Sus anchos puños, recios como mazas, se cierran. Es como si bajara
al fondo de sí mismo, como si descendiera al abismo interno de sus más íntimos sentimientos... al mundo
de amargura, de rabia y de celos, en el que se debate como perdido. Y suena la voz de Renato más
afectuosa, más fraterna, más profundamente cordial y sincera:
Quiero que te quedes a mi lado, Juan; que cambies para siempre tus gorras y tus camisetas de
marino por esa ropa que tan bien te sienta; que emplees para el bien, no para el mal, tu valor y tu fuerza;
que seas, a mi lado, lo que soñé que fueras: amigo, colaborador, hermano... sí, hermano. Mi padre lo dijo
así una vez y no he olvidado sus palabras. Te nombro administrador de Campo Real. Tendrás autoridad y
dinero, honra y provecho, y a nadie más que a mí tendrás que rendir cuentas.
¿Yo administrador de Campo Real? Totalmente desconcertado, Juan ha alzado la cabeza,
ha buscado la verdad en el fondo de aquellas pupilas azules, fraternas y leales para él, y ha sentido el
golpe brusco de su propio corazón, que late apresuradamente. ¿De veras has pensado eso? ¿Tú solo?
¿Por ti mismo? Doña Sofía me odia...
No exageremos. No puedo negar que no le eres simpático, que nunca se lo fuiste. En realidad,
creo que ni siquiera es eso, sino su amor maternal, su gran amor por mí, que le hace verme siempre
pequeño, indefenso... Y no te ofendas, Juan... También materia propicia para que prendas en mí tu mal
ejemplo. Mi pobre madre no comprende ciertas cosas, y es lógico que no las comprenda. Es otro su
mundo, pero estoy seguro que todo eso pasará en cuanto te trate un poco. Es demasiado sensible y
demasiado buena... Ya la irás conociendo...
No lo creo, Renato. Porque aun agradeciendo con toda el alma lo que acabas de decirme, no
estoy dispuesto a...
No me des tu negativa de pronto. Espera un poco y piénsalo. Te hice mi proposición de
repente, para rogarte, al mismo tiempo, que te quedes unos días... unos días solamente, que a nada te
comprometerán. En realidad, no debes decir que sí sin enterarte de lo que se trata. Es un trabajo duro y
arduo: quiero transformar el régimen interno de Campo Real totalmente; desterrar los viejos
procedimientos y arrancarle para siempre los colmillos a un viejo zorro: Bautista, ¿lo recuerdas? En otros
tiempos, mayordomo de la casa; luego, administrador general; actualmente, un tiranuelo ridículo y
despreciable contra el que Mónica y yo hemos comenzado la ofensiva.
¿Mónica? se extraña Juan.
Sí... Mónica, mi cuñada, que fue, después de ti, mi única y verdadera amiga en la infancia y en
la adolescencia, la musa inspiradora de mis quince años...
¿Y por qué no te casaste con ella?
¿Con Mónica? se sorprende Renato Bueno... En realidad, no sé cómo no acabé por
enamorarme de ella. Era encantadora, lo sigue siendo... Me llevaba mucho mejor con ella que con Aimée,
pero el corazón es así... Un día cambió de rumbo y me cautivó esa criatura que tiene todas las gracias,
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todos los encantos. Renato ha sonreído a su propio pensamiento, ciego en su ensueño, sin mirar el
rostro de Juan, a quien el solo nombre de Aimée transforma, endureciéndolo, encendiéndolo de cólera
violenta, que milagrosamente contiene. Supongo que la conoces de vista, como a Mónica. Lamento
muchísimo el malestar que me impidió presentarte a ella, pero será dentro de un rato... Soy muy feliz,
Juan, inmensamente feliz. Y cuando se es feliz, es fácil ser generoso. Quiero que esta dicha mía llegue
hasta el último rincón de mi hacienda; quiero que los más humildes bendigan el nombre de Aimée,
pensando que el bienestar les llegó por ella, porque su amor supo hacerme más humano, más bueno...
¿Te sorprende?
Ahora sí mira a Juan, y es él el sorprendido por la terrible expresión de aquel semblante. Sobre el
rostro trigueño que la palidez hace blanco, son dos llamaradas de rencor los grandes ojos negros, y se
aprietan los labios, de los que por un verdadero milagro no escapa su secreto.
¿En qué piensas, Juan? Estás lejos... Lejos, y en un lugar nada grato. Me doy cuenta... Te he
propuesto quedarte aquí sin preguntarte nada. Acaso tú tengas tu amor también... Acaso una mujer...
¡Malditas sean todas!
¡Juan! reprocha Renato; pero, comprensivo, indaga: ¿Te ha herido alguna? ¿Has tenido la
desgracia de tropezar con alguna mala mujer?
¿Y cuál no es mala?
Vamos... No hables de esa manera. No es digno de un hombre cabal maldecir así, a bulto, de
todas las mujeres. Algunas son lo peor del mundo, estoy de acuerdo; otras, lo más alto, lo más noble, lo
más limpio y puro que podamos hallar sobre la tierra...
¿Lo dices por tu Aimée...?
¡Naturalmente!
Renato ha contestado con brusquedad, ha fruncido el ceño, ha clavado en Juan una mirada dura
y penetrante, ha erguido más la fina cabeza... pero la frase que tiembla en los labios de Juan del Diablo
no llega a brotar. Hay una desconocida fuerza interna que le detiene. Al volver la cabeza, ve que Mónica
de Molnar se acerca, y comenta indiferente...
Tu cuñada...
Aimée ha vuelto en sí, Renato explica Mónica, Preguntó por ti inmediatamente. Le
sorprendió mucho que no estuvieras junto a ella.
Sí, claro... Voy corriendo. Salí sólo para detener a Juan. Que te cuente él lo que acabo de
decirle... ¡Ah! Y tráelo para la casa. Mandaré que le preparen una habitación de huéspedes.
Renato ha cruzado con ágil paso el trozo de jardín que le separa de las escalinatas y
rápidamente penetra en la mansión. Los ojos de Juan le han seguido hasta verle perderse, mientras
Mónica, tensa de emoción, le observa...
No me mire así... Todavía no he dicho una palabra; todavía no he hecho nada la tranquiliza
Juan, Me he dejado llevar y traer al gusto de todos ustedes...
Que Dios se lo pague ¿Pero qué es lo que Renato le ha dicho? ¿Qué es lo que se propone
usted hacer?
Renato pretende que me quede en Campo Real. Que me quede indefinidamente. Me ofrece el
jugoso puesto de administrador de su hacienda...
Pero usted no ha aceptado eso, Juan. ¿Verdad? No puede aceptarlo. ¡Usted tiene que irse de
aquí inmediatamente! Ya ha visto usted el efecto que su presencia hizo en Aimée.
Un desmayo muy socorrido. ¡Qué cómodo, qué oportuno! El mundo es para las mujeres...
No fue fingido. Su aparición la hirió como un rayo. Ahora está desesperada, enloquecida, sufre
como en el fondo del infierno... Ella no sabía que usted iba a volver...
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¿Y para no saberlo me lo hizo jurar tantas veces? ¡Que no mienta! ¡Ella estaba segura de que
me tenía bien sujeto, loco y enamorado como un imbécil, capaz de todo por ella...! ¡De todo, sí, de todo!
¿Usted sabe lo que yo he hecho? ¡Me he jugado la vida cien veces cada día! Y todo, ¿por qué? ¿Para
qué? Para cumplir mi palabra; para poder acercarme a ella con ropas de caballero; para poder darle lo
que yo sabía que ambicionaba; para llevármela del brazo a la luz del sol, cumpliendo con todo eso que
ustedes llaman religión, familia, conveniencias...
Juan, por piedad. .. Ha callado hasta ahora. Siga callando, aléjese. Yo le aseguro que, en este
momento, Aimée llora con lágrimas de sangre...
Entre los brazos de Renato concluye Juan con infinita amargura.
No piense en eso. Yo le ruego...
¡Basta de ruegos! corta Juan con aspereza. No crea que va a seguir manejándome con
súplicas y lágrimas. No soy un sentimental como Renato, no soy lo bastante feliz como para querer ser
generoso. Al contrario, soy lo bastante desdichado para odiar hasta la luz del cielo, hasta el aire que
respiro, hasta la tierra que me sostiene... ¡Y no he renunciado a vengarme!
22
AIMÉE, MI VIDA, ¿qué es esto? ¿Por qué estás llorando? ¿Te sientes muy mal?
¡Oh, déjame!
Perdóname, pero no comprendo, Mónica dijo que estabas mejor y que me llamabas...
¿Qué sabe esa imbécil...?
¿Imbécil tu hermana? se sorprende Renato, profundamente estupefacto ante el exabrupto de
su esposa.
¡Imbécil, estúpida y entrometida! ¿Cuándo va a irse a su convento y dejarnos en paz?
Pero, Aimée, yo creo que estás trastornada, fuera de ti... ¿Por qué? ¿Qué es lo que ha
pasado?
¿Qué es lo que te ha contado ella?
Nada me ha contado ni nada tenía que contarme. Tú eres la que me desconciertas. ¿Por qué
hablas así de tu hermana? Es absurdo que reacciones contra ella de ese modo, cuando no puede ser
más generosa, más solicita, más tierna contigo...
¡Pobre Mónica! suspira hipócritamente Aimée, algo tranquilizada ante las palabras de
Renato.
¿Ahora la compadeces?
Es que no sé ni lo que digo...
Ha secado sus lágrimas, ha hecho un esfuerzo para reaccionar. Odia a Mónica... sí, la odia, y el
rencor le sube a los labios como una espuma amarga. Pero en el rostro de Renato ha visto una expresión
dura, severa, grave, y astutamente recoge velas mientras le observa, mientras, como un relámpago de
esperanza, cruza por su mente la idea de un plan disparatado, e interroga de nuevo:
¿No dijo nada Mónica de mi desmayo?
Sí, mi vida, dijo que los padecías, cosa que yo ignoraba. ¿Te ha molestado que lo dijera? No
tiene nada de particular. Además, tenía que decirlo para tranquilizarnos. Comprendo lo que sientes: te
molesta, te humilla la idea de padecer algo. Pero, mi amor, ¡qué tonta eres! Eso no tiene nada de
particular... todos padecemos de algo. Tú eres maravillosa y perfecta. Ese pequeño mal vamos a curarlo,
y si no se cura, es igual. Mi amor es para siempre y para todo, Aimée, en dicha y en dolor, en salud o en
enfermedad. Te quiero para siempre, y como dice el rito protestante: ¡Hasta que la muerte nos separe!
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Dulcemente, Renato ha estrechado a Aimée entre sus brazos. Poco a poco ha ido cambiando su
expresión y su gesto, mientras, mejor que puede hacerlo nadie, halla en sí mismo la disculpa perfecta,
que borra la dolorosa impresión de ingratitud, de dureza y violencia que por un momento le causaran las
palabras de Aimée. Y mientras su amor salva generosamente la distancia, Aimée caza la intención al
vuelo, demasiado astuta para no aprovecharse de cualquier ventaja que se le ofrezca, demasiado
calculadora para no querer guardarse contra todo riesgo... aun con el escudo de una lágrima falsa.
Aimée, mi vida, pero, ¿qué es esto? ¿Lloras otra vez?
Perdóname... Ahora es de pena por haber hablado mal de Mónica. Ella es muy buena, Renato.
Sí, Aimée, inmensamente buena. Está haciendo una gran obra en el cuidado de los enfermos...
Ya sé que estás encantado con ella; pero, de cualquier modo, su puesto no está aquí sino en
su convento. Ella no es feliz con nosotros y es un egoísmo muy grande de nuestra parte empeñarnos en
retenerla.
Todavía no me he empeñado.
Pero lo harás, te conozca muy bien. Y es un verdadero error de tu parte. El casado casa
quiere. Tú y yo debíamos vivir solos, amor mío... solos en nuestra linda casa de Saint-Pierre. ¿No me
respondes?
Ahora no evade Renato, pero ya hablaremos de todo. Por el momento hay mucho que
hacer en Campo Real, y como la suerte me pone a mano los colaboradores que soñaba...
¿Colaboradores? ¿Quiénes?
En primer lugar Mónica, y después... Supongo que no pudiste verlo, te sentiste mal. El hombre
que guiaba el carruaje...
Lo vi perfectamente.
Le conocías, ¿verdad?
Bueno... acepta Aimée sin negar ni afirmar.
Mónica sí; Mónica le conoce perfectamente. Y él, de vista al menos, afirmó conocerte. Mónica
me recordó que la casa de ustedes, en Saint-Pierre, está muy cerca de la playa. Parece ser que Juan
acostumbraba tomar tierra por una playuela que queda justamente detrás del jardín de ustedes. Lo
curioso es que tú no lo conozcas más que ella, puesto que llevas más tiempo viviendo en esa casa...
Ya te dije que sí lo conocía, pero no simpatizo nada con él, y no me preguntes por qué, pues
no sabría decírtelo; pero no me es nada, nada simpático. ¿Se fue ya?
No, Aimée, no se ha ido. Le he comprometido a que pase unos días con nosotros. Durante
ellos trataré de convencerlo para que acepte un puesto en Campo Real.
¿Estás loco? reprocha Aimée con vivacidad. Él no sabe nada de fincas, es un hombre de
mar... y con bastante mala fama por cierto. Lo acusan de contrabandista y de pirata.
En efecto. Pero yo tengo mucho interés en que cambie de vida para que no le acusen más de
nada de eso. Somos amigos de la infancia, mi padre le prometió al suyo velar por él. Por desgracia, murió
sin poder hacer lo que se proponía, y yo considero un deber moral hacer por Juan lo que mi padre
hubiera hecho.
¿Y él está conforme en trabajar para ti?
Todavía no. Mas ya te lo dije antes: espero convencerlo. Él ha tenido suerte en su último viaje y
trae algún dinero. Tal vez no quiera trabajar conmigo, sino establecerse por su cuenta, y en ese caso
también lo ayudaré; pero, de un modo o de otro, quiero lograr su amistad. Por eso siento que no
simpatices con él y que no seas tú la única, pues tampoco mamá quiere nada con Juan del Diablo, como
le llaman. Sin embargo, confío en ir limando asperezas...
Aimée ha inclinado la frente hasta ocultar el rostro a las miradas de Renato. Teme delatarse con
un gesto y tiembla como si tuviera fiebre, mientras él acaricia sus manos con ternura, e indaga solícito:
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¿Te sientes mejor? ¿Crees que puedes acompañarnos a la mesa?
¡Oh, no, Renato! Me siento muy mal. Me duele horriblemente la cabeza y no creo poder
ponerme de pie siquiera. No me obligues a levantarme...
Claro que no te obligo, ¡qué ocurrencia! Yo mismo voy a llevarte a nuestro departamento...
¿Le molestaría mucho a doña Sofía que yo pasara la noche en este diván? Por lo menos,
déjame aquí unas horas, déjame sola, totalmente sola y a oscuras para reponerme. Con eso acabaré de
sentirme bien. Te lo ruego, Renato, tienes mil cosas en que ocuparte.
Está bien. Si es tu gusto, te dejo sola; pero, de todos modos, prevendré a tu doncella para que
esté atenta.
Ha salido, y Aimée hace tras él un gesto de impaciencia.
No puede más; se siente enloquecer de desesperación, y afloja al fin los contenidos nervios. Ha
resbalado del diván hasta caer al suelo, mordiéndose las manos, mesándose los negros cabellos,
retorciéndose como bajo la agonía del más cruel tormento... La sangre le hierve en las venas, el corazón
le late hasta ahogarla y, al fin, se alza como aferrándose a una determinación y murmura en voz alta:
¡Juan... Juan...! Tengo que hablarle a solas. ¡Pase lo que pase, tengo que hablar a solas con
él! De pronto, oye unos pasos suaves que se deslizan sigilosos, y alarmada, indaga: ¿Quién anda
ahí? ¡Oh, eres tú, Ana! ¿Qué hacías detrás de esas cortinas?
Pues nada, mi ama, ¿qué quiere usted que haga? El señor Renato me dijo que estuviera cerca
y que esperara...
Ven acá...
Dócil a la voz de Aimée, la oscura doncella que Sofía ha cedido a su nuera se acerca a ella,
sentándose muy cerca, a sus pies, en la alfombra, y ladea la cabeza mirándola con solicitud de animalejo
doméstico. Nada parece haber cambiado en ella durante aquellos quince años: es como si hubieran
resbalado sobre su alma infantil, como si eternamente tuviera aquella adolescencia ingenua que hace
brillar sus ojos como dos azabaches y aparecer los dientes blanquísimos como carne de coco sobre la
piel color tabaco.
Ya se estaban poniendo feas las cosas en esta casa, ¿verdad, señora Aimée? Igualitico que la
otra vez que vino el niño Juan...
¿Qué otra vez?
Bueno... la otra... Cuando se mató el amo viejo, que fue el que trajo a Juan. Entonces, el niño
Renato tenía este alto, y ni Yanina ni Bautista mandaban en la casa...
¿Es que los D'Autremont conocían ya a Juan?
Pues, claro. Y mire usted que se dijeron cosas... ¿Quiere que le traiga una taza de caldo?
No. Dime dónde están los demás... ¿Qué hacen?
Cada uno, una cosa distinta. La señora Sofía, encerrada, furiosa como la otra vez... Dicen que
le dijo al niñito Renato que ella no iba a comer en la mesa mientras estuviera aquí Juan. Seguro que lo
hace para que el señor Renato lo eche. Pero qué va, ahí está Juan en el comedor, tan alto y tan buen
mozo como el amo don Francisco hace veinte años. Se le parece, ¿sabe, señora Aimée? Cuando lo vi de
pronto, hasta me di un susto. Era entre dos luces y me pareció que se trataba del ánima del amo...
Dices muchas tonterías, Ana, y no respondes a lo que te he preguntado. ¿Dónde están todos?
¿En el comedor acaso? ¿Están comiendo ya? ¿Y Mónica? ¿Qué hace Mónica?
Ahora no sé. ¿Quiere que vaya a verlo y vuelva a avisarle?
Sí, Ana, porque necesito hacer algo grave, importante... algo en que tú sola vas a ayudarme, y
que será un secreto entre las dos. Si sabes guardarlo, te regalaré un traje nuevo, de seda, y unos
zapatos, y un collar, y todo lo que quieras. Pero tienes que aprender a hacer las cosas como yo te las
mando, y a callarte, Ana, a callarte como una tumba. ¿Sabrás hacerlo? ¿Me lo juras?
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Pues claro. No voy a decir ni una palabra a nadie. Yo sé hacerlo muy bien... ¡La de cosas que
yo me callo! Si yo hablara, señora Aimée... si yo hablara...
La doncella nativa ha hecho un gesto expresivo, mostrando al sonreír la doble sarta de sus
dientes blanquísimas, dichosa y encantada de haber llegado a aquel punto de la confidencia en el que su
joven ama nueva va a abrirle las puertas de su intimidad. Diáfana y simple, incapaz de pensar, es quizás
la cómplice menos adecuada; pero es demasiado violento el torbellino de pasiones que arrebata el alma
de Aimée. Necesita de alguien, y no es capaz de ser prudente...
¿No quieres que hablemos un momento, Mónica?
Claro... Si lo deseas, con el mayor gusto, Renato. Están en uno de los saloncillos contiguos al
amplio comedor. Mónica y Renato apenas han probado el café y el coñac servidos después de la cena.
Juan acaba de retirarse, y Mónica parece respirar con un poco más de confianza. Aún la presencia de
Renato es para ella preciosa... Aún saborea como una golosina, inquietante y amarga, el sentirlo a su
lado, hasta en aquellos momentos de tensión y de angustia, sintiendo palpitar en torno suyo el peligro de
una catástrofe.
En primer lugar, quiero darte las gracias: eres la única que no ha desertado, la única que ha
venido a acompañarme a compartir la mesa con Juan.
Aimée está enferma, y mamá...
Sí, ya sé: sufre de jaqueca. También mi madre, oficialmente al menos, tendrá jaqueca durante
los días que Juan pase en esta casa. Y en cuanto a la enfermedad de Aimée, pienso que ella ha
exagerado, pues tampoco le es simpático el pobre Juan.
¿Te lo dijo ella...?
Me lo dijo con toda franqueza. Como siempre le he pedido que sea absolutamente sincera
conmigo, se lo agradezco. ¡Pero me hubiera gustado tanto encontrarla, como a ti, comprensiva y amable
con Juan...!
No creo que Juan encaje en el ambiente de esta casa. Tú mismo lo estás viendo, Renato. Él no
parece contento aquí. ¿Por qué no lo dejas alejarse?
Lo dejaré, ¡qué remedio me queda! Pero es absurda la mala voluntad que todos tienen contra
Juan. Es hosco y áspero, porque ha sufrido mucho... Su historia es larga. Otro día te la contaré, aunque
la verdad es que aun para mí mismo guarda muchos puntos oscuros. Mi padre tenía en él un empeño tan
grande... pero dejemos a papá, aunque está ligado con lo que quería decirte. Quiero hacer una
modificación completa del régimen de trabajo en Campo Real. Hemos empezado por lo más perentorio,
que eran los enfermos; pero en todo hay que poner la mano. Claro que para eso necesito tener aquí al
viejo Noel, y mira qué casualidad... pensaba mandar a buscarlo la próxima semana, y hace poco vinieron
a traerme el aviso de que estaba detenido en mitad del camino, por una rueda rota del coche de alquiler
en que viene. Y, como es natural, mandé un coche a buscarlo... ¿Pero qué te pasa? Estás inquieta...
No me pasa nada. Son tantas cosas, que...
Una a una las iremos solventando. Si no estás muy cansada, saldremos a la galería a ver si
llega Noel. Mucho me temo que su presencia tampoco va a ser del agrado de mamá.
¿Entonces...?
No le gusta nada que sea contra Bautista, pero yo estoy resuelto a terminar con él y con todos
sus abusos. Su presencia aquí es el mal que hay que extirpar y para eso no valen paños tibios: es
preciso cortar por lo sano... ¿Oyes? Me parece que llega un carruaje... ¡Vamos...!
El señor Renato y la señorita Mónica salieron al jardín porque oyeron llegar un coche, pero no
era la visita que esperaban... Era el coche grande, con los encargos de la señorita Mónica para esos
enfermos que está cuidando. De modo que el señor y la señorita se quedaron muy entretenidos con
tantos paquetes informa Ana a Aimée, de acuerdo con el encargo que ésta le hiciera...
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¿Y Juan? ¿Fue con ellos Juan?
¡Qué va! El Juan se fue del comedor acabando de comer, diciendo que iba a acostarse. Pero
qué va... Se fue a buscar a ése muchacho que trajo con él, a averiguar qué le habían dado de cenar. Y le
dijo a Esteban que no lo pusiera en ningún cuarto de sirvientes, porque Colibrí, que así se llama él
condenado negrito, tenía que dormir con él en el mismo cuarto.
¿Y dónde está ahora?
Paseando con el muchachito por el segundo patio, y sin hablar.
Óyeme, Ana. Es preciso que llames a ese niño, que te lo lleves a cualquier parte, que dejes
sólo a Juan...
¿Para qué, mi ama? se sorprende la sirvienta.
No preguntes y haz lo que te mando. Mira, ¿te gusta esta sortija? Tómala... Es tuya... Para ti...
Pero haz inmediatamente lo que te mando. Anda.
Mi amo...
¿Qué quieres, Colibrí?
Juan se ha detenido en uno de aquellos lentos paseos de los que ha dado muchos ya de uno a
otro extremo del segundo patio. Ha llegado hasta allí llevando consigo al muchachuelo, pero no le mira ni
le habla. Está demasiado absorto en sus amargos pensamientos, y su mirada, al oírle hablar, es casi de
sorpresa, como si despertara de un sueño poblado de siniestras imágenes, como si el pequeño y oscuro
rostro amigo le consolara un tanto...
¿Nos vamos a quedar en esta casa, mi amo? En la cocina dijeron que nos íbamos a quedar
para siempre, y que usted iba a mandar, y que iban a echar a un hombre muy malo que es el que ahora
está mandando. Pero cuando él llegó, todos se callaron. ¡Es un viejo más feo, patrón...! Llegó regañando,
y a un gato que estaba bebiendo leche, le dio una patada. De verdad que es muy malo, pues el gato no le
hacía daño a nadie. ¿Es cierto lo que dijeron, mi amo?
No, Colibrí, no es verdad. Mañana mismo nos iremos de esta casa...
¿Sin ver al ama nueva? ¿Sin buscarla?
No hay tal ama nueva. Colibrí se lamenta Juan con amarga tristeza. Nos iremos otra vez al
Luzbel. Pondremos proa al centro del mar, y no volveremos nunca más a la Martinica.
¿Y la casa grande que iba a hacer allá, en aquellas piedras? ¿Y todas las cosas lindas que
usted pensaba, mi amo?
Todas se acabaron. Colibrí. ¡Nos iremos para no volver más!
¡Chist... chist.. .! llama Ana, la sirvienta mestiza.
¿Qué es eso? ¿Qué pasa? se violenta Juan.
Llamaba al muchacho, señor Juan. Lo llamaba para llevármelo. Van a hablarle a solas a usted
murmura Ana en voz baja y tono misterioso. Quieren hablarle sin que nadie se entere.
¿Quién quiere hablarme?
No grite. Tiene que ser sin que lo sepa nadie. Váyase a aquel rincón que está bien oscuro, y no
grite. No hable alto. Es un secreto. El ama no quiere que lo sepa nadie...
¿El ama? ¿Qué ama? pregunta Juan; pero, de pronto, comprende y exclama: ¡Aimée!
Chist... No grite... No grite... suplica Ana. Y alejándose, ordena: Vámonos, muchacho.
Un momento, Juan ha quedado inmóvil, sacudido por un sentimiento que es sorpresa y es cólera,
y también una especie de alegría salvaje. Aimée está allí, frente a él, a pocos pasos... Más que verla la
adivina en el rincón oscuro; distingue su figura y, al acercarse, ve su rostro pálido, sus labios trémulos,
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sus manos que se extienden hacia él, suplicantes. Sin proponérselo, baja la voz... Acaso le ahoga el
golpe del corazón que se desboca, o el inexplicable escalofrío que recorre su espalda, y murmura:
¡Tú! ¡Tú!
¡Mátame, Juan! Me acerco a ti, para que seas tú el que me mates...
A matarte vine, Aimée... Pero, al fin y al cabo, no creo tener ningún derecho...
¿No crees tener derecho? ¿Y cuándo has necesitado tú tener derecho para extender las
manos y arrancarle a la vida cuanto la vida quiso negarte? ¿Cuándo, Juan?
Aimée, ha dado un paso fuera de la penumbra para mirarle con sorpresa, casi con rabia. Aquel
rostro frío, impasible, hermético, no es el que esperaba ver en Juan. Para salirle al paso, esquivando su
violencia, se ha jugado el todo por el todo en una frase, y ahora se siente como defraudada en su anhelo
morboso: Juan, su Juan del Diablo parece otro bajo aquellas ropas de caballero. Parece otro como está
ahora: enigmático, con un fulgor satánico en las pupilas...
¿Para qué quieres que te mate? ¿No amas a tu esposo, al noble caballero D'Autremont? ¿No
eres feliz siendo dueña de Campo Real? ¿No eres dichosa con tus trapos de seda y la basura de tus
collares y tus alhajas?
Tú sabes bien lo que me hace feliz, y no es nada de eso, Juan, tú lo sabes...
Yo no sé nada. ¿Qué puedo yo saber de la señora D'Autremont, la esposa de mi mejor amigo?
La esposa de Renato D'Autremont, tan generoso y tan solícito para mí como si tuviéramos la misma
sangre, tan preocupado de mi porvenir, que no quiere dejarme seguir en el mar; tan atento a mi bienestar,
que quiere velar por él personalmente; tan seguro y confiado, que me ofrece un puesto en el que me
seria muy fácil arruinarlo y, además, deshonrarlo.
¿Pero estás loco?
Lo está él, en todo caso. Aunque mis palabras te suenen a sarcasmo, son la pura y estricta
verdad. Gracioso, ¿no? Extraordinariamente gracioso... Pero no hay razón para que te muestres
desesperada. Al contrario... Eres una mujer de suerte, Aimée, de suerte extraordinaria. ¿Qué más
quieres?
Quisiera saber si eres sincero; quisiera saber por qué hablas como hablas. Y además, ¿para
qué has venido? ¿Qué te propones? ¿Qué vas a hacer al fin?
Para lo que he venido, ya lo dije antes: para matarte. Pero alguien me detuvo en el primer
impulso...
Mónica. .. ¡Esa fue Mónica!
Puede que fuese ella. Le debes la vida. Ya tienes algo que agradecerle. Pero también puedo
pensar que fue Renato. Es difícil dar de puñaladas a un niño que sonríe y que nos llama "el mejor amigo
de su infancia". Y decirle a Renato quién eres, es peor que apuñalearle. Porque no sólo cree en mí ese...
bendito de Dios. También cree en ti. ¿Has visto nada con más gracia? Cree en ti, Aimée, te considera la
mujer más pura, más noble, más leal. Te ama como al sol que llegara a su vida, iluminándola y
purificándola. Y enfureciéndose lentamente mientras habla, escupe el insulto: ¡A ti... a ti, carroña,
basura, mujerzuela hipócrita y despreciable, más y más perdida que la última ramera! Pero tranquilízate,
él no lo sabe y tú eres la señora D'Autremont, ama y reina de Campo Real termina en son de burla.
¡Oh, basta! ¡Mátame si crees que te he engañado, si defraudé tu amor y destrocé tu corazón;
pero no me insultes, porque no voy a tolerarlo!
¿No? ¿Cómo vas a hacer para no tolerarlo?
¡Soy capaz de gritar, de ser yo la que lo diga todo!
¿De veras?... Hazlo... Será maravilloso... Dile la verdad a Renato. Dile, además, que te he
tratado como a lo que eres. Llámale para que me pida cuentas de mi ofensa. Vuélvelo contra mí, que eso
es lo que estoy deseando: que venga como hombre ofendido y que me injurie, que me ataque. Entonces
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sí será fácil destrozarlo con estas manos. Entonces sí que la partida estará igualada. ¡Hazlo, Aimée,
hazlo! ¡Grita, llámalo!
Demasiado sabes que no voy a hacerlo, y de eso te aprovechas para tratarme como me tratas
protesta Aimée brotándole la ira por todos los poros de su ser. Sabes que estoy perdida, sin defensa.
¡Eres un cobarde!
Sí... soy un cobarde, porque no debí haber escuchado una palabra de nadie, porque debería
haber matado a cuantos me cerraron el paso, llegar hasta ti como me había propuesto y apretar tu cuello
con estas manos... Juan ve el temor reflejado en el pálido rostro de Aimée y, despectivo e irónico a la
vez, la tranquiliza: No, no te asustes, no grites. Tú si que eres cobarde... cobarde y baja... Porque eres
embustera, hipócrita; porque te arrastras, te arrastras mordiendo por la espalda, infiltrando tu veneno por
la sangre...
Juan... Juan... suplica Aimée, adolorida. Sé que me odias, tienes que odiarme. Sé que me
desprecias, tienes que despreciarme. Pero en el fondo de tu corazón me amas, tienes que amarme,
porque el amor no se arranca de golpe...
El tuyo está arrancado, ¡y hasta la última raíz está fuera!
No lo creas, Juan. Sólo estás luchando con él, como yo he luchado durante horas y días, y a
cada tirón por arrancarlo te sangra el corazón, como a mí me ha sangrado, como aún me sangra y duele
hasta enloquecerme. Porque yo te quiero, Juan, es a ti a quien sigo amando. Nada ni nadie me hará
cambiar.
Se ha hundido en la penumbra, ha resbalado a lo largo de la columna en que busca apoyó, y
ahora llora en silencio, cubierto el rostro con las manos, mientras Juan la mira llorar, rota la voluntad en la
lucha titánica de aquella nueva turba de sentimientos y de ideas que han brotado en su alma, vacilando
como entre dos abismos, y reprocha:
Basta de mentiras, de embustes, de farsas... Si me hubieras amado, si me hubieras querido
sólo un poco, sólo la mitad de lo que me jurabas...
¡Te quería y te quiero!
¡No mientas más! Ahí están los hechos, tus hechos, demasiado profundos, demasiado claros:
¡Te casaste con otro!
Con otro a quien no amo. ¡Te lo juro! No lo quiero, no lo quise nunca. Lo detesto, me fastidia.
Las circunstancias me empujaron. Yo no sabía que tú ibas a volver... Alguien me dijo que no ibas a volver
más.
¿Quién fue ese alguien?
Pedro Noel, el notario. Indaga, pregunta... Me dijo que tenías líos con la justicia, que la policía
te buscaba, que no podrías volver más a la Martinica, y yo pensé que tus palabras habían sido falsas,
que mentías a sabiendas cuando te alejaste prometiendo volver. Pensé que te habías burlado de mi
amor...
¿Y por qué no esperaste un poco más?
Me cegó el despecho; Renato me apremiaba...
Naturalmente... apremiaba... Y como tu estabas jugando con dos barajas... No, a mi no me
engañas. Sé quién eres, sé cómo eres.. . Yo no soy Renato, bueno y cándido. Sé toda la maldad, todo el
egoísmo, todo la crueldad fría e hipócrita que tienes en el alma.
¡Pero me quisiste sabiendo eso!
Sí, te quise como puede quererse lo que más nos daña, la droga que envenena, el vicio que
arrastra, el peligro en el que podemos perecer a cada instante... Así te quise, y por ti pensé lo que nunca
había pensado: ser otro hombre, cambiar de vida, colmar tu ambición y tu vanidad, humillar lo único que
tenía en el mundo: mi orgullo de pirata... Volverme como los demás, sólo para satisfacerte, para quererte
a la luz del día, para saberte mía, mía solo, aunque el Luzbel se hundiera en otras manos, aunque no
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pudiera seguir llamándome Juan del Diablo, aunque todo lo mío se hiciera polvo, para hacer de ese polvo
una alfombra de flores por donde tú pisaras. Así te quise... ¡Pero todo acabó, todo ha terminado!
¿Quisiste ser la señora D'Autremont? Pues a serlo. ¡A serlo de verdad!
¡No! ¡No! ¡Me mataré si me dejas! ¡Te juro que me mataré si me dejas!
¿Tú matarte? ¡Bah! rechaza Juan en tono despectivo. Si no te dejo, será para volverte
loca, para atormentarte, para torturarte, para hacer de tu vida un infierno.
¡No me dejes, Juan!
Mi ama... mi ama... Viene gente... ¡Cuidado! avisa Ana acercándose apresurada. Viene
gente por ese lado... y creo que es el señor Renato...
¡Aimée! llama Mónica aproximándose al grupo. Aimée ha retrocedido, hundiéndose en las
sombras; Juan permanece inmóvil. Mónica ha dado un paso acercándose más a él, al tiempo que llega
lentamente Renato, con una disculpa en los labios:
Perdónenme si interrumpo una conversación interesante. Oí la voz de Juan, y como se había
despedido para irse a acostar hace más de una hora...
Sí... pero tuve calor. No sirvo para dormir encerrado.
Mónica ha respirado un poco más tranquila. Por un instante aguardó tensa trémula de angustia,
la respuesta que pudiese dar Juan. Ahora le sorprende su cambio repentino, la fría serenidad con que ha
contestado a Renato, la leve y amarga sonrisilla que asoma a sus labios, al proseguir: Piensa que he
pasado más noches de mi vida al raso que bajo techo.
Me hago cargo. Las noches en el mar han de ser deliciosas.
Sí... Sobre todo cuando se es grumete o marinero de tercera clase, y lo despiertan a uno a
puntapiés para hacer la guardia... observa Juan con ironía.
No quise aludir a esos recuerdos tan poco agradables rehuye Renato jovialmente; pero,
siendo como eres patrón y propietario de tu barco, estoy seguro que las noches a bordo tienen para ti
muchos encantos, tantos que casi, casi empiezo a darte la razón.
¿La razón en qué?
En algo de que antes hablaba con Mónica. Y volviéndose de pronto a la aludida, le
recuerda: También tú te despediste para acostarte, Mónica. Me dijiste que estabas rendida, lo cual me
pareció muy lógico, y renunciaste a esperar la llegada de Noel...
¿Viene Noel? pregunta Juan, extrañado.
Le estoy esperando. Tuve un aviso que el coche que le traía había sufrido un accidente en el
camino, pero ya no debe tardar. Una visita por sorpresa, como la tuya. Me seguiré con lo que estaba
diciéndote: pienso que acaso hago mal en empeñarme tanto en que cambies de vida...
No creo que hagas mal. Es una solicitud que te agradezco. Además, me dijiste que me
necesitabas...
En efecto, es lo que dije.
Pues no creo que deba negarte esa problemática ayuda, cuando tan desinteresadamente has
tratado de servirme siempre que lo he necesitado.
Pero, Juan, lo que quiere decir Renato... interviene Mónica, nerviosa.
Déjale que termine, Mónica la interrumpe Renato Por favor... Habla, Juan...
Termino en seguida. Iba a decirte que acepto el cargo que me ofreces... ¡Que me quedo en
Campo Real!
Como si repentinamente hubiese tomado una nueva resolución, ha hablado Juan mirando con
fijeza a Renato, un extraño matiz de desafío en el tono de sus palabras... Luego se vuelve lentamente
hacia el oscuro rincón por donde Aimée desapareciera, con la esperanza de que ella esté muy cerca, de
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que haya escuchado sus palabras, de que recoja, valorando en cuanto significa, aquella determinación
con que responde al reto, que ella le lanzara. Habría dado sangre de sus venas por poder mirarla a la
cara en ese instante, para adivinar en sus ojos si había en ella placer o espanto, pero no atisba más que
sombras espesas, y al volverse de nuevo ve otro rostro de mujer, pálido y helado como de mármol, dos
manos blancas que se aprietan crispándose; una figura grácil que un instante se estremeció de angustia:
Mónica de Molnar. Y aquella leve y burlona sonrisa que es siempre para él un arma contra ella, despunta
en sus labios, al decir:
¿Te ha dejado pensativo mi resolución, Renato?
No, Juan niega Renato con nobleza. Al contrario; es algo que deseo desde hace mucho
tiempo y déjame decirte las palabras que por los especiales incidentes de tu llegada todavía no te he
dicho, pero que me salen del corazón: Bienvenido a Campo Real, Juan. Bienvenido a la que siempre
debió ser tu casa, y lo es desde este instante.
Gracias, Renato... se conmueve Juan a pesar suyo.
Espero que sea yo el que tenga que darte las gracias muy pronto, cuando hayamos logrado lo
que deseo. Pero ha llegado un coche... Sí, ha llegado un coche al frente de la casa... Seguramente es el
bueno de Noel... Vamos allá... invita Renato alejándose.
Juan no ha seguido a Renato. Ha quedado inmóvil bajo la mirada interrogadora y ardiente de
Mónica, clavada en él como una amenaza, que se expresa al decir estupefacta:
¿Debo suponer que está usted loco?
¿Yo? ¿Por qué, Mónica?
¿Piensa de veras quedarse en Campo Real?
¿Y por qué no debo quedarme? Por lo visto, es el más ardiente deseo de los dueños de esta
casa. Ya oyó usted a Renato, y supongo que también a la nueva señora D'Autremont, puesto que,
seguramente, estaba usted escondida escuchando.
¡No tengo semejantes costumbres!
Pues aun contra su costumbre, parece que, al menos por esta vez, lo ha hecho. De otro modo
no se comprende que saliera en un momento tan oportuno, a tiempo de cubrir la retirada de su hermana.
¿Estaba usted de acuerdo con ella?
¿Quiere callarse? ordena Mónica impulsada por la ira.
No se enfurezca; ya veo que no... Debo suponer, entonces, que llegó por casualidad. Pero aun
por casualidad, pudo oírla. Yo había decidido alejarme...
¡Tiene que alejarse, Juan! ¡Usted no puede seguir aquí! ¿Qué se propone? ¿A dónde quiere
usted llegar?
Por el momento, solo hasta ese coche. Santa Mónica contesta Juan burlonamente. Voy a
evitar que el viejo Noel cometa una indiscreción enterando al buen Renato de lo que más vale que ignore:
que se ha casado con la amante de Juan del Diablo.
¡Qué vil y qué despreciable me parece usted en este momento! salta Mónica en voz baja,
pero trémula de indignación.
¿Yo...? Juan se contiene haciendo un esfuerzo y con amargo cinismo explica: Eso no es
nada nuevo. Son los sentimientos que suelo inspirar a las personas como usted: puras e impecables...
Pero no se preocupe, que ya empiezo a saber cubrir las apariencias y, por lo visto, la apariencia es lo
único que vale en el mundo de las gentes respetables. A sus pies, futura abadesa...
¡Estúpido, payaso!
Ese sí es un insulto nuevo... Payaso... Hasta ahora nadie me lo había llamado. ¿Payaso?
Puede ser. Pero el que pretenda reír a costa de este payaso, pagará la función en moneda de sangre.
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Dígaselo a su hermana, a la joven señora D'Autremont. Prevéngala de que la entrada para el circo de
Juan del Diablo cuesta muy cara. ¡Demasiado cara!
23
COLIBRÍ, ¿VIENES CONMIGO a dar un paseo?
Al fin del mundo voy detrás de usted, patrón. Saltando sobre una y otra pierna, hacia delante y
hacia atrás, con aquella agilidad que le ha valido el mote que ostenta, sale Colibrí tras de Juan rumbo a
las amplias cuadras que ocupan el fondo de la casa. Son las seis de una espléndida mañana, el aire
transparente, el cielo azul muy claro y los primeros rayos del sol asoman dorando las cumbres, limpias
por excepción, de aquellas tres montañas que se alzan como gigantes petrificados sobre la fértil tierra
martiniqueña: Mont Pelee y los picos de Cabet.
¿Hasta dónde vamos, mi amo?
Por lo pronto, a buscar un caballo.
A mí no me gustan los caballos, mi amo. Ni los caballos, ni los burros, ni los coches, ni las
montañas... Me gusta el mar. ¿Cuándo vamos para el mar, patrón?
No lo sé. Colibrí. Tal vez mañana mismo, acaso nunca más...
Qué raro se ha vuelto usted, patrón. Antes lo sabía todo, hasta lo que iba a pasar dentro de un
año... y ahora no sabe ni lo que usted mismo va a hacer mañana.
¿Te extraña? Algún día sabrás que así marcha un barco, cuando es una mujer la que toma el
timón de nuestra vida, Colibrí.
Pero usted dijo antes que no había más ama nueva...
No... no hay más ama nueva. Pero cuando una pasión nos hace su esclavo, el ama es la
desesperación, y el rumbo, la ruta de la desgracia... ¡Mira!
Se ha detenido sujetando al muchacho. Ya están muy cerca de la entrada de las caballerizas y no
se ve por ahí ningún sirviente. Pero alguien saca un caballo del pesebre. Unas manos blancas buscan al
azar una montura, se extienden hasta alcanzar uno de los frenos colgados de la vía central de la cuadra...
Una mujer se dispone a ensillar por sí misma un caballo, y hacia ella va Juan con rápido paso,
ofreciéndose:
¿Puedo ayudarla en algo?
¡Oh... Usted...! se sorprende Mónica.
¿No hay un criado que pueda hacer esto en su lugar?
Sin duda, pero es muy temprano y prefiero no molestar a nadie ¿Quiere seguir su camino y
dejarme en paz?
Mi camino es éste. Santa Mónica. Me acerqué para ensillar un caballo en el que dar un paseo.
Me es igual ensillar dos o, mejor aún, enganchar mi cochecito y llevarla, ya que parece gustar, como yo,
de los aires matinales. ¿A dónde es el paseo? Colibrí, ayúdame un poco... Vamos a enganchar el
coche...
Sí, patrón... Volando... aprueba el muchachuelo alegremente.
Ya le he dicho que no quiero que nadie se moleste por mí.
No es molestia; al contrario. ¿No ha visto la alegría de ese monigote? Le tiene horror a los
caballos... le encanta la idea de que vayamos a pasear en coche. Daremos un paseo al llevarla a usted a
donde vaya. No creo tener nada que hacer en todo el día.
Usted sólo tiene que hacer una cosa, Juan: marcharse... Irse pronto... ¡Irse para siempre!
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¡Caramba! ¿No sabe usted decirme otra cosa? Resulta monótono escucharla. Cuando no
aconseja u ordena, insulta. Resulta usted terrible, señorita Molnar comenta Juan en tono de guasa.
¿Cómo puede bromear? ¿Es que no se da cuenta de la situación en que nos coloca a todos su
presencia aquí? ¿Por qué se empeña en quedarse? ¿Qué espera? ¿Qué aguarda?
¿Alguna vez se le ha ocurrido a usted preguntarse qué espera, qué aguarda el náufrago que en
medio del mar se aferra a un resto de lo que fue su nave, mientras el sol abrasador le tortura hasta
enloquecerle, mientras la sed le afiebra y le extenúa el hambre, mientras a su alrededor ve asomarse a
las feroces bestias del mar? ¿Se ha preguntado usted qué aguarda, cuando con sus ojos casi ciegos
recorre el horizonte por donde no se asoma la esperanza de un barco? ¿Por qué sigue aferrado al
madero con los dedos heridos, crispados? ¿Por qué sigue tragando el agua amarga que le cae en los
labios, en lugar de soltarse y acabar de una vez? ¿Por qué lo hace? ¿Por qué?
Bueno... reflexiona Mónica, dubitativa. Eso es distinto. Será por instinto de conservación,
por deber y derecho humano de defender su vida... ¡Él espera un milagro que lo salve! Pero usted...
Yo estoy como ese náufrago. Santa Mónica, y no creo en los milagros...
¿Y no cree tampoco en la bondad humana, Juan... de Dios?
No, no creo en ella. Aunque me dé usted ese ridículo hombre que-no tengo por qué llevar.
Supongo que se burla de mí con el mismo derecho que yo de su presunta santidad.
Yo no me burlo de nadie, Juan. Primero le creí a usted una fiera, un bárbaro... No voy a
negárselo. Después, al saberle hombre, al sentirle humano, al ver que a pesar suyo no es indiferente a la
amistad de Renato y no fue del todo sordo a mis súplicas, tengo que decirle: ¿Para qué prolongar esta
situación horrible? Acepte su fracaso y váyase.
Yo no he fracasado. Aimée me quiere. A su modo, pero me quiere. Sin santidad, sin dignidad,
si me deja que le hable claro. Me quiere y me prefiere, como tantas veces me prefirieron las mujerzuelas
de las tabernas del puerto. Creo que es capaz de venir conmigo a donde yo quiera llevarla.
¿Pero está loco? ¿Están locos los dos? ¿Cómo puede estar pensando en una cosa
semejante? ¿Quiere... pretende... espera...?
Me ha pedido que no la abandone; me lo ha suplicado llorando. Cuando usted llegó anoche tan
oportunamente a ocupar su lugar, eso era lo que ella me pedía, y mi respuesta fue aceptar el cargo que
me ofrecía Renato.
¡No! ¡No es posible! ¡No puede llegar a ese extremo la maldad humana!
La maldad humana es capaz de llegar infinitamente más lejos de cuanto usted pueda
imaginar asegura Juan con gesto adusto y voz enronquecida.
¡No! ¡No! ¡Tendrían que ser dos monstruos! ¡No pueden destrozar así el honor y la vida de
Renato! ¡No pueden herirle de esa manera, porque hay un Dios en los cielos y ese Dios enviaría sobre
ustedes sus rayos... ¡
No diga tonterías. Santa Mónica ríe Juan amargamente. Y volviéndose hacia donde se
encuentra el muchacho negro, lo llama: ¡Colibrí! ¡Ven acá! Acércate... Quítate la camisa...
¿Cómo? ¿Qué? se extraña Mónica.
Esta señorita quiere ver tu espalda. Colibrí. Quiere ver las huellas de tus golpes y de tus
quemaduras. Quiere enterarse, porque no lo sabe y va a palparlo en este momento, hasta qué extremos
pueden llegar la maldad y la crueldad humanas. Quiero que le cuentes lo que ha sido tu vida, lo que han
hecho contigo aquellos con quienes estabas antes. Y quiero que usted escuche esos relatos, señorita
Molnar, y que después me diga dónde estaba Dios cuando las bestias con figura humana, que fueron sus
amos, lo maltrataban de esta manera. ¡Quiero que me diga usted dónde estaba Dios, señorita Molnar, y
por qué no envió entonces uno de sus rayos!
Brusco, violento, relampagueante la mirada, Juan del Diablo ha despojado a Colibrí de su camisa
de hilo blanco, desnudando el pequeño cuerpo, alzándolo en sus brazos para que ella pueda verlo más
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de cerca, mirando con ansia el bello rostro de mujer, que ya no expresa indignación ni cólera, sino
espanto, dolor y piedad, cuando balbucea:
No... no es posible... Este niño... esta pobre criatura...
Véalo, pálpelo, escúchelo hablar. Él le dirá lo que puede sufrir una criatura humana sin que se
conmuevan los cielos. Mire estos hombros destrozados por las cargas de leña, superiores a sus fuerzas
de niño; estos pobres huesos deformados por el hambre y los malos tratos. Vea las cicatrices de las
quemaduras, de los latigazos... Para los hombres que lo explotaban era menos que una bestia, menos
que un perro cubierto de carroña: era un niño negro, huérfano, abandonado, sin una ley capaz de
protegerlo, sin una mano que se alzara para detener la de sus verdugos...
¿Pero dónde? ¿Dónde halló usted a esta criatura?
¿Dónde? ¡Qué más da! ¿Acaso no hay millares como él? ¿Acaso estas horrendas cosas no
pasan en todos los rincones de la tierra? ¿Acaso cada día no se cometen atrocidades semejantes bajo
todos los cielos? Sí... la crueldad humana es infinita y Dios no envía sus rayos... Siguen triunfando los
malvados, siguen los fuertes pisoteando a los débiles. Y cuando una de estas criaturas, tratadas peor que
una sabandija, logra sobrevivir y se alza llena de todo el rencor del mundo, saturada de toda la crueldad
que contra ella usaron, cuando un niño así llega a hombre, ¿cómo puede pedirle a nadie que se
sacrifique por los que siempre fueron dichosos? ¿Cómo puede esperar nadie de él más que odio y
crueldad?
Pero usted... usted...
Sí... Yo soy ése... Me enseñaron a odiar, a herir antes de que me hiriesen, a matar para que no
me mataran, y si no hubiera logrado aprender esa lección, que tan duramente me enseñaron, no estaría
vivo frente a usted, señorita Molnar. No espere de mí nada; no espere conmoverme jamás con súplicas y
lágrimas. Las odio, las detesto, no sé lo que es piedad. Seguiré por mi camino, destrozándolo todo si es
preciso. Y no tenga usted miedo, ¡que Dios no envía sus rayos! Nada tengo resuelto con respecto a su
hermana, pero no es por piedad. Ignoro el significado de esa palabra... Ahora, voy a enganchar el coche
para llevarla a ese maldito viaje...
Se ha alejado dejando antes en el suelo, junto a ella, el oscuro muchacho semidesnudo que la
mira con los grandes ojos llenos de asombro. Y ella se inclina contemplándolo como si por primera vez le
mirase, y viese a través de él mucho más allá; todo un mundo dolorido y trágico. Y en ese mundo, Juan...
el niño que fue Juan del Diablo... Y mientras piensa en él, sus blancas manos resbalan acariciando la piel
oscura de Colibrí, sus horribles cicatrices, aquella pobre carne cándidamente negra, inocente y torturada,
y de pronto le estrecha contra su corazón y lo besa con una ternura nueva, pura y distinta, que cual un
diáfano manantial le sube desde el corazón hasta los labios, de donde brota con infinita piedad el
lamento:
¡Pobre Colibrí!
¿Usted es el ama nueva? El patrón dijo que veníamos a la Martinica a buscar al ama nueva...
Después dijo que no había más ama nueva, pero ahora... ahora... Él dijo que el ama era linda, que el ama
era buena.... La ha mirado con un ansia encendida en las pupilas color de azabache, con un hambre
de calor y cariño, y Mónica vuelve a estrechar contra su pecho la redonda cabeza de cortísimos cabellos
rizados. Es usted mi ama nueva, ¿verdad?
No, Colibrí. Ni tuya ni de nadie. De nadie soy ama, porque nada me pertenece en este mundo...
Ni siquiera mi corazón...
Listo el cochecito. ¿Quiere montar? la interrumpe Juan que llega con el coche, parándolo
frente a ella.
¿Por qué tiene que molestarse por mí?
Porque no es molestia ni me cuesta nada. Lo que no cuesta nada se da con facilidad...
Tiene razón. Tiene razón en eso, como en muchas cosas más.
Tengo razón en todo asevera Juan con rudeza. Cuanto digo no es más que la verdad.
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No es verdad todo cuanto dice refuta Mónica suavemente. Usted niega que en su corazón
haya piedad, usted niega que haya amor, y hay ambas cosas, Juan de Dios.
¡Juan del Diablo! se encrespa Juan.
Como usted quiera... Juan del Diablo... capaz de ayudar a una mujer que le fastidia y de salvar
a este niño, rescatándolo de un infierno por el que usted mismo ha cruzado...
¡No lo hice por piedad!
¿Por odio entonces? indaga Mónica con ironía.
Tal vez... o acaso por egoísmo. Colibrí soy yo mismo, su infancia fue mi infancia. También a
mí, algunas veces, hubo quien supo mirarme como a un ser humano...
Renato D'Autremont... Recuerdo una por una las palabras que pronunció ayer. El padre de
Renato también quiso rescatarle...
¿El padre de Renato? Creo preferible que no hablemos del padre de Renato, Santa Mónica.
¿Por qué?
Porque... llegaría usted tarde a donde va... Vamos, arriba... Tú también. Colibrí. Sube con ella.
No es la primera vez que Santa Mónica te lleva a su lado.
Ni será la última. Colibrí es mi amigo ya.
Muy bonita frase, pero no me conmueve.
¡Ni aspira a conmoverlo, Juan del Diablo! se enfurece Mónica.
¿Quiere usted un "plantador", ¿Noel?
¡Oh... caramba! se sorprende el notario acercándose a Juan.
Sírvase éste. Llenaré para mí otro vaso. Supongo que cuando ponen aquí este hermoso jarro y
estos vasos, será para que los huéspedes nos atendamos solos. ¡A la salud de usted, Noel!
No, no, gracias, Juan, no voy a tomarme ese brebaje. Pero gracias a Dios que te echo por fin la
vista encima...
El notario se ha acercado hasta la mesa de mimbre que sostiene media docena de vasos y una
gran jarra de aquella popular bebida martiniqueña hecha de jugo de piña con ron blanco, y observa con
desconfianza el vaso lleno, mientras Juan apura el suyo hasta el fondo y vuelve a llenarlo.
Llevo dos horas dando vueltas en la casa sin tropezar con nadie, ni siquiera con un sirviente.
Beba su "plantador"... resulta refrescante invita Juan haciendo caso omiso de la observación
de Pedro Noel.
¿Quieres decirme lo que ha pasado, Juan?
Poca cosa, por no decir, nada. Creo que está a la vista.
No vas a querer volverme loco, ¿eh? Creo que si estoy aquí fue porque me espantaste, porque
saliste de mi casa de una manera que me dejaste turulato. Hubiera pensado que estabas loco, que de
repente te habías trastornado, si no fuera por lo extrañadísimo que es todo cuanto está pasando.
Sí, todo es extraño, sorprendente...
Anoche, por tu actitud y por tus medias palabras, entendí que debía callarme la boca. Muerto
de inquietud y de curiosidad, estuve esperándote en mi cuarto, pero amaneció y no llegaste por allá. Salí
a buscarte y no estabas en la casa ni nadie supo darme razón de ti... ¡Por Dios vivo, respóndeme, Juan!
¿Qué quiere que le responda?
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Lo que está pasando... lo que ha pasado. Te enfureciste hasta perder la razón cuando leíste la
tarjeta del matrimonio de Renato con la señorita Molnar. Pareció enloquecerte de furia la noticia de esa
boda. Saliste con cara de degollar a tres o cuatro. Pasé una noche horrible, salí hacia aquí con mil
trabajos y en un coche alquilado que me dejó a mitad del camino, y cuando por fin llego a esta casa te
hallo mano a mano con Renato, en calidad de huésped de honor.
En calidad de futuro administrador de Campo Real. Al menos, esa fue la proposición de
Renato. Y yo la he aceptado.
Pero... pero... cada palabra que dices me enreda más. ¿Viniste en esa forma tan extraordinaria
para que Renato te nombrara su nuevo administrador? Me estabas hablando de mil cosas distintas, de
mil proyectos: de arreglar tus papeles, de armar un tren de pesca, de reconstruir la cabaña, o mejor
dicho, de hacer una residencia habitable en tu Peñón del Diablo, de casarte... Y de pronto...
De pronto, todo se vino abajo. Fue como si esas montañas que tenemos delante cayesen
hechas polvo, como si se abriese la tierra y por sus grietas vomitase fuego, como si el mar se alzara para
pasar barriendo y arrasando cuanto hallara a su paso... Pero, olvídese de cuanto le preocupe o le
moleste. Beba su "plantador", y aguardemos... Yo le acompaño con el tercer vaso.
¡Basta! No estoy para bromas. ¿A qué hemos de aguardar?
Es lo que me pregunto yo a mí mismo. ¿A qué aguardar? ¿A qué estoy aguardando?
confiesa Juan con lenta amargura. Mas de pronto, cambiando a un tono medio irónico, medio jovial,
exclama: ¡Oh... Aquí llega la joven señora D'Autremont. Anoche no me hizo el honor de sentarse a la
mesa. Ahora sí parece dispuesta a hacemos los honores de la casa. Qué bella es, ¿verdad, Noel?
Con los labios entreabiertos de asombro, ha vuelto la cabeza el notario para ver acercarse a
Aimée, realmente deslumbrante en estos momentos. Lleva un ceñido traje de seda roja, lo bastante
escotado para mostrar el cuello perfecto, los impecables brazos de color de ámbar. Los brillantes cabellos
negros, recogidos con gracia criolla, caen por el cuello hasta la espalda, brillan los ojos negros como dos
estrellas tropicales, y se entreabre la boca fresca, jugosa, tentadora, con una sonrisa indefinible, como si
destilara miel y veneno al propio tiempo. Tras mirarla a ella. Noel observa a Juan, que ha palidecido bajo
la piel tostada. Un instante cruza por sus pupilas un relámpago de amor y de odio, de desesperación y de
deseo, también de ciega e insensata esperanza, y escapa la súplica angustiada de la garganta del viejo
amigo:
¡Juan... Juan... ¡Tienes que salir inmediatamente de esta casa!
Buenas tardes saluda Aimée aproximándose a donde se hallan los dos hombres.
Buenas tardes, señorita corresponde Noel visiblemente turbado.
Señora ya, señor Noel rectifica Aimée con suave naturalidad. ¿Cómo está usted? Anoche
no tuve la oportunidad de saludarlo. No me sentía bien y me acosté temprano. ¿Hizo un buen viaje?
Regular nada más.
Vino usted llamado por mi esposo, ¿verdad? Los dos hombres se han mirado en silencio: el
anciano notario totalmente desconcertado; Juan con su amarga sonrisa de cinismo en los labios, la fiera
máscara helada que impone a su dolor y a su amor. Como si tomara una resolución repentina, responde
Noel a la espléndida muchacha:
En realidad, vine para ocuparme de los asuntos de Juan.
¿Ah, sí? ¿Llamado por él?
No precisamente llamado, sino por la necesidad de puntualizar ciertas cosas. El bueno de
Juan, que es mi amigo y cliente desde que era niño, es demasiado violento, demasiado arrebatado. Me
dio una serie de órdenes tan confusas cuando estuvo en mi casa, que no pude entender lo que de veras
quería. Él tenia sus proyectos al llegar, que me parecieron excelentes.. Quiere cambiar la goleta por unos
cuantos barcos pesqueros, reconstruir su casa en el Peñón del Diablo, poner en orden sus papeles,
emplear razonablemente el dinero que trae... Son ideas excelentes... Y con marcada intención,
prosigue: Sería criminal si alguien tratara de quitárselas, de llevarle por otros rumbos... No, no exagero,
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señora D'Autremont. Seria sencillamente criminal... Juan, he venido a buscarte; tu presencia es necesaria
en Saint-Pierre...
Aquí también hace mucha falta... más falta que en ninguna parte asegura Aimée. Renato
cuenta con él. Está en apuros graves, precisamente por su falta de carácter. Si Juan se encarga de la
administración de Campo Real, será aquí el verdadero amo.
Creo que el único verdadero amo debe ser el señor D'Autremont rectifica Pedro Noel. Juan
es demasiado independiente, demasiado violento, demasiado impetuoso para poder someterse a los
intereses de nadie. Por el bien de todos, es mejor que venga conmigo ahora mismo.
No iré, Noel, no iré rehúsa Juan. La señora D'Autremont ha dicho una cosa muy
interesante, y en la que tiene más razón de la que ella misma piensa. Si me quedo en Campo Real, seré
el amo de todo. Es grato mandar donde se ha sido menos que el último sirviente...
¡No es grato hacer daño a los que sólo bien nos desean! rebate el viejo notario.
El bien y el mal son dos conceptos muy confusos; cambian según quien lo reciba y quien lo
haga sentencia Juan.
¡Caramba! No te conocía como filósofo, Juan comenta Renato que ha oído las últimas
palabras de Juan, y se ha acercado al grupo. Buenas tardes a todos. Me alegro de verte con tan buena
cara, Aimée... Pero volviendo a tus palabras, Juan, déjame decirte que difiero de tu opinión. El bien y el
mal son cosas concretas y claras. El camino recto no es más que uno y tarde o temprano se arrepienten
los que lo abandonan. Cada hombre honrado lleva un juez en su corazón...
¡Caramba... cada hombre honrado! ¿Conoces tú a muchos de esa clase?
Conozco por lo menos a dos, y los tengo delante. Por eso quiero que me ayuden a gobernar
esta finca, que es casi como un pequeño estado. Pero sentémonos, ¿no les parece? Tomemos algo...
Para mí, medio vaso indica Aimée. Digo, si es que me permiten quedarme en esta reunión
de caballeros...
Por supuesto accede Renato. He pasado la noche y parte de la mañana acompañando a
mi madre...
¿Doña Sofía se encuentra mal? se interesa Noel.
Sí. Por desgracia, cada día más delicada, lo cual hace mi labor más difícil. Mi madre y yo, que
nos adoramos, solemos, no obstante, vivir en absoluto desacuerdo. Muy rara vez acertamos a
compaginar algo; pero, cediendo yo un poco y ella otro poco, hemos logrado firmar la paz...
Ha hecho una pausa, apurando el contenido de aquella bebida de aspecto refrescante que pone
fuego en las venas, mientras se cruzan en el aire las miradas de los demás. El ambiente se hace cada
vez más espeso, como si bajo el cielo encapotado las pasiones contenidas se hinchasen lentamente con
turbias ráfagas de tempestad. Pero Renato sigue hablando con su voz clara y amable de caballero:
¿Sería pedirle demasiado, Noel, que volviera a ser nuestro consejero legal?
Bueno, Renato... yo... Si ha hablado usted con su madre claramente, sabrá...
Mi madre está conforme. Acepta y me da con ello una alegría. Juan aceptó ya... No creo que
vas a volverte atrás, Juan. He hablado mucho de ti con mi madre...
Voy a usar, acaso prematuramente, de mis derechos de consejero, y con toda franqueza,
aunque sea delante de Juan, no me parece que ésa sea una medida acertada. Juan, que en efecto ha
decidido cambiar de vida, tiene otros proyectos que van mejor con su carácter. Yo me encargaré de
ayudarle a realizarlos. Arreglaremos sus papeles, construiremos una verdadera casa en el Cabo del
Diablo... Estoy seguro que por muy poco dinero puede quedar todo eso arreglado. ¿No le hablaste a
Renato también de tu proyecto de un tren de pesca? El negocio puede ser muy bueno en manos de un
hombre como Juan...
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Tan bueno que podemos hacerlo en grande, Noel afirma Renato. Campo Real tiene leguas
de la costa más rica en pescado de la isla entera. Una vez que hayamos arreglado las cosas de la
plantación, podemos intentar...
Renato ha seguido hablando, pero Juan no le escucha, no ha oído apenas sus palabras. Se ha
ido alejando hasta llegar a la baranda que da sobre el jardín y Aimée se pone de pie suavemente, yendo
tras él.
Noel ha mirado a Renato que contempla las dos figuras, juntas ya cerca de la baranda. Pero ni un
músculo se mueve en su fino rostro impasible, no hay en sus ojos una expresión que pueda delatar lo
que pasa por su alma. Su mano se extiende para llenar de nuevo el vaso, y luego lo lleva a sus labios
apurándolo despacio, saboreándolo...
Quisiera que habláramos a solas, Renato.
Casi a solas estamos. Noel.
Bueno, pero no es eso. Quiero decir en tu despacho, con una gran calma, con una absoluta
libertad de decirte...
¿Para qué, Noel? ¿Para aconsejarme que no deje a Juan en esta casa? Es inútil. Tal vez no
debí haberlo traído nunca. En realidad, no lo traje, vino por si mismo, como si su destino lo empujara, y se
quedará... Se quedará, porque es mi deseo más ardiente. ¡Por que me he empeñado yo en que se
quede!
Juan, ¿me oyes? ¡Juan...!
La voz de Aimée suena inútilmente cargada de pasión... Juan no le responde, no vuelve la
cabeza para mirarla. Sólo sus mandíbulas se aprietan un poco más, acaso se crispan sus manos
apoyadas en la baranda y se hace más intensa la fiera expresión de sus pupilas, fijas, sin verlo ni mirarlo,
en el abierto paisaje. Pero Aimée da un paso acercándose más, indiferente a los ojos que tras ellos
siguen cada uno de sus movimientos, y a la vez temblando como si con aquel temblar, temer y esperar,
llenara hasta los bordes el vaso sombrío de sus emociones.
Juan, ¿qué has decidido de nuestras vidas?
¿De tu vida? contesta Juan en tono bajo, pero desdeñoso y cortante. Nada. Tú misma
decidiste, tú misma escogiste el camino, tú misma señalaste la meta a la que querías llegar, a la que ya
has llegado. Estás en ella, en la cumbre... Todo lo que tu vista alcanza te pertenece... Es justo que lo
pagues con la moneda de tu cuerpo. Y no digo con la moneda de tu alma porque no creo que tengas
alma...
Tú eres el único que no tiene derecho a dudarlo. No rehuyas los ojos, mírame a la cara para
decirme eso.
¡No pienso volver a mirarte a la cara! escupe Juan al tiempo que se aleja.
¡Juan! llama Aimée, y alzando más la voz, repite: ¡Juan...!
¿Qué pasa? pregunta Renato acercándose a su esposa.
¡Oh, nada! intenta disimular Aimée realizando un enorme esfuerzo. Juan parece totalmente
sordo. Le estaba preguntando algo... algo sobre el tiempo. Supongo que para un navegante no será
difícil...
El trepidar de un trueno y una ráfaga de viento huracanado han interrumpido las vacuas palabras
de Aimée, y Renato observa con frialdad:
Creo que para nadie es difícil predecir el mal tiempo cuando ya está sobre nosotros.
No... claro... Soy tonta, ¿verdad? ¡Bendito sea Dios! Llueve a cántaros... y ese Juan... Ha
extendido la mano, sin saber qué hacer ni qué decir, totalmente desconcertada, señalando al hombre que
marcha firme y descuidado, indiferente a la lluvia, al viento, al temporal que ya descarga sobre el valle,
haciendo más rápido el crepúsculo que llega, ¿Tu has visto qué hombre más extraño, Renato?
Estábamos hablando del mal tiempo, y de pronto se va... Se va bajo esa lluvia... Supongo que no estará
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loco tu nuevo administrador. Sería una verdadera lástima, porque tenías razón, gana mucho con el trato.
Acercándose a él, hablándole, ¡qué simpático resulta tu Juan del Diablo! ¡Qué pintoresco y qué simpático!
¿Puedo saber en qué ocasión, en qué momento has hablado con Juan lo suficiente como para
cambiar de ideas con respecto a él?
Aimée se ha vuelto sacudiendo la cabeza, como para despertar, como para volver a la realidad.
Mira los ojos de su esposo, fijos, clavados en su rostro como si pretendiese adivinar qué es lo que pasa
por su alma, y balbucea:
Bueno... ahora mismo. Estábamos aquí, juntos, hablando, mientras mirábamos las nubes...
Me parece que eras tú sola la que hablaba. Ni una sola vez vi a él volver hacia ti la cabeza para
mirarte... ni una sola.
¡Caramba, no pensé que te fijaras tanto! Por lo que se ve, estabas espiando nuestros menores
movimientos...
No espiaba; te miraba, te miraba como siempre que estás al alcance de mi vista. Soy un
hombre que te quiere, Aimée.
¡Oh, ya lo sé! De lo contrario, no te hubieras casado. Ahórrame el recordatorio de que no traje
dote al matrimonio.
Sólo un villano podría hacer a su esposa una alusión semejante. Sólo un villano, Aimée; pero
desde ayer es la tercera vez que me tratas como a un villano.
Desde ayer estás como loco, como una fiera: nervioso, exasperado, desconfiando de mi,
atormentándome... Supongo que te peleaste con tu madre y como con ella no puedes desahogarte...
Por cuarta vez me ofendes, Aimée. ¿Qué tienes? ¿Por qué has cambiado como has
cambiado? ¿Por qué en unas horas toda tu suavidad, toda tu dulzura...?
Toda mi dulzura, ¿qué? ¡Acaba!
Es que no sé ni cómo empezar. Tú sabes que yo me había hecho el propósito de no discutir
jamás contigo, sabes que tenía la ilusión de que viviésemos el uno junto al otro adivinándonos los
pensamientos, de que nuestros sentimientos fueran como uno solo, de que con sólo una mirada llegase
cada uno al fondo del alma del otro...
¡Oh, eres terriblemente romántico, Renato! interrumpe Aimée con cierto malhumor.
Quieres hacer de la vida un idilio, un poema, y la vida tiene muchos días vulgares, muchas horas malas,
muchos momentos desagradables en los que no se puede vivir soñando...
¡Pero sí amando!
Bueno, a todas horas...
¡A todas horas! ¡Siempre! Ese fue mi propósito y tú lo compartías, lo aceptabas y lo juramos, lo
juramos los dos frente al altar. ¿Es que tan pronto te has olvidado? Juraste ser como parte de mí mismo,
y yo juré llevarte sobre mi corazón y amarte como mi propia carne. ¡Pronto lo has olvidado!
¡Es que te has vuelto insoportable...! Exclama Aimée con ira, alzando la voz.
No grites. Noel nos está mirando reconviene Renato en tono bajo y firme. No quiero darle
el triste espectáculo de nuestras desavenencias.
¡Lo siento, pero no sé disimular!
Tienes que hacerlo, puesto que eres una D'Autremont.
¡Caramba... mucho había tardado en salir el ilustre apellido!
¿Qué dices? se sorprende Renato.
Que no lo menciones más, porque estoy harta de él, ¿entiendes? ¡Harta! Como de esta finca,
de esta casa y de...
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¡Cállate! ordena imperioso Renato. Luego, cambiando el tono, se dirige al viejo notario:
Acérquese, Noel. Estábamos comprobando que llueve a cántaros.
Sí, tenemos arriba una buena tormenta, pero no hay motivo para extrañarse, pues es lo de casi
todos los días. Sin embargo, parece que es pasajera y ya va amainando.
Noel se ha acercado a la baranda, observando al pasar, con su mirada comprensiva y
penetrante, los rostros demudados del joven D'Autremont y de su esposa. Ella está muy pálida y a él le
tiemblan los labios. La mirada del viejo mira sin ver en la noche tormentosa, y vuelve a ellos más tranquila
tras no haber hallado rastro de Juan. Y desviando la conversación, pregunta:
¿No tendré el honor de saludar hoy a doña Sofía?
Me temo que no. Noel. Es lo que estaba tratando de explicarles antes. Entre mi madre y yo hay
cierta disparidad de criterio. A pesar de que yo he tratado por todos los medios evitarlo, nos hemos
disgustado. Es usted un amigo de bastante confianza para que yo no se lo oculte... Más que un amigo,
puesto que acabo de nombrarlo nuestro asesor legal.
Y ya lo dije antes: que mucho me temo que parte de ese disgusto haya sido por mi
nombramiento...
No, mi madre se resiente de la presencia de Juan. Pero tampoco Aimée simpatizaba con él.
Ahora tengo la esperanza de que cambie mi madre al igual que mi esposa ha cambiado... aunque sea de
un modo menos rápido...
Ha mirado a Aimée de un modo extraño y ella vuelve la cabeza esquivando aquella mirada, que
Noel capta plenamente. Como si se arrojase al agua, el viejo notario se decide:
¿Y por qué ese empeño de traer a Juan a Campo Real, Renato?
Usted es el que menos debería preguntarlo, puesto que sabe que ésa fue la voluntad expresa
de mi padre. Esperé encontrar en usted un aliado, y me resulta todo lo contrario.
Estoy tratando de velar por la tranquilidad de esta casa. Juan es joven y violento;
probablemente disoluto, de carácter muy independiente, y me temo que bastante mal educado. Su
presencia en el salón de doña Sofía...
No tiene por qué frecuentarlo. Como administrador puede construírsele una pequeña casa en
cualquier otro lugar de la finca. Allí puede vivir a su modo y hacer lo que le plazca.
Me parece una gran idea. Aimée ha hablado, totalmente serena ya, con un raro relámpago
en las pupilas de azabache, y parece desafiar la mirada sorprendida de los dos hombres, dominando la
situación con soltura mundana. Es una forma de compaginar las cosas. Yo sé que Renato no tiene otro
deseo. Usted como amigo, y yo como esposa. Noel, vamos a hacer todo lo posible por complacerlo y
ayudarlo. Creo que a usted no le falta autoridad ni diplomacia para amansar un poco a ese gato montes
de Juan del Diablo. Hágalo, Noel, hágalo... por Renato.
Sólo unos pasos se ha alejado el notario, de la joven pareja; sólo un instante les ha dejado solos,
tratando a su vez de serenarse, de penetrar hasta el fondo el torbellino oscuro que ve agitarse en
derredor. Pero ese momento ha bastado para que Aimée sonría a Renato, para que se apoye en su
brazo haciéndole sentir la cálida y tierna presión de sus dedos, alzando la cabeza para mirarle muy cerca,
frente a frente, con aquella mirada suya, intensa y cálida, cuyos efectos conoce muy bien, y susurra con
humildad:
Perdóname, Renato, a veces soy violenta, impaciente, malcriada... Sí, lo reconozco. Es mi
carácter, y tal vez no le falte razón a los que aseguran que me mimaron demasiado. Perdóname... Yo sé
que a veces me pongo insoportable; pero es sólo un momento, mi Renato. Es como una ráfaga... qué sé
yo... una especie de explosión de mis nervios... Naturalmente, no se puede tener en cuenta nada de lo
que digo cuando estoy así, porque nada es verdad. Doy una impresión malísima, lo sé perfectamente: la
impresión de odiar lo que más amo. Pero yo sé que tú eres capaz de comprenderme... de comprenderme
y de perdonarme, ¿verdad?
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Tal vez yo deba también pedirte perdón se disculpa Renato suave, pero dubitativo: te traté
ruda y ásperamente... Pero dijiste cosas tan duras y tan extrañas... Dijiste que odiabas mi nombre, mi
casa... esta casa y este nombre que son tuyos, porque junto con mi alma y mi corazón entero te los he
dado. Sentí algo espantoso, Aimée. Tuve la horrible sensación de que todo era mentira en la vida, porque
tú habías sido capaz de mentirme y de engañarme. ¡La horrenda impresión de que nunca me habías
querido!
¡Pero qué locura, Renato! protesta Aimée con falsa ternura. Te pido de rodillas que olvides
mis palabras. No me des explicación de ellas, no pretendas que yo te diga por qué las dije. Yo misma no
lo sé, y ya ni siquiera podría repetirlas. Las he olvidado y es preciso que tú también las olvides. ¡Te lo
ruego! Porque te quiero, te adoro, Renato...
Se ha arrojado en sus brazos, que la estrechan con ansia, con un temblor en el que aún vibran la
duda y la angustia. Y mientras cerrados los ojos se apoya en aquel pecho leal, Aimée piensa en otros
ojos, en otros brazos, en otro pecho más ancho y duro: piensa y sueña un instante, que otra vez está en
brazos de Juan del Diablo...
24
BAJO LOS ÁRBOLES, Juan ha estado a punto de tropezar con Mónica, y un momento la mira
como si despertara, como si volviese a la realidad desde un torbellino de pesadilla, y es tan terrible la
expresión de su rostro que Mónica tiembla como si se asomara a un abismo.
Juan, ¿qué ha pasado?
Todavía no ha pasado nada, Santa Mónica. Cálmese... aconseja Juan conteniéndose a
duras penas y con una vibración de ironía en la voz.
Estoy perfectamente calmada, pero si pudiera usted verse la cara...
¿Qué pasa con mi cara? No es tan bella ni tan sugerente como la de Renato, ¿verdad?
¿Por qué habla siempre en esa forma abominable? Lo hace usted difícil, Juan de Dios...
¿Por qué no cambia ese estúpido mote?
Suena un poco menos mal que el que usted se complace en ostentar... empiezo a creer que
con menos razón de la que pretende.
¿De verdad? ¿Qué la hace pensar eso?
¿No cree que la historia de Colibrí puede ser bastante? Ese niño le adora, Juan. Dice que es
usted el hombre más bueno del mundo...
¿Y él qué sabe? refuta Juan riendo amargamente.
¿Qué le pasa? ¿Por qué se ríe así?
Es mi forma de hacerlo. Me río de usted y de todos los prudentes, como debe reírse el diablo.
¡Qué maravillosa hipocresía! Usted no quiere sino disimular, tapar, echar tierra sobre la podredumbre,
envolver en trapos la llaga...
Juan, por Dios... protesta Mónica conteniendo apenas su inflama ira. ¡Usted...!
Yo, ¿qué? Acabe... Sea franca, diga la verdad... Insúlteme... si es lo que está deseando.
Mientras junta las manos, mientras me mira con cara de cordera, mientras me dice con su dulce vocecita
que no soy tan malo, lo que está deseando es que uno de estos rayos me fulmine... Bien, pues dígalo
claro, y en paz...
Yo no le deseo mal ni a usted ni a nadie... A usted menos que a nadie.
¿Y eso por qué? ¿Porque se lo ordena su moral cristiana? ¡Maravilloso!
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Maravilloso, sí, aunque usted pretende burlarse. Porque nunca me dijeron palabras más
sublimes en el idioma humano, que aquéllas de Jesús: "Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que
os persiguen y os maltratan, rogad a Dios por los que os atormentan".
¡Fantástico! trata de reír Juan furioso. No pensé reírme, Santa Mónica, pero usted tiene el
don de provocarme... "Amad a vuestros enemigos" ¿Se practica esa máxima en sociedad? ¿Quién la
practica? ¡Ahí, sí, ya sé: el inefable Renato...
¡Le prohíbo burlarse de él!
¡Caramba! ¡Y con cuánta energía! ¿Por qué lo defiende tanto? Se lo he preguntado ya varias
veces, pero no se ha dignado contestar. ¿Por qué, Santa Mónica? ¿Hay también algún precepto de la
moral cristiana que ordene dar la vida por un cuñado?
¡Basta! ¡Es usted un canalla, un bárbaro!
¡Qué pronto cambia usted de opinión! Era el hombre más bueno del mundo... y de repente soy
un canalla, un bárbaro, un salvaje, una fiera, un demonio... Juan del Diablo. Eso me gusta oírle decir.
Dígalo muchas veces, porque a ratos me parece que lo estoy olvidando, y no quiero olvidarlo. Ayúdeme
con su odio y con su desprecio. Los necesito, son como un revulsivo, como el hierro candente que se
aplica a la mordedura venenosa de un reptil...
¿Qué se propone entonces? se desespera Mónica, visiblemente desconcertada. ¿Qué va
a hacer? ¿Piensa aún realizar la infamia de que me habló antes?
¿Llevarme a Aimée? Le advierto que es lo único que ella desea.
No puede ser... ¡Está mintiendo!
Vaya a preguntárselo a su hermana, aunque a usted, probablemente, no va a decirle la verdad.
Le dirá que yo la persigo, que la amenazo... no que ahora mendiga lo que despreció, que al fin y al cabo
prefiere a Juan del Diablo...
¡Ella no puede sentir ni decir eso! ¡Seria tan baja, tan despreciable...!
Como yo mismo... Repítalo; ya lo dijo una vez: que la despreciaba por ser capaz de amarme.
Pues despréciela, siga despreciándola con toda su alma, porque es a mí al que ella quiere, es conmigo, y
no con el caballero D'Autremont, con quien desea estar... Es traidora, ambiciosa y malvada, pero es una
mujer de carne y hueso, no como usted, de pasta celestial... Es usted impecable e intocable; pero con
toda su pureza, me temo que ha puesto los ojos donde no debe, donde no se lo permite su moral
cristiana...
¡Basta... cállese! ¡De mí no tiene usted que decir nada! ¡Canalla!
¡Quieta! ordena Juan, sujetándola con firmeza. No se atreva a abofetearme. De caballero
no tengo más que la ropa. Iba usted a pasarlo muy mal...
Todo es en usted abuso y dureza. ¡Oh, déjeme!
Por supuesto... Dejarla... No me interesan sus sentimientos. Allá Renato si tiene la suerte de
que usted le quiera. Sólo le señalo su tejado de vidrio para que no tire piedras al de los demás, y para
que no se interponga en mi camino.
¡No seguirá por él! Voy a impedir por todos los medios que logre usted lo que se propone. ¡Voy
a luchar con todas las armas!
Tenga cuidado no se vuelvan contra su Renato...
¡No es mi Renato ni lo será nunca! exclama Mónica en franca desesperación. Pero usted
no hará lo que se propone, no se llevará a Aimée de esta casa, ¡porque antes soy capaz de matarlo!
Juan que ha vuelto a tomarle las manos sujetándolas fuerte entre las suyas duras y anchas, y un
instante la mira sintiéndola por primera vez mujer junto a él, mientras algo parecido a una sonrisa se
asoma a sus labios cuando recalca:
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De modo que es cierto: quiere usted a Renato... Y por él es capaz hasta de amenazarme de
muerte. No la creía capaz de tanto. Tiene usted temple hasta para matar con estas manos blancas y
suaves, que tienen uñas como garras, según veo. ¿Sabe que de pronto me resulta usted interesante? No
hay duda de que también es bella. Sobre todo, como está ahora, forcejeando como una gata salvaje,
perdido totalmente el aire de abadesa... ¡Ay, fiera!
Juan la ha soltado. Mónica ha clavado fieramente los dientes en su mano, y ahora huye mientras
él, sorprendido, se restaña la sangre, y comenta burlón:
¡Demonios con la santa!
Mónica, hija, ¿qué tienes? ¿Qué te pasa? ¿Estás cansada?
Sí, madre, muy cansada...
Con esfuerzo, Mónica se ha puesto de pie dulcemente ayudada por las manos temblorosas de su
madre. Están en su alcoba y la señora Molnar acaba de encontrarla de rodillas, juntas las manos,
hundido el rostro entre los brazos, como desmayada sobre el lecho. Lleva ahí mucho rato, desde que
llegara del campo tras su encuentro con Juan, y hay una oleada de rubor en sus mejillas cuando la
mirada de su madre se clava en ella interrogante. Su cabeza se inclina con la horrible impresión de que la
acusación de Juan ha dejado sobre ella una huella visible... Si, tiembla, se estremece, agoniza pensando
que los ojos de aquel hombre han penetrado hasta el fondo de su alma, que está frente a él como
desnuda, que acaso también esté como desnuda frente a los demás, y cree ver un reproche hasta en
aquellos ojos cansados, nublados por las lágrimas, los ojos de su madre que la miran con pena, al
quejarse:
No sabes lo que me atormenta que tengas que sufrir así por tu hermana, tú que podrías ser
feliz en el camino que elegiste, tú que conoces las pasiones... Acaso hice mal en rogarte que defendieras
a tu hermana...
No hiciste mal... Sólo pienso que ella no desea ser defendida.
¿Te lo dijo tu hermana? ¿Le hablaste?
No; hablé con él, con Juan del Diablo, que no renuncia a lo que llama su desquite, su
venganza... Que asegura que es a él, sólo a él a quien Aimée quiere; que rudamente me ordena
apañarme de su camino... Y a veces pienso que ese hombre tuvo razón al insultarme...
¿Pero te ha insultado?
Es como un tigre en celo. La quiere... la quiere, siente que las circunstancias lo acorralan y
como un tigre se defiende a zarpazos. Mas no es eso, madre, no es temor lo que me inspira. Es... qué sé
yo... qué sé yo...
Pero tú estabas decidida, firme. ¿Qué ha podido decirte para cambiarte así? ¿Qué amenaza ha
podido formular?
No fue una amenaza, fue sólo una horrible verdad.
¿Y qué pudo hallar él contra ti? Tú tienes toda la fuerza, toda la autoridad moral necesaria... Tu
conducta, tu dignidad, tu pureza...
Mi pureza... repite Mónica con amargura.
¿Por qué lo dices de ese modo, hija? ¡Me alarmas!
No, madre, no te alarmes... Es puro mi cuerpo. Fui hasta hoy, a costa de todo, por caminos de
pureza y de dignidad; pero a veces un sentimiento nace y es como una planta venenosa cuyas raíces se
nos clavan adentro pudriéndonos el alma. A veces pienso que deberíamos huir, irnos lejos, buscar, como
soñé un día, la paz... ¡la paz para mi alma en el fondo de un claustro o de una tumba!
¿Qué dices? ¿Por qué hablas de ese modo?
No debo hablar así, es verdad. No debo hablarte a ti de este modo... Pero ese hombre...
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¿Qué pasa con ese hombre? Es un malvado, ¿verdad? Un malvado empeñado en traernos la
desgracia...
A veces ni siquiera me parece un malvado. Pienso que sufre, que ha sufrido en su vida tanto,
tanto, que voluntariamente mató en su alma la compasión y la piedad. Pienso que ama a Aimée, ¡y cómo
la ama! De otro modo, pero tanto como Renato. ¿Qué hay en ella, qué hay en su alma o en su carne que
así se apodera del corazón de los hombres?
¡Pero todo eso no es más que una desgracia! ¿No lo ves, hija? Ella es sólo una esclava de sus
pasiones, de sus locuras. Si ahora la abandonas, si la dejas faltar a sus deberes, ¿quién sabe hasta
dónde rodará? A mí no me escucha; yo no tengo palabras con qué sujetarla. ¡No la dejes cometer una
locura; luego serán inútiles sus lágrimas...! Hija, hija, en ti confío... Confío en que tú, por amor de
hermana...
¿Y si no fuese sólo por amor de hermana? le ataja Mónica. ¿Si fuese otro amor el que me
empujara?
Mónica ha afrontado temblando la mirada de su madre. Es como si se enfrentara a su propia
conciencia, como si mostrara con horror esa herida que sangra oculta en el fondo de su alma, esa herida
que Juan ha descubierto, desarmándola al descubrirla, crucificándola en la más terrible de las dudas.
Pero tras un largo silencio, suena, húmeda de lágrimas, la voz maternal:
Si un amor desdichado te ha hecho tan generosa, hija mía, si por él has aceptado todos los
sacrificios y sólo luchas por verle feliz, renunciando tú a todo, ¡que Dios te bendiga por la nobleza de tu
alma! Que Dios te bendiga, hija, porque a todos nos salvas al salvar la felicidad de Renato: porque la
salvas a ella, loca y ciega; porque me salvas a mí, que no podría resistir un golpe semejante... porque
salvas el limpio nombre de tu padre...
Mónica se ha alzado como si repentinamente la tormenta de su alma se serenara, como si una
nueva luz le alumbrase el oscuro sendero, como si una fuerza nueva la sostuviera, dándole su alma la
facultad de aceptar todos los sacrificios, de asimilar todos los dolores, de afrontar todas las tempestades.
Luego, junta las manos y cae de nuevo de rodillas, ante cuyo gesto Catalina indaga:
Hija, ¿qué haces?
Le doy gradas a Dios, madre. Con lágrimas le pedía que me iluminara y él me envió tus
palabras. Desesperada le pedí que me mostrara el sendero y por tu voz me lo ha mostrado. Ahora ya sé
lo único que importa y no volveré a vacilar... ¡No volveré a dudar!
25
CON PASO LENTO, sobre los senderos mojados, Juan ha vuelto a la casa. Ha esquivado las
escalinatas de piedra que dan a las anchas galerías, ha esperado que nadie lo observe y ha penetrado
por la estrecha puertecilla del muro, cruzando los patios interiores, solitarios, apenas alumbrados por el
pálido fulgor de una media luna que asoma entre las nubes desgarradas.
Con extraña precisión recuerda los detalles de aquella casa apenas entrevista, y, como una
flecha que diese en el blanco, se detiene junto a las ventanas entornadas de aquellas lujosas
habitaciones del ala izquierda, preparadas para cuatro semanas de felicidad: el departamento nupcial de
Aimée y Renato.
¿A quién esperabas, Aimée? pregunta Juan destilando amargo sarcasmo.
¿A quién si no a ti puedo yo esperar?
No lo sé, no conozco a los hacendados vecinos a Campo Real...
¡Basta! chilla Aimée iracunda. ¿Hasta cuándo he de soportar tus insultos?
¡Hasta que yo me canse de insultarte! ¡Hasta que me sacie de decirte quién eres, hasta que te
satures del odio y del desprecio que para ti guardo!
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Por odio y por desprecio, ya te hubieras marchado. Hay algo más que te sujeta, que te amarga,
que te acerca a mí, aunque no quieras confesarlo. Hay algo que te hace desesperadamente mío, como
hay algo que me hace a mí desesperadamente tuya. Sí, Juan, tuya... aunque, como dijiste antes, no
quieres volver ni a mirarme a la cara. ¿Por qué no lo haces? ¿Por qué vuelves a buscarme a pesar tuyo?
Supongo que un hombre es menos que un perro cuando una pasión lo hace su esclavo se
lamenta Juan mordiendo con rabia la confesión.
Ha dado un paso hacia Aimée, acercándose más, pero ella retrocede, mira a uno y a otro lado,
espía en las sombras, pone atento el oído, y al fin toma a Juan del brazo, obligándole a alejarse unos
pasos, mientras indica:
Ven, estamos en muy mal lugar... Renato fue a acompañar al notario hasta el cuarto de doña
Sofía, pero puede regresar, puede volver, y no debe encontrarnos hablando. Hay en él algo extraño. No
sé si sospecha o si presiente, pero hay que tener prudencia, Juan. Mucha prudencia, mucho tacto, mucha
calma... Hay que tener paciencia, Juan...
Paciencia, ¿para qué?
Para esperar... Y con pasión suplicante, Aimée exclama: Juan... Juan... Es inútil
engañamos. Me quieres, Juan, me quieres. Tu ira, tus injurias, tu rudeza, tu crueldad no significan más
que una cosa: todavía me amas. Puedes insultarme, maldecirme, golpearme; puedes pensar que sólo
deseas mi muerte, pero en el fondo no es verdad... En el fondo, Juan, vida mía, ¡tú me amas!
Lentamente le ha ido empujando hasta el extremo del largo corredor, le ha hecho descender los
cuatro escalones que separan la abierta galería de los anchos arriates, ocultándole tras la espesa
enredadera. Está tan cerca, tanto, que su aliento de fuego, como una llamarada de pasión y locura, pasa
sobre el rostro de Juan enardeciéndole, embriagándole... Y hay en su voz una mezcla de ruego y de
orden, al decir:
Sí, Aimée, te quiero. ¡Eres mía, mía, y mía aunque sea en el fondo del infierno! ¡Te quiero!
Deberías estar muerta, debería haberte matado yo con estas manos, pero te quiero y te beso
maldiciéndote, y deberías temblar porque cada minuto, al estrecharte, siento también el impulso de
apretar más y más, hasta tronchar tu vida, para que no me mires con esos ojos que se me clavan como
puñales, para que no me hables con esa voz que me penetra poco a poco, enloqueciéndome y
envenenándome... Porque cuando te siento mía, aquí, a mi lado, como estás ahora, no soy un hombre,
soy una fiera. Una fiera capaz de todas las infamias... Vámonos... en seguida, ahora mismo, en este
instante. ¡Vámonos lejos!
¿Pero estás loco?
Claro que estoy loco. Sólo estando loco podría volver a estrecharte en mis brazos; sólo loco,
demente, borracho, soy capaz de confesar que te quiero... ¡Vámonos!
Espera un poco, Juan, espera suplica Aimée en voz baja y angustiada, pues ha llegado a sus
oídos el rumor de pasos que se acercan. ¿Oyes...? ¡Es Renato! ¡Por Dios, calla un momento! ¡Calla!
Le ha echado los brazos al cuello, obligándole a inclinarse, ocultándose en la tupida enredadera
de madreselvas, conteniendo el aliento, mientras llegan a ellos, claras y distintas, las voces de Mónica y
Renato junto con el estampido de un trueno que acompaña al viento y a la lluvia que se han
desencadenado de repente.
Ya está aquí la tormenta otra vez, Mónica.
Sí, Renato; pero no importa...
¿Cómo no ha de importar? No puedo permitir que vuelvas a salir con este tiempo. Me ocuparé
personalmente de esos traslados. Es preciso hacerlos, pero también es preciso que tú descanses... Muy
pronto estarán las cosas de otra manera, con Noel y con Juan...
¿Insistes en dejar a Juan en la casa?
No va a quedar precisamente en la casa, pero sí al cuidado de la hacienda. ¿Qué pasa?
¿También tú le tienes mala voluntad? Pensé que eran amigos...
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No somos enemigos, pero... balbucea tímidamente Mónica, haciendo un esfuerzo.
Pues con eso es bastante. Por fortuna, mamá recibió bien a Noel, aunque tampoco éste se
halla de mi parte con respecto a Juan...
Entonces, Renato, ¿por qué...?
No sigas, Mónica, te lo ruego. No me preguntes nada. Hay una sola respuesta que puedo
darte: Juan vendrá a esta casa porque es justo. Si es o no conveniente, el tiempo lo dirá. Tú fuiste hija
ejemplar y no creo que te sea difícil comprender el respeto que siento hacia la postrera voluntad de mi
padre. Juan puede ser díscolo, ingrato, hasta malvado. No importa. Mi padre quiso que le tuviera junto a
mí, que le tratara como a un hermano...
¡Pero es absurdo...!
No es absurdo. Contra todo lo que ustedes opinen, yo creo en Juan, tengo fe en la nobleza de
su alma, porque tengo fe en el corazón humano. Hay algo que me dice que Juan es bueno. Sobre todo,
que es leal, que es sincero, que es franco. No está amasado con pasta de traidores. Basta mirarlo a la
cara para comprenderlo. Juan no es una fiera, como mi madre y los demás se empeñan en creer. Es
honrado y, si algún día tiene que herirme, lo hará frente a frente, cara a cara. En eso estoy seguro de no
equivocarme.
¿Entonces...?
Entonces, nada. Confía en mí, sé lo que hago. Estás rendida y agotada. Anda Mónica, ve a
descansar...
En este momento no podría dormir...
Entonces, para no retrasarme más, ¿podrías hacerme un favor?
Los que quieras.
Entra a esa alcoba y explícale a tu hermana que tengo que marcharme sólo por un par de
horas. Temo que si soy yo quien le hablé, volvamos a discutir, y por hoy tuvimos ya bastante...
¿Tuvieron un disgusto? pregunta alarmada Mónica.
Vamos a dejarlo en desavenencia. Por fortuna, todo quedó bien, hicimos plenamente las
paces, pero estas cosas siempre dejan resquemores y no quisiera volver a empezar. Adoro a tu hermana
y creo en ella... quiero creer en ella antes que en nadie... Necesito la fe que me inspira, para poder vivir y
respirar...
¡Qué amargas son tus palabras, Renato! Parecen dictadas por la más completa desilusión.
¡Qué disparate! Empecé por decirte que amo a tu hermana. La quiero tanto, tanto, que no
podría vivir sin ella.
¿Quieres decir que la amas por encima de todo, que pase lo que pase estás dispuesto...?
No sé hasta dónde llega tu imaginación en ese pase lo que pase la interrumpe Renato con
grave gesto. Perdóname si contesto a algo que ni remotamente soñaste pensar, pero deseo
contestarlo: Si Aimée fuese indigna, lo que quedaría de ella y de mí, lo que quedaría de esta casa no vale
la pena de mencionarse... Bueno, pero estamos hablando tonterías, perdiendo un tiempo precioso y
ofendiendo con pensamientos absurdos a la más digna y adorable de las mujeres, que es tu hermana, sin
agraviar lo presente, como dicen los campesinos. Y con forzada jovialidad, suplica: Ve junto a ella y
acompáñala. Regresaré muy pronto. Hasta la vuelta, mi querida Mónica.
A la luz de un relámpago mira Aimée con angustia aquel rostro de Juan, duro y amargo. Aun
resuenan en el ancho pasillo las pisadas de Renato alejándose, aun la sombra de Mónica no ha
desaparecido en la entornada puerta de aquella habitación vacía. Junto al banco de piedra, al amparo de
la espesa enredadera de madreselvas que los cubriese, sintiendo golpear los hilos de la lluvia helada
sobre las mejillas ardientes, tiembla pensando cómo han podido llegar hasta él las palabras escuchadas,
cuánto perdió en la ganada batalla. Juan, largo rato inmóvil, parece despertar bruscamente, oprimiendo
su brazo con aquella ruda mano de marinero, que es como una tenaza, y ordena imperativo:
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¡Vámonos en el acto! Tenías miedo de tropezar con Renato, y ahora ni ese miedo hay.
Pero Mónica está ahí, en mi cuarto señala Aimée en voz baja. Me buscará, me esperará
un momento; luego saldrá a registrar la casa y dará la voz de alarma antes que hayamos podido
alejamos. No podemos irnos ahora, ni veo tampoco la necesidad.
¿Que no ves la necesidad? pregunta Juan con indignada sorpresa.
Escúchame, Juan. Si fueras capaz de oírme tranquilo un momento, te diría: ¿Por qué huir
dando un escándalo, si estamos juntos, si hay mil medios de...?
¡Calla! ¡Calla! No me propongas esa bajeza, esa suciedad, porque creo que entonces sí soy
capaz de matarte. Dijiste que me querías, me hiciste confesar que yo también te amaba... ¡Ahora vendrás
conmigo pase lo que pase!
De un brusco tirón, Juan ha obligado a Aimée, sacándola del escondite bajo la tupida enredadera
de madreselvas donde largo rato han aguardado juntos, mirando muy de cerca, con furia contenida, el
rostro de mejillas ardientes que no logran enfriar las heladas gotas de la lluvia. Rudo, salvaje... con un
amor que parece odio, la estrecha entre sus brazos poderosos, haciéndola crujir...
¡Juan... me ahogas...!
Eso es lo que quisiera: matarte. Pero se me niegan las manos a apretar tu cuello... y tengo
miedo, ¿sabes? Sí. Miedo de clavarte más todavía dentro de mí si es que te mato. Miedo de que tu
imagen me persiga, de que me obsesionen tu voz, tus ojos y tu boca cuando ya no estés viva. Miedo de
que me enloquezca el ansia de volver a verte y a oírte, cuando te haya matado...
La ha rechazado con brusquedad y da unos pasos hasta el centro del patio, indiferente a la lluvia
que sobre él se arremolina, al viento que ahora empuja de nuevo las nubes, desgarrándolas para dejar
asomarse, entre sus jirones, las estrellas. Mirando a todos lados, temblando por los ojos que puedan
acecharla, Aimée llega hasta él en una súplica:
Juan... escúchame... Me iré contigo, te juro que me iré contigo... Pero no en este instante,
Juan. Me iré contigo al fin del mundo, a donde quieras llevarme. Te lo he dicho y te lo he jurado. Te lo
juro de nuevo, pero ten un poco de calma. Quiero tu amor, quiero vivir para tu amor, no correr a encontrar
la muerte...
¡Nadie va a matarte si estás a mi lado! ¡Nadie llegará a ti mientras yo tenga aliento!
Tú serás el primero que caigas, Juan. Y entonces, ¿qué sería de mí?
¿Qué sería de ti? ¡También puedes morir en este instante!
No. Tú no vas a matarme sabiendo que te amo. Tendrías que estar loco y no lo estás, Juan.
Estás herido, resentido, celoso dudando de mi amor, complaciéndote en negar cada una de mis palabras,
pero sin poder hacerlo porque tu propio corazón las afirma, porque hay cosas que no se fingen, y yo no
podría acercarme a ti, ni estar en tus brazos, ni besarte como lo hago, si no te amara. Piensa un instante,
Juan, piénsalo. Ya oíste a Renato... está sobre aviso...
¡Que lo esté... que lo esté más! Si es lo único que estoy deseando... ¡Quiero que lo sepa,
decírselo, gritárselo!
Nos matará a los dos. Todo está de su parte: las leyes, las costumbres, la razón y el derechos
Estamos entre cientos de gentes que serán enemigos mortales, jauría de perros feroces para darnos
caza. No, Juan, no, tú no puedes arrojarme así a las fieras. Antes que eso prefiero que de verdad seas tú
quien me mates... y no quiero morir. ¿Por qué delito voy a morir? ¿Qué hice yo más que amarte, quererte
porque me salió del corazón este amor? Y eres tú mismo el que me condena a muerte, ¿te das cuenta?
Pero, ¿por qué me miras de ese modo? ¿Me desprecias, Juan?
Sí, Aimée, te desprecio.
No me despreciarás cuando todo lo haya arreglado yo para huir sin peligro.
¡Qué repugnante y qué mezquino sería huir sin peligro! Hay que huir ahora, jugándomelo todo,
arriesgándolo todo, teniendo que luchar para defenderte, con las uñas y las zarpas, como una fiera. Huir
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ahora, entre todos los peligros, entre todas las desventajas, puedo hacerlo, quiero hacerlo. Pero luego,
cuando lo hayas preparado para que todo sea una burla, ¡qué bajeza, Aimée, qué bajeza tan grande! Sin
embargo, lo haré, esperaré... pero no a que tú lo prepares, sino a prepararlo yo a mi manera.
¿Qué dices, Juan?
Te pondré a salvo, no correrá peligro tu preciosa existencia, no arriesgarás nada para huir con
Juan del Diablo. Te lo prometo... Para ti todo van a ser seguridades. Borraré el rastro y seré yo solo el
que le haga frente a Renato...
¡No, Juan, no! ¡Así no...!
Así será. Me lo has prometido, me has dado tu palabra, me lo has jurado. ¡Basta ya de
prometer en vano y de jurar en falso! Habrá que aguardar, pero no será mucho tiempo. Habrá que seguir
disimulando... A ti no te costará gran trabajo y yo también estoy aprendiendo a hacerlo. Soy tu discípulo
aventajado. Yo también seré traidor por un rato, seré cobarde, vil y embustero, y aprenderé a mentir
sonriendo, y aceptaré el pan y la sal bajo el techo donde afilo el puñal con que herir por la espalda. Sí,
Aimée, esperaré... Esperaremos... Va ganando, va triunfando... Al fin y al cabo, ¿qué más da? Déjame
darles la razón a todos: a doña Sofía, a Bautista, al viejo notario que tiembla nada más con mirarme...
Déjame darle la razón a Mónica de Molnar. Al fin y al cabo, ¿qué más da?
¡Por Dios, Juan, calla! suplica Aimée repentinamente asustada. Es Mónica... Mírala... Nos
ha visto, nos está mirando... ¡Vete, Juan, vete...! Por Dios, escóndete, aléjate... Yo le diré que no era
contigo con quien hablaba. ¡Pero ahora vete, vete!
Juan se ha alejado, altivo y altanero, sin bajar la cabeza, sin ocultarse, y Aimée retrocede de
espaldas hasta quedar de nuevo junto a la enredadera de madreselvas. Ahí se detiene como para tomar
aliento y marcha luego, con lento paso de angustia, hacia aquella puerta entornada a la que Mónica se
agarra porque el espanto la ha hecho tambalearse, porque se doblan sus rodillas y una frialdad de hielo,
en lugar de sangre, parece correr por sus venas. Y con voz ahogada, reprocha:
Estabas con él, ya lo vi...
¿Con él? ¿Quién es él?
¡Basta de farsas! Guarda esos esfuerzos para los otros y úsalos, Aimée! Usa también la
discreción y la prudencia, si no quieres que Renato acabe de comprender lo que te pasa.
No entiendo nada de lo que dices...
¿Cómo pudiste llegar a ser tan cínica?
Por favor, basta... ¿Es que se han propuesto todos insultarme?
¿Quiénes son todos? Renato y ese hombre, ¿verdad? Sobre todo, ese hombre que te mira
como a la última de las mujerzuelas. Si le oyeras hablar de ti, si le oyeras expresarse con un desprecio
tan hondo, tan brutal, que al ofenderte ofende a todas las mujeres...
¡Calla! la interrumpe Aimée hondamente disgustada.
Supongo que frente a él no tienes más recurso que bajar la cabeza, que le has dado tú el
vergonzoso derecho de tratarte como te trata...
A él le he dado lo que me ha dado la gana, pero a ti no te doy el derecho de intervenir en mis
asuntos, el de meterte en mis cosas, el de hablar cuando nadie te ha preguntado... ¿Qué sabes tú de la
vida ni de nada?
A mí me tocará preguntarte: ¿Qué sabes tú de honradez y de vergüenza? ¿Qué sabes de
horror y de asco, si ni asco ni horror te da llegar hasta la última de las infamias?
¡Mónica, que se me está acabando la paciencia!
Y a mí... a mí... ¿hasta cuándo piensas que va a durarme?
Por mí puedes hacer lo que quieras invita Aimée en tono desafiante. Aunque, desde luego,
no harás nada, no irás a ninguna parte, porque no hay nada que puedas hacer. Mejor dicho, sí hay:
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volverte a tu convento, que es la única actitud razonable que puedes tomar y si no quieres ya ser monja,
vete a tu casa de Saint-Pierre, que es donde debes estar. Vete y llévate a mamá; ¡vete y déjame en paz,
porque aquí no haces falta!
Me iré con una sola condición: que hagas marcharse a Juan. Si él se va de veras, si se aleja de
la Martinica, yo... yo...
¿Te irías si yo te diera mi palabra de que Juan se va?
Me iría después de haberlo visto marchar. Te conozco, Aimée, te conozco demasiado bien,
supongo que por desgracia para ambas.
Pues si me conoces, sabrás que yo no renuncio a nada jamás, que no renuncio ni al placer ni a
la riqueza, teniendo ambas cosas en la mano.
¿Qué pretendes...?
Lo que pretendo está muy claro, y por qué medios he de lograrlo es cuenta mía. Por tu bien te
aconsejo que te vayas, por tu bien exclusivamente, Mónica. No quiero ir contra ti, no quiero destrozarte a
ti de paso, pero como enemiga leal te advierto, te he advertido ya cien veces, y esta es la ultima,
Mónica... ¡apártate de mi camino, porque a la hora de la verdad no veré nada, no miraré nada!
Tu camino no es el que supones y es por tu bien que quiero cerrarte el paso.
Basta, Mónica, mi vida entera me la estoy jugando a una carta. La batalla es tan dura que me
va en ella hasta la vida. No quieras interponerte, porque serás tú la primera víctima...
Óyeme, Aimée... he querido apartarte, he querido dejarte... en un momento he pensado que
acaso tienes razón, que tu vida es tuya, que tuyos son también esos hombres que por amor se te han
entregado... He querido renunciar a todo y apañarme de todo, hasta del derecho de defender a Renato
contra tu maldad; he querido apartarme y alguien me ha suplicado llorando que no lo haga. ¿Sabes
quién? ¡Nuestra madre! Nuestra pobre madre, a quien nada te has preocupado de ocultar, que vive en la
zozobra horrible de lo que puedas hacer, de lo que pueda ocurrirte... Nuestra pobre madre cuyos últimos
días amargarías con una infamia, cuyas canas quieres manchar con un escándalo, con una acción
indigna... No sólo por mí, no sólo por Renato, por ella también te ruego, Aimée... Mónica se interrumpe
de pronto, y exclama sorprendida: ¡Oh, Renato.. .!
Sí, soy yo confirma éste acercándose. ¿Pero qué pasa, Mónica?
Nada... hablábamos. ¿Cómo has vuelto tan pronto?
Por una feliz casualidad. Acababan de ensillarme el caballo cuando vi a Juan. Se me ocurrió
pedirle que tomara mi lugar y aceptó de buen grado. Encantado y sorprendido le di amplios poderes y
acaba de salir para su primera comisión como jefe general de los trabajadores de la hacienda. ¿No fue
magnífico? ¿No te alegras que haya regresado casi inmediatamente, Aimée?
¡Claro! Me alegro de todo: de tu regreso, de la buena disposición de Juan, y no tengo que
lamentar más que una cosa: la determinación que tiene Mónica de dejarnos...
¿Dejarnos...? se sorprende Renato.
Por eso precisamente discutíamos. Mónica se ha empeñado en volver a Saint-Pierre
llevándose a mamá. Dice que para una luna de miel hay demasiada gente en esta casa, y se nos va,
Renato, se nos va...
Con sonrisa diabólica, Aimée se ha vuelto hacia su hermana que un instante queda
desconcertada con la sorpresa de aquel cinismo, de aquella audacia inesperada. Va a protestar, va a
alzar la voz con la violencia de quien no puede contenerse más, pero sus ojos tropiezan con los de
Renato a los que asoma una expresión de disgusto y fastidio. Para él no es más que una intrusa,
impertinente y caprichosa; pero aquella expresión sólo dura un instante, cambia en seguida en el noble
rostro varonil, encendiéndose con un cálido gesto de bondad humana que llega hasta el fondo del
corazón de Mónica cuando explica con suavidad:
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Ese punto lo hemos discutido ya varias veces. Pensé que estaba totalmente arreglado. Desde
luego, no tengo derecho a retenerte por la fuerza si quieres marcharte, Mónica. Te he rogado, te he
suplicado, con franqueza de hermanos te he dicho hasta los móviles egoístas que me impulsan a rogarte
que nos acompañes. Si de todos modos quieres irte, ¿qué puedo ya alegar? Sólo puedo pedirte que me
perdones... Viniste a descansar y te he cargado de trabajo. Buscabas tranquilidad y arrojé sobre ti el
fardo de mis preocupaciones más pesadas. Pero puedo jurarte que no pensaba seguir abusando... Ya
ves que inmediatamente he incorporado a Juan en mis proyectos, y...
No sigas, Renato interrumpe Mónica profundamente dolorida.
Haz lo que quieras, Mónica. Si consientes en quedarte unos días más, te prometo dejar que en
verdad descanses. Y, de todas maneras, perdóname... ¿Vamos, Aimée?
¡Un momento, Renato! No puedo dejar que te retires con esa impresión... empieza a decir
Mónica; mas Aimée interviene con hipócrita ternura:
Pero, querida...
¡Es a Renato a quien hablo! corta Mónica con determinación. Aimée ha interpretado mal
mis palabras. Me quedaré todo el tiempo que juzgue puedes necesitarme, Renato...
Ahora soy yo quien dice: No es eso, Mónica. Tu ayuda es preciosa, pero...
La pobre Mónica está rendida continúa Aimée. Tan nerviosa, tan cansada, que apenas
sabe ni lo que dice. Yo sí creo que hemos abusado de su bondad.
¿Quieres callarte, Aimée? ordena Mónica sin poderse contener. Y con firmeza, asegura:
Me quedaré, Renato. ¡Me quedaré, aunque me echen!
¿Pero quién te está echando? Esto es jugar a los despropósitos... Tú sola hablaste de
marcharte, Mónica. Digo, me imagino que fuiste tú sola, por lo que dice tu hermana...
Naturalmente se apresura a confirmar Aimée. ¿Qué más quiero yo que tenerlas aquí? Y
digo tenerlas, porque has de saber que Mónica ha cambiado de idea. Ya no quiere volver al convento,
sino a casa, llevándose a mamá. Parece ser que nuestra futura abadesa cuelga los hábitos y
probablemente busca con quién casarse...
¿Quieres callarte ya? grita Mónica con irá incontenible.
Perdóname se disculpa Aimée con burlona y mala intención. Puede que me haya
equivocado... Me pareció entender algo así como que ahora te movías a impulsos de un amor humano...
¡Cállate, Aimée! repite Mónica fuera de sí.
Naturalmente cállate interviene Renato en dulce tono suave. ¿No ves que la disgustas? Y
tú, Mónica, tampoco lo tomes de ese modo. No creo que el asunto tenga nada de particular, pues nunca
me pareció lógico que encerraras en un claustro tu juventud y tu belleza, a menos que una verdadera
vocación te arrastrara a ello. Si comprendes a tiempo que te has equivocado, nada más lógico y humano
que rectificar... pero sin disgustarte. No creo que haya en Aimée la menor intención de causarte un
disgusto. Es sólo traviesa y burlona, como tú bien lo sabes. Si alguien podría sentirse resentido soy yo
por tu falta de confianza. ¡Me hubiera gustado tanto que me hablaras de tus sentimientos y de tus dudas,
como a un verdadero hermano! ¿O acaso no he sabido serlo para ti? Le ha tomado la mano, aquella
mano blanca que tiembla entre las suyas, y sonríe mirando al fondo de las pupilas que huyen de él como
si temieran gritarle lo que con ansia el alma calla. Las confidencias no se fuerzan, Mónica, pero
quisiera que supieras, que tuvieras siempre presente, que soy tu mejor amigo, que en mí siempre puedes
confiar...
Así lo creo, Renato. Yo también soy y seré, para ti, la mejor amiga.
Lo creo, lo creí siempre. Pero, ¿por qué lloras al afirmarlo? ¿Es sólo que estás nerviosa, como
dice Aimée?
Pues claro. Entre sus nervios y sus complicaciones sentimentales... se burla Aimée con
mordacidad.
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No la molestes, Aimée. Y tú, Mónica, no le hagas caso. ¿Es cierto que estás enamorada? ¿No
me puedes decir a mí el nombre del dichoso mortal? ¿Te advierto que tendrá que ser muy bueno para
merecerte, para que yo lo juzgue digno de ti, y perdóname la petulancia de hermano mayor, para que yo
le permita recibir el tesoro que tú representas. La ha besado en la frente, aquella frente blanca como de
mármol, bajo la que giran los pensamientos como un torbellino de locura, y de pronto se alarma: Estás
helada, Mónica, ¿qué te pasa? ¿Te sientes mal? Aimée ha dado rienda suelta a una risita mordaz y
burlona, y Renato, sereno pero disgustado, la reconviene: ¿Qué pasa, Aimée?
Perdóname... no pasa nada. Pero ustedes dos me hacen muchísima gracia, no puedo
remediarlo. Son maravillosos, perfectos... y graciosísimos, además...
No veo el sainete; pero, después de todo, con reír no creo que le haga daño a nadie acepta
Renato resignado. Y afectuoso y grave, saluda: Buenas noches, Mónica, confío en que un buen sueño
te hará sentirte mejor. Hasta mañana...
Hasta mañana corresponde Mónica con un hilo de voz, viendo alejarse a los esposos y
enfureciéndose ante la risa otra vez burlona de Aimée.
¿De qué te ríes Aimée? pregunta Renato algo molesto.
De nada... Más vale que me ría y no que lo tome por lo trágico.
¿El qué vas a tomar por lo trágico?
Bueno... todo lo que pasa: las actitudes gratuitamente agresivas de mi hermana, tu ataque de
sentimentalismo fraternal, tu afán de ocuparte de todo el mundo... y lo poquísimo que te ocupas de mí, al
tener que ocuparte de todos los demás.
¿Celosa? sonríe Renato cariñoso y halagado.
¡Oh, no! ¿Por qué? No hay motivo; es decir, creo yo que no hay motivo. Pero hay que ver lo
que quieres a Mónica...
Es nuestra hermana. Además, me preocupa... No está bien, la noto pálida, delgada, como
atormentada por algo que guarda celosamente.
Es natural... está enamorada. Se le ve a la legua.
¿Pero de quién puede estarlo? Francamente, yo no acierto.
De cualquiera elude Aimée en tono impregnado de frivolidad. A lo mejor de Juan del
Diablo...
¿Cómo? ¿Qué? exclama Renato sorprendidísimo.
Digo yo... Juan del Diablo es un hombre como los demás. Es todo un buen mozo, y ahora, con
el nuevo empleo que le has dado, hasta un buen partido. Mónica no es ambiciosa...
¡Es absurdo, descabellado! Ni en broma debes...
Has tomado en serio el papel de hermano mayor con ella ríe Aimée, divertida. No te
disgustes, hombre, que estoy jugando. Al fin y al cabo, no es un imposible, y tendría grada... Argumento
para una novela por entregas: "La monja y el pirata"...
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YANINA, ¿QUÉ HACES?
Nada, tío, tomo notas...
Una mueca amarga que quiere ser una sonrisa, ha sido la respuesta de Yanina, mientras ajusta
mejor el pañuelo de colorines alrededor de su oscura cabeza de cabellos ensortijados. Sin el menor ruido
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ha surgido de la espesa sombra de los arcos del segundo patio, y los ojos duros e inquisidores de
Bautista la miran imperiosos, mientras ella encoge los delgados hombros...
¿De qué tomas nota, Yánina?
De todo lo que pasa...
No pasa nada, sino que me han aplastado y pisoteado se queja Bautista en voz baja, pero
con gran rencor. Mas no van a quedarse así las cosas. Yo tengo que desquitarme, tengo que tomar
venganza. Ya verán si hace falta o no Bautista el día que amanezcan incendiados los cañaverales, o si
vuela un petardo la represa del río, o si...
No hables necedades, tío Bautista. Esas cosas no se dicen. Si acaso, se hacen...
¡No puedo aguantar lo que me pasa! ¡No puedo seguir aquí como el último sirviente, mientras
ese pordiosero, mientras ese malnacido de Juan del Diablo...!
Baja la voz, tío, que no te oigan. Renato y su digna esposa acaban de entrar en el cuarto.
Ahora la tendrá entre sus brazos, la besará con ansia, ¡y le dará el corazón y el alma entera a esa
malvada!
¿Malvada? ¿Por qué es malvada? ¿Tuvo ella la culpa de algo? ¿Por qué no me hablas claro a
mí? ¿Qué es lo que ocultas? ¿Qué es lo que sabes?
Sé una cosa que va alegrarte mucho, tío Bautista. ¡Muy pronto va acabarse Juan del Diablo!
¿Quieres hablarme claro? apremia Bautista mirándola con sus duros ojos inquisidores.
¿Por qué va a acabarse Juan del Diablo?
Porque pica demasiado alto. En esta casa van a pasar muchas cosas. Si yo fuera tú, tío
Bautista, mejor esperaba. Ya vendrá el río revuelto, y a río revuelto, ganancia de pescadores.
¿De dónde sacas tú...?
Ayer fui hasta allá arriba, hasta lo más alto del desfiladero, y vi a la vieja Chala. Le di unas
monedas para que mirara el porvenir de los D'Autremont...
Tú nunca creíste en esas cosas, Yanina. Son patrañas, embustes para engañar a esos bestias
que llevan la superstición en la masa de la sangre. No te crié yo para que creyeras esas cosas... Pero,
¿qué te dijo Chala?
Abrió una gallina negra, le miró las entrañas y me dijo que hay dos hombres con sangre
D'Autremont en las venas: uno legítimo, otro bastardo.
¡Calla, baja la voz! ¿Estás loca? se alarma Bautista lleno de estupor. ¿Eso dijo Chala?
¡Deslenguada... atreverse a eso! ¿Tú ves? ¿Tú ves? Si yo aún mandara, la haría moler a palos por hablar
sin respeto de los amos... del señor... el señor don Francisco D'Autremont... ¡Mentirosa!
No te sofoques tanto. Hace quince años que está muerto, enterrado explica Yanina
destilando sutil ironía. Estamos solos, tío Bautista, y ahora ya sé que es verdad, totalmente verdad. No
fui a ver a Chala, no me dijo nada...
¿Eh? Pero, ¿qué te propones?
Tener la seguridad de algo que siempre he sospechado: Juan del Diablo es hermano del amo
Renato, pero ninguno de los dos lo sabe...
El perro bastardo, no creo que lo ignore. Era bien crecido ya la noche en que murió Bertolozi,
cuando él llevó aquella carta...
¿Quiere contarme la historia completa, tío Bautista?
¡No! Olvida lo que has oído. ¿Para qué me hiciste hablar? Perdí un momento los estribos, pero
si repites una sola palabra de lo que has escuchado...
Ya sé tu amenaza: me harás moler a palos se burla Yanina. ¿De qué te ha servido cuanto
has hecho? ¿Qué has sacado con ser para ellos como un perro? Nada, ¿verdad? Los miraste como si
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fueran de otra pasta, como a dioses, como a hijos del sol... y no es verdad: son como los demás... Como
los demás, se les puede odiar o amar. El amo Renato no es más que un hombre, y cualquier hombre
puede sentirse un día tan desdichado que acepte el consuelo donde lo encuentre... hasta en brazos de la
hija de una esclava.
Yanina, ¿qué es lo que estás pensando? ¿Qué es lo que te atreves a desear?
Lo mismo que tú, pero de otra manera. Tú quieres mandar en Campo Real, y yo también. ¿Por
qué no?
No quiero entenderte...
Aunque quisieras no me entenderías, pero sí me entiendes cuando te digo: aguarda, aguarda,
no tendrás que aguardar demasiado. Pronto vendrán las aguas revueltas. Ni tú ni yo seremos culpables,
pero bien podemos recoger lo que la tormenta eche a la playa.
El sonido estridente de una campanilla llega hasta ellos, y es Bautista quien comenta:
Llama la señora...
Sí, y es a ti, pues han sido dos campanillazos. Anda, nunca te llamó de otra manera, ni cuando
eras administrador de Campo Real. Por algo es el ama, tu ama...
Y tuya también. No creo que a la señora te atrevas a negarla. Se lo debes todo, comiste desde
niña el pan de su mano... Bueno, tenemos que seguir hablando, ¿eh, Yanina? Tienes que decirme las
cosas más claras. No estoy dispuesto a... Su explicación es interrumpida por otros dos fuertes y
sonoros campanillazos, y concluye: ¡Esta misma noche tenemos que hablar!
Se ha ido con paso rápido tras mirarla con inquietud, y Yanina contempla sus manos morenas y
finas, sus oscuros brazos de mestiza en los que apenas se marcan las venas azules, y con desprecio
infinito vuelve la cabeza hacia el lugar por donde Bautista se marchara, murmurando con rabia
concentrada:
No es la sangre... ¡es el alma lo que se tiene esclava!
Colibrí, ¿hasta cuándo vas a estar detrás de Santa Mónica?
Ahora ella no está, patrón, pero me dejó cuidando. Cuando ella no está, yo soy el que manda...
Con fuerte mano ha contenido Juan al brioso caballo que monta en este instante, un soberbio
animal blanco como la nieve, con preciosos arreos de cordobán, uno de aquellos dos caballos
exactamente iguales que Sofía regalara a su hijo y a su nuera en los primeros días de su noviazgo.
Inquieto, nervioso, acaso extrañando el mayor peso y la mayor rudeza del jinete que lo monta, parece
dispuesto a encabritarse, cuando Juan extiende la mano a Colibrí y ordena:
¡Anda, ven conmigo! Dame la mano y salta. ¿Qué pasa? ¿No quieres venir?
Sí, mi amo. Espérese un momentito... un momentito nada más. Voy a avisarle al negro Pancho,
que es el que cuida aquí cuando ni la señorita Mónica ni yo estamos. Un momentito nada más... ¡Pancho!
¡Pancho!
Apretando los dientes, Juan ha dominado a la vez su impaciencia y la inquietud nerviosa del
caballo. Se encuentra a la entrada del valle chico, donde una vez tropezara con Mónica, muy cerca de
dónde, a toda prisa, se han levantado los nuevos barracones para alojar a los enfermos. Ahora han
cesado por completo la lluvia y el viento y está espléndida la noche tropical bañada por la luna,
tachonada de enormes luceros claros...
Ya está. Hay cuatro enfermos que se encuentran mejor, y cuando la luna se ponga en la punta
del cerro hay que darle a los demás la cucharada explica Colibrí.
Sube al anca del caballo y agárrate bien, no vayas a matarte.
¿A dónde vamos, mi amo?
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Ya lo verás...
Juan ha fustigado los ijares del brioso corcel y éste arranca en un galope veloz. Durante un buen
rato, el caballo va tragando leguas de camino sin que ninguno de los dos jinetes diga una sola palabra,
hasta que, de pronto. Colibrí exclama sorprendido:
¡El mar, patrón...!
Si, Colibrí, el mar. Bájate, que el resto es a pie como hemos de andarlo indica Juan
apeándose. Amarra el caballo a las ramas de ese árbol. No tengas miedo, no te hará nada.
Hemos corrido, patrón, estamos en el Cabo del Diablo... El muchacho ha obedecido a Juan,
echando pie a tierra, y luego le sigue por el estrecho camino abierto a pico entre los ásperos acantilados,
hasta asomarse al negro peñón que le dio nombre. Es alto como un faro, sombrío como una cárcel,
húmedo y negro como una vieja fortaleza. En la cima, las ruinas desmanteladas de la pobre cabaña que
viera nacer a Juan, que viera morir a Gina Bertolozi y arrastrar su miseria al esposo que le dio su
nombre... Cuántos recuerdos parecen agolparse de repente en la mente de aquel hombre moreno y alto,
que alza la frente como desafiando a los elementos, mientras el muchachuelo de oscura piel extiende la
mano hacia el mar y señala sin poder disimular su disgusto:
Ahí está el Luzbel, patrón. ¿Volvemos a embarcarnos? ¿Nos vamos lejos? ¿No volvemos a
Campo Real?
Ya veo que lo sentirías mucho si no volviésemos.
Sí, patrón, por... por... Bueno, usted dijo que no había más ama nueva...
Lo dije porque así lo pensaba, pero si habrá ama nueva, Colibrí. No embarcaremos esta noche,
pero todo tiene que estar preparado, porque será muy pronto. Y nos iremos lejos, hacia otras tierras,
hacia otros mares... Mira todo esto, Colibrí, míralo para no olvidarlo, porque acaso no volvamos jamás.
Con repentina emoción, Juan ha apoyado la mano en el hombro de Colibrí, señalando después
cuanto la vista abarca: la playuela desierta, las montañas lejanas, las enormes rocas oscuras
amontonadas sobre la costa como cuerpos de gigantes venados, el Peñón del Diablo, y el mar,
eternamente inquieto, que estrella contra él la furia de sus aguas. Todo aquel panorama bello y terrible,
soberbio y sombrío, del que es como una síntesis su alma ardiente y apasionada, su corazón salvaje, su
vida inquieta, que a si misma se consume como el leño que arde en la hoguera crepitante de aquella isla
de pasiones, y vuelve a repetir:
Acaso no volvamos más, o por lo menos en muchos años...
¿Cuando usted sea viejo, patrón?
No creo vivir para tanto, pues no envejecen las tormentas y yo, al fin y al cabo, no soy otra
cosa más que eso: una tormenta, un vendaval que pasa rompiendo y arrasando. Eso soy, eso quiso mi
destino que fuese. Un día soñé otra cosa. Colibrí, pero que fue sólo un sueño. No se alzará una casa
sobre estos peñascos, nadie hará un jardín en el Peñón del Diablo... Nadie podría hacerlo... Fue locura...
Aquel es mi mundo... Ese barco, el Luzbel, la goleta pirata más audaz que cruzó los mares... Pero no te
asustes, tonto, no pongas esa cara de espanto. Siempre hay alguien para quienes los malos somos
buenos. A ti no te haré ningún daño...
A ella tampoco va a hacerle daño, ¿verdad, patrón? .
¿A ella? ¿A qué ella?
A la señorita Mónica, patrón...
¡Ah, Santa Mónica! No creo que le guste mucho lo que vamos a hacer, pero es igual. Olvídala,
Colibrí... Nadie le hace más daño a los que somos desdichados, a los que nacimos para ser
irremisiblemente desdichados, que los que pretenden volvemos buenos y blancos. Deja a tu Santa
Mónica... El mundo es duro, cruel y malo... Tienes que hacerte fuerte, insensible, egoísta, capaz de
luchar y de vencer pisoteando al que se atraviese en tu camino. Sólo así podrás sobrevivir; sólo así pude
yo llegar a hombre... Pero, ¡caramba!, sé hace tarde. Vamos...
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Lo siento mucho, Mónica. Parece ser que Juan no se preocupó demasiado de cumplir mis
encargos. De cualquier modo, todo salió correctamente. Tienes tan bien organizadas a las cuadrillas que
te ayudan en el cuidado de los enfermos, que las cosas se hicieron en forma normal aun sin que nadie
las vigilase.
¿Pero no le diste a ese hombre tu propio caballo? ¿No le dijiste...?
Cuanto había que decirle, sí. Pero, ¿qué quieres? O no me entendió o no quiso entenderme.
De momento no creo que podamos exigirle demasiado...
Renato D'Autremont ha fruncido levemente el ceño frente al único punto de la conducta de Juan
que no logra disculpar en forma plena. Está muy cerca de las cuadras, bajo el sol de una mañana
espléndida que contrasta con la pasada noche tormentosa. Pálida y recatada, con su eterno traje negro,
habla Mónica sin mirarlo, como si temiese la luz investigadora de aquellos ojos tan caros para ella. Y hay
en Renato un gesto comprensivo, indulgente y lleno de curiosidad a la vez, cuando observa:
Te levantaste muy temprano, Mónica. Según me dijeron, casi al amanecer...
En el convento adquirí la costumbre de ver salir el sol. Eso no significa para mí ningún
sacrificio, al contrario.
Y pusiste en orden todo lo que ayer no quedó correcto.
No hice sino volver a hacerme cargo de mis obligaciones. Anoche las abandoné, pero...
Las abandonaste en mis manos y yo fui lo bastante débil o lo bastante indolente para no
cumplirlas personalmente. Confié en Juan más de lo que debía...
Eso es lo que no me atreví a preguntarte. ¿No te parece que confías en Juan más de lo que
debes?
De momento las cosas parecen darte la razón, pero ya veremos. De cualquier modo, supongo
que tú conoces mejor a Juan que nadie...
¿Por qué he de conocerlo? se extraña Mónica sin alcanzar el sentido de las palabras de
Renato.
Bueno, he dicho: supongo. Si no es así no tomes a mal mi afirmación. ¿Vienes para casa? ¿No
quieres que desayunemos en familia?
Gracias, Renato, pero para mí es casi mediodía. Desayuné temprano y ahora tengo mucho que
hacer. Voy a ver a mis enfermos. Vete, Renato, seguramente doña Sofía y Aimée te esperan.
No tendré tanta suerte. Con Aimée ya sabes que no se puede contar hasta más tarde, y mamá
todavía se hace servir en las habitaciones. La familia de que te hablaba son el bueno de Noel y nuestro
terrible Juan del Diablo... Bueno, ya sé que tú le llamas Juan de Dios y que él se enfurece cuando le
aplicas ese nombre. Es un verdadero gato montes, pero ya lo amansaremos. Confío en ti para eso.
¿Por qué en mi? se sorprende otra vez Mónica.
Porque eres muy comprensiva y bondadosa, y eso es lo que necesita un hombre como él...
Claro está, que siempre que tú quieras ayudarlo, pues yo no te lo impongo. ¡Oh, no me mires tan seria! Y
no te alarmes, no quiero ser indiscreto. Respeto tu silencio. Hasta pronto, Mónica, te iré a buscar luego
por allá.
¿Cómo? ¿Levantada ya? ¡Qué buena sorpresa, Aimée!
Como tú no te quedas conmigo, no tengo más remedio que seguirte. ¿Dónde están los demás?
Aimée ha recorrido el amplísimo comedor con su mirada impaciente, mientras Renato se inclina
tomando su mano, sonriéndole muy cerca, agradecido y encantado de aquella aparición que, sin
embargo, nada tiene que ver con él.
¿Cómo cumplió tus encargos anoche Juan del Diablo?
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Desastrosamente... no se ocupó de ellos.
¡Oh, por Dios! Entonces, habrán tenido ustedes una discusión...
No lo he visto a él, pero tampoco pienso tenerla. Sé que el secreto de tener es no pedir
demasiado... Pero, mira, ahí viene. Voy a dejarte con él mientras me acerco al despacho a rescatar a
Noel. Puedes hacer que vayan sirviendo el desayuno, porque en seguida estaremos de vuelta.
Lentamente, clavados los ojos en ella, Juan va acercándose a Aimée. La ha visto desde lejos, ha
retrasado el paso a propósito, dando tiempo a que se aleje Renato. Lo ha visto sonreír, inclinarse,
estrechar su mano, besarla, irse después, y se aprietan sus duras mandíbulas conteniendo la oleada
amarga de rencor y de celos que sube hasta sus labios, que escapa por sus ojos en una llamarada
oscura, cuando le dice a Aimée:
Veo que saboreas la luna de miel. ¡Qué tiernamente te saluda tu galante marido! Parecéis
hechos el uno para el otro. Todo es exactamente igual en ustedes: consideración, finura, educación,
nombre ilustre...
¡Basta, Juan! ¿Es que no comprendes...?
Pero, a pesar de todo eso, vendrás conmigo. Dejarás esta casa de marcos dorados, de
espejos, de cortinajes y alfombras, para encerrarte entre las cuatro tablas de mi cabina del Luzbel. Todo
está dispuesto; esta noche escaparemos.
¿Pero estás loco?
No habrá peligro para ti, estarás absoluta y totalmente a salvo. No tienes ya el pretexto del
miedo. Huiremos con todas las seguridades, nos iremos muy lejos... Vilmente, ruinmente, cobardemente
le arrancaré a Renato su esposa, ¡que nunca debió ser suya! Ya sé que no es culpable... ¡Oh, si lo
fuera... qué voluptuosidad, qué placer haberte arrancado de sus brazos, llevándome su vida también! Te
esperaré esta noche a las doce, detrás de la iglesia, con dos caballos ensillados.
¡Es demasiado pronto, Juan! protesta Aimée luchando asustada entre su deseo pasional y la
preocupación de perder el bienestar tan astuta e hipócritamente conseguido.
Ya hemos tardado más de la cuenta y no quiero volver a verte junto a él, ¿oíste? No quiero,
porque no estoy seguro de poder contenerme. Estoy haciendo las cosas como tú quieres, estoy
plegándome a tus caprichos como un esclavo. No intentes fallarme, Aimée, no vayas a fallarme, porque
no te lo voy a perdonar, ¿entiendes?
¡Calla, por Dios! suplica Aimée angustiada al ver que Renato se aproxima a ellos.
No hubo forma explica Renato con indiferencia. Noel dice que ya desayunó y está
totalmente hundido entre libros y papeles. En cuanto a Mónica, tomó también el camino de sus enfermos.
Estaremos solos los tres. Ordena que sirvan querida...
Llegan dos sirvientes impecablemente vestidos de blanco, cubriendo de manjares deliciosos la
suntuosa mesa. Todo en ella está preparado con el más exquisito esmero, todo en ella causa un placer
estético sólo con mirarlo: la fina cristalería, las bandejas de plata, los fruteros que desbordan de los
mejores ejemplares de frutas cultivadas en aquellas fértiles tierras, las tazas de porcelana, los bordados
manteles...
Aimée ha hecho un esfuerzo para sonreír, ha aceptado el asiento que Renato le ofrece. A su
derecha, Juan, sombrío y silencioso; a su izquierda, Renato, una falsa sonrisa mundana en los labios,
una mirada inquisidora e inquieta en las claras pupilas...
Doña Sofía... ¡Pero qué sorpresa!
He querido hablar a solas con usted. Noel, sin llamar la atención haciéndole ir a mi habitación,
sin enviar recados con los sirvientes... ¿Cómo se siente de nuevo en este despacho?
¿Cómo he de sentirme? Muy bien, y muy agradecido...
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No tiene por qué; al contrario. Fui injusta al prescindir de sus excelentes servicios y quiero que
sepa que muchas veces pensé en usted con remordimiento y con pena. Pero la muerte de Francisco me
trastornó de tal manera, tuve tanto miedo por Renato, tal espanto por lo que el porvenir podía traerle, que
no hubo medida que me pareciera poca para defender a mi hijo.
Yo hubiera deseado ayudarla siempre en esa tarea...
Lo sé Noel, ahora lo sé. Me ofusqué de momento... Sus simpatías de usted por... Ha callado
un momento, evitando el nombre que aborrece, pero al fin éste sale de sus labios: Juan del Diablo...
Juan... Vamos a llamarle Juan, simplemente. No hace mucho le propuse llamarse Juan Noel...
¿Cómo? ¿Usted? ¿Es posible? ¿Sería usted capaz...? se sorprende gratamente Sofía.
Quise hacerlo, pero, él lo rechazó en forma rotunda. No creo que acepte ya nada de lo que se
le ofrezca...
Sin embargo, está en esta casa, junto a mi hijo... junto a mi hijo, empeñado en hacer de él un
hermano, en la situación en que más temí verlo. Supongo que dispuesto a aprovecharse de la bondad de
Renato, de su generosidad, de su nobleza, en una forma que no puede ser, Noel. ¡No puede ser!
Creo que la estancia de Juan en esta casa será muy breve.
Yo temo lo contrario, Noel. Renato no lo dejará irse. Ya sé que usted ha tratado de
convencerlo, sé que, contra todo lo que temía, está usted de mi parte, pero sé también que sus buenos
consejos no han sido escuchados por mi hijo.
Juan había cambiado mucho últimamente, venía dispuesto a ser otro hombre, pero... duda
un instante, y prosigue: Pisó una mala hierba, le sopló un mal viento; hay seres a los que se diría que el
destino arrastra, criaturas que nacen con mala suerte... Juan es de ésas...
Las culpas de los padres caen sobre los hijos, Noel.
Ya lo sé. Por desgracia, es algo que se cumple inexorablemente la mayor parte de las veces.
Juan pagó las culpas de su madre.
¡Las de su madre, que fue una ramera! salta Sofía con rencor, pero calmándose
repentinamente, continúa: Y las de su padre también. Bien sé que usted lo sabe todo. Noel, y por estar
segura de que lo sabía todo le guardé rencor injustamente, me volví contra usted en vez de buscar su
amistad y su apoyo. Fue un grave error. Ahora lo comprendo, y busqué la ocasión de hablarle a solas
para pedirle que me perdonara, que me ayudara, porque aquel peligro que quise destruir se alza ahora
contra mi hijo, más terrible, más fuerte... Y ahora no tengo la autoridad ni el poder para defenderlo a
pesar de sí mismo como la tuve cuando era un muchacho. Ahora no me queda sino ese triste recurso de
las madres viejas, que son las lágrimas y los consejos... Los consejos que ya no se escuchan. Sin
embargo, tengo que hacer algo. Ayúdeme, Noel.
Ojalá pudiera... titubea Noel. Considero que las cosas marchan ya por caminos fuera de
nuestro control y que sería tan difícil cambiarlas como reprimir los elementos. Debería tratar de
tranquilizar sus temores, pero prefiero hablarle con toda franqueza. Creo que Juan y Renato no han
nacido para entenderse... al menos, ahora de pronto. Tal vez si desde niños se hubieran criado como
hermanos... Perdóneme que use una frase que bien comprendo que la hiere, pero es la exacta. Entonces
hubiera sido posible que las cosas fuesen de otro modo; mas ahora, ahora no está en nuestras manos el
cambiarlas. El choque surgirá de un modo o de otro...
Y eso es lo que temo... El choque surgirá... y no es mi Renato el más fuerte. ¿Ve usted por que
temblaba? ¿Por qué temía que ese muchacho, cual una sombra fatídica, se acercara a él?
La vida tiene emboscadas terribles. Acaso debieran saber que son hermanos... Es muy
probable que Juan lo sepa... Se crió de otro modo, y además, es mayor...
No es mayor. Tienen la misma edad, y esa es una de mis más grandes amarguras. Mi hijo y
ese Juan nacieron al mismo tiempo. De mis amantes brazos de esposa enamorada iba Francisco a los de
esa mujer... ¡Traidor! ¡Canalla! Y ella... ella... ¡ Maldita sea ella!
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Cálmese, doña Sofía, nada logra con remover tan amargos recuerdos. Hay cosas más
graves... De momento, no tengo sino sospechas, temores imprecisos. Duda Noel un instante, pero
decidiéndose al fin, apunta: ¿Confía usted en mí, doña Sofía? ¿Me autoriza para hacer cualquier cosa
que estime conveniente para conjurar el peligro que amenaza a esta casa?
Amenaza, ¿verdad? ¡No es mi imaginación, no son mis nervios!
Por desgracia, no. Yo creo, como usted, que es indispensable alejar de aquí a Juan. Deme
carta blanca para tratar de hacerlo por las buenas, concediendo generosamente cuanto pueda dársele,
que puede ser mucho ya que, según estoy comprobando, la fortuna de los D'Autremont se ha duplicado
en estos últimos quince años...
¿Espera usted comprarlo? Hágalo, Noel, dele el dinero que quiera, el que pida. No importa que
sea una fortuna... ¡Pero que se vaya, que se aleje de mi hijo para siempre!
¡Colibrí... Colibrí...!
Mónica no ha tomado, como dijera, el camino de los barracones de los enfermos. Ha guiado el
cochecillo que ha de llevarla hasta ellos, dejándolo junto a una de las tapias laterales de la casa y luego
se ha asomado a la galería anexa a las habitaciones de los huéspedes, buscando ansiosamente, hasta
que la grácil figurilla oscura asoma, acercándose a ella y ofreciéndose:
Aquí estoy, señorita Mónica, ¿qué quiere usted?
Ven conmigo...
Casi bruscamente lo ha tomado de la mano, llevándolo con ella. Con esfuerzo contiene su ansia
de preguntar y, como siempre, mil sentimientos diversos luchan entrelazándose en su alma atormentada.
Aquel muchachuelo puede serle precioso, puede delatar ingenuamente los sin duda tenebrosos planes
de Juan del Diablo. ¿Pero no es al mismo tiempo su protegido, su pequeño amigo? ¿No sería horrendo si
la ira de Juan se volviera contra el niño? Su mano blanca y nerviosa acaricia la rizada cabeza y baja la
vista cuando los ojos llenos de gratitud del muchachuelo se vuelven a ella, y exclama:
¡Qué buena es usted, señorita Mónica!
¿Te parezco buena, Colibrí? ¿Crees tú que soy buena? Si yo te preguntara una cosa, ¿me
contestarías francamente? ¿Me dirías la verdad? ¿Toda la Verdad de lo que supieras?
No siendo lo que el patrón me mandó callar, yo se lo digo todo a usted.
Comprendo. No voy a preguntarte nada que no puedas contestarme, pero hay algo que sí
puedes decirme. ¿Dónde fuiste ayer, Colibrí?
Es de lo que no puedo decirle, señorita, porque...
Porque yo le mandé callar interrumpe Juan acercándose sorpresivamente, y haciendo que
Mónica, asustada lance un:
¡Juan!
¿Para esto ganó usted su confianza? ¿Para esto le demostró piedad y afecto? El mundo no
cambia, Santa Mónica, es igual en las tabernas que en los palacios. ¡Hasta una sonrisa tiene su precio!
La voz se ha apagado en los labios de Mónica, violentamente sorprendida por la brusca
presencia de Juan, que echa a un lado al muchacho para enfrentarse con ella, encendidas de cólera las
pupilas, desafiante el gesto altanero... Al fin, con esfuerzo, Mónica logra responder:
¿Qué es lo que usted cree? ¿Qué es lo que piensa? Interpreta mal mis intenciones...
Sus intenciones las conozco perfectamente... Ven conmigo, Colibrí, a nadie le importa dónde
hayas ido, a nadie tienes que responderle... Vamos, ven...
Un momento, Juan...
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¿Un momento para qué? ¡No tengo tiempo para escuchar sus ruegos! Ni los de usted ni los de
nadie... Ahí viene otro de los que gustan, como usted, arreglar las vidas ajenas y predicar en el desierto
apunta Juan, al observar que Noel se dirige hacia donde ellos se encuentran. Y al tiempo que se aleja,
afirma: ¡Tampoco tengo tiempo que perder con él!
¡Juan... Juan...! llama el viejo notario. Y al vislumbrar a Mónica, se disculpa: ¡Ah!, señorita
Molnar, dispénseme... Creí que Juan estaba aquí...
Estaba aquí hasta este momento. Huyó al oírlo a usted. Me dijo que no tenía tiempo que perder
ni con usted ni conmigo.
Pues sentiré en el alma molestarlo, si es que le molesto, pero tengo absoluta necesidad de
hablarle y de verle... Con permiso de usted...
Mónica ha quedado sola, baja la cabeza, demasiado angustiada para poder pensar, demasiado
inquieta para permanecer inmóvil. Siente como una ofensa las palabras de Juan, su mirada de profundo
desprecio, pero algo más fuerte que todo ello se alza en su pecho. Le importa demasiado lo que aquellos,
dos hombres puedan hablar, es demasiado intenso su sufrimiento para que no lo olvide todo, y como una
autómata marcha tras ellos...
¡Juan...! Juan, ¿quieres oírme un momento?
Noel ha alcanzado a Juan muy cerca del apartado edificio donde se hallan las caballerizas y las
cocheras; Y frente al noble rostro del viejo, a quien le ligan los únicos recuerdos buenos de su infancia, el
patrón del Luzbel se detiene, y cruzando los brazos aguarda las palabras que salen de labios del notario,
sorprendidas y trémulas:
En verdad, Juan, no sé qué te propones. Tienes todo el aspecto de un demente; rehuyes
cruzar una palabra y dar una explicación; ofendes a la señorita De Molnar que, según creo, nada te ha
hecho, sin miramiento de ninguna especie... Si no fuera porque comprendo bien lo que estás sufriendo,
sería cosa de volverte la espalda y de rogarle a Renato que te enviara a Saint-Pierre con la prohibición de
volver a pisar sus tierras.
Hágalo, si quiere... Si quiere y si puede... Aunque no creo que valga la pena que se moleste.
Muy pronto estaré lejos de todo esto. ¿No es eso lo que todos quieren? Pues voy a complacerlos... Me
iré, me iré definitivamente...
¿Puedo saber a qué se debe un cambio tan repentino de opinión?
No creo que le interese ni poco ni mucho. Noel. Estorbo y me voy, eso es todo.
Juan, contigo no sabe uno cómo hacerse entender confiesa Noel en tono de suave
amabilidad. Te pedí que te fueras, es cierto. Te pedí en todos los tonos que volvieras a Saint-Pierre,
pero no en esa forma ni de esa manera. Tu lugar no está en esta casa...
Ya lo sé confirma Juan con sarcasmo. Mi lugar está en el mar y a él me vuelvo.
¿Es eso de veras? ¿Vas a volver a navegar? Si es para bien de todos...
¿Qué importa el bien de todos? A usted, como a Mónica de Molnar, no hay más que un bien
que le interesa: el de Renato asegura Juan con despecho; y destilando una mala y oculta intención,
prosigue: No sé hasta qué punto mi viaje será para mal o para bien de ese hombre privilegiado. Por
supuesto, él lo tomará a mal, pero es para bien... Naturalmente que es para bien...
No entiendo una sola palabra...
Ni quiero que entienda. Noel, basta con que se alegre. ¿Para qué corría usted detrás de mí?
Seguramente para rogarme una vez más que me fuera.
No, Juan. Quería darte cuenta de una conversación muy importante que he tenido con doña
Sofía hace apenas un par de horas. Una conversación sobre tu porvenir y tu persona. Mi querido Juan,
las gentes cometen errores, son intransigentes y crueles, pero a veces se arrepienten y lloran sus
equivocaciones y tratan de enmendar sus yerros. Si quisieras oírme con calma te sorprendería saber que
Dios ha tocado el corazón de doña Sofía.
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¿Sorprenderme? No, Noel, nada en el mundo puede ya sorprenderme. Sin oírle a usted, podría
saber lo que le ha dicho doña Sofía, lo que viene usted a decirme como la noticia más grata y
sorprendente de la tierra, y, sin embargo, es lo que estoy esperando desde que llegué. ¿Quiere ver cómo
acierto? Se lo diré en una sola frase: la señora D'Autremont me ofrece dinero...
¿Cómo? se sobresalta Noel, en verdad estupefacto.
Mucho dinero para que me aleje. Le estorba el fantasma que represento. Soy, junto a su hijo,
como una sombra mala... Pagaría a precio de oro por verme desaparecer, ella que me negó el último
rincón de esta casa, ella a quien le dolía hasta el pedazo de pan que me arrojara el que quizá tenía el
deber de dármelo todo, ella que no tuvo ni un adarme de piedad para el muchacho abandonado y
huérfano... Seguramente, ella pondrá ahora una fortuna en mis manos con tal de que me aleje, con tal de
no tener que soportar mi presencia... Y usted es su mensajero...
No son así las cosas. Juan. Óyeme...
¿Para qué? ¿Para que las envuelva usted en palabras menos crudas? El resultado será el
mismo. Y no me quejo, vale la pena haberme hecho odioso y temible para ver cambiar de ese modo a las
gentes. He adivinado exactamente lo que venía usted a decirme, ¿verdad? Pues bien, dígale a doña
Sofía que no se apene. Voy a irme muy pronto sin que ella ni nadie me tenga que pagar por eso. En la
suntuosa morada de los DAutremont no hay más que una joya que me interesa, y ésa sí me la llevo.
¡Juan...! ¿Qué estás diciendo? ¿Qué pretendes hacer?
Nada más que irme. Tranquilice a doña Sofía y tranquilice también a la señorita de Molnar.
Despídame de Renato, dígale que le devuelvo su empleo... no me interesa. Si nota la falta de su caballo
predilecto, que no sé preocupe, pues lo tomo sólo a modo de préstamo. Ya se lo enviaré o lo dejaré que
vuelva solo... Hasta la vista. Noel...
Se ha alejado, hundiéndose en la cercana arboleda, pero el viejo Noel no le sigue esta vez.
Queda plantado mirándolo alejarse, consternado por lo que presiente, confuso y dudoso como no lo
estuvo jamás en su larga vida...
Señor... Señor... ¿Pero qué es esto? clama perturbado. Y de pronto, se sorprende:
Señorita Molnar...
Lo he escuchado todo, Noel. Seguí detrás de usted. Dispénseme, pero me interesaba
demasiado lo que Juan iba a decirle, lo que iba a responderle...
Si lo oyó todo, no tengo nada que añadir, excepto que, al fin y al cabo, más vale que Juan se
embarque de nuevo. Después de todo, tiene razón en muchas cosas y adivinó totalmente lo que doña
Sofía quería de él: que se fuera. Si he de serle franco, me apena muchísimo que se vaya así, que
desaparezca como huyendo. Ya lo hizo una vez... Hace una pausa e indaga: ¿En qué piensa usted,
hija mía? ¿Por qué no dice nada? ¿Por qué me mira de esa manera?
Por nada. Noel responde Mónica con un hilo de voz. No me pregunte... Déjeme... Supongo
que lo que pienso son locuras...
A mí también se me pasan locuras por la cabeza. ¿Quiere decirme las suyas?
Los pálidos labios de Mónica han temblado como si fuesen a dejar escapar el terrible secreto que
la atormenta. Hay algo en el noble rostro de Noel que le inspira confianza, algo que le impulsa a hablarle
francamente, pero la expresión del notario cambia de repente. Conteniendo de golpe la confesión,
Mónica vuelve la cabeza para enfrentarse con el hombre que, sin ruido, acaba de llegar hasta ellos, y
exclama:
¡Renato...!
¿Todavía aquí, Mónica? Pensé que ya estarías en el otro valle. Hace más de dos horas que
me hablaste de ir junto a tus enfermos. ¿Qué pasó? ¿Tuviste algún inconveniente con el carruaje, o te
llegó alguna mala noticia?
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Ninguna de las dos cosas, Renato, retrasé el viaje porque no me encontraba bien. Ahora
mismo se lo estaba diciendo al señor Noel.
En efecto, no tienes buena cara. Insisto en que te has fatigado más de la cuenta estos días.
Aunque no quieras, también a ti va a verte el médico, y mientras viene aceptarás mi receta personal:
descanso... Por las que llamas tus obligaciones, no te preocupes. Tomaré tu lugar, esta vez
personalmente. Pasaré el día en el otro valle... .
¡No, Renato, por Dios, no te vayas! No te alejes de la casa, no te separes de Aimée... Te lo
ruego, te lo suplico, Renato. Compláceme una vez...
Casi desesperadamente ha suplicado Mónica, mientras Renato la mira, primero con sorpresa,
luego con una especie de preocupación honda y grave...
¿Qué pasa, Mónica? ¿Qué es lo que temes?
No es que tema nada. Es que no vale la pena. Yo me siento mejor, ya tengo el cochecito
dispuesto para ir hasta el otro lado...
Descansa hoy, Mónica, estás demasiado nerviosa. Creo que hasta tienes fiebre. Ha tomado
su mano, pero ella la retira bruscamente y retrocede palideciendo, por lo que Renato, extrañado,
inquiere: ¿Por qué es ese miedo? ¿Qué piensas que puede ocurrir en esta casa si yo me alejo?
Nada, Renato, desde luego. Pero...
Entonces, vete a descansar. Es un ruego, pero tendrá que ser una orden si no lo escuchas.
Una orden de hermano mayor... Te enviaré al médico y atenderemos a tu salud, que es más preciosa que
la de nadie. No protestes, porque es inútil. Haré que te atiendan aunque tú no quieras. Y alzando algo
la voz, llama: Ana... Llegas a tiempo... Acompaña a la señorita Mónica hasta su alcoba y adviértele a
doña Catalina que no se encuentra bien. Anda...
Pedro Noel ha hecho un esfuerzo para sonreír cuando los ojos de Renato, tras ver alejarse a
Mónica acompañada por la doncella, se vuelve a él fijándose en su rostro pálido y tenso, y comenta:
Me parece usted tan nervioso como mi cuñada Mónica. ¿Tanto les ha turbado a los dos la
conversación con Juan?
¿Cómo? se sobresalta el notario.
Fue larga y violenta... Desde lejos observé los ademanes de ambos y vi que Mónica les
escuchaba sin ser vista por ustedes. Una indiscreción bastante rara en una mujer como ella...
Bueno... Hay ocasiones en la vida en que... en que todos hacemos cosas incorrectas...
Generalmente, cuando las cosas importan demasiado, y salta a la vista que a Mónica le
importa muchísimo todo lo que se refiere a Juan...
Bueno, es natural contesta Noel en forma evasiva, la señorita Molnar forma parte de esta
familia, de esta casa, y no puede ser indiferente a las cosas de alguien que, queramos o no, nos
preocupa a todos...
Nos preocupa a todos, aunque de manera diferente. Comprendo que le preocupe a usted, que
tiene que compartir con él sus tareas; a mí, empeñado en el milagro de encauzarle... Pero, ¿qué motivo
personal puede tener ella?
No creo que sea nada personal rehúsa vivamente Noel.
¿Pues de quién? Cuando me acerqué tuve la impresión de haber cortado una confidencia.
Tanto usted como ella se turbaron al verme. Ella iba a hablarle a usted de algo importante, quizá íntimo...
Bueno... tal vez... En último caso, es lógico que mis canas le inspiren más confianza que tus
veintiséis años.
Mónica y yo somos amigos desde niños, estamos ahora ligados por un parentesco que tendría
que acercarnos más, y a usted acaba de conocerle. ¿O era amigo antes de ella? ¿Conocía a Mónica?
¿Conocía a las Molnar?
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A Mónica no la había visto nunca, pero... se interrumpe Noel dubitativo.
¿A Mónica no? ¿Conocía usted a Aimée? ¿Por qué vacila en responderme?
No es que vacile, hijo, es que trataba de recordar. Yo fui un buen amigo del padre de ellas,
conocía de vista a doña Catalina... A ellas, naturalmente, las vi de pequeñas. En Saint-Pierre nos
conocemos todos. No sé lo que Aimée te habrá dicho.
Y quiere saberlo para no dejarla mal, ¿verdad?
¡Hijo, por Dios, qué idea! Me estás sometiendo a un verdadero interrogatorio y no te queda
nada bien la actitud de juez...
Cálmese, no estoy acusándolo. Estaba sólo tratando de comprender qué pasa. Aimée me ha
contado que una vez estuvo en su casa para ver si usted le daba la razón de cierta goleta a cuyos
tripulantes había encargado unos regalos para mí. ¿Es eso cierto?
Bueno, sí... claro... Ella le había encargado a Juan...
¿A Juan? ¿Fue la goleta de Juan? ¿Fue Juan el patrón de goleta que no cumplió el encargo de
Aimée?
Bueno... la verdad es que yo apenas recuerdo...
Recuerda usted perfectamente, y si no recordara no tendría nada de particular. Pero sí hay
algo muy extraño: que después de todo eso, Aimée y Juan no se conocieran. Mónica dijo haberlo visto
antes, y Aimée, no. ¿Por qué?
Bueno, hijo, me estás volviendo loco...
Es cierto. Y no es a usted a quien tengo que hacer esas preguntas, ¿verdad?, sino a mi
esposa. Ella es la que tiene que responderme.
No, por Dios, no vayas a hacer un lío con todo esto. Mí cabeza anda mal, no sé ni lo que me
digo algunas veces. Lo que Aimée te haya dicho, será la verdad. Yo, por mi parte...
No tenga miedo. Por fortuna, no soy un hombre celoso. Quiero decir, que no entiendo el amor
ni la confianza a medias. O creo rotundamente, o rotundamente no creo. Confío en mi esposa. Si no
confiara en ella, mi resolución seria definitiva... Pero, ¿a qué hablar de eso? Además, no se trataba de
Aimée, sino de Mónica. Trataba de comprenderla para ayudarla, pero es difícil comprender a las mujeres.
Ahora sí has dicho una verdad como un templo. Las mujeres son como mariposas inquietas y
hay que perdonarles sus caprichos y sus nervios en gracia a que son lo mejor del mundo, lo único que
nos embellece la vida. ¿No lo crees?
Hasta ahora lo he creído así. Pero no tengo ese concepto frívolo de la mujer. No creo que sean
en realidad tan diferentes a nosotros. En general, las estimo más que usted y también les exijo más. Creo
que son vaso sagrado, ya que Dios hizo de ellas el molde de lo humano. También creo que la mujer más
hermosa puede hacerse reo de muerte si comete una infamia. Creo que el hombre halla en ella su
desgracia o su muerte, y en la que hace su esposa lo deposita todo: honor y nombre... con todos los
deberes y con todos los derechos, especialmente el de pedirle cuentas muy estrechas por lo que hace de
ese honor y de ese nombre... Pero cambiemos el tema. Usted y yo tenemos demasiado que hacer...
¿Tú y yo?
Por supuesto. Vamos juntos un rato al despacho. Creo que ha llegado el momento de anudar el
pasado con el presente. Me fui niño y vuelvo hombre. Para regular mi conducta futura hay cosas del
pasado que necesito saber, y cosas del porvenir que quiero resolver desde ahora. Quiero que me refiera
usted algunas viejas historias... Las de mi padre la primera... Venga...
(Esta obra continua en la Novela titulada "MÓNICA")

Mensagem enviada Nov 23, 2008, 7:09 PM
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Las mejores telenovelas de ayer y hoy, disponibles para tí.

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Las mejores telenovelas de antaño y todas las actuales están disponibles para ti en dvd, con excelente calidad y exquisita presentación.

Escríbenos tu consulta no nos molesta. Por favor indicar de que país eres.

Por favor, para solicitar una lista o títulos en particular consultar en: karina.telenovelas@gmail.com todos los correos son contestados en el día.

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Con cualquier telenovela que adquieras te llevas de regalo otra a tu elección, esta promoción es por tiempo limitado.

Esperaré tus consultas, muchas gracias por leer mi mensaje.

Karina Ojeda.



Mensagem enviada Nov 23, 2008, 4:29 PM
do endereço IP 200.41.162.107


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E se Mônica tivesse se casado com Andrés?!!

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E se Mônica tivesse se casado com Andres e Juan com Aimê?

Como seria a vida dos possíveis novos casais?

Será que o casamento de Juan e Aimê duraria?

Não havendo motivos para desentendimento, André reconheceria Juan como irmão numa boa?

A proximidade entre Mônica e Juan faria despertar a paixão entre os dois, ou isso só aconteceu por causa do "casamento arranjado"?

O que vcs acham que poderia ter acontecido?

Mensagem enviada Nov 21, 2008, 9:58 PM
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hahahaha Boa questão levantada

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Eu já tinha pensado antes no que aconteceria se casassem André com Mônica e Juan com Aimée. Acho que André com Mônica daria certo e seria um casamento pacífico, com o tempo eles acabariam vivendo na Europa pq Monica era uma esposa muito bem preparada e Andre tinha sido militar lá.
Já Aimee y Juan acho que não. Uma hora ele ía acabar perdendo a paciencia com ela e essa paixão toda seria mais briga que amor.

Mas eu nunca tinha parado pra pensar que Juan e Monica podiam se apaixonar mesmo casados com outros! Mas sinceramente eu acho que não, pq ele se apaixonou pela Monica que ja tinha mudado um pouco pela decepção com o Andre. E se ela tivesse casado com o Andre, talvez continuasse a mesma moça bobinha de antes e Juan nem